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Bitácora PI

ACERCA DEL "ORDEN CRIOLLO" DE MI AMIGO ALBERTO BUELA

ACERCA DEL "ORDEN CRIOLLO" DE MI AMIGO ALBERTO BUELA

Ignacio G. TEJERINA CARRERAS

 

   Hace muy pocos días, he leído en el blog español BITÁCORA PI el artículo "El Orden Criollo"

(http://bitacorapi.blogia.com/2006/112801-el-orden-criollo.php) destinado a los amigos del autor en la Quiaca y sur de Bolivia. Lo leí con mucho interés porque la temática es muy afín a mis pensamientos desde hace años, ya que desde hace más de una década, a solicitud mía, se creó el Departamento de Estudios Criollos del Instituto Argentino de Cultura Hispánica de Córdoba. A posteriori, la editorial El Copista, de Córdoba, me publicó mis "Raíces Criollas", en el año 1994, obra que contó con el auspicio de la Municipalidad de Córdoba, Capital, a través del llamado Fondo Estímulo para la Actividad Editorial Cordobesa, ordenanza 1808.

   Como tengo amistad con el profesor Buela y gran pasión por lo criollo, por ser quien esto escribe criollo de 14 generaciones en el país, me veo en la necesidad de hacer algunas puntualizaciones sobre ello:

 

   1) El autor expresa que la tradición política del orden criollo la hallamos primero en Juan de Garay, quien "fundó Buenos Aires y cofundó Santa Cruz de la Sierra junto a Ñuflo de Chávez"; luego en Hernandarias, después en el letrado del siglo XVII Juan Solórzano Pereira, nuestros próceres gobernadores del período de la Independencia... etc. Lo expresado hasta aquí es parte de la realidad, pero de la realidad mediterránea y rioplatense. Como hombre del Interior, acostumbrado a una visión parcial de la historia con epicentro en el Puerto, no puedo dejar pasar por alto algo muy importante. Más allá de los yeguarizos que trajo Pedro de Mendoza en 1536, el primer hito documental de la fundación de lo que hoy es Argentina, es el 29 de junio de 1550, cuando Núñez del Prado funda la ciudad de Barco con acta de fundación, constitución de Cabildo, es decir los requisitos primordiales de la legislación española en América para tener categoría jurídica. Esta ciudad sufriría traslados, el último hecho por Francisco de Aguirre, quien le cambiaría el nombre original, en 1553, por el de Santiago del Estero, que hoy es legítimamente llamada Madre de Ciudades, precisamente por ser ella la primera ciudad en territorio argentino. Además, y esto es muy importante, el tener ya una ciudad y empezar a nacer ya hijos de la cruza de españoles e indios, da origen al nacimiento de nuestra Patria. La llamada "Fundación de Buenos Aires" por Pedro de Mendoza, fue sólo  un asentamiento y por lo tanto, lo de Juan de Garay no fue una "segunda fundación", sino la única; el asentamiento de D. Pedro de Mendoza nunca tuvo acta fundacional ni cabildo, de modo tal que le corresponde a Juan de Garay el honor de haber fundado lo que hoy conocemos como ciudad de Buenos Aires en 1580, después de haber fundado Santa Fe en 1573.


   Pero más importante que todo lo dicho anteriormente es que cuando Juan de Garay fundó Santa Fe y Buenos Aires, ya existía un orden político criollo, conformado por las siguientes ciudades, ya fundadas y consolidadas y en una dinámica generadora de la sociedad hispanocriolla: Santiago del Estero, fundada en la fecha arriba citada, Córdoba fundada por Jerónimo Luis de Cabrera el 6 de julio de 1573, Mendoza fundada por Pedro del Castillo 1560, San Juan por Jofré en 1562, San Miguel de Tucumán en 1565 por Diego de Villarruel, Talavera de la Reina fundada el 15 de julio de 1567 por el gobernador Diego Pacheco. Esta ciudad de Talavera también tuvo el célebre nombre de Esteco y se situaba en la región conocida como Palca Tucumán y después fue el resultado de la fusión de 2 poblaciones, Talavera del Esteco y la Villa de la Nueva Madrid o Madrid de las Juntas, reunidas en 1609 por decisión del gobernador Alonso de Rivera. La primitiva Talavera estaba en el poblado llamado Cáceres que habían levantado Jerónimo de Olguín, Diego de Heredia y Juan de Berzocana en 1566, cuando se dirigían a Charcas llevando como prisionero a Francisco de Aguirre.

   Esta ciudad de Talavera de Madrid, o Esteco, alcanzó bastante importancia, a tal punto que en 1623, cuando el breve In Supereminent de S.S. Gregorio XV, permitió a los jesuitas otorgar grados académicos en su colegio máximo de Córdoba, el Obispo Julián de Cortázar dispuso que la ceremonia de graduación se realizara allí. El permanente acoso de los indios redujo la ciudad a su mínima expresión, a tal punto que en 1689 contaba con sólo 5 vecinos y 21 soldados de la guarnición y se preveía su traslado al Valle de Choromoros, en jurisdicción de San Miguel de Tucumán. El 13 de septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió a la ciudad, causando 11 muertes y dejándola completamente en ruinas. El sismo se sintió con intensidad en San Miguel de Tucumán, Jujuy y Salta, atribuyéndose la salvación de esta última a la intercesión de la imagen de Ntro. Señor Jesucristo que se venera en la Catedral salteña, imagen conocida desde entonces como el Señor del Milagro. La mayor parte de los sobrevivientes de Esteco se refugiaron en la zona Metán, en donde poco después fue levantado un fuerte llamado del Rosario, germen de la actual población de Rosario de la Frontera. Ya abandonada por sus habitantes, Esteco terminó por desaparecer.

 

   En otro punto de su artículo, el Dr. Buela dice que la tradición cultural del orden criollo "se funda en el poema épico por excelencia de la ecúmene hispanoamericana: el Martín Fierro, que tiene un antecedente ilustre en la primera parte del Facundo". Lamento no coincidir con el amigo Buela, pero es muy común desconocer todo ese gran bagaje cultural que tenemos los que hemos nacido en la Antigua Gobernación de Tucumán o en Cuyo.  La verdadera cultura argentina fundacional es la tucumanense, reconocida por brillantes pensadores del interior argentino, y que tiene dos fuentes fundamentales, el pueblo mismo del que ya hablaremos y la Universidad de Córdoba, que desde principios del siglo XVII fue un faro luminoso para Sudamérica. Me permito tomar para esta parte de mis comentarios a dos autores tucumanos, uno, poco conocido y casi exclusivamente en el ámbito de su provincia, aunque también he visto publicaciones suyas que se venden en librerías católicas de Buenos Aires, Miguel Cruz. El otro, es un filósofo tucumano ya fallecido, D. Alberto Rougés, también poco conocido, como ocurre casi siempre con aquellos que no han podido exhibirse en las vidrieras de Buenos Aires.

   Miguel Cruz sostiene lo que no es negado por nadie (*1), que la cultura de la Cristiandad fue la que es legada a América, sufriendo las transformaciones propias de los aportes de los aborígenes y que  ya que, como dice el autor "Si Argentina es parte y porción americana de la cultura de la Cristiandad por sus orígenes, ya que América como tal, tomó de esa manera y por su bautismo, conciencia de simultánea globalidad continental e histórica, y de su lugar en el mundo como un Nuevo Mundo, bien podemos llamar a esta instancia inaugural y arquetípica como nuestra Cultura Argentina Fundacional".

   ¿Y dónde  esa cultura comienza a forjarse y a desarrollarse  en nuestro país? ¿Y quién la ha revelado y hecho conocer? Pues bien, esta cultura surge primitivamente en el Tucumán y ha sido relevada por ese gran estudioso que fue Juan Alfonso Carrizo, que recorrió diversas provincias argentinas de lo que hoy se llama el NOA (Noroeste Argentino) y rescató canciones, poemas, cuentos, anécdotas, romances, villancicos, etc. escuchando a viejos lugareños, campesinos curtidos por el sol, muchos de ellos analfabetos y poseedores y transmisores de lo mejor del Siglo de Oro español. Carrizo publicó en 1926 "Antiguos cantos populares Argentinos. Cancionero de Catamarca", publicación a la que siguieron innumerables aportes, como "Cantares del Tucumán" y otros. Nos informa Miguel Cruz que como Carrizo era un Don Nadie en el mundo de la cultura, le había pedido a Ricardo Rojas su padrinazgo, para que lo prologase la obra y ésta no cayera en el vacío. Sigue diciéndonos Cruz que el hecho es que el libro de Carrizo y sus conclusiones parecían el comienzo de un formidable alegato contra toda la obra de investigación de Rojas y en especial sus estudios sobre "los gauchescos". Nos dice Cruz que Rojas pretendía cimentar en obras como el poema Martín Fierro de José Hernández los fundamentos literarios de una cultura argentina a defender y restaurar, considerándolas derivados genuinos de la auténtica tradición poética criolla. Con gran acierto Cruz recuerda  que Vicente Fidel López, hablando del poema gauchesco "Santos Vega o los Mellizos de la Flor", de Hilario Ascasubi, decía que "cuando los tipos poéticos de nuestra vida actual hayan desaparecido (...) los cuadros y las creaciones del Sr. Ascasubi serán sin disputa la fuente, los antecedentes homéricos de nuestra cultura literaria". Por el contrario, nos dice Cruz, Juan Alfonso Carrizo llegaba a afirmar  lo siguiente: "seguir estudiando la poesía popular argentina en los poemas gauchescos es un grave error", agregando "la falta de investigación por un lado y un exceso de patriotismo por otro, ha impedido ver claramente la filiación literaria de nuestros poemas gauchescos".  Y aquí yo mismo me formulo una pregunta ¿Qué quiso decir Carrizo con exceso de patriotismo? ¿No será un patriotismo iluminado desde el Puerto?

 

   Creo necesario volver a Cruz cuando establece la diferencia entre la poesía del Martín Fierro y los cancioneros de siglos anteriores que rescató Carrizo. Al respecto dice Cruz: "La poesía de los cancioneros de Carrizo contiene las manifestaciones más verídicas de nuestra cultura argentina fundacional. Ella era en sus orígenes común a todo el arco de la sociedad, tanto de los núcleos urbanos como rurales. Cuando Carrizo la recogió ya sólo entre los paisanos campesinos, fue porque allí sobrevivía como ´folclore´, pero éste no era de ningún  modo su ámbito esencial".

   "Es una poesía de tradición popular. Decimos popular por la viva vigencia que tuvo entre el pueblo, lo que según los criterios antiguos no equivalía sin masa vulgar..."

   "Tengamos presente que mientras tal poesía, en su momento popular es un fenómeno colectivo, cuando pasa luego a ser tradicional, se convierte en un hecho comunitario, es decir con identidad histórica y no con mera identificación transeúnte".

   "El pueblo como tal no crea la poesía de su patrimonio oral; esta es siempre obra de autores singulares, luego anonimados, y aún puede provenir el patrimonio de otros pueblos. Pero lo que hace y sí importa, porque es allí donde pone su sello de posesión y donde manifiesta su personalidad distintiva en este proceso de apropiación, es que adopta y tal vez adapta, elige y a veces corrige determinadas posesiones poéticas y de determinada manera".

  

   Con todo acierto nuestro autor citado nos dice que los temas de la poesía fundacional argentina en sus mejores expresiones, son temas tomados de la cosmovisión medieval europea y vertidos en los moldes de versificación usuales en el Siglo de Oro español, que tiene una expresión de pretensiones universales  sin peculiaridades regionalistas que se hayan buscado de intentos, empapados de religiosidad popular y aunque aparentemente menos "criollistas" paradojalmente lo más argentino que hay.  Abundar en la diferenciación del significado del Martín Fierro o el valor nacional del Martín Fierro y el significado de todo el patrimonio de lo que nosotros hemos llamado cultura argentina fundacional es una obra de la mayor envergadura, para que transiten y hundan el escalpelo en ello todos los que quieran comprender la esencia de lo nuestro, y este no es el objetivo de estas líneas, sólo para anhelar a aquellos que se sienten estudiosos de lo nuestro y desprovistos de preconceptos lo puedan hacer. Pero también debemos hacer una aclaración: defender la cultura que ingresa por el norte del país de ningún modo es hacer localismo porque, como ya lo dice Cruz, en los tiempos antiguos esta cultura y sus expresiones poéticas eran comunes al íntegro territorio argentino, e iban y venían desde Lima pasando por la gobernación del Tucumán - es decir Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Córdoba - para llegar al NE de la Pampa bonaerense y que los matices de diferencia que adquirían en esta última región - por influencia del Paraguay - eran mínimos dentro del cause común que las unía  a todas en una sola correntada por el camino del Perú. A su vez Cuyo - Mendoza, San Juan y San Luis - recibían desde Chile las influencias nacidas de una misma e igual vertiente, la virreinal peruana. Así lo afirma Cruz que los viejos cancioneros bonaerenses lo demuestran pese al escaso material documentado y lo mismo lo hacía, para las provincias cuyanas, en 1938, el "Cancionero popular cuyano" de Juan Draghi Lucero.

   ¿Por qué esta homogeneidad cultural desapareció más aceleradamente al sur de la patria que al norte, hasta el punto que muchos llegaron a creer con el tiempo que los versos del "Martín Fierro" eran una cabal muestra del cancionero fundamental?, se pregunta Miguel Cruz y luego afirma que seguramente, porque la Modernidad invadió por el Atlántico haciendo su desembarco en el Puerto de Buenos Aires.

   También y permítaseme la extensión de estas reflexiones, es digna de hacer una rápida mención a quienes valoraron la obra de Juan Alfonso Carrizo, entre ellos el conocido poeta y dramaturgo español José María Pemán, quien conoció a Carrizo en una sesión de la Academia de Letras y se citaron para verse al día siguiente en lo que Pemán llama "el laboratorio de su brujería" en la modesta casa de Carrizo en la calle Chimborazo de Buenos Aires. Sólo repito lo que escribe Pemán y cita Cruz "Me enseña (Carrizo) sus baterías de trabajo. Ha logrado un fichero con millares de papeletas, de todos los cancioneros españoles. Gracias a él, en cuanto caza un cantar por esos cerros y cuestas, puede investigar su pedigrí español. Los apuntes que él trae del campo y las papeletas de su armario se aproximan como dos polos eléctricos y entre los dos, invariablemente, salta la tradición española. Y es esa la voz sincera y limpia de todo un pueblo: el pensar, el sentir, el amar, el burlar y el llorar de la Argentina. Y todo encuentra su hondura materna, su eco fraternal en los cancioneros españoles. El armario de Carrizo es cancela de novios, reja de flores, donde Argentina y España se cambian sus coplas. Allí pelan la pava, dialogan, hacen ´payada´. Muchos no lo saben, pero Sevilla y Buenos Aires se han cambiado los anillos en una casita de la calle Chimborazo.  "

 

   Y por último, no puedo dejar de citar al filósofo tucumano Alberto Rougés que tuvo en sus manos los cancioneros de Carrizo y que no dudó en escribir un franco alegato donde confrontaba la cultura fundacional que los campesinos del Tucumán, a la incultura civilizada de la educación pública del país, según nos informa cabalmente Miguel Cruz citando luego afirmaciones del filósofo. Yo recojo sólo algunas: "No logramos volver nuestro asombro a los que hemos tenido la singular fortuna de ser testigos de la prodigiosa cosecha de poesía tradicional que Juan Alfonso Carrizo ha recogido en la campaña tucumana, tan intensamente industrial, donde la actividad económica parecía haber hecho desaparecer toda vida espiritual. ¿Cómo ha sido posible tal cosecha? ¿Cómo ha podido formarse y conservarse un acervo poético que, por su forma y contenido, pertenece al gran Siglo de Oro español? Si alguna vida orientada en el sentido de la cultura hay en esta campaña ¿no es lógico, acaso, que ella se encontrara en las generaciones formadas por al educación pública del país en las últimas décadas, puesto que en aquella viven numerosos egresados de institutos secundarios y no pocos que han cursado estudios universitarios?. Sin embargo, no ha sido entre ellos que Carrizo ha encontrado el acervo cultural. Lo mismo ha ocurrido en Salta, Jujuy y Catamarca. El gran tesoro ha sido hallado entre los viejos labriegos que cultivan con sus manos el solar heredado.  Y no se lo ha encontrado en la parte exterior de la personalidad de éstos, como lo están en la nuestra esas cosas que, una educación poseída por el fetichismo de la cantidad, obliga a llevar hasta los exámenes, y que no tardan en despegarse. Lo ha encontrado en el fondo mismo del alma de quienes lo llevaban. Porque esa poesía no se ha conservado en libros o en otro género de publicaciones, sino en la memoria de aquellos labradores, antiguos cantores o juglares, y en manuscritos amarillentos de puro viejos, que nadie copia desde hace muchos años y que a nadie interesaban sino a aquéllos. Transmitido de boca en boca, de corazón en corazón, el tesoro poético ha viajado años y aún siglos para llegar a nosotros, como que en él se encuentran algunas piezas de poesía juglaresca española del siglo XVI. Para que aquel se conserve, pues, ha sido indispensable que los que lo llevaban en la memoria lo comprendieran, lo vivieran, fueran capaces de estimarlo, de gustar los delicados matices del ingenio, del sentimiento y de la expresión que hay en él. Más aún, puesto que esa poesía no se canta desde hace más de 20 años, puesto que nadie viene por ella, su conservación no ha sido posible sin la fidelidad de un gran amor, sin la conmovedora fidelidad hasta la muerte de aquellos viejos labriegos. ¿Quién entonces sería capaz de negar a éstos cultura? ¿Quién pone más fervor que ellos en valoraciones de cultura, en lo que es más esencial en éstas?

   El interrogante vuelve nuevamente a la carga: ¿cómo es posible que sean cultos esos ancianos que casi no han conocido la escuela, y que no lo sean, que carezcan de interés por las cosas de la cultura, que no las estimen, que no perciban su valor, los hijos y nietos de aquéllos, beneficiarios de la, al parecer, considerable obra de educación que realiza el país? ¿Es por ventura posible que no sena cultos, que carezcan de valoraciones de cultura, de un interés, serio por ésta, los hombres formados por la sociedad nueva, sociedad de vida fácil, orgullosa de su poder material y de su riqueza? Pero ahí están los hechos, hechos que todo el mundo puede comprobar aún. Ahí está la realidad, evidente, paradójica, conturbadora, angustiosa. Desde el punto de vista de la cultura ¡qué triste papel  hacia la casi unanimidad de los egresados de nuestra enseñanza superior, en relación a aquel anciano admirable, D. Apolinario Barber, muerto ahora poco, de más de noventa años, que le dictó a Carrizo más de doscientas composiciones  que se sabía de memoria, salvando así del olvido a verdaderas joyas poéticas! ¿Será que nuestra educación pública es impotente para refrenar la tendencia excesivamente materialista de nuestro ambiente social, su orientación casi exclusiva hacia finalidades puramente económicas? ¿O será que la concepción de la vida humana que intenta realizar nuestra educación pública es esencialmente materialista? Estamos sin duda en una de esos círculos viciosos tan frecuentes  en los fenómenos de la vida: la educación se explica por la sociedad y la sociedad se explica por la educación. La culpa es de ambas, pues".

 

Consideraciones finales

 

   Más o menos a a la mitad de su trabajo, el Dr. Buela dice algo con lo cual coincido totalmente: que el orden criollo implica la existencia de una cosmovisión, o sea una visión totalizadora del hombre, del mundo y de sus problemas. Para mí es lo que yo llamo la cosmovisión de la Hispanidad, la que produce un tipo de idiosincrasia que es común a todos, que nos hace sentir y reaccionar de una manera semejante donde quiera que vivamos. Afirma José M. Pérez Prendes que "ser iberoamericano es simplemente poseer un talante, una actitud ante la vida y las cosas, postura que se define radicalmente para implantar ese mismo orden según la cual la vida va antes que las cosas". En un trabajo suyo este autor nos dice textualmente "si algo puede dar Iberoamérica al mundo es su modo de verle, su modo de vivirle a los que sólo se plantean la posibilidad de explotarle y consumirle." (*2). Es esa vieja idiosincrasia con que nos encontramos en todos los viejos criollos de pueblos, aldeas, parajes y barrios populares argentinos. Esa idiosincrasia  donde tiene mucho que ver, como lo dice en un brillante trabajo suyo Alberto Buela, expresando que "los elementos estructurales de nuestra conciencia iberoamericana están dados por la mixtura o simbiosis, este último término no esta tomado ni de la química ni de la psicología, sino en su sentido etimológico estricto (syn = con) (bios = vida) de lo católico - no está tomado aquí como categoría confesional, sino antropocultural - y lo indo tomado aquí como cosmovisión y no como dato arqueológico."  (*3)

 

   Otra coincidencia con el Dr. Buela es la caracterización de rasgos de lo hispánico a través de los valores jerárquicos y no horizontales (los padres mandan y los hijos obedecen); el sentido de la libertad, el valor de la palabra empeñada y la preferencia de sí mismo.

   Como aporte particular podría decir que  a mi parecer hay tres clases o tipos de criollos: el que podría designarse como criollo originario, aquél cuyos antepasados se encuentran entre los primeros pobladores y conquistadores llegados a América, cuya inmensa mayoría se mestizó con los pueblos aborígenes. Estos criollos son de origen biológico y cultural. Los segundos serían aquellos descendientes de españoles venidos después de nuestra independencia y de todos los europeos asiáticos venidos antes o después de  la constitución de 1853, y por último, los criollos culturales, aquellos que no tienen  sangre nativa por ninguno de sus 4 abuelos, 8 bisabuelos y 16 tatarabuelos, pero que han nacido en este país, lo aman y aman su cultura asumiéndola totalmente.

   Y por último, y acá vuelvo a coincidir con el Dr. Buela, en nuestro orden criollo la primacía no se obtiene por la antigüedad - por supuesto en el país - sino "acá la primacía la tiene aquel que llevó a la perfección la forma de ser americana y éste fue el criollo como producto de ese abrazo fenomenal, tanto en la lucha como en el hecho que se produjo a partir de 1492" (*4)

 

 

Notas

 

   (*1) Cruz, Miguel "Poesía popular de la Argentina criolla". Grupo del Tucumán, San Miguel de Tucumán, 1998.

   (*2) Pérez Prendes, José María, Et Al.: En "Iberoamérica, una comunidad",  Madrid, ediciones de Cultura Hispánica, 1989, Tomo II, página 835.

   (*3) Buela, Dr. Alberto, El ser de Iberoamérica, en "Ensayos iberoamericanos". Editorial Cultura et Labor. Bs. As., 1194

   (*4) Buela, Dr. Alberto "El orden Criollo", trabajo que hemos considerado en estas líneas.

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4 comentarios

Pablo Q. -

Excelente. Creo que uno de nuestor grandes problemas es el de la identidad; si todos nos preocuparamos por indagar un poco mas en nuestras raíces la Argentina sería otra.Alguien dijo por ahí que los paises que tienen identidad cultural pueden realizar una buena decantación de todo lo que ha traído la globalización.

Cruz y Fierro -

Lamentablemente (o no), creo que es un trabajo de muchos años. Para contar nuevamente con esos "criollos arquetípicos" hay que formarlos, ayudándolos a reconocerse y redescubrir la tradición, defenderla y reconquistarla. Formar una clase dirigente o élite, y un pueblo que acompañe. Al menos ésa es mi opinión.

Daniel -

Despues de leer los excelentes artículos de los profesores Buela y Tejerina, me pregunto cómo podemos hacer para que nuestra Patria vuelva a ser gobernada por esos criollos arquetipicos que ellos describen.

Cruz y Fierro -

Excelente comenterio.
Casualmente, unos días antes dejaba yo un mínimo comentario en el mismo sentido (aunque no tan erudito como el del Prof. Tejerina) aquí: http://bitacorapi.blogia.com/2006/111301-que-nos-dejo-el-siglo-xvi.php#200611130120061116212551

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