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Bitácora PI

Presente y futuro de España

¿PUEDE UN GOBERNANTE INCURRIR EN EL DELITO DE COLABORACIÓN CON BANDA ARMADA?

¿PUEDE UN GOBERNANTE INCURRIR EN EL DELITO DE COLABORACIÓN CON BANDA ARMADA?

Inmaculada MOMPÓ

 

   He recibido la carta de un amigo hispanoamericano en la que alude al Presidente de su República con un calificativo rotundo y nada afectuoso. Además, se lamenta porque cree que sólo en su país es imaginable que un personaje de tal índole detente la primera magistratura del Estado. Estas líneas pretenden demostrar que entre los pésimos efectos de la globalización se cuenta en todo el mundo el acceso a la dirigencia nacional de individuos tan irresponsables como incompetentes. Enunciaré brevemente algunos hechos, la mayoría de los cuales son conocidos ya por el gran público:

 

    1.  El pasado 22 de marzo de 2006 la organización terrorista ETA anunció un “alto el fuego permanente”. Entiéndase por tal una más de las varias treguas declaradas por su parte, siempre con los mismos propósitos de obtener cesiones de gobiernos débiles, o bien reorganizar sus maltrechas bandas de activistas y reaprovisionar sus arsenales. Así ocurrió en 1981, 1988, 1989, 1992, 1995, 1996 y 1997.
    2.  El gobierno presidido por el Sr. Rodríguez Zapatero aceptó inmediatamente de modo entusiasta “explorar el nuevo camino” hacia la paz. Sus propósitos son jaleados por el alborozo de sus aliados en el Parlamento y, de modo señalado, por el Partido Nacionalista Vasco. Esto último, por sí solo, no deja de resultar preocupante habida cuenta de la inolvidable descripción que de ese partido hacía su anterior presidente, el antiguo jesuita Sr. Arzallus: “los que recogen las nueces que cae del árbol que otros sacuden”.
    3.  Posteriores informaciones difundidas por los medios de comunicación revelaron que en realidad el Gobierno, por medio del Partido Socialista, y ETA a través de sus esbirros del “frente político” llevaban varios meses negociando el cuándo y el cómo del sensacional anuncio. Anoto que dichos contactos están rigurosamente vetados, además de por el sentido común y la lógica de Estado, por la vigente Ley de Partidos Políticos y por el Pacto Antiterrorista suscrito por los partidos socialista y popular.
    4.  El Gobierno anuncia alternativamente, por medio de su Presidente, de la Vicepresidenta y del Ministro portavoz que está dispuesto a hablar con los terroristas de cualquier tema, sólo del desarme definitivo, o bien que la agenda está por determinar. La confusión alcanza proporciones tales que se hace temible, e incluso previsible, una rendición incondicional del Estado ante los psicópatas separatistas.
    5.  Rodríguez Zapatero, que empieza a ser conocido por el sobrenombre de “Atila”, expresa en varias ocasiones que la ausencia total de violencia, en cualquiera de sus formas, es conditio sine qua non para el comienzo del diálogo. En fecha muy reciente anunció al Parlamento que su Gobierno había verificado el cese efectivo de las actividades terroristas y que las conversaciones con ETA se iniciarían en los próximos dos meses.
    6.  A despecho de la verificación gubernamental, lo cierto es que José Manuel Ayesa, presidente de la Confederación de Empresarios de Navarra, ha denunciado que en abril y junio – siempre tras el anuncio de “tregua” – empresarios vascos y navarros recibieron de ETA sendas remesas de cartas de extorsión. Como siempre, se les exigía la entrega de importantes cantidades de dinero para permanecer indemnes en esta guerra que sólo un bando ha declarado y el otro se niega a aceptar. Así pues, Zapatero mintió y sigue mintiendo al certificar el cese de la actividad terrorista, salvo que nos quiera convencer que la extorsión económica a cambio de la propia vida no es una forma de terrorismo.
    7.  A mayor abundamiento, el pasado 20 de junio las fuerzas de policía española y francesa capturaron en una operación conjunta a doce miembros de la red de extorsión de ETA, todos ellos activos en su cometido habitual, y entre los cuales figuraba el francés Harocarene Camio, periodista de la progubernamental Cadena SER. La operación fue ordenada por el magistrado español Fernando Grande-Marlaska y su colega francesa Laurence Le Vert.
    8.  Al mencionar a la magistrada francesa es obligado traer a colación el muy serio incidente desvelado el pasado 12 de junio por “El Confidencial Digital”. Según este medio, “la magistrada Le Vert había conseguido datos ciertos sobre una inminente reunión de la cúpula de la banda, en el mes de mayo. Le Vert preparó junto con la policía gala, con cuarenta y ocho horas de antelación, un operativo dirigido a proceder a la detención y desarticulación de la dirección de ETA. Sin embargo, para su sorpresa, cuando los agentes montaron el dispositivo y se apostaron en el lugar indicado, no llegó nadie. La juez, que había tenido informadas a las autoridades españolas, supo después que se había producido una filtración desde España, y que los dirigentes de ETA habían recibido el mensaje de que no acudieran a la cita prevista. Las informaciones recabadas por ECD añaden que la indignación de Laurence Le Vert fue de tal calibre que el secretario de Estado de Interior, Antonio Camacho, tuvo que mantener una conversación personal con la magistrada para intentar calmarla, cosa que logró muy difícilmente”.

 

   El relato de estos acontecimientos suscita múltiples dudas acerca del así llamado “proceso de paz”. En primer lugar, hay que cuestionar la racionalidad del hecho mismo de “negociar” con criminales sobre materias que afectan a la soberanía y unidad nacionales y, por tanto, son ajenas al capricho eventual de un Gobierno. En segundo lugar, cabe preguntarse qué clase de deudas secretas y compromisos previos ha contraído el Partido Socialista con ETA que llevan al Gobierno Zapatero a negar la evidencia de la actividad terrorista e incluso permiten albergar sospechas sobre la colaboración de los servicios de inteligencia españoles con la banda criminal.
Concluyo remitiéndome al título de esta columna y recordando que el vigente Código Penal de 1995 castiga, en su artículo 576.1, con penas de prisión de cinco a diez años los actos de colaboración con las actividades o las finalidades de una banda armada. Por su parte, el artículo 576.2 define dichos actos de colaboración como cualquier forma de cooperación, ayuda o mediación, económica o de otro género, con las actividades de grupos terroristas.

UN APUNTE A LA ILEGALIDAD ESTATUTARIA CATALANA

UN APUNTE A LA ILEGALIDAD ESTATUTARIA CATALANA

Juan Antonio ELIPE

 

   La aprobación del Estatuto de Cataluña, además de ser contraria a derecho y a la legalidad constitucional vigente, no ha sido refrendada por una mayoría cualificada del electorado catalán. Con una participación del 49,4 por ciento, 1.877.499 electores votaron a favor, 527.383 sufragios fueron en contra, 15.670 votos en blanco y 22.999 nulos. Si sumamos los votos en contra, nulos y en blanco la cifra es de 686.052 votos que si los detraemos de los votos afirmativos se puede afirmar que por un millón de votos se aprueba un estatuto secesionista que va a influir, si Dios no lo remedia, en los ciudadanos españoles de Cataluña y en los del resto de España de forma decisiva. Ese millón de votos lo dan los afiliados del Psc (antiguo PSOE), CIU, ERC y cinco amiguetes de cada afiliado. Es mentira que ERC votó en contra; no interesaba al partido un claro No. Sabían que era difícil andar contra el poder que ellos también habían fraguado con el sujeto Maragall y, lo más importante: era un buen estatuto para un anti- español.

 

   El ya llamado Estatuto del Tinell, inaceptable desde la visión política más realista, ecuánime y sentida es rabiosamente inconstitucional, ilegal y, como suponíamos, no arrastra grandes pasiones entre la población catalana. El pasado domingo, si algo quedo claro, es que el Estatuto de Maragall no fue refrendado por la mayoría del electorado catalán: unos cuantos millones de electores se fueron a la playa y pasaron de la consulta popular ideada por unos políticos que parece que ya no les representan. 

     Ese referéndum no sólo está viciado de inexistencia porque pretende dar carta de naturaleza a un texto jurídico inaceptable (como  no nos cansamos de repetir) e ilegal, sino también el propio referéndum adolece de la claridad normativa que en España deben tener los actos de consulta popular. Desde una visión meramente formal, o cuestión de forma, el aún vigente Estatuto de la comunidad autónoma exigía la consulta popular para su modificación pero ¿sometida a qué normativa? La española, supongo. ¿Quién convoca el referéndum? ¿Cómo se convoca? ¿Se respeta la normativa electoral del período de reflexión? Parece que en el referéndum catalán del 18 de junio, lamentablemente, nada de eso se ha cumplido. Ninguna exigencia electoral o plebiscitaria se ha tenido presente.

   Desde la denominada cuestión de fondo, como ya se ha vertido tanta tinta poco más se puede afirmar: el Estatuto es contrario al ordenamiento jurídico español, es INEXISTENTE para el derecho español y por tanto catalán.

   Por último algún amante de la democracia directa diría que ante lo que una mayoría, consistente y cualificada (supongo), avala nada tiene que decir la Ley.  Discutible razonamiento pero… NO; el electorado no apoya el texto, le importa un pito, se va a la playa y deja que el Estatuto se lo coma Maragall con patatas.

 

   Un referéndum cuya participación es menor del 50% lo más decente que se puede hacer es retirar el texto de que se trate y que se había sometido a refrendo. Mandar a la basura física la piltrafa jurídica que es ese estatuto que antes de nacer ya ha quedado aun más solo. Sus padres, el pueblo español, lo repudian.

   Poca vida le auguro a ese bodrio que pretenden parir muerto al mundo jurídico y patrio.

LA PRESCINDIBLE INSIGNIFICANCIA DE UN REY

LA PRESCINDIBLE INSIGNIFICANCIA DE UN REY

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   Hoy, 18 de junio de 2006, en Cataluña se somete a referéndum el nuevo estatuto de autonomía de esa región, cuya convocatoria suscitó una polémica de apariencia técnico-jurídica pero de hondísimo alcance político. Creemos no equivocarnos al pronosticar que sus consecuencias dejarán una huella profunda en la historia política de España.
  

   La actual Constitución española dio por buena la designación por Francisco Franco de Juan Carlos de Borbón como sucesor en la Jefatura del Estado, aunque limitando sus facultades y prerrogativas de forma similar a la de otros monarcas de Europa. Entre las muy escasas competencias que, teóricamente, le son propias cita el artículo 62.c la de convocar a referéndum, teniendo presente que este acto de gobierno como cualesquiera otros que pueda ejercer habrá de contar necesariamente con el respaldo de otra autoridad: Presidente del Gobierno, Ministro o Presidente del Congreso, según los casos. De conformidad con lo anterior, la Ley Orgánica 2/1980 sobre Regulación de las Modalidades de Referéndum dispone en su artículo segundo que la convocatoria de cualquier consulta popular es competencia exclusiva del Estado y habrá de ser firmada por el rey. A pesar de la única e inequívoca interpretación posible de la legislación positiva, este referéndum que hoy se lleva a cabo en cuatro provincias españolas no ha cumplido ninguno de los preceptos exigibles y ya citados:

 

1.- El pueblo no ha sido llamado a consulta por el Gobierno de la Nación sino por el presidente del gobierno regional catalán, aunque tal vez una generosísima interpretación de los hechos podría concluir que este último actuó por delegación tácita del Presidente Zapatero.

2.- Así y todo, la inexcusable rúbrica regia sigue ausente de la convocatoria y dicha carencia reduce necesariamente el Decreto a la categoría de acto administrativo nulo de pleno derecho.

 

   A la vista de una tan manifiesta irregularidad, un partido político minoritario – Alternativa Española – interpuso un recurso contencioso administrativo el pasado día 12 de junio en el que solicitaba la suspensión cautelar del referéndum. Como era previsible en un país donde la independencia judicial no rebasa los límites de lo quimérico, el Tribunal ha desestimado la suspensión y, falto de cualquier apoyo razonable en su arbitrariedad, atribuye al recurrente la responsabilidad al reprocharle que presente su solicitud en fecha excesivamente cercana al plebiscito. Grotesco, aunque sin duda la clase política no olvidará ni dejará sin recompensa el vasallaje así tributado por los magistrados José Juanola, Pilar Martín y Manuel Táboas.

   No es lo peregrino e incongruente del razonamiento de Sus Señorías lo que llama la atención en este caso. Más bien habremos de señalar que nos encontramos ante una situación inédita en la historia de España pues, en un plazo inferior a un mes, dos poderes distintos del Estado han despreciado la institución monárquica hasta el punto de promulgar – el Ejecutivo – una norma sin recabar la inexcusable firma real y de no valorar ni tomar en consideración – el Judicial - dicha ausencia. Nunca antes Juan Carlos de Borbón, desde que la Corona de España ciñe sus sienes, fue ninguneado con tamaña insolencia y reiteración.

 


   Por más que el artículo 56.1 de la Constitución atribuya al monarca el cometido de árbitro y moderador de las instituciones políticas españolas, es público y notorio que no desempeña cometido político de más relevancia que el de figura decorativa en ceremonias solemnes. Conocida también es su, al parecer, irresistible tendencia a fraguar amistad con corruptos empresarios, siniestros vividores y ridículos pretendientes a tronos extranjeros que concluyen su paso por la vida pública sentenciados y presos o huidos del territorio nacional. Aparentemente, nada de lo anterior guarda relación con la exorbitante fortuna personal que le atribuye la revista norteamericana “Forbes” en su relación anual de los más acaudalados hombres del mundo. Al margen de lo anterior lo único que cuenta es que el mismo precepto constitucional mencionado concede a Juan Carlos de Borbón el rango de Jefe del Estado y le convierte en símbolo de su “unidad y permanencia”. Durante los últimos veintiocho años no pocos hemos dudado de la aptitud de un aristócrata con modales, caprichos y hábitos de play-boy para encarnar de forma efectiva tan alto simbolismo. Y, sobre todo, de que dicho simbolismo repercutiera apreciablemente en el devenir de los asuntos públicos. Hoy, dieciocho de junio de 2006, hemos de concluir necesariamente que nuestros recelos gozaban por desgracia de sólido fundamento.

  

   El nuevo Estatuto de Cataluña materializa el más descomunal embate hasta la fecha contra la soberanía nacional y la igualdad entre los españoles. Si no fuera suficiente la lectura de su texto para llegar a esta conclusión, el presidente del gobierno regional catalán hace ostentosa manifestación de su intención y pretensiones al rechazar y omitir la firma del monarca en la convocatoria del referéndum. Su compañero de partido, Rodríguez Zapatero, disimula y se da por no aludido ante el desafío. Y el rey… el rey, simplemente, ya no existe. No sirve; es un residuo inútil de épocas pretéritas. No osará vindicar sus exclusivas facultades constitucionales, por supuesto respeto a su constitucional deber de imparcialidad, pero es perfecto sabedor de su nulidad e irrelevancia institucional, de su absoluta ineficacia siquiera como símbolo de la unidad nacional y del altivo desprecio que recibe de políticos, legisladores y jueces. Los días de la monarquía están contados en España y, tal vez, también lo estén los de la misma España. Si este último nefasto augurio acaba por confirmarse, ténganse presentes a la hora de evaluar responsabilidades las propias de la monarquía.

LOS ESPAÑOLES SÓLO QUIEREN LA DISOLUCIÓN DE ETA Y LA ENTREGA DE LAS ARMAS

LOS ESPAÑOLES SÓLO QUIEREN LA DISOLUCIÓN DE ETA Y LA ENTREGA DE LAS ARMAS

Rafael LÓPEZ-DIÉGUEZ

 

  Elemento clave para analizar con exactitud el cambio del marco político provocado por el anuncio de la banda terrorista ETA, es el hecho de que el gobierno ha estado negociando, de forma directa o interpuesta, con los terroristas. Por tanto, al menos el primer comunicado es fruto de ese acuerdo, no siendo descartable que, incluso, la fecha del anuncio hubiera estado en función de los gestos del gobierno para reflotar las decaídas expectativas electorales de José Luis Rodríguez Zapatero.

 

  Importante cambio del marco político, porque el gobierno ha pasado de una situación en la que era ampliamente cuestionado, en la que perdía apoyos importantes en su, hasta ese momento, consolidada base electoral, a un tiempo en el que no sólo recupera la iniciativa política sino que, además, ha obligado a la oposición a subordinarse a sus directrices, por más palabras con que lo intente desdibujar el presidente del Partido Popular, que ha pasado de una prevención tibia a una aceptación plena.

  Nadie puede dudar que, a efectos mediático-políticos, el impresionante agit-pro montado el día del anuncio de ETA y continuado al día siguiente ha sido un éxito. Aparentemente ha contribuido, sobre todo, a forzar las reservas del Partido Popular y a difuminar las posibles críticas. El agit-pro ha convertido un indefinible “alto el fuego permanente” (con términos distintos según sea la versión francesa o la eusquera) en la sonrisa de la paz; la intención clara fue transmitir la idea de que había llegado el fin de la violencia y el fin de ETA. El fin, como afirmó el presidente del gobierno en el Congreso, de treinta años de terror. Treinta y no cuarenta porque parece que al Presidente le cuesta contar los asesinados antes de 1975.

 

  El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, prácticamente desde su llegada al poder ha estado realizando pequeñas concesiones, en forma de anuncio, a ETA para que las negociaciones tuvieran viabilidad. El gobierno, que por esas concesiones sufrió un importante desgaste, del que pretendió ser usufructuario el Partido Popular, traducido en dos grandes manifestaciones, ha conseguido con el anuncio de ETA invertir la situación hasta tal punto que nadie pone objeciones a un proceso de negociación. No sólo eso; es que el anuncio de la tregua, y sobre todo la campaña de agit-pro organizada, han permitido que una cuestión fundamental como la aprobación del Estatuto de Cataluña en la Comisión Constitucional, que estaba erosionando de forma determinante el proyecto republicano-ciudadano de Zapatero, caiga en el olvido.

  Aunque existe diversidad de puntos de vista a la hora de contabilizar las treguas de ETA, varias de ellas podrían asimilarse a la actual. En todas las ocasiones anteriores las treguas tuvieron como consecuencia la reorganización de la banda; todas se produjeron cuando la banda se encontraba cercada policial y judicialmente, con una capacidad de reacción muy reducida. En esta ocasión la diferencia fundamental estriba en que la situación de ETA es mucho peor que en otros momentos. Sin cobertura política y sin la financiación que de la misma extraía, con sus líneas de control social deterioradas, con terroristas cada vez más jóvenes e inexpertos, con la mayor parte de sus dirigentes y militantes en la cárcel, con la pérdida del santuario francés, el gobierno ha optado por dar un balón de oxígeno político a la banda. La dirección de la banda ha aceptado la oferta porque sus dirigentes históricos, porque sus terroristas históricos, han presionado pues no quieren salir como ancianos de las cárceles. José Luis Rodríguez Zapatero confía en ese grupo histórico para sacar adelante su gran baza electoral para alcanzar la mayoría absoluta en las próximas elecciones: el fin de ETA. El presidente del gobierno estima que el modelo catalán, con mayores concesiones si fuera necesario, podría satisfacer al mundo abertzale. A ello acompañaría la aplicación de medidas de gracia para los presos, y la ley tiene caminos para ello, y la legalización de Batasuna aunque fuera mediante la creación de un nuevo partido. De ese diseño no dista mucho el contenido de los comunicados de la banda.

 

  Lo curioso es que, frente a lo anterior, nadie ha reparado en una serie de datos que, a mi juicio, son altamente reveladores. La sociedad se ha quedado con las palabras, “tregua”, “paz”, pero al mismo tiempo ha subrayado, una vez más, el divorcio existente entre la España real y la España oficial-mediática. Los españoles apoyan el fin de ETA, pero lo que quieren es eso: la disolución de la banda, la entrega de las armas y la puesta a disposición judicial de los criminales. Los españoles, mayoritariamente, se oponen a la excarcelación de los presos, a la moderación de la lucha policial y judicial contra el terrorismo, al acercamiento de los presos, a la legalización de Batasuna, al reconocimiento del derecho de autodeterminación, quieren que Otegui entre en prisión… Si los españoles, mayoritariamente, hasta que sean convenientemente reconducidos por la conjunción mediático-política, se oponen a todos esos puntos que están de forma implícita o explícita, como base para la negociación, en los comunicados de la banda ¿qué va a negociar el gobierno y en qué va a apoyar la oposición al gobierno?

 

  Después de todo lo expuesto son varias las preguntas a las que no es posible responder: ¿Por qué la oposición no ha exigido al gobierno que explique si ha habido o no negociación y qué compromisos ha suscrito ya el gobierno? ¿Por qué el gobierno y la oposición no han establecido con claridad los límites de esa posible negociación amparándose en figuras retóricas que pueden servir para una cosa y la contraria? ¿Por qué el Partido Popular ha ido reduciendo progresivamente sus reservas? ¿Por qué muchos nos tememos que el “alto el fuego permanente” no es más que una máscara que ha servido y va a servir para armar un Nuevo Estatuto Vasco que recoja los planteamientos políticos de ETA contribuyendo al proceso de desintegración de España que persigue Rodríguez Zapatero?

LA FASCINACIÓN DE LA IZQUIERDA POR EL ISLAM

LA FASCINACIÓN DE LA IZQUIERDA POR EL ISLAM

Manuel CRUZ

 

A propósito de Tariq Ramadán y de la “alianza de civilizaciones”


  Poco a poco, a fuerza de subvenciones, foros pagados e insistencia gubernamental, se abre paso, como debate intelectual y político, la propuesta de “alianza de civilizaciones” del presidente Rodríguez Zapatero, cada día más entusiasmado con haber encontrado una especie de lámpara maravillosa, en espera de que alguien la frote por azar y surja de ella un genio capaz de organizar un nuevo orden mundial donde reine la paz perpetua. Moratinos lo ha expresado con palabras casi mágicas, después de escuchar al presidente de Irán su reciente discurso sobre la necesidad de borrar del mapa a Israel. Más o menos, antes incluso de escuchar a Tariq Ramadán en Madrid y de convocar al embajador iraní en el Palacio de Santa Cruz, nuestro inefable ministro nos ha venido a decir lo siguiente: “¡Ven ustedes! Si la “alianza de civilizaciones” fuese ya efectiva, el señor Ahmadineyad hubiera corrido a abrazar al señor Sharon, en lugar de querer arrojarlo al mar!


  Permítanme una ironía encadenada, encuadrada en una interrogante. ¿No creen que es una pena que esa “alianza”, concebida por Zapatero a la vista de la sala vacía de las Naciones Unidas, no se haya establecido ya como norma de convivencia mundial? Porque, fíjense en algunas de las cosas que el mundo se está perdiendo sin esa alianza maravillosa: la paz entre israelíes y los países islámicos; la renuncia iraní a sus proyectos nucleares por carecer ya de sentido; la disolución de la red de Al Qaaida al proclamar Ben Laden su repentina conversión al racionalismo laicista de Occidente; la detención por Siria de los autores del asesinato de Rafic Hariri y el desarme de las organizaciones terroristas que cobija y alienta; la consolidación de la democracia en Iraq, convertida en ejemplo de todos los países árabo-islámicos para abrazar el pluralismo y, lo que acaso sería mejor aún, la proclamación de la libertad religiosa en Arabia Saudita; la retirada de Bush de Iraq acompañada por el anuncio del desmantelamiento de todas las bases americanas por el mundo; el abandono por China de todas las lacras de la doctrina maoísta además del reconocimiento de la independencia de Taiwán; el abrazo de Castro a sus disidentes con la consiguiente convocatoria de elecciones libres en Cuba; el acuerdo de Marruecos y Argelia para entregar el Sahara Occidental al Polisario; la integración de Rusia, Turquía y de todos los ribereños del Mediterráneo sur en la Unión Europea; la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos; la independencia de Cataluña, el País Vasco y Galicia...

    Todo ello y mucho más con el añadido de la consagración de Zapatero como nuevo emperador universal de la paz y con Moratinos de embajador volante para ajustar flecos de posibles conflictos sin resolver... ¡Qué mundo feliz nos estamos perdiendo, amigos míos, por la lentitud con que la ONU está afrontando el reto de esa maravillosa “alianza” -lámpara de Aladino- superadora de la vieja Carta fundacional de las Naciones Unidas, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta del mismísimo Decálogo.

 

   Ironías y sueños aparte, y reconociendo la necesidad de un permanente diálogo entre todas culturas dominantes en las distintas partes del planeta para un mejor conocimiento mutuo, la realidad que el propio Tariq Ramadán ha venido a presentar en Madrid es que una de esas culturas, la islámica, padece desde hace décadas una profunda crisis de identidad cuya primera consecuencia ha sido el nacimiento del terrorismo islamista. Tanto Al Qaaida como los demás movimientos “reformistas” surgidos en el mundo árabe, desde el wahabismo saudita del siglo XVIII a los más modernos “yihadistas” palestinos, afganos, pakistaníes, argelinos, marroquíes o sirios, alimentados por las doctrinas de Hasan Al Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes egipcios, pretenden una sola cosa: el restablecimiento del califato, la reislamización del mundo árabe y, finalmente, la conversión del decadente mundo occidental al Islam. Tariq Ramadán, como nieto de Al Banna, como filósofo, islamólogo y teólogo islámico, así como por su conocimiento de la cultura europea, está plenamente convencido de la decadencia espiritual de Occidente y de su pérdida de la fe en Dios, manifestada en hechos tan concretos como “la tolerancia de la homosexualidad, el adulterio, el aborto, la eutanasia, la masonería, los intereses bancarios de usura y otros males que gangrenan la sociedad” en palabras de otro islamólogo polemista, el profesor Ibrahim Hane, de la Universidad de Dakar. De ahí la necesidad, proclamada hace años por uno de ideólogos islámicos, el sudanés Hasán El Turabi, de “redimirlo” mediante la expansión pacífica y paciente de un Islam europeo, desprovisto, eso sí, de algunos postulados coránicos “revisables”, al menos durante una larga moratoria propuesta por Ramadán, como la igualdad de género, los castigos corporales a la mujer y la pena de muerte.

 

   No me uno a quienes han criticado la presencia de Ramadán en Madrid por sus ambigüedades en la condena de los atentados terroristas de Nueva York, Washington y Madrid. Al contrario, resulta un ejercicio muy didáctico para los españoles ajenos a su existencia, el conocimiento del pensamiento de este personaje, aclamado por buena parte de las nuevas generaciones de islámicos europeos como uno de sus líderes espirituales más prestigiosos. Ramadán tiene un objetivo: la “europeización” del Islam... para islamizar Europa. En eso consiste todo su progresismo. Condena el terrorismo islamista, pero lo comprende no solo por la humillación encadenada que han sufrido los árabes desde el reparto colonial por Francia e Inglaterra después de la I Guerra Mundial hasta la “nabka” o desastre, sufrida tras la proclamación de Israel como Estado independiente en tierras palestinas. No le he escuchado a Ramadán ningún palabra de reconocimiento de Israel; en cambio no desaprovecha ocasión de atacar a los judíos europeos... y de considerar a los musulmanes como víctimas de una persecución parecida a la sufrida por los judíos desde el “affaire” Dreyfus.

 

   El discurso de Ramadán se nutre de otra idea: corresponde a los musulmanes europeos “realizar un profundo trabajo de educación contra el extremismo y explicar que el mejor medio de ayudar a los palestinos no consiste en matar inocentes en Londres o Madrid sino en hacer oír la voz del Islam por medios democráticos”. En otras palabras: la mejor forma de imponer el Islam no es por el terror sino por la persuasión, mediante la integración de los musulmanes en la sociedad occidental... utilizando sus instituciones pero sin asimilar su forma de ser. Por supuesto, Ramadán no ignora la retórica occidental: hay que hacerse amable para un mundo que ha dejado de ser creyente y reconocer que los problemas actuales del Islam no derivan de su odio a Occidente sino de la triple crisis que padece: la ausencia de democracia en los países islámicos, la incomprensión de los textos coránicos fundamentales y el escaso diálogo existente entre musulmanes. Y añade: “El Islam padece tal crisis de autoridad que no importa quién puede decir lo que quiera, desde lo más extremista hasta lo más piadoso y auténtico”... Más aún: de acuerdo con las nuevas tendencias que se manifiestan en el seno de los Hermanos Musulmanes egipcios, Ramadán se permite autorizar a los musulmanes a abandonar su fe, siempre y cuando la respeten una vez abandonada...

 

   Por supuesto, la voz de Ramadán es tan sólo una más de las muchas que se alzan dentro de este curioso debate intra-islámico sobre la mejor forma de llevar su fe al desahuciado Occidente. Los hay mucho más radicales que critican al profesor suizo su “blandura” en la prédica de un Islam europeo, como el citado Ibrahim Hane, y otros que no dudan en suscribir una profunda reforma del Islam para adaptarlo a la laicidad europea. Es el caso del profesor de Filosofía del Liceo de Niza, Abdennur Bidar, que propugna nada menos la supresión del Corán de todos los versículos que van en contra de los derechos humanos, especialmente los relativos a la supuesta superioridad islámica sobre las demás religiones, la violencia y la guerra santa.

   Curiosamente, Bidar no ha sido invitado a Madrid a presentar su manifiesto por un auténtico Islam europeo, independiente de todas las corrientes integristas y reformistas islámicas. Sin duda se debe a esa especie de fascinación que buena parte de la izquierda europea siente por el Islam histórico, el de las conquistas de los siglos VII y VIII, el que se asentó desde La India a España. Por cierto que Tariq lleva su nombre en honor del caudillo que desembarcó en Algeciras y llamó a la Roca Yebal-tarik, nuestro Gibraltar...

 

   Hay que leer al converso islamista Roger Garaudy, viejo ideólogo del Partido Comunista francés en cuyo comité central militó durante más de once años, para entender la seducción que el Islam comunitario ejerce sobre quienes combaten la idea misma de la identidad europea como fruto de la cultura cristiana. Garaudy, como tantos agnósticos y masones españoles de nuestro tiempo, combate el humanismo cristiano interpretado como fundamento del imperialismo y del colonialismo, del que dice no haber aprendido nada bueno pero que, en cambio, se embelesa con una religión, el Islam, por su fundamento comunitario que considera muy cercano al triunfo de la lucha de clases... El Islam, ya se sabe, o es comunitario o no es nada. En esencia sería, por tanto, un comunismo que admite la existencia de Dios, un Dios lejano e impersonal que deja su mensaje para hermanar a todos los hombres sin distinción de clases o etnias... siempre y cuando todos ellos se sometan a su última revelación: el Corán. Y no deja de resultar llamativo, en sentido contrario, la “sintonía” que algunos teólogos islamistas reformistas ignorantes de la religión cristiana, creen encontrar entre el Alá del Islam y el “Arquitecto universal” que reconoce la masonería, gracias a lo cual no cae en la “idolatría” cristiana que admite “tres” dioses... Recordemos de paso que el mayor pecado que puede cometerse, según el Corán, es precisamente, la “asociación” del Dios único a otros “dioses” (en el caso cristiano, el misterio de la Trinidad que rechazan de plano porque Mahoma no lo entendió).

 

   Se trataría, por tanto, de ver en el Corán un ariete definitivo contra la cultura cristiana, esa que ahora quiere erradicar de España el señor Zapatero, en unión de otros dirigentes europeos que llevan su cristofobia a escribir “cristo” con minúsculas para ignorar definitivamente la figura de Cristo como Dios encarnado. En este sentido cabría preguntarse hasta qué punto la “alianza de civilizaciones” supone un malicioso intento de Zapatero de facilitar la invasión de Europa por el mismo Islam derrotado en Granada y Lepanto al objeto de borrar, poco a poco, las huellas del pensamiento cristiano de Europa y en la ingenua creencia de que los nuevos musulmanes se diluirán también en el relativismo laicista.

   La respuesta a esta pregunta podríamos encontrarla en el entusiasmo que han mostrado por la iniciativa del presidente español tanto el rey de Marruecos como el ex presidente iraní Mohamed Jatami, precursor por cierto de otro “diálogo de culturas” que quedó en agua de borrajas... La “alianza”, en este caso, consistiría esencialmente en una especie de pacto para facilitar la islamización de Europa a cambio de una supuesta paz, en la medida que podrían apaciguarse los anhelos islamistas de conquistar para Alá al descreído Occidente. No se crea, sin embargo, que con ello se alcanzaría la soñada paz perpetua, porque aquél Islam de los nazaríes granadinos y de los otomanos de la Sublime Puerta, no es el mismo que profesan los miles de secuaces de Ben Laden, los islámicos europeos de Tariq Ramadán o los islamistas que acechan el trono del propio Mohamed VI... La crisis islámica proseguiría, pero ya sería una mera lucha interna en la que Europa no sería el enemigo.

 

   Puede que todo esto que escribo sea una mera fábula, aunque esté basada en hechos reales. No creo que Zapatero esté preparado para aceptar el Islam como hizo Garaudy, pero tampoco creo que la izquierda esté dispuesta a renunciar a su cristofobia como motor del cambio social que se propone en su proyecto laicista. Al mismo tiempo, los afanes del Islam radical de ocupar el supuesto vacío espiritual de Occidente, son evidentes. De acuerdo con lo que afirmaba el cardenal Siri, Europa puede ser islámica mañana mismo, pero no será porque la izquierda no lo impida sino porque los católicos no estemos preparados para recuperar su identidad cristiana. Lo que nunca será Europa es un continente descreído y laicista, a imagen de quienes hoy nos gobiernan. Al final, ésta es nuestra esperanza, el triunfo será de Cristo.

TAL DÍA COMO HOY

TAL DÍA COMO HOY

José Javier ESPARZA

 

  Tal día como hoy, el dos de mayo de 1808, pronto hará doscientos años, el pueblo de Madrid se levantaba contra el poder francés instalado en España por la negligencia criminal de nuestra Corona. Aquella fecha ha pasado a la Historia nacional como un auténtico mito fundador de la España moderna: la insurrección contra un enemigo muy superior en número, la toma de conciencia popular de que la defensa de la nación era cosa suya, el inicio de un movimiento que condujo a la Constitución liberal de 1812…

 

  El nacionalismo español moderno, así conservador como liberal, nació un Dos de Mayo. Pero recordemos los términos exactos del suceso: quien se levanta es el pueblo, incluso podríamos decir que el populacho; se levanta contra un poder extranjero que no ha tenido que esforzarse en una invasión, sino que ha sido "invitado" por la Corona; las elites del país, en su mayoría, están con el francés, unos por obediencia al Rey, otros por obtusa esperanza ilustrada, otros aún por interés o por simple miedo. El Dos de Mayo fue una hazaña, sí, pero fue la hazaña de un país miserable, hundido en la podredumbre.

 

  Es inevitable recordar aquel Dos de Mayo, aquella hazaña y aquella podredumbre, en una circunstancia como la de hoy, cuando la conciencia nacional española se deshace entre la general indiferencia. El Dos de Mayo fue cosa del pueblo, y en eso debía de pensar Ortega cuando escribió aquello de que "en España todo lo ha hecho siempre el pueblo". Pero uno mira hoy al pueblo, es decir, alrededor de uno mismo, y lo que descubre es más bien deplorable. Serafín Fanjul escribía ayer en ABC un artículo impresionante sobre la visible degradación –cultural, social, espiritual- de los españoles. Hay que leerlo, porque es la radiografía más contundente de ese estado de anestesia que parece haberse apoderado de nuestra sociedad.

 

  Hoy sería el día apropiado para publicar, tal cual, la célebre Oda del jienense Bernardo López. ¿Recordáis? "Oigo, patria, tu aflicción, / y escucho el triste concierto / que forman tocando a muerto, / la campana y el cañón". Esa oda se recuerda mucho por su religiosidad bélica: "¡Guerra! clamó ante el altar / el sacerdote con ira; / ¡guerra! repitió la lira / con indómito cantar: / ¡guerra! gritó al despertar / el pueblo que al mundo aterra".

  Los niños del franquismo aún la aprendíamos, normalmente en estas fechas, junto al "venid y vamos todos, con flores a María". Algunos –empollones- incluso recordamos cómo terminaba la Oda de don Bernardo: "Que el valiente pueblo ibero / jura con rostro altanero / que hasta que España sucumba, / no pisará vuestra tumba / la planta del extranjero".

 

  Y ése es precisamente nuestro problema: que el enemigo ya no es extranjero; que España sucumbe por su propia mano. Cierto que, en el fondo, también era española la mano torva en 1808.

 

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LAS HOJAS AMARILLAS

LAS HOJAS AMARILLAS

Juan V. Oltra

 

 

  Hay ocasiones en que tendemos a buscar por nuestros recuerdos aquellos nexos entre el ayer y el hoy, a la caza de la vida pasada, que es más vida que la presente y mucho más que la futura, que aún no ha venido y ni tan siquiera tenemos certeza de que lo hará.

  Buscando esos enganches vitales que en el devenir humano aparecen, esas hojas amarillas que surgen en el fondo del baúl de la vida, unas veces encontramos una cara, otras un libro, en ciertos momentos, un bar.

  Vemos en ellos más que lo pasado, lo permanente. Más que lo que se fue, lo que aún queda. No es un ejercicio de nostalgia, es el amor del jardinero que sabe que sin cuidar las raíces, su árbol no crecerá.

  Adictos a esta droga vital que es la memoria, intentamos reconstruir el pasado, visitando futuros alternativos, cambiando nuestras decisiones una y mil veces. En realidad, esto no puede catalogarse sino como un ejercicio de masoquismo. Sabemos ciertamente que no se puede cambiar un hecho consumado por mucho que éste nos duela; se trata de un proceso natural en el ser humano: aprender de nuestros errores e intentar enmendarlos en la medida de lo posible.

 

  En estos tiempos donde el gran hermano cohabita entre nosotros, donde las horas trocan en segundos y las semanas en días, con escaso o nulo tiempo para la reflexión, para valorar pausadamente los acontecimientos, se hace necesario apearse regularmente a un lado de la autopista y dar un garbeo por esa senda de montaña que nos lleva al mirador desde donde tener una exacta perspectiva de la ruta ya andada. Sin ella, estaremos perdiendo irremisiblemente la posibilidad de llegar a buen puerto en nuestro camino futuro.

  Eso, eso es justamente lo que siento, con dolor, como falta en nuestros políticos, sean estos diestros o siniestros, conservadores o progresistas: el olvido de lo ya sucedido, el ignorar, a veces incluso de forma consciente, los errores cometidos para caer, una y otra vez, en ellos de nuevo. Unos y otros emplean dialécticas de los tiempos actuales, pero con argumentos que ya en los treinta desembocaron en una incivil guerra fraticida.

  Mis queridos políticos, por favor… pierdan un poco el tiempo. Paladeen el placer de revivir lo ya pasado. Encuéntrense con viejos amigos, relean viejos libros, tomen copas en los mismos bares… pero por favor, no se conviertan en una absurda colección de idiotas, imbéciles e hideputas. Piensen que sin pasado, tampoco tendremos futuro. Estamos a tiempo de sacar a España del sumidero de la historia. Ustedes pueden lograrlo.

 

Y ya que de recuerdos hablamos, traigamos aquí las palabras de Américo Castro sobre nosotros, los españoles: “Este pueblo, en más de una ocasión, ha marchado a su propia ruina como si fuese una jubilosa saturnal”. Intentemos que esta vez, no sea así.

¿EXISTE ESPAÑA?

¿EXISTE ESPAÑA?

José Manuel RODRÍGUEZ PARDO 


  Esta pregunta ha pasado de ser una obviedad a convertirse en el auténtico tema de nuestro tiempo. La Constitución de 1978 y su tolerancia hacia el nacionalismo fraccionario, incrementada dramáticamente por el actual gobierno socialista, nos ha llevado a una situación en la que la existencia de España es puesta en entredicho. Señala Gustavo Bueno en España no es un mito que la pregunta “¿existe España?” puede formularse con dos entonaciones distintas: apelativa y representativa. La primera sería la propia de los nacionalistas, quienes aprovechando fondos públicos y sus propios gobiernos autonómicos y regionales, cuentan con un nutrido grupo de periodistas e intelectuales que ejercen el papel de mercenarios a sueldo, encargados de difundir su ideario separatista. No podemos poner mejor ejemplo de esta circunstancia que el diario catalán Avui, que descalificó a las madres de los militares españoles tildándolas de prostitutas; idéntico calificativo vertió otro mercenario, el actor Pepe Rubianes, sobre España en la televisión pública. Respecto a tales insultos, lo único que podemos desear es que la querella contra Rubianes presentada por la Fundación para la Defensa de la Nación Española fructifique y todo el peso de la ley caiga sobre este sujeto.

  Sin embargo, tras estos groseros insultos proferidos contra España, tanto el diario Avui como Rubianes han entonado a regañadientes una disculpa, que a pesar de su nula sinceridad deja en evidencia su impotencia para cumplir sus objetivos. Pese a su deseo explícito de dejar de ser españoles, la realidad es demasiado tozuda y tienen que reconocer que ellos también lo son, al igual que el futbolista Oleguer tuvo que acudir a la llamada de la selección de España tras haber realizado poco antes campaña a favor de la selección catalana de fútbol. De hecho, nada parece irritarles más a los nacionalistas, ya sean vascos, catalanes, gallegos, asturianos, etc., que recordarles que sus respectivas nacionalidades no existen sin España.

 

  La segunda entonación de la pregunta titular, la representativa, señala distintos presentes históricos en los que presuntamente España no existiría: por ejemplo, para quienes crean en la alianza de civilizaciones (como el presidente Zapatero), España desaparecería en 1492, cuando se produce la expulsión de judíos y musulmanes, esfumándose la denominada España de las Tres Culturas; para quienes defiendan la democracia como el valor más importante, España dejaría de existir en 1939 con la victoria franquista, para renacer con la muerte de Franco y la democracia actual. Pero quienes no comulguen con la alianza de civilizaciones verán que la España de las Tres Culturas jamás existió; basta ver la violencia y fanatismo islamista contra unas simples caricaturas de Mahoma para entender con claridad el “diálogo” que el Islam, que aún vive en el siglo XV, propuso tanto a judíos como a cristianos. Asimismo, quienes no comulguen con el fundamentalismo democrático, comprobarán que durante el franquismo se produjo la transformación de España en una de las economías más desarrolladas del mundo, gracias a la cual disfrutamos nuestro bienestar actual.

 

  Frente a quienes tanto de forma apelativa como representativa niegan a España, podemos responder que España aún existe hoy, pues todavía hay quienes están dispuestos a defenderla, ya sea por vía dialéctica, como la Fundación para la Defensa de la Nación Española, o por medio de las armas, como el general Mena, quien siguiendo la tradición cervantiana que propugna la superioridad de las armas sobre las letras (las leyes) advirtió que sería necesario intervenir militarmente si el Estatuto de Cataluña sobrepasaba los límites constitucionales.