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Bitácora PI

Politología y Metapolítica

CONTRA LA NACIÓN CÍVICA

CONTRA LA NACIÓN CÍVICA

Jesús LAÍNZ

 

   Cuando en un enfrentamiento ideológico uno de los bandos puede decir lo que quiera sin limitación alguna mientras que el otro tiene que vigilar cada una de sus palabras, ocultar muchas de las que quisiera decir y disfrazar las que finalmente utiliza, este segundo bando entra en liza con media guerra ya perdida. Esto es lo que les pasa a ciertos defensores de la nación española, que se creen obligados a llenar su discurso de epítetos para no pecar.

 

   En primer lugar está lo del patriotismo constitucional, vergonzante petición de excusa por adelantado. Es como admitir que de España se puede ser patriota pero poco. Y para hacérselo perdonar, se añade la referencia a la Constitución, atenuación de la densidad de patriotismo para que no escueza demasiado. Pero el patriotismo no tiene nada que ver con constitución alguna, pues cualquier patria es algo que está antes y por encima de cualquier constitución. Antes, porque tiene que haber primero una patria para dotarla de una constitución. No existen las constituciones en abstracto. Existe la Constitución española, la francesa o la italiana, que encuentran su explicación en la existencia de sus respectivas naciones. Y por encima, puesto que la patria es lo necesario y las constituciones, lo contingente. Las constituciones pasan, se reforman, se derogan y se sustituyen. Pero la nación que las hizo surgir es lo que continúa su recorrido en la historia, con una u otra constitución.

 

   El segundo epíteto vergonzante es el de la nación "cívica". Confieso que la primera vez que lo oí me desorientó.

   –Está bien –pensé– esto de subrayar la importancia de la buena educación de los ciudadanos. Pero, ¿será que sin ese adjetivo, se estaría defendiendo una nación incívica?

   Se me contestó que no, que lo que quería defenderse era una nación de ciudadanos, lo cual me dejó aún más sorprendido, incapaz como me veía de imaginar una nación de coliflores, de perros o de semáforos.

   –Pero eso es innecesario –repuse–. Todas las naciones son de ciudadanos. Es una obviedad que una nación está conformada por personas, no por animales o cosas.

   –No. Lo de cívica es para contraponerlo a la nación étnica –me explicaron–. Lo que queremos decir con ello es que nuestra concepción de la nación descansa en el individuo, venga de donde venga, y no en los condicionantes étnicos e históricos, que es en lo que se basan los nacionalismos excluyentes.

   Y aquí es cuando comprendí la notable cantidad de errores acumulados en la "nación cívica".

 

   Primer error: no hay naciones cívicas. No hay nación –y mucho menos aún en nuestra vieja Europa– que no tenga una fundamentación étnica e histórica. España es lo que es, al igual que cualquier otra nación europea, no por ser una aglomeración de ciudadanos salidos de la nada, sino porque tiene una historia y una cultura que le han dado forma.

   Segundo error: no es cierto que nuestros separatismos sean nacionalismos étnicos o identitarios, por lo que no tiene sentido oponerles un nacionalismo cívico que ellos también propugnan. Nuestros separatismos fueron etnicistas, pero ya no lo son. Hace un siglo nacieron –y durante unas cuantas décadas continuaron manteniéndolo– con el fin de preservar unas esencias raciales, culturales y espirituales que los separatistas consideraban en peligro a causa de su pertenencia a España. Pero hoy ya no son el Rh vasco, el cráneo catalán o tal o cual volkgeist los valores a conservar. Ya no es la preservación de la estirpe el núcleo de la reivindicación nacionalista. Todos nuestros separatismos llevan muchos años reivindicando su propio "nacionalismo cívico", para lo que incluso utilizan textualmente esta expresión. Todos los partidos nacionalistas, de cualquier región e ideología, llevan muchos años dejando bien claro que cualquiera puede ser vasco, catalán o gallego. Basta con quererlo. Basta con apuntarse a ello, se venga de donde se venga, mientras que el vasco, catalán o gallego de pura cepa que se defina como español, deja de ser vasco, catalán o gallego. Es cierto que se sigue utilizando la excusa de la lengua, pero ya no como la manifestación de un ancestral espíritu nacional, sino como prueba de la afiliación del individuo al nuevo club nacional.

   Ejemplos: "La ciudadanía no sólo se debe adquirir por nacimiento en el territorio o por el origen de los padres, sino también por la voluntad de integrarse en la sociedad de acogida" (declaración de ERC). "Aceptaremos como a un hermano a todo aquel, sea cual sea su origen, que quiera compartir con nosotros la suerte de nuestro pueblo" (declaración del PNV).

   Es decir: españoles, fuera; todos los demás, dentro.

 

   Los separatistas no quieren defender ninguna esencia étnica, ninguna identidad nacional nacida de la cultura y la historia. Tan solo quieren montar su propio negocio con ellos de presidentes, y para ello tienen que destruir España. Lo de la defensa de la vasquidad, la catalanidad o la galleguidad es sólo una excusa para engañar, adoctrinar y movilizar a la gente.

   Si no se ve claro esto, si se insiste en el error de la "nación cívica", la guerra estará perdida.

FORMAS DEL ESTADO CONTEMPORÁNEO

FORMAS DEL ESTADO CONTEMPORÁNEO

Alberto BUELA

 

  Es un hecho más que evidente que estamos asistiendo en este último cuarto de siglo a la disolución de la estatalidad; existen hoy compañías y empresas privadas que son más poderosas que algunos Estados (1). Se está produciendo la anulación del concepto de soberanía, esencia última de la idea de Estado. Y éste se ha transformado en un instrumento incapaz de cumplir con los fines esenciales de lo político, para lo que fue creado.

 

  La pregunta sobre el Estado es una pregunta moderna (2) pues aparece con el surgimiento de los estados nacionales en los albores del siglo XVII y es planteada por primera vez por Jean Bodin (1530-1596). Así pues, si los filósofos griegos caracterizaron el poder político con relación a la polis - la denominada ciudad estado - los romanos a la relación civitas-imperium, y los filósofos cristianos referían el poder a la Cristiandad – conjunto de pueblos de Europa unidos por la fe, las costumbres y el orden social -, es Jean Bodin quien caracterizó por primera vez al poder político – rota la unidad religiosa por la reforma protestante - con relación al Estado como unidad superior y neutra a las partes en pugna.

 

  Ahora bien, el concepto de Estado no es un concepto absoluto, independiente y completo en sí mismo, sino que es relativo a; esto es, vinculado a otros conceptos como los de nación, sociedad, gobierno y pueblo. Existen tantas versiones de Estado como proyectos ideológicos entran en juego en el mundo de las ideas y de la acción.
  A continuación expondremos sintéticamente las tres principales formas de Estado plasmadas durante el siglo XX: el estado liberal-capitalista, el estado nacional-fascista y el estado marxista-leninista.

 

  La versión liberal define el Estado como “la nación jurídicamente organizada”. El Estado es así considerado como un órgano neutro, agnóstico y laico, cuya función principal es el mantenimiento del orden público. El Estado no es más que un “gendarme” (stato carabinieri) que se identifica con el derecho y con el orden legal. (Cfr. John Locke: Ensayo sobre el gobierno civil, cap.VII) . L’etat veilleur de nuit en la apropiada definición de Ferdinand Lasalle (1825-1969) para defender la seguridad de los individuos y la propiedad privada. Su dios no es otro que el monoteísmo del libre mercado.

 

  La versión fascista define el Estado como “un sistema de jerarquías que debe expresarse a través de la parte más egregia de la sociedad como guía de las clases inferiores”. El Estado es un fin para el fascismo – Stato fine y no Stato mezzo -. Su fórmula es: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. (Cfr.Benito Mussolini: El espíritu de la revolución fascista, Bs.As., 1984, cap.IV) El Estado fascista cubre – totaliza - todas las posibilidades de realización del individuo. Así los cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, como por ejemplo los sindicatos, son creados por el Estado y desde el Estado, y son ellos agentes de acción política como apéndices o colaterales del partido oficial único.

 

  La versión marxista-leninista define al Estado como “una máquina para mantener la dominación de una clase sobre otra”.  La fundamentación más explícita de esta proposición es la ofrecida por Antonio Gramsci cuando dice : “En una sociedad determinada nadie está al margen de una organización y de un partido, ya que ello se entiende en un sentido amplio y no formal. En esta multiplicidad de sociedades particulares de doble carácter – natural y contractual o voluntaria - una o más prevalecen relativa o absolutamente, construyendo el aparato hegemónico de un grupo social sobre el resto de la población (o sociedad civil), base del Estado, entendido estrictamente como aparato gobernativo-coercitivo”. (Sobre el Estado moderno, Bs.As., 1984, p.161)
  Como solución a esta opresión propone Lenín: “Relegaremos esta máquina a la basura, entonces no existirá ni Estado ni explotación. Constituiremos la sociedad libre de los productores asociados”. (Sobre el Estado, Pekín, 1975. p-11 y 25). Ahora bien, todo esto en teoría, pero en la práctica – no olvidemos que el marxismo antes que nada es una praxis para la toma del poder - el marxismo-leninismo se construyó sobre la base de un estado totalitario. El mismo reúne cinco rasgos esenciales:


1º) ideología oficial que abarca todos los aspectos de la vida.
2º) un partido único dirigido por un secretario general.
3º) un sistema de control policíaco sobre la sociedad civil.
4º) concentración en manos del estado de todos los medios de comunicación y publicidad.
5º) control central de la economía.

 

  Estas tres formas principales de Estado desarrolladas durante el siglo XX nos llevan a la pregunta acerca de la  esencia del Estado o cuál sea su naturaleza.
  Así el liberalismo toma el Estado como un medio (gendarme o guardián nocturno). Tal Estado tiene sólo por finalidad la protección jurídica y no la actuación social. Su ley suprema no es el bien común sino la suma de las voluntades individuales (principio  de la mayoría de la democracia formal).

  El marxismo también lo caracteriza como un medio (máquina opresora) y propone su eliminación lisa y llana en favor de la “sociedad comunista de los productores asociados”.

  Por su parte el fascismo lo absolutiza como un fin en sí mismo, hipostasiando el Estado como ente cuasi divino. En el fondo su explicación devino más teológica que filosófica y su propósito, en verdad, sólo se logró parcialmente, porque su estadolatría, al decir de Arturo Sampay (1911-1987) no sólo nunca pudo plasmarse sino que perdió toda posibilidad de existencia. De ahí que todo lo que pueda hacerse actualmente en nombre del fascismo es arqueología política.

  Ahora bien, más allá de estas tres grandes corrientes políticas con proyección internacional, han existido intentos político-filosóficos de índole local o nacionales de plasmar Estados concebidos de otra manera.
  En Argentina el único intento de reformulación de la naturaleza del Estado en el siglo XX, ha sido el llevado a cabo por el justicialismo, con la sanción de la Constitución de 1949. En el Informe a la Asamblea Nacional Constituyente podemos espigar las grandes líneas de esta concepción del Estado. Así afirma taxativamente: “El Estado es para el hombre y no el hombre para el Estado (...) El Estado resguarda la libertad a la persona y la hace efectiva promoviendo el bien común. En el orden justo. El totalitarismo es la contrafigura de esta concepción política porque degrada al hombre a la situación de instrumento  del Estado divinizado (...) pero el Estado en la reforma que se propone, si bien tiene como fin la perfección y la felicidad del hombre que vive en sociedad, abandona la neutralidad liberal, que, se reitera, es a favor del poderoso, y participa en las cuestiones sociales, económicas, culturales, como poder supletivo e integrador, para afirmar un orden positivo, restituyendo o asegurando al hombre la libertad necesaria a su perfeccionamiento”: (Cfr. Constitución nacional 1949, Ed. Pequén, 1983, pp.35 y 36.)

 

  Resumiendo entonces vemos que el Estado para el justicialismo es un medio, del que se sirve el hombre en comunidad para alcanzar el bien común – razón última de la existencia del Estado -. Para lo cual el Estado puede ser utilizado como poder supletivo (principio de subsidiariedad) enunciado por De Bonald y más recientemente por Pío XII en su encíclica Quadragessimo Anno), o como poder integrador (principio de solidaridad) enunciado por Max Scheler y posteriormente por Juan Domingo Perón en su discurso ante la Asamblea Legislativa el 1-5-74, conocido como El modelo argentino para el proyecto nacional.

  Ahora bien, si el Estado es medio, quiere decir que tiene su ser en otro y no un ser en sí, pues su ser es “ser para” como el de todo instrumento, se impone la pregunta acerca de quién lo instrumenta. La respuesta es indubitable. El Estado es un instrumento del gobierno para la consecución del bien común general de la comunidad política que dicho gobierno rige. Este bien común mencionado hasta el hartazgo se logra cuando el gobierno puede consolidar: la seguridad exterior del Estado, la concordia interior y la prosperidad general de la población.
  Y con esta última respuesta superamos terminantemente el meollo de la confusión más difundida de la ciencia política; aquella que identifica estado y gobierno.

  Esta confusión que se encuentra explícitamente señalada tanto por Lenin, gran hierofante del comunismo: “El problema del Estado es uno de los problemas más complicados  y difíciles, tal vez aquel en el que más confusión sembraron los eruditos, escritores y filósofos burgueses”. (Op.cit. pp.1), como por Jacques Maritain, factotum intelectual de la democracia cristiana internacional:  “Tales conceptos (de nación, estado , gobierno) son nómadas no fijos. Ahora se utilizan como sinónimos y luego en abierta oposición. Todo el mundo se encuentra más a sus anchas al utilizarlos, cuanto con más inexactitud conoce su significado” (El hombre y el estado, Bs.As., 1953, p.13). Esta confusión, decimos, que agudiza el academicismo constitucionalista, es la que viene a resolver el justicialismo que distingue claramente entre gobierno, estado y organizaciones libres del pueblo. Así la naturaleza del gobierno es concebir, fijar los fines, por lo que es centralizado, y la del estado ejecutar a través de sus aparatos, es descentralizado, y la de las organizaciones libres del pueblo, llamadas técnicamente cuerpos intermedios, ser factores concurrentes en los aparatos del estado que les sean específicos para condicionar, sugerir, presionar, de tal manera que el gobierno haga las cosas lo mejor posible (Cfr. J.Perón: Política y estrategia, Ed.Pleamar, Bs.As., 1971, p. 166 y sig.).

 

  Resumiendo entonces, el Estado existe en sus aparatos que como tales son medios o instrumentos que sirven como gestores del gobierno – Gerente del bien común como decía Sampay - para el logro de ese bien. Pero, por el hecho de ser medio, el Estado tiene su ser en otro, y ese otro es la nación, entendida como proyecto de vida histórico de una comunidad política. De ahí que un Estado sólo pueda ser un estado nacional, de lo contrario devendrá una nada de estado. Se convierte en instrumento de otro proyecto de nación distinto de aquel por el cual había sido creado. Estos últimos son los estados dependientes en relación con los estados hegemónicos, imperialistas o colonialistas.

 

  Notas:

  (1).- Hoy tenemos como ejemplo el caso de Ponsombilandia, perdón, Uruguay, donde la compañía finlandesa Botnia se muestra más poderosa que el Estado uruguayo y no tiene en cuenta el pedido del presidente de ese país para parar las obras de la papelera que seguramente contaminará las aguas del río homónimo.
  (2).- Los italianos denominaron lo stato, que significa: lo que está ahí, al aparato de poder superpuesto artificiosamente, mecánicamente a la vida orgánica, natural y espontánea de la ciudad, de la antigua Comuna.

LA DEMOCRACIA... HA MUERTO

LA DEMOCRACIA... HA MUERTO

Adrián SALBUCHI 

 

  Una media verdad suele ser mucho más peligrosa que una mentira flagrante por cuanto, como bien dice la sabiduría popular, las mentiras suelen tener “patas cortas”, mientras que las medias verdades se revisten de solemnidad y aparentan indignación cuando se las quiere desenmascarar, lo que las torna más convincentes. A su vez, las medias verdades facilitan y promueven los dobles discursos, que no sólo declaran una cosa y luego hacen otra, sino que miden las cosas con gran subjetividad y a su conveniencia.

  Desde hace ya muchas décadas las dirigencias políticas, mediáticas y académicas del primer mundo industrializado vienen proclamando la imperiosa necesidad de que todas las naciones adopten “la democracia” cómo único régimen aceptable. Similar fenómeno se observa en el último cuarto de siglo en la Argentina.  Sin embargo, “la democracia” hace tiempo que dejó de ser una propuesta doctrinaria, intelectualmente consistente, puesto que hoy se ha transformado en un dogma de fe, en el cuál debe creerse y que debe adoptarse universalmente, so pena de ser aniquilado por los rayos del olimpo democrático...
  Los dogmas de fe no se discuten, se los aceptan ciegamente.  Así, a través de un complejo conjunto perverso de medias verdades y dobles discursos, la Democracia – genuina doctrina que consolida la libertad para los pueblos – hoy ha quedado degradada mutándose de doctrina en dogma; o sea, en una parodia que se parece tanto a la verdadera Democracia como la foto de un plato de comida puede parecerse al alimento verdadero.  En la penumbra y confusión, a primera vista esa foto quizás logre engañar nuestra vista, pero al tratar de nutrirnos con ella, la cruel y venenosa realidad se hará patente.

  En este artículo se abordan algunos aspectos fundamentales que muestran que el mundo en general y nuestro país en particular, hace largo tiempo que dejaron de vivir en Democracia, por más que el esqueleto de la misma aún rija en lo meramente formal. Precisamente, es esa formalidad lo que le da carácter de media verdad a la “democracia” actual, permite que rija una auténtica dictadura en manos de minorías – a menudo violentas y perversas – que se mantienen en el poder por la fuerza y a través de la hábil aplicación de dobles discursos, medias verdades, hipocresías y crueles y alevosas mentiras.

 

DEMOCRACIA versus “democracia”

 

  Comencemos distinguiendo entre: Democracia – doctrina viva y dinámica que permite la justa, equilibrada y funcional distribución del poder sobre la Res-pública entre el pueblo – y lo que denominamos “democracia”, que no es más que el cadáver de aquella cuando se la mata.  Esta “democracia” degradada y pútrida deviene entonces en vampírico instrumento de control y dominio al servicio de intereses parasitarios que sistemáticamente operan en contra de los intereses populares. [1]  Por eso, hoy decimos con tristeza: la Democracia ha Muerto.  Tomar conciencia de ello resulta fundamental pues el cadáver fétido de la “democracia” está tornando insoportable la vida en comunidad no sólo en la Argentina y nuestra región, sino también en el mundo entero.  Si el aire se vuelve cada día más irrespirable es porque al puro oxígeno de la Democracia lo están reemplazando con los vapores venenosos y sulfúricos de la “democracia”.

  La sanación de toda enfermedad comienza con un diagnóstico que identifique correctamente el mal que aqueja al cuerpo afectado – cuerpo social en nuestro caso – y las causas del mismo.  Recién entonces puede definirse una adecuada terapéutica que – bien aplicada, en tiempo y forma – conducirá a la salud.  Pretendemos aportar ejes para lograr ese imprescindible diagnóstico, definiendo los males que nos aquejan y sus causas que conducirán a una adecuada terapéutica.   Por ello, distinguimos entre la verdadera Democracia que, basada sobre la Verdad y la Justicia, promueve el Bien Común de la Comunidad, por un lado; y la cadavérica “democracia”, que funciona como instrumento de dominio de minorías poderosas en contra del Bien Común, por el otro lado: con mayúscula la primera, y en minúsculas y entre comillas la segunda, pues se trata de dos conceptos antagónicos e irreconciliables, por más que a la “democracia” se la quiera imponer como verdadera.  Ello surte el mismo efecto que sustituir al verdadero alimento por una linda foto del mismo…  Ordenemos, entonces y en primer lugar, algunos conceptos en el siguiente cuadro comparativo:

 


 

Democracia (lo que hoy no tenemos)
“democracia” (lo que hoy tenemos)
El Poder
·  Emana de la Comunidad (el Pueblo de la Nación).
·  Subordinado a la Comunidad
·  Emana de minorías enquistadas y usurpadoras, internas y/o externas.
·  Subordinado al Poder del Gran Dinero
Legalidad formal
·  Imperio de la Ley y la Justicia;
·  Leyes que promueven y protegen el Bien Común
·  Impone leyes que promueven los intereses de minorías enquistadas
·  Leyes contrarias al Bien Común
Legitimidad histórica, cultural, moral y ética
·  Legítima
·  Promueve la Verdad, los Valores y la Salud del Pueblo
 
·  Ilegítima
·  Opera en base a la Fuerza e Hipocresía con medias verdades y dobles discursos
Objetivos
·  Promover el Bien Común;
·  Defender el Interés Nacional
·  Corroer y dañar el Bien Común;
·  Debilitar al Estado como instrumento de gobierno de la Nación
Subordinada a
La Voluntad del Pueblo
Los intereses y objetivos de las minorías
Función
Permitir / promover que los mejores elementos sociales integren el Gobierno que rija al Estado en sus tres niveles (Nacional, Provincial, Municipal) y en sus tres ámbitos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial)
Garantizar que, por ser fácilmente controlables, los peores elementos sociales ocupen los resortes clave del Estado. Operar según un craso oportunismo, independientemente de toda ideología partidaria o, incluso, de si se trata de civiles o militares.  Así hallamos políticos serviles desde la izquierda “progre” hasta la derecha “conservadora”
Instrumentos ejecutivos
El conjunto de organizaciones representativas de la Comunidad:
· asociaciones profesionales, docentes y universitarias;
· cámaras empresariales, federaciones y cooperativas;
· gremios; ligas de consumidores y amas de casas;
· partidos políticos; asociaciones barriales
· otras
Monopolización de todo el poder político formal por los partidos políticos, que resultan fácilmente controlados por el Poder del Dinero.
Comunicación Social
Uso equilibrado, democrático y  responsable de los medios de difusión
Monopolio informativo subordinado al Poder del Gran Dinero;
 
Funciones del Estado
Soberanas: representan y ejecutan la Voluntad Popular
Gerenciadoras: subordinadas al Poder del Dinero
Poderes del Estado:
·    Ejecutivo
·    Legislativo
·    Judicial

·   Ejecuta a favor del Interés Nacional
·   Legisla a favor del Bien Común
·   Justicia Independiente

·   Gerenciador de intereses sectarios
·   Legisla a favor del Poder del Dinero
·   Subordinado a los poderosos de turno
Filtros sociales
Altamente objetivos. El avance y acceso de los ciudadanos a los cargos de poder se basa en su mérito, talento, empeño, ética, probidad, idoneidad para la función, antecedentes y capacidad demostrada.
Altamente arbitrarios.  El avance y acceso de los ciudadanos a los cargos de poder se basa sobre el amiguismo, dinero, contactos, nepotismo, “viveza” criolla, cobardía, permeabilidad a la  subordinación a los grupos de poder e inserción social.

 

Algunos son mucho mas iguales que otros…

 

  En “Rebelión en la Granja”, George Orwell pone en boca de uno de los cerdos políticos la famosa frase de que “todos los animales en la granja son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.  Es ésta una de las particularidades de la “democracia” cadavérica que hoy padecemos.   Nos ofrece la media verdad de que legalmente todos tenemos el mismo derecho – o sea, “un hombre = un voto” – mas todos sabemos que ello no es legítimo por cuanto aquellas personas que tienen mucho poder disponen de la capacidad para modificar el orden social, torcer el rumbo de la cosa pública, comprar votos, candidatos, medios de comunicación, incluso, invadir países (para llevarles la “democracia”, por supuesto). 
  Por eso, primero comprendamos que lo que importa no es tanto disfrutar del derecho legal de votar cada tantos años, sino del derecho real a hacer valer el interés de la mayor parte de la Comunidad, y esto último se encuentra íntimamente ligado a la cantidad de Poder que los individuos, los grupos y las propias naciones tienen para hacer valer esos derechos e intereses.  Mientras que la verdadera Democracia sirve al Bien Común, la “democracia” cadavérica sirve a quienes detentan el Poder. Comprendamos entonces que este violento Nuevo Orden Mundial en el que estamos inmersos se rige por el Poder, el cual tiene sus reglas, algunas de las cuales esbozamos como sigue:

 

Las Reglas del Poder [2]

 

  • Regla Nº. 1 – El mundo actual no se rige por la Justicia, ni por la búsqueda del Bien Común, ni por los tratados internacionales, ni por la Ética, ni  – mucho menos – por la Democracia.  El mundo se rige por el Poder.
  • Regla Nº. 2 – La cantidad de Poder del que disponen individuos, organizaciones y naciones es un factor clave y determinante.   Sin embargo, la calidad de Poder – dado por la creatividad, capacidad e idoneidad de quienes lo detentan – conforma un factor aún más importante.
  • Regla Nº. 3 – La Ley del Poder es una ley de hierro; cruel y fría: Quien tiene Poder lo utiliza para promover sus objetivos e intereses. Quien no tiene Poder sufre las consecuencias de las acciones de quienes tienen Poder para promover sus objetivos e intereses.
  • Regla Nº. 4 –  El Poder Real impulsa causas usualmente no-visibles que generan efectos altamente visibles puestos en práctica por el Poder Formal.  Simétricamente, el Poder Formal – que es el que mayormente detentan los gobernantes “democráticos” –  manifiesta efectos visibles que obedecen a causas usualmente no visibles emanadas desde las instancias del Poder Real.
  • Regla Nº. 5 – La gran privatización de nuestros tiempos es la Privatización del Poder a escala planetaria y a escala nacional.    Consecuentemente,
  • Regla Nº. 6 – Hoy tenemos un Gobierno Mundial, pero dado que el Poder Mundial ha quedado privatizado, surge como corolario que el Gobierno Mundial que rige el planeta también es de naturaleza eminentemente privada.

 

El Poder del Dinero

 

  Hoy, - ¿quién lo duda? - el principal factor de poder planetario es el dinero. Cuanto más dinero se posea y se controle, más fácil resultará imponer los intereses y objetivos de quienes lo detentan; más poder se tendrá; más poder se concentrará. Es una maquinaria que se retroalimenta exponencialmente.  Pues, ahí está el quid de la cuestión: concentrar dinero implica concentrar poder y viceversa.  Uno es consecuencia directa del otro. Se trata, simplemente, del Poder del Gran Dinero.
  El Nuevo Orden Mundial claramente se rige por el Poder del Dinero.  ¿Y cuál es el mayor enemigo del Poder del Dinero, concentrador, violento y rapaz? Pues… ¡la verdadera Democracia! …con mayúsculas, se entiende.  La Democracia viva y auténtica que – poderosa y sólida – garantiza que prevalezca el Bien Común de la Comunidad y el Interés Nacional ante, precisamente, el Poder rapaz y violento del Gran Dinero y las minorías ínfimas que lo controlan.

 

  Desde esta óptica, al menos la Lucha de los pueblos queda nítidamente planteada: o se tiene una verdadera y legítima Democracia que prioriza el Bien Común, o se impone la “democracia” cadavérica – legal, mas no legítima – controlada por el Poder del Gran Dinero.  Se trata de una guerra sin cuartel entre el Oro de la usura o la Sangre de los Pueblos.  Ambos bandos son absoluta e irreconciliablemente antagónicos y enemigos. 
  A su vez, visto desde la óptica de los Pueblos, su Gran Enemigo lo conforma la minoría usurpadora y genocida del Poder del Gran Dinero.  Simétricamente, visto desde la óptica de los grupos pequeños que concentran ese Gran Dinero, su Gran Enemigo lo conforma la mayoría de los Pueblos; o sea, usted y yo. [3]   Oro o Sangre…

 

La Anti-democracia del Poder del gran Dinero

 

  Siempre me ha sorprendido el hecho de que las dirigencias políticas, los multimedios monopólicos, los intelectuales, académicos y opinólogos de turno suelen llenarse la boca hablando de la “democracia” aplicada a la política y a la cultura (que hoy es la causante principal del generalizado debilitamiento de los Estados nacionales y la decadencia atroz de la cultura), pero jamás abordan la imperiosa necesidad de democratizar las finanzas y la economía.  Pareciera que fuera un tema tabú, y aunque la realidad a la vista de todos es que economía y finanzas se rigen por un férreo autoritarismo ferozmente antidemocrático, ninguno de quienes debieran señalar este hecho tan obvio parece atreverse a hacerlo.  “Poderoso Caballero es don Dinero”, ya lo observaba hace casi cuatrocientos años el poeta español Don Francisco de Quevedo y Villegas [4].   Y muy aleccionador resulta ver por dónde anda transitando el poderoso caballero Don Dinero en este terrible siglo XXI…

Según nos enteramos por la prestigiosa revista estadounidense, “Forbes[5] – publicación perteneciente a la  multimillonaria familia homónima dedicada, precisamente, al fabuloso mundo de los inmensamente ricos – existen hoy en el mundo 793 “billonarios” [6], que en su conjunto son dueños de una riqueza total de US$ 2.600.000.000.000 (o sea, dos billones seiscientos mil millones de dólares).  Para tener una mejor idea, ese monto en manos de 793 individuos equivale al 25% del PBI de los Estados Unidos, o aproximadamente al 12% del PBI del planeta, o a veinte veces el PBI de la República Argentina.
  Esta concentración demencial de poder viene en aumento a lo largo de los últimos años, y tan solo en el último año el número de billonarios aumentó en 102 y su riqueza conjunta aumentó 18%; ¡¡en un solo año!! 
  Según informa “Forbes”, buena parte de ese aumento es debido al crecimiento de los índices bursátiles que hace que los ricos sean cada vez más ricos, y las clases medias y pobres sean cada vez más mediocres y pobres.  Como “para muestra basta un botón”, destacamos el hecho de que una de las empresas que contribuyó a generar estas gigantescas ganancias ha sido la gigante petrolera ExxonMobil perteneciente a la familia Rockefeller que en el año 2005 registró la mayor utilidad que cualquier empresa en la historia de los Estados Unidos: US$ 36.400.000.000 (36 mil millones de dólares)…¡¡en utilidades!!  ¿Y de dónde vino todo ese dinero?  Del aumento vertiginoso del precio del petróleo, lo que aumentó el precio de la nafta, los fletes, los productos, etc… para todos.  O sea, salió de los bolsillos de millones y millones de personas en todo el planeta.  Y la situación de las demás empresas que conforman el cartel del petróleo – Chevron, BP Amoco, Repsol-YPF, Total, Yukos, Texaco, Shell - es similar. 
  Como se verá, la “crisis del petróleo” no es tan mala después de todo… siempre y cuando uno sea gran accionista de la ExxonMobil y ese dinero se lo invierta, por ejemplo en el banco de los Rockefeller, JP MorganChase o en el de los narcotraficantes, CitiGroup, que lo reciclan por la economía global cobrando intereses usurarios y financiando todo tipo de proyectos, pues… todos sabemos que el dinero engendra más dinero, que a su vez, engendra más dinero… en una espiral creciente que sólo beneficia a…¡¡quienes tienen mucho dinero, por supuesto!!  Nada de esto es casual, puesto que se trata de un Sistema global armado y sostenido precisamente con ese fin.

 

  Pues para que las pequeñas minorías que tienen mucho Dinero y Poder lo puedan conservar y acrecentar, deben, entre otras cosas, defenderse de las inmensas mayorías que no lo tienen.  Para ello, nada mejor que mantener a esas mayorías muy ocupadas trabajando y trabajando; preocupadas por perder el trabajo; y ansiosas por lograr el nivel de vida que las hará “felices” según el modelo que imponen a través de los medios quienes hoy tienen el Poder.  Se trata de una auténtica e inmensamente compleja maquinaria de guerra – psicológica, económica, política y, llegado el caso, militar – conducida por una pequeña pero poderosa minoría en contra de la enorme pero confundida y debilitada mayoría de las personas.  Así son las cosas en Estados Unidos y en Rusia; en Alemania y en Argentina; en Egipto y en España; en Brasil y en Botswana…
  También en la Argentina se verifica esta tendencia concentradora de riqueza aunque a un nivel infinitamente menor, por cuando actualmente, el 10% más rico de la población obtiene 31 veces más ingresos que el 10% más pobre, mientras que en el 2004, esa brecha era de 28 veces y en 1994, de 18 veces.  En todas partes, los ricos lo son cada vez más y los pobres lo son cada vez más; claramente, no es casualidad sino el resultado de un Sistema con objetivos verificables [7]. Si se proyecta esta tendencia en el tiempo, se podrá comprobar que este sistema es fundamentalmente suicida pues en algún momento, el quiebre social y económico será muy grave.
  “Forbes” también nos ilustra sobre el hecho de que, por 12avo año, el hombre más rico del mundo es el estadounidense Bill Gates, fundador del gigante Microsoft, con una riqueza personal de 50.000 millones de dólares; le sigue en el ranking su connacional el especulador William Buffet con 42.000 millones de dólares, y luego siguen personalidades como el Principe Alwaleed Bin Talal Alsaúd de Arabia Saudita (eternos socios de los Bush, Cheney y Rumsfeld) con 20.000 millones, varios miembros de la familia Walton (dueños de la cadena minorista Wal-Mart) con una riqueza conjunta de más de 60.000 millones (¿serán realmente tan buenos los precios de Wal-Mart?); el premier italiano Silvio Berlusconi (11.000 millones de dólares), el dueño de multimedios y alcalde neoyorquino Michael Bloomberg (5.100 millones), el venezolano Gustavo Cisneros (otro dueño de multimedios del Establishment con 5.000 millones), el magnate de los diamantes sudafricano Nicky Oppenheimer (4.600 millones), el francés Gerard Louis Dreyfus (3.400 millones), el brasileño - hay unos cuantos - Jorge Paulo Lemann (3.400 millones), la “española” Esther Koplowitz (3.400 millones), el ex-presidente de AIG/American Internacional Group - la mayor aseguradora norteamericana - Maurice Greenberg (3.200 millones; Greenberg ha sido procesado por fraude junto a sus hijos en un escándalo ocurrido en 2004 en el sector asegurador), Edgar Bronfman Jr. (3.000 millones de dólares; dueño de las destilerías Seagram y presidente del Congreso Mundial Judío), el cineasta Steven Spielberg (famoso por su Lista de Schindler con 2.800 millones), David Rockefeller (cabeza de la dinastía homónima, dueña de ExxonMobil, JP MorganChase Bank, presidente vitalicio de la Trilateral Commission, el Council on Foreign Relations y la Americas Society), los hermanos Gilberto, Luciano y Carlo Benetton (italianos, con unos 7.500 millones que han comprado gigantescas extensiones de “nuestra” Patagonia), el israelí Steff Wertheimer (2.400 millones), Mortimer Zuckerman (dueño de la revista US News & World Report con 2.000 millones), el especulador húngaro-norteamericano George Soros (con 7.200 millones), el estadounidense Ronald Perelman (6.100 millones)….  Argentinos, hay uno solo: Gregorio Pérez Companc con apenas 1.700 millones de dólares, lo que lo dejó relegado al puesto No. 451...

 

  Coherentemente, los intereses de estas personalidades inmensamente ricas suele coordinarse a través de centros de planeamiento geopolíticos – los conocidos “think tanks” o bancos de cerebros – de los que son miembros ellos mismos y/o sus operadores, gerentes y testaferros: notablemente el Grupo Bilderberg, la Trilateral Commission; el Council on Foreign Relations; el Royal Institute of Internacional Affairs y otras organizaciones complementarias que conforman una nutrida red de planeamiento estratégico y operativo que promueve e impone los intereses y objetivos del Nuevo Orden Mundial del que son sus auténticos dueños.  Esto lo hemos descrito en gran detalle en el libro “El cerebro del Mundo: la cara oculta de la Globalización”. [8]
  Cuando 793 individuos son dueños de, y controlan un monto del orden de los US$ 2.600.000.000.000, que usan para promover sus intereses industriales, financieros, económicos, políticos y culturales, financiando medios de difusión, universidades, periodistas, investigadores, ONG’s, operadores, gerentes, presidentes, ministros, legisladores, jueces, gobernadores e intendentes – todo a menudo disfrazado de “filantropía” y “caridad” - ¿de qué “democracia” estamos hablando para nuestro afligido planeta?  Comprendemos entonces que la verdadera y legítima Democracia ha muerto, asesinada por el Poder del Dinero, y que en su lugar nos ha sido impuesta la cadavérica “democracia” que hoy sufrimos.  Nos recuerda un poco a esas grotescas películas de Hollywood en las que los “muertos vivos” arrastran sus carnes podridas en la noche, exhalando su contagio sobre la tierra... o los filmes del Conde Drácula, quien vive en la oscuridad parasitando a la vida… Quizás estás últimas encierren en su metáfora, una gran y terrible verdad.  
  Este es el mundo que tenemos.  Esta es la “democracia” que tenemos.  Esta es la tragedia de la humanidad.

  De poco sirve enojarse con los gobernantes/gerenciadores de turno: George W. Bush o Clinton; Tony Blair o Margaret Thatcher; Néstor Kirchner, Menem o Videla; Aznar o Rodríguez Zapatero; Collor de Melho o “Lula”… Todos ellos más quienes ganen futuras elecciones “democráticas” son, básicamente, descartables.  Si a los poderosos les falla un De la Rúa, nos meten un Duhalde; si un Duhalde no logra consolidarse, nos tiran con un Kirchner… 
  Lo importante es que todos ellos – se llamen Alfonsín, Videla, Menem, De la Rua, Duhalde o Kirchner – y en todas partes, sean dóciles, comprables, cobardes, débiles, manejables y fundamentalmente perversos.  Esas son las (pre)condiciones indispensables para convertirse en presidente o ministro o legislador o juez o gobernador o intendente.  En la Argentina y en Austria; en Nueva York y en Seúl; en Pakistán y en Japón.  Y si algún osado llegara a “sacar los pies del plato”, automáticamente se convierte en paria, se lo marca de “terrorista” y a su nación se la integra en algún “eje del mal”…  Nada tiene que ver con lo ideológico; los dueños del Poder Mundial han trascendido las ideologías y hoy sólo buscan sátrapas confiables y genuflexos: por eso no toleran al iraní Ahmadinejad pero sí al pakistaní Musharraf o el eterno egipcio Mubarak; rechazan al “zurdo” Chávez pero se abrazan con los “zurditos” (lo digo por sus estaturas morales) Néstor Kirchner y Lula Da Silva; congratulan a los príncipes feudales autoritarios de Arabia Saudita y Kuwait, pero invaden al Irak de Saddam y al Afganistán de los Talibanes.

 

El mundo lo manejan las minorías

  No nos cansaremos de repetirlo: la verdadera Democracia es el gobierno de las mayorías en pos del Bien Común del Pueblo, mientras que la actual “democracia” es el gobierno autoritario de las minorías que imponen su voluntad e intereses en contra de los intereses de los Pueblos. No comprender esta realidad implica no entender cómo funciona realmente el mundo, lo que a su vez significa jamás acertar al correcto diagnóstico sobre porqué las cosas andan tan mal en la Argentina, en Sud América y en el mundo en general.
  Por ello, todo ciudadano responsable debe estar alerta a todo aquello que indique claramente que alguna minoría detenta más – mucho más – Poder Real del que justa y democráticamente le corresponde.  Por más que lo detente legalmente, hemos de estar alertas a que la legalidad de ese poder no sea resultado, precisamente, de que el dinero ha logrado comprar a gobernantes que legislan a favor de sus propios intereses, al mejor estilo de las mafias.  Algo de ello pudimos ver en la Argentina cuando en mayo 2002 se derogó la Ley 20.840 “de Subversión Económica” sancionada bajo el gobierno de Perón en septiembre 1974 porque el FMI así se lo exigió al gobierno Duhalde para que los banqueros que quebraron, robaron y destruyeron a la Argentina a lo largo de los últimos años – José Rohm entre ellos - no pudieran ser procesados [9].  Por aquellos días, los bien pagados multimedios locales llegaron al extremo de propagar la mentira de que aquella Ley venía del “Proceso Militar”, cuando en realidad fue sancionada bajo un gobierno democrático.

 

  El Dinero se las arregla para imponer las leyes que le convienen, derogar las que no le gustan y, luego, cometer todo tipo de atropello en forma “legal”, todo bajo la protección de oportunos eufemismos y acción psicológica: así la así-llamada gran prensa dice “flexibilización laboral” para encubrir el retiro de toda red de seguridad social a los trabajadores; “privatización del sistema provisional” para encubrir el robo de los aportes jubilatorios de millones de trabajadores; “tercerización de tareas” para encubrir despidos masivos; y hasta de “expatriación de fondos provinciales” para tapar escandalosos robos de dineros públicos como el cometido desde 1993 por las sucesivas autoridades provinciales en el feudo kirchnerista santacruceño.  En rigor de verdad, es solo cuestión de que todo sea “legal”; pues entonces todo se arregla, gracias al ejército de abogados y operadores que compran las voluntades de jueces, legisladores y periodistas.  Sí, sí…poderoso Caballero es Don Dinero… 
  Si los pueblos pretenden empezar a reconquistar su Libertad para que prevalezca cada vez más el interés legítimo de las mayorías y cada vez menos el interés arbitrario de las minorías, entonces la primera medida a tomar consiste en identificar con la máxima precisión posible a quienes conforman esas minorías poderosas, desenmascarando sus actividades anti-Democráticas.  Claro está: eso en tanto y en cuanto realmente estemos dispuestos a luchar por recuperar la verdadera Democracia que nos permitirá enterrar el cadáver de la actual “democracia” cadavérica.
  Hemos señalado los 793 riquísimos y poderosos personajes billonarios que concentran en sus pocas manos el 12% del PBI del planeta, y aunque nada podamos hacer hoy para cambiar este desequilibrio demencial, ello al menos ha de servirnos para comenzar a identificar quienes son algunos de los enemigos de la auténtica Democracia.  Pues, estar prevenidos es estar preparados.
  También hemos señalado en el ensayo “El Cerebro del Mundo…” y en diversos artículos, cuáles son los instrumentos creados y desplegados por la estructura de poder supranacional y privada del Nuevo Orden Mundial para gerenciar y conducir su gobierno planetario.  Existe gran cantidad de excelente literatura al respecto publicada por investigadores como Noam Chomsky, Alan Jones, Michael Ruppert, William Greider, Walter Graciano, Norman Finkelstein, Daniel Estulín, Patricio Randle, Carroll Quigley, William Cooper, Greg Palast, Holly Sklar, David Irving, e Israel Shamir, entre muchos otros.
  Pero también creo que resulta necesario señalar otra minoría que hoy ha cobrado gigantesco y peligrosísimo poder a nivel planetario y en nuestro país, que es la que promueve los intereses del sionismo internacional a nivel mundial.  Refiero al lector a los capítulos V (El Imperio: Estados Unidos, Reino Unido y Estado de Israel) y VI (El Sionismo) de obra citada, “Bienvenidos a la jungla…”, que brinda una descripción amplia de la manera en que esta pequeña minoría sionista ha copado el actual gobierno de los Estados Unidos presidido por George W. Bush, Dick Cheney, Condoleeza Rice y Donald Rumsfeld, entre muchos otros – y que hoy perpetra genocidios contra los pueblos de Afganistán e Irak, al tiempo que apoya económica y militarmente la geopolítica del Estado de Israel.  Hoy en día resulta riesgoso transitar por este tema delicado, sin embargo considero que su importancia es absolutamente determinante y debe abordarse con seriedad y equilibrio; ello, a pesar de que la vasta mayoría de nuestros periodistas, académicos y opinólogos prefieran el sitio más seguro que les brinda la autocensura.
  Insistimos, entonces: nos referimos a una ínfima minoría que detenta poder enorme, lo que la torna profundamente anti-Democrática.  Resulta ilustrativo observar algunos datos brindados por fuentes israelíes y sionistas que reflejan la enorme influencia y poder de este grupo que, a pesar de ser numéricamente muy pequeño, ha logrado imponer su voluntad sobre buena parte del planeta.

 

Democracia legítima mayoritaria versus minorías usurpadoras

 

  A menudo, la forma más efectiva de esconder algo es… colocándolo a plena luz del día y a la vista de todos…  Es como aquellas novelas policiales en las que el asesino se presenta en la escena del crimen actuando como si él nada tuviera nada que ver con el hecho, incluso manifestando su total sorpresa al tiempo que se rasga las vestiduras llorando al muerto que él mismo mató...  Este truco es tan viejo como el hombre y ha sido motivo de innumerables cuentos, leyendas, historias, novelas y obras teatrales. 
  Sin avalar torpes teorías conspirativas, tan en boga en estos tiempos, llamamos sin embargo la atención sobre la necesidad de blanquear determinados hechos clave de la realidad llamando a las cosas por su nombre. Es más: creo que es mejor afrontar un problema difícil cuando aún es manejable que permitir que siga agudizándose y creciendo hasta transformarse en un monstruo fuera de control. Pues el poder detentado por ciertas minorías hoy se ha transformado en algo desembozado y desfachatado, tal como lo expone la revista “Forbes” al enrostrarle a un mundo mayoritariamente sufriente y hambriento - en el cual según el Banco Mundial casi 2.500 millones de personas “sobreviven” con ingresos de apenas un dólar diario, principalmente en África, Asia y Latinoamérica - el hecho de que apenas 793 individuos concentran en sus manos más riquezas que esas dolientes masas desesperanzadas.

 

  Los datos poblacionales que brindan los entes oficiales sionistas son muy elocuentes respecto del inusitado poder que dicha corriente ideológica mesiánica y racista despliega.  Agregamos que de una manera muy compleja y perversa, el sionismo internacional se aprovecha de las particularidades de las comunidades judías en todo el mundo, a menudo logrando mimetizarse con las mismas. Recordemos que, como se explica en nuestra obra “Bienvenidos a la Jungla…”, no todo sionista es judío; y no todo judío es sionista.
Según el Departamento de Educación Sionista de la organización israelí The Jewish Agency for Israel (www.jafi.org.il), la población mundial judía en 2002 era de 13.296.000 personas, de las cuales el 37,8% (5.025.000) vive en el Estado de Israel y el 62,2% restante (8.271.100 personas) viven en la Diáspora en decenas de países de todo el mundo.  De esta población total en la Diáspora, 5.700.000 viven en los Estados Unidos (lo que representa aproximadamente el 2% de la población estadounidense de casi 300 millones de personas); una cifra apreciable reside en Europa y el 2,7% del total – 369.800 personas – viven en Sud América.  Estas cifras oficiales también indican que en la República Argentina viven 195.000 judíos (de los cuales 175.000 residen en la ciudad de Buenos Aires); ello representa el 0,52% de la población de nuestro país de unas 39 millones de personas.
  Pensamos que todas estas cifras son demasiado bajas – especialmente las consignadas para la Argentina – y creemos entender las razones de ello, lo que será tratado en otro escrito [10].  Hemos cotejado estos datos con los que informa otra entidad sionista, la Jewish Virtual Library de los Estados Unidos (www.jewishvirtuallibrary.org) que indica una cifra distinta para la Argentina: 395.379 personas, o sea el 1% de la población de nuestro país.  A su vez, esta fuente indica que sobre una población mundial de 6.430 millones de personas, 14.596.017 son judíos, o sea, el 0,227% de la población mundial. Notablemente, pareciera que falta información demográfica precisa, lo que sorprende por tratarse de una comunidad muy compacta y cerrada que cuenta con absolutamente todos los recursos e infraestructura necesarios para realizar un censo demográfico exacto. Probablemente la cifra brindada por la Jewish Virtual Library se acerque más a la realidad, pero no existe una fuente fidedigna que la cerciore.

  Aun teniendo en cuenta probables variaciones, queda claro que – a grandes rasgos – el 0,25% (un cuarto de por ciento) de la población mundial pertenece a la comunidad judía, mientras que esa pertenencia aumenta al 2% de su población en el caso de los Estados Unidos, y al 0,52% de nuestra población en el caso de la Argentina.  La cuestión que se está planteando con creciente insistencia en todo el mundo – desde Europa, Rusia y Estados Unidos, hasta Irán, Palestina y Malasia y también en nuestro propio país – es si resulta legítimo y saludable que una minoría tan pequeña (0,25% de la población mundial) ejerza tanto poder sobre el resto del mundo (99,75% de la población mundial) y  muy especialmente en ciertos países. 
  La revista “Forbes” y diversas fuentes norteamericanas señalan que una cantidad muy importante, y por cierto desproporcionada, de los 793 billonarios – aproximadamente un 40% – pertenecen a la comunidad judía.  De ese 40% de billonarios miembros de la pequeña comunidad judía, 18 residen en la Ciudad de Nueva York (se trata de Samuel Newhouse, George Soros, Carl Icahn, Michael R. Bloomberg, Leonard Lauder, Samuel Lefrak, Ronald Perelman, Edgar Bronfman, Maurice Greenberg, Preston T. Tisch, Ronald S. Lauder,  Leonard Stern, Lawrence Tisch, Leona Helmsley, Ralph Lauren, Staneley Druckenmiller, Bruce Kovner, y Henry Kravis); muchos otros viven en el resto de los EEUU (entre ellos, S. Daniel Abraham, Neil Bluhm, Eli Broad, Matthew Bucksbaum, Steven Cohen, Barry Diller, Malcolm Glazer, Christopher Goldsbury, Ronald Lauder, Edward Lampert, Bernard Marcus, Michael Milken y Jerry Zucker); 8 billonarios son israelíes (Shari Arison Dorsman, Arnon Milchan, Lev Leviev, Stef Wertheimer, Yitzhak Tshuva, Morris Kahn, Gil Schwed y Sammy Ofers); 9 residen en Rusia (que incluye al arrestado y procesado magnate del petróleo Mikhail Khodorovsky, Roman Abrahamovich, y Víctor Vekselberg, lo que según The Jewish Review ha generado mucha preocupación entre los judíos de ese país por la mala prensa que implica) [11]; 3 son “españoles” (Alicia y Esther Koplowitz e Isak Andic); y 4 son australianos y neozelandeses (Frank Lowy, Richard Pratt, John Gandel y Harry Triguboff) [12]. Claramente, esto pareciera señalar un patrón que se repite en los más poderosos países del mundo y que no guarda una representatividad equilibrada con los datos poblacionales oficiales de los que se dispone.

  Dado los altos niveles de identificación, solidaridad y lealtad desplegadas por gran parte de los judíos de la Diáspora con el Estado de Israel a lo que debe agregarse la geopolítica norteamericana permanentemente favorable a dicho Estado, resulta razonable suponer que una parte no despreciable del Poder del Gran Dinero que estamos describiendo es destinado por esas personalidades y grupos al financiamiento, sea en forma directa o indirecta, del complejo proyecto mundial sionista con su enorme costo en sangre, sufrimiento y destrucción para muchos pueblos.  Sobre sus efectos, el propio presidente Bush – poderoso sionista y amigo de Israel – declaró recientemente muy suelto de cuerpo que la invasión anglo-estadounidense a Irak desde marzo de 2003 había cobrado “unas 30.000 muertes civiles” en aquél desdichado país… [13]
  También es sabido y comprobable que las grandes instituciones bancarias transnacionales, entes multilaterales como el FMI y el Banco Mundial, grandes multimedios y la prensa mundiales, y determinados puestos clave en todos los gobiernos del mundo suelen ser ocupados sistemáticamente por miembros de la comunidad judía: tanto en Estados Unidos, como en Gran Bretaña, Francia, México y en la Argentina. 
  En los Estados Unidos, se estima que una cuarta parte de los periodistas y formadores de opinión, un 17% de los líderes de las más importantes organizaciones de acción pública y más del 15% de los funcionarios públicos de alto rango son miembros de la comunidad judía. Stephen Steinlight, ex-director de asuntos nacionales de la poderosa American Jewish Committee, en una reciente publicación señala “el desproporcionado poder político” de su comunidad, la que “libra por libra detenta el mayor poder de cualquier grupo étnico o cultural en los Estados Unidos”, agregando que “la influencia y el poder económico judíos se encuentran desproporcionadamente concentrados en Hollywood, la televisión y el sector de las noticias”. [14]
  A su vez, los prestigiosos investigadores Seymour Lipset y Earl Raab, señalan en un libro publicado en 1995 que “En las últimas tres décadas, los judíos en los EEUU han conformado el 50% de los 200 principales intelectuales… 20% de los profesores en las más prestigiosas universidades… 40% de los socios en los principales estudios jurídicos de Nueva York y Washington… 59% de los directores, escritores y productores en dos o más series televisivas de mayor audiencia[15]. En algunos círculos, especialmente en el Estado de Israel y en los Estados Unidos, se suele explicar esta inserción desproporcionada de miembros de la comunidad judía en sectores clave del poder aduciendo que se trata de una comunidad excepcionalmente talentosa y capacitada, lo que explicaría este poder desproporcionado. 
Si se acepta semejante explicación, sería entonces necesario abrir un amplio debate público acerca de la factibilidad científica de que determinadas etnias pudieran ser cultural – incluso genéticamente – superiores al resto de la humanidad.  La mayor parte de la opinión pública esclarecida rechazaría semejante aseveración; sin embargo, resulta interesante destacar que a menudo desde ciertos sectores académicos y religiosos judíos se escucha, precisamente, este tipo de explicación…  Así lo aseveró el conocido rabino israelí Adin Steinsalz quien en un congreso realizado en 1998 en Jerusalén manifestó que a su juicio los judíos son particularmente inteligentes gracias a su específico capital genético, afirmando que “cien generaciones de ‘selección natural’ han incorporado genéticamente en el pueblo judío los caracteres necesarios para sobrevivir en un ambiente hostil.  Entre esos componentes destacan una inteligencia muy aguda o una cierta indiscreción al límite de la agresividad.” [16]
  En un libro titulado The Zionist Connection, el investigador judío norteamericano Alfred M. Lilienthal se preguntaba hace casi treinta años, “¿Cómo pudo imponerse la voluntad sionista sobre el pueblo estadounidense?...  Ello pudo lograrse a través de la conexión judía; la solidaridad tribal que existe entre ellos y la increíble atracción que tiene sobre los no-judíos, lo que ha moldeado un poder sin precedentes… En las grandes zonas metropolitanas, la conexión judeo-sionista pervade por completo los círculos pudientes financieros, comerciales, sociales, del entretenimiento y artísticos.” [17]

  Sin duda, merece un amplio debate público evaluar si, a la luz de los resultados concretos, esa inserción de una minoría tan ínfima en puestos clave del Poder Mundial y nacional es saludable y si preserva el Bien Común de los pueblos y el interés de las naciones, o todo lo contrario.  Máxime en el actual convulsionado mundo con sus crecientes grados de violencia, atropellos y genocidios, “legales” por cierto mas no legítimos.  Ya hemos comprobado en el ámbito académico cómo se puede encarcelar legalmente a un historiador como el británico David Irving (ocurrido hace pocas semanas en Austria) por haber cometido el “delito” de dudar de la veracidad de las no comprobadas cifras del “Holocausto Judío”; o a un investigador como Ernst Zündel por similares “crímenes” en su natal Alemania.  Cuando el novelista inglés George Orwell preveía en su novela “1984” que la máxima perversión jurídica sería la tipificación legal del “thought crime” (crimen de pensamiento o de opinión), claramente se adelantaba al terrorismo intelectual disparado contra cualquier persona, grupo o nación que no acepte de buena gana la “verdad” que pretenden imponer los poderosos. 
  Especialmente, cuando esos mismos poderosos demuestran una capacidad alevosa y descarada para mentir, como lo vienen haciendo los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña en torno a la criminal invasión de Irak y Afganistán, o Israel respecto del robo del territorio del pueblo palestino o, incluso, en la Argentina respecto de las grotescas tergiversaciones, fraudes y mentiras en torno a los atentados contra las sedes de la Embajada de Israel y la AMIA en 1992 y 1994, respectivamente.
  Lo mínimo que exigen estos tiempos es desplegar el coraje de pensar con el cerebro propio en lugar de hacerlo con el ajeno.  Ajeno, en este caso, significa pensar según los parámetros, las “verdades” y el corcet intelectual impuesto por los poderosos que hoy dominan este triste y violento planeta.  Claramente, ese coraje intelectual no lo observamos entre los títeres presidentes, ministros, legisladores, jueces y periodistas-estrella que hoy han copado el escenario mundial.   Son ellos, precisamente, quienes alimentan a ese “muerto vivo” que es la “democracia” legal mas no legítima impuesta en todos nuestros países por el Poder del Gran Dinero.  Cada nación sufre su propia variedad de “democracia” – incluso la Argentina con su transversal “demoKKracia” kirchnerista poblada de los peores travestis de la política. Sin embargo, pocos países promueven, defienden o alientan la recuperación de la verdadera Democracia con mayúsculas.

 

Algunas conclusiones

 

  La Constitución Nacional argentina conforma el documento que se supone debiera garantizarnos una vida en plena Democracia.  Pero hoy esta situación no existe.  Una rápida lectura de la Constitución demuestra  el total incumplimiento de algunos de sus más fundamentales derechos y garantías, lo que tácitamente obliga a todos los ciudadanos a tomar acciones concretas “en defensa de la patria y de esta Constitución” (Art. 21).  Claro, los politiqueros enquistados en el poder y los periodistas bien pagos por el Sistema procurarán extraviarnos en complejos e interminables sofismos respecto de qué es la “democracia”, máxime cuando tan bien urdida está la trampa que en ninguna parte de la Constitución aparece la palabra “democracia” ni, mucho menos, se la define adecuadamente.

  Correspondientemente, resulta esencial iniciar un gran debate nacional con el fin de:

 

  • Definir cuáles son los ejes fundamentales e insoslayables que hacen a la verdadera y legítima Democracia, a fin de que el Pueblo pueda reconocer claramente cuando esos ejes fundamentales son agredidos o vulnerados, sea por fuerzas externas, internas, o por los propios gobernantes.  De esa manera, sabrá cuando debe cumplir con su deber ciudadano según el Art. 21 de la CN.
  • Promover un amplio proceso pedagógico en colegios, escuelas, universidades, y a través de los medios de comunicación social, para que el Pueblo siempre pueda saber de qué se trata.  Ello es fundamental en momentos en que nuestra historia reciente nos brinda multitud de indicios de que gran parte de quienes agreden a la Democracia son funcionarios – electos o no - ubicados dentro del Gobierno; o sea que ocupan transitoriamente el Estado.  De esta forma, la verdadera Democracia es desarticulada, debilitada y transformada en la cadavérica “democracia” desde adentro.  Sus ejecutores voluntarios desde hace treinta años se encuentran ocupando los máximos estrados del Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, contando con el apoyo sistemático de la “gran prensa” y los multimedios monopólicos, y la generosa financiación de círculos financieros locales e internacionales, a lo que se agregan las directivas, y presiones de más de una embajada extranjera.
  • Recuperar la verdadera Democracia, a través del esclarecimiento del Pueblo que debe ser informado acerca de los verdaderos ejes que hacen a la política, la verdad histórica, y la actual problemática mundial. En verdad, para poder sobrevivir, la actual “democracia” cadavérica necesita imperiosamente de un pueblo inculto, ignorante, desculturizado y permanentemente distraído.  Las consecuencias de ello están a la vista, por lo que la Independencia Nacional comienza por el esclarecimiento del Pueblo.

 

  En este breve ensayo apenas hemos tocado algunos de los ejes fundamentales que hoy hacen al sano ejercicio de los Derechos y cumplimiento de los Deberes ciudadanos.  Requiere de una alta cuota de independencia intelectual, de voluntad y amor por nuestra Nación.  Recuperar la verdadera Democracia no será fácil pues la insidiosa “democracia” que hoy sufrimos contra-ataca con inusitada ferocidad e ira contra todo lo que sea sano, saludable, bueno, y productivo. 
Pues recién cuando podamos declarar muerta esta decrépita “democracia”, podremos gritar con alegría, “¡Viva la Democracia!”

 

  NOTAS:

  1. Referimos al lector al libro del autor “Bienvenidos a la jungla: dominio y supervivencia en el Nuevo Orden Mundial”  (Editorial Anábasis, Córdoba, Argentina, 2005, 252 págs.), Cap. VIII “Democracia, ¿o mero electoralismo?” (pags. 135 a 147) aborda este tema en mayor profundidad.
  2. Estas “reglas”, junto a otras complementarias, se exponen en mayor detalle en la obra citada del autor.  En la misma se saca un amplio conjunto de conclusiones y consecuencias de estas “reglas” que realmente rigen el Nuevo Orden Mundial.
  3. Acerca de las medidas concretas que desde el Poder del Dinero se están impulsando e implementando contra su enemigo natural, el Pueblo, ver el articulo “Marcados como bestias” de la periodista e investigadora Susana Iaschuk, publicado en “El Traductor Gráfico” Nº. 35 (08-Marzo-2006), disponible en www.eltraductorradial.com.ar.
  4. Las estrofas de Don Francisco de Quevedo y Villegas son de candente actualidad, pues hacen a la universal psicología humana:
    Poderoso caballero / es don Dinero. /  Madre, yo al oro me humillo, / él es mi amante y mi amado, / pues de puro enamorado / de continuo anda amarillo; / que pues, doblón o sencillo, / hace todo cuanto quiero, / poderoso caballero es don Dinero. /
    Nace en las Indias honrado / donde el mundo le acompaña; / viene a morir en España / y es en Génova enterrado; / y pues quien le trae al lado / es hermoso aunque sea fiero, / poderoso caballero / es don Dinero. /  Es galán y es como un oro; / tiene quebrado el color, / persona de gran valor, / tan cristiano como moro; / pues que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero, / poderoso caballero / es don Dinero. /  Son sus padres principales, / y es de noble descendiente, / porque en las venas de oriente / todas las sangres son reales; / y pues es quien hace iguales / al duque y al ganadero, / poderoso caballero / es don Dinero. /  Mas ¿a quién no maravilla / ver en su gloria sin tasa / que es lo menos de su casa / doña Blanca de Castilla? / Pero pues da al bajo silla, / y al cobarde hace guerrero, / poderoso caballero / es don Dinero. / Sus escudos de armas nobles / son siempre tan principales, / que sin sus escudos reales / no hay escudos de armas dobles; / y pues a los mismos robles / da codicia su minero, / poderoso caballero / es don Dinero. / Por importar en los tratos / y dar tan buenos consejos, / en las casas de los viejos / gatos le guardan de gatos; / y pues él rompe recatos / y ablanda al juez más severo, / poderoso caballero / es don Dinero. / Y es tanta su majestad, / aunque son sus duelos hartos, / que con haberle hecho cuartos, / no pierde su autoridad; / pero, pues da calidad / al noble y al pordiosero, / poderoso caballero / es don Dinero. / Nunca vi damas ingratas / a su gusto y afición, / que a las caras de un doblón / hacen sus caras baratas; / y pues hace las bravatas / desde una bolsa de cuero, / poderoso caballero / es don Dinero. / Más valen en cualquier tierra / mirad si es harto sagaz, / sus escudos en la paz, / que rodelas en la guerra; / y pues al pobre le entierra / y hace propio al forastero, / poderoso caballero / es don Dinero.
  5. En Estados Unidos, un “billón” son mil millones (o sea, 1.000.000.000), mientras que para ellos un “trillón” es un billón nuestro (o sea, 1.000.000.000.000).  De manera que un “billonario” en EEUU es una persona que dispone de US$ 1.000.000.000 o más.
  6. Ver diario “La Nación” de Buenos Aires, Sección 2 Economía & Negocios, 12-Mar-2006, artículo “Las diferencia sociales crecen junto con el PBI”.
  7. Ediciones del Copista, Córdoba, Argentina, 4ta. Edición, 2003, 472 págs.; también 1ra. edición colombiana en Editorial Solar, Bogotá, 2004.
  8. Ver “La Nación” 30-May-2002, artículo “El Senado derogó la ley de subversión económica”.  José Rohm procesado en 2002 por la quiebra fraudulenta del Banco General de Negocios era entonces miembro de la poderosa Americas Society de David Rockefeller y William Rhodes (CitiGroup).
  9. Aclaro brevemente que ello está íntimamente ligado con la creciente imposibilidad de la historiografía oficial para sustentar la cifra de 6.000.000 de muertos por el Holocausto entre 1939 y 1945.  Esta cifra no comprobada y cuasi-mítica logró imponerse en la pos segunda guerra mundial (y muy especialmente tras la Guerra de los Seis Días árabe-israelí de 1967) dado que, de esta abrumadora cifra de muertes, unas 4.000.000 habrían ocurrido en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau ubicado en Polonia, que bajo el imperio soviético no permitía el acceso a investigadores independientes y despolitizados a indagar sobre lo que realmente ocurrió allí durante la guerra mundial. Sin embargo, desde el colapso del comunismo en 1989/91 y la democratización de Polonia, se ha podido realizar algunas investigaciones e inspecciones iniciales que rápidamente obligaron a reducir drásticamente esta cifra a “entre 1.100.000 y 1.500.000 personas”. El sitio oficial del museo de Auschwitz, www.auschwitz.org.pl indica que “por lo menos 1.100.000 judíos provenientes de todos los países de Europa ocupada (por Alemania) fueron enviados a Auschwitz, junto a 140.000 polacos (mayormente prisioneros políticos), aproximadamente 20,000 gitanos de varios países europeos, más de 10.000 prisioneros de guerra soviéticos y  unos 10.000 prisioneros de otras nacionalidades.”  Claramente la cifra de 6 millones habrá que reducirla inicialmente en entre 2.500.000 y 3.000.000, lo que le quita toda veracidad y seriedad a la historiografía oficial del “Holocausto de los 6.000.000”.  
      Falta realizar un estudio serio que describa la evidencia documental de judíos muertos bajo el régimen nacionalsocialista alemán, cotejándolo con las cifras demográficas anteriores y posteriores a la segunda guerra mundial para verificar la consistencia de tales datos.  Recordemos que es precisamente el Mito del Holocausto uno de los factores más importantes que han permitido que el Estado de Israel reciba apoyo financiero, político y militar irrestricto de la mayoría de los países de occidente, principalmente de los Estados Unidos de Norte América.  Para mayor detalles, referimos al lector al artículo del autor “
    La falsificación de la historia como instrumento de dominio” disponible en www.eltraductorradial.com.ar o solicitarlo a eltraductorradial@fibertel.com.ar
  10. Ver The Jewish Times of Australia, 07-feb-06 www.jewishtimes.com.au
  11. Así lo admitió George W. Bush al final de un discurso que dio en el Philadelphia World Affairs Council el 12 de diciembre de 2005.   El periodista Matthew Rothschild en “The Progressive” del 13Dic05 describe en un artículo – “Does 30,000 Mean Anything to Bush?” - cómo al final de ese discurso una mujer le preguntó: “Desde el inicio de la guerra en Irak, me gustaría saber la cantidad aproximada de iraquíes que han sido muertos; y por iraquíes incluyo a civiles, militares, policías, insurgentes y traductores”, a lo que Bush respondió “¿Cuántos ciudadanos iraquíes han muerto en esta guerra?  Yo diría, unos 30.000 más o menos, han muerto como resultado de la incursión inicial y la violencia contra los iraquíes.  Nosotros perdimos 2.140 de nuestra propia tropa.”  Si esto es lo que oficialmente admite el gobierno norteamericano, es razonable suponer que la cifra real sea muy considerablemente más elevada.  http://www.progressive.org/mag_wx121305.  Un estudio de noviembre de 2004 de la prestigiosa Universidad Johns Hopkins de EEUU, estima la cantidad de iraquíes muertos en más de 100,000.  Obviamente que a las invasoras no les interesa ni les conviene que el mundo conozca las cifras reales que seguramente se ubican hoy en varios centenares de miles de muertos iraquíes que la “gran prensa” no quiere que el mundo llore, de la misma manera que no llora los muertos palestinos y afganos.
  12. Ver Stephen Steinlight, "The Jewish Stake in America’s Changing Demography: Reconsidering a Misguided Immigration Policy", Center for Immigration Studies, noviembre 2001, www.cis.org/articles/2001/back1301.html.
  13. Ver Seymour Lipset y Earl Raab, Jews and the New American Scene (Harvard university Press, 1995, pags. 26 y 27),  Lipset, a su vez, es miembro del poderoso y prestigioso CFR – Council on Foreign Relations de Nueva York, - sobre el que brindamos amplia información en el ensayo “El Cerebro del Mundo…”
  14. Ver diario “La Tercera”, Santiago de Chile, 04-Dic-1998, artículo “Polémica por el ‘carácter judío’”.
  15. Ver Alfredo M. Lilienthal, The Zionist Connection, Nueva York, Dodd, Mead, 1978, pags. 206, 218, 219 y 229.

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24 de marzo de 1976: ¿PUDO EVITARSE EL DERROCAMIENTO DEL GOBIERNO?

24 de marzo de 1976:  ¿PUDO EVITARSE EL DERROCAMIENTO DEL GOBIERNO?

Mario MENEGHINI

 

    Acaba de conocerse, por una carta de lectores al diario Clarín (18-3-06), el testimonio del Sr. Guillermo Bringiotti, quien, siendo estudiante de periodismo, tuvo oportunidad de entrevistar al presidente del Partido Radical, Dr. Ricardo Balbín, días antes de aquella fecha. Relata haber escuchado ésta frase textual: “Ya no hay nada que hacer, la suerte está echada”. Quienes vivimos intensamente lo acontecido en esos días, recordamos que el Dr. Balbín manifestó en una aparición por televisión: “Debe haber una solución, pero yo no la tengo”.
    Parece obvio que si el líder del principal partido opositor se expresaba así, es que no existía una alternativa viable al golpe  de Estado. Sin embargo, desde hace años se insiste, y acaba de repetirlo el actual gobierno argentino -con motivo de la ley que establece la fecha mencionada como feriado nacional- que el motivo del derrocamiento fue el deseo de instaurar una dictadura que reprimiera a quienes se opusieran a un nuevo modelo económico de explotación.

 

  Por cierto que no puede avalarse el método utilizado para combatir a los grupos subversivos que actuaron en la década de 1970, pero tanto el accionar terrorista como la represión ilegal ya existían antes del cambio de gobierno. Hubo 908 desaparecidos antes del 24-3-76, y la participación de las Fuerzas Armadas en la lucha antiterrorista fue dispuesta en 1975 por un gobierno constitucional.
  El 24 de marzo, la sociedad argentina estaba al borde de la desintegración, con un sector público anarquizado y que había perdido el monopolio del uso de la fuerza. Todos los mecanismos constitucionales y todos los matices y las combinaciones imaginables dentro del sistema vigente se habían mostrado ineptos para revertir aquella carrera hacia la disolución (1). Además, como acaban de recordarlo los obispos, el derrocamiento del gobierno fue consentido por parte de la dirigencia de aquellos momentos (2). Como resume una reciente crónica periodística: Nadie alzó un dedo, siquiera una voz, se vivió una jornada de sugestiva normalidad, para quejarse por esa malhadada interrupción. Más bien, era admitida y hasta querida por imposibilidad de modificar la sistemática incompetencia de un gobierno (3).
   
    En realidad, hasta el último cuatrimestre de 1974 la opinión predominante en las Fuerzas Armadas era refractaria a involucrarse nuevamente en la conducción del Estado; incluso consideraban que el problema subversivo debía ser enfrentado por las fuerzas de seguridad y no por los militares. El panorama fue cambiando debido al fracaso del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) al intentar tomar un cuartel, lo que impulsó, como represalia, el asesinato indiscriminado de miembros de las Fuerzas Armadas, y esto, a su vez, comenzó a modificar la opinión militar.
    El gobierno constitucional, en 1975, encomendó a las Fuerzas Armadas la represión de la actividad guerrillera. Al inicio de 1976, había dos generales en actividad a cargo, respectivamente, de la Policía federal y de la SIDE (Secretaría de Informaciones del Estado). Si se dio el paso siguiente -asumir el gobierno- fue por la convicción de que era la única manera de terminar con el caos y vencer a la subversión (4).


  
Carencia de solución institucional


    
    Como la intervención militar en 1976 no fue la primera en la historia política argentina, es necesario detenerse a evaluar el motivo de fondo que produce esas interrupciones en la normal sucesión de autoridades constitucionales. Recordemos que las rupturas institucionales se produjeron, durante el siglo XX, en 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976, sin contar el alejamiento forzoso del presidente Frondizi, en 1962, por aplicación discutible de la ley de acefalía.

 

    Carece de rigor analítico la suposición de una continuidad en el empeño de las Fuerzas Armadas de ocupar el poder. Además, con excepción de 1955, en que hubo enfrentamientos armados, los cambios de gobierno se hicieron pacíficamente, sin verificarse nunca -ni siquiera en el 55- las características de un fenómeno revolucionario. Tampoco existió nunca una casta militar, que se suceda en el tiempo, ni logias que transmitan a sus continuadores una manera unívoca de actuar en el plano político. El estilo de gobernar y las definiciones públicas de los jefes militares de 1976, no presentan la menor coincidencia con lo registrado 46 años antes, en el gobierno surgido del golpe de 1930.

  Consideramos evidente que hay un motivo estructural: la carencia de un remedio institucional, que opere en casos de emergencia. La opinión de los constitucionalistas es clara (5): quien asume el Poder Ejecutivo como consecuencia de un golpe de Estado es denominado presidente de facto, dado que no es un mero usurpador, y su investidura es admisible cuando se dan algunos requisitos:

 


a) el acatamiento pacífico de la comunidad;
b) la disposición de los medios para asegurar el orden, la paz, los servicios públicos y los derechos de los ciudadanos;
c) la necesidad de proveer, mediante la existencia de un gobierno, a la atención de aquellas necesidades;
d) el ejercicio público y pacífico del poder.

 


    Lo señalado no difiere de la doctrina clásica sobre el derecho de resistencia, que es asimilada por el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2243).

    Ahora bien, como en nuestro caso se repitió seis veces en un siglo la situación anómala de gobiernos imposibilitados de gobernar, que debieron ser reemplazados por autoridades de facto, debemos concluir que los golpes de Estado funcionan como verdaderas enmiendas constitucionales. Es decir que, al no estar prevista en la Constitución Nacional la solución jurídica que permita el reemplazo pacífico del gobierno que perdió la legitimidad de ejercicio, se admite de hecho la solución fáctica, avalada incluso por la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia. Esto es consecuencia directa del sistema partidocrático, que ha impedido en todos los casos mencionados la utilización del juicio político, único remedio previsto en la Constitución.


    
   Cabe destacar, que en el dictamen del Consejo para la Consolidación de la Democracia (7-10-86), creado para procurar el perfeccionamiento  de las estructuras políticas, y que sirvió de base para la reforma constitucional de 1994, no se incluyó ninguna propuesta destinada a facilitar una solución institucional en las coyunturas analizadas. Es que el gobierno de entonces, había iniciado una maniobra, continuada por sus sucesores, destinada a evitar para siempre el peligro de golpe de Estado, mediante un recurso drástico: la destrucción de las Fuerzas Armadas. Ello se consiguió, a través de: a) la disminución paulatina del presupuesto militar, que impide el cumplimiento de la misión de las tres fuerzas, y congeló los sueldos del personal; b) la supresión por ley del servicio militar obligatorio; c) el descabezamiento reiterado de los mandos superiores, lo que dificulta un trabajo programado, y desarticula la carrera profesional basada en el mérito.

 

  Se ha señalado (6) que no puede existir un Estado, propiamente dicho, sin Fuerzas Armadas que constituyen una institución fundacional de la República, y simbolizan la unidad del pueblo, y la capacidad coercitiva que corresponde a la soberanía del poder estatal. Aquellas han mutado a una Guardia Pretoriana, disponible para ejecutar las órdenes del gobernante de turno, al margen de cualquier código de honor. Del Estado, ya inexistente, sólo resta el gobierno, hipertrofiado en un poder político personalizado carente de todo límite.
   Se ha logrado, entonces, el objetivo: impedir que las Fuerzas Armadas puedan actuar en el futuro como recurso extraordinario en situaciones límites, no solucionables por medio de las normas vigentes, de modo de garantizar la continuidad de la República.

 

 

(1).- Iribarne, Miguel Ángel. El rescate de la República; Buenos Aires, Emecé, 1978, p. 11.

(2).- Conferencia Episcopal Argentina, 15-3-06.

(3).- Ámbito Financiero, 20-3-06.

(4).- Fraga, Rosendo. La Nación, 19-3-06.

(5).- Bidat Campos, Germán. Manual de Derecho Constitucional Argentino; Buenos Aires, EDIAR, 1972, pgs. 695/697.

(6).- Sánchez Sorondo, Marcelo. La Argentina no tiene Estado, sólo gobiernos; en Revista Militar, Nº 728, 1993, pgs. 13/17.

¿A QUIÉN BENEFICIA?

¿A QUIÉN BENEFICIA?

Eduardo ARROYO

 

  Cuando los traidores objetivos que promovieron en todo el mundo la guerra de Irak estaban en el apogeo de su propaganda, los auténticos conservadores americanos advirtieron de todo lo que ha sucedido después.

  Avisaron de que, pese a que Sadam era un personaje reprobable, era una guerra innecesaria que radicalizaría al islam, aumentaría el terror en todo el mundo y colocaría al principal valedor de Occidente en una situación de compromiso, en medio de una población que, lejos de anhelar la democracia, les odia cada vez más. Para colmo, los "liberados" han acabado votando un gobierno proiraní y antioccidental. El asunto de la democratización de Oriente Próximo, se dijo entonces, era una absurda utopía.

  Hoy desgraciadamente ya se sabe que es así, de manera que los principales valedores de gobiernos integristas islámicos son, paradójicamente, los EE.UU.

 

  ¿Es ahora diferente con Irán? Mohamed El Baradei ha dicho a Newsweek que actualmente no hay un "peligro claro" y Con Coughlin, el experto del Daily Telegraph en seguridad militar admite que a Irán le faltan entre 3 y 8 años para fabricar su primera bomba. Frente a esto Israel tiene 200 cabezas nucleares y los EE.UU. miles.

  ¿Cuáles serian entonces los costos de una acción militar? Los EE.UU. pueden destruir los nichos nucleares iraníes en 48 horas con misiles Cruise y bombas inteligentes. Pero Irán tendría tiempo de disparar sus misiles Sahab contra Israel y las tropas americanas y contra pipelines petrolíferos. Se detendrían las exportaciones de crudo iraní y el barril de petróleo alcanzaría 150 euros. El número de terroristas suicidas en un Occidente minado por la balcanización multiétnica podría multiplicarse por cuatro y la supuesta solidaridad prooccidental de países como Turquía se vería muy seriamente cuestionada. Dos balas certeras a Musarraf y a Karzai pondrían a Pakistán y a Afganistán en pie de guerra, con las tropas americanas esperando un nuevo Little Big Horn. Una recesion mundial, de consecuencias imprevistas, seria una posibilidad muy real.

  ¿A quién beneficiaría esto? ¿Merece la pena cuando los EE.UU. y sus aliados han negociado y diseñado políticas diplomáticas con Mao, Stalin –su viejo aliado- Castro, Breznev o Andropov? ¿La administración Bush o, en España, El Instituto Elcano, el diario ABC, o FAES, por citar algunos miembros del Partido de la Guerra, buscan sinceramente defender los intereses occidentales? El peligro islámico es muy otro: el PIB de los 22 países islámicos no suma el de España. El Islam no es para nosotros un peligro estratégico sino un peligro demográfico que avanza en nuestras ciudades y busca imponer sus creencias a una población ideológica y moralmente desarmada por gobiernos de izquierda y de derecha. En estas condiciones, Occidente lo último que necesita es una guerra con Irán, a menos que nos ataque, porque el verdadero enemigo está dentro.

DE LA PROTESTA AL DISENSO

DE LA PROTESTA AL DISENSO

Alberto Buela

  Nuestra tesis es que, dado que el lenguaje de la protesta se dirige antes que nada a aquellos que comparten las premisas de los que protestan, la protesta y su mensaje se agota en sí misma, de modo que su continuación natural sería la práctica y el ejercicio del disenso.

  La protesta es un rasgo distintivo de la modernidad, pues la indignación es una emoción predominantemente moderna como sostiene el filósofo A. MacIntayre. Nuestros mayores recordaban todavía que “aquello que no se puede remediar hay que saber soportar”, pues aun tenía cierta vigencia aquella virtud premoderna de la paciencia, entendida como el saber esperar atentamente sin quejas.

  Además la protesta dejó de lado sus antecedentes latinos cuales eran los de pro- testare , es decir, atestiguar en favor de algo o de alguien y evolucionó, o mejor aún, involucionó para limitarse a “dar testimonio contra algo o alguien”. De modo tal que la protesta es hoy casi siempre un fenómeno negativo. El griterío de la protesta, el desorden que ocasiona toda protesta hace que con ella no se pueda discutir; para ello hay que dejar que se agote en su propia manifestación. Que se cueza en su propia salsa, que es el medio natural que la diluye.

  La actitud del gobierno argentino actual frente a la protesta (piquetera o ecologista como la de Gualeguaychú) sigue esta línea de razonamiento. Y es que la protesta es inconmensurable, no desemboca en una discusión, no es racionalmente explicable  ni explicada. Así los que protestan no son vencidos ni vencen en una discusión (ámbito de la razón) porque ellos se agotan en el griterío de la propia manifestación.

 

  La salida a la protesta, la apertura al diálogo de aquellos que protestan puede ser de dos tipos: a) el consenso que siempre es entre dirigentes y que, como el viejo gatopardismo,  cambia algo para que nada cambie. b) el ejercicio del disenso. Esto es, cuando se puede mostrar que existe “otro sentido” y entonces uno puede, allí sí, disputar: pensar distinto. Mostrar la divergencia, el contrario parecer, el desacuerdo.

  El disenso, al contrario de la protesta, no se agota en lo que no quiere (aspecto negativo) sino que logra su plenitud en el pensamiento alternativo a lo dado. El disenso al proponer otro sentido al que actualmente portan las cosas y las acciones de los hombres sobre ellas, plantea un proyecto diferente, distinto.

 

  Hoy se les permite, con total libertad, a las masas de desocupados manifestar su protesta, incluso la violenta, o a los jóvenes amuchados  en “nuevas tribus” como enseña el sociólogo M. Maffesoli, la transgresión que es la protesta sobre materia leve y delito no grave, pero lo que no se les permite es la práctica del disenso, porque éste conlleva a la reflexión, a la creación de “otro sentido” al que tienen las cosas hoy en el orden político, económico, social y cultural.

  En general, el objetivo del disenso es lograr - ad cordis - desde el corazón un acuerdo (de allí proviene el término) para que cambie el sentido de las cosas. El disenso tiende más a la construcción de una comunidad (mundo de valores) que de una sociedad (mundo de contratos), y ello es así porque en el disenso el otro es considerado como tal, sea  en oposición o no a nosotros. Mientras que el consenso realiza la parodia del otro, hace como si le interesara el otro, hace “como sí” el otro fuera alguien, cuando en realidad no lo tiene en cuenta.
  Es que el consenso es la salida de las sociedades “progresistas y democráticas” que otorgan infinitos derechos “al otro”, pero absolutamente incumplibles en la realidad. Es éste el punto de partida más importante en la formación del resentimiento social, dice por ahí Max Scheler: “aquella sociedad como la nuestra en donde cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera, y sin embargo “no puede compararse de hecho”. (1)

  En su fondo último el disenso nos viene a decir que ser buen ciudadano, al estar comprometido con los destinos de su comunidad, “no es seguir una regla o las normas”, lo que está dado y aceptado, sino que se es bueno para uno y para los otros en la medida en que “se es bueno de suyo o por sí mismo”. El disenso no se plantea para obtener otro bien sino el bien propuesto por él mismo.

 

  Vemos cómo nos vuelve de rondón, nos entra por la ventana, la vieja polémica entre la ética de los deberes y la ética de los bienes. Así para la primera, cuyo representante emblemático es Kant, uno es virtuoso cuando actúa por deber y no por inclinación, cuando cumple con sus obligaciones a pesar suyo, mientras que para la segunda, encarnada por Aristóteles, un hombre es virtuoso cuando realiza actos virtuosos, porque ya es virtuoso. El hombre se ha educado en el cultivo de lo que es bueno para actuar desde una inclinación formada  y es por ello que puede realizar actos buenos.

  El disenso no privilegia entonces la norma sino el bien, porque las fórmulas y las normas en el variado y multifacético obrar humano no son válidas por adelantado, y si lo fueron dejan de serlo en muchos casos, es por eso que el disenso actúa “de acuerdo a la recta razón = katá ton órthon lógon”  en cada circunstancia determinada. Ésta es la fuerza intrínseca que hace que el disenso sea tal. Así puede ir más allá de la norma, más allá de lo establecido y dado, puede entonces plantear otro sentido a las cosas y sus problemas.

 

  Lo que importa ahora desde el punto de vista político es la construcción de nuevas formas de comunidad, dentro de las cuales la vida espiritual, moral e intelectual puedan sostenerse, formas ajenas al mundo de la sociedad liberal individualista.

  Esta sociedad moderna ha creado hospitales, clubes, escuelas apoyadas todas en la idea de sociedad filantrópica, que subordina lo noble a lo útil, donde el amor a la humanidad reemplaza el amor  a la patria, su pueblo y sus tradiciones. La medida cuantitativa desalojó a la cualitativa, pero al mismo tiempo ha mutilado la pertenencia de las mismas asociaciones a la vida de la polis como un todo, quebrando la idea de comunidad.

  Es que: “la filantropía moderna ha nacido sobre todo como protesta contra el amor a la patria, y se ha tornado, por último, protesta contra toda comunidad organizada”. (2)

 

  Ésta es hoy,por antonomasia, la cuestión política postmoderna  a resolver. 


1.- Scheler, Max: El resentimiento en la moral, Espasa-Calpe, Bs.As. 1944, p.24.-
2.- Scheler, Max: op.cit. p. 152.-

AVANCE TRANSVERSAL: RETROCESO DE LA IZQUIERDA

AVANCE TRANSVERSAL: RETROCESO DE LA IZQUIERDA

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

  La revista Arbil publicaba en su número 92, de mayo de 2005, el artículo “Nosotros, la izquierda”, cuyo título encerraba una deliberada provocación y al tiempo lanzaba un desafío al lector para que se atreviera a desechar la terminología política en uso, todavía, pero a todas luces trasnochada.

  Señalábamos entonces que los movimientos llamados “terceristas” intuyeron premonitoriamente la necesidad de aunar cuanto de valioso existía en las corrientes ideológicas convencionales con el propósito, ambicioso como ninguno, de acometer el doble empeño de regeneración nacional y transformación del orden social. La voluntad de ayer se ve hoy reforzada por una evidencia que nadie cuestiona: la desaparición de la izquierda y la derecha, al menos como tendencias políticas identificables, para ser no tanto sustituidas cuanto vaciadas de todo contenido real. Lo bien cierto es que el inconformismo - síntoma inequívoco de vitalidad espiritual - que en el siglo XX rechazó la escisión forzosa en bloques antagónicos, da vida en el siglo XXI a un fenómeno nuevo y pujante: los movimientos transversales. Variopintos por definición pero todos ellos arraigados con firmeza en un puñado de principios, diferentes según los casos, y asidos al espíritu y la tradición de sus respectivas naciones. En el plano institucional son transgresores, hasta la insolencia en ocasiones. Irreverentes con los dogmas liberales, la mayoría de ellos sorprenden por su osadía al proponer reformas sociales heterodoxas en la era del apogeo capitalista. La eclosión en toda Europa de este tipo de movimientos ha seguido en casi todos los casos una misma sucesión de etapas: inicialmente se les silencia y oculta por el resto de partidos y la prensa, con unanimidad que cuestiona el supuesto pluralismo político e informativo de las “sociedades avanzadas”. Cuando comienzan a crecer y ganan parcelas de representación ciudadana son descalificados, habitualmente con escasa originalidad, desde los medios de comunicación mientras que la clase política se niega a reconocer a los molestos advenedizos, no ya como interlocutores, siquiera como representantes de la soberanía nacional. Finalmente, en aquellos países donde sus avances electorales son más destacados, acaban siendo forzosamente admitidos en las labores de gobierno. De momento, como socios menores en coalición pero su historia es muy reciente y se prevé prolongada en el tiempo, por lo cual previsiblemente no tardaremos en ver uno de estos partidos al frente de un gobierno nacional.

 

  Señalemos aquí una acusada paradoja en la identidad política de las fuerzas transversales y la percepción que de ella acusan sus votantes. Estos partidos rehúsan ser homologados con la izquierda o la derecha clásicas, pero cada vez que políticos y periodistas se refieren al austriaco FPÖ, al francés FN o al búlgaro ATAKA anteponen el adjetivo “ultraderechista” a sus siglas, con evidente intención no de calificar el sustantivo, sino de descalificar el sujeto. ¿Imagina alguien que el Partido Socialista, invariablemente, fuese motejado como “pseudoizquierdista del sector caviar”? Así y todo, en la mayoría de los casos, la concentración geográfica del voto arroja un dato concluyente: las fuerzas transversales de nuevo cuño pescan sus votos en los caladeros tradicionales de la izquierda y de la abstención y apenas, en proporción residual, consiguen hacerse con votantes de la derecha. Como paradigma de esta regla, recuérdese la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, en las que el candidato socialista quedó relegado al tercer puesto por el Front National. Y todo ello muy a pesar de las campañas mediáticas de origen diverso que, al referirse a dichos partidos, inciden en sus aspectos programáticos más fácilmente identificables con postulados conservadores: identidad nacional, defensa de los valores tradicionales y apoyo a la institución familiar. Aunque así lo parezca, no estamos ante un caso de masoquismo electoral, ni tampoco puede hablarse con propiedad de sufragio esquizofrénico.

 

  Cuando una fuerza política opta por la transversalidad en su definición y, lo que es crucial, en sus propuestas programáticas y en su actividad cotidiana, está eligiendo el más tortuoso camino para transitar por la política. No tendría sentido que así obrara si no estuviera guiada por un riguroso propósito de ofrecer algo auténticamente distinto de lo que ya existe en el abanico electoral. Si así es, sus postulados habrán de alejarse nítidamente del espacio donde hoy se confunden izquierdas y derechas. Llame cada cual como prefiera a esa vasta confluencia: nuevo orden mundial, globalización, “one world”, etc. Al margen de la terminología, lo indubitable es que el sistema socioeconómico vigente genera damnificados en número creciente y ya abultado y, a poco que nos detengamos a considerar los hechos, es más sencillo encontrar a estos damnificados entre la izquierda sociológica que entre las capas sociales conservadoras:

  1. En la década de 1980 sufrimos en España el desmantelamiento de la siderurgia, la minería y la flota pesquera. Hoy el proceso se repite a escala continental, bajo el rótulo de “deslocalización” y abarca todos los sectores industriales. Quienes primera y directamente lo sufren son los trabajadores que pierden su empleo y entre ellos predominan los votantes de izquierda. Cuando los partidos transversales acusan a las empresas transnacionales de estar arruinando nuestro tejido productivo esos votantes de izquierda son los primeros que asienten.
  2. En línea con lo anterior, ni a liberales ni a progresistas se les ocurrirá cuestionar cómo se permitió el ingreso de China en el exquisito club del libre mercado conocido como Organización Mundial del Comercio. Lo cierto es que desde entonces las manufacturas chinas, de bajo precio e igual calidad, inundan los comercios de Europa y amenazan la supervivencia de la industria textil, del calzado, juguetera y del mueble, entre otras. Cuando los partidos transversales claman contra la alianza internacional entre el capitalismo y el mandarinato comunista ganan respaldo entre los trabajadores de esos sectores productivos que asisten inermes a la conquista china de la producción, distribución y comercialización mundiales.
  3. Si la inmigración masiva y descontrolada colapsa los servicios públicos singularmente la sanidad, las consecuencias las sufrirán sus usuarios pero no los tomadores de pólizas de seguros médicos privados. Si esa misma inmigración toma al asalto las instalaciones deportivas municipales, se apropia de ellas y extorsiona a los chicos españoles alquilándoselas por horas, los socios de clubes deportivos privados no se inquietarán en exceso. Si un aluvión de mano de obra poco cualificada y también poco exigente inunda la construcción, la agricultura y la hostelería, se angustiarán los trabajadores locales, forzados a elegir entre el desempleo o la competencia a la baja en condiciones laborales africanas, pero no sus empleadores. Si la delincuencia y la inseguridad convierten en inhabitables grandes zonas de nuestras ciudades – teniendo presente que en España el 70% de los delitos son perpetrados por extranjeros – es claro que los españoles que residen en esos barrios son las principales víctimas y precisamente en esos núcleos se concentra hasta hoy el grueso del voto de izquierdas. Nadie, absolutamente nadie salvo los partidos transversales, cuestiona hoy los flujos migratorios indiscriminados y el falso mito de la multiculturalidad que definitivamente se ha consumido en las hogueras de la revuelta islámica en Francia.
  4. En España los votantes conservadores no parecen muy preocupados por el agravio comparativo que suponen las ayudas estatales a la natalidad vigentes en Bélgica, Francia o Alemania y las ridículas limosnas que se conceden en España. Posiblemente no se inmutan porque los matrimonios españoles, de izquierdas y de derechas, son los menos prolíficos del mundo pero en los países citados única y exclusivamente los partidos transversales se muestran escandalizados ante la multiplicación de magrebíes, tan polígamos como ociosos, que sangran mensualmente el erario público. En Bélgica, Francia o Alemania este hecho indigna más a los nacionales que en verdad necesitan esas ayudas y solivianta mucho menos a quienes pueden perfectamente prescindir de ellas.

 

  Hasta aquí, sucintamente, algunas de los hechos que demuestran cómo el progresismo, domesticado y seducido por el nuevo orden mundial, está relajando la guardia en su fortaleza electoral mientras que extramuros asedia un nuevo ejército. Se dan las condiciones óptimas para el avance de las opciones transversales en los feudos tradicionales de la izquierda, hoy ya muerta por suicidio ideológico.

SOBRE LA CANDIDATURA TURCA A LA UNIÓN EUROPEA

SOBRE LA CANDIDATURA TURCA A LA UNIÓN EUROPEA

Vittorio MESSORI

 

  Una mirada a la Historia

 

  Se discute si aceptar o no la candidatura de ingreso a la Unión Europea de Turquía. Confieso que, en general, esta nuestra Unión no me ha apasionado nunca particularmente, reservo sentimientos y emociones a otras realidades, diversas de esa mezcla de intereses económicos a menudo egoístas o corporativos de burocracias farragosas y muy pagadas, de hipocresías políticamente correctas, aquella mezcla, por lo tanto, de cartas y funcionarios que se mueve entre Bruselas y Estrasburgo. Entonces, no me acaloraré demasiado ni siquiera por las cosas turcas de las que se debate y se debatirá. Tampoco esta vez haré lo que nunca he hecho y nunca haré: firmar, a saber, manifiestos indignados, o participar en ruidosas manifestaciones de protesta.

  Me limito a decirme desconcertado (por usar un eufemismo) al ver tomada en serio –y quizá, al final, aceptada– la petición de entrar en Europa por parte de aquella anti-Europa por excelencia que, históricamente, ha sido el ex-imperio otomano. Sólo por una invención geográfico-política la actual Turquía es considerada como parte del Viejo Continente, teniendo la soberanía de la región en torno a Estambul. Pero precisamente este jirón de tierra es el testigo de una de las más grandes tragedias europeas: desde 1453, Constantinopla, la Nueva Roma, la tercera ciudad santa de la cristiandad, fue conquistada por los turcos que la hicieron musulmana con la fuerza, que la hicieron, durante siglos, tanto su capital política como religiosa para todo el Islam, como sede del califato, que han transformado en mezquita (y después en museo) la venerada basílica de Santa Sofía y, con ella, centenares de otras iglesias, que las han cambiado incluso el nombre. ¿Qué se diría de nosotros, cristianos, siempre bajo acusación y siempre dispuestos a pedir perdón por aquellas incursiones defensivas que fueron las cruzadas (y Jerusalén, para nosotros, era precisamente algo distinto que Constantinopla para los musulmanes), si hubiésemos hecho, y continuásemos haciendo impunemente lo mismo en Bagdad, en Damasco o –y el parangón no es impropio– en la misma Meca?

 

  Son aquellos mismos turcos que, durante siglos, han oprimido, desangrado, martirizado a Grecia, los Balcanes, una vasta parte de Europa oriental, y que se han retirado alrededor del Bósforo sólo a causa de una serie sangrienta de guerras y de revueltas. Son aquellos turcos que, durante siglos y siglos, impidieron la navegación y desolaron las riberas del Mediterráneo con sus incursiones piratas: una de las causas del bajo desarrollo del sur de nuestro continente fue precisamente la necesidad de abandonar las costas, en continuo peligro, retirándose al interior, sobre montañas intransitables e inhóspitas. Son aquellos turcos que, hasta casi la mitad del siglo XIX, arrancaban cada año un niño a cada familia cristiana, lo hacían musulmán fanático y le hacían un soldado del Islam en el cuerpo de élite de los Jenízaros: una de las salidas militares más perversas, porque daba a los sultanes la satisfacción de masacrar a los bautizados sirviéndose de guerreros despiadados que eran sus mismos hijos.

 

  El genocidio armenio

 

  Extraña organización, esta Unión Europea que discute seriamente sobre la petición de Turquía de entrar a formar parte de ella y que, también, en 1999 ha reconocido oficialmente como genocidio el asesinato, entre 1915 y 1917, de al menos un millón y medio de cristianos armenios precisamente a mano de los turcos. Mientras otros centenares de millares fueron masacrados en los años precedentes. El reconocimiento de aquella tragedia aterradora por parte de Europa y algunos Estados nacionales ha sido tardío, y fue contestado ásperamente por los Gobiernos otomanos que se han sucedido hasta hoy.

  Los Estados Unidos no quieren todavía oír hablar de genocidio armenio (el Presidente Clinton mismo intervino para bloquear una iniciativa del Senado), porque cuentan con Turquía como aliado fiel en Oriente Medio. Pero también porque, en los Estados Unidos, ha intervenido el potente lobby hebreo que defiende ásperamente el monopolio de la palabra genocidio que, se sostiene, debe ser reservado sólo a la persecución nazi de los hebreos. La Shoah, como la llaman, debe ser considerada única, todas las demás persecuciones no tienen el mismo significado inconmensurable y la misma intensidad de dolor. Esto no lo decimos nosotros: no nos lo permitiremos nunca. Lo dice un hebreo, hijo de un superviviente al exterminio, Norman Finkelstein, del que la editorial Rizzoli acaba de publicar ese informe escandaloso que es La industria del Holocausto, con el subtítulo La explotación del sufrimiento de los hebreos (por parte de otros hebreos). Escribe, entre otras cosas, Finkelstein:

  «La defensa hebrea de la unicidad del Holocausto es indigna desde un punto de vista moral, y terminará constituyendo una especie de terrorismo intelectual; sin embargo persiste. El punto es entender el porqué. En primer lugar, un sufrimiento único confiere derechos únicos. El mal único del Holocausto pone a los hebreos en un plano diverso respecto a los demás, y les concede una reivindicación respecto a todos estos otros. Para Edward Alexander, la unicidad del Holocausto es un capital moral, y los hebreos deben reivindicar la soberanía de este patrimonio precioso. En efecto, la unicidad del Holocausto sirve a Israel como coartada…» Y así sucesivamente, en un crescendo implacable de acusaciones. Palabras duras, como se ve, que a ninguno que no fuese hebreo como este estudioso le estaría permitido hoy decir.

  Finkelstein recuerda que, en Israel y, en general, en el mundo hebreo, «hacer mención de un genocidio de los armenios (o de los gitanos, o de cualquier otro grupo humano fuera de los israelitas) es tabú, es denunciando de inmediato como un intento innoble de banalizar el Holocausto». Por ejemplo, Elie Wiesel (Premio Nobel, pero para Finkelstein supremo profesional de la explotación de la Shoah con, entre otras cosas, un caché de 25.000 dólares y una limusina con conductor por cada conferencia sobre Auschwitz), y las organización hebreas más importantes, se retiraron de un congreso internacional sobre el genocidio en Tel Aviv, e hicieron presiones para que el encuentro fracasase, visto que sus organizadores, «resistiendo a las advertencias del Gobierno israelí, habían incluido algunas secciones dedicadas al caso armenio». Observa también este hebreo políticamente incorrecto que, en el gigantesco Holocaust Memorial de Washington, financiado y gestionado por el Gobierno Federal, se ha eliminado prácticamente cualquier referencia a los armenios, así como a los gitanos que, sin embargo, con más de medio millón de víctimas a mano de los nazis, tuvieron en proporción pérdidas más altas que los israelitas. «Pero –escribe siempre Finkelstein– reconocer el genocidio de los gitanos, en el mismo período y con los mismos culpables, habría implicado la caída de la exclusiva del Holocausto, con una pérdida sobresaliente de capital moral».

  Así –añade el escritor–, mientras cada año, en todos los 50 Estados de la Unión norteamericana, se celebra el Día de la Memoria del Holocausto, «los del lobby hebreo del Congreso impidieron la institución de una jornada de recuerdo del genocidio armenio», amén del gitano. En un reciente, muy informado y sereno estudio de la Civiltà Cattolica precisamente sobre las resistencias que encuentra hoy el esfuerzo para no perder la memoria de la terrible masacre perpetrada por los turcos, se les califica de muy impresionados porque el ministro israelí Simon Peres, en una visita a Ankara, «ha definido sin sentido las peticiones de los armenios, que pretenden el uso de los términos holocausto y genocidio también para su millón y medio de muertos, sobre una población total, presente entonces en Turquía, de dos millones y cien mil personas». Peres, en una entrevista, ha corroborado: «La del pueblo armenio ha sido una tragedia, no un genocidio». No nos olvidemos que, al menos hasta ahora (aunque las recientes elecciones, con la victoria del partido islámico, mandan mensajes inquietantes), Turquía ha sido para Israel el único aliado en el mundo musulmán y el proveedor de mucho de lo que sirve para mantener su ejército tan preparado.

 

  En realidad, puesto que, según la misma definición de las Naciones Unidas, «genocidio es el exterminio de un grupo nacional, étnico o religioso», pocas veces el término es adecuado como en el caso de Armenia. Lo reconoció también Juan Pablo II en su visita en su visita a finales del año 2001, donde no vaciló en hablar de un pueblo mártir por su fe. El objetivo pretendido (alcanzado: no hay armenios en las provincias turcas donde eran, o mayoría, o minoría particularmente numerosa) fue la supresión total, con una masacre masiva que cancelara hasta el recuerdo de la más que bimilenaria presencia armenia en aquel territorio, que llegó a ser de los turcos otomanos, llegados como intrusos e invasores, sólo a partir del siglo XIV. Lo que los turcos se propusieron, antes y durante la Gran Guerra, fue precisamente y explícitamente una solución final.

 

  Para un creyente, el pueblo armenio no es uno cualquiera como tantos otros: aquí nace –en 301, por lo tanto incluso antes de las leyes de tolerancia constantinianas– el primer reino cristiano de la Historia. Aquí, en tierras abruptas y de fronteras (sacudidas, entre otras cosas, de continuos terremotos), esta gente supo permanecer fiel bajo las agresiones y las dominaciones brutales de otras innumerables culturas y religiones. En particular, continuó pacientemente firme en su fe, como una piña en su Iglesia (que para muchos armenios fue la católica), también durante los siglos en los que a los turcos otomanos tuvo que pagar el duro tributo de dhimmi, sometida, y aceptando las humillaciones usuales para todos los bautizados bajo la opresión islámica. De los sultanes de Estambul obtiene, de hecho, el título de comunidad más fiel: en efecto, con tal de ser dejada en paz para vivir como cristiana, daba a aquel César con turbante lo que pretendía, sin quejarse mucho y sin buscar rebelarse.

  El Gran Mal (como los armenios llaman a su holocausto) comenzó con la crisis del Imperio otomano y el surgir, por compensación, del nacionalismo turco, frente al que, por parte cristiana, se trató de reaccionar. Algunos partidos, de inspiración socialista y condenados por la Iglesia, recurrieron también al terrorismo. Así, entre 1894 y 1896, una serie de matanzas ordenadas por Estambul llevó a un primer exterminio de 300.000 armenios y a millares de conversiones forzosas al Islam. Pero el genocidio verdadero y claro será consumado por los Jóvenes Turcos, partido nacionalista y racista que pretendía proceder a una verdadera y propia limpieza étnica. En 1909, se hizo una atroz prueba general, con el exterminio de 30.000 armenios de la Cilicia, bajo la mirada indiferente de las potencias sedicentes cristianas, comprometidas en un juego político entre Turquía y Rusia. Como en casos precedentes, la Iglesia católica fue la única que levantó la voz para denunciar y protestar, con documentos, medidas diplomáticas y artículos oficiosos en la Civiltà Cattolica.

 

  Al estallar la guerra, en 1914, Turquía, aliada de alemanes y austro-húngaros, sufrió una derrota en el frente caucásico, donde los armenios siempre han sido de casa, en absoluta mayoría. La ocasión es propicia para liberarse finalmente del problema. Mientras los soldados armenios en el ejército otomano son todos desarmados, usados como bestias de carga hasta el agotamiento de las fuerzas y después fusilados, para el millón y doscientos mil de los otros armenios en el Cáucaso llegó de Estambul la orden de deportación al remoto desierto asiático. Ocurrieron después hechos aterradores: el que no fue matado por las bayonetas, la fatiga, o por los golpes, encontró la muerte por el hambre, la sed, la postración en la meta, donde en realidad no hay más que arena. Al final de la guerra, ya no hay armenios en el Cáucaso: el exterminio, allí, terminó con más de un millón de muertos; los pocos supervivientes, o huyeron hacia Rusia, o pasaron a engrosar la ya notable diáspora. Quedan otros, además, en las zonas occidentales de la península de Anatolia: de éstos se ocupará Kemal, el héroe nacional, llamado Ataturk o padre los turcos, con nuevas matanzas y con la cancelación de la sentencia de la inmediata posguerra, con la que el Estado otomano, reconociendo la terrible matanza, había condenado a muerte a los políticos que fueron responsables de ella. Desde entonces, hablar de genocidio armenio está oficialmente prohibido en Turquía: una negación contra toda evidencia que, como hemos visto, cuenta con poderosos apoyos también en el exterior. Mientras tanto, los eurócratas discuten si aceptar o no bajo la bandera azul con doce estrellas a aquellos que ciertamente no son personalmente culpables, pero que hasta ahora no han querido reconocer todo lo que hicieron sus padres.