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EL NACIONALISMO INDIGENISTA. POSIBILIDADES Y LÍMITES

EL NACIONALISMO INDIGENISTA. POSIBILIDADES Y LÍMITES

Vicente BLANQUER


  Antes de iniciar este artículo quisiera hacer una justificación del mismo y una descripción de la realidad cultural de dos de los países con mayor fuerza de peso del indigenismo. Generalmente la distancia suele actuar como una lente de aumento agrandando problemas que vistos de cerca son menores que la idea que de ellos nos hacemos, sobre todo cuando faltos de elementos nos aproximamos a ellos no desde la contemplación de sí mismos sino acudiendo a la analogía de otros problemas que conocemos mejor. Internet ha permitido, sin embargo, un intercambio de información mucho mayor y más rápido que puede ayudarnos a subsanar esta dificultad de inicio.

  El propósito de este artículo es no sólo describir la amenaza del indigenismo, como ideología opuesta al hispanismo, sino conocerlo mejor para saber cuál es el alcance de la amenaza y hasta qué punto constituye un desafío al proyecto hispánico.
  Vamos a centrarnos sólo en el área andina porque es, aparentemente, donde los analistas internacionales prevén mayores posibilidades de desarrollo de movimientos indigenistas. Cuando leí por primera vez a Isaac Bigio de la London Scool of Economics y a Mark Falcoff del American Enterprise Institute for Public  Policy Research en su artículo “Los últimos días de Bolivia” me quedó la duda de si los intelectuales anglosajones estaban haciendo un análisis de los hechos, limitándose a ver lo que pasaba, o si había algo más. El artículo de Isaac Bigio sobre el nacionalismo aymara nos presenta a los nacionalistas aymaras como furibundos antiimperialistas americanos cuyo objetivo es impedir la salida del gas de Bolivia a Estados Unidos y cómo la única alternativa de los hispanófonos iba a ser crear su propio Estado, dejando el altiplano abandonado a la droga, a la política, a la corrupción y al subdesarrollo.
  Pero había algo que no encajaba. No es la primera vez que Wal Street coquetea con sus enemigos jurados; lo hicieron con el bolchevismo, lo hicieron con el fundamentalismo iraní, lo hicieron con los talibanes, lo hicieron con Sadam Hussein y, posiblemente, lo seguirán haciendo.

  Entonces si en el altiplano no hay nada, no hay intereses estratégicos ni petróleo sino sólo patatas ¿para qué crear un Estado más? Posiblemente la respuesta esté en que sí hay algo que genere dinero: la coca. Según el F.M.I. la droga inyecta en los mercados financieros anualmente 500.000 millones de dólares. Estados Unidos ha abanderado la lucha internacional contra el narcotráfico, pero en esta “lucha” quien no distingue entre los medios y los fines corre con frecuencia el peligro de traspasar la fina línea que separa lo lícito de lo ilícito. Para perseguir el narcotráfico los americanos crearon la figura del agente encubierto o infiltrado, al que se le permitía vulnerar la ley con el objetivo de obtener información. El problema es saber ¿cuál es el límite de esta obtención de información? Y ¿cuál es el objetivo de ese agente oculto? Si actúa demasiado pronto su misión se hunde, pero si lo que se pretende es un logro a largo plazo cabe preguntar  ¿Qué se desea? ¿acabar con el narcotráfico?, ¿controlar el narcotráfico?, o ¿canalizar el narcotráfico? El Doctor John Coleman, ex oficial de los servicios secretos americanos explica en su obra “Terror in the Skies” (1989) algunas peculiaridades de la revolución iraní. Si los ayatolahs pusieron el fanatismo los británicos pusieron el dinero. ¿Por qué la administración Carter no suspendió la venta de armas a Irán ni siquiera durante la crisis de los rehenes? Pues porque ello habría afectado al monopolio que el M I 6 ejercía sobre el tráfico del opio; “para controlarlo,” evidentemente. Otros autores como Meter Dale Scott, Alfred W. McCoy o Gary Weber han investigado esta “estrategia de lucha contra el narcotráfico” que al final se resume en “controlar” el narcotráfico, es decir sustituir a los narcotraficantes en su función. El libro de Peter Dale Scott, “Cocaine: Drugs and the C.I.A. in Central America” analiza el papel de la contra en la financiación del derrocamiento del sandinismo. El libro “Dark Alliance: The C.I.A., the Contras and the Crack Cocaine Explosion” de Gary Webb explica cómo el tráfico de cocaina y crack se “controlaba”, canalizándolo hacia ambientes marginales donde, de un modo u otro, habría llegado de todos modos, es decir hacia los ghettos negros e hispanos. Los ex agentes de la D.E.A. Michael Levín y de la C.I.A. Celerino Castillo III también abordan el tema en sendos libros: “The Big White Lie: The C.I.A.  and the Cocaine Crack Epidemia: An Undercover Odyssey”, (New Cork 1993) y “Powderburns: Cocaine, Contras and the Drug War" (Oakville, Notario, 1994).
   El antiamericanismo verbal no ha impedido a la C.I.A. hacer negocios con el opio de los talibanes y probablemente será una licencia que se tolere a Evo Morales mientras no se salga de la raya.

   Los nacionalismos centrífugos pueden relacionarse con la globalización como fenómeno no sólo político sino ideológico. El vaciamiento de contenido de función del Estado nación por parte de los organismos supranacionales crea una situación propicia para que los localismos denuncien el carácter superfluo del Estado e intenten reemplazarlo, entendiéndose directamente con tales instituciones. Los Estados Unidos a través del National Endowment for Democracy y el American Enterprise Institute, los KOMINTERN del liberalismo de obediencia a Washington, de hecho impulsan la descentralización y las iniciativas locales en un país como  modo de luchar contra la corrupción, es decir de neutralizar a aquellos que se oponen a la política estadounidense, cuando el único modo de luchar contra la corrupción es precisamente el inverso: reforzar el control y la supervisión pública sobre los poderes locales, los más vulnerables a este fenómeno. El instrumento de esta política son las llamadas Organizaciones No Gubernamentales, que son no gubernamentales en relación a los gobiernos en cuyos países actúan pero si seguimos su financiación a través de fundaciones “humanitarias,” como la Fundación Carnagie o la Fundación Rockefeller, cuya relación con determinados gobiernos hace que no se sepa dónde acaban dichos gobiernos y dónde empiezan determinadas fundaciones, la respuesta se nos presenta un poco menos clara. Como decía alguien en Brasil, hay más O.N.G.s. defendiendo los indios que indios mismos.

   Pero no nos apartemos del tema central, ¿es viable la reconstrucción del Tahuantinsuyu como preconiza Evo Morales? En primer lugar habría que preguntarse si Evo Morales sabe lo que era el Tahuantinsuyu porque no era, como él sostiene, un Estado indígena sino un Estado quechua, esto es de los antepasados de aquellos que sometieron a los aymaras, es decir, a su pueblo.
   El quechua, o runa simi, lengua de los humanos, se ha fragmentado en dos ramas, el waywash y el wampuna, las cuales se subdividen a su vez en siete lenguas en función de su intercomprensibilidad. El lingüista peruano Alfredo Torero señala el ancash y el tarma en Huanuco, el huanta en Jauja, el cañari en Cajamarca, el chachapolla en Lamas y el quechua meridional de Ayacucho y Cuzco en Perú y de Cochabamba y Potosí en Bolivia.
   De modo tal que el runasimi de los Incas es tan parecido al tarma o al huanca como el francés o el español al latín. Por otro lado no existe un correlato entre etnia y lengua porque el “quechua” que se habla hoy en zonas que nunca han sido quechuófonas es consecuencia de un proceso de expansión del quechua como consecuencia de la catequización de grupos como los chancas o los cañaris, enemigos históricos de los Incas, y lingüísticamente distintos en el momento de la conquista. El problema es que el pecado capital de occidente es la abstracción que nos lleva a olvidar que lo indígena es un término relativo inventado por extranjeros que definen a estos pueblos en relación a si mismos, es decir no por lo que son sino por lo que no son. No hay una esencia indígena. Y resulta sorprendente que la izquierda tan crítica, cuando le da la gana, respecto de lo que llama esencialismo nacionalista no vea o no quiera ver que los indígenas existen sólo en relación a quienes no se consideran tales e incluso si fuéramos un poco rigurosos diríamos que el concepto de indígena, endo genos, nacido de dentro, es aplicable a cualquier grupo humano y por tanto todos somos indígenas de algún lado.

  La izquierda indigenista suele pasar por alto que si hoy conocemos la literatura y la historia indígenas es gracias a que la malvada España introdujo el alfabeto entre pueblos ágrafos que no habían pasado de la escritura ideográfica o pictográfica. La izquierda reivindica el odio al blanco sin caer en la cuenta de que los aymaras no fueron conquistados por los españoles sino por los Incas y que difícilmente podían arrebatarles una independencia que no tenían. Los indigenistas olvidan que la correlación étnica de América se alteró de forma irreversible durante la época española como consecuencia del impacto de las enfermedades, de modo tal que los quechuas en Perú, por ejemplo, son el 16% de la sociedad. Y digo que es irreversible este cambio porque el único modo de revertirlo es mediante la guerra y el genocidio. Por esta razón la ideología del genocidio es tan importante en la mitología del nacionalismo indigenista: no tanto porque arroje luz sobre el pasado cuanto porque permite justificar el futuro. No en vano Mark Falcoff ha destacado que Robespierre y no Locke es el impulsor de estos movimientos. Estos indigenistas como Felipe Quispe, ex comandante del “Ejército Guerrillero Tupac Katari”, la  E.T.A. aymara, hoy reconvertido a la agitación de masas, siempre plantean su reivindicación del quechua y del aymara en relación al español y no de los idiomas que perdieron terreno frente al quechua y al aymara precisamente por la dominación española. El indigenismo de Felipe Quispe tiene poco que decir de los chipayas o los yurus sometidos por los aymaras. ¿Qué solución daría Felipe Quispe a los quechuas de Cochabamba y de Potosí que en principio eran zonas aymarófonas?
   ¿Y cuál sería la situación de la mayoría hispanófona de Bolivia? Porque - no lo olvidemos - el español es la lengua mayoritaria de los bolivianos pues el indígena no es ningún idioma.

EL GOBIERNO HUMILLA A ESPAÑA EN LOS ÁMBITOS INTERNACIONALES

EL GOBIERNO HUMILLA A ESPAÑA EN LOS ÁMBITOS INTERNACIONALES

Adolfo MONCADA

 

  Difícil resulta, salvo como muestra de torpeza manifiesta, que los errores gubernativos trasciendan a la opinión pública de una forma tan continua en un punto concreto de gestión. Por desgracia ya casi nos hemos acostumbrado a que la Política Exterior española navegue sin rumbo fijo, nivelándose con la de cualquier país del subdesarrollo. Nos ha llegado a parecer algo tan habitual que, inmersos en la vorágine del chalaneo estatutario, ya ni tan siquiera es noticia o merece mayor espacio en las sesiones de control parlamentario.

  En pocos días el gobierno ha humillado varias veces a España, bien de forma directa o bien como consecuencia de sus acciones, en el ámbito internacional. Cada vez que trasciende una noticia sobre el papel que aún está desempeñando nuestro país en Irak, lugar de donde fuimos retirados de forma nada gloriosa, no sólo se pone de manifiesto cómo el gobierno engaña a los ciudadanos sino que, además, se descubran las humillantes condiciones en que seguimos allí. Para nadie es un secreto que el gobierno pactó la retirada de Irak, básica para sostener la imagen de un ZP aún tambaleándose por un inesperado triunfo, mediante la compensación, enviando tropas a Afganistán; para nadie es hoy un secreto que España continua en Irak, tal y como ha puesto de manifiesto el caso de la fragata Álvaro de Bazán. Continuamos, sí, pero de forma humillante, con misiles alquilados a los EEUU y con oficiales norteamericanos a bordo como únicos depositarios de las claves de los mismos. Ante esto es necesario recordar que un barco de guerra es tan territorio español como el lugar más recóndito de la serranía de Ronda.

  Nuevamente España ha sido humillada internacionalmente cuando Hugo Chávez ha desvelado los términos del acuerdo que ZP presentó, nada más iniciar su labor en la Moncloa, como la brillante gestión que permitiría salvar la industria naval en crisis, para la construcción de una serie de patrulleras destinadas a Venezuela. Ahora resulta que el presidente venezolano no quería para nada los barcos, que formaban parte de un lote que le permitiría adquirir aviones militares con tecnología americana. El lógico veto norteamericano a la venta ha levantado la persiana de la trastienda y dejado en suspenso el futuro del pedido. La humillación ha venido, en esta ocasión, de la mano del presidente Chávez: yo compraba los barcos porque Zapatero me dijo que España estaba necesitada.

  La tercera humillación es obra directa de Rodríguez Zapatero. Por fin un presidente del gobierno, ejerciendo como tal, visitaba Ceuta y Melilla. Una visita con truco, una visita en la que el presidente se niega a dar rueda de prensa alguna, que emite un simple comunicado y que evita, conscientemente, proclamar la españolidad de las ciudades. Al mismo tiempo, como si estuviera orquestado, Marruecos vuelve a reclamar la soberanía sobre "los presidios"; al mismo tiempo, el embajador marroquí en España aboga por incluir el tema de la soberanía de las ciudades en la agenda España-Marruecos sin prejuicios de ningún tipo. Como estrambote, como humillante estrambote, el diario que jalea y dirige al gobierno, según el momento, felicita al presidente por realizar el viaje sin herir la sensibilidad del trono alahuita.

"POESÍA INFANTIL RECITABLE". Nueva sección: Crítica literaria.

"POESÍA INFANTIL RECITABLE". Nueva sección: Crítica literaria.

Juan V. OLTRA

  Lo reconozco. Resulta extraño encontrar una crítica a un libro que no es novedad editorial. Más cuando se trata de un volumen dedicado a los niños. Una rareza digna de ser catalogada si además la materia principal es la poesía; y ya si les digo que para encontrar un ejemplar hay que bucear entre toneladas de ácaros y polvo en librerías de viejo y ocasión, quizá estén pensando en localizar el teléfono del manicomio más cercano a mi domicilio. Pero créanme, merece la pena la inversión en tiempo y dinero.

  El libro en cuestión se trata de “Poesía infantil recitable”, de José Luis Sánchez Trincado, editado en vísperas del holocausto que sumergió a España en llamas en 1936. Contó, creo, con dos ediciones, la príncipe de 1935 y la que yo manejo, del 36. Después, no estaban niños ni adultos para poesías.

  Resulta un texto delicioso, no sólo por ver una selección de poesías de clásicos como Lópe de Vega, Tirso de Molina, Timoneda, Quevedo o Góngora, conviviendo con las, para la época, más recientes de Unamuno o de Ramón del Valle Inclán. No; eso lo podemos disfrutar en cientos de compilaciones semejantes, aunque sí recurriendo a los tópicos y no a una criba tan exquisita como la que nos ocupa. Es otro elemento que lo convierte en un libro único. Y, lamentablemente, con las circunstancias vividas desde entonces hasta la fecha, también irrepetible.

  En este ejemplar encontramos juntas poesías de los Machado… de los dos hermanos, algo que, con su permiso, me retrotrae a la lectura de las memorias de José Luis Sáenz de Heredia quien, cito de memoria, decía que el mejor poeta de España se había llamado Machado, pero al contrario de lo que la gente creía, su nombre de pila no era Antonio sino Manuel.

  Podemos ver juntos de igual manera los nombres de Ramón de Basterra, con fragmentos entre otros de su “Vírulo”, y de García Lorca, algo que no importó desde luego a Basterra, fallecido tiempo atrás, ni creo que a Federico, de quien a pesar de su significación política, se hizo leyenda su amistad con José Antonio Primo de Rivera, algo plausible dada la cercanía de sus tertulias en el Orkompon. Claro que eso sucedió tiempo antes de que algún crítico de ocasión y opereta catalogara a Basterra como un poeta fascista (lo que se hubiera reído don Ramón de eso, fallecido en 1928 en un hospital psiquiátrico, con su cabeza ida tiempo antes de que nadie en España supiera lo que era el fascismo).

  Pero lo más llamativo, lo que me hizo lanzarme tras este libro como un ave de presa, lo que me hizo verlo ya en los anaqueles que reservo a las obras compradas para mis hijos, lo que me hizo palpitar como cuando se contempla un amanecer, fue ver juntos a Foxá y a Alberti.

  Agustín de Foxá, una de las mentes más afiladas de la época y uno de los autores del himno falangista, el “Cara al Sol” (a mi gusto, junto con la anarquista “A las barricadas”, las dos mejores canciones de combate que jamás se han compuesto en la historia de la humanidad)  y Rafael Alberti, quien pocos meses después de la impresión de ese volumen se encontraría en pleno “tour” de agitación y propaganda comunista por la piel de toro. Rafael Alberti que pasó de saludar a la romana a Giménez Caballero en su Gaceta Literaria a conformar, junto con César Arconada y otros, el primer núcleo intelectual comunista en España.

  No, verdaderamente no sería fácil ver estas firmas juntas. Una compilación imposible de emular, tanto por la calidad de la poesía recogida como por el contraste que despertaría a cualquier editor polarizado por las tendencias que rompieron armas en el 36, que son todos. Y es que aunque los ciudadanos intenten superar viejas cicatrices, los gestores de la comunicación, los dueños de la información… no nos lo permiten.

LEYENDA NEGRA: BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (Lectura recomendada para indigenistas)

LEYENDA NEGRA: BARTOLOMÉ DE LAS CASAS (Lectura recomendada para indigenistas)

  Vittorio MESSORI

 

  El célebre periodista italiano aborda en este trabajo la figura del fraile dominico que tan poderoso influjo ejerció en el rey Carlos I y en sus normas sobre la conquista y poblamiento de América por los españoles. Su obra "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" modificó la imagen de España en el imaginario colectivo de los europeos, actuó como eficaz arma de guerra psicológica y, en definitiva, su huella se encuentra en el sustrato del pensamiento indigenista. Desconocemos si los actuales presidentes de Cuba, Venezuela y Bolivia secuentan entre los lectores del P. Las Casas pero lo cierto es que gustan de recurrir a los tópicos, las hipérboles y las rotundas falsedades que proliferan en las páginas del dominico. Recomendamos la lectura de las líneas que siguen a los Excelentísimos Señores Castro, Chávez y Morales, así como a todos los igualmente afectados por la ignorancia y la demagogia.

 

  A Bartolomé de Las Casas se le atribuye la responsabilidad de la colonización española de las Américas. Un nombre que se saca siempre a relucir cuando se habla de las más afortunadas de sus obras, con un título que en sí constituye un programa: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Una destrucción; si así define un español, para más señas fraile dominico, la conquista del Nuevo Mundo, ¿cómo encontrar argumentos en defensa de esa empresa? ¿Acaso el proceso no se cerró con un inapelable veredicto en contra para la colonización ibérica?

  Pues no, no se cerró en absoluto. Es más, la verdad y la justicia imponen el que no se acepten sin críticas las invectivas de Las Casas; para usar la expresión que utilizan los historiadores más actualizados, ha llegado el momento de someterlo a una especie de proceso, a él, tan furibundo en los que iniciaba contra otros.

  En primer lugar, ¿quién era Las Casas? Nació en Sevilla en 1474, hijo del rico Francisco Casaus, cuyo apellido delata orígenes judíos. Algunos estudiosos, al realizar un análisis psicológico de la personalidad compleja, obsesiva, «vociferante», siempre dispuesta a señalar con el dedo a los «malos», de Bartolomé Casaus, convertido luego en el padre Las Casas, han llegado incluso a hablar de un «estado paranoico de alucinación», de una «exaltación mística, con la consiguiente pérdida del sentido de la realidad». Juicios severos que, sin embargo, han sido defendidos por grandes historiadores como Ramón Menéndez Pidal.

  Se trata de un estudioso español, por lo que se podría sospechar de parcialidad.

  Pero William S. Maltby no es español, sino norteamericano de orígenes anglosajones, profesor de Historia de Sudamérica en una universidad de Estados Unidos, y en 1971 publicó un estudio sobre la «leyenda negra», los orígenes del mito de la crueldad de los «papistas» españoles. Maltby escribió, entre otras cosas, que «ningún historiador que se precie puede hoy tomar en serio las denuncias injustas y desatinadas de Las Casas» y concluye: «En resumidas cuentas, debemos decir que el amor de este religioso por la caridad fue al menos mayor que su respeto por la verdad

  Ante este fraile que con sus acusaciones inició la difamación de la gigantesca epopeya española en el Nuevo Mundo, hubo quienes pensaron que tal vez sus orígenes judíos entraron en juego inconscientemente. Como si se tratara de un resurgir de la hostilidad ancestral contra el catolicismo, sobre todo el español, culpable de haber alejado a los judíos de la península Ibérica. Con demasiada frecuencia se escribe la historia dando por sentado que sus protagonistas se comportan pura y exclusivamente de forma racional y no se quiere admitir (¡precisamente en el siglo del psicoanálisis!) la influencia oscura de lo irracional, de las pulsiones ocultas incluso para los mismos protagonistas. Por lo tanto, es muy posible que ni siquiera Las Casas haya podido sustraerse a un inconsciente que, a través de la obsesiva difamación de sus compatriotas, incluidos sus hermanos religiosos, respondía a una especie de venganza oculta.

  Sea como fuere, el padre de Bartolomé, Francisco Casaus, acompañó a Colón en su segundo viaje al otro lado del Atlántico, se quedó en las Antillas y, confirmando las dotes de habilidad e iniciativa semíticas, creó una gran plantación donde se dedicó a esclavizar a los indios, práctica que, como hemos visto, había caracterizado el primer período de la Conquista y, al menos oficialmente, sólo ese período. Después de cursar estudios en la Universidad de Salamanca, el joven Bartolomé partió con destino a las Indias, donde se hizo cargo de la pingüe herencia paterna, y hasta los treinta y cinco años o más, empleó los mismos métodos brutales que denunciaría más tarde con tanto ahínco.

  Gracias a una conversión superaría esta fase para convertirse en intransigente partidario de los indios y de sus derechos. Tras su insistencia, las autoridades de la madre patria atendieron sus consejos y aprobaron severas leyes de tutela de los indígenas, lo que más tarde iba a tener un perverso efecto: los propietarios españoles, necesitados de abundante mano de obra, dejaron de considerar conveniente el uso de las poblaciones autóctonas que algún autor define hoy como «demasiado protegidas», y comenzaron a prestar atención a los holandeses, ingleses, portugueses y franceses que ofrecían esclavos importados de África y capturados por los árabes musulmanes.

  La trata de negros (colosal negocio prácticamente en manos de musulmanes y protestantes) sólo afectó de forma marginal a las zonas bajo dominio español, en especial y casi en exclusiva, a las islas del Caribe. Basta con que viajemos por esas regiones cuya población, en la zona central y andina, es en su mayoría india y, en la zona meridional entre Chile y Argentina, exclusivamente europea, para que podamos comprobar que es raro encontrar negros, a diferencia del sur de Estados Unidos, Brasil y las Antillas francesa e inglesa.

  Sin embargo, aunque en número reducido en comparación con las zonas bajo dominio de otros pueblos, los españoles comenzaron a importar africanos, entre otros motivos porque no se extendió a ellos la protección otorgada a los indios, implantada en tiempos de Isabel la Católica y perfeccionada posteriormente. Aquellos negros podían ser explotados (por lo menos en las primeras épocas, pues incluso a ellos les iba a llegar una ley española de tutela, cosa que nunca iba a ocurrir en los territorios ingleses), pero hacer lo mismo con los indios era ilegal (y las audiencias, los tribunales de los virreyes españoles, no solían ir con bromas). Se trata pues, de un efecto imprevisto y digamos que perverso de la encarnizada lucha emprendida por Las Casas que, si bien se batió noblemente por los indios, no hizo lo mismo por los negros a los que no dedicó una atención especial, cuando comenzaron a afluir, después de ser capturados en las costas africanas por los musulmanes y conducidos por los mercaderes de la Europa del norte.

  Pero volvamos a su conversión, determinada por los sermones de denuncia de las arbitrariedades de los colonos (entre los que él mismo se encontraba) pronunciados por los religiosos -lo cual confirma la vigilancia evangélica ejercida por el clero regular-. Bartolomé de Las Casas se ordenó cura primero y luego dominico y dedicó el resto de su larga vida a defender la causa de los indígenas ante las autoridades de España.

  Es preciso que reflexionemos, en primer lugar, sobre el hecho de que el ardiente religioso haya podido atacar impunemente y con expresiones terribles no sólo el comportamiento de los particulares sino el de las autoridades. Por utilizar la idea del norteamericano Maltby, la monarquía inglesa no habría tolerado siquiera críticas menos blandas, sino que habría obligado al imprudente contestatario a guardar silencio. El historiador dice también que ello se debió «además de a las cuestiones de fe, al hecho de que la libertad de expresión era una prerrogativa de los españoles durante el Siglo de Oro, tal como se puede corroborar estudiando los archivos, que registran toda una gama de acusaciones lanzadas en público -y no reprimidas- contra las autoridades».

  Por otra parte, se reflexiona muy poco sobre el hecho de que este furibundo contestatario no sólo no fue neutralizado, sino que se hizo amigo íntimo del emperador Carlos V, y que éste le otorgó el título oficial de protector general de todos los indios, y fue invitado a presentar proyectos que, una vez discutidos y aprobados a pesar de las fuertes presiones en con­tra, se convirtieron en ley en las Américas españolas.

  Nunca antes en la historia un profeta, tal como Las Casas se consideraba a sí mismo, había sido tomado tan en serio por un sistema político al que nos presentan entre los más oscuros y terribles.

  Por lo tanto, las denuncias de Bartolomé de Las Casas fueron tomadas radicalmente en serio por la Corona española, lo cual la impulsó a promulgar severas leyes en defensa de los indios y, más tarde, a abolir la encomienda, es decir, la concesión temporal de tierras a los particulares, con lo que causó graves daños a los colonos.

  Jean Dumont dice al respecto: «El fenómeno de Las Casas es ejemplar puesto que supone la confirmación del carácter fundamental y sistemático de la política española de protección de los indios. Desde 1516, cuando Jiménez de Cisneros fue nombrado regente, el gobierno ibérico no se muestra en absoluto ofendido por las denuncias, a veces injustas y casi siempre desatinadas, del dominico. El padre Bartolomé no sólo no fue objeto de censura alguna, sino que los monarcas y sus ministros lo recibían con extraordinaria paciencia, lo escuchaban, mandaban que se formaran juntas para estudiar sus críticas y sus propuestas, y también para lanzar, por indicación y recomendación suya, la importante formulación de las "Leyes Nuevas". Es más: la Corona obliga al silencio a los adversarios de Las Casas y de sus ideas.»

  Para otorgarle mayor autoridad a su protegido, que difama a sus súbditos y funcionarios, el emperador Carlos V manda que lo ordenen obispo. Por efecto de las denuncias del dominico y de otros religiosos, en la Universidad de Salamanca se crea una escuela de juristas que elaborará el derecho internacional moderno, sobre la base fundamental de la «igualdad natural de todos los pueblos» y de la ayuda recíproca entre la gente.

  Se trataba de una ayuda que los indios necesitaban de especial manera; tal como hemos recordado (y a menudo se olvida) los pueblos de América Central habían caído bajo el terrible dominio de los invasores aztecas, uno de los pueblos más feroces de la historia, con una religión oscura basada en los sacrificios humanos masivos. Durante las ceremonias que todavía se celebraban cuando llegaron los conquistadores para derrotarlos, en las grandes pirámides que servían de altar se llegaron a sacrificar a los dioses aztecas hasta 80.000 jóvenes de una sola vez. Las guerras se producían por la necesidad de conseguir nuevas víctimas.

  Se acusa a los españoles de haber provocado una ruina demográfica que, como vimos, se debió en gran parte al choque viral. En realidad, de no haberse producido su llegada, la población habría quedado reducida al mínimo como consecuencia de la hecatombe provocada por los dominadores entre los jóvenes de los pueblos sojuzgados. La intransigencia y a veces el furor de los primeros católicos desembarcados encuentran una fácil explicación ante esta oscura idolatría en cuyos templos se derramaba sangre humana.

  En los últimos años, la actriz norteamericana Jane Fonda que, desde la época de Vietnam intenta presentarse como «políticamente comprometida» defendiendo causas equivocadas, quiso sumarse al con­formismo denigratorio que hizo presa de no pocos católicos. Si estos últimos lamentan (cosa increíble para quien conoce un poco lo que eran los cultos aztecas) lo que llaman «destrucción de las grandes religiones precolombinas», la Fonda fue un poco más allá al afirmar que aquellos opresores «tenían una religión y un sistema social mejores que el impuesto por los cristianos mediante la violencia». Un estudioso, también norteamericano, le contestó en uno de los principales diarios, y le recordó a la actriz (tal vez también a los católicos que lloran por el «crimen cultural» de la destrucción del sistema religioso azteca) cómo era el ritual de las continuas matanzas de las pirámides mexicanas.

  He aquí lo que le explicó: «Cuatro sacerdotes aferraban a la víctima y la arrojaban sobre la piedra de sacrificios. El Gran Sacerdote le clavaba entonces el cuchillo debajo del pezón izquierdo, le abría la caja torácica y después hurgaba con las manos hasta que conseguía arrancarle el corazón aún palpitante para depositarlo en una copa y ofrecérselo a los dioses. Después, los cuerpos eran lanzados por las escaleras de la pirámide. Al pie, los esperaban otros sacerdotes para practicar en cada cuerpo una incisión desde la nuca a los talones y arrancarles la piel en una sola pieza. El cuerpo despellejado era cargado por un guerrero que se lo llevaba a su casa y lo partía en trozos, que después ofrecía a sus amigos, o bien éstos eran invitados a la casa para celebrarlo con la carne de la víctima. Una vez curtidas, las pieles servían de vestimentas a la casta de los sacerdotes

  Mientras que los jóvenes de ambos sexos eran sacrificados así por decenas de miles cada año, pues el principio establecía que la ofrenda de corazones humanos a los dioses debía ser ininterrumpida, los niños eran lanzados al abismo de Pantilán, las mujeres no vírgenes eran decapitadas, los hombres adultos, desollados vivos y rematados con flechas. Y así po­dríamos continuar con la lista de delicadezas que dan ganas de desearle a Jane Fonda (y a ciertos frailes y clericales varios que hoy en día se muestran tan virulentos contra los «fanáticos» españoles) que pasara por ellas y que después nos dijera si es verdad que «el cristianismo fue peor».

  Algo menos sanguinarios eran los incas, los otros invasores que habían esclavizado a los indios del sur, a lo largo de la cordillera de los Andes. Como recuerda un historiador: «Los incas practicaban sacrificios humanos para alejar un peligro, una carestía, una epidemia. Las víctimas, a veces niños, hombres o vírgenes, eran estranguladas o degolladas, en oca­siones se les arrancaba el corazón a la manera azteca

  Entre otras cosas, el régimen impuesto por los dominadores incas a los indios fue un claro precursor del «socialismo real» al estilo marxista. Obviamente, como todos los sistemas de este tipo, funcionaba tan mal que los oprimidos colaboraron con los pocos españoles que llegaron providencialmente para acabar con él. Igual que en la Europa oriental del siglo XX, en los Andes del siglo XVI estaba prohibida la propiedad privada, no existían el dinero ni el comercio, la iniciativa individual estaba prohibida, la vida privada se veía sometida a una dura reglamentación por parte del Estado. Y, a manera de toque ideológico «moderno», adelantándose no sólo al marxismo sino también al nazismo, el matrimonio era permitido sólo si se seguían las leyes eugenésicas del Estado para evitar «contaminaciones raciales» y asegurar una «cría humana» racional.

  A este terrible escenario social, es preciso añadir que en la América precolombina nadie conocía el uso de la rueda (a no ser que fuera para usos religiosos), ni del hierro, ni se sabía utilizar el caballo que, al parecer, ya existía a la llegada de los españoles y vivía en algunas zonas en estado bravío, pero los indios no sabían cómo domarlo ni habían inventado los arreos. La falta de caballos significaba también la ausencia de mulas y asnos, de modo que si a ello se añade la falta de la rueda, en aquellas zonas montañosas todo el transporte, incluso el necesario para la construcción de los enormes palacios y templos de los dominadores, lo realizaban las hordas de esclavos.

  Sobre estas bases los juristas españoles, dentro del marco de la «igualdad natural de todos los pueblos», reconocieron a los europeos el derecho y el deber de ayudar a las personas que lo necesitasen. Y no puede decirse que los indígenas precolombinos no estuviesen necesitados de ayuda. No hay que olvidar que por primera vez en la historia, los europeos se enfrentaban a culturas muy distintas y lejanas. A diferencia de cuanto harían los anglosajones, que se limitarían a exterminar a aquellos «extraños» que encontraron en el Nuevo Mundo, los ibéricos aceptaron el desafío cultural y religioso con una seriedad que constituye una de sus glorias.

CULPABILIZACIÓN AUTÓCTONA E INMIGRACIÓN MUSULMANA

CULPABILIZACIÓN AUTÓCTONA E INMIGRACIÓN MUSULMANA

Hadrien DEKORTE

  El autor ha publicado el presente artículo en la "Nouvelle Revue d’Histoire" y, aunque su análisis se centra de manera particular en el caso francés, en gran medida son aplicables a España los mismos criterios, análisis y razonamientos. Está llegando a su apogeo entre nosotros un fenómeno conocido en Francia desde hace décadas y, previsiblemente, su evolución al sur de los Pirineos no será muy distinta de la observada al norte,
 
 
  Nuestra época contemporánea está marcada por una rápida afro-islamización del Viejo Continente, sin que podamos descartar la hipótesis de una geopolítica de los movimientos migratorios con la población musulmana como vector principal. Recordemos que la historia del Islam está íntimamente ligada a la de los fenómenos migratorios de las poblaciones musulmanas en tierra de no-musulmanes y de aquellos que les han favorecido. Esta hipótesis supone que el mundo musulmán tiene intereses y que, por razones diversas, ciertas minorías influyentes del hexágono también obtendrían beneficios.

  En el lado del debe, podríamos hablar de una ideología que culpabilizaría a las poblaciones occidentales que se encontrarían moralmente desarmadas bajo una hiper-mediatización cretinizante. Se puede percibir la utilización anestesiante de un humanismo de esencia griega y cristiana que se vuelve contra aquellos que se reclaman sus herederos.

  Por el otro lado, el interés del mundo musulmán por los actuales fenómenos migratorios cae por su propio peso. Hoy como ayer, el mundo de la Cristiandad es rico y opulento. Mal nos podemos imaginar cómo el Islam podría rechazar esta bonita manzana en la que poder morder con avidez. En cambio, el beneficio que supuestas minorías hexagonales podrían obtener parece menos evidente. ¿Cómo pueden en efecto favorecer las razzias sin tarde o temprano sufrir las consecuencias?

  Es necesario saber que en geopolítica todas las hipótesis son posibles, sin olvidar lo evidente: la actual sociedad francesa, heredera de más de dos mil años de historia, no posee más que admiradores. Su cultura esencialmente católica y greco-romana esta expuesta, por su propia naturaleza, a odios recurrentes y tenaces inscritos en lo más profundo de la historia. Las antiguas enemistades contra Atenas, Roma y después Bizancio continúan todavía en nuestros días. El catolicismo, así como la Iglesia Ortodoxa, salen menos favorecidos. No faltan energías dispuestas a abatirlos, o mismamente a combatirlos.

  Ciertamente, la idea de una Francia sumisa a la dominación de otras potencias entra en contradicción con las susceptibilidades nacionales. Son muchos los que prefieren hoy en día imaginar una Francia soberana, que dirija su propio futuro y sea capaz de regular la composición de su población. La realidad dista mucho de ser ésta: la hipótesis de un territorio hexagonal convertido como muchos otros antes que él, en uno de los terrenos de "juego" de los otros, y más particularmente del islam, no es ciertamente algo que debamos subestimar.

  En la hipótesis de una geopolítica musulmana que utilizara las migraciones como factor de islamización, las poblaciones musulmanas deberían lógicamente ser llamadas a jugar un rol activo. El actual fenómeno de la violencia y la inseguridad urbana y escolar podría muy bien ser incluido en este capítulo. No habría pues ausencia de señales en el espíritu de los "jóvenes", como los "especialistas" del tema se han auto-persuadido, sino al contrario una señal muy clara, un objetivo a esperar, el de una futura sociedad francesa bajo dominación musulmana. El fenómeno llamado de los "barriadas", constituiría uno de los medios de consecución. Sería una de las manifestaciones de la "presión musulmana" o "solidaridad musulmana" visible un poco por todo el planeta y que es un factor esencial en el proceso de islamización de las sociedades no-musulmanas a través de la historia. Como en una colmena, cada uno trabaja sin saber necesariamente cual es el verdadero rol del vecino ni cual es exactamente el camino que los acontecimientos tomarán para llegar a la meta prefijada.

  La opción intelectual que consiste en estudiar tal tipo de hipótesis no presupone ni xenofobia ni racismo, sino al contrario, agudeza de razonamiento y flexibilidad de espíritu. Es necesario deshacerse de las modas de pensamiento occidental para posicionarse en lugar y en la situación del otro, es decir, del inmigrante afro-musulmán, pero igualmente en lugar y situación del hinduista de la India, de Java o de Bali, de budista de Tailandia o de Sri Lanka, o bien de un cristiano de Madagascar o de las Filipinas, todos ellos observando la evolución sobre el terreno del Islam en su propio país.

  Es igualmente necesario tener un buen conocimiento del actual fenómeno de la violencia y la inseguridad urbana y escolar (sobre el terreno y no en la comodidad del despacho). Pero sobre todo, es de urgencia aceptar el avance de nuevas hipótesis que puedan coincidir con las propias convicciones y aceptar el inconformismo intelectual.

  Nosotros los franceses no hemos estado jamás familiarizados más que con un solo tipo de división política y sociológica, el de la derecha/izquierda, heredero de la Revolución. En consecuencia, hemos cogido el "mal hábito" de observar todo a través de este "filtro" de pensamiento. Además, la universalidad supuesta de los ideales revolucionarios nos ha persuadido que tal visión del mundo era compartida por todos, mientras que la evidencia no lo confirma. Tan solo con cruzar el Canal de la Mancha podemos constatar que la bipolaridad de nuestros vecinos ingleses no es idéntica a la nuestra. Para dificultar las cosas, la propagación, a partir del siglo XIX, del liberalismo económico y del marxismo ha dividido a nuestro mundo en dos partes bien distintas, los ricos y los pobres, los explotadores y los explotados. Estas dos visiones del mundo tienen un punto en común, el de verlo por el prisma único del economicismo.

  En el dominio de la información, nuestras fuentes no son más que un reflejo caricaturesco de todo lo anterior. No hacen más que traducir el mundo en un lenguaje que nosotros, pequeños franceses, somos capaces de entender y que los mass-media son capaces de transmitir. Se expresan en un vocabulario que corresponde a conceptos que nuestra propia historia ha forjado e integrado en nuestro cerebro. Nuestras fuentes son incapaces de pronunciar palabras que traduzcan los conceptos de los otros. Son también incapaces de evocar nociones psico-afectivas como el deseo, la codicia, la envidia, la venganza y el odio, pero son perfectamente capaces de movilizar a las multitudes sobre el medio y largo plazo. De hecho, estamos persuadidos de que nuestro "mundo de la comunicación" es apto y capacitado para abrirnos al mundo real, mientras que no se percibe más que aquello que es capaz de asimilar bajo el estrecho campo conceptual de su universo semántico.

  Para mejor captar la realidad de una Francia que se "mundializa", quizás sea necesario comenzar por iniciarse a otras formas de ver el mundo para mejor comprenderlo. Así, podemos concebir que en Francia, como en el resto del mundo, existen grupos de reflexión y de poder que expresan un gran abanico de sentimientos y resentimientos de naturaleza psico-afectiva, ideológica, cultural, religiosa vis-a-vis de Francia y sus autóctonos, que escapan a nuestro universo conceptual. Podemos imaginar en consecuencia a ciertos de entre ellos bien poco contrariados de constatar la realización sobre el territorio francés de un trabajo que deseaban hacer con todas sus fuerzas pero del que no se podían encargar personal u oficialmente. Qué sutil venganza constatar como día tras día el "pequeño blanco" se retira del corazón de los barrios "sensibles" que no cesan de agrandarse.

  No podemos más que constatar la creciente inquietud, digamos el temor, que se instala progresivamente en el seno de las poblaciones autóctonas de los barrios "sensibles" y de sus márgenes. No podemos negar que este temor está generado en su mayor parte por un cuasi-sentimiento de impotencia cuyo principal componente parece de naturaleza moral y psicológica. Si el autóctono no reacciona, no es solamente por pasividad natural o por ignorancia de un tipo de violencia que le es extraño. Su aparente inacción puede explicarse por una muy fuerte presión moral: el perpetuo y omnipresente temor de una acusación de racismo. No podemos negar que hoy, de lo más bajo a lo más alto de la pirámide de responsabilidades, cada uno teme del otro una eventual revelación de cualquier tipo de indicio de pensamiento de carácter racista.

  Mientras que la acusación de racismo hacia los autóctonos es omnipresente, las urgencias de los hospitales de Francia llaman la atención sobre las estadísticas de agresiones donde las víctimas son cada vez más, después de mediados de los 80, los propios autóctonos. Esta es la exacta realidad de muchas barriadas, que no pasa por los filtros de observación de la ideología dominante. Aquí, el autóctono es el verdugo y el no-autóctono, una víctima. La situación inversa no está prevista en la programación de los circuitos de la "información".

  Si el "pequeño blanco" se repliega, si un poco por todos sitios y cada día más no osa oponerse a las provocaciones, a las agresiones, a las violaciones e incluso muertes, no es únicamente en razón de un individualismo occidental rápida y con frecuencia puesto en entredicho. Es quizás porque se le ha progresivamente enseñado el odio hacia sí mismo y de su pasado.

  Pascal Bruckner ya lo dejó bien expresado hace ya veinte años:"A priori, en efecto, pesa sobre todo Occidente una presunción de crimen. Nosotros, europeos, hemos crecido en el odio hacia nosotros mismos, en la certidumbre de que había en el corazón de nuestro mundo un mal esencial que exigía venganza sin esperanza de perdón". Día tras día y después de medio siglo, una ideología del arrepentimiento se ha expandido desde círculos intelectuales restringidos a ciertos partidos políticos, antes de convertirse en un discurso casi cotidiano del mundo sofocante de la "comunicación". Esta ideología a penetrado de tal forma en las conciencias que raros son hoy los discursos que se desmarcan claramente de las asociaciones semánticas tales como Blanco/racista, cristiano/antisemita, Occidental/colonialista, Francés/fascista. Podemos avanzar por tanto el concepto de un fenómeno cultural que ha tenido por característica colocar desde hace un cuarto de siglo al autóctono en posición de acusado de cara a las poblaciones afro-musulmanas que se ha encargado él mismo de acoger en las mejores condiciones materiales, morales y psicológicas.

  ¿Cómo este producto de la agitación neuronal de una minoría ha podido convertirse en el credo de una época? ¿Cómo hemos podido reducir a la nada, o al menos a la casi nada, el espíritu crítico, el reflejo de protección o de conservación de casi todo un pueblo? ¿Cómo es que la hipótesis de su asociación con la realidad de una afro-islamización de Francia no haya sido jamás evocada? Arrepentirse es también acoger a más y más, para mejor acoger, ¿debemos siempre arrepentirnos? Es una "inmigración de arrepentimiento".

  Francia se ha convertido en tierra de expresión de todas las revanchas. Revancha del Islam contra la Cristiandad, revancha de los colonizados contra los colonizadores, revancha de África contra Europa, revancha del Tercer Mundo contra Occidente, revancha de los árabes contra la Iglesia Católica...El francés de este inicio de siglo es un arrepentido de todo. Apenas es capaz de imaginarse como pueden existir sobre la tierra individuos más despreciables que él mismo. Esta acusación está totalmente integrada en el discurso político-mediático hasta convertirse en uno de los fundamentos de lo políticamente correcto en su versión francesa. Una acusación sin nombre, una prohibición de toda defensa a la espera de que se dicte ya la condena.

  La toma de conciencia de esta tendencia, su estudio y su descripción no son disociables de una aproximación global a las relaciones Islam/no-Islam, todo a lo largo de la historia y de la superficie terrestre. Esta aproximación choca con tres obstáculos mayores. Por una parte, la falta de interés de los historiadores por la historia mundial. Por otra parte la falta de progresos en los estudios sobre lo que Occidente considera como su "Oriente". En definitiva, la falta de interés de los occidentales por todo aquello que es exterior a su propia civilización. Si hacemos excepción de círculos muy restringidos, las relaciones del islam con el judaísmo, como con el hinduismo y el budismo, a lo largo de la historia, son completamente ignorados.

  La actualidad internacional no occidental no puede ser comentada hoy en día más que a través de un prisma contemporáneo, esencialmente dominado por la economía y por la bipolaridad derecha/izquierda, pero bien alejado de las realidades locales. Por efecto boomerang, este prisma de observación entra en contradicción con el análisis que se produce en Francia entre las diferentes comunidades, y prohíbe toda toma de conciencia de la realidad de una geopolítica de los fenómenos migratorios sobre el suelo europeo. Realmente no se podría hacer sino desde una toma de conciencia de unos universos conceptuales diferentes a los nuestros. Una parte de lo que se juega hoy en día en Europa occidental y más particularmente en Francia no es más que, de manera indirecta, el producto de nuestra propia incapacidad de imaginar otras concepciones diferentes a las que constituyen los fundamentos de nuestro mundo.

SOBRE LOS MITOS DE LAS HISTORIAS POLÍTICAMENTE CORRECTAS ACTUALES. El mito de las tres culturas

SOBRE LOS MITOS DE LAS HISTORIAS POLÍTICAMENTE CORRECTAS ACTUALES. El mito de las tres culturas

Serafín FANJUL

 ¿Cuál es la verdadera identidad de España?. La pregunta casi aburre, sobre todo tras la conversión en categorías de alcance cósmico de otras identidades mucho menores, en algunas regiones del país. Durante los años del nacional catolicismo se perfiló una imagen de cartón piedra que, por necesidad había nutrirse de la tradición heredada y del hecho innegable, de que la Península desde el siglo XI - crucial en su destino- comenzó de manera inexorable su vuelta a la gran área cultural y religiosa de la latinidad. Si ello fue bueno o malo queda a la libre estimación del opinante, pertrechado cada quien con su infalible catecismo bajo el brazo.

  Sin embargo, una vez desaparecidos en los últimos años los factores de coerción ideológica, la reacción hacia el otro extremo no se hizo esperar, y si antes se siguió como modelo y patrón histórico la pretensión de lo eterno español simbolizada en ’reclamarse de los godos’ - como en la Francia del Antiguo Régimen legistas e historiadores, si no de los godos, sí ’se hacían de los francos’ - a partir de finales de los sesenta la moda vino a dar en el rechazo de todo cuanto no implique la prefabricación de exóticos hechos diferenciales que sostengan y legitimen la no siempre santa política local de esta o aquella región, al menos en el plano retórico. En Andalucía sobre todo, por lo que hace al factor árabe. Para tal efecto se acudió a obviedades como dejar bien sentado que los españoles actuales somos resultado de las distintas aportaciones de pueblos diversos, de las aculturaciones, influencias o pérdidas a que se vio sometido el país entero. Del saldo general de la historia, en suma.

 Nadie niega tal postulado, pero el conflicto empieza apenas intentamos delimitar cuáles son los elementos dominantes o mayoritarios, en nuestros gustos, comportamientos, sentires, adscripción a una u otra manera de ver el mundo, con qué y con quiénes nos identificamos o cuál es nuestro concepto sobre el grupo humano a que pertenecemos. A partir de los viajeros-escritores del Romanticismo europeo y de la corriente historiográfica, cuyo principal exponente es Américo Castro, se ha ensamblado, con piezas muy heterogéneas, otra imagen que, como mínimo, requiere una revisión y crítica, sin ensañamiento pero sin complacencias.

  Del sepulcro del Apóstol, la espada del Cid y las joyas de la Reina Católica se ha pasado en un cierraojos - y eliminando por pecaminoso todo, lo anterior- a los surtidores del Generalife, los ojos negros de las sevillanas (sin remisión, de origen árabe) y la exquisita convivencia de las tres culturas en una España medieval no menos imaginaria que la manejada por la hagiografia contraria. De unos mitos fundacionales se ha pasado a otros, sin solución de continuidad, idénticos los mecanismos acríticos utilizados con la diferencia a favor de la primera, tal vez, de la mayor solidez de los hechos en que se basa, pues a fuerza de evidentes y sabidos, se olvidan y marginan.

  Nos guste o no, la Península Ibérica es un territorio europeo, con una larga trayectoria de afirmación de tal identidad (desde ese siglo XI antes mencionado), unas abrumadoras raíces culturales y lingüísticas adscritas al mundo neolatino y un predominio secular del cristianismo. Características nunca borradas en su totalidad y dominantes en proporción absoluta desde la misma Edad Media. No se trata de la Hispania Eterna que -según dicen - propugnaba Sánchez Albornoz, sino de procurar el esbozo del problema en términos menos grandiosos y excepcionales, entendiendo que los fenómenos sociales aquí acaecidos en el fondo y en las formas no difieren mucho de los habidos en otras latitudes europeas, africanas o asiáticas, pese al cúmulo de matices que, sin duda, conforman nuestra cultura y nuestra sociedad. De modo nada paradójico, Castro y Sánchez Albornoz vienen a coincidir por vías opuestas en el carácter especialísimo de nuestra historias y nuestro país.


  La simbiosis del uno o la antibiosis del otro se dan de bruces con las evidencias de fenómenos similares en distintos lugares y momentos en regiones del globo apartadas o próximas. El esfuerzo investigador y erudito de Albornoz se ve contrapesado por las estupendas aseveraciones de Castro: «En España (en la verdadera España, no en la fraguada por los cronistas)»; «todo lo cual refuerza la sospecha de que la vida de los españoles ha sido única; para mi espléndidamente única». Por descontado que la verdadera España es la que él propone unívoca en su realidad y sus interpretaciones correspondientes: fuera de él sólo existe el error. Así medra la idea, repetida hasta la saciedad, del carácter singularísimo y paradisíaco - agregan con frecuencia- de aquel lugar sin parangón posible, cuyas tolerancia, exquisitez literaria y convivencia sin mácula sirven para adornar los discursos de los políticos profesionales o, so color de abrirse a todas las etnias, lenguas y religiones (principio irrebatible, en abstracto), ignorar la realidad cotidiana y presente, mucho más roma y menos sugestiva.

  La idea de que la España musulmana primero, y en parte la cristiana, después, fue un paraíso prolifera. Obras como La España árabe. Legado de un paraíso, de I. y A. von der Ropp, Mª Casamar y Ch. Kugel, menudean entre periodistas, ensayistas, escritores varios. Y que los hechos históricos sabidos y comprobados, con no menor asiduidad, no concuerdan con ese enfoque edulcorado no arredra a los practicantes de esta nueva religión


  Pocos son los españoles que se toman el trabajo de leer en directo las crónicas antiguas, los cancioneros poéticos, las colecciones de refranes, por no hablar de las actas notariales o los libros de repartimientos, la información de primera mano de que disponemos, tan aficionada como es nuestra gente a leer de oídos. De tal suerte, las aproximaciones más serias y objetivas quedan circunscritas al ámbito, de peso menguante sin cesar, de los especialistas, cuya mera mención provoca ronchas en los divulgadores de la Nueva, por lo general bien situados en los medios de comunicación.


  De lo pequeño y cercano podemos pasar a lo grande y distante; Portugal o el continente africano arrastran similares tópicos, iguales distorsiones buscadas y reiteradas, durante siglos por viajeros y editores europeos. Y, por supuesto España. Misterio, embrujo, tipismo, duende, exotismo pintoresco... se hallan, si se buscan, e inducen, v.g. a P. Mérimée, a desdeñar la mayor parte de la arquitectura española por ser «demasiado parecida a la suya», en tanto adjudica un imposible carácter árabe a la gótica Lonja de Valencia, del mismo modo que considera «auténtica belleza musulmana» a una señora vizcaína. En otras ocasiones el origen de la distorsión procede de equivocadas ideas científicas del pasado que proporcionan, desde la cómoda perspectiva actual, sabrosas mofas a críticos superficiales.

  La proyección hacia tiempos pretéritos de los conceptos, conflictos y enfoques de nuestro tiempo ha generado graves errores de apreciación, tanto en investigadores serios como en meros publicistas. Unos y otros rivalizan en la idealización de un pasado que demuestran conocer bastante mal, porque acusar al Cid, v.g. de limpieza étnica en Valencia (Pere Bonín, Diario 16, 13-9-95), con absoluto desprecio de la historia y simplificando con imágenes del presente la condena del pasado que, a su vez, se reinstrumentaliza para poner en solfa por vía nada indirecta a la Castilla de ahora, es desconocer que la repoblación con cristianos - y sin expulsión de musulmanes- en Valencia data de un siglo y medio más tarde de la muerte del Cid; y, en todo caso, fue obra de aragoneses y catalanes, no de castellanos.

  Por añadidura, tal vez no sea en balde recordar que los musulmanes de la otra orilla del Estrecho llevaban muchos siglos de antelación en la política, mediante coacciones, de, absorción cultural y religiosa de las poblaciones sojuzgadas por el islam, pues en ese contexto de represalia réplicas y enfrentamiento de civilizaciones, fe y cosmovisión estimamos debe realizarse el análisis de nuestro pasado, no ocultando los choques, si queremos entender y tratar de corregir las demasías de antaño (por ambas sociedades, claro).


  La principal fuente nutricia de este replanteamiento iconoclasta suele ser Américo Castro, y muy en especial su obra La realidad histórica de España, tomada más como nueva Biblia que como materia de discusión y contraste, confundiéndose el rechazo del trasfondo ideológico y deformador del nacional catolicismo, tantas veces hilarante, con la condena cerrada de cuantas apoyaturas históricas éste utilizó.

  Una postmodernidad gozosa, en su alienación ha rematado el resto. Así pasan por artículo de fe las luminosas enseñanzas que tanto repite J. Goytisolo - afirmaciones difíciles de mantener, debiendo ser historiadores extranjeros nada sospechosos de imperialistas filipinos (F. Braudel, H. Kamen, Joseph Pérez, Elliot Lapeyre) quienes desde la objetividad que les confiere el distanciamiento y el no hallarse implicados en nuestros complejos de inferioridad y autohumillación como vía para la purificación - exigida por el mismo Castro - ofrezcan datos, ideas y llamadas al sosiego. No es nuestro objetivo presentar un inventario de las exageraciones de don Américo, ni siquiera resumido, pero los historiadores citados, y otros españoles, han aportado documentación más que suficiente que rebate por si sola la más reiterada e insostenible de las pretensiones de Castro, condensada en una retahíla de noes: no comercio, no trabajo manual, no artesanía, no agricultura, no pensamiento, no cultura, no curiosidad intelectual... a no ser que sus cultivadores fuesen judíos o marranos. De forma campanuda concluye: «no se produjo ninguna actividad científica original y por sí sola válida».

  Cuando un ejemplo no encaja con su pretensión, como es el caso de P. Madoz por él mismo citado, despacha la contradicción calificándola de «sorprendente». Y andando. Los hechos probados, sin embargo, corren por otros rumbos: hasta en Valencia (donde más moriscos había) la agricultura de regadío, las industrias urbanas y el comercio a gran escala estaban mayoritariamente en manos de cristianos viejos, como señaló Lapeyre; las aportaciones españolas en cosmografía y geografía, por mor de los descubrimientos, fueron decisivas para el conocimiento y noción de conjunto del planeta (el mapa de Juan de la Cosa es de 1500); la enumeración exhaustiva de científicos que J. Juderías, por ejemplo detalló en las más diversas disciplinas (filosofía, medicina, botánica, lingüística, mecánica, etc.) es desdeñada olímpicamente.

  Nuestra perplejidad es grande: ¿quién construyó todo nuestro legado arquitectónico desde la Edad Media? ¿Fueron sólo alarifes moriscos? ¿Que porcentaje de mudéjares verdaderos participó, en la práctica, hasta en las construcciones de orden mudéjar? ¿Los inexistentes pintores y escultores criptomusulmanes pintaron y esculpieron lienzos y estatuas? ¿La inmensa literatura del Siglo de Oro fue en su totalidad obra de marranos? ¿De dónde se sacan los epígonos de don Américo que Cervantes era pro-árabe? ¿Qué motivos de simpatía podía albergar hacia esa sociedad tras su durísimo cautiverio en Argel? ¿No se están mezclando los vacíos, incapacidades, enquilosamientos posteriores a la mitad del XVII con las décadas y siglos anteriores en que la pujanza y vigor del país entero propició empresas de la dimensión de la exploración, conquista y colonización llevadas a cabo en América y el Pacífico? ¿No fue este gigantesco esfuerzo posterior a la expulsión de los judíos? ¿No corrió en su mayor parte el peso de tal movimiento sobre los hombros de Castilla (es decir, desde Estaca de Vares a Cartagena y de Fuenterrabía a Gibraltar)? ¿Cómo se puede olvidar que la decadencia cultural y militar y científica vino más de factores económicos que por el destierro de minoría ninguna? ¿El despoblamiento por pestes, emigración, guerras y la política de hegemonía en Europa, con su consiguiente sangría impositiva, no fueron más responsables del hundimiento económico? ¿Por qué debemos seguir aceptando, silentes y humillados, que manifestar una sola palabra favorable o respetuosa, o de mera matización, hacia otros españoles pretéritos, de actos buenos y malos (con predominio de los primeros), sea sinónimo de fascismo? ¿Cuándo la izquierda española, heredera de los complejos y tabúes de la guerra civil, será capaz de asumir nuestra historia o, al menos, de leerla? ¿No estaremos ante el caso más notorio y flagrante de lo que Julián Marías denomina la «fragilidad de la evidencia» («El hombre prefiere lo que se dice, sobre todo si se le repite con énfasis y autoridad, o con la reiteración y eficacia de los medios de comunicación, a lo que entra por los ojos o debería penetrar en la mente»)?


  A. Castro proclama «la básica estructura cristianomoruno-hebraica de la sociedad española», adjudicando un carácter semítico a los españoles (árabe y judío) de donde vendría, por ejemplo, nuestra intransigencia religiosa, con lo cual incurre en una peligrosa simplificación que abocaría al ineludible carácter semítico de todo el continente por la intolerancia, persecuciones y degollinas perpetradas con igual entusiasmo por protestantes y católicos a lo largo de las guerras de religión hasta la Paz de Westfalia y perpetuadas a través de una segregación de hecho en la convivencia hasta tiempos cercanos.

  Por ende, es peligroso jugar con las palabras, porque el gentilicio «semítico» es demasiado vago e inconcreto. Sobre una remota comunidad lingüística (que no racial), que se remonta a varios milenios antes de Cristo, se pretende construir una identidad de objetivos, reacciones, sentimientos, etc., en la Península Ibérica medieval, o, dicho de otro modo: ¿los musulmanes de origen árabe cierto, en los siglos XI, XII, XIII, se sentían partícipes de una comunidad espiritual y de identidad con los judíos y sus coetáneos?, ¿Cómo meter a todos en el mismo saco con tanta frivolidad? Sin embargo, Castro multiplica las afirmaciones de ese jaez: «Tan españoles los unos como los otros todavía en aquella época»; «las tres religiones, en 1300, ya españolas, conviven pacífica y humanamente»; «imposibilidad de separar lo español y lo sefardí»...


  El procedimiento de exhibir - por parte de la mitología conservadora -, para forjar un pasado nacional lo mas antiguo posible, como españoles a personajes de la historia romana (Séneca, Trajano, Marcial, etc.) e incluso prerromana (Viriato, «lusitano»), tan del gusto de Sánchez-Albornoz, es adoptado con igual fervor por su adversario, si bien éste rechaza, con buena lógica, a «pastores lusitanos», romanos y visigodos como partícipes de las connotaciones del ser español. Pero tan insostenible es considerar tal a San Isidoro como a lbn Hazm o Maimónides, pertenecientes a culturas netamente diferenciadas de la nuestra - y conscientes de serlo - y enfrentadas incluso al germen (la Hispania medieval cristiana) de lo que tras un proceso de unificación y desarrollo terminaría cristalizando en una identidad común.

  No obstante, para nuestro interés en estas páginas debemos hacer hincapié en una de las pretensiones de Castro y los castristas mas aireadas y utilizadas por alcaldes, presidentes de diputación y políticos en general cada vez que acuden al florilegio retórico de las 3 culturas. Nos referimos a la supuesta convivencia pacífica y humana de las tres lenguas, las tres culturas y las tres religiones. En los últimos años este monótono ritornelo viene siendo manejado de manera rutinaria hasta el hastío por gentes cuyo conocimiento de la Edad Media y de las sociedades árabe y judía es, al menos dudoso. La fragilidad de la evidencia de J. Marías resurge tan campante y no basta, al parecer, con que experiencias muy próximas, contemporáneas nuestras de ahora mismo, en Líbano, Turquía o Yugoslavia nos alerten acerca de la realidad de esa imaginaria convivencia fraternal y amistosa de etnias, religiones y culturas: con satanizar y culpabilizar de todos los males a una de las partes implicadas suele resolverse la contradicción patente entre los hechos y los buenos deseos.


  Ese panorama de exquisita tolerancia (la misma palabra ya subsume que uno tolera a otro, o sea, está por encima), cooperación y amistad jubilosa entre comunidades se quiebra apenas iniciamos la lectura de los textos originales y se va configurando ante nuestros ojos un sistema de aislamiento entre grupos, de contactos superficiales y recelos permanentes desde los tiempos mas remotos (el mismo siglo VIII, el de la conquista islámica) es decir, un régimen más parecido al apartheid sudafricano, mutatis mutandi, que a la idílica Arcadia inventada por Castro.

  Que los poderes dominantes - primero musulmán y luego cristiano - oprimieran concienzudamente a las minorías y poblaciones sometidas en general, es un incómodo aspecto de la cuestión, obviado mediante él mismo expediente empleado en el caso yugoslavo: una nebulosa maldad intrínseca a «los cristianos», «los castellanos» o «los almorávides» sirve para no abordar, con el esfuerzo consiguiente, las raíces del problema, la enorme dificultad de conseguir inculcar respeto hacia el otro, de evitar la automarginación y marginación simultáneas de comunidades enteras, de superar de la noche a la mañana prejuicios, tabúes y temores engendrados a lo largo de siglos por razones muy concretas (choques y abusos, mutuos) subsistentes en la conciencia y la memoria colectivas.
La ingenua declaración de A. J. Toynbee en el sentido de que árabes e islam están libres de veleidad o propensión racista alguna no soporta el más leve cotejo con la realidad. La literatura árabe es un venero inagotable de ejemplos. Y si los no musulmanes en al-Andalus eran «considerados ajenos a la sociedad en su conjunto», el jurisconsulto al-Wanxarisi niega a los musulmanes la licitud de quedar en territorio cristiano, entre otras causas, por la posibilidad de que incurran en cruces matrimoniales mixtos.

  Que algunos árabes al reclamarse por Qurayxíes (la tribu de Mahoma) pretendan con ello ser los mejores de los árabes y por tanto del género humano, meramente constituye una manifestación no poco acomplejada, en el más favorable de los juicios, pero - como es natural - no representa nada serio, aunque sí explica (esa pretensión de hacerse de los árabes puros, como la de hacerse de los godos entre nosotros, o de los francos en Francia) la pervivencia hasta el reino de Granada de gentes que se decían descender de los conquistadores del siglo VIII, aunque lbn Hazm en su Yamhara comprueba el reducido número de linajes árabes arraigados en la Península y lo imitados y dispersos que vivían en el siglo XI, señalando la cifra de 73. Nuestro maestro Elías Terés subió el número hasta 86, completando a Ibn Hazm con In Said (S. XIII) y al-Maqqari (s. XVII). En todo caso la aportación racial árabe fue muy exigua.


  Tampoco los judíos eran numerosos ni en la España cristiana ni en al-Andalus. Constituían comunidades muy cohesionadas y cerradas, bien situadas económicamente pero en ningún modo populosas. En el mismo siglo XI la cifra máxima, propuesta por E. Ashtor alcanza un total de 50.000, si bien Isaac Baer concluyó que su número era mucho más reducido, como veremos. Sin embargo la gran aportación ideológica de los hebreos al pensamiento racista -y muy anterior a la España mediaval - fue su concepto de «pueblo elegido», con: el correlato de que la sangre fuera determinante para la pertenencia o no al grupo y por consiguiente para los derechos que se detentan, o no, dentro de él. En el Deuteronomio se establece que bastardos, ammonitas y moabitas quedarán excluidos de la Casa de Dios, conminando a los israelitas a no entregar sus hijos e hijas en matrimonio a los hijos de otras gentes. La raza sagrada no debe contaminarse mestizándose con otras, según el Libro de Esdras.

  El concepto de pureza racial surge, pues, de la tradición bíblica. Y que, andando el tiempo, tal noción se volviera contra los mismos judíos no fue nunca obstáculo para alimentar una actitud mantenida durante milenios como la mejor garantía de la pervivencia del grupo. Por ello en la literatura hispano-hebrea menudean las muestras de hostilidad hacia cristianos y musulmanes (que pagaban con la misma moneda). Dice Yehuda Haleví (s. XII):


De Edom [los cristianos] nunca te olvides.
La carga de su yugo
¡qué amarga es de sufrir
y cuán grave es su peso...!
El hijo de mi esclava
[Ismael: los árabes]
con saña nos detesta.


  Abraham bar Hiyya en su Meguil-lat ha-Megal-lé (1129), al hablar de los signos de la redención inminente y de los acontecimientos protagonizados por cruzados y turcos en Palestina, no regatea animadversión hacia árabes y francos, si bien los cristianos cargan con la peor parte. Y ya en la España de claro predominio cristiano no faltan las polémicas, sátiras crueles y dicterios contra musulmanes por parte de hebreos, así la Disputa de Antón de Montoro (marrano) con Román Comendador (mudéjar): 

Vuestra madre no será
menos cristiana que mora.
Hamete, ¿duermes o velas?
Abre los ojos, mezquino,
albardán,
Tres libras y más de xixa
y almodrote
tengo para dar combate
a vuestra madre Golmixa
con mi garrote.
Vuestra mancilla me echáis
vos, alárabe provado
sucio y feo
vos mesmo vos motejáis …


  El islam, heredero ideológico de judaísmo y cristianismo, desde los tiempos de redacción del Corán marca bien la actitud que el buen fiel ha de asumir frente a cristianos y judíos. De ahí el carácter ilusorio de las profesiones de fe de A. Castro en la convivencia entre religiones: «la doctrina alcoránica de la tolerancia ... »; «El Alcorán, fruto del sincretismo religiosom era un monumento de tolerancia. Salvo ocasionales excepciones, la tolerancia fue practicada en todo el mundo musulmán». De Castro y de los castristas: Luce López-Baralt no titubea al afirmar con candor «la tolerancia religiosa musulmana, de estirpe coránica, que también la cree ver Castro reflejada en Alfonso X (recordemos sus equilibradísimas Siete Partidas)»: «Un primer vistazo a la Edad Media española nos permite descubrir un mundo de tolerancia asombrosa entre las castas, pese a las guerra de la Reconquista y los disturbios y persecuciones esporádícas». A la vista de estos cantos a la irrealidad podemos preguntarnos si la estudiosa puertorriqueña ha leído los capítulos dedicados a mudéjares y judíos en las Partidas, o si tiene noticia de las frecuentes y sostenidas persecuciones sangrientas, destrucción de libros heréticos y marginación constante que han sufrido en el islam los xiíes, jariyies mutazilíes, etc., por parte de los sunníes (y a veces viceversa), pero como no debemos adjudicarle tal ignorancia cabe pensar que para ella, como para Castro, tales detalles entran en el muy socorrido terreno de las utilísimas excepciones, que vienen a confirmar la regla de oro por ellos esgrimida. El problema - que eluden - estriba en que la base del islam, el mismo Corán, exhibe exhortos y mandamientos de claridad meridiana (es la palabra de Dios, increada y eterna, según dicen, y que ningún buen musulmán se atreverá a contravenir sin arrostrar el desprestigio público:


’¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos!. Son amigos unos de otros. Quienes de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Dios no guía al pueblo impío (Corán, 5-56); combatid contra quienes habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el Ultimo Día, ni prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados paguen el tributo directamente’.


  Estas referencias explican bien el pésimo concepto popular sobre los musulmanes que acepten servicios amistad o relación con judíos y cristianos. Las memorias de Abd Allah de Granada relatan el descontento y odio suscitado contra quienes (v.g., un nieto de Almanzor) admiten ofertas de servicio bélico de los catalanes, o contra los judíos y, muy en especial, contra el visir José Ben Nagrela, finalmente asesinado por las turbas.

  Los tópicos anti judíos habituales (avaricia, sordidez, ruindad, engaño, traición) se deslizan por las páginas de Abd Allah de Granada, acusaciones al ministro de incitar a beber y participar en actos inmorales, resumido todo en la denominación corriente con que le designa («el puerco»), pues omite su nombre de manera sistemática.


  En el Tratado de lbn ’Abdun se equipara a judíos y cristianos con leprosos, crápulas y, en términos generales, con cualquiera de vida poco honrada, prescribiendo su aislamiento por el contagio que conllevaría entrar en contacto con ellos. Así los sevillanos del siglo XII sabían que: «Ningún judío debe sacrificar una res para un musulmán» «no deben venderse ropas de leproso, de judío, de cristiano, ni tampoco de libertino»; «no deberá consentirse que ningún alcabalero, judío ni cristiano, lleve atuendo de persona honorable, ni de alfaquí, ni de hombre de bien»; «no deben venderse a judíos ni cristianos libros de ciencia porque luego traducen los libros científicos y se los atribuyen a los suyos y a sus obispos, siendo así que se trata de obra de musulmanes»; «un musulmán no debe dar masaje a un judío ni a un cristiano, así como tampoco tirar sus basuras ni limpiar sus letrinas, porque el judío y el cristiano son más indicados para estas faenas, que son para gentes viles».


  Esa actitud de insistente rechazo antijudío induce a los musulmanes, incluso una vez perdido el poder, a querer salvaguardarse de cualquier preeminencia de hebreos sobre ellos, por lo cual se cuidan de incluir una cláusula en las Capitulaciones de Santa Fe entre Boabdil y los Reyes Católicos que les ponga a cubierto de tal eventualidad («Que no permitirán sus altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros ni sean recaudadores de ninguna renta»). Porque el desprecio y discriminaciones subsiguientes asoman abundantes en la literatura árabe - aunque no podamos, por razones obvias, extendernos acumulando ejemplos -, como nos documentan Ibn Battuta o Juan León Africano, acordes sus relatos con la situación que perciben y describen autores ajenos, tales Alí Bey o Potocki en Marruecos, a fines del XVIII: prohibición de montar en mula en ciudad poblada por musulmanes (porque irían por encima de las cabezas de éstos), prohibición de entrar en la ciudad de Fez a no ser descalzos (como signo de sumisión), etc.


  El puritanismo, en uno u otro grado, es cardo que medra en casi todas las religiones, llevándolas a interferir en la vida cotidiana y hasta privada de los adeptos, pero la existencia entre nosotros - en tiempos, por fortuna, superados- de excesos y abusos de la colectividad sobre las personas, o lo que es peor, de la jerarquía (los autodesignados intérpretes o ministros de Dios) no justifica los perpetrados en otras religiones. En especial si el rigorismo sigue vivo, aplicándose sobre los fieles. A este respecto el islam contemporáneo insiste en reproducir pautas, dictámenes conceptos y castigos por suerte ya olvidados en el mundo occidental, por más que arabófilos y tercermundistas platónicos -por supuesto residentes en Europa- se obstinen en tapar el sol con un pañuelo negando las evidencias. El divertido cálculo de 3.700.000 pecados diarios cometidos en los minibuses de Teherán (en ellos montan 370.000 mujeres con un promedio de cada una, de diez roces con varones) podría no pasar de anécdota chistosa si en ello no tuviera implicado el derecho mínimo al movimiento y relación entre hombres y mujeres y si no asistiéramos en momentos y lugares muy alejados en tiempo y espacio a una actitud sostenida de vigilancia, intervención y represión hasta en los actos más personales e íntimos.


  La introducción de la vía jurídica malikí en al-Andalus en tiempos de al-Hakam I, es decir todavía en el siglo VIII contribuyó en buena medida a confígurar una sociedad cerrada en la cual alfaquíes, muftíes, y cadíes ejercían un férreo control de la población, musulmana o infiel, pese a que necesidades o conveniencias económicas y políticas, o las meras distancias y dificultad de comunicación, forzaban con frecuencia a transigir o ignorar acciones que en los centros de poder se tenían por enormidades intolerables, contrastando los hechos conocidos con la interminable letanía de los cantos a la tolerancia y afable comprensión que, supuestamente señorearon al-Andalus.

  Los textos de Ibn ’Abdun o al-Wanxarisi nos ilustran sobre la prohibición de leer y recitar poesía o macamas en el interior de las mezquitas, de interpretar música en ellas (hasta hoy día la inexistencia de una música sacra en el islam es el colofón de esta actitud) y aun los intentos de suprimirla en cualquier parte. Se exhorta a los vidrieros y alfareros a no fabricar copas para escanciar vino, aunque la realidad social y económica acaba imponiéndose y sabemos que en los lugares de mala nota y como tales tenidos se bebía (tabernas, ventas, lupanares) y que la vid se cultivaba, comercializándose el vino a escala apreciable, pese al precepto esgrimido por el inevitable Ibn ’Abdun contra los vinateros. La rica floración literaria de al-Andalus halló su triste contrapunto en las periódicas destrucciones y quemas de libros, en todas las épocas, ya fuese Almanzor, el pirómano en el siglo X, o las víctimas Ibn Hazm en el XI o Ibn al Jatib en la Granada del XIV, sin que nada tuviesen que ver en estos casos almorávides y almohades, a quienes suele colgarse el sambenito de la exclusividad en la intolerancia -excepcional, claro-, según la cómoda praxis de proyectar el problema. hacia causas y causantes exógenos que habrían venido enturbiar, tal paraíso de concordia.


  Si bien es cierto -y de ello hay copiosa bibliografías - que sobrevivieron comunidades de mozárabes en Toledo, Córdoba, Sevilla y Mérida, no lo es menos que las fugas, hacia el Norte fueron constantes y que a principios del. siglo XII se deportó en masa a Marruecos a los cristianos de Málaga y Granada, o que raramente se autorizaba la construcción de nuevas iglesias y sinagogas, o su restauración, o el repique de campanas. Sin fijar mucho nuestra atención en los momentos de persecución y exterminio directo de cristianos (v.g., en Córdoba entre el 850 y 859, cuyo hito más famoso fue el martirio de San Eulogio; o la aniquilación en Granada por Abd al-Mumin en. el siglo XII), sí nos interesa más poner el acento en la presión latente y continuada que la población sometida padecía en la vida diaria.

  La actitud de recelo, inseguridad y odio que Ibn Battuta (s. XIV) declara por derecho en tierras bizantinas («las iglesias son también sucias y no hay nada bueno en ellas») se enraizaba en un concepto de. relación con los cristianos estrictamente utilitario, soportándose a esta minoría como mal menor, cuando no se la podía absorber o exterminar, pero sin cordialidad ninguna: «El reinado de al-Nasir (Abderrahmán III) se prolongó durante cincuenta años, a lo largo de los cuales los cristianos le pagaron capitación humildemente cada cuatro meses y ninguno de ellos osó en ese tiempo montar, caballo macho ni llevar armas», reza la Descripción anónima de al-Andalus.
  No obstante, los factores económicos, unidos a la lenta y deficiente arabización de los vencidos, por resistencia o por simple imposibilidad física, debían atemperar mucho las fobias anticristianas, si no de la mayoría musulmana sí al menos de los poderes políticos.

  El interés económico hubo de ser una de las causase del odio del pueblo - achacado por la Descripción anónima contra al-Hakam I al servirse de un cristiano (el Conde al-Qumis) para la exacción de tributos; que éste agregara a su condición religiosa los desmanes propios de los recaudadores: provocó que el siguiente emir Abderramán II «ordenara ejecutar al conde cristiano, almojarife y recaudador de tasas de su padre, destruir los muros en los que se vendía vino y las casas de perdición». Ese estado de ánimo queda bien reflejado por Mármol (s. XVI) al referir cómo los sultanes africanos evitaban servirse de cristianos en sus guerras con mahometanos por temor a la reacción popular, idéntica a la que más arriba veíamos en la Granada nazarí por valerse de catalanes.


  No nos interesa tanto escarbar en truculencias como la exhumación de los cadáveres del eterno rebelde Omar ben Hafsun y de su hijo - ordenada por Abderrahman III - a fin de probar que ambos murieron en la fe cristiana y poder así exponerlos al escarnio público, como se hizo, o el martirio repetido en la Granada nazarí (la de los maravillosos alcázares de la Alhambra) de los frailes que se aventuraban a predicar la fe cristiana; nuestra vista también se dirige a la intromisión diaria, a la opresión invariable sobre la minoría aplastada, tal la prescripción al almotacén de que vigile a las madres cristianas a fin de que no influyan en sus hijos en materia de creencias, o sobre todo la humillante discriminación vestimentaria practicada con idéntico entusiasmo a uno y otro lado de la frontera, en la Europa coetánea y hasta en el norte de África del siglo XIX.


  Cuando Pedro Mártir de Anglería cumple su misión de embajador de los Reyes Católicos en Egipto en 1501-2 para interesarse por la suerte de los cristianos locales («que el grand Soldán no tornase moros por fuerza o ficiese morir con tormentos a los cristianos») no sólo estaba exhibiendo un cinismo notablemente impúdico (a la sazón se estaban produciendo las conversiones forzadas y en masa de musulmanes en Granada) al pedir; que allá no se realizase lo que se hacía por aquí, respaldado por la fuerza de una potencia militar y política como era la España de la época; también levantaba acta de una situación de marginación y aplastamiento de Ia minoría copta que duraría hasta el protectorado inglés. Y una de las vías más notorias, por obvias razones visuales era la ropa: todavía al-Yabarti en 1801 y Edward Lanez en1834 registran la obligatoriedad para los coptos de vestir de negro o marrón, en tanto los colores vivos (rojo, blanco, verde) quedaban reservados para los musulmanes.


  Los lamentables conflictos que, aún en nuestros días, asolan el Oriente Medio y convierten, de hecho la convivencia en una mera yuxtaposición de comunidades, encuentran un señero precedente en al-Andalus, donde no sólo los cristianos padecían marginación y persecuciones: los judíos de Granada en pleno siglo XI sufrieron una matanza en que pereció Ben Nagrela, pronto renovada tal política por el almorávide Yusuf ben Taxufín, que indujo a los de Lucena a pagar por librarse de la islamización, mientras otros tomaban el camino del norte cristiano, o del Oriente, a la sazón más abierto; los almohades insistieron en la misma línea y, al tomar Marrakech, Abd alMumin forzó a los judíos a convertirse so pena de muerte, persecución de inmediato reeditada en la Península nada más entrar los almohades en el decenio de 1140 (en Sevilla, Córdoba, Granada).

  Los saqueos, degollinas, cautiverios generalizados empujaron fuera de al-Andalus a la población hebrea y «Muchas familias judías, entre ellas la de Maimónides, huyeron al Oriente, pero muchas más se refugiaron en el norte de España, en territorio cristiano» (Baer). La Granada nazarí no hizo sino prolongar las mismas normas discriminatorias que venimos enumerando, quizás con un agravante: la sensación de debilidad exterior y cerco cristiano impelía a una radicalización cada vez más paranoica y acomplejado, consolidando e hipertrofiando el omnímodo poder ideológico de los rigoristas alfaquíes.


  El paulatino triunfo militar y político de los cristianos no significó cambios sustanciales en los comportamiento de fondo, tan sólo mudanzas en los papeles y actores del drama. La simbólica restitución por orden de Fernando III a Santiago de las campanas llevadas a Córdoba en 998 a hombres de cautivos cristianos, venía a resonar como aldabonazo, vanagloria de Castilla, que los escritores multiplicaban exaltando el pavor que los castellanos infundían en la morisma, ya se trate del Poema de Fernán González, del de Alfonso XI o del propio Juan de Mena:


faziendo por miedo de tanta mesnada
con toda su tierra temblar a Granada


  Pero tras el brillo guerrero las loas mas o menos fundadas aparece de modo invariable el interés económico. Interesa que los musulmanes se mantengan - como antes los cristianos- por una básica motivación económica, al menos mientras no se repueblen las nuevas tierras con suficientes norteños, proceso iniciado a mediados del siglo XIII en el valle del Guadalquivir y culminado en las Alpujarras en 1570. En palabras del profesor Vallvé «significa el establecimiento de una vida nueva sobre los campos viejos, con renovación de la propiedad, trabajadores, lengua, religión y hasta nombres de lugar». La población sometida (mudéjar), en declive demográfico y económico constante, sobrevive por un tiempo en las áreas rurales y en menor proporción dedicados a la construcción, el servicio domestico y pequeñas industrias artesanales. La emigración hacia el norte de África y el reino de Granada, espoleada tanto por los alfaquíes, que -como veíamos más arriba- no podían soportar la idea del mestizaje, como por los conquistadores, va despoblando las morerías, de suerte que en tiempos de Alfonso XI habían pasado a mejor vida las de Niebla, Carinona, Jerez, Moguer y Constantina, y las de Écija, y Sevilla se redujeron gravemente.

  Todo ello en paralelo a una afluencia masiva de norteños que castellaniza de forma profunda y radical el centro y oeste de la actual Andalucía, volviendo esta realidad histórica innegable ilusorias y de un folklorismo delirante las presentes pretensiones de quienes aseguran muy serios «descender de los moros» («hacerse de los moros», podríamos decir parafraseando la tan ridiculizada expresión de «hacerse de los godos»). Los excelentes estudios del profesor Manuel González Jiménez nos eximen de repetir aquí hechos bien aquilatados y probados en la documentación existente. Sabemos que a la muerte de Fernando II ya repoblados los reinos de Jaén y Córdoba, por el Rey Sabio -canonizado en la actualidad como gran protector de moros y judíos- concentró sus esfuerzos en: poblaciones grandes o medianas y en el eje defensivo en torno a la frontera con Granada. Pero no sólo afluyen gallegos, asturianos o leoneses: en Camas se establecen 100 ballesteros catalanes y la toponimia urbana de Sevilla nos aviva la memoria con la denominación de sus viejas calles. Los resultados que presenta R. Arié en el oriente peninsular son muy similares en Valencia, Baleares y Aragón, aunque la repoblación aragonesa en el levante fue más lenta y, por motivaciones económicas, se intentó frenar, al menos al principio, la salida de mano de obra mudéjar.


  Entre las discriminaciones visibles -como se practicaban en el lado musulmán-, por ejemplo, en 1252 Alfonso X prohíbe a los mudéjares el uso de ropas de color blanco, rojo o verde, de calzado blanco o dorado, al tiempo se ordena que las mujeres musulmanas se guarden de vestir camisas bordadas con cuellos dorados, o de plata, o de seda. Los contraventores pecharían con una multa de 30 maravedís. En 1268 las Cortes de Cádiz agravaron aún más el panorama, porque a fin de evitar «muchos yerros e cosas desaguisadas» se prescribe «que todos quantos judíos et judías vivieren en nuestro señorío, que trayan alguna señal cierta sobre las cabezas que sea atal que conoscan las gentes manifiestamente cuál es judío ó judía. Et si algun judío non llevase aquella señal, mandamos que peche cada vegada que hubiese fallado sin ella diez maravedis de oro: et si non hobiere de que los penchar, reciba diez azotes públicamente por ello» (Las Siete Partidas), disposición renovada por las Cortes de Toro (1371); y en Palencia en pleno siglo XV se sitúa a judíos y moros en el mismo grupo que marginados y prostitutas: «Este día se pregonó los juegos de dados e las armas e holgasanes e vagabundos e chocarreros e rufianes e mugeres del partido que no tengan rufianes ni gallones e judíos e moros que trayan señales... »


  Y la importancia que ambas partes otorgaban a estos signos externos nos viene bien atestiguada por él hecho de que en el ataque al Albaicín (dic. 1568), desencadenador de la guerra de las Alpujarras, Abenfárax y su gente se quitaron sombreros y monteras para cubrirse con bonetes rojos y turbantes blancos a guisa de turcos. Pero la aculturación avanzaba implacablemente desde el siglo XIII, coexistiendo resistencias y renunciase, tal vez de modo inevitable. En la Crónica de los Reyes Católicos se refleja bien la contradictoria situación de muchas de estas personas sometidas a presiones de índole familiar, social, intereses económicos, arranques sentimentales, etc. Los judíos eran considerados propiedad particular del rey -como en el resto de Europa- pues los Padres de la Iglesia habían determinado su condena a eterna servidumbre. La idea se estableció a las claras en el Fuero de Teruel (1176), luego modelo para otros repoblamientos: «los judíos son siervos del rey y pertenecen al tesoro real». Y si el monarca se ocupaba de su defensa era en tanto que propiedad de la cual se obtenían ganancias.


  Isaac Baer delinea bien el panorama: «Las ciudades de la época de la Reconquista se fundaron en su mayoría según el principio de igualdad de derechos para cristianos, judíos y musulmanes; bien entendido que la igualdad de derechos era para los miembros de las diferentes comunidades religioso-nacionales como tales miembros, y no como ciudadanos de un Estado común a todos. Las distintas comunidades eran entidades políticas separadas. Se nombraba un oficial del Estado para todo lo referente a la comunidad judía. La comunidad de los judíos es una entidad política distinta y separada de los estamentos cristianos de los burgueses y campesinos.

  El principio de la igualdad de derechos, muy realzado en estos documentos en la práctica sólo se aplicaba a las materias regidas por el derecho civil (de tipo económico etc….. la igualdad político-social en la práctica solo se hacía efectiva en casos extraordinarios, especialmente en relación con los judíos cercanos a la corte». Otras de las interesantes conclusiones de Baer es el muy exiguo número de judíos residentes en España; así, para todos los reinos de la Corona de Castilla los evalúa, según el padrón de 1290, en 3.600 judíos pecheros (cabezas de familia). Andalucía, en el momento de su reconquista estaba prácticamente vacía de hebreos por obra de las persecuciones de los tiempos anteriores, y la comunidad más numerosa del norte de España -la de Burgos- contaba con unas 120 familias; en 1390, vísperas del primer gran pogrom en Segovia vivían 55 judíos, en Soria unas 50 familias y en Avila a comienzos del siglo unas 40. En Aragón la situación difería poco; así, por ejemplo, en Barcelona, en el call o barrio judío, después de la destrucción de 1391, las familias presentes rondaban las 200. Recordar la exigüidad del número de judíos relativiza la importancia real que podían representar entre la masa de la población unos grupos tan reducidos, la escasa incidencia cultural de una minoría carente de lengua cotidiana (el hebreo era un idioma muerto siglos antes del nacimiento de Cristo y sólo se mantenía en el uso sinagogal), lo que les impelía a escribir sus obras de mayor difusión e interés general en árabe o romance y a actuar como traductores entre estas dos lenguas, verdaderas portadoras de valores universales científicos, técnicos, filosóficos, etc.

  La inexistencia de un arte judío se comprende fácilmente por la utilización de técnicas constructivas y decorativas tanto cristianas como musulmanas; y si Santa María la Blanca de Toledo es un espléndido ejemplo de arte almohade, la sinagoga del Tránsito representa bien la forma en que Castilla había asimilado los modos expresivos nazaríes. Pero el desarrollo de tales aspectos trasciende la extensión de estas páginas. Una vez más la confusión -interesada o ignorada- de religión con lengua, culturas y raza provoca la interminable invocación a la España de las «tres culturas». Si nos atenemos al criterio meramente antropológico en la definición de ’culturas’, en la España medieval -o en el Madrid de ahora mismo - los grupos culturales diferenciados no serían tres sino docenas.


  La observación de las sociedades antiguas o modernas induce a conclusiones pesimistas sobre los resultados a que se llega a la postre en la coincidencia de grupos humanos con diferencias muy marcadas sobre una misma tierra, siendo el factor religioso en especial, por encima del étnico y el cultural, el mayor elemento disgregador y generador de conflictos. No se trata de renunciar a la utopía, sino de tomar conciencias de lo largo y difícil de ese esfuerzo. Pero también florece de continuo la paradójica incongruencia de, por un lado, cantar las excelencias -en verdad maravillosas, de lograse- de convivir comunidades muy diferentes, mientras por otro esos mismos grupos, en cuanto tienen la fuerza necesaria intentan imponerse, y a ser posible borrar a los minoritarios, o -de darse la cohesión geográfica y demográfica precisas- constituir entidades políticas nuevas y diferenciadas del conglomerado anterior en el que supuestamente la coexistencia era modélica. Debería ser motivo de reflexión -pero dudamos de que lo sea- el horrendo y reciente caso de Yugoslavia despedazada tanto por los intereses de penetración alemana o hegemónicos de Estados Unidos como por la evidencia de la heterogeneidad de su composición hacían inviable su subsistencia como Estado, más allá de la artificial situación de fuerza (la dictadura de Tito) propiciadora de unos avisos de armonía esfumados al faltar la mano de hierro mantenedora del equilibrio. Turquía, Iraq, Irán, Líbano, Irlanda del Norte, Filipinas, Indonesia, la India y numerosos países africanos soportan el mismo problema que las soluciones ofrecidas desde fuera -ante la ausencia de las internas- sean otras que bombardear a una de las partes.


  La repetición periódica de encuentros, foros, simposiums, coloquios, diálogos y otros juegos florales entre religiones acaban invariablemente en un callejón sin salida: el de la convicción de todos de estar en posesión de la Verdad y no deber, por tanto, ceder un ápice. El 8 de febrero 1998 se clausuró en Córdoba el «Encuentro de grandes religiones», sin acuerdos una vez más. Leamos la noticia: «El director del Simposio Internacional sobre ’El impacto de la religión en el umbral del siglo XXI’, José Mª Martín Patino, afirmó ayer que a pesar de la falta de conclusiones y de consenso en esta reunión «no puede cundir el desánimo» ante la posibilidad de llegar a un entendimiento entre las grandes religiones monoteístas. Martín Patino dijo en la clausura del simposium que «no se ha llegado a la meta, pero esta reunión supone ‘el comienzo’ del acercamiento de posturas entre cristianismo e islam, por lo que es preciso seguir hablando».

Y así hasta la próxima. Menos mal que estas reuniones sirven para viajar.

 

Serafín Fanjul es Catedrático de Literatura Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado varios estudios sobre la literatura tradicional ("Canciones populares árabes", "Literatura popular árabe" y "El mawwal egipcio"), así como traducciones de obras clásicas ("Libro de los avaros de al-Yahiz", "Macamas de al-Hamadani", "A través del islam" de Ibn Battuta y "Descripción general de África" de J. León Africano).

 

Última obra de Gustavo Bueno: "ESPAÑA NO ES UN MITO"

Última obra de Gustavo Bueno: "ESPAÑA NO ES UN MITO"

José Manuel RODRÍGUEZ PARDO

  El nuevo trabajo de Gustavo Bueno, "España no es un mito", es un libro de contraataque frente a quienes consideran que España es un mito en la acepción cuarta del Diccionario de la Real Academia Española: «persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen» (pág. 9). De hecho, intelectuales políticamente correctos como Fernando Arrabal, Juan Goytisolo o Rafael Sánchez Ferlosio, así como la clase política, en especial la nacionalista, son víctimas constantes de la crítica feroz de Bueno. 

  Algunos dirán que este es un libro propio de la «deriva mundana» de Gustavo Bueno, lo que implicaría asumir un razonamiento idealista: el materialismo filosófico, en consecuencia, no debe prestar atención a lo que sucede en el mundo, sino sumergirse como Plotino en Platonópolis, prescindiendo de las matanzas terroristas, los problemas de España y sus amenazas, y dedicarse a la Gnoseología pura, como si ésta pudiera vivir como la Metafísica aristotélica, nutriéndose de sí misma.

  Sin embargo, la filosofía mundana también se nutre de términos académicos. Así lo constata Gustavo Bueno al inicio del libro, citando dos anécdotas sucedidas hace unos cinco años: tras una conferencia en Bilbao sobre su libro España frente a Europa y antes de otra en Noreña fue asaltado por individuos de diversa procedencia (dos periodistas y miembros del grupo independentista Andecha Astur, el mismo donde milita[ba] el agente asturianista Fernando G. R., respectivamente), para decir en ambos casos lo mismo: «España no existe, es una entelequia» (págs. 13 y 14). Como la entelequia es un término de la tradición filosófica, las cuestiones filosóficas y su vocabulario están impregnando las cuestiones sobre la existencia de España, luego hablar de una deriva mundana de la filosofía sería algo redundante. ¿De dónde sacaría su sustancia la Filosofía no meramente doxográfica sino del mundo de los fenómenos? En este caso, los fenómenos sobre unas reliquias y relatos, documentos, confrontaciones parlamentarias, estatutos de autonomía secesionistas, el terrorismo, &c., serían el punto de partida para dar cuenta de la esencia, del quid de lo que es España.

  El libro se estructura a través de siete preguntas a las que Gustavo Bueno va respondiendo. La primera, como es natural es la pregunta ¿España existe? Para quienes responden que no, que es una entelequia, podría haber dos entonaciones: apelativa o representativa. Es decir, con la voluntad innegable de separarse por los hechos, no sólo de palabra, de una España impotente, en el primer caso; la segunda, aquella que pretende representar la inexistencia de España en distintos presentes, como serían 1492 (expulsión de los judíos), 1808 (invasión napoleónica), 1898 (pérdida de los restos del Imperio) y 1936-1975 (régimen franquista), cuando en realidad estas fechas no fueron sino consolidaciones y transformaciones de la realidad española: expulsión de los judíos más fanáticos e intransigentes (la mayoría aceptó ser cristianos, como señalaba Benito Espinosa), caída del Antiguo Régimen y transformación de España en nación política o incluso consolidación de España como potencia capitalista durante el régimen de Franco, respectivamente.

  La segunda pregunta que realiza Gustavo Bueno es: ¿España amenazada? Evidentemente, que en los artículos 169 y 171 del Código Penal no se señalen las amenazas contra España, ha abierto la vía para que el terrorismo de diverso pelaje haya campado a sus anchas, siendo considerado delito contra la Humanidad, pero no contra España. Aun así, las amenazas terroristas, en tanto que encaminadas a crear un daño sin que el receptor intervenga en ello, no son las únicas; de hecho, tampoco son idénticas al peligro, que implica participación y responsabilidad del damnificado (quien se expone a un peligro de derrumbe por transitar entre montañas, por ejemplo): puede haber amenazas formales, de quien amaga pero no da (muchos de los nacionalistas, al no tener fuerza militar para imponer sus puntos de vista), o materiales (no explícitas), que en caso de ser despreciadas podrían constituir un grave peligro. Así, existe peligro de desaparición de España si se desprecia la amenaza de su inclusión en una confederación europea.

  De hecho, las amenazas más estudiadas por Bueno son las que se refieren específicamente a España, tanto exteriores como interiores. El primer caso definiría al 11-M, en tanto que amenaza no ya dada por la guerra de Iraq (versión oficial y sectaria del PSOE para intentar seguir en el poder a toda costa) sino por el deseo del islamismo radical por conseguir recuperar Al-Andalus, auténtica actualidad para los musulmanes (con posible colaboración de Francia en su intento secular, desde 1808, de acabar con España). Y en las amenazas interiores destacan por supuesto quienes, desde instituciones nacionalistas, amenazan formal y objetivamente a España, y quienes la desprecian, sobre todo personas ligadas biográficamente a la Iglesia católica, que no duda en perjudicar a los Estados para imponer su política ecuménica (ETA nació en un seminario, como bien recuerda Bueno). Y por supuesto, también las de quienes, desde su panfilismo, defienden alianzas de civilizaciones.

  La tercera pregunta, ¿Desde cuándo existe España?, implicaría más que nunca tomar partido por unas determinadas coordenadas que delimiten la unidad y la identidad de España y su existencia ininterrumpida, no meramente puntual o aparente en algunos momentos, aunque tal identidad y unidad puedan variar históricamente. La unidad de España viene del Imperio Romano, de la Hispania romana, aunque formalmente no fuera España, ya que su identidad era entonces romana. Esta unidad se mantendrá tras la caída del Imperio romano y el surgimiento del reino de los visigodos, sólo que su identidad ya no será romana, sino cristiana. Con la invasión musulmana, la identidad católica sigue existiendo, pero la unidad quedó fragmentada en varias partes, quienes unidas solidariamente iniciaron un proceso de expansión imperialista para expulsar al Islam de los territorios peninsulares. En esta voluntad imperialista se encuentra el origen de España: «La unidad conformadora de España fue, según esto, desde el principio, una unidad expansionista (imperialista) En modo alguno la unidad que se circunscribe a su «membrana», para resistir a los ataques musulmanes. Los reyes de Oviedo fueron precisamente quienes conformaron este tipo de unidad expansionista (imperialista) sobre la cual se moldearían más tarde la unidad y la identidad de España: cuando el reino de Alfonso I el Católico, el de Alfonso II el Casto y el de Alfonso III el Magno fue creciendo y cuando se expandió a través de Alfonso VI y Alfonso VII el Emperador, hasta el punto de que pudo comenzar a ser percibido, desde fuera (etic), desde Provenza, como una realidad formada no por hispani, sino por españoles» (pág. 70).

  Esto supone negar las patrañas de los autonomistas y sus supuestas «nacionalidades históricas» de origen medieval, inspiradas en la teoría de los cinco reinos de Menéndez Pidal: los distintos reinos de España obedecían al proyecto imperial marcado siempre desde el mismo reino con capital itinerante según avanzase la frontera (Oviedo, León, Valladolid), y sólo se separaron de tal proyecto (como Portugal) no para declararse independientes, sino para declararse sumisos ante el Papa, para seguir siendo siervos de terceros. Este proyecto imperial español se renovará en el siglo XVI con la conquista de América y su alcance de imperio universal, que se transformará en un conjunto de repúblicas independientes durante el siglo XIX, poniendo en cuestión la propia unidad de España con el surgimiento de los nacionalismos fraccionarios.

  A la cuarta pregunta, ¿España es una Nación?, Bueno comienza señalando el hecho fundamental de las constituciones habidas desde 1812 en adelante, donde es reconocida España como nación en su sentido político, no meramente étnico (los nacidos en Asturias serían «nacionales» de esa región, sin que su nacionalidad deje de ser española). De hecho, España es nación política desde la constitución de Cádiz, de la izquierda liberal, y los intentos por negar esa nación no provienen sino de aquellos que pretenden volver a la situación de privilegios propia del Antiguo Régimen. Así, del «¡Muera la nación y vivan las cadenas!» de la ominosa década se pasa al carlismo ultramontano, inspirador del secesionismo racista vasco de Sabino Arana y del actual PNV, y también de otros partidos como ERC. Desde la pretensión de convertir en naciones políticas a las distintas autonomías, se está produciendo un intento de balcanización y de destrucción de España, pues las nuevas naciones serían incompatibles con España, que nunca sería «nación de naciones» salvo en las fabulaciones de Solé Tura y otros.

  En relación con esta última, Bueno formula la quinta pregunta: ¿España es Idea de la Derecha o de la Izquierda? La derecha absoluta, la de la monarquía hispánica (la derecha de Franco incluso), no podía concebir una Nación política española; a lo sumo una nación en su sentido histórico, de carácter étnico: el conjunto de personas que han alcanzado unas costumbres y mantienen una tradición histórica común. Sin embargo, es precisamente la segunda generación de izquierda, los liberales españoles, quienes definen a España como nación, siendo los «españoles que viven en ambos hemisferios» considerados de forma independiente de su origen social o linaje. Las demás generaciones de izquierda mantendrán una situación de mayor alejamiento respecto a España, bien porque su objetivo es negar todo Estado (anarquistas), o bien porque consideran España como un paso previo hacia otra situación superior (socialistas y comunistas), que convierte la reivindicación de España como algo subsumido a las posiciones estratégicas del partido. Por lo tanto, que el PCE pasase de la defensa de España durante la guerra civil a defender el «derecho de autodeterminación de los pueblos» durante el franquismo, no sería por traición a España, como pretende César Alonso de los Ríos, sino por exigencia de la Unión Soviética.

  La sexta pregunta es: ¿Existe, en el presente, una cultura española? Es sin duda una de las preguntas más enjundiosas. Y es que en ella están muchas de las claves de la identidad española, negada precisamente por los secesionistas, quienes se basan en distintas «señas de identidad» (el aurresku, la butifarra) para afirmar que hay cultura vasca o catalana pero no española. Sin embargo, un rasgo meramente distintivo, como el aurresku, no puede convertirse en constitutivo, en sustancia de una supuesta «cultura vasca». Además, las esferas culturales no permanecen aisladas y uniformes, sino que se desarrollan históricamente y unas engullen a otras. De hecho, la cultura española se difunde entre todas las culturas específicas de España, de tal modo que sólo los catalanes conocen La Atlántida de Verdaguer, pero el Poema de Mío Cid se entiende en Madrid, en Cataluña, Vasconia, Galicia... y en las repúblicas hispanoamericanas y parte de Estados Unidos, área de difusión distributiva de la cultura española y que define su identidad, desbordando claramente su recinto peninsular: «los más de 400 millones de personas que hablan español, y que tienen una cultura hispánica, son la mejor medida de la identidad de una cultura española que no puede en ningún modo equipararse, en orden de magnitud, con las culturas específicas que engloba y por las que se difunde: catalana, quechua, vasca, guaraní, gallega, azteca...» (pág. 193).

  La séptima y última pregunta es: ¿España es Europa? Aquí Bueno señala que el concepto de Europa es esencialmente geográfico, y sólo tras los distintos descubrimientos de América y la profundización en Asia puede hablarse del concepto de Europa definido en sus límites. Culturalmente, España es Europa mucho antes que Francia o Alemania, cuyos habitantes vivían en la barbarie mientras la romanización se consolidaba en la Península Ibérica. De hecho, Bueno realiza una taxonomía de cuatro posibles Europas: la Europa sublime, la vanguardia del Género Humano (la de Andrés Laguna o Edmundo Husserl); Occidente, como civilización al margen del resto del mundo; la Europa sin fronteras, la unión monetaria y aduanera, un invento de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial para frenar el comunismo; y la Europa política, el resultado de la división del Imperio Romano en distintos reinos enfrentados en una jungla de Estados o biocenosis, donde todos han querido siempre lo mismo, dominar al resto. La confluencia de estas distintas versiones de Europa sería la actual «Europa de papel», el Tratado Constitucional de Europa que no puede ir más allá de los firmados en Maastrich o Niza: el artículo 80 del Tratado establece que cualquier estado firmante puede retirarse del mismo cuando quiera.

  Culmina este libro de contraataque un epílogo, Don Quijote, espejo de la nación española, donde se desmiente el presunto pacifismo o armonismo cervantiano, calificando de impostores a aquellos, como el ministro José Bono, que reivindican a Don Quijote al tiempo que salen huyendo de Iraq. Cervantes no fue acogido generosamente por los musulmanes en Argel, como ha dicho recientemente la ministra ignorante y necia Carmen Calvo –de cuyo nombre Bueno no quiere acordarse–, sino que fue soldado antes que escritor, vencedor en Lepanto y prisionero en Argel. El Quijote está escrito desde la perspectiva del Imperio español entonces existente, ejerciendo el papel de revulsivo, de tábano socrático diríamos, para que los herederos de la gloriosa Historia de España no se duerman en los laureles. Esto implica exaltar, en lugar de sumergirlo entre el fárrago de las numerosas páginas de El Quijote como hacen los pacifistas, el Discurso de las armas y las letras, donde se refuta al irenista Erasmo de Rotterdam y su defensa de las letras; para El Quijote las armas están antes que las letras, pues sin las armas las letras son imposibles: sin las armas no se pue de vivir, por lo que Quijote, una vez derrotado y abandonadas las armas, muere, algo que acabaría sucediendo con España si sólo se exhiben manos blancas y buen talante frente a los burócratas que pretenden sentenciar que España no existe, que es una entelequia.

28 RAZONES PARA SOLICITAR UNA COMISIÓN INDEPENDIENTE DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL 11-M

28 RAZONES PARA SOLICITAR UNA COMISIÓN INDEPENDIENTE DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL 11-M

  La comisión parlamentaria sobre el 11-M hace casi un año que concluyó sus trabajos. No consiguió aclarar ni un solo punto de los atentados. Pero esto, por esperado, no era lo peor sobre el atentado. A tenor de los datos que se van filtrando de la investigación puede concluirse que, en el momento actual, apenas se sabe nada de cómo se depositaron las bombas en los trenes, absolutamente nada de quiénes fueron los autores intelectuales, muy poco sobre los explosivos, se ignora absolutamente todo sobre lo que ocurrió en la vivienda de Leganés e, incluso, hay un amplio margen de inseguridad que impide confirmar quién –e incluso cuántos- estaban en su interior, se tienen pruebas muy poco fiables sobre la casa de Morata de Tajuña y sobre lo único que existe una certidumbre absoluta es sobre las dos consecuencias traumáticas que tuvo para la sociedad española:

  1) 192 víctimas, 192 familias rotas y
  2) un cambio de gobierno inesperado.

  No se trata de cuestionar que el PSOE ganó las elecciones del 14-M, sino solamente afirmar que el ÚNICO ELEMENTO que hizo desequilibrar las previsiones electorales previas realizadas mediante sondeos exhaustivos, en los días anteriores, fue el espantoso atentado.
  Creemos que si el pueblo español soberano no es capaz de presionar a los poderes públicos e institucionales para que aclaren hasta los últimos resquicios del 11-M (quién planificó el crimen, quién lo cometió y cómo lo cometió), atentados de esta envergadura pueden repetirse. Si el crimen del 11-M queda impune, queda abierta la vía para que cualquier desaprensivo sin escrúpulos recurra al terrorismo para crear situaciones que alteren el normal curso de un proceso electoral.
  Es por eso que los firmantes de esta carta abierta, pasamos a recordar a la opinión pública, algunos elementos que le han sido escamoteados desde el 11-M.

  Nosotros, los abajo firmantes, QUEREMOS LA VERDAD, no solamente el 12 ó 13-M, sino aquí y ahora, hoy y siempre, por dolorosa, horrible, sorprendente y contradictoria que sea con la versión oficial que se nos ha dado.
  Nosotros, los firmantes de esta carta abierta a la opinión pública,

 EXPONEMOS:

  a) Que el mayor atentado cometido en la historia de España no puede permanecer impune, pero que la naturaleza de lo que se ha dado en llamar “agujeros negros” de la investigación es tan profunda que estamos en el derecho de suponer que se corre el riesgo de que así ocurra.
  b) Que en el estado actual de las investigaciones se sabe muy poco o nada sobre los aspectos verdaderamente importantes del crimen e incluso existe la posibilidad de que quien fue presentado como principal detenido, Jamal Amihdan, no tuviera absolutamente ninguna implicación en el crimen.
  c) Que la Comisión Parlamentaria, que concluyó sus trabajos en 2005, no aclaró absolutamente ningún aspecto del crimen y cayó en el más espantoso de los bochornos y en una miserable falta de respeto a las víctimas y a sus familias, haciendo que el interés de partido prevaleciera sobre el objetivo de la investigación.
  ch) Que los portavoces del gobierno y su propio presidente encubren su desinterés sobre el tema remitiendo a la opinión pública al juicio que, antes o después, tendrá lugar en la Audiencia Nacional, negando, contra toda lógica y sentido común, que existan “agujeros negros”. Existen y son de tal naturaleza que invalidan las conclusiones oficiales de la investigación. 

  d) Que el sumario estancado en la Audiencia Nacional no parece que vaya a resolver los elementos esenciales del crimen, ni que los abogados de las defensas –buena parte de oficio- estén en condiciones de tener un conocimiento exacto y profundo de la totalidad del sumario.
  e) Que sería deseable que los familiares de las víctimas del 11-M, aparte de la compensación económica por la pérdida de sus seres queridos, recibieran además la satisfacción de conocer por qué murieron y quién ordenó su asesinato. En este sentido son las asociaciones de víctimas del 11-M las primeras que deberían de utilizar su peso moral para estimular la apertura de nuevas investigaciones y el establecimiento de responsabilidades sobre el crimen; tal es y no otro, el fin que deberían de perseguir.
  f) Que medios de comunicación privados de suficiente solvencia, así como cierto número de autores independientes, han publicado en los últimos 20 meses datos objetivos y análisis suficientes como para cuestionar con fundamento sólido, la versión oficial y demostrar ampliamente la existencia de “agujeros negros”.
  g) Que ni una sola de esas informaciones, en su mayoría, extremadamente lógicas y coherentes, ha inducido al Ministerio del Interior a abrir nuevos canales de investigación, sea por negligencia, desprecio a las investigaciones particulares, o simplemente por desinterés o apatía, dando por cierto aquello que no es más que un amasijo de cabos sueltos, mentiras flagrantes, medias verdades y repetidas maniobras de intoxicación informativa.
  h) Que José Luís Rodríguez Zapatero, vencedor en las elecciones del 14-M sólo gracias a la campaña desencadenada tras los atentados, perdió en el momento mismo de vencer todo interés por el 11-M y se ha ido aferrando, contra viento y marea, a la versión oficial: “atentado 11-M = atentado de Al Qaeda motivado por el papel de Aznar en Irak”; hoy existen datos suficientes para desmontar con extrema facilidad esta afirmación.
  i) Que, desde el primer momento, se han presentado a la opinión pública rostros de individuos y personas como vinculados a los atentados, con pruebas y datos falseados y, siempre, absolutamente insuficientes; el “gran atentado” del 11-M no ha tenido una “gran investigación”, ni ha llegado a señalar a los “grandes culpables” con pruebas definitivas; todo lo contrario.
  j) Que la mayoría de marroquíes presentados como autores materiales de los atentados eran en realidad pequeños delincuentes comunes que merecían ser juzgados y condenados por tráfico de drogas, clonación de tarjetas de móviles, reciclado de teléfonos robados y otros delitos, pero no por haber asesinado a 192 personas.
  k) Que el PSOE ha atacado y descalificado, sistemática y regularmente, a todos aquellos que han intentado establecer la verdad sobre lo que ocurrió el 11-M y quién ideó el crimen, pero en ningún momento ha hecho nada por esclarecer lo que verdaderamente ocurrió; hay que calificar de bochornoso el cierre de los trabajos de la comisión y la negativa realizada por el PSOE y sus aliados (ERC e IU) a aprobar comparecencias absolutamente necesarias para la investigación.
  l) Que 192 víctimas y sus familias piden a gritos que se aclare quién y en función de qué y por qué, causó tanto dolor. Cuando se van a cumplir dos años de aquellos atentados, parece como si las indemnizaciones cubrieran todo el dolor y la tragedia de las víctimas y como si el Estado no tuviera ya la obligación de investigar, con mano de hierro y en todas direcciones, qué fue lo que ocurrió realmente el 11-M.
  m) Que el hecho de que el terrorismo islámico exista en otros países no implica que los atentados del 11-M hayan sido, necesariamente, cometidos por formaciones de este tipo.
  n) Que nunca ha existido absolutamente ni un solo indicio que tendiera a demostrar una vinculación entre el 11-M y los atentados firmados por Al-Qaeda y, por tanto, con lo que se ha dado en llamar “terrorismo internacional”.
  ñ) Que el terrorismo islamismo, como cualquier otra forma de terrorismo es condenable y rechazable, aquí y en Palestina, en EEUU o en Casablanca; pedir la verdad sobre el 11-M y dudar de la versión oficial dada, no implica en ningún sentido intentar absolver al terrorismo islámico del dolor que ha podido causar en cualquier parte del mundo.
  o) Que todavía no se ha aclarado fehacientemente quiénes, ni siquiera cuántos, murieron en el piso de Leganés, cómo murieron, por qué murieron, ni que les indujo a concentrarse allí, ni cómo fueron descubiertos, ni cómo fue posible que uno de los miembros del grupo huyera a la carrera, ni, en definitiva, ningún aspecto que pueda aclarar lo que sucedió allí. Resulta demasiado fácil, simple y sospechoso, afirmar que “allí murieron todos los terroristas” y dar por zanjada la investigación.
  p) Que varios presuntos implicados el 11-M –y casi la mitad de los muertos en Leganés- estaban siendo vigilados por la policía en los meses anteriores al crimen y hasta pocos días antes del atentado, lo que excluye la posibilidad de que la policía pudiera pasar por alto sus vinculaciones con una trama terrorista, en caso de existir.

  q) Que en toda la trama de los explosivos y de los teléfonos aparecen demasiados individuos ambiguos que son, a la vez, pequeños delincuentes, confidentes de los servicios policiales españoles o magrebíes o, simplemente, funcionarios policiales en activo, como es el caso de Maussili Kalaji, funcionario del Cuerpo General de Policía.
  r) Que el gobierno marroquí no ha colaborado en absoluto en la investigación sino que, más bien, ha hecho todo lo contrario: ha ocultado datos y los ha falseado, ha dificultado la tarea de comisiones rogatorias sobre su territorio e, incluso, ha dado datos erróneos sobre la militancia política de los sospechosos de haber tenido algo que ver con el 11-M.
  s) Que parece increíble que, a estas alturas, ni siquiera se sepa con exactitud y certidumbre incuestionable de dónde salió la totalidad de explosivos que estallaron en los trenes, los que se hallaron en la vía férrea Madrid-Zaragoza, los que estallaron el piso de Leganés o los que se encontraron entre los restos y que, incluso, existan informes contradictorios, desde el primer momento hasta hoy, sobre el tipo mismo del explosivo.
  t) Que, desde el primer momento, la facilidad con que la policía encontró pistas providenciales que incriminaron a Jamal Zougan y a los primeros detenidos o a los muertos en Leganés, era extremadamente sospechosa y merecía una investigación pormenorizada, ante la evidencia de que se trataba de una nueva edición del cuento de Pulgarcito y su rastro de piedrecitas, pues existen fundamentos para sospechar que la mayoría de pistas que siguió inicialmente la policía española habían sido prefabricadas y sembradas artificialmente para encarrilar la investigación.
  u) Que hasta ahora se ha presentado a no menos de media docena de individuos como “responsables intelectuales” o “coordinadores” de los atentados, a cuál más inverosímil, individuos que en buena medida son mitómanos, chivos expiatorios o, simplemente, no disponen de la más mínima preparación para idear un atentado de la precisión técnica y política del 11-M.
  v) Que el único juicio realizado hasta ahora contra terroristas islámicos en España –la presunta “Célula durmiente de Al-Qaeda”- procesados por su presunta participación en los atentados del 11-S, ha concluido con una sentencia absolutoria en los cargos más graves y con un recurso de apelación al Supremo, lo que supone un desfase entre las enormes responsabilidades atribuidas por la policía a este grupo y lo que se ha logrado demostrar en el juicio. Peligroso precedente que induce a dudar sobre si este país podrá soportar que, una vez visto el juicio del 11-M, se proceda a una absolución similar de los acusados y a enfrentarse brutalmente a la realidad de ignorar quiénes cometieron el mayor crimen en la historia de España. Desde aquí afirmamos que la absolución de alguno de los principales acusados por el crimen es inevitable a tenor de la endeblez de las pruebas reunidas, hasta el punto de que sorprende la cruel frialdad que supone el que, con tales “pruebas”, hayan podido ser presentados ante la opinión pública como culpables de haber causado 192 víctimas.
  w) Que ni puede afirmarse ni excluirse que ETA tuviera algo que ver con los atentados, pero sí puede afirmarse que ETA preparaba atentados similares. En cualquier caso, la enormidad y frialdad de otros crímenes de ETA merece que esta hipótesis no sea descartada, especialmente en un momento en el que se sabe que delincuentes islamistas tuvieron en las cárceles contactos con presos de ETA.
  x) Que, resulta absolutamente innegable que los principales beneficiarios de los atentados fueron los interesados en desvincular a España de la guerra de Irak. El hecho de que el PSOE fuera un beneficiario involuntario le fuerza necesariamente a ser el primer interesado en aclarar, hasta los últimos flecos, el crimen. El principio de toda investigación criminal (“¿a quién beneficia el crimen?”) debía haber obligado al PSOE a salir de su silencio y aferramiento a la versión oficial, más allá de toda lógica y razón.
  y) Que la legalidad del gobierno socialista deriva de su victoria electoral el 14-M, pero que aquella votación se realizó bajo la presión de los atentados y que la legitimidad auténtica del gobierno Zapatero sólo puede derivar de un esclarecimiento absoluto de lo que ocurrió en los atentados, quién los planificó y quién los ejecutó.
  z) Que cuando los poderes públicos muestran un desinterés absoluto en abrir nuevos canales a la investigación y llegar al esclarecimiento total de los atentados, la iniciativa ciudadana debe imponerse allí donde no llega la iniciativa de los políticos profesionales.

Y es por todo esto por lo que los abajo firmantes,

PEDIMOS

  La movilización de la opinión pública y de los medios de comunicación para la constitución de una Comisión Independiente de Investigación sobre los atentados del 11-M, formada por periodistas, familias y asociaciones de víctimas, expertos en terrorismo, personas de relevancia y prestigio social y cultural, con peso social y moral suficiente como para llegar allí donde se impidió llegar a la Comisión Parlamentaria.

LLAMAMOS

  A lo que se conoce como “líderes de opinión” para que ejerzan su autoridad moral para impulsar y asumir la dirección de una Comisión Independiente de Investigación, lo antes posible y, en cualquier caso, antes de la vista en la Audiencia Nacional.

¡Queremos la verdad ayer, hoy y siempre y no sólo el 12 o 13-M!

  Se ruega enviar nombre y apellidos y DNI a: verdad11m@yahoo.es. Una vez reunidos varios centenares de firmas, la carta será publicada en los medios de comunicación, constando los firmantes por orden alfabético.