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AVANCE TRANSVERSAL: RETROCESO DE LA IZQUIERDA

AVANCE TRANSVERSAL: RETROCESO DE LA IZQUIERDA

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

  La revista Arbil publicaba en su número 92, de mayo de 2005, el artículo “Nosotros, la izquierda”, cuyo título encerraba una deliberada provocación y al tiempo lanzaba un desafío al lector para que se atreviera a desechar la terminología política en uso, todavía, pero a todas luces trasnochada.

  Señalábamos entonces que los movimientos llamados “terceristas” intuyeron premonitoriamente la necesidad de aunar cuanto de valioso existía en las corrientes ideológicas convencionales con el propósito, ambicioso como ninguno, de acometer el doble empeño de regeneración nacional y transformación del orden social. La voluntad de ayer se ve hoy reforzada por una evidencia que nadie cuestiona: la desaparición de la izquierda y la derecha, al menos como tendencias políticas identificables, para ser no tanto sustituidas cuanto vaciadas de todo contenido real. Lo bien cierto es que el inconformismo - síntoma inequívoco de vitalidad espiritual - que en el siglo XX rechazó la escisión forzosa en bloques antagónicos, da vida en el siglo XXI a un fenómeno nuevo y pujante: los movimientos transversales. Variopintos por definición pero todos ellos arraigados con firmeza en un puñado de principios, diferentes según los casos, y asidos al espíritu y la tradición de sus respectivas naciones. En el plano institucional son transgresores, hasta la insolencia en ocasiones. Irreverentes con los dogmas liberales, la mayoría de ellos sorprenden por su osadía al proponer reformas sociales heterodoxas en la era del apogeo capitalista. La eclosión en toda Europa de este tipo de movimientos ha seguido en casi todos los casos una misma sucesión de etapas: inicialmente se les silencia y oculta por el resto de partidos y la prensa, con unanimidad que cuestiona el supuesto pluralismo político e informativo de las “sociedades avanzadas”. Cuando comienzan a crecer y ganan parcelas de representación ciudadana son descalificados, habitualmente con escasa originalidad, desde los medios de comunicación mientras que la clase política se niega a reconocer a los molestos advenedizos, no ya como interlocutores, siquiera como representantes de la soberanía nacional. Finalmente, en aquellos países donde sus avances electorales son más destacados, acaban siendo forzosamente admitidos en las labores de gobierno. De momento, como socios menores en coalición pero su historia es muy reciente y se prevé prolongada en el tiempo, por lo cual previsiblemente no tardaremos en ver uno de estos partidos al frente de un gobierno nacional.

 

  Señalemos aquí una acusada paradoja en la identidad política de las fuerzas transversales y la percepción que de ella acusan sus votantes. Estos partidos rehúsan ser homologados con la izquierda o la derecha clásicas, pero cada vez que políticos y periodistas se refieren al austriaco FPÖ, al francés FN o al búlgaro ATAKA anteponen el adjetivo “ultraderechista” a sus siglas, con evidente intención no de calificar el sustantivo, sino de descalificar el sujeto. ¿Imagina alguien que el Partido Socialista, invariablemente, fuese motejado como “pseudoizquierdista del sector caviar”? Así y todo, en la mayoría de los casos, la concentración geográfica del voto arroja un dato concluyente: las fuerzas transversales de nuevo cuño pescan sus votos en los caladeros tradicionales de la izquierda y de la abstención y apenas, en proporción residual, consiguen hacerse con votantes de la derecha. Como paradigma de esta regla, recuérdese la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas de 2002, en las que el candidato socialista quedó relegado al tercer puesto por el Front National. Y todo ello muy a pesar de las campañas mediáticas de origen diverso que, al referirse a dichos partidos, inciden en sus aspectos programáticos más fácilmente identificables con postulados conservadores: identidad nacional, defensa de los valores tradicionales y apoyo a la institución familiar. Aunque así lo parezca, no estamos ante un caso de masoquismo electoral, ni tampoco puede hablarse con propiedad de sufragio esquizofrénico.

 

  Cuando una fuerza política opta por la transversalidad en su definición y, lo que es crucial, en sus propuestas programáticas y en su actividad cotidiana, está eligiendo el más tortuoso camino para transitar por la política. No tendría sentido que así obrara si no estuviera guiada por un riguroso propósito de ofrecer algo auténticamente distinto de lo que ya existe en el abanico electoral. Si así es, sus postulados habrán de alejarse nítidamente del espacio donde hoy se confunden izquierdas y derechas. Llame cada cual como prefiera a esa vasta confluencia: nuevo orden mundial, globalización, “one world”, etc. Al margen de la terminología, lo indubitable es que el sistema socioeconómico vigente genera damnificados en número creciente y ya abultado y, a poco que nos detengamos a considerar los hechos, es más sencillo encontrar a estos damnificados entre la izquierda sociológica que entre las capas sociales conservadoras:

  1. En la década de 1980 sufrimos en España el desmantelamiento de la siderurgia, la minería y la flota pesquera. Hoy el proceso se repite a escala continental, bajo el rótulo de “deslocalización” y abarca todos los sectores industriales. Quienes primera y directamente lo sufren son los trabajadores que pierden su empleo y entre ellos predominan los votantes de izquierda. Cuando los partidos transversales acusan a las empresas transnacionales de estar arruinando nuestro tejido productivo esos votantes de izquierda son los primeros que asienten.
  2. En línea con lo anterior, ni a liberales ni a progresistas se les ocurrirá cuestionar cómo se permitió el ingreso de China en el exquisito club del libre mercado conocido como Organización Mundial del Comercio. Lo cierto es que desde entonces las manufacturas chinas, de bajo precio e igual calidad, inundan los comercios de Europa y amenazan la supervivencia de la industria textil, del calzado, juguetera y del mueble, entre otras. Cuando los partidos transversales claman contra la alianza internacional entre el capitalismo y el mandarinato comunista ganan respaldo entre los trabajadores de esos sectores productivos que asisten inermes a la conquista china de la producción, distribución y comercialización mundiales.
  3. Si la inmigración masiva y descontrolada colapsa los servicios públicos singularmente la sanidad, las consecuencias las sufrirán sus usuarios pero no los tomadores de pólizas de seguros médicos privados. Si esa misma inmigración toma al asalto las instalaciones deportivas municipales, se apropia de ellas y extorsiona a los chicos españoles alquilándoselas por horas, los socios de clubes deportivos privados no se inquietarán en exceso. Si un aluvión de mano de obra poco cualificada y también poco exigente inunda la construcción, la agricultura y la hostelería, se angustiarán los trabajadores locales, forzados a elegir entre el desempleo o la competencia a la baja en condiciones laborales africanas, pero no sus empleadores. Si la delincuencia y la inseguridad convierten en inhabitables grandes zonas de nuestras ciudades – teniendo presente que en España el 70% de los delitos son perpetrados por extranjeros – es claro que los españoles que residen en esos barrios son las principales víctimas y precisamente en esos núcleos se concentra hasta hoy el grueso del voto de izquierdas. Nadie, absolutamente nadie salvo los partidos transversales, cuestiona hoy los flujos migratorios indiscriminados y el falso mito de la multiculturalidad que definitivamente se ha consumido en las hogueras de la revuelta islámica en Francia.
  4. En España los votantes conservadores no parecen muy preocupados por el agravio comparativo que suponen las ayudas estatales a la natalidad vigentes en Bélgica, Francia o Alemania y las ridículas limosnas que se conceden en España. Posiblemente no se inmutan porque los matrimonios españoles, de izquierdas y de derechas, son los menos prolíficos del mundo pero en los países citados única y exclusivamente los partidos transversales se muestran escandalizados ante la multiplicación de magrebíes, tan polígamos como ociosos, que sangran mensualmente el erario público. En Bélgica, Francia o Alemania este hecho indigna más a los nacionales que en verdad necesitan esas ayudas y solivianta mucho menos a quienes pueden perfectamente prescindir de ellas.

 

  Hasta aquí, sucintamente, algunas de los hechos que demuestran cómo el progresismo, domesticado y seducido por el nuevo orden mundial, está relajando la guardia en su fortaleza electoral mientras que extramuros asedia un nuevo ejército. Se dan las condiciones óptimas para el avance de las opciones transversales en los feudos tradicionales de la izquierda, hoy ya muerta por suicidio ideológico.

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1 comentario

Miguelpons -

Me parece buen juego de palabras que el adjetivo no es para calificar al sujeto sino para descalificar al individuo, Jorge.
Te queda una página limpia y muy legible, o sea, como si le hubiese dado un tercerismo diagonal u oblicuo. Qué desgastado estoy al lado de la metapolítica. Y, por llamar, si el viejo socialismo es supervivencia del caviar, desde una tercera vía se me ocurre llamar al PP la derecha aviar, y que cada uno busque si lo de aviar va por gallo o por gallina.
Un abrazo.
Arturo Robsy
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