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Bitácora PI

Politología y Metapolítica

EL JUEZ QUE NO SABE CASTIGAR ACABA POR ASOCIARSE CON EL DELINCUENTE (Goethe: "Fausto", 2ª parte, acto 1º)

EL JUEZ QUE NO SABE CASTIGAR ACABA POR ASOCIARSE CON EL DELINCUENTE (Goethe: "Fausto", 2ª parte, acto 1º)

Alberto BUELA

 

   Desde siempre se lee sólo la primera parte del Fausto, de ahí que nos hayamos propuesto leer este verano todo el texto completo a pesar de lo tediosa y engorrosa que resulta la segunda parte, por lo barroco de su escritura y la exuberancia mitológica del texto. Y allí, al comienzo nomás nos encontramos con esta sentencia desconocida por la mayoría de sus lectores.

 

   A fines de siglo 1999/2001 el principal problema argentino era la desocupación, hoy un lustro después, el grave problema social argentino es la inseguridad. En nuestras calles y rutas se matan al año un promedio de 8000 personas, la mayoría jóvenes. Y pasamos de un promedio de 11000 asesinatos al año a 14.000. Claro está, que mal de muchos consuelo de pobres: en Brasil se registran 50.000 asesinatos al año. No existen cifras más o menos ciertas sobre robos, hurtos, violaciones y secuestros porque la mayoría de los cuales no se denuncian, pero su cifra no es sólo alarmante sino lo más grave, es creciente. Pareciera ser que la inseguridad se ha transformado en una política de Estado a través de la cual también se nos gobierna. En una palabra, pareciera que los gobiernos usan la inseguridad como un instrumento más para gobernar.

   El sistema jurídico y penal argentino está colapsado, así la Corte Suprema de Justicia acumula 8000 casos sin resolver, las cárceles están abarrotadas de presos y se siguen haciendo nuevas todos los años. La pregunta es: ¿Qué sucede?, ¿Cuál es la causa?, ¿Existe una solución?

   Sin pretender tener la bola de cristal sobre tan espinoso asunto, podemos afirmar con un adagio criollo que: la culpa no la tiene el chancho sino quien le da de comer. Y el que le da de comer a este sistema jurídico-penal inadecuado, anticuado, falaz y, por ende, injusto es el juez, quien al no saber castigar en su justa pedida al delincuente termina asociándose con él, según reza la cita del Fausto.

   El juez castiga no por el castigo mismo, sino porque el criminal reclama su castigo como su derecho. En una palabra, el derecho del delincuente es ser castigado y esto no lo puede obviar el juez pues, de lo contrario, termina asociándose con el delincuente. Si bien el juez no está para juzgar al Derecho sino solo para aplicarlo por vía procesal, sin embargo él no es un espectador del Derecho sino protagonista ya que recrea el Derecho en su sentencia que es el momento vivo de éste. La sentencia produce el hecho jurídico stricto sensu, pues como sostuviera ese gran filósofo del derecho que fuera el tucumano Carlos Cossío hace ya medio siglo en su Teoría egológica: "Es que la norma jurídica está en el juez y siempre en él".

 

   Siguiendo el razonamiento de esta breve meditación sostenemos que, si bien ante el  problema de la inseguridad convergen múltiples causas, como por ejemplo la pobreza, la falta de empleo, la mala formación del ciudadano en general y de los dirigentes en particular,  el olvido desde los aparatos del Estado en la predicación y sostenimiento de los valores patrios, la exaltación de una visión individualista y hedonista de la vida, donde el dinero y el placer son todo. El fenómeno de la inseguridad podría encararse,  con los medios con que se cuenta actualmente y sobre la base de lo que ya existe, a través de una reforma sustancial en la formación del cuerpo de jueces, federales y provinciales, de la República.

   Y esta formación no se logra con un curso rápido más o menos inteligente y chispeante dictado por algún pensador light  del tipo de los comunicadores sociales sino por filósofos, que en Argentina hay y de los buenos, que puedan mostrarle y luego enseñarle a estos señores jueces cuál ha sido y es el sentido de la Argentina en América y el mundo y cuál la cosmovisión acerca del hombre, el mundo y sus problemas que sostenemos.

   Con la carencia de este background axiológico es imposible la sentencia justa que no sea por simple casualidad.

ACERCA DEL "ORDEN CRIOLLO" DE MI AMIGO ALBERTO BUELA

ACERCA DEL "ORDEN CRIOLLO" DE MI AMIGO ALBERTO BUELA

Ignacio G. TEJERINA CARRERAS

 

   Hace muy pocos días, he leído en el blog español BITÁCORA PI el artículo "El Orden Criollo"

(http://bitacorapi.blogia.com/2006/112801-el-orden-criollo.php) destinado a los amigos del autor en la Quiaca y sur de Bolivia. Lo leí con mucho interés porque la temática es muy afín a mis pensamientos desde hace años, ya que desde hace más de una década, a solicitud mía, se creó el Departamento de Estudios Criollos del Instituto Argentino de Cultura Hispánica de Córdoba. A posteriori, la editorial El Copista, de Córdoba, me publicó mis "Raíces Criollas", en el año 1994, obra que contó con el auspicio de la Municipalidad de Córdoba, Capital, a través del llamado Fondo Estímulo para la Actividad Editorial Cordobesa, ordenanza 1808.

   Como tengo amistad con el profesor Buela y gran pasión por lo criollo, por ser quien esto escribe criollo de 14 generaciones en el país, me veo en la necesidad de hacer algunas puntualizaciones sobre ello:

 

   1) El autor expresa que la tradición política del orden criollo la hallamos primero en Juan de Garay, quien "fundó Buenos Aires y cofundó Santa Cruz de la Sierra junto a Ñuflo de Chávez"; luego en Hernandarias, después en el letrado del siglo XVII Juan Solórzano Pereira, nuestros próceres gobernadores del período de la Independencia... etc. Lo expresado hasta aquí es parte de la realidad, pero de la realidad mediterránea y rioplatense. Como hombre del Interior, acostumbrado a una visión parcial de la historia con epicentro en el Puerto, no puedo dejar pasar por alto algo muy importante. Más allá de los yeguarizos que trajo Pedro de Mendoza en 1536, el primer hito documental de la fundación de lo que hoy es Argentina, es el 29 de junio de 1550, cuando Núñez del Prado funda la ciudad de Barco con acta de fundación, constitución de Cabildo, es decir los requisitos primordiales de la legislación española en América para tener categoría jurídica. Esta ciudad sufriría traslados, el último hecho por Francisco de Aguirre, quien le cambiaría el nombre original, en 1553, por el de Santiago del Estero, que hoy es legítimamente llamada Madre de Ciudades, precisamente por ser ella la primera ciudad en territorio argentino. Además, y esto es muy importante, el tener ya una ciudad y empezar a nacer ya hijos de la cruza de españoles e indios, da origen al nacimiento de nuestra Patria. La llamada "Fundación de Buenos Aires" por Pedro de Mendoza, fue sólo  un asentamiento y por lo tanto, lo de Juan de Garay no fue una "segunda fundación", sino la única; el asentamiento de D. Pedro de Mendoza nunca tuvo acta fundacional ni cabildo, de modo tal que le corresponde a Juan de Garay el honor de haber fundado lo que hoy conocemos como ciudad de Buenos Aires en 1580, después de haber fundado Santa Fe en 1573.


   Pero más importante que todo lo dicho anteriormente es que cuando Juan de Garay fundó Santa Fe y Buenos Aires, ya existía un orden político criollo, conformado por las siguientes ciudades, ya fundadas y consolidadas y en una dinámica generadora de la sociedad hispanocriolla: Santiago del Estero, fundada en la fecha arriba citada, Córdoba fundada por Jerónimo Luis de Cabrera el 6 de julio de 1573, Mendoza fundada por Pedro del Castillo 1560, San Juan por Jofré en 1562, San Miguel de Tucumán en 1565 por Diego de Villarruel, Talavera de la Reina fundada el 15 de julio de 1567 por el gobernador Diego Pacheco. Esta ciudad de Talavera también tuvo el célebre nombre de Esteco y se situaba en la región conocida como Palca Tucumán y después fue el resultado de la fusión de 2 poblaciones, Talavera del Esteco y la Villa de la Nueva Madrid o Madrid de las Juntas, reunidas en 1609 por decisión del gobernador Alonso de Rivera. La primitiva Talavera estaba en el poblado llamado Cáceres que habían levantado Jerónimo de Olguín, Diego de Heredia y Juan de Berzocana en 1566, cuando se dirigían a Charcas llevando como prisionero a Francisco de Aguirre.

   Esta ciudad de Talavera de Madrid, o Esteco, alcanzó bastante importancia, a tal punto que en 1623, cuando el breve In Supereminent de S.S. Gregorio XV, permitió a los jesuitas otorgar grados académicos en su colegio máximo de Córdoba, el Obispo Julián de Cortázar dispuso que la ceremonia de graduación se realizara allí. El permanente acoso de los indios redujo la ciudad a su mínima expresión, a tal punto que en 1689 contaba con sólo 5 vecinos y 21 soldados de la guarnición y se preveía su traslado al Valle de Choromoros, en jurisdicción de San Miguel de Tucumán. El 13 de septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió a la ciudad, causando 11 muertes y dejándola completamente en ruinas. El sismo se sintió con intensidad en San Miguel de Tucumán, Jujuy y Salta, atribuyéndose la salvación de esta última a la intercesión de la imagen de Ntro. Señor Jesucristo que se venera en la Catedral salteña, imagen conocida desde entonces como el Señor del Milagro. La mayor parte de los sobrevivientes de Esteco se refugiaron en la zona Metán, en donde poco después fue levantado un fuerte llamado del Rosario, germen de la actual población de Rosario de la Frontera. Ya abandonada por sus habitantes, Esteco terminó por desaparecer.

 

   En otro punto de su artículo, el Dr. Buela dice que la tradición cultural del orden criollo "se funda en el poema épico por excelencia de la ecúmene hispanoamericana: el Martín Fierro, que tiene un antecedente ilustre en la primera parte del Facundo". Lamento no coincidir con el amigo Buela, pero es muy común desconocer todo ese gran bagaje cultural que tenemos los que hemos nacido en la Antigua Gobernación de Tucumán o en Cuyo.  La verdadera cultura argentina fundacional es la tucumanense, reconocida por brillantes pensadores del interior argentino, y que tiene dos fuentes fundamentales, el pueblo mismo del que ya hablaremos y la Universidad de Córdoba, que desde principios del siglo XVII fue un faro luminoso para Sudamérica. Me permito tomar para esta parte de mis comentarios a dos autores tucumanos, uno, poco conocido y casi exclusivamente en el ámbito de su provincia, aunque también he visto publicaciones suyas que se venden en librerías católicas de Buenos Aires, Miguel Cruz. El otro, es un filósofo tucumano ya fallecido, D. Alberto Rougés, también poco conocido, como ocurre casi siempre con aquellos que no han podido exhibirse en las vidrieras de Buenos Aires.

   Miguel Cruz sostiene lo que no es negado por nadie (*1), que la cultura de la Cristiandad fue la que es legada a América, sufriendo las transformaciones propias de los aportes de los aborígenes y que  ya que, como dice el autor "Si Argentina es parte y porción americana de la cultura de la Cristiandad por sus orígenes, ya que América como tal, tomó de esa manera y por su bautismo, conciencia de simultánea globalidad continental e histórica, y de su lugar en el mundo como un Nuevo Mundo, bien podemos llamar a esta instancia inaugural y arquetípica como nuestra Cultura Argentina Fundacional".

   ¿Y dónde  esa cultura comienza a forjarse y a desarrollarse  en nuestro país? ¿Y quién la ha revelado y hecho conocer? Pues bien, esta cultura surge primitivamente en el Tucumán y ha sido relevada por ese gran estudioso que fue Juan Alfonso Carrizo, que recorrió diversas provincias argentinas de lo que hoy se llama el NOA (Noroeste Argentino) y rescató canciones, poemas, cuentos, anécdotas, romances, villancicos, etc. escuchando a viejos lugareños, campesinos curtidos por el sol, muchos de ellos analfabetos y poseedores y transmisores de lo mejor del Siglo de Oro español. Carrizo publicó en 1926 "Antiguos cantos populares Argentinos. Cancionero de Catamarca", publicación a la que siguieron innumerables aportes, como "Cantares del Tucumán" y otros. Nos informa Miguel Cruz que como Carrizo era un Don Nadie en el mundo de la cultura, le había pedido a Ricardo Rojas su padrinazgo, para que lo prologase la obra y ésta no cayera en el vacío. Sigue diciéndonos Cruz que el hecho es que el libro de Carrizo y sus conclusiones parecían el comienzo de un formidable alegato contra toda la obra de investigación de Rojas y en especial sus estudios sobre "los gauchescos". Nos dice Cruz que Rojas pretendía cimentar en obras como el poema Martín Fierro de José Hernández los fundamentos literarios de una cultura argentina a defender y restaurar, considerándolas derivados genuinos de la auténtica tradición poética criolla. Con gran acierto Cruz recuerda  que Vicente Fidel López, hablando del poema gauchesco "Santos Vega o los Mellizos de la Flor", de Hilario Ascasubi, decía que "cuando los tipos poéticos de nuestra vida actual hayan desaparecido (...) los cuadros y las creaciones del Sr. Ascasubi serán sin disputa la fuente, los antecedentes homéricos de nuestra cultura literaria". Por el contrario, nos dice Cruz, Juan Alfonso Carrizo llegaba a afirmar  lo siguiente: "seguir estudiando la poesía popular argentina en los poemas gauchescos es un grave error", agregando "la falta de investigación por un lado y un exceso de patriotismo por otro, ha impedido ver claramente la filiación literaria de nuestros poemas gauchescos".  Y aquí yo mismo me formulo una pregunta ¿Qué quiso decir Carrizo con exceso de patriotismo? ¿No será un patriotismo iluminado desde el Puerto?

 

   Creo necesario volver a Cruz cuando establece la diferencia entre la poesía del Martín Fierro y los cancioneros de siglos anteriores que rescató Carrizo. Al respecto dice Cruz: "La poesía de los cancioneros de Carrizo contiene las manifestaciones más verídicas de nuestra cultura argentina fundacional. Ella era en sus orígenes común a todo el arco de la sociedad, tanto de los núcleos urbanos como rurales. Cuando Carrizo la recogió ya sólo entre los paisanos campesinos, fue porque allí sobrevivía como ´folclore´, pero éste no era de ningún  modo su ámbito esencial".

   "Es una poesía de tradición popular. Decimos popular por la viva vigencia que tuvo entre el pueblo, lo que según los criterios antiguos no equivalía sin masa vulgar..."

   "Tengamos presente que mientras tal poesía, en su momento popular es un fenómeno colectivo, cuando pasa luego a ser tradicional, se convierte en un hecho comunitario, es decir con identidad histórica y no con mera identificación transeúnte".

   "El pueblo como tal no crea la poesía de su patrimonio oral; esta es siempre obra de autores singulares, luego anonimados, y aún puede provenir el patrimonio de otros pueblos. Pero lo que hace y sí importa, porque es allí donde pone su sello de posesión y donde manifiesta su personalidad distintiva en este proceso de apropiación, es que adopta y tal vez adapta, elige y a veces corrige determinadas posesiones poéticas y de determinada manera".

  

   Con todo acierto nuestro autor citado nos dice que los temas de la poesía fundacional argentina en sus mejores expresiones, son temas tomados de la cosmovisión medieval europea y vertidos en los moldes de versificación usuales en el Siglo de Oro español, que tiene una expresión de pretensiones universales  sin peculiaridades regionalistas que se hayan buscado de intentos, empapados de religiosidad popular y aunque aparentemente menos "criollistas" paradojalmente lo más argentino que hay.  Abundar en la diferenciación del significado del Martín Fierro o el valor nacional del Martín Fierro y el significado de todo el patrimonio de lo que nosotros hemos llamado cultura argentina fundacional es una obra de la mayor envergadura, para que transiten y hundan el escalpelo en ello todos los que quieran comprender la esencia de lo nuestro, y este no es el objetivo de estas líneas, sólo para anhelar a aquellos que se sienten estudiosos de lo nuestro y desprovistos de preconceptos lo puedan hacer. Pero también debemos hacer una aclaración: defender la cultura que ingresa por el norte del país de ningún modo es hacer localismo porque, como ya lo dice Cruz, en los tiempos antiguos esta cultura y sus expresiones poéticas eran comunes al íntegro territorio argentino, e iban y venían desde Lima pasando por la gobernación del Tucumán - es decir Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Córdoba - para llegar al NE de la Pampa bonaerense y que los matices de diferencia que adquirían en esta última región - por influencia del Paraguay - eran mínimos dentro del cause común que las unía  a todas en una sola correntada por el camino del Perú. A su vez Cuyo - Mendoza, San Juan y San Luis - recibían desde Chile las influencias nacidas de una misma e igual vertiente, la virreinal peruana. Así lo afirma Cruz que los viejos cancioneros bonaerenses lo demuestran pese al escaso material documentado y lo mismo lo hacía, para las provincias cuyanas, en 1938, el "Cancionero popular cuyano" de Juan Draghi Lucero.

   ¿Por qué esta homogeneidad cultural desapareció más aceleradamente al sur de la patria que al norte, hasta el punto que muchos llegaron a creer con el tiempo que los versos del "Martín Fierro" eran una cabal muestra del cancionero fundamental?, se pregunta Miguel Cruz y luego afirma que seguramente, porque la Modernidad invadió por el Atlántico haciendo su desembarco en el Puerto de Buenos Aires.

   También y permítaseme la extensión de estas reflexiones, es digna de hacer una rápida mención a quienes valoraron la obra de Juan Alfonso Carrizo, entre ellos el conocido poeta y dramaturgo español José María Pemán, quien conoció a Carrizo en una sesión de la Academia de Letras y se citaron para verse al día siguiente en lo que Pemán llama "el laboratorio de su brujería" en la modesta casa de Carrizo en la calle Chimborazo de Buenos Aires. Sólo repito lo que escribe Pemán y cita Cruz "Me enseña (Carrizo) sus baterías de trabajo. Ha logrado un fichero con millares de papeletas, de todos los cancioneros españoles. Gracias a él, en cuanto caza un cantar por esos cerros y cuestas, puede investigar su pedigrí español. Los apuntes que él trae del campo y las papeletas de su armario se aproximan como dos polos eléctricos y entre los dos, invariablemente, salta la tradición española. Y es esa la voz sincera y limpia de todo un pueblo: el pensar, el sentir, el amar, el burlar y el llorar de la Argentina. Y todo encuentra su hondura materna, su eco fraternal en los cancioneros españoles. El armario de Carrizo es cancela de novios, reja de flores, donde Argentina y España se cambian sus coplas. Allí pelan la pava, dialogan, hacen ´payada´. Muchos no lo saben, pero Sevilla y Buenos Aires se han cambiado los anillos en una casita de la calle Chimborazo.  "

 

   Y por último, no puedo dejar de citar al filósofo tucumano Alberto Rougés que tuvo en sus manos los cancioneros de Carrizo y que no dudó en escribir un franco alegato donde confrontaba la cultura fundacional que los campesinos del Tucumán, a la incultura civilizada de la educación pública del país, según nos informa cabalmente Miguel Cruz citando luego afirmaciones del filósofo. Yo recojo sólo algunas: "No logramos volver nuestro asombro a los que hemos tenido la singular fortuna de ser testigos de la prodigiosa cosecha de poesía tradicional que Juan Alfonso Carrizo ha recogido en la campaña tucumana, tan intensamente industrial, donde la actividad económica parecía haber hecho desaparecer toda vida espiritual. ¿Cómo ha sido posible tal cosecha? ¿Cómo ha podido formarse y conservarse un acervo poético que, por su forma y contenido, pertenece al gran Siglo de Oro español? Si alguna vida orientada en el sentido de la cultura hay en esta campaña ¿no es lógico, acaso, que ella se encontrara en las generaciones formadas por al educación pública del país en las últimas décadas, puesto que en aquella viven numerosos egresados de institutos secundarios y no pocos que han cursado estudios universitarios?. Sin embargo, no ha sido entre ellos que Carrizo ha encontrado el acervo cultural. Lo mismo ha ocurrido en Salta, Jujuy y Catamarca. El gran tesoro ha sido hallado entre los viejos labriegos que cultivan con sus manos el solar heredado.  Y no se lo ha encontrado en la parte exterior de la personalidad de éstos, como lo están en la nuestra esas cosas que, una educación poseída por el fetichismo de la cantidad, obliga a llevar hasta los exámenes, y que no tardan en despegarse. Lo ha encontrado en el fondo mismo del alma de quienes lo llevaban. Porque esa poesía no se ha conservado en libros o en otro género de publicaciones, sino en la memoria de aquellos labradores, antiguos cantores o juglares, y en manuscritos amarillentos de puro viejos, que nadie copia desde hace muchos años y que a nadie interesaban sino a aquéllos. Transmitido de boca en boca, de corazón en corazón, el tesoro poético ha viajado años y aún siglos para llegar a nosotros, como que en él se encuentran algunas piezas de poesía juglaresca española del siglo XVI. Para que aquel se conserve, pues, ha sido indispensable que los que lo llevaban en la memoria lo comprendieran, lo vivieran, fueran capaces de estimarlo, de gustar los delicados matices del ingenio, del sentimiento y de la expresión que hay en él. Más aún, puesto que esa poesía no se canta desde hace más de 20 años, puesto que nadie viene por ella, su conservación no ha sido posible sin la fidelidad de un gran amor, sin la conmovedora fidelidad hasta la muerte de aquellos viejos labriegos. ¿Quién entonces sería capaz de negar a éstos cultura? ¿Quién pone más fervor que ellos en valoraciones de cultura, en lo que es más esencial en éstas?

   El interrogante vuelve nuevamente a la carga: ¿cómo es posible que sean cultos esos ancianos que casi no han conocido la escuela, y que no lo sean, que carezcan de interés por las cosas de la cultura, que no las estimen, que no perciban su valor, los hijos y nietos de aquéllos, beneficiarios de la, al parecer, considerable obra de educación que realiza el país? ¿Es por ventura posible que no sena cultos, que carezcan de valoraciones de cultura, de un interés, serio por ésta, los hombres formados por la sociedad nueva, sociedad de vida fácil, orgullosa de su poder material y de su riqueza? Pero ahí están los hechos, hechos que todo el mundo puede comprobar aún. Ahí está la realidad, evidente, paradójica, conturbadora, angustiosa. Desde el punto de vista de la cultura ¡qué triste papel  hacia la casi unanimidad de los egresados de nuestra enseñanza superior, en relación a aquel anciano admirable, D. Apolinario Barber, muerto ahora poco, de más de noventa años, que le dictó a Carrizo más de doscientas composiciones  que se sabía de memoria, salvando así del olvido a verdaderas joyas poéticas! ¿Será que nuestra educación pública es impotente para refrenar la tendencia excesivamente materialista de nuestro ambiente social, su orientación casi exclusiva hacia finalidades puramente económicas? ¿O será que la concepción de la vida humana que intenta realizar nuestra educación pública es esencialmente materialista? Estamos sin duda en una de esos círculos viciosos tan frecuentes  en los fenómenos de la vida: la educación se explica por la sociedad y la sociedad se explica por la educación. La culpa es de ambas, pues".

 

Consideraciones finales

 

   Más o menos a a la mitad de su trabajo, el Dr. Buela dice algo con lo cual coincido totalmente: que el orden criollo implica la existencia de una cosmovisión, o sea una visión totalizadora del hombre, del mundo y de sus problemas. Para mí es lo que yo llamo la cosmovisión de la Hispanidad, la que produce un tipo de idiosincrasia que es común a todos, que nos hace sentir y reaccionar de una manera semejante donde quiera que vivamos. Afirma José M. Pérez Prendes que "ser iberoamericano es simplemente poseer un talante, una actitud ante la vida y las cosas, postura que se define radicalmente para implantar ese mismo orden según la cual la vida va antes que las cosas". En un trabajo suyo este autor nos dice textualmente "si algo puede dar Iberoamérica al mundo es su modo de verle, su modo de vivirle a los que sólo se plantean la posibilidad de explotarle y consumirle." (*2). Es esa vieja idiosincrasia con que nos encontramos en todos los viejos criollos de pueblos, aldeas, parajes y barrios populares argentinos. Esa idiosincrasia  donde tiene mucho que ver, como lo dice en un brillante trabajo suyo Alberto Buela, expresando que "los elementos estructurales de nuestra conciencia iberoamericana están dados por la mixtura o simbiosis, este último término no esta tomado ni de la química ni de la psicología, sino en su sentido etimológico estricto (syn = con) (bios = vida) de lo católico - no está tomado aquí como categoría confesional, sino antropocultural - y lo indo tomado aquí como cosmovisión y no como dato arqueológico."  (*3)

 

   Otra coincidencia con el Dr. Buela es la caracterización de rasgos de lo hispánico a través de los valores jerárquicos y no horizontales (los padres mandan y los hijos obedecen); el sentido de la libertad, el valor de la palabra empeñada y la preferencia de sí mismo.

   Como aporte particular podría decir que  a mi parecer hay tres clases o tipos de criollos: el que podría designarse como criollo originario, aquél cuyos antepasados se encuentran entre los primeros pobladores y conquistadores llegados a América, cuya inmensa mayoría se mestizó con los pueblos aborígenes. Estos criollos son de origen biológico y cultural. Los segundos serían aquellos descendientes de españoles venidos después de nuestra independencia y de todos los europeos asiáticos venidos antes o después de  la constitución de 1853, y por último, los criollos culturales, aquellos que no tienen  sangre nativa por ninguno de sus 4 abuelos, 8 bisabuelos y 16 tatarabuelos, pero que han nacido en este país, lo aman y aman su cultura asumiéndola totalmente.

   Y por último, y acá vuelvo a coincidir con el Dr. Buela, en nuestro orden criollo la primacía no se obtiene por la antigüedad - por supuesto en el país - sino "acá la primacía la tiene aquel que llevó a la perfección la forma de ser americana y éste fue el criollo como producto de ese abrazo fenomenal, tanto en la lucha como en el hecho que se produjo a partir de 1492" (*4)

 

 

Notas

 

   (*1) Cruz, Miguel "Poesía popular de la Argentina criolla". Grupo del Tucumán, San Miguel de Tucumán, 1998.

   (*2) Pérez Prendes, José María, Et Al.: En "Iberoamérica, una comunidad",  Madrid, ediciones de Cultura Hispánica, 1989, Tomo II, página 835.

   (*3) Buela, Dr. Alberto, El ser de Iberoamérica, en "Ensayos iberoamericanos". Editorial Cultura et Labor. Bs. As., 1194

   (*4) Buela, Dr. Alberto "El orden Criollo", trabajo que hemos considerado en estas líneas.

LA MASA ORTEGUIANA EN LA LEGITIMACIÓN DE LA DEMOCRACIA LIBERAL COMO DERECHO, VERDAD Y RELIGIÓN.

LA MASA ORTEGUIANA EN LA LEGITIMACIÓN DE LA DEMOCRACIA LIBERAL COMO DERECHO, VERDAD Y RELIGIÓN.

José Martín BROCOS

 

   1. La decrepitud de la época presente consecuencia de la deificación tiránica de la democracia liberal.

 

   La democracia partitocrática y liberal en esencia se encuentra viciada en los planos ético, cultural, político y jurídico. Escribe Tomás de Aquino: "Si finalmente, el régimen injusto es ejercido por muchos, se llama democracia, es decir, principado del pueblo, esto es, cuando la masa plebeya oprime (...) por la fuerza numérica de la multitud (...) viene a ser un tirano" (Tomás de Aquino. De Regimine Principum, lect. 2, n. 8. Trad. de Victorino Rodríguez sobre el texto latino de la edición de Raimundo M. Spiazzi, O.P., en Opuscula philosophica Divi Toomae Aquinatis, Ed. Marietti, Taurini-Romae 1954).

   Glosa Victorino Rodríguez que el sentido peyorativo de esta democracia en que una masa de los ciudadanos se impone a una minoría más calificada oprimiéndola es mantenido también en los comentarios que Tomás de Aquino realiza a los libros de la Ética y de la Política de Aristóteles (Rodríguez 1978:32.34).

 

   La democracia liberal es la idolatría de la masa, el culto al pueblo, vox populi, vox Dei, en la creencia de Rousseau cuando proclama en "Du Contrat Social" que "la voluntad general es siempre recta" y debe aceptarse como tal aserto. Estamos ante la "demolatría", la dictadura partitocrática camuflada de democracia liberal o de democracia popular proletaria que marcha vertiginosamente hacia la profunda sima de la  subversión total.

   Subversión ética por el relativismo según el cual no hay verdades morales objetivas. Carente de este arraigo ontológico el hombre y la sociedad "quedan expuestos a la  violencia de las pasiones y condicionamientos abiertos u ocultos" (Zenit, 2004, Octubre 19), creándose así un hombre amorfo, carente de voluntad, incapaz de dominar sus instintos; un mundo juvenil desamparado y desorientado.

   Subversión cultural al desligar la cultura de la vida y de la "fidelidad viva a la herencia de las tradiciones" (Gutiérrez García, 2001:221). La nueva cultura deshumanizada, evanescente, estandarizada y desarraigada de la verdad, degenera en instrumento de decadencia moral del ambiente. Nada de idea de trascendencia del ser humano, de presencia de la interioridad, y la inteligencia sólo tiene un uso: producir y obtener bienes materiales -para que el animal goce lo más que pueda de sus instintos-. La consumación de la democracia liberal conduce al multiculturalismo axiológico que deriva en la entronización social del relativismo y acaba en el nihilismo ontológico[1].

   Subversión política al no inspirarse el Estado en valores eternos acaba siendo beligerante con la Justicia y la Verdad. No hay creencia en valores superiores a la opinión y a la voluntad de los pueblos, de ahí que el relativismo es totalitario al pretender vivir en un régimen de monopolio ideológico que sirve para dilucidar la verdad, intentando trastocar el orden de la naturaleza, que no puede ser alterado ni modificado aunque lo acuerde una mayoría. En este sentido los derechos del Estado han de estar enmarcados en los derechos de Dios. Cuando esto no es así estamos frente a un absolutismo fundamentalista.

   Subversión jurídica ya que el positivismo jurídico constitucional, creado por el positivismo filosófico del siglo XIX, erige al hombre como centro de gravedad del universo fundando los "`derechos humanos´ (...) en sí mismos" (Wagner de Reyna, 2004:82, enero-febrero), y al no considerar el derecho divino positivo, así denominado en la Edad Media (D`Ors, 1982:35) y concretado en la única norma suprema moral objetiva capaz de elevar al hombre, la moral católica, ni el derecho natural como armonía entre la causa primera y las causas segundas (Vallet de Goytisolo, 1997:40), da la posibilidad a que la sociedad se infecte de hedonismo (D`Ors, 1982:127), utilitarismo, sentimentalismo o racionalismo.

 

   Un régimen liberal nunca lleva aparejada la libertad, pues la libertad sin su referencia a la verdad, se autodestruye. El propio Rousseau (libro III, capítulo IV) llegó a reconocer en Du Contrat Social: "Si tomamos el término en el rigor de su acepción, jamás ha existido verdadera democracia, ni existirá jamás. Es contra el orden natural que la mayoría gobierne y que la minoría sea gobernada". Y continuaba escribiendo, mostrando Rousseau su fe (libro II, capítulo VI): "Por sí mismo, el pueblo quiere siempre el bien, pero por sí mismo no siempre lo ve. La voluntad general es siempre recta, pero el juicio que la guía no siempre está iluminado".

 

   En la práctica las democracias liberales son una verdadera oligarquía partitocrática, "escuela de todo tipo de corrupciones (...), corrupción económica, pero también de la moral personal e ideológica" (Malpica, 2005, Junio)[2], con un poder desmedido, totalitario y absoluto, que ha tomado el poder del Estado y que ejerce sin escrúpulos ni tapujos la capacidad demagógica y de manipulación, y con una ideología anticristiana que socava los valores morales[3], lo relativiza todo, erosiona el núcleo fundamental de la sociedad, que es la familia, el sentido del orden, de la disciplina y de la sobriedad a través de una creciente relajación de costumbres, de una permisividad sin límites, y de un sistema educativo siempre tendente a la estatalización, como uno de los métodos preferidos por los totalitarismos para el control de la sociedad y para la creación de sus futuras masas. Son los tiempos en que la mentira se hace verdad, lo grosero normal, el error se adueña de los espíritus y la patria se hunde en un permanente malestar; son los tiempos de la decrepitud social, de la modorra colectiva, del pacifismo feminoide y de los homínidos manfloritas. De forma que en estos momentos, se está violando el orden natural, negando al hombre la posibilidad de buscar y encontrar el bien, la verdad, la belleza, pues éstas ya no existen. Todo queda en un juego de subjetivismos impuesto por aquel que tiene el poder. Asistimos a la ruptura del pensamiento secular, donde, hasta hace poco, no se negaba la presencia de los trascendentales; hoy se niegan. Vemos también la tendencia absolutista del poder; el Estado quiere controlar e imponer el orden espiritual y moral (Legorburu, 2005, Julio-Agosto, 4-5, Discurso de Alfonso Coronel de Palma, Presidente Nacional de la ACdP).

 

   1.1. La subversión del derecho.

 

   Desde el racionalismo el derecho informa la moral[4]. Las leyes se forman de la moral de la sociedad, una moral desde la razón sin fe; ergo el Derecho también crea la moral, o una forma de moral subjetiva, puesto que la masa considera comúnmente que lo que afirma el Derecho es moralmente lícito. De forma que "la concepción positivista del derecho, junto con el relativismo ético, no sólo quitan a la convivencia civil un seguro punto de referencia, sino que envilecen la dignidad de la persona y amenazan las mismas estructuras de la democracia" (Juan Pablo II, 1996:7,2). Nos encontramos frente a un redivivo "totalitarismo, revestido de piel de democracia" (Orlandis, 2005:378, mayo-junio-julio).

   El positivismo jurídico "equivale a un tremendo non serviam frente al lado jurídico de nuestra naturaleza y al responsable último de ella" (Millán Puelles, 2003:14, julio) al rechazar una moral objetiva presente en la ley, de forma que nada impide al gobernante legislar lo que le de la gana. Decide sólo el quórum de los votantes en el referéndum y todo está sujeto al vaivén de las mayorías. Así el sufragio universal en la democracia liberal se convierte en un método para legitimar las veleidades y contradicciones sin límites de las masas que condicionan todo lo divino y lo humano a la voluntad de la mitad más uno. Si ya no es la justicia según la naturaleza y la razón la que genera las leyes, sino "el pueblo soberano, en un sentido puramente numérico, necesariamente la democracia degenera en demagogia, o sea en desenfreno antipolítico y finalmente en anarquía" (Ottonello, 2004:799, noviembre-diciembre). La democracia real se transmuta en despotismo totalitario del vulgo. De esta manera la ley (...)  ya no ordena el bien común, sino que el poder impone sus intereses, haciendo de lo legal, lo moral. Asimismo, los aparatos burocráticos crecen, y lo político responde sólo al uso y conservación del poder y no al servicio y dirección de la comunidad en orden al bien de la misma (Legorburu, 2005, Julio-Agosto, 5, Discurso de Alfonso Coronel de Palma, Presidente Nacional de la ACdP).

 

   Constatamos el establecimiento de nuevos derechos humanos ideológicos por consenso[5], derechos ficticios que son un privilegio y que nacen de la pura arbitrariedad sin fundamento en la naturaleza[6], a la par de una vorágine legislativa del Parlamento, una inflación de derechos en que el Estado legisla en todo fundamentalmente en virtud de tres fines en su origen nobilísimos: salud, seguridad y progreso, y que en la práctica supone un recorte acelerado de las libertades públicas y una estatalización de la vida social violando el justo principio de subsidiaridad.

   Los parlamentos ligados a caprichosos imperativos partidistas y a una sofística soberanía popular amparada por el consenso o por la aceptación de mayorías y convertida en un valor absoluto aprueban leyes bajo apariencia de juego democrático formal, pero no porque constituyan un bien al hombre, supongan beneficios para la sociedad, y esté acorde con el Bien común (S.Th. I-II, q. 90, a.4) inmanente y trascendente (Rodríguez, 1978:131.133). Este planteamiento perverso del positivismo jurídico, reductor en su concepción del hombre y de la sociedad, es la fuente del absolutismo democrático al negar los derechos de Dios, y por ende los del hombre. El hombre previamente manipulado es "cosificado" como un número de una masa que se computa para establecer una legalidad civil.

 

   El "Nuevo derecho" de origen calvinista pasa a convertirse en un sistema de control social, de propaganda ideológica y de envilecimiento moral, al responder la ley a la imaginación judicial y a criterios subjetivos, relativizando la justicia. Los principios liberales y democráticos que subyacen y sustentan a este "Nuevo derecho" se tienen como verdad apodíctica, como "un dogma laico de la nueva religión" (Ordóñez Maldonado, 2005:53, enero-febrero), de forma que estamos abocados a la desconstrucción de la naturaleza humana y a la demolición de "lo que de permanente había en el ser humano y reconducirlo al terreno donde no hay nada que responder porque ya nada se pregunta" (Martínez-Sicluna y Sepúlveda, 2003:632).

 

   La verdadera democracia debe tener garantías para que los deberes y derechos fundamentales del hombre, derivados de la misma ley natural entendida como "la participación de la criatura racional en la ley eterna" (S. Th. I-II, q.91, a.2), sin derivación al permisivismo, se respeten y potencien como necesarios en el proceso de personalización de cada uno de los miembros de la sociedad. Desde este prisma la verdadera y sana democracia, iusnaturalista y participativa, debe preservar ante todo la dignidad trascendente de la persona humana, rechazando la interpretación subjetiva individual o colectiva de los derechos del hombre para una correcta orientación al bien común general. Sólo así la democracia es un bien precioso y necesario para la sociedad (Juan Pablo, 1995:101,4,5), al referirse los derechos del hombre a lo que el hombre es por naturaleza y en virtud de su dignidad, y no a las expresiones de opciones subjetivas propias de los que gozan del poder de participar en la vida social o de los que obtienen el consenso de la mayoría (Juan Pablo, 2002:6,2).

 

   1.2. La subversión de la fe católica y de la educación al negar la existencia legal de una  verdad objetiva.

 

   ¿Entendemos la declaración Dignitatis Humanae sobre libertad religiosa del Concilio Vaticano II como hipótesis o como tesis? Si desterramos a Dios de la vida pública y no asumimos jurídicamente la existencia de una Ley Natural perenne, permanente, inmutable y con carácter de obligatoriedad moral universal, todo es posible. De igual modo, si presentamos y concedemos como tesis lo que siempre ha sido una hipótesis, ergo la  equiparación legal al error con la Verdad en el más alto nivel que es el religioso, todos los demás errores, siempre y en todo tiempo menores aunque sean más llamativos, quedan legitimados y también tendrán, a fortiori, sus derechos equiparados a la Verdad.

 

   El problema de la dualidad hipótesis-tesis surge al final de las luchas político-religiosas del siglo XIX y lo encontramos relacionado con la progresiva instalación doctrinal del liberalismo dentro de la Santa Sede y la asunción de la teoría del mal menor al alimón con la libertad religiosa[7]. Si presentamos la libertad religiosa como hipótesis coyuntural de carácter fáctico entonces no me obliga; por el contrario si elevamos la misma libertad religiosa a rango de tesis, si me obligaría, pero e aquí la paradoja que el propio Concilio es de hipótesis, no de tesis.

   El liberalismo socio-político instalado en la hipótesis convertida en tesis y trasmutada en dogma-axioma civil indiscutido sólo admite objetivamente la existencia de Dios como opinión personal siempre que no trascienda del ámbito privado, pero le niega los derechos del reinado social invocando una supuesta tolerancia, que en la práctica es una hipocresía fruto de un sistema tiránico. En el fondo subyace el inmanentismo antropocéntrico que pretende sustituir la representación popular por la soberanía popular, término falaz puesto que soberanía viene de Dios por parte de la autoridad.

   En la enseñanza de conocimientos y educación de las personas en un régimen liberal nos encontramos con el error larvado de privar de fundamento metafísico toda ciencia fragmentando de esta forma la identidad personal "al rebajar y limitar el bien al que ordena la libertad humana" (García López, 1990:33) y cercenando de este modo la posibilidad de educación integral del educando y su pleno desarrollo con el correcto ejercicio de la responsabilidad. Sin ejercicio de la responsabilidad personal no podemos hablar de libertad en la sociedad. Si se controla la escuela, los contenidos impartidos, se influye sobre las conciencias, y los individuos acabarán pensando y actuando como el poder pretende.

 

   1.3. La democracia liberal como nueva religión cívica.

 

   La democracia liberal inorgánica es el nuevo dogma laico y de vigencia universal axiomáticamente indiscutible. Una serie de principios de calado epistemológico forjan la ortodoxia y conformidad democrática. Así del sufragio universal, en definitiva de la opinión maleable de una mayoría, nacen decisiones trascendentales como el gobierno de pueblo, los valores morales imperantes, nunca permanentes, o la educación de los hombres.

 

La democracia se presenta apriorísticamente como la más alta e inapelable referencia, el único sistema legítimo monopolizando lo "políticamente correcto". La Voluntad General, negada toda trascendencia e instancia inmutable, se alza como la única fuente de ley y poder; de ahí el radical inmanentismo antropocéntrico de este sistema político, que niega el derecho intrínseco de precedencia de la religión verdadera incluso en países de Cristiandad considerándolo como opinión o asunto privado. La democracia liberal sobre los derechos de la Verdad y la civilización, a los que aplica el derecho común, de suerte que nos preguntamos con el filósofo rumano Stan M. Popescu, afincado en estas bellas tierras de Córboba, Argentina, si la democracia es "el Gobierno de todo lo peor, y todo lo peor hecho gobierno".

 

El ideal de igualdad de los ciudadanos y de legalidad popular, reduce la legitimidad en la democracia al ámbito moral y privado (D`Ors, 1982:126-127), afectándose incluso en la misma familia que no diferencia entre mujer e hijos legítimos e ilegítimos (D`Ors, 1982:126), y que tiende "por el empeño de la democracia en eliminar entre los individuos las diferencias por razón de sexo, necesarias en un orden fundado en la familia, en despenalizar el adulterio y disolver la misma institución familiar" (D`Ors, 1982:127).

 

Postular una sociedad sin fe y sin principios inmutables, sin derechos fundamentales del hombre fundados metafísicamente ni normas estables, carente de una base moral intangible, de puntos claros y sólidos de referencia, y al arbitrio de una opinión pública, caprichosa y voluble, teledirigida como masa dócil autómata en función de la dictadura de la mitad más uno, no puede conducir más que a la crisis y ruina de la civilización occidental (D`Ors, 1982:133), en donde se difumina y corrompe los propios contornos de la naturaleza humana entrando en una progresiva decadencia social y liquidación moral, endémica y degenerativa, y cuyo fin es la autodestrucción por consunción interna.

 

   2. Planteamiento de soluciones. Nuestra hora y nuestro tiempo: la hora y el tiempo de las élites seleccionadas por su perfección moral.

 

   ¿Es legítimo un sistema político qué destruye la Fe, la Patria y la Familia? La respuesta es no. Y sin legimitidad no hay legalidad (D`Ors, 1998).

 

   El mundo lo gobiernan las minorías. Siempre ha sido, desde Aristóteles hasta Rousseau y Duverger, y será así. Las masas "no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad" (Ortega y Gasset, 2005:73). Hoy día estamos frente a un gobierno demagógico de una minoría-masa, que no del pueblo, que  actúa alejada de la excelencia. Masa "es el hombre medio (...) lo mostrenco social, es el hombre en cuanto no se diferencia de otros hombres, sino que repite en sí un tipo genérico" (Ortega y Gasset, 2005:76). Las masas "no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva" (Ortega y Gasset, 2005:77).

   La sociedad "es siempre una unidad dinámica de dos factores: minorías y masas. Las minorías son individuos o grupos de individuos especialmente cualificados" (Ortega y Gasset, 2005:76). Durante siglos la minoría gobernante fue una minoría selecta[8], sabia y organizada, una aristocracia de los mejores[9] con la finura moral de un gobernante ejemplar, consecuente con la Tradición y con la trascendencia de la vida humana la que hizo progresar la Humanidad, y que respondía a ideales nobles. Hoy, por el contrario, gobiernan el mundo, otra minoría, pero masificada,  que responde sólo a intereses y a egoísmos, y cuyos rasgos, como los del "hombre-masa actual se asimilan a "la conocida psicología del niño mimado" (Ortega y Gasset, 2005:114).

   La masa numéricamente siempre constituirá una mayoría. Sólo una minoría de personas tiende al heroísmo y a la santidad de vida, con una continua preocupación por los bienes espirituales templando el alma en la lucha interior por medio de las virtudes cristianas. De esta condición, en el mundo actual tan naturalista y tan selvático (...) son escasos los que impetran la gracia divina, y por el contrario, son legión [la masa] los que tienen como único anhelo conseguir la felicidad en esta vida, cosa que esperan alcanzar mediante las reformas de las estructuras sociales y económicas (Vegas Latapie, 1969:132).

   Estamos gobernados por una minoría-hombre-masa, que "arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto" (Ortega y Gasset, 2005:80) y que se cree "que él es el Estado, y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe" (Ortega y Gasset, 2005:168-169), no por minorías rectoras seleccionadas por su perfección moral, con vocación de servicio tendente a buscar el bien común.

   Las  masas "se han hecho indóciles frente a las minorías; no las obedecen, no las siguen, no las respetan, sino que, por el contrario, las dan de lado y las suplantan" (Ortega y Gasset, 2005:83). Como la masa va ser siempre mayoría y la masa gobierna teórica y prácticamente en la democracia liberal, por el bien común general, en orden al último fin y a los fines intermedios, es nuestro deber en la sociedad, como minoría selecta purificada, elevada y dignificada por la Gracia, como élite moral e intelectual de la sociedad en la búsqueda heroica de la santidad y en el cultivo de la sabiduría, alcanzar por todos los medios posibles el gobierno político usurpado y detentado por la masa.

 

   Con razón, el gobierno mejor es el gobierno por los mejores, de los justos; de ahí que debamos considerar que ha llegado nuestro tiempo y nuestra hora, "la hora de los selectos, (...) de los selectos en su integridad, su conocimiento, su espiritualidad y su sacrificio, de los selectos en la vocación en la Iglesia de Cristo" (Legorburu, 2005, Julio-Agosto, 6, Discurso de Alfonso Coronel de Palma, Presidente Nacional de la ACdP), y sostener el sano pluralismo obligatorio en las cosas opinables y excluyentes en las malas según los principios inmutables de la moral cristiana; ergo, la necesidad de salvaguardar unas pocas cuestiones, entre ellas las relacionadas con la Religión y la defensa del derecho natural, de decisiones y votaciones, ofreciendo la máxima libertad para cuestiones accidentales y secundarias.

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (APA).

 

Libros

 

Aquino, Tomás de (2001). Summa Theológica (3ª ed., reimp.). Madrid: BAC.

 

D`Ors, Alvaro (1982). Una introducción al estudio del Derecho (5ª ed.). Madrid: Rialp.

 

D`Ors, Alvaro (1998). La violencia y el orden. Madrid: Criterio.

 

Fernández de la Mora, Gonzalo (1986). El crepúsculo de las ideologías. Madrid: Espasa-Calpe, Col. Austral.

 

García López, Jesús (1990). Individuo, Familia y Sociedad. Los derechos humanos en Tomás de Aquino (2ª ed.). Barañain-Pamplona: EUNSA.

 

Gutiérrez García, José Luis (2001). Introducción a la Doctrina Social de la Iglesia. Barcelona: Ariel.

 

Ortega y Gasset, José (2005). La Rebelión de las masas. Madrid: Espasa-Calpe, Col. Austral.

 

Rodríguez, P. Victorino (1978). El Régimen Político de Sto. Tomás de Aquino. Madrid: F.N. Editorial, S.A.

 

Rousseau, Jean-Jacques (1973). El contrato social. Traducido del francés por Consuelo Berges; introducción de Antonio Rodríguez Huescar. Madrid: Aguilar.

 

Vaissière, Jean Marie (1966). Fundamentos para la política. Madrid: Speiro.

 

Vallet de Goytisolo, Juan (1997). Qué es el derecho natural. Madrid: Speiro.

 

Capítulos de libros

 

Rodríguez Luño, Ángel (2004). Leyes imperfectas e inicuas. En Consejo Pontificio para la Familia (Comp.), Lexicón. Términos ambiguos y discutidos sobre familia, vida y cuestiones éticas (pp. 669-673). Madrid: Palabra.

 

Vegas Latapie, Eugenio (1969). El mito del igualitarismo. En J.A García de Gortázar y Sagarmínaga, F. Canals Vidal, J.Mª. Petit Sullá, Vladimiro Lamsdorff-Galagane, F. Puy Muñoz, J.Mª. Coronas Alonso et al. Los Mitos Actuales. Actas de la VII Reunión de Amigos de la Ciudad Católica, celebrada en Barcelona en el Instituto Filosófico La Balmesiana, los días 1, 2 y 3 de noviembre de 1968 (pp. 129-154). Madrid: Speiro.

 

Artículos de revista o publicación periódica

 

Legorburu, J.M. (2005, Julio-Agosto). "A pesar de las dificultades, vivimos un momento maravilloso para la ACdP". Los socios, venidos de toda España, acudieron a la XCIII Asamblea General [Discurso del Presidente, Alfonso Coronel de Palma y diversas ponencias analizando la situación actual]. ACdP. Boletín informativo de la Asociación católica de propagandistas, p. 3-9.

 

Malpica, J.J. (2005, Junio). Luis Sánchez de Movellán: "Los partidos políticos han sido escuela de toda clase de corrupciones". [Círculo de Estudios de Crítica Política]. ACdP. Boletín informativo de la Asociación católica de propagandistas, p. 22.

 

Martínez-Sicluna y Sepúlveda, Consuelo (2003). El derecho natural a la luz de la fe. Verbo, 417-418, 627-637.

 

Massini-Correas, Carlos I. (2003). Del positivismo jurídico al valor ético del derecho. Nuntium. Edición en español, Julio, 9, 26-31.

 

Millán Puelles, Antonio (2003). Positivismo jurídico y dignidad humana. Nuntium. Edición en español, Julio, 9, 12-17.

 

Ordóñez Maldonado, Alejandro (2005). El nuevo derecho, el nuevo orden mundial y la revolución cultural. Verbo, 431-432, 33-73.

 

Orlandis, José  (2005). Ley injusta y conciencia cristiana. Verbo, 435-436, 371-378.

 

Ottonello, Pier Paolo (2004). Los derechos fundamentales del hombre. Verbo, 429-430, 793-809.

 

Wagner de Reyna, Alberto (2004). El hombre del siglo XXI. Verbo, 421-422, 81-84.

 

Artículos de periódico

 

Zenit (2004, Noviembre 19). El relativismo, amenaza de la democracia. Según Juan Pablo II. El Rotativo, p. 37. Zenit (2004, Octubre 19). El relativismo, amenaza actual de la democracia; según Juan Pablo II. La verdad, sin embargo, es el antídoto contra el fanatismo, afirma. Zenit [Base de datos en línea]. Extraído el 12 octubre, 2005 de Zenit, Agencia Internacional Católica de Noticias. Disponible: <http://www.zenit.org/spanish/archivo/0010/ZS001011.htm#847>

 

Medios electrónicos en Internet

 

Transparency International (2004). Barómetro Global de Corrupción de Transparency International 2004. [En línea] Extraído el 7 noviembre, 2005 del sitio oficial de Transparency Internacional:

<http://www.globalcorruptionreport.org/download_es.html>

<http://www.transparency.org/surveys/barometer/barometer2004_faq_esp.html>

 

Juan Pablo II (1995). Evangelium vitae. Encíclica. 25.03.1995 [En línea] Extraído el 8 octubre, 2005 del sitio oficial de la Santa Sede:

<http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae_sp.html>

 

Juan Pablo II (1996) Llamamiento a los científicos para que detengan la producción de embriones humanos. Discurso a los participantes en dos congresos internacionales sobre el derecho y la familia. 24.5.1996 [En línea] Extraído el 8 noviembre, 2005 de Notivida, Boletín de Noticias que se relacionan con la promoción y defensa de la vida humana y la familia:

<http://www.notivida.com.ar/documentos/JPII/mensajesydiscursos/Mensajesydiscursos%20JP%20II%2019960524.html>

 

Juan Pablo II (2002). Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a la Asamblea General de la Academia Pontificia para la Vida. Discurso 27.02.2002 [En línea] Extraído el 17 octubre, 2005 del sitio oficial de la Santa Sede:

<http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2002/february/documents/hf_jp-ii_spe_20020227_pont-acad-life_sp.html>


 


[1] Consúltese nuestro estudio Brocos Fernández, J.M. (2005 Noviembre). El Multiculturalismo como imposición ideológica y su entronque con el nihilismo ontológico. Arbil, 98, Artículo 2 [Online]. Disponible en <http://www.arbil.org/arbi-d98.htm>%20ISSN%201697-1388.

[2] Según TI los partidos políticos son las instituciones más corruptas del mundo. El informe publicado el 9 de diciembre de 2004, muestra que tras los partidos políticos, las instituciones más corruptas mundo son los parlamentos, la policía, el poder judicial y los medios de comunicación (Transparency Internacional, 2004).

[3] Escribe al respecto Fernández de la Mora (1986:61) que "las normas implícitas en cualquier ideología (...) aspiran a ser los fermentos del Derecho constitucional, y de la moral social".

[4] Por el contrario "toda ley humana tiene razón de ley en tanto en cuanto se deriva de la ley natural. Si en algo se separa de la ley natural no será ley, sino corrupción de ley" (S. Th. I-II, q.95, a.2).

[5] El consenso no puede servir para fundar la legitimidad política de la democracia al basarse meramente en un acuerdo de partes, que ha sido históricamente falsada. V.gr. el régimen nazi o las legislaciones de exterminio masivo del nasciturus en las sedicentes democracias. Escribe al respecto Jesús García que la convicción de que las leyes que regulan en positivo o negativo "el ejercicio de las libertades de todos los ciudadanos se han de establecer por consenso mayoritario de estos, sin que haya que respetar ningunas normas previas, objetivas, universalmente válidas (...) es la concepción del puro liberalismo" (García López, 1990:31). Por otro lado, "el consenso, el acuerdo, el procedimiento comúnmente aceptado o una ficción constructivista, como son todas las afirmaciones relativas, no pueden justificar por sí mismas proposiciones deontológicas incuestionables o absolutas" (Massini-Correas, 2003:30, julio).

[6] Estas leyes injustas (Consejo Pontificio para la Familia, 2004:669-670) según la concepción clásica no son leyes. Escribe San Agustín: "Non videtur esse lex quae iusta non fuerit" (De libero arbitrio, 5). Santo Tomás aseverará "Lex esse non videtur quae justa non fuerit" (S.Th. IIa-IIae, q. 96, a.4).

[7] Lamennais, Dom Sturzo y Maritain como los abanderados de un Estado aconfesional que deja libertad para parchear a las consecuencias. Frente a la tesis tradicional de que el Estado tiene que ser esencialmente católico, la hipótesis, presentada y elevada a rango de tesis tras la Declaración Dignitatis Humanae del  Concilio Vaticano II, afirma que ese mismo Estado puede ser aceptable y coyunturalmente aconfesional en función de la teoría del mal menor con algunas consecuencias compatibles con el cristianismo -la propina-. La Constitución liberal es entonces aceptada como tal proponiéndose sólo cambios accidentales, nunca subvirtiendo el Estado para conseguir una Constitución católica, término que no deja de ser una contradictio in terminis al ser la constitución un pacto consensuado y coyuntural entre políticos y no unas "Leyes Fundamentales". Dilthey afirmaba que el Derecho Natural es un hallazgo y no es un artefacto, es decir, analógicamente la Constitución es un artefacto y las Leyes Fundamentales pretenden llegar a ser unos hallazgos de la investigación filosófica e histórica de la nación y con cimiento en la naturaleza humana y en la Revelación divina. Jean Marie Vassière (1966) muestra la aplicación que hace Tomás de Aquino a través de la teoría del conocimiento a la búsqueda de la verdad política. De esta forma la verdad política se tiene que buscar o establecer en un pacto de determinación artística en que se encuentran y cruzan el idealismo descendente de la autoridad con el nominalismo ascendente de la representación popular. Así las dictaduras bajan el punto de cruce al dar preeminencia al idealismo descendente, mientras que el paradigma de la democracia liberal es el nominalismo ascendente y tiene una de sus concreciones ejemplarizantes en la famosa frase de Adolfo Suárez, primer presidente español tras la transición política de un Estado autoritario confesionalmente católico, regido por unas Leyes Fundamentales y constituido en democracia orgánica, a un Estado aconfesional en forma de democracia constitucional e inorgánica monopolizada por una partitocracia, que expreso aquello de "llevar a lo político lo que a nivel de calle era normal".

[8] "Las minorías selectas, (...) el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores" (Ortega y Gasset, 2005:77). Desde este prisma "no son selectos para sí mismos, sino selectos para servir a los demás, con olvido de sus propios intereses" (Legorburu, 2005, Julio-Agosto, 9, Ponencia de José Luis Gutiérrez, Consejero Nacional de la ACdP).

[9] Nos referimos a una aristocracia de la virtud y del talento, clases dirigentes y modélicas en su comportamiento aristocrático batiéndose bajo el espíritu de la verdad. Escribe Ortega que "la división en sociedad de masas y minorías excelentes no es, por tanto, una división en clases sociales, sino en clases de hombres, y no puede coincidir con la jerarquización en clases superiores e inferiores" (Ortega y Gasset, 2005:78). De hecho "dentro de cada clase social hay masa y minoría auténtica" (Ortega y Gasset, 2005:78).

VOTO ÚTIL, PROPAGANDA INSTITUCIONAL Y DOCTRINA DEL MAL MENOR: La restricción del derecho al voto en libertad

VOTO ÚTIL, PROPAGANDA INSTITUCIONAL Y DOCTRINA DEL MAL MENOR: La restricción del derecho al voto en libertad

Francisco TORRES GARCÍA

 

 

   No sería una incoherencia establecer, como axioma, la igualdad conceptual entre libertad, vida democrática y voto, entendiendo éste como expresión puntual de la recta opinión del ciudadano. Voto y libertad son, en términos políticos, inseparables. Hasta tal punto es así que el voto sin libertad, de opción y de elección, no pasa de ser más que una máscara capaz de tornar en opaca la realidad, un falso reflejo de lo que debería ser una vida política realmente democrática.

 

   No es necesario, aunque si sea positivo recordarlo, insistir en el hecho de que el voto es tanto más libre cuanto  menores son los condicionantes, sobre todo externos, que operan sobre el ciudadano a la hora de pronunciarse en las consultas electorales. Tampoco es preciso resaltar el hecho incontrovertible de que el voto absolutamente libre es un raro privilegio que sólo alcanzan los escasos y celosos mantenedores de la supremacía de la libertad del individuo.

 

   Una sociedad democráticamente sana tiene la obligación de respetar y de proteger el derecho del individuo, de la persona, a ejercer su derecho al voto en libertad, incluyendo en esa libertad la decisión del ejercicio del mismo. Una sociedad democráticamente sana tiene la obligación de exigir al Estado y a los partidos que respeten de forma escrupulosa, en una acción de máximos y no de mínimos, esa libertad.

 

 

   Difícilmente se podría sostener que de un modo teórico el Estado, en su faceta de elemento controlado por un gobierno salido de los partidos, y los partidos no comparten el concepto del derecho al voto en libertad. El problema aparece cuando se desciende desde el concepto abstracto a la aplicación práctica. Colocados en esa posición, tanto el Estado como los partidos, entienden legítima la utilización de modos que condicionan, reducen y limitan el voto libre. Dos de las más usuales de estas prácticas son: la tesis del mal menor combinada con el denominado voto útil y las campañas institucionales que se ponen en marcha con cada consulta electoral.

 

   Teóricamente las campañas institucionales, que acompañan a cada llamada a las urnas, son meramente informativas del hecho en sí: la convocatoria de elecciones. Ahora bien, lo cierto es que en su mensaje, además de la parte puramente informativa sobre el proceso electoral, sobre el modo de ejercer el derecho al voto, aparece un mensaje que trata de forzar al ciudadano en su primera decisión: votar o no votar. De esta forma se pretende transformar lo que es, por definición, un derecho en una obligación, olvidando que la abstención es también una forma de utilizar políticamente el derecho al voto. En este sentido, la propaganda institucional, secundada en la intención por los partidos, trata, sistemáticamente, de coartar la libertad de la persona. Después viene la forma en que se transmite el mensaje que suele ajustarse muy relativamente a la verdad en los argumentos que utiliza para convencer-impeler al ciudadano.

 

 

   El voto del ciudadano está condicionado, siempre, por el sistema electoral. El sistema electoral acaba, de forma indirecta, coartando o reconduciendo la libertad del ciudadano a la hora de votar. Con el sistema electoral se potencia el utilitarismo del voto cuando se hace muy difícil la obtención de representación política para la mayoría de las formaciones que concurren a los comicios. Los partidos, instalados en el binomio turnante poder/oposición, procuran mantener sistemas electorales que les garanticen tanto el control del propio partido político como la transformación del voto real al voto teóricamente próximo circunscrito a dos o tres grandes opciones.

 

   Reiteradamente, cuando se aproxima el tiempo electoral, los grandes partidos, los titulares del binomio poder/oposición, incluyen en sus programas el tema de la reforma electoral. La reforma electoral está planteada en dos direcciones: la primera, que pide, teniendo presente la madurez de la sociedad, mayores dosis de democracia; la segunda, que busca conseguir mayorías más amplias y seguras. Afirmen lo que afirmen, prometan lo que prometan, lo cierto es que quienes ocupan el espacio político institucionalizado como poder/oposición, los grandes partidos, prefieren un sistema electoral mayoritario. Los ciudadanos se pronuncian, lógicamente, por un sistema realmente proporcional.

 

   La idea democrática, sobre todo en casos como el español, ha obligado a mantener un sistema proporcional aunque corregido para primar a las mayorías. En la actualidad, utilizando como argumento coyuntural la influencia de los nacionalistas, influencia que es resultado de la decisión política del binomio poder/oposición, porque ese mismo binomio podía haber actuado de forma distinta con respecto al nacionalismo parlamentario, los grandes partidos comienzan a plantearse la viabilidad de la transformación del sistema electoral español en un sistema mayoritario al estilo británico. Una fórmula que reduciría aún más el derecho al voto libre y en libertad.

 

   Un sistema electoral mayoritario busca la marginación política, civil y representativa de la pluralidad política; está diseñado para mantener mayorías hegemónicas muy difíciles de romper.

 

 

   La perversión de la vida democrática sana que se realiza, entre otros elementos, a través del sistema electoral es la que engendra y da visos de realidad a la denominada teoría del voto útil o del mal menor. Voto útil y mal menor, siempre presentes, se sobredimensionan cuando los sistemas electorales tienden al modelo mayoritario. El ciudadano ya no vota, ya no se pronuncia, básicamente, en relación a un programa y a una visión histórica e ideológica de la opción política, lo hace condicionado por el sistema de recuento electoral y adjudicación de escaños. El voto se transforma así en un voto negativo, ya que se realiza en “contra de alguien” y no a favor de alguien.

 

   La tesis del voto útil y del mal menor actúa así como elemento de catarsis que lleva al ciudadano a subordinar sus posiciones ideológicas, su criterio objetivo, a la creación de mayorías, convirtiendo el voto libre en voto cautivo. Un voto que, además, acaba, en muchas ocasiones siendo despreciado. Las mayorías políticas, conseguidas merced a este sistema indirecto de control del voto, acaban legislando contra los principios y creencias de quienes sufrieron este secuestro de la libertad a la hora de acudir a las urnas. Ejemplo clarificador de ello es lo que sucede en España con el voto católico y con el llamado voto de derechas.

 

   Las argumentaciones difundidas al uso no pueden revestir mayor pobreza intelectual, aunque sea difícil negar la efectividad que han tenido sobre el cuerpo electoral. La tesis del voto útil o del mal menor no niegan la validez de las posiciones ideológicas desde las que el ciudadano está dispuesto a ejercer su derecho al voto, lo que pretenden es reducirlas al ámbito personal, cultural o asociativo. Sin negar la validez de las tesis ideológicas del ciudadano pretenden que, a la hora de la verdad política, el votante haga una reflexión que, obviando su posición ideológica en aras del beneficio para la comunidad, le conduzca a depositar su confianza en uno de los dos o tres grandes partidos engendrando así una mayoría absoluta. La opción del votante por cualquiera de las demás opciones minoritarias es considerada un desperdicio del derecho al voto.

 

 

   Otra de las argumentaciones favoritas de los defensores de las teorías del “voto útil y del mal menor”, cuando resulta inviable el convencimiento, es afirmar que, aunque el total del programa no sea compatible con las posiciones propias se debe apoyar a aquel que en mayor medida se le asemeje, debido a la imposibilidad de que esas ideas, defendidas por una fuerza política, lleguen a tener un peso suficiente para influir en la vida pública. Fundamentando el argumento con la difusión de la idea defensiva de cerrar el paso al adversario político.

 

   La conjunción de la aparente proximidad política entre la propuesta del partido que difunde la tesis del mal menor o del voto útil, o ambas, de la oposición frontal a otra fuerza política y de la posición ideológica del ciudadano, es la que convence mayoritariamente a un sector amplio del cuerpo electoral a dar por buena esta práctica. El desengaño, el desencanto se produce cuando el ciudadano percibe que con su voto no sólo no ha contribuido a la defensa de sus Principios, cuando entiende que su voto va ha servido para apoyar políticas contrarias a su propio pensamiento, lo que sucede reiteradamente en temas de defensa de la vida, familia, matrimonio, seguridad...

 

   Las tesis del voto útil y del mal menor se han convertido en uno de los instrumentos favoritos a la hora de coartar el derecho a votar en libertad, por lo que es preciso desandar el camino, vencer el peso de la costumbre y proscribir cualquier forma de limitación, ya que todo lo señalado, todo el proceso someramente descrito empobrece sobremanera la vida democrática.

EL ORDEN CRIOLLO

EL ORDEN CRIOLLO

Alberto BUELA

 

A los amigos de la Quiaca y sur de Bolivia

 

   Lo primero que plantea tan arduo tema es responder a la pregunta ¿desde dónde vamos a hablar del orden criollo?. Y respondemos, desde la tradición nacional argentina e hispanoamericana.

 

   a) Y esta tradición tiene un origen fáctico, de hecho, en los setenta y dos yeguarizos que trae Pedro de Mendoza a Buenos Aires en 1536, donde los pocos que quedaron, algunos murieron y otros se los comieron durante esa terrible hambruna porteña de cinco años que duró la aventura mendozina. Ordenada la despoblación de la primera Buenos Aires por Irala y desobedeciendo sus órdenes de degüello fueron largados a campo y se reprodujeron libremente durante cuarenta años, llegando a la cifra estimada de setecientos mil. De modo tal que la base fáctica, el hecho bruto y concreto del orden criollo es la cultura del caballo y todo aquello que la rodea.

 

   b) La tradición política del orden criollo la hallamos primero en Juan de Garay, hombre ejemplar si los hubo, más americano que español pues llegó a América a los trece años, fundó Buenos Aires y cofundó Santa Cruz de la Sierra junto a Ñuflo de Chávez y gobernó Asunción del Paraguay,  luego en Hernandarias, después en el letrado del siglo XVII Juan Solórzano Pereira, gobernador de Huancavelica, nuestros próceres y gobernadores criollos del período de la Independencia como San Martín y Güemes, Rosas luego, y ya en el siglo XX Roque Sáenz Peña, algo en Irigoyen y finalmente Perón, con sus luces y sombras. (estos gobiernos de corte criollo y nacional se reproducen en mayor o menor medida en toda Nuestra América. No es acá el lugar para enumerarlos).

 

   c) La tradición cultural del orden criollo se funda en el poema épico por excelencia de la ecúmene hispanoamericana: el Martín Fierro, que tiene un antecedente ilustre en la primera parte del Facundo, como primer estudio sociológico descriptivo de la realidad argentina a mediados del siglo XIX, y tiene sus consecuentes en trabajos como La Tradición Nacional de Joaquín V. González, quien incorpora la cultura montañesa. En torno al criollismo de Ernesto Quesada, que se completa con El Payador de Lugones, serie de conferencias en el teatro Odeón a las que asiste el entonces presidente Roque Sáenz Peña y su ministro del interior Indalecio Gómez.

 

   Vista a vuelo de pájaro la tradición nacional en sus tres dimensiones: fáctica, política y cultural, cabe ahora preguntarse ¿qué es una tradición y una tradición nacional?

   La tradición debe entenderse no como el traspaso de cosas de una generación a otra, de padres a hijos o de abuelos a nietos. No. La tradición es sólo y exclusivamente, la transmisión de las cosas valiosas de una generación a otra. Es decir, aquellas cosas que tienen insertas un valor que por ello se pasan de denominarse bienes. Así, un bien es una cosa que lleva inserta un valor. Esto es lo que constituye el meollo de una tradición: la transmisión de valores encarnados en las cosas y no simplemente "la declamación de los valores" al modo libresco o pedagógico.

   En cuanto a lo nacional, concepto que viene de nación y cuya raíz es el verbo latino nasco que significa nacer, es un proyecto político-cultural que un pueblo determinado busca darse en la historia del mundo. Lo nacional significa primero el lugar donde se nace, es algo vinculado a la tierra, de allí proviene el término nación, que en esta primera aproximación se limita al país, que viene del paisaje, lugar donde habitan los paisanos, quiere indicar el genius loci que nos rodea al caer a la existencia en este mundo cada uno de nosotros. Pero no acaba allí la idea de nación y nacional sino que se extiende a aquello que pretendemos ser y hacer los paisanos como pueblo en la historia de mundo.

   De modo tal que la tradición nacional reclama para existir, alternativamente,  estos dos elementos: país y proyecto, historia y futuro.

 

   Planteadas así las cosas podemos entrar ahora en el tema de esta meditación, el del orden criollo.

   Éste fue el orden que se dio fácticamente con la cultura del caballo, que se dio políticamente con los gobiernos que privilegiaron y defendieron lo nuestro y que se dio culturalmente cuando pensamos con cabeza propia.

   Antes que nada debemos prevenirnos y afirmar que, el Don Segundo y toda su comercialización arequera, (el gaucho visto con los ojos del hijo del patrón, Doll dixit), el Santos Vega, leyenda mitómana para profesores de literatura, el Fausto formado por palabras gauchas y conceptos vacíos (criollada de gringo fanfarrón, que anda jineteando la yegua de su jardinera, Lugones dixit) y el floklorismo de gauchos de tienda nada tiene que ver con lo criollo. Todo ello es un remedo, una mala copia.

   El orden criollo implica la existencia de una cosmovisión, es decir, una visión totalizadora, hoy se dice holística, del hombre el mundo y sus problemas, expresada en el estilo de nuestros hombres de campo o del hombre de ciudad que siente el campo.

   Y acá viene y hay que hacer una distinción fundamental entre lo gaucho y lo criollo. Distinción que hiciera Juan Carlos Neyra en un impecable, breve y profundo ensayo. El gaucho y lo gaucho término peyorativo hasta que lo recuperan San Martín y Güemes y es bueno que se recuerde y se lo recuerde desde acá, desde la Quiaca, implica una forma de vivir que necesariamente se da en el campo, en donde el gaucho muestra todas sus habilidades camperas, todas sus pilchas como en esta fiesta, todas sus destrezas en juegos como el pato, la taba, la sortija y en danzas como el triunfo, el gato, la zamba, la cueca, la chacarera o el chamamé. En donde los silencios tienen sus sonidos y los trabajos sus tiempos en un madurar con las cosas, tan propio del tiempo americano.

   ¿Y lo criollo entonces? Criollo es aquel que interpreta al gaucho y lo criollo es un modo de sentir, una aproximación afectiva a lo gaucho. Es por  eso que lo gaucho es necesariamente criollo pero un criollo puede no ser gaucho. De allí que esos viejos camperos de antes decían: Nunca digas que sos gaucho, que los otros lo digan de vos.

   Así, se pudo acertadamente escribir: Si gaucho es una forma de vivir, criollo es una forma de sentir" [1]

   Y esta distinción se ve claramente en la estrofa del poema nacional que dice:

Tiene el gaucho que aguantar

Hasta que lo trague el hoyo,

O hasta que venga un criollo

En esta tierra a mandar.

 

   Estrofa que muestra en forma evidente como el gaucho es quien sufre, quien padece un modo de vida, en este caso en la época posterior a Rosas, de explotación e injusticias, y las esperanzas están puestas en un criollo, el aquel que siente lo gaucho, que interpreta cabalmente lo gaucho y que pueda llegar a mandar, a gobernar.

   De modo tal que el orden criollo nace de la interpretación más acabada de aquello que la Argentina dio al mundo de más genuino: el gaucho. Y que en Nuestra América se llamó huaso en Chile, montubio en Ecuador, cholo en Perú, camba en Santa Cruz, coya en La Paz, gaúcho en el sur de Brasil, borinqueño en Puerto Rico, ladino en Guatemala, llanero en Colombia y Venezuela, charro en México.

 

   Pero avancemos un poco más y pasemos con nuestro aporte del plano descriptivo al plano metafísico. Y así afirmamos que si bien es indudable que se ha producido paulatinamente con el surgimiento de la sociedad industrial y de consumo la desaparición de lo criollo bajo la forma del gaucho, el llanero, el montubio, el charro, o el huaso, ello no nos permite, de ninguna manera, afirmar la desaparición de los valores que alentaron a este tipo de hombre. Lo gaucho es la forma en donde se plasmó de mejor manera lo criollo, pero lo criollo es el fondo, es el núcleo aglutinado de valores que le da sentido a lo gaucho. En una palabra, que desaparezca la forma, en tanto que apariencia, (hoy los centros tradicionalistas son sólo apariencia de lo gaucho) no nos autoriza a colegir que murió su contenido; esto es, el alma gaucha, o sea, la expresión más propia de lo criollo.  Muy por el contrario, lo que se tiene que intentar es plasmar bajo nuevas apariencias o empaques los valores que sustentaron a este arquetipo de hombre, como lo son: a) el sentido de la libertad, b) el valor de la palabra empeñada, c) el sentido de jerarquía y d) la preferencia de sí mismo. No existe ningún pensador nacional iberoamericano, más allá de las disímiles posiciones políticas, que no sostenga estos cuatro principios fundamentales del alma hispanoamericana.

   Así el orden criollo nace a partir de allí y es expresión política y cultural de esa esencia propia y específicamente nuestra, esto es, de la ecúmene, de esta gran casa que es América, que como lo hóspito nos recibe, nos hospeda a todos nosotros (aborígenes, gauchos y gringos) que desde lo inhóspito hemos llegado a América buscando la posibilidad de ser plenamente hombres.

   Acá la primacía no se obtiene por la antigüedad, como nos quieren hacer creer hoy en día las voces publicitadas del indigenismo, acá la primacía la tiene aquel que llevó a su mayor perfección la forma de ser americano y este fue el criollo como producto de ese abrazo fenomenal, tanto en la lucha como en el lecho, que se produjo a partir de 1492. En donde Europa y América dejaron de ser lo que eran y habían sido hasta entonces para ser otra cosa distinta, diferente, nueva y no vista nunca antes: Y aquí  en América surgimos nosotros, "ni tan español ni tan indio", el mundo criollo y su orden, que llegó a su plenitud cuando cuajó un arquetipo humano que en Argentina fue el gaucho. Y que fue descripto acabadamente por texto por el Facundo, el Martín Fierro, La Tradición Nacional, el Payador o Romances de Río Seco. Y que llegó a su plenitud política cuando fue bien interpretado por hombres como San Martín, Güemes, Rosas, Sáenz Peña, Yrigoyen y Perón.

 


[1] Neyra, Juan Carlos: Introducción criolla al Martín Fierro, ed. Huemul, 1979, p.22.-

DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL Y GUERRA ANTISUBVERSIVA

DOCTRINA DE  SEGURIDAD NACIONAL Y GUERRA ANTISUBVERSIVA

Mario MENEGHINI 

Ponencia presentada el 20-10-06, en las III Jornadas "La Hispanidad hoy"; realizadas en la Universidad Nacional de Córdoba.

 

1. Objeto de esta ponencia

   La mayor dificultad al hablar de seguridad nacional, es precisar el sentido de la expresión, ya que, en principio, es el objetivo de la defensa nacional -situación en la cual los intereses vitales de un Estado se hallan a cubierto de interferencias y perturbaciones sustanciales. Pero también  se la suele asimilar a la estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos. En este trabajo, nos interesa analizar la interpretación del concepto que se ha difundido en nuestro país, pues ha sido postulado reiteradamente por autores, gobernantes  y políticos de orientación marxista, como sustento doctrinario del combate a la subversión, por parte de gobiernos de facto en la Argentina.[ii]

 

2. Cómo surgió la expresión doctrina de seguridad nacional

   Se sostiene[iii] que la doctrina de la seguridad nacional es el instrumento doctrinario-militar que utilizan los EE.UU., para influir sobre las fuerzas armadas latinoamericanas, con el objetivo de asegurar el neo- colonialismo instaurado desde la segunda mitad del siglo XX. Suele citarse la Segunda Reunión de Consulta de Ministerios de Relaciones Exteriores de los Estados americanos, celebrada en la Habana, en 1940, como la oportunidad en que se lanza el concepto de que la agresión de una nación no americana contra alguna del continente, se consideraría como un ataque contra todas; actualización de la Doctrina Monroe. La seguridad continental sería un pretexto para utilizar a las fuerzas armadas como policías pretorianas al servicio de las decisiones político-económicas tomadas en Washington. Se sostiene que allí surgió el criterio de frontera ideológica, para fundamentar la vigilancia y represión de los propios ciudadanos. La Doctrina de Seguridad Nacional (DSN) identificaría como enemigo interno en cada país a los partidos de izquierda, guerrillas y organizaciones antimperialistas. Los EE.UU. habrían ejercido en los años de la postguerra mundial el control de las fuerzas armadas de la región, a través del TIAR - Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca- firmado en 1947. Las fuerzas militares habrían estado subordinadas a la conducción estratégica norteamericana, lo que se reforzaba con los convenios de cooperación para la venta de armas y el entrenamiento de oficiales en la Escuela de las Américas. Se considera que la DSN fue aplicada por todas las dictaduras militares en las décadas del 60 y del 70 en la región.

 

   3. Utilización oficial del concepto en la Argentina

   En el Decreto Nº 158/83, firmado por el Presidente Alfonsín, mediante el cual se sometió a juicio sumario a los integrantes de las tres Juntas Militares que ejercieron la jefatura de Estado entre 1976 y 1983, se expresa: "Que entre 1976 y 1979, aproximadamente,  miles de personas fueron privadas ilegítimamente de la libertad, torturadas y muertas como resultado de la aplicación de esos procedimientos de lucha inspirados en la totalitaria doctrina de seguridad nacional".

   Por su parte, el senador Bravo Herrera sostuvo en un reportaje que la aplicación en la Argentina de la doctrina mencionada, tuvo su origen en un "una exposición que hizo el general Onganía, en su calidad de comandante en jefe del Ejército, en la Academia Militar de West Point y su concreción en la ley de defensa nacional 16.970 ..." (La Prensa, 9-11-87).

 

4. Antecedentes del discurso citado

   Es importante rastrear la manera en que surgió dicho discurso; fue redactado por el General Osiris Villegas, que ocupaba el cargo de Jefe de Operaciones del Estado Mayor General del Ejército, para ser expuesto en la V Conferencia de Ejércitos Americanos, y fue aprobado su texto por el Presidente de la Nación, Dr. Arturo Illía, sin efectuarle ninguna corrección o modificación. Asimismo, el Presidente dispuso que fuera leído por el Comandante en Jefe. Es decir, que lo expuesto representaba la opinión oficial de un gobierno constitucional.[iv] Con respecto a la Ley de Defensa Nacional, promulgada en 1966, fue una casi textual reproducción de un proyecto preparado durante el gobierno del Dr. Illía y no contiene ninguna disposición de tipo totalitaria.

   Cabe agregar que, en el año 1968, en el ámbito de la Junta Interamericana de Defensa, el gobierno de Estados Unidos propuso que las fuerzas armadas de los países de Hispanoamérica adoptaran una organización apta únicamente para resguardar el orden interno, y se equiparan con el armamento específico para dicha misión, que incluía el combate a la guerrilla que ya había comenzado a operar. Esta propuesta fue rechazada, en alguna medida, por la intervención de los oficiales argentinos, que asumían la representación ante la Junta. Se consideró que la moción norteamericana se apartaba de la misión constitucional de las fuerzas armadas, pretendiendo utilizarlas como instrumentos de acción política.

 

5. Recensión del discurso de West Point[v]

   a) En el discurso pronunciado por el general Onganía el 6-8-1964, se buscaba desentrañar la ubicación de las Fuerzas Armadas de los países americanos, a la luz de la organización política fijada en las respectivas Constituciones. Se afirma que los Estados americanos han adoptado el principio de la soberanía popular, y han establecido como forma de gobierno el sistema republicano. El espíritu que sostiene dicha legislación está expresado en la declaración de independencia de Estados Unidos: "el poder del gobierno emana del consentimiento de los gobernados".

   b) La conciencia del ser nacional, se resume en la idea de Patria que da al sentimiento de solidaridad social, una cohesión y fuerza espiritual indestructible, y no hay Patria, sin la ley que la constituye.

   c) Como consecuencia del ordenamiento republicano, las Fuerzas Armadas americanas se caracterizan por ser apolíticas, obedientes y subordinadas a la autoridad legítimamente constituida.

   d) Las Fuerzas Armadas son el brazo fuerte de la Constitución; no es legalmente concebible que ese brazo, creado para sostenerla, se vuelva para sustituir, injustamente, a la voluntad popular. Pero el acatamiento se debe, en última instancia, a la Constitución y a las leyes, no a los hombres y a los partidos que circunstancialmente ejerzan el poder público.

   e) Por consiguiente, el deber de obediencia cesará si se produce, al amparo de ideologías exóticas, un desborde de autoridad que signifique la conculcación de los principios básicos del sistema republicano de gobierno, o un ejercicio del poder que ponga en riesgo las libertades y derechos de los ciudadanos. El pueblo recobraría en tales circunstancias el ejercicio del derecho de resistencia a la opresión, y debido a que no puede ejercer ese derecho por sí mismo, dicha atribución se traslada a las instituciones que él mismo ha armado y a las que les ha fijado la misión de sostener la efectiva vigencia de la Constitución.

   f) Se aclara, sin embargo, que el ejercicio de tal derecho queda reservado a la existencia de grave emergencia; mientras un gobierno ajuste su gestión a los principios esenciales de la Constitución, deberán respaldar su autoridad, por más inepto que fuere, sin pretender quebrar el orden constitucional por eventuales desaciertos en la gestión pública.

   g) Las Fuerzas Armadas son órganos del Estado, y deben cooperar para concretar los fines últimos del Estado, que son la grandeza del país y el bienestar de sus habitantes. A su vez, los gobernantes deben brindar a sus Fuerzas Armadas la posibilidad de cooperar en la acción de gobierno. Al darles participación en la ejecución de las políticas públicas, evitarán el aislamiento reticente de las instituciones armadas.

 

6. Metodología utilizada

   En el artículo ya citado del General Osiris Villegas, éste sostiene que, cuando el Ejército argentino recibió la orden de aniquilar la subversión, en 1975[vi], "no estaba bien preparado" para este tipo de operaciones, propias de una guerra interna, y tuvo "que aprender a organizarse, redactar reglamentos e instruirse para adquirir la técnica de combate necesaria", para el cumplimiento de la misión asignada. Agrega que, por lo tanto, "ningún influjo de doctrina de seguridad alguna influenciaba su adiestramiento militar"[vii].

   Debemos confrontar esta afirmación con otros antecedentes:

 

   6.1. En el prólogo del Nunca Más, se citan las palabras de despedida del Jefe de la Delegación Argentina, ante la Junta Interamericana de Defensa, General Santiago Omar Riveros, 24-1-1980: "Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores."[viii]

 

   6.2. En el mismo número de la  Revista Militar donde publicó su artículo el General Villegas, el General Genaro Díaz Bessone, afirma que: "Cuando el Ejército fue empeñado en la guerra revolucionaria, estaba preparado para ello, aún cuando la teoría contenida en los reglamentos debió ser corregida por la experiencia derivada de los combates[ix]". El mismo oficial, acota en un libro, que estaban vigentes desde 1968, reglamentos militares redactados para este tipo de guerra, agregando que: "Desde fines de la década de los años 50 el Ejército Argentino se venía preparando para la Guerra Revolucionaria"; dicha preparación tuvo "como base un cuerpo doctrinario constituido por numerosos reglamentos militares"[x].

 

   6.3. Recientemente, el Dr. Florencio Varela, abogado de varios oficiales superiores, ha detallado el contenido de dichos reglamentos[xi]:

   RC-8-2: "Operaciones contra las fuerzas irregulares" (20-9-68)

   RC-8-3: "Operaciones contra la subversión urbana" (29-7-69)

   RV-150-10: "Instrucción de lucha contra las guerrillas" (5-9-69)

   ROP-30-5: "Prisioneros de guerra" (26-8-69)

 

7. Verdadero fundamento: la escuela francesa

   Consideramos que el antecedente en que se basaron las Fuerzas Armadas argentinas para la guerra antisubversiva fue la llamada escuela francesa. Ni el General Villegas, ni el General Díaz Bessone, en su libro de 373 páginas, se refieren al tema, pero, en varios reportajes de los últimos años -que circulan en Internet y detallamos al final-, algunos jefes militares han ido explicando esta cuestión. El General Reynaldo Bignone, último presidente de facto, reconoció que fue el General Carlos Rosas el gestor de que el Ejército tuviera una asesoría francesa, y que la forma de oponerse a la guerra revolucionaria fue adoptada del modelo francés, que se volcó en los reglamentos que se aplicaron en dicha guerra.

 

   La experiencia militar que adquirieron los franceses en Indochina, dio lugar a la nueva teoría contrarevolucionaria. En efecto, descubrieron que las tácticas y armamentos utilizados en la Segunda Guerra Mundial no era apropiada para la guerra moderna, donde no hay un frente y el enemigo está oculto entre la población. El enemigo es interno lo que obliga a controlar a toda la población. La inteligencia adquiere mayor importancia, la inteligencia implica el interrogatorio, y en el interrogatorio, a veces, se debe aplicar la tortura. Una de las unidades que intervienen en Indochina, fue la Agrupación de los Comandos Mixtos Aerotransportados (GCMA), cuyo jefe era el Teniente Coronel Roger Trinquier, que llegó a tener bajo su mando cerca de 20.000 hombres. Este oficial leyó a Mao Tse-Tung y su método, que era el que aplicaron contra Francia en Indochina; volcó ese conocimiento en su libro "La guerra moderna"[xii], que se convirtió en el principal elemento teórico.

   Después de la derrota de Dien Bien Fu, las tropas francesas se ven obligadas a retirarse de Indochina, pero los métodos que experimentaron en ese lugar, los aplicaron luego en Argelia, y los transmitieron a los norteamericanos, quienes, a su vez, los aplicaron en Vietnam. En la nueva guerra de Argelia, el Estado Mayor del Ejército francés adhirió a la doctrina de la guerra revolucionaria, encomendada al General Jacques Massu, de quien Trinquier fue asesor. Además, comenzaron a enseñarse dichas técnicas en un Centro de Entrenamiento en Guerra Subversiva, creado por el ministro de Defensa, Jacques Chaban-Delmas. La difusión de esas experiencias se realizó desde la Escuela de Guerra de Francia, de donde egresó en 1957 el entonces Coronel Carlos Rosas, que asumió como Subdirector de la Escuela Superior de Guerra de la Argentina. En 1959 suscriben un convenio los ejércitos de Francia y la Argentina, que comienza a cumplirse en febrero de 1960, con la instalación en Buenos Aires de una misión militar francesa, integrada por tres oficiales veteranos de Argelia. Uno de ellos, el Teniente Coronel Henri Grand d' Esnon, pronuncia una conferencia en la Escuela de Guerra, el 26-5-1960, en la que describe la guerra subversiva. Cabe destacar que, en esa época, el Ejército argentino destinaba al mejor graduado de la Escuela de Guerra a realizar un curso de perfeccionamiento en París, incluyendo un mes de práctica en Argelia. Uno de los oficiales fue el entonces Teniente Coronel Alcides López Aufranc, quien dirigió en 1961 el primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrevolucionaria, al que asistieron oficiales de catorce países.

   En 1963 la influencia francesa se atenúa, pero en 1974 se reactiva la misión, quedando a cargo desde el 15-4-74, del Coronel Robert Servant, ex combatiente de Indochina y Argelia, quien se instala en el piso 12, donde funciona el  Estado Mayor del Ejército cuyo jefe era el General Jorge Rafael Videla. Al año siguiente, comienza el combate a los grupos subversivos en la Provincia de Tucumán.

 

8. Evaluación de la metodología utilizada

   Sobre la metodología empleada en la guerra antisubversiva argentina, caben dos tipos de consideraciones, referidas al resultado de la misma y a la caracterización ética. Previo a ello, debemos partir de definir lo ocurrido en la década de 1970 en la Argentina como una guerra, y no una acción represiva. En efecto, el Reglamento RV-136-1 "Terminología castrense de uso en las Fuerzas Terrestres", que estaba vigente en la época estudiada, define a la represión militar en un sentido acotado a una zona de emergencia[xiii].

   Por el contrario, el Decreto Nº 2772/75, en su Art. 1º, establece que: "Las Fuerzas Armadas bajo el Comando Superior del Presidente de la Nación, que será ejercido a través del Consejo de Defensa, procederán a ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país."

   El mismo Reglamento citado, define lo que se entiende por subversión: "Comprende las acciones de los grupos de insurrección clandestina destinados a reducir el potencial militar, económico, sicológico o político del enemigo mediante actividades destinadas a agitar a la población contra un gobierno establecido o contra una fuerza de ocupación."

   La Cámara que juzgó y condenó a los integrantes de las Juntas Militares, afirmó que había existido una guerra. Asimismo,  el prólogo del informe oficial de la CONADEP -Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas-, comienza con la frase: "Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países.[xiv]"

 

   8.1. Las Fuerzas Armadas cumplieron la misión encomendada: aniquilaron el accionar de los grupos subversivos; es decir, lograron un éxito militar. Pero el método elegido para la guerra convirtió a los terroristas en víctimas. Así lo reconoce el General Harguindeguy, ministro del Interior del Proceso: "ganamos la guerra pero perdimos la paz". Lo ocurrido queda bien reflejado en una frase de Jacobo Timerman: "La guerrilla...no pudo competir. Y sin embargo, no fue derrotada en el terreno ideológico, moral, porque sigue esgrimiendo la irracionalidad de la represión, el abuso de poder, la ilegalidad de los métodos. Y ésa es su carta de triunfo...[xv]".

   Ni siguiera puede argumentarse que debieron utilizarse procedimientos especiales, propios de la situación de guerra, puesto que se eludió deliberadamente el encuadramiento del oponente como combatiente. Así queda de manifiesto en el RC-8-3: "El activista, el perturbador del orden, etc., no será considerado prisionero de guerra, y, por tal motivo, no tendrá derecho al tratamiento estipulado en las convenciones internacionales (pag. 93)".

 

   En el documental "Escuadrones de la muerte. Escuela Francesa", realizado por la periodista Marie-Monique Robin, el General Díaz Bessone admitió los procedimientos clandestinos, y consideró que en la guerra contrarrevolucionaria los desaparecidos y las ejecuciones extralegales son daños colaterales[xvi].

   La metodología empleada fue adoptada de la escuela francesa, cometiendo el error de seguir recetas que, en realidad, ya habían fracasado en Argelia y en Vietnam, países donde terminó triunfando políticamente el enemigo subversivo. Se desconoció que la estrategia de una guerra interna excede el plano militar, y debe apuntar al objetivo político de lograr la paz y asegurar la convivencia entre los ciudadanos.

   Especialmente en el caso de una guerra revolucionaria, "lo importante no es tanto la derrota del enemigo como la restauración de la confianza de la población", para lo cual deben evitarse "los excesos de violencia o reacciones incontroladas en la represión, que sólo sirven para impedir o dilatar la reconciliación y la concordia[xvii]". Estas reflexiones pertenecen a un libro publicado en 1970 por el Círculo Militar, y lamentablemente no fueron tenidas en cuenta.

 

   8.2. El hecho de que se haya procedido siguiendo directivas gubernamentales, y aplicando reglamentos que configuraban un derecho positivo, como alega el Dr. Florencio Varela, en el artículo citado, no altera la cuestión de fondo: la ley si es injusta, no parece que sea ley (San Agustín). "La justicia que no resiste la publicidad no es justicia, y entonces no limpia la ofensa al bien común, sino que lo ensucia con demostraciones de falta de autoridad, de responsabilidad, de razones y de coraje cívico". "No conocemos un solo argumento válido, ni moral ni estratégicamente, para justificar ejecuciones clandestinas"[xviii].

   No puede negarse que la violencia que enlutó al país, fue iniciada por grupos guerrilleros que, desde el 24-3-1976, asesinaron a 711 personas, y por lo tanto el Estado tenía la obligación de actuar contra dichos grupos con el máximo rigor. Por eso debe distinguirse entre la lucha contra la guerrilla, que estuvo legalmente ordenada y moralmente justificada, de los métodos empleados en esa lucha.

   Las autoridades estatales aceptaron el argumento perverso de que en una guerra antisubversiva el fin justifica los medios, no pudiendo evitarse acciones que en tiempos normales constituyen delitos. Así lo expresa, con toda claridad, el General Díaz Bessone: "Si ante la agresión decimos que el fin no justifica los medios, preparémonos para ser santos o esclavos, pero no gastemos dinero en prepararnos para la guerra, y aceptemos que nos borren de entre las naciones libres de la tierra[xix]".

   La doctrina clásica de la guerra, por el contrario, enseña que en la misma es posible ser eficaz y santo. Los principios contenidos en la escuela hispánica, que tuvo su mayor exponente en el P. Francisco de Vitoria, son aplicables a la realidad contemporánea. También la Iglesia Católica se ha pronunciado sobre la moralidad de los actos en este tipo de conflictos, señalando que el secuestro, la tortura y el homicidio, son siempre ilícitos, aunque la causa que se defiende sea justa[xx]. "Si dichos crímenes son realizados por la autoridad encargada de tutelar el bien común, envilecen a quienes los practican, independientemente de las razones aducidas[xxi]".

 

9. Conclusión

   En momentos en que desde el Gobierno se pretende volver a juzgar conductas que ya fueron objeto de condena y luego de indultos, como vía de pacificación; es necesario esclarecer cuestiones, como la que hemos tratado en esta ponencia, para poder evaluar con objetividad, no adoptar decisiones injustas, teñidas de venganza, y tampoco reiterar errores cometidos, avalando metodologías inaceptables.

 

   (Ponencia presentada el 20-10-06, en las III Jornadas "La Hispanidad hoy"; realizada en la Universidad Nacional de Córdoba)

Bibliografía consultada:

-Castro Castillo, Marcial. "Fuerzas Armadas, ética y represión"; Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden, 1979.

-Contreras Sarmiento, Jorge. "Manual de ética para las Fuerzas Militares y de Policía"; Buenos Aires, Consejo Episcopal Latinoamericano-Ágape libros, 2005.

-Crawley, Eduardo. "Subversión y seguridad, la cuestión de la guerra de guerrillas en el contexto argentino"; Buenos Aires, Círculo Militar, 1970.

-Díaz Bessone, Ramón Genaro. "Guerra revolucionaria en la Argentina (1959-1978)"; Buenos Aires, Círculo Militar, 1988.

-Etchecolatz, Miguel. "La otra campana del Nunca Más"; Buenos Aires, edición del autor, 1983.

-FORES (Foro de Estudios sobre la Administración de Justicia). "Definitivamente...nunca más (La otra cara del informe de la CONADEP)"; Buenos Aires, 1985.

-Miatello, Hugo. "Una defensa militar institucional en la guerra librada contra la subversión"; Buenos Aires, Círculo Militar, Ciclo Cultural, 1988.

-Verbitzky, Horacio."Díaz Bessone admite miles de torturados y ejecutados en la clandestinidad"; (www.pagina12web.com.ar/diario/elpais/1-24949.html).

 


[ii]  DyN, 7-8-2003: "El presidente Néstor Kirchner condenó ayer la doctrina de seguridad nacional que imperó en la Argentina durante la dictadura militar y que le causó, dijo, un flagrante daño a la sociedad argentina". Nilda Garré, ministra de Defensa: "...no puede dejar de mencionarse el peligro de volver a comprometer a nuestras Fuerzas Armadas en proyectos agotados como el de la seguridad nacional, que las llevaron a protagonizar la etapa más negra de nuestra historia reciente" (La Nación, 18-9-06, pg. 19).

[iii]  Ballester, Horacio y otros. "Fuerzas Armadas Argentina: el cambio necesario. Bases políticas y técnicas para una reforma militar"; Buenos Aires, Editorial Galerna, 1987, pg. 45.

[iv]  Villegas, Osiris. "La llamada doctrina de Seguridad Nacional"; Buenos Aires, Revista Militar, Nº 721, Enero/Julio 1989, pgs. 22/26.

[v]  Texto completo de las palabras pronunciadas por el CJE el 06 Ago 64 en West Point, EE.UU. transcripto del Boletín Público de la Secretaría de Guerra del 10 Sep 64;  Revista Militar, Nº 721, enero/julio 1989, pgs. 79/86.

[vi]  Decretos Nºs. "S" 261/75 y 2772/75, del Poder Ejecutivo Nacional.

[vii]  Villegas..., op. cit., pg. 25.

[viii]  CONADEP. "Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas: Nunca Más"; Buenos Aires, Eudeba, 1997, pg. 8.

[ix]  Días Bessone,  Ramón Genaro. "Guerra o represión"; Revista Militar, Nº 721, enero/julio 1989, pg. 35.

[x]  Días Bessone, Ramón Genaro. "Guerra revolucionaria en la Argentina (1959-1978)"; Buenos Aires, Círculo Militar, 1988, pgs. 237 y 243.

[xi]  Varela, Florencio. "Reconocimiento de la verdad"; www.politicaydesarrollo.com.ar, 23-9-2006.

[xii]  Trinquier, Roger. "La guerra moderna"; Buenos Aires, Ediciones Cuatro Espadas, 1981.

[xiii]  "Represión militar: es la acción violenta que ejecutan fuerzas militares en una zona de emergencia para anular cualquier tipo de conmoción interior importante, originada por la acción de grupos de cierta magnitud, organizados y armados de manera tal que supere la capacidad policial y/o pongan en peligro a la seguridad local."

[xiv]  CONADEP, op. cit., pg. 7.

[xv]  Timerman, Jacobo. "Preso sin nombre, celda sin número"; Buenos Aires, El Cid Editor, 2da. edic., 1982, pg. 51.

[xvi]  "¿Cómo puede sacar información (a un detenido) si usted no lo aprieta, si usted no tortura?". "¿Usted cree que hubiéramos podido fusilar 7000? Al fusilar tres nomás, mire el lío que el Papa le armó a Franco con tres. Se nos viene el mundo encima. Usted no puede fusilar 7000 personas". (http://200.61.159.98/diario/el pais/1-24901.html)

[xvii]  Crawley, Eduardo. "Subversión y seguridad: la cuestión de la guerra de guerrillas en el contexto argentino"; Buenos Aires, Círculo Militar, 1970, pgs. 107 y 110.

[xviii]  Castro Castillo, Marcial. "Fuerzas Armadas, ética y represión"; Buenos Aires, Nuevo Orden, 1979, pgs. 140/142.

[xix]  Díaz Bessone...Guerra revolucionaria..., op. cit., pg. 17.

[xx]  Conferencia Episcopal Argentina, 16-3-1972.

[xxi]  III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. "Documento de Puebla", 1979, p. 531.

PROYECTO NACIONAL Y PLANEAMIENTO

PROYECTO NACIONAL Y PLANEAMIENTO

Mario MENEGHINI

 

    1. Introducción

   Desde hace varias décadas se menciona frecuentemente el tema del proyecto nacional, aludido como un elemento imprescindible para superar la crisis argentina, y se alega que la carencia del mismo es uno de los factores de dicha crisis. Sin embargo, son escasas las propuestas  realizadas en orden a la elaboración de un proyecto concreto. Es posible que haya algunos trabajos que no conozcamos, pero los que han trascendido, son únicamente los diez que detallamos en el Anexo.

   Ahora bien, lo que acotamos al principio es algo más grave; que ni siquiera desde la sociedad -academias, universidades, colegios profesionales, partidos políticos, etcétera- haya habido interés en el estudio del tema que nos ocupa. La situación descripta explica la confusión conceptual en que se incurre al abordar la cuestión del proyecto nacional. Por eso, nos interesa tratar de desbrozar los aspectos de fondo que implica encarar la elaboración de un proyecto.

 

   Podemos definir la expresión proyecto nacional como un esquema concreto y coherente de valores, fines, políticas públicas y distribución de responsabilidades, conocido y consentido por la mayoría de la población de una sociedad[1]. Si analizamos los antecedentes argentinos, comprobamos que existen notables coincidencias en todos los documentos citados; en especial, en los dos que fueron impulsados desde el Estado. En efecto, tanto el  generado desde el Ministerio de Planeamiento (l977), como el que fuera leído por el Presidente Perón ante la Asamblea Legislativa, tres años antes, parten de una cosmovisión  similar. Aluden a una cultura "cuyos valores fundamentales reconocen como fuente el acervo religioso y moral del Cristianismo, el saber filosófico de la Grecia clásica y la tradición político-jurídica de la antigua Roma". [2]

   Los principios básicos sostienen que:[3]

    -El hombre es una persona, creada por Dios, dotada de cuerpo y alma, y poseedora de un destino trascendente.

    -El hombre no se basta a sí mismo, sino que necesita de la sociedad. Esta es una pluralidad de personas unidas moralmente de manera estable para la consecución de un bien común. La sociedad humana es una sociedad de sociedades.

    -La primera de esas sociedades naturales es la familia. Su constitución y su desarrollo responden -como los derechos humanos- a leyes naturales anteriores a toda organización social.

    -Más allá de la familia, las necesidades, intereses y aspiraciones de tipo económico, social, cultural o religioso impulsan al hombre a agruparse en sociedades intermedias, con el fin de defender y promover bienes comunes particulares.

    -La historia y la geografía crean, sobre la base de las familias asentadas en un territorio, una comunidad étnica y ética, la Nación, fundada en la lengua, la historia, la cultura, las costumbres y las aspiraciones comunes. Es una comunidad de destino en lo universal.

    -Sin confundirse con la Nación, la sociedad,  territorialmente delimitada, crea un órgano especializado en el mando que es el Estado, destinado a regir dicha sociedad.

 

   2. El proyecto de la generación del ochenta

   No podemos dejar de señalar una contradicción notoria, en que incurren algunos de esos trabajos cuando, al par de sostener los principios detallados, se manifiesta que el único proyecto nacional que tuvo la Argentina fue el de la generación de l880.

   En primer lugar, el supuesto "agotamiento" de dicho proyecto no fue otra cosa que la cronológica verificación de una política errónea, que podríamos analogar con lo ocurrido en la última década con la "convertibilidad". Nadie puede negar que se lograron progresos materiales, "pero no hacer de la Argentina una gran nación. Y no porque sus planes fracasaron, sino porque sus propósitos no apuntaban tanto a la grandeza política como a la perfección sociológica e institucional".[4] No faltaron sin embargo advertencias de lo que ocurriría, como la de Vicente Fidel López, que escribió en la Revista del Río de la Plata: "Somos dependientes del comercio extranjero y de las comisiones que lo agilitan: nuestra producción, es decir nuestra materia prima, que es lo único que la constituye, depende necesariamente de la demanda de los mercados extranjeros. Ellos nos fijan la línea a que puede llegar. Ellos nos tienen bajo su tutela despótica".[5]

   Pero, además, y esto es mucho más grave, los fundamentos ideológicos de la generación del 80 son opuestos a los principios antes expuestos, e impulsaron un intento deliberado de reemplazo de nuestra raíz cultural cristiana por otra basada en el positivismo y el utilitarismo. En efecto, se sancionaron, entre otras, leyes de registro civil, de matrimonio y de educación laica. Esta última -Nº 1420-, provocó la oposición del Nuncio Apostólico, Mons. Matera,  que fue expulsado del país por el gobierno de Roca.

 

   3. Análisis teórico[6]

   Hecha esta introducción, debemos profundizar en cuestiones teóricas, bastante áridas, para determinar si es posible, estrictamente hablando, elaborar un proyecto nacional como anticipación del futuro, y que no sea, por lo tanto, una simple utopía.

   Debemos plantearnos este interrogante sobre la posibilidad misma de planificar, antes de iniciar la primera etapa que es la confección del modelo. Se trata, entonces, como suelen decir los juristas, de una cuestión de previo y especial pronunciamiento, analizar la factibilidad de anticipar el futuro, que se nos presenta como esperanza, como temor o como incógnita. Pero como necesitamos salir del presente, de una u otra manera tenemos que anticiparnos al porvenir. Para eso utilizamos la profecía, la prudencia o el proyecto. Como no pretendemos hacer aquí un análisis teológico ni ético, descartamos las dos primeras formas de predicción para abocarnos al proyecto.

   La primera afirmación sobre el futuro es negar que se identifique con la nada. Consideramos que algo, para ser, basta con que posea capacidad de existir -aunque no exista actualmente- ya sea con una existencia real, ideal o volitiva. El futuro de un acontecimiento, de un objeto o de un sistema, puede ser considerado como ente real posible, como ente ideal o como ente volitivo, según sea el enfoque con que se aborde.

El futuro como posibilidad (ente real): el pasado dejó de tener entidad actual, mientras el presente demuestra en acto su posibilidad de existir, y el futuro todavía no la ha concretado por falta de actualización. Pero si aún no existe y no se sabe como será, al resultar posible ya es un ente real y, como tal, es lícito inquirir sobre él. En cada circunstancia, son muchos los futuros posibles -futuribles- existen algunos pocos probables -futurables. El riesgo de elegir el escenario que tenga más chance de concretarse y resultar conveniente, depende, especialmente, del procedimiento utilizado.

El futuro como conjetura (ente ideal): certidumbre es la convalidación lógica de la veracidad de un pensamiento. Por lo tanto, según afirma Bertrand de Jouvenel: sólo se puede conjeturar sobre el mañana, y nunca alcanzar certeza. Es decir, que el análisis predictivo nos aporta un conocimiento de opinión, de manera que la materia objeto del planeamiento es opinable por naturaleza, sólo es susceptible de aproximación conjetural. Lo mismo podemos decir sobre lo político: es pasible de certidumbre en cuanto a sus contenidos pasados o presentes, pero es sólo opinable en cuanto receta para el futuro.

El futuro como proyecto (ente volitivo):  proyecto es mucho más que extrapolación en el tiempo; el vocablo se refiere a la intervención necesaria de la voluntad humana en su configuración. Si bien generalmente se proyecta de acuerdo a lo que se cree posible, aquí resulta dominante el ámbito de lo deseable. Para lo posible utilizamos la razón, en lo probable domina la voluntad. Entonces, el porvenir es para el hombre, en tanto sujeto actuante, dominio de la libertad y del poder; para el hombre, en tanto sujeto que conoce, el porvenir es dominio de la incertidumbre.

 

   4. Los riesgos de predecir (futurología)

    a) la aplicación de recursos cuantitativos a los aspectos cualitativos de la vida social, como si se pudiera revelar el porvenir por computación;

    b) identificar el traslado en el tiempo, como si se tratara de un traslado en el espacio, de modo que cada etapa de un proceso social sería semejante a las sucesivas estaciones que recorre un tren, descartando la posibilidad de utilizar otra vía, avanzar a otra velocidad, u omitir algunas estaciones.

    c) considerar el porvenir como el aspecto aún no concretado de un sistema, del cual conocemos ya su estructura y comportamiento (imperio milenario, paz perpetua, sociedad sin clases).

 

   Evitaremos el intento de hacer futurología y su consecuencia más dañina, la ingeniería social, si reconocemos que la sociedad no es una cosa susceptible de manipular, ni el porvenir un destino asequible por medio de los dudosos oráculos de una nueva ciencia ficción. No es más que otra aplicación del racionalismo, que, sobre la base de un supuesto contrato social, pretendió codificar legalmente todas las conductas humanas posibles, según un modelo de hombre abstracto y fungible. Ahora se pretende, también, diseñar el futuro.

 

   5. El planeamiento

   Conociendo ya las limitaciones del conocimiento humano, y evitados los riesgos de la voluntad desbocada, resulta posible encauzar la acción sistemática mediante el planeamiento. En primer lugar, aunque dispongamos de la mejor información y el sistema más sofisticado para procesarla, siempre  tendremos que elegir entre opciones posibles. En segundo término, los instrumentos técnicos pueden facilitar dichas decisiones, pero no reemplazar la virtud de la prudencia. De allí las limitaciones de la tecnocracia, puesto que el gobernante siempre tiende a ejercer su derecho a la conducción,  y los gobernantes a reclamar su derecho a la participación en las decisiones políticas.

   Santo Tomás enseña que, por imprevisible que sea la conducta humana nada es tan contingente que no tenga en sí alguna parte de necesidad. De manera que no sólo es posible sino muy útil al bien común la planificación. Pero siempre, que los planes cuenten con el apoyo de sus protagonistas, quienes deben participar en su elaboración, ejecución y modificación.

 

   6. Hacia un proyecto nacional argentino

   Habiendo desbrozado el camino de las dudas teóricas, podemos retomar la exposición sobre la forma de determinar un proyecto nacional argentino. Los antecedentes existentes, especialmente los dos surgidos desde el ámbito oficial, son precedentes valiosos, como asimismo, las denominadas "Políticas Nacionales", aprobadas en 1970, por Decreto Nº 46 de ese año. No obstante al haber transcurrido más de un cuarto de siglo y haber variado el contexto, es imprescindible una actualización y, sobre todo, hacerlos operativos, puesto que nunca tuvieron incidencia en la realidad.

   En otra aclaración conceptual, debemos acotar que lo que denominamos proyecto nacional, equivale a un plan de largo plazo (entre 30 y 100 años) donde se especifiquen los criterios y pautas sobre la manera de procurar el desarrollo de un país. Es, en realidad, un modelo, que contiene una cosmovisión o concepción doctrinaria, y un conjunto de hipótesis -futurables- sobre lo que puede y conviene ser realizado para lograr el tipo de desarrollo elegido.

   En todo proceso de planeamiento, la elaboración de un modelo, surge de la primera etapa que es la confección del diagnóstico, y que contiene premisas y restricciones. Sobre la base del diagnóstico, serán fijados los objetivos, diseñadas las políticas y estrategias, y recién entonces podrá iniciarse la programación concreta de acciones a ejecutar. Así descripto el proceso, fue el Consejo Nacional de Postguerra, creado en agosto de 1944, el primer antecedente de un organismo argentino dedicado a la planificación. Dos años después, la Secretaría Técnica de la Presidencia, que había asumido las funciones del Consejo citado, presentó el Primer Plan Quinquenal, y, con mayor o menor énfasis, se utilizó el planeamiento hasta 1970, fecha en que dejó de funcionar el Estado argentino.

   El cese del Estado, fue concomitante con la aprobación del Plan Trienal 1974/77, y la presentación pública del Modelo Argentino, por parte del General Perón, el 1-5-1974. En agosto de 1973, en un mensaje a los Gobernadores, Perón explicaba que la crisis argentina comenzó "por lo más grave que puede producirse: la destrucción del hombre; ha seguido por lo más grave que puede haber después de eso, que es la destrucción del Estado." El llamado Plan Trienal, que en realidad comprendía cuatro años, fue elaborado en poco más de dos meses, y no era más que un conjunto de programas sin consistencia. Perón no se privó de señalar: "He quedado en cierta medida admirado de que ustedes hayan podido elaborar un plan que a nosotros nos costó dos años de trabajo, y la tarea de 300 o 400 personas que actuaron en el Consejo Nacional de Postguerra..."[7]. Tres días antes, hablando en la CGT, había afirmado: "Pero en seis meses no hay plan que se pueda concebir ni realizar..."[8].

 

   7. Acerca del Estado

   Es obvio que si no funciona el Estado, es imposible que se cumpla una función tan compleja como es el planeamiento, que exige el trabajo interdisciplinario de un equipo de especialistas. Por eso, estimamos que hoy la tarea prioritaria consiste en el esclarecimiento conceptual, pues en el mismo campo nacional han proliferado ideas que provienen de otras ideologías y han contribuido a la confusión y a dificultar la búsqueda de soluciones. Por ejemplo, se identifican frecuentemente los conceptos de nación y estado, y se repite la definición liberal de estado: nación jurídicamente organizada. En realidad, al ser la nación una realidad cultural, no puede nunca organizarse, ni modificarse sus componentes, por una decisión voluntarista; surge y se perfecciona espontáneamente, a lo largo de siglos de vida en común. Lo que sí puede organizarse es la sociedad, entendida como conjunto de personas y grupos que conviven en un territorio determinado. Precisamente, el Estado es el órgano de síntesis, planeamiento y conducción de una sociedad determinada, destinado a lograr el bien común.

   El ejercicio de las tres funciones señaladas en la definición, es requisito indispensable para la existencia de un Estado; cuando dejan de cumplirse, el Estado desaparece, aunque se mantengan las formalidades constitucionales, y un gobierno. Esto es lo que ha ocurrido en la Argentina.

   En cuanto a la función de síntesis, o de integración social, Perón propuso lo que denominó comunidad organizada; un sistema social y político con una conducción centralizada en el gobierno, una ejecución descentralizada, a cargo de los distintos organismos del Estado, y un pueblo libremente organizado. La solidaridad social es una fuerza poderosa de cohesión, que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar. Únicamente el pueblo libremente organizado en sociedad es actor de las decisiones, pues las organizaciones libres del pueblo -las entidades intermedias- son factores concurrentes con los órganos públicos, de modo que no sean absorbidas por el Estado, y lograr un equilibrio entre el derecho personal y el comunitario.

   La función de planeamiento, siempre es un instrumento importante de gobierno, y se torna crucial para un país en decadencia como el nuestro. Siempre, quien accede al gobierno tiene dos opciones: o gobierna por aproximaciones sucesivas, en forma errática según la presión de las demandas y de las circunstancias, o gobierna según un plan. Pero la Argentina actual ya no tiene opciones si no quiere desaparecer o convertirse en una factoría; necesita planificar, lo que significa que el diseño tiene que ser anterior a la decisión. Se planifica para procurar lo óptimo, se decide para tratar de alcanzarlo. El modelo o planeamiento de largo plazo, requiere definir los Objetivos Nacionales que deben ser consensuados. Para ello, debería implementarse una entidad como el Consejo para el Proyecto Nacional, integrado por las entidades representativas de los grupos sociales. El plan de mediano plazo, coincidente con el período presidencial, debe estar a cargo del Poder Ejecutivo, con participación del Congreso. Y el plan de corto plazo, corresponde al equipo ministerial.

   A las dos funciones anteriores, se agrega la de conducción, que corresponde al gobierno, con las siguientes modalidades:

    -Centralizar la conducción y descentralizar la ejecución.

    -Actuar con planificación.

    -Posibilitar la participación de todos los actores sociales.

    -Concebir al gobierno como un instrumento al servicio de la sociedad, para lo cual deberá lograr la máxima eficiencia posible.

    -Contar con funcionarios estables, que accedan a la función pública por el sistema  mérito, y  que permanezcan ajenos a los cambios políticos.

 

   El Estado no debe constituir una estructura institucional aislada dentro del país, como ocurre con las concepciones oligárquicas -marxistas y liberales. Se justifica únicamente si actúa en beneficio de la sociedad. Para ello, el aparato estatal debe procurar un perfeccionamiento continuo, de modo de aumentar su eficiencia y lograr las metas que fije el gobierno. Su actividad, como regulador de los grupos sociales, es esencial para lograr el máximo nivel de desarrollo económico, compatible con una redistribución equitativa de la riqueza que es producida por el conjunto de la población. Dicha regulación se efectuará en el marco de una concertación con los representantes de las organizaciones libres del pueblo.

   En resumen, el papel del Estado en esta nueva etapa institucional, se ajustará a las siguientes pautas:

    -El comportamiento del Estado -y su política económica y social- será regido por las directivas del Gobierno, que traducirá en decisiones concretas las líneas estratégicas fijadas en el Plan de Mediano Plazo, según los Objetivos consensuados con todos los sectores de la sociedad.

    -El Estado podrá hacerse cargo nuevamente de actividades productivas y de servicios públicos, que se consideren esenciales para el interés nacional. Pero, simultáneamente, acentuará el papel de los entes reguladores de los servicios privatizados y tercerizados, que deberán ejercer un control riguroso de las empresas concesionarias, en cuanto al monto de las tarifas y a la calidad del servicio brindado. Se dará prioridad en la concesión de empresas y servicios, al sector público no estatal, que evite en este campo el fin de lucro, y la intromisión de capitales extranjeros.

    -El federalismo, entendido como coordinación armónica de los tres niveles de gobierno, será fortalecido con una nueva metodología de distribución de los ingresos públicos entre el gobierno federal, los gobiernos de las 23 provincias, el Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires, y los gobiernos de los 2.156 municipios. De esa manera, el gobierno federal podrá concentrarse en las cuestiones prioritarias: Justicia, Defensa, Relaciones Exteriores, Salud, Educación y Desarrollo Económico, pudiendo asumir plenamente las demás funciones los niveles provinciales y locales, tal como establece el esquema constitucional, distorsionado durante muchos años. En la última década, pese al drástico retraimiento en la producción de bienes y prestación de servicios, por parte del gobierno federal, acompañado de la supresión de 800.000 cargos públicos, continuaron concentradas las decisiones gubernamentales más importantes en ese nivel, siendo condicionados los gobiernos locales por las dificultades financieras crónicas, que hacen ilusoria la autonomía política.

    -El funcionamiento óptimo del sector público sólo será posible, si paralelamente, se modifica el sistema político, actualmente monopolizado indebidamente por los partidos, a tenor del artículo 38 de la Constitución Nacional. Es cierto que el ciudadano es representado como tal por dichas instituciones, pero la configuración política de una comunidad organizada implica la creación de un sistema de participación efectiva de los ciudadanos en la elaboración de las decisiones y en el control del cumplimiento de las mismas. Las personas deben poder participar también en su condición de trabajadores, empresarios, profesionales, etc., a través, por ejemplo, de un Consejo para el Proyecto Nacional. La concepción liberal no acepta más representación que la de los partidos; la comunidad organizada estimula la participación de los grupos sociales, garantizando una representación integral.

 

   8. Conclusión

   Luego de este pantallazo general sobre el tema, podemos concluir que en torno al concepto de proyecto nacional, deberíamos reflexionar seriamente sobre nuestra responsabilidad de ciudadanos de la República Argentina, en un momento verdaderamente dramático de su historia, en que hasta se está desdibujando el entramado de la nacionalidad y se está resquebrajando la concordia cívica. El general Perón en el Modelo Argentino, indicó el camino: "Nuestra Patria tiene todo lo necesario para que sus hijos sientan el gozo infinito de la vida. Dios nos ha brindado riquezas incalculables, sólo falta que asumamos la decisión irrevocable de realizar la empresa que nos aguarda"[9].

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Díaz Araujo, Enrique -Pithod, Abelardo - Randle, Patricio H. "Planeamiento y Nación"; OIKOS, Buenos Aires, l979, 191 pgs.

Massé, Pierre. "El Plan o el antiazar"; Barcelona, Edit. Labor, l968, l72 pgs.

Irazusta, Julio. "La generación del 80"; Buenos Aires, Ed. Docencia, l98l, 59 pgs.

Moreno, Antonio Federico. "El planeamiento y nuestra Argentina"; Buenos Aires, Corregidor, 1978.

Meneghini, Mario. "No existe soberanía pues no existe el Estado"; Buenos Aires, Tiempo Militar, 3-1-2003, pg. 13.

 

Anexo

    ANTECEDENTES ARGENTINOS SOBRE  "PROYECTO NACIONAL"

 

Ordenados por fecha de publicación

1) Villegas, Osiris. "Políticas y estrategias para el Desarrollo y la Seguridad Nacional"; Buenos Aires, De. Pleamar, l969, 285 pgs.

2) Junta de Comandantes en Jefe. "Políticas Nacionales", Decreto Nacional Nº 46/70.

3) Monti, Ángel. "Proyecto Nacional";  Buenos Aires, Ed. Paidos, l972, 293 pgs.

4) Perón, Juan Domingo. "El Proyecto Nacional. Modelo Argentino" (1-5-1974); Buenos Aires, Ed. El Cid, l986, 150 pgs.

5) Fundación Argentina Año 2000 -Centros de Estudios Prospectivos. "Proyecto Nacional. Síntesis"; Buenos Aires, 1974, l6 pgs.

6) Guevara, Francisco. "Proyecto XXI"; Buenos Aires, Edit. Ancora, l975, 238 pgs.

7) Ministerio de Planeamiento de la Nación. "Proyecto Nacional"; Buenos Aires, l977, 83 pgs. (síntesis).

8) Arguindegui, Jorge Hugo. "La nueva República. Pautas para un Proyecto Nacional"; Buenos  Aires, l986, 36 pgs.

9) Seineldin, Mohamed Alí. "Bases para un Proyecto Nacional"; Buenos Aires,1990, 32 pgs.

10) Calcagno, Eric Alfredo - Calcagno, Eric. "Argentina: derrumbe neoliberal y proyecto nacional"; Buenos Aires, Le Monde Diplomatique, 2003, 91 pgs.
 


 

[1]  Monti, Ángel. "Proyecto nacional; razón y diseño"; Buenos Aires, Paidos, 1972, pg. 12. Moreno, Antonio Federico. "El planeamiento y nuestra Argentina"; Buenos Aires, Corregidor, 1978, pg. 47.

[2]  Ministerio de Planeamiento de la Nación. "Proyecto Nacional"; Documento de Trabajo aprobado por la Junta Militar el 2 de agosto de 1977; pg. 7. Perón, Juan. "Modelo Argentino" (El proyecto nacional, 1974); Buenos Aires,  El Cid Editor,  6ta. edición, 1986, pgs. l35/l36.

[3]  Ministerio..., op. cit., pgs. 9/10. Perón, op. cit., pgs. 72/92.

[4]  Irazusta, Julio. "La generación del 80; profecías y realizaciones"; Buenos Aires, Docencia, 1981, pg. 7.

[5]  cit. p. Irazusta, op. cit., pg. 37.

[6]  En este tema, seguimos de cerca el artículo: Martinotti, Héctor Julio. "Prospectiva y planeamiento" (www.ucalp.edu.ar).

[7] Perón, Juan. 17-12-1973.

[8]  Perón, Juan. 14-12-1973.

[9] Perón, op. cit., pgs. 65/66.

NOTAS SOBRE LA REPRESENTACIÓN

NOTAS SOBRE LA REPRESENTACIÓN

Alberto BUELA

 

   Representar proviene del latín re-praesentare, que significa hacer presente algo que existe en la realidad o en la imaginación. El hombre se maneja con las más diversas modalidades de representación: artística (una estatua); diplomática (un embajador); simbólica (una bandera); psicológica (percepciones, imágenes o ideas que sirven como punto de partida a la actividad voluntaria); histórica (la narración de hechos pasados); jurídica (a través de un apoderado) y finalmente, tenemos la representación política, sobre la que vamos a intentar rescatar algunas notas.

   La representación política, independiente de la forma de gobierno (monárquica o republicana), surge de la articulación política de la sociedad según la cual algunos hombres (los dirigentes) pueden actuar por la sociedad. Hombres cuyos actos públicos no son imputados a ellos, sino a la sociedad como un todo. La representación se configura como un proceso de conexión entre gobernados y gobernantes, entre sociedad y poder. Esta sería la definición descriptiva de representación política.
Ahora bien, cualquier manual de politología nos cuenta que existen dos tipos de representaciones políticas en las sociedades contemporáneas: la representación liberal- individualista y la representación social-orgánica.

 

La representación liberal-individualista

 

   Es el médico John Locke (1632-1704), el padre del individualismo liberal - y así lo pone de manifiesto en su mejor trabajo: Segundo tratado del gobierno civil (1690) en donde se transforma en ideólogo de la revolución inglesa de 1688 - quien expresa los ideales de la burguesía, según la cual la propiedad privada existe en estado de naturaleza y es anterior a la sociedad civil. El otro teórico, setenta años después es Jean Rousseau (1712-1778), teórico de la bondad natural del hombre y de su corrupción por la sociedad. En su principal obra El contrato social (1762) va a sostener que el hombre pasa del estado natural (bueno) al civil (que lo corrompe) para ganar el derecho a la propiedad y la seguridad.
   El presupuesto filosófico que está en la base de la representación individualista es que considera que el origen de la sociedad política se produce por agregación de individuos dispersos en busca de seguridad y propiedad privada. Al ser considerados estos individuos iguales, con los mismos poderes y que libremente deciden firmar un contrato social, su participación política se va a resolver en la ecuación: un hombre un voto en el régimen del sufragio universal.
   La exclusividad de la representación política la va a tener el partido político. Este monopolio de la representación, que tiene mil variantes, es lo único que no se permite cuestionar. Así, podemos hablar de decadencia de los partidos políticos, de crisis partidocrática, de oligarquías partidarias que permanecen en el tiempo utilizando los partidos para su provecho, de nepotismo partidista, de que los diputados no escuchan ni obedecen a los electores sino al partido. Todo está permitido. Pero cuestionar el monopolio de la representación política por parte de los partidos, romper esa prepotencia, eso no. Eso es tildado, calificado, catalogado;  de totalitarismo, de antidemocrático, de reaccionario, de fascista. 

 

La representación orgánica

 

   Las sociedades civiles, las comunidades nunca se han formado por individuos, sino que siempre se constituyeron a través de un conjunto orgánico de familias o de otros grupos naturales (organizaciones libres del pueblo). Ello fue el resultado de un proceso histórico y no de un contrato social. Es que el hombre es un zoon politikon, un animal político, según la expresión tantas veces repetidas del viejo Aristóteles. El hombre por naturaleza se constituye en comunidad. Y es en esas instituciones de la comunidad, denominadas cuerpos intermedios que están ubicados entre la familia y el Estado, en donde el hombre tiene sus intereses y estos son los que deben de ser representados delante del poder político. Estas organizaciones que el pueblo se da libremente para defensa de sus intereses más concretos y específicos son de dos tipos: territoriales (el municipio, las asociaciones vecinales, etc.) o funcionales: (profesionales, empresarias, sindicales, culturales, deportivas, etc.). La representación política orgánica está entroncada con los intereses particulares de las organizaciones intermedias y de los individuos que pertenecen a dichas instituciones. El diputado ya no se atribuye ser el representante de “la voluntad general”, ni de los individuos, ni peor aún de “los partidos” en la degeneración de la democracia, “sino de los intereses de cada una de las esferas esenciales de la sociedad... con lo cual se evita que uno(el representante) esté simplemente en el lugar del otro (el representado), sino que el interés mismo está efectivamente presente en los diputados representantes” (1). Esto lo dijo Hegel en 1831, razonando con total libertad, claridad y sabiduría. Más allá de toda ideología totalitaria, confesional o fascista, impensable en su época. Lo afirmó como conclusión de una larga vida dedicada al tema y casi al final de su último trabajo.

 

La paradoja de la representación

 

   Se puede enunciar así: por un lado, el poder representa a la sociedad y por otro, la sociedad, en este caso la comunidad, se representa junto o ante al poder. En el primer caso la sociedad es representada por la autoridad, en el segundo caso, ella se representa delante del Estado como una realidad existencial.
   Así el poder representa a una sociedad política en cuanto que constituye una unidad en el Estado, pero la sociedad se representa delante del poder en cuanto multiplicidad de organizaciones.
   En la representación partidocrática o partidaria se procura dar representación a varias corrientes de opinión y a las minorías en la representación proporcional. En la representación orgánica se tienen en vista los intereses de las organizaciones que componen la comunidad. Pero como el centro de decisión política es siempre el poder, la simple existencia de cuerpos intermedios no basta para lograr las reivindicaciones sociales, el pueblo aspira también a influir en las decisiones políticas, en una palabra, a participar del gobierno y para ello es necesario que las organizaciones libres del pueblo tengan, como los partidos políticos, representación política en la Asamblea o Congreso nacional.

 

Algunas experiencias históricas

 

   La primera experiencia histórica contemporánea se produjo en la república socialdemócrata de Weimar (1919) con la incorporación del Consejo Económico Nacional (Rechtswirtschaftsrat) compuesto por los cuerpos intermedios y cuya función era emitir dictamen preceptivo sobre los anteproyectos de leyes del Estado.

   Contrariamente a lo que comúnmente se afirma, la Italia fascista no fue ninguna experiencia de representación orgánica porque anuló, lisa y llanamente, la representación política y adulteró o, mejor aún, desnaturalizó la doctrina corporativista que durante el siglo XIX y principios del XX, los pensadores sociales católicos como La Tour du Pin, Albert de Mun y Vogelsang habían elaborado y opuesto al liberalismo de la Revolución Francesa. Así las desfiguración que produjo el fascismo es que transformó el siempre sano corporativismo de asociación en corporativismo de Estado, en donde las organizaciones libres del pueblo dejaban de ser libres para ser creadas y manejadas por el Estado.

   Una segunda experiencia es la plasmada en la constitución yugoslava de 1948, en la época de Tito donde la Asamblea Popular Federal estaba compuesta por dos cámaras: el consejo federal y el consejo de productores, unos llevaban la representación política y los otros la representación económica. Los primeros eran elegidos por todo el pueblo y los segundos por los miembros de las diferentes y múltiples cooperativas.

   Una tercera experiencia se produjo aquí en Argentina cuando se crea la provincia del Chaco en 1951 donde se establece el voto profesional o sindical. Tenía por objeto, como relata en su informe el primer gobernador, don Felipe Gallardo, la formación de una comunidad organizada. Era un incentivo para que el pueblo del Chaco se organizara por sectores y con el voto de los afiliados contaran con una representación directa en la Cámara de diputados. El artículo 118 de la Constitución provincial así lo preveía y así se hizo hasta el golpe de Estado de 1955 que lo derogó. En la redacción de esta constitución intervino directamente el eminente constitucionalista serbio Jovan Djordjevich quien viajó en 1950 a Argentina junto con Takel Rusel dirigente de la CGT yugoslava.
   Otra experiencia es la creación del Consejo Económico Social en Francia en 1958 por el gobierno de De Gaulle, donde funcionó como cuerpo preceptivo sobre los anteproyectos de ley y facultativo, sobre los asuntos que el Gobierno somete a su consulta, y elabora, por propia iniciativa, estudios y proyectos de ley. Sus miembros llegaron a tener representación directa en la Asamblea nacional.
   Una última experiencia es la de España que crea en 1991 el Consejo Económico Social previsto en la Constitución de 1978 (art. 131.2), pero que no tiene representación directa en el Parlamento.

 

 (1) Hegel, Jorge: Principios de la filosofía del derecho, parágrafo 311.-