"ESO" QUE LLAMAN INVESTIGACIÓN
Javier NOYA (Real Instituto Elcano)
En el documento anterior se hacía una primera aproximación a la imagen de España en Hispanoamérica. La conclusión era que a pesar del deterioro producido por las inversiones españolas, circunscrito a esta cuestión y explicable por factores específicos y no por un antiespañolismo generalizado, los ciudadanos hispanoamericanos siguen profesando una enorme simpatía hacia España. ¿Es un sentimiento recíproco? ¿En qué medida?
Para descargar el documento en formato PDF, pulse aquí: LA IMAGEN DE AMÉRICA LATINA EN ESPAÑA.
Javier NOYA (Real Instituto Elcano) Bitácora PI rescata este trabajo de investigación sociológica del Real Instituto Elcano, publicado en 2003. Se trata de una encuesta que en 1995 comenzó a realizarse anualmente. Su octava oleada se realizó en 17 países hispanoamericanos, entre el 18 de julio y el 28 de agosto de 2003, aplicándose un mismo cuestionario a muestras representativas de las poblaciones nacionales de cada país, con un total de 18.638 entrevistas que representan a una población de 480 millones de habitantes. Además de la opinión general sobre España, se abordaron cinco aspectos particulares: (1) el aspecto cultural del español e hispanidad; Los avatares de la imagen de España en Hispanoamérica en la época contemporánea y hasta los años 80 del siglo XX son bien conocidos. Históricamente, la emancipación de España va acompañada del lógico recelo de las antiguas provincias hacia la metrópoli, aunque con importantes variaciones según los países, relacionadas básicamente con el indigenismo (Sánchez Mantero et al.). Con el tiempo, este sentimiento, si no retrocede, al menos se matiza. Los sucesivos flujos de inmigrantes económicos españoles en busca de fortuna (los “gallegos”), aunque también los “transterrados”, exiliados políticos de la Guerra Civil y del régimen franquista, cuantitativamente menos importantes pero muy influyentes culturalmente en alguna de estas sociedades (Monsivais), añadieron nuevos prismas a la imagen y la enriquecieron. En los años 80 los estudios realizados mostraban unos niveles altos de simpatía, proximidad y afinidad cultural. El 65% de los hispanoamericanos consideraba que la influencia de España en su país había sido positiva. El 78% nos veía como un país amigo. Los años 90 fueron un período de cambios profundos en la relación entre España y América. Por un lado, se consolidan y diversifican los flujos migratorios hacia España. Pero, por otro lado, también lo hicieron las inversiones españolas en la región. Y ya más recientemente, en opinión de algunos analistas, la guerra de Irak y el alineamiento de España con las tesis de Washington pueden haber influido negativamente en una opinión pública en su mayoría multilateralista y opuesta al ataque. Para descargarlo en formato PDF, pulse aquí: LATINOBARÓMETRO. DICIEMBRE 2003.
(2) el aspecto social de la inmigración;
(3) el aspecto político de las relaciones bilaterales;
(4) el aspecto económico de las relaciones comerciales; y
(5) el aspecto, también económico, de las inversiones españolas.
Alberto Buela
Nuestra tesis es que, dado que el lenguaje de la protesta se dirige antes que nada a aquellos que comparten las premisas de los que protestan, la protesta y su mensaje se agota en sí misma, de modo que su continuación natural sería la práctica y el ejercicio del disenso.
La protesta es un rasgo distintivo de la modernidad, pues la indignación es una emoción predominantemente moderna como sostiene el filósofo A. MacIntayre. Nuestros mayores recordaban todavía que “aquello que no se puede remediar hay que saber soportar”, pues aun tenía cierta vigencia aquella virtud premoderna de la paciencia, entendida como el saber esperar atentamente sin quejas.
Además la protesta dejó de lado sus antecedentes latinos cuales eran los de pro- testare , es decir, atestiguar en favor de algo o de alguien y evolucionó, o mejor aún, involucionó para limitarse a “dar testimonio contra algo o alguien”. De modo tal que la protesta es hoy casi siempre un fenómeno negativo. El griterío de la protesta, el desorden que ocasiona toda protesta hace que con ella no se pueda discutir; para ello hay que dejar que se agote en su propia manifestación. Que se cueza en su propia salsa, que es el medio natural que la diluye.
La actitud del gobierno argentino actual frente a la protesta (piquetera o ecologista como la de Gualeguaychú) sigue esta línea de razonamiento. Y es que la protesta es inconmensurable, no desemboca en una discusión, no es racionalmente explicable ni explicada. Así los que protestan no son vencidos ni vencen en una discusión (ámbito de la razón) porque ellos se agotan en el griterío de la propia manifestación.
La salida a la protesta, la apertura al diálogo de aquellos que protestan puede ser de dos tipos: a) el consenso que siempre es entre dirigentes y que, como el viejo gatopardismo, cambia algo para que nada cambie. b) el ejercicio del disenso. Esto es, cuando se puede mostrar que existe “otro sentido” y entonces uno puede, allí sí, disputar: pensar distinto. Mostrar la divergencia, el contrario parecer, el desacuerdo.
El disenso, al contrario de la protesta, no se agota en lo que no quiere (aspecto negativo) sino que logra su plenitud en el pensamiento alternativo a lo dado. El disenso al proponer otro sentido al que actualmente portan las cosas y las acciones de los hombres sobre ellas, plantea un proyecto diferente, distinto.
Hoy se les permite, con total libertad, a las masas de desocupados manifestar su protesta, incluso la violenta, o a los jóvenes amuchados en “nuevas tribus” como enseña el sociólogo M. Maffesoli, la transgresión que es la protesta sobre materia leve y delito no grave, pero lo que no se les permite es la práctica del disenso, porque éste conlleva a la reflexión, a la creación de “otro sentido” al que tienen las cosas hoy en el orden político, económico, social y cultural.
En general, el objetivo del disenso es lograr - ad cordis - desde el corazón un acuerdo (de allí proviene el término) para que cambie el sentido de las cosas. El disenso tiende más a la construcción de una comunidad (mundo de valores) que de una sociedad (mundo de contratos), y ello es así porque en el disenso el otro es considerado como tal, sea en oposición o no a nosotros. Mientras que el consenso realiza la parodia del otro, hace como si le interesara el otro, hace “como sí” el otro fuera alguien, cuando en realidad no lo tiene en cuenta.
Es que el consenso es la salida de las sociedades “progresistas y democráticas” que otorgan infinitos derechos “al otro”, pero absolutamente incumplibles en la realidad. Es éste el punto de partida más importante en la formación del resentimiento social, dice por ahí Max Scheler: “aquella sociedad como la nuestra en donde cualquiera tiene derecho a compararse con cualquiera, y sin embargo “no puede compararse de hecho”. (1)
En su fondo último el disenso nos viene a decir que ser buen ciudadano, al estar comprometido con los destinos de su comunidad, “no es seguir una regla o las normas”, lo que está dado y aceptado, sino que se es bueno para uno y para los otros en la medida en que “se es bueno de suyo o por sí mismo”. El disenso no se plantea para obtener otro bien sino el bien propuesto por él mismo.
Vemos cómo nos vuelve de rondón, nos entra por la ventana, la vieja polémica entre la ética de los deberes y la ética de los bienes. Así para la primera, cuyo representante emblemático es Kant, uno es virtuoso cuando actúa por deber y no por inclinación, cuando cumple con sus obligaciones a pesar suyo, mientras que para la segunda, encarnada por Aristóteles, un hombre es virtuoso cuando realiza actos virtuosos, porque ya es virtuoso. El hombre se ha educado en el cultivo de lo que es bueno para actuar desde una inclinación formada y es por ello que puede realizar actos buenos.
El disenso no privilegia entonces la norma sino el bien, porque las fórmulas y las normas en el variado y multifacético obrar humano no son válidas por adelantado, y si lo fueron dejan de serlo en muchos casos, es por eso que el disenso actúa “de acuerdo a la recta razón = katá ton órthon lógon” en cada circunstancia determinada. Ésta es la fuerza intrínseca que hace que el disenso sea tal. Así puede ir más allá de la norma, más allá de lo establecido y dado, puede entonces plantear otro sentido a las cosas y sus problemas.
Lo que importa ahora desde el punto de vista político es la construcción de nuevas formas de comunidad, dentro de las cuales la vida espiritual, moral e intelectual puedan sostenerse, formas ajenas al mundo de la sociedad liberal individualista.
Esta sociedad moderna ha creado hospitales, clubes, escuelas apoyadas todas en la idea de sociedad filantrópica, que subordina lo noble a lo útil, donde el amor a la humanidad reemplaza el amor a la patria, su pueblo y sus tradiciones. La medida cuantitativa desalojó a la cualitativa, pero al mismo tiempo ha mutilado la pertenencia de las mismas asociaciones a la vida de la polis como un todo, quebrando la idea de comunidad.
Es que: “la filantropía moderna ha nacido sobre todo como protesta contra el amor a la patria, y se ha tornado, por último, protesta contra toda comunidad organizada”. (2)
Ésta es hoy,por antonomasia, la cuestión política postmoderna a resolver.
1.- Scheler, Max: El resentimiento en la moral, Espasa-Calpe, Bs.As. 1944, p.24.-
2.- Scheler, Max: op.cit. p. 152.-
Sergei MIKHEEV
Los políticos occidentales han exhortado al mundo entero a que se vuelva más abierto. De acuerdo con el punto de vista occidental, la mundialización es un proceso positivo e inevitable. Y ello conlleva que la apertura global sustituya a la soberanía nacional.
La idea de un mundo globalizado se ha vuelto contra Occidente como un duro golpe. Los centros de producción hace tiempo que se desplazaron a partes remotas del mundo. La economía occidental ha perdido su competitividad original. Otro factor aún más importante, las mayores reservas de petróleo están situadas fuera de la zona del “gold billion”. Para colmo de males, la civilización occidental ha declinado de forma continua debido a que la propaganda del consumismo y la comodidad personal se han convertido en norma en el estilo de vida occidental. Tener niños se ha convertido en Occidente en algo parecido a una conducta atávica que genera muchas incomodidades y molestias a las carreras profesionales y al desarrollo personal de la gente. A diferencia de la “altamente desarrollada civilización occidental”, Asia , Africa y Latinoamérica padece una crisis de superpoblación. Las naciones occidentales están perdiendo poco a poco sus identidades culturales y van dejan paso a naciones duras y carismáticas que a su vez prosiguen su invasión de Occidente con su permiso.
Sin duda Occidente ha tenido éxito al utilizar durante muchos años el fenómeno de la globalización persiguiendo sus propias necesidades egoístas y minimizando las consecuencias negativas. Los países occidentales interfieren en asuntos de soberanía de otros países, conquistan mercados extranjeros, controlan flujos monetarios, atraen una mano de obra más barata, etc. Hay que reconocer que Occidente ha conseguido mucho en este sentido. Por otra parte, toda acción provoca una reacción. El mundo, que ha sido transformado despiadadamente por Occidente a lo largo de los años, ha empezado a su vez a transformar a Occidente.
Los políticos europeos y americanos promueven la democracia como la estructura social última que debería reinar en todo el mundo. Deberían felicitarse por la Victoria de Hamas en las elecciones democráticas de Palestina. Occidente cree que tiene derecho a observar y supervisar el establecimiento de la democracia a lo largo y ancho de todo el mundo e infundir estándares occidentales en las culturas de otros países. A su vez, Occidente ha sido testigo de revueltas globales debidas a la publicación de varias caricaturas en un periódico local europeo. Si las administraciones europeas o norteamericanas creen que tienen derecho a emprender una acción militar contra un estado soberano, ello significa que muchos americanos pueden caer víctimas de un ataque terrorista en cualquier momento.
Los estándares occidentales hacen que el mundo parezca un adefesio. Las tecnologías políticas y sociales pueden plantearle una broma pesada a Occidente. Muchos políticos respetables reconocen actualmente que la inmigración masiva puede finalmente destruir la civilización occidental. Los inmigrantes siguen conquistando el mundo mientras promueven sus propias necesidades y valores. Ya juegan un importante papel en la vida política europea. Dentro de 10 o 15 años serán una importante fuerza electoral tanto en Estados Unidos como en Europa.
Como norma, los inmigrantes preservan su identidad nacional, que les da un motivo para defender sus derechos y necesidades. Protestan cuando un gobierno europeo prohíbe el velo en los colegios europeos. Sumergen París en el caos quemando coches y apedreando ventanas. Exigen respeto por sus tradiciones cuando los periódicos europeos publican las polémicas caricaturas del profeta Mahoma. No parecen interesarse mucho por el paraíso multicultural globalizado que Occidente pregona tan violentamente.
La inmigración se ha convertido en un serio problema también para los Estados Unidos. Los americanos no blancos se han vuelto mucho más activos que en el pasado tanto social como políticamente. Hay investigadores americanos que piensan que los inmigrantes y sus familias en expansión crearán eventualmente uno de los problemas más serios para la seguridad interna de los Estados Unidos en el siglo XXI.
Esto conduce a la idea de que no existirá un concepto de “mundo occidental” en el futuro. Las naciones que abandonan su autenticidad en beneficio del mito de un mundo globalizado, perderán irremisiblemente su viabilidad bajo la presión de agresivas culturas extranjeras. Las naciones que crearon la civilización occidental hace siglos y que defendieron sus normas y valores a través de innumerables guerras sangrientas, no se sienten actualmente en casa en sus propios países. Pueden seguir luchando por los derechos de los homosexuales y explorar la naturaleza del orgasmo femenino, pero también pueden defender el derecho a las inyecciones letales.
El gobierno ruso debe prestar toda la atención posible a los problemas arriba mencionados. Las autoridades rusas necesitan desarrollar una política completamente nacional e identificar objetivos nacionales. Rusia ya padece separatismo regional, la interminable Guerra en Chechenia, el crecimiento de sentimientos extremistas , etc.
Los gobernantes europeos y americanos ya han ejercido plenamente el poder de la propaganda y las tecnologías. Su impacto ha derribado imperios, tiranos e incluso asociaciones internacionales. Occidente ha machacado naciones sin necesidad de utilizar misiles o bombas. La propagación incontrolada del radicalismo islámico a través del mundo – la preocupación número uno del planeta – y la creciente popularidad de tales sentimientos que conducen al establecimiento de redes terroristas tienen su origen en conocidas tecnologías políticas occidentales. Es un secreto a voces que los Estados Unidos iniciaron varios de tales proyectos para luchar contra la URSS durante la Guerra Fría.
Esperemos que la protesta mundial contra la publicación de las caricaturas del profeta Mahoma ha sido sólo una simple ocurrencia, o el resultado de una provocación que no se repita nunca en el futuro y no adopte la forma de un movimiento global antioccidental. Está claro de todas formas que el mundo está cambiando ante nuestras narices. Si sucesos como éste continúan ocurriendo, Occidente puede caer en la foso que él mismo ha excavado.
Miguel ARGAYA
No es impropio de mí desconfiar de todo aquello que el Sistema promueve y airea sin escatimar esfuerzo. Supongo que se trata de una costumbre que me habrá llevado a veces a suponer más de lo que hay, y aun al error; pero no dudo de que muchas más me ha permitido escapar del conformismo bobalicón, ese otro gran enemigo de la verdad.
Me ha pasado últimamente con un libro muy difundido y conocido -pero poco leído, al parecer-: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington (Barcelona, Paidós, 2001), del que se me ha hablado muy bien desde posiciones políticas diversas. Lo que traigo aquí son ni más ni menos que mis anotaciones, comenzando por un resumen -forzosamente breve, de sólo seis párrafos, pero espero que riguroso- de las tesis de Huntington.
1º.- Huntington prevé un orden internacional nuevo en que los conflictos no son ya de clases o ideológicos, sino “entre civilizaciones”. “Las relaciones entre civilizaciones han pasado, de una fase dominada por la influencia unidireccional de una civilización sobre todas las demás, a otra de interacciones intensas, sostenidas y multidireccionales entre todas las civilizaciones” (p. 60). “Las civilizaciones son las últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es un conflicto tribal a escala planetaria” (p. 247). “El mundo, o se ordenará de acuerdo a las civilizaciones o no tendrá orden alguno” (p. 186).
2º.- Huntington define la “civilización” como “el agrupamiento cultural humano más elevado y el grado más amplio de identidad cultural que tienen las personas, si dejamos aparte lo que distingue a los seres humanos de otras especies. Se define por elementos objetivos comunes, tales como lengua, historia, religión, costumbres, instituciones, y por la autoidentificación subjetiva de la gente” (p. 48). Elementos de entre los cuales, sin embargo, “el más importante suele ser la religión” (p. 47).
3º.- De acuerdo a lo anterior, cataloga un máximo de 8 grandes “civilizaciones” contemporáneas: Japonesa; Sínica o Confuciana; Hindú; Budista; Musulmana; Cristiano-Ortodoxa; Africana; Latinoamericana; y Occidental o Cristiano-Occidental (p. 50-53). A ésta última la llama también, en otros sitios, Civilización Noratlántica (p. 52-53).
4º.- Son características de la Civilización Occidental, según Huntington: el legado clásico, la pluralidad de lenguas, la separación de la autoridad espiritual y temporal, el imperio de la ley, el pluralismo social, los cuerpos representativos y el individualismo (p. 81.83), pero sobre todo “el cristianismo occidental, primero catolicismo y después catolicismo y protestantismo" (p. 81). Se trata de “Europa y Norteamérica, más otros países de colonos europeos como Australia y Nueva Zelanda”, que han sentido “los efectos de la Reforma y han combinado la cultura católica y protestante” (P. 52). Para Huntington, la Civilización Occidental surgió en los siglos VIII y IX y desarrolló sus características propias en los siglos siguientes, aunque no comenzó a modernizarse hasta los siglos XVII y XVIII (p. 81).
5º.- Los conflictos importantes a los que debe hacer frente la Civilización Occidental son, inevitablemente, con las más civilizaciones más orientales. “Sus relaciones con Latinoamérica y África, civilizaciones más débiles que han sido dependientes de Occidente en alguna medida, registran grados muy inferiores de conflicto, particularmente con Latinoamérica” (p. 218). Las diferencias que Huntington establece con ésta son, en todo caso, claras: aunque la civilización Latinoamericana está “íntimamente emparentada con Occidente” (p. 52), Huntington alega que “incorpora elementos de las viejas civilizaciones indígenas” (p. 51) y que “ha tenido una cultura corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida y Norteamérica no tuvo en absoluto” (p. 52). Curiosamente, Huntington minusvalora el componente católico en el ámbito latinoamericano. Es cierto que no lo desdeña, pero lo relativiza al afirmar que “latinoamérica ha sido sólo católica, aunque esto puede estar cambiando” (p. 52) hacia una “protestantización” (p. 117). Se establecen también diferencias con la Civilización Ortodoxa, emparentada con el ámbito bizantino y marcada por “el despotismo burocrático y las limitadas influencias del Renacimiento, la Reforma, la Ilustración y demás hitos de la cultura occidental” (p. 51).
6º.- Las grandes superpotencias de la Guerra Fría pasan a capitanear a su vez, como verdaderos “Estados centrales” (p. 185), las Civilizaciones de las que forman parte, actuando dentro de ellas como “fuentes de orden” (p. 186). “Estos procesos son muy claramente visibles por lo que respecta a las civilizaciones occidental, ortodoxa y sínica” (p. 185).
7º.- Ante el nuevo “orden” de civilizaciones, Occidente, según Huntington, debe esforzarse en tres objetivos: mantener su superioridad militar; promover la democracia occidental entre las demás civilizaciones; y controlar y restringir la inmigración en Occidente de los no occidentales (p. 220).
Hasta aquí, Huntington. No cabe duda de que nos encontramos ante un argumentador brillante... y no poco tramposo. Veamos dónde está la “trampa”.
*1ª trampa: Señalar a las viejas superpotencias de la Guerra Fría como inequívocos “Estados centrales” de tres de las civilizaciones catalogadas (precisamente las más activas y capaces, hoy en día: la occidental, la ortodoxa y la sínica). Da a entender, sobre todo, que Huntington no acaba de creerse su teoría de la “sustitución” del “antiguo” orden por uno “nuevo”. Más bien parece que aboga por conservar y consolidar viejas y ya muy malgastadas “capitanías”; en el caso “occidental”, sin duda, la estadounidense. Llamar “noratlántica” a la civilización occidental es, por otra parte, una perversión retórica que nos retrotrae subliminalmente a la OTAN, a la que por cierto se cita no pocas veces en el libro.
*2ª trampa: Determinar como objetivos defensivos de Occidente sólo los tres que recoge el punto 7º, es traicionar la esencia misma del concepto de “civilización” planteado por Huntington, y cuyo elemento más importante (según veíamos en el punto 2º) es la “religión”. Al parecer ésta no merece consideración defensiva alguna; como sí, en cambio, la “democracia occidental”, que debe ser incluso -según el autor- “exportada” y promovida. Se diría que para Huntington aquélla -la religión- figura como excusa, y ésta -la democracia liberal- como “fundamento” de la Civilización Occidental.
*3ª trampa: ¿No es mucho decir que la Civilización Latinoamericana se distingue de la “Occidental” porque “ha tenido una cultura corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida”? ¿Habrá que recordar dónde surgieron las primeros ensayos autoritarios y corporativistas, y dónde alcanzaron su desarrollo más perfecto (el totalitarismo), y hasta qué punto Latinoamérica no hizo sino importar lo que le vino de fuera?
*4ª trampa: ¿Por qué, a la hora de definir su “civilización latinoamericana”, minusvalora Huntington el componente católico? El hecho de que pueda efectivamente estar cambiando hacia una protestantización no desvirtúa que la razón fundacional de la Civilización Latinoamericana sea -si es verdad que las civilizaciones se definen, como quiere Huntington, por su elemento religioso- la religión católica. También la Civilización Occidental está cambiando, si no ha cambiado ya, hacia una secularización muy notable, y el ideólogo norteamericano no duda en catalogarla todavía como “cristiano-occidental”. Se diría que de un modo u otro se quiere evitar que la Catolicidad se constituya por sí en eje vertebrador de una “civilización”. Parece quererse que sólo tenga efecto en cuanto que “participe” de la cristiandad occidental a la sombra del protestantismo, verdadera “cabeza” intelectual y política del modelo.
*5ª trampa: ¿Por qué fijar el inicio de la Civilización Occidental en los siglos VIII-IX? Si es verdad que se considera la “Cristiandad” como razón fundamental de Occidente, ¿por qué no incluir también en ella los siglos IV-VII? ¿Por qué dejar fuera a San Agustín, a San Atanasio, a Orígenes, a Clemente de Alejandría, a San Isidoro, a Boecio, a San Beda, la labor del monacato oriental o la de San Gregorio Magno? ¿Tal vez porque de esta manera es más fácil disociar -como quiere Huntington- el Cristianismo occidental del oriental? Si es verdad que la Ortodoxia no se ha impregnado de la Reforma ni de la Modernidad, sino superficialmente, también lo es que ha vivido como parte -y parte sustancial- de la Cristiandad durante casi ochocientos años, cuando lo cierto es que Reforma y Modernidad no tienen aún más de cuatro siglos de vida. Claro, que aquellos ocho anteriores la vinculan no poco con una catolicidad que Huntington parece querer desdeñar como factor civilizatorio fundamental.
Es obvio que al señor Huntington “no le salen las cuentas” en cuanto introduce en su tramposo universo la Catolicidad. Por eso la devalúa, la mistifica como “parte” de algo o la niega, según conveniencia, cosa que no hace con ningún otro “factor civilizatorio”. Desgraciadamente para el norteamericano, la historia y el sentido común se resisten a sus simplificaciones. Todo cobra, en cambio, significación, si se entiende como dos cosas enteramente diferentes la Cristiandad y la Modernidad. Por de pronto, vale señalar que varias de las características con que Huntington define “su” Civilización Occidental son propias tan sólo de la cultura protestante, no de la católica: la separación westfaliana de religión y política, por ejemplo, “producto idiosincrático -según el autor- de la civilización occidental” (p. 61), se debe menos a la tesis “gelasiana” (explicitada en 494, en una carta del Papa Gelasio al Emperador oriental, y que contemplaba dos autoridades diferentes -detentadas por potestades distintas- pero complementarias: el Sacerdotium, de carácter espiritual, y el Imperium, de carácter temporal) que a la teoría luterana de la “doble moral”, que plantea una radical separación entre “moral privada” (sometida a los valores cristianos) y “moral pública” (secularizada). De hecho, la separación de la autoridad espiritual y la temporal, por la que la Iglesia había luchado hasta el siglo XVI, se esfuma en cuanto el protestantismo concede al soberano la primacía religiosa de la Nación. Lo único que “vuelve” en Westfalia es Maquiavelo. Y lo único con lo que Huntington “choca” es con la realidad de una “Civilización Católica” que fue hegemónica entre los siglos IV y XVI, que fue vencida en el XVII, que inundó la España Americana y que tuvo y tiene aún en el ámbito hispanoamericano su reserva de futuro. De ahí, sin duda, la agresiva “protestantización” que sufre desde hace medio siglo desde el norte y que Huntington perspicazmente detecta.
Si en este siglo XXI ha de haber un “choque de civilizaciones”, cuéntese con esa “Civilización Católica”, que es evidentemente iberoamericana, pero también más que iberoamericana en cuanto que nace y se desarrolla en origen como un imperio oceánico y transcontinental, y hereda vía España la vieja Cristiandad, la Civilización Occidental. Sin ella, las tesis de Huntington no pasan de fiasco. Dígase, para que no triunfe la mentira.
Dale VREE
“New Oxford Review” – Diciembre de 2005. Editorial
Recibimos una carta de Christian Crampton de Newport Beach (California) diciendo: “Respecto a su editorial de septiembre (‘Tu voz de catolicismo ortodoxo, sin hilos anexos’), aparecía una palabra que me gustarían definan para mí. La he visto ocasionalmente en la New Oxford Review, pero usted la usó más de diez veces en el editorial. La palabra es ‘neoconservador’ (neocon)”. Antes del editorial de septiembre y especialmente desde entonces, mucha gente nos ha preguntaso qué es un neocon.
Este editor ha seguido a los neocons durante más de treinta y cinco años, y he tenido trato con la mayoría de ellos (pero no debí haber dado por hecho que todos sabían lo que es un neocon). Dado mi pasado, podría haber sido un auténtico neocon si hubiese querido. Pero no quería. He aquí un resumen breve; podría decir más, pero ésta es la esencia de ello.
Los neocons auténticos descienden de los movimientos comunistas y socialistas, habiendo sido los líderes más prominentes trotskystas (esto es, comunistas de ultraizquierda). Cuando Stalin tomó el poder en la Unión Soviética, los trotskystas fueron perseguidos con severidad, y finalmente el mismo Trotsky fue asesinado en México. Stalin era un gentil (de hecho, un exseminarista) y Trotsky era un judío, y la línea divisoria entre stalinistas y trotskystas pasaba en gran parte por la misma divisoria (con excepciones significativas, especialmente en los primeros años de los estados satélites soviéticos en Europa oriental, antes que muchos judíos de esos estados satélites fueran purgados del partido, incluso ejecutados).
Stalin se hizo cada vez más antisemita, y los trotskystas judíos tenían otra razón para odiar a Stalin. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se estableció Israel, la URSS se alineó con los árabes contra Israel y la Unión Soviética básicamente no permitió a los judíos emigrar a Israel. Otra razón para odiar a Stalin y la Unión Soviética.
Muchos trotskystas judíos –y otros judíos izquierdistas (pero no la mayoría de ellos)— se hicieron cada vez más y en forma vehemente anticomunistas. Muchos apoyaron la Guerra de Vietnam y fueron extremadamente hostiles a las políticas de ‘détente’ de los presidentes Nixon, Ford y Carter. Estos exizquierdistas judíos percibían la izquierda, incluso los progresistas (correcta o incorrectamente), como proárabes y propalestinos. Estos exizquierdistas judíos evolucionaron hacia lo que ellos llamaron ‘neoconservadores’. Como Benjamin Ginsberg dijo en su libro ‘The Fatal Embrance: Jews and the State’ (University of Chicago Press), “un factor importante que los condujo [a los neocons judíos exizquierdistas] inexorablemente hacia la derecha era su apego a Israel...”.
La meta principal de los neocons judíos –aunque no su meta exclusiva— ha sido proteger a Israel (a lo que, suponemos, tienen derecho), y ven un Imperio Americano como la mejor manera de hacerlo. Sí, sabemos que es inopinado decir esto, pero tenemos el mal hábito de decir la verdad desnuda.
Así los neocons quieren un Imperio Americano, y el neocon judío Jonah Goldberg expuso su ideal de la manera más patente cuando dijo: “Cada diez años mas o menos, los Estados Unidos necesitan tomar algún pequeño país desperdiciado y arrojarlo contra la pared, sólo para demostrar lo que queremos”.
Es interesante que el juez John Roberts fue interrogado por el Comité Judicial del Senado respecto a su lealtad a la Fe Católica (la cual negó resueltamente), pero uno no puede cuestionar a los judíos neocons sobre su lealtad a Israel. Esto es una discriminación, así de simple. Si piensa que esto es antisemita, se equivoca. Los católicos deben ser fieles a su Fe Católica más allá de su lealtad a su país (piense en Santo Tomás Moro y tantos otros mártires) – y no es anti católico decirlo. Sobre si los neocons judíos deberían ser fieles a Israel no es algo sobre lo que estemos cualificados para comentar. Sin embargo, queremos notar que Murray Polner y Adam Simms, ambos judíos, dijeron: “¿Los intereses de Israel conducen la política de los EE.UU. en Medio Oriente? Es una pregunta justa, a pesar que cualquiera que la pronuncie arriesga se acusado injustamente de anti semita” (“Commonweal”, 18 de julio de 2003). Sin embargo, el neocon Richard John Neuhaus hace justamente eso. Dijo: “El ‘lobby judío’ tiene a los Estados Unidos en su bolsillo. Eso dice Philip Weiss, un columnista izquierdista del ‘New York Observer’... Philip Weiss tiene algo, aunque nada original, sobre la influencia de los judíos en nuestro país y su política hacia Medio Oriente... Pero, ¿por qué Philip Weiss está coqueteando con... ideas antisemitas pasadas de moda?” (First Things, diciembre de 2002, pp. 90-91). Weiss “tiene algo, aunque nada original” pero Neuhaus lo reprende por coquetear con el antisemitismo. Si lo que Weiss dice es verdad, entonces ensuciar su nombre por coquetear con el antisemitismo es el último refugio de un sinvergüenza.
Por otro lado, a riesgo de sonar filo semita, los neocons judíos eran y son extremadamente enérgicos y muy brillantes, y han logrando grandes avances en el movimiento conservador, frecuentemente junto a gentiles voluntarios. Son enormemente influyentes y poderosos en el gobierno de George W. Bush – podríamos llamarlos un ‘apparatchiki’ neocon. No, ésta no es una conspiración judía, porque es a plena luz del día, y la mayoría de los judíos no son neocons (probablemente porque piensan que las políticas imperialistas de los EE.UU. no son buenas para Israel o los judíos). Y existen neocons que no son judíos, la mayoría de ellos siendo recién avispados, que consideran “de moda” ser neocon. Algunos neocons gentiles no saben que están siendo usados, mientras que otros lo saben bien, pero no les importa, porque lo ven como un pasaje a la influencia y el poder. Otros conservadores y neocons gentiles piensan que están usando a los judíos neocons porque creen que proteger Israel es un avance en el establecimiento de un Imperio Americano y en el control de la mayoría de las reservas petroleras del mundo.
Una de las divisorias entre los stalinistas y los trotskystas era que los stalinistas decían poder realizar el “socialismo en un país” mientras que los trotskystas demandaban una “revolución mundial socialista” (lo que era fiel al pensamiento de Marx). Pero dado que los trotskystas amargaron la revolución socialista, transfirieron su alianza a la “revolución democrática mundial”, de ahí su ambición por exportar la revolución democrática a todos lados y hacer intervenir militarmente a los EE.UU. en los asuntos de naciones soberanas, lo que transformaría a los Estados Unidos en una nación “matona” (que es la forma en que muchos europeos ven a los EE.UU.). En el segundo discurso inaugural de Bush, dijo: “La supervivencia de la libertad en nuestra tierra depende cada vez más del éxito de la libertad en otras tierras”. Esto suena como venido directamente de la botella de Trotsky: La supervivencia de la Unión Soviética depende cada vez más del éxito del socialismo en otras tierras. El neocon Stephen Schwartz dijo que “aquéllos que están luchando por la democracia global deberían ver a Leon Trotsky como un precursor”. Schwartz, quien sin vergüenza proclama sus raíces trotskystas, preferiría que los “neocons” sean llamados “trotskycons”.
El neocon Christopher Hitchens, también discípulo de Trotsky, quiere que los EE.UU. sean “una fuerza revolucionaria” para luchar contra el fascismo y la religión, especialmente el islamofacismo. “La religión”, dice, es “el más tóxico de los enemigos... la forma más básica y despreciable de las asumidas por el egotismo y la estupidez humana. El odio frío y constante a ella, especialmente en su forma rara de jihad, ha sido tan sostenedor de mí como cualquier amor”. Dice: “George Bush puede ser subjetivamente cristiano, pero él –y las fuerzas armadas estadounidenses—han objetivamente hecho más por el secularismo que toda la comunidad agnóstica estadounidense combinada y duplicada”. Destruir el Islam pavimenta el camino de la democracia, el aborto, la homosexualidad, la pornografía, etc.
El neocon judío Michael Ledeen dijo: “Tiramos abajo el antiguo orden... Nuestros enemigos siempre han odiado este torbellino de energía y creatividad, que amenaza sus tradiciones (cualesquiera que sean) [y eso incluiría la tradición católica]... Debemos destruirlas en nuestro logro de nuestra misión histórica”, agregando que “es tiempo una vez más de exportar la revolución democrática”.
“¿Nuestra misión histórica?” El dios de Trotsky era la Historia. En 1921 Trotsky escribió un libro llamado “La defensa del terrorismo”. En 2002 (antes de la invasión a Irak), Ledeen convocó a la “destrucción creativa” de Irak, Siria, Arabia Saudita e Irán. ¿Cuál es exactamente la diferencia entre el terrorismo y la “destrucción creativa”?
En una guerra justa, matar soldados, y matar civiles que se meten en medio de objetivos militares (daño colateral), no es asesinato, mientras que matar civiles a propósito es asesinato. En una guerra injusta – que es lo que la Iglesia Católica dijo de la guerra en Irak —matar soldados, matar civiles en medio de objetivos militares y matar civiles a propósito son todos asesinatos. (¿Y cuál es justamente la diferencia entre el terrorismo y el asesinato en la guerra?) Pero incluso si uno considera la guerra en Irak como justa, su corazón debería estar apesadumbrado. Después de un año y medio de guerra en Irak, “The Lancet” (el diario médico británico) estimaba la cifra de muertos civiles iraquíes en 100.000. Sin embargo, un recuento más reciente luego de dos años de guerra, producido por el Iraqi Body Count con sede en Londres – que sólo contaba muertes civiles registradas por los medios de comunicación — fijaba la cifra de muertos civiles en 24.865 (con alrededor de 42.500 heridos). Esto suena como una cifra más fiable. De esos 24.865 muertos civiles, el 37.3% se debía a los militares estadounidenses, el 35.9% se debía a la ola de crímenes que asoló Irak tras la caída de Saddam, y el 20.5% se debía a los insurgentes o terroristas. Incluso si se considera la guerra en Irak como justa, debe alarmar que los militares estadounidenses hayan matado casi el doble de los civiles que los insurgentes y terroristas. Se consideren las muertes civiles causadas por los militares estadounidenses – 9.270 (desproporcionadamente niños) —asesinatos o no, Trotsky estaría orgulloso, ya que dijo: “Debemos librarnos de una vez por todas de la farsa cuáquero-papista sobre la santidad de la vida humana”.
Los neocons, principalmente a través del Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC), planeaban una guerra contra Irak bastante antes del 11 de septiembre (básicamente porque Saddam apoyaba el terrorismo contra Israel). El gobierno de Bush está sazonado de gente del PNAC, como Dick Cheney, Lewis “Scooter” Libby (procesado por cinco delitos, incluyendo obstrucción de la justicia y perjurio), Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz, John Bolton y Richard Perle. Esta gente condujo – seamos honestos —al ignorante presidente Bush, que no tiene experiencia en asuntos externos, a iniciar la guerra.
Como dijimos en nuestro editorial de septiembre: “Antes que ‘Crisis’ y ‘First Things’ fuesen fundadas, la ‘New Oxford Review’ fue contactada por una fundación neocon –así de la nada. La fundación quería darnos dinero –dinero ‘gratis’. Un tipo voló desde la Costa Este y me invito (al editor) a reunirnos para tomar unas copas en un restaurante de San Francisco – por su cuenta. ¡Por supuesto! (Estábamos en una situación económica pésima.) Me dijo que nos financiaría regularmente –si tan sólo apoyábamos el capitalismo corporativo y si apoyábamos una política exterior estadounidense militarista”. Lo que no dije es que este tipo era un neocon judío sin interés en la Cristiandad o el catolicismo, y sospecho que estaba interesado en llevarnos a promover los intereses neocons judíos (a lo cual tenía perfecto derecho). Como dijimos en el editorial de septiembre, dije “no”, y ahí acabó todo. Pero las fundaciones neocons no abandonaron. Michael Novak (muy pro Israel) fundó “Crisis” –entonces llamada “Catolicismo en Crisis”—y el P. Neuhaus (también muy pro Israel) fundó “First Things”, ambas con amplio apoyo financiero de fundaciones neocons. Así los neocons encontraron su camino para conseguir que revistas católicas y cristianas se sumaran a sus intereses neocon principalmente judíos (lo cual, de nuevo, es su derecho). ¿Exageramos? No. Cuando la Iglesia Católica denunció la guerra en Irak – llamándola una guerra injusta, una guerra de agresión —tanto Crisis como First Things la apoyaron. Un claro caso de apoyar los intereses neocons judíos por encima de la doctrina católica de la guerra justa. Para una sinopsis del apoyo del P. Neuhaus a la guerra en Irak, en base a su apoyo de Israel, vea nuestra nota en “New Oxford Review”, “¿Qué sabe el Papa acerca de asuntos mundiales?” (Nov., pp. 13-14 y 16-17). Si usted sigue viendo esto como antisemitismo, esta equivocado de nuevo. En un editorial de “The Forward”, el diario jesuita más antiguo de los EE.UU., se dejó dicho: “Hasta hace poco... gente razonable aún podía despreciar, como propaganda conspirativa antisemita, la denuncia de que la seguridad de Israel fue el motivo real detrás de la invasión de Irak. No más... Sus defensores no pueden ser simplemente silenciados y echados como estrechos. Aquéllos que no están de acuerdo ahora deben argumentar su caso en base a pruebas”.
Más allá de la política exterior, ¿pueden los católicos ortodoxos hacer causa común con los neocons en las guerras culturales? Tal vez. Tal vez no. Como Irving Kristol, un judío ex trotskysta y el padrino del neoconservadorismo, escribió en el “Wall Street Journal”: “Aquellas guerras [culturales] terminaron y la izquierda ha ganado”.
Sí, puede que sea bastante lucrativo sumarse al festivo tren neocon, pero no es algo que quisiéramos hacer. “La libertad no es gratuita”. Usted paga un precio por su libertad, y la “New Oxford Review” es verdaderamente libre, aunque relativamente pobre.
Periódicos de pensamiento líder tales como la “New Oxford Review”, “First Things” y “Crisis” nunca darán ganancias. O se apoyan en fundaciones neocons (y no negamos que “First Things” y “Crisis” frecuentemente ayuden a la causa ortodoxa), o se las arreglan por su cuenta, apoyándose en sus suscriptores para mantenerse. Preferimos no tener ningún hilo anexo.
María VALENT
Planteamiento general del problema
La cuestión de los embriones humanos congelados se plantea, una vez más, de forma dicotómica y parcial (es decir: incompleta y posicionada en una ideología muy particular).
- En primer lugar, nos informan acerca de una realidad preocupante y embarazosa: en España hay almacenados en los congeladores de las clínicas donde se practican fecundaciones in vitro (FIV) miles de seres humanos en estadio de embrión. Parece ser que todos coincidimos en que este hecho es, cuanto menos, "problemático" y requiere una solución.
- A continuación, afirman tajantemente que estos embriones humanos no tienen más que un posible destino: la muerte. Dado que no es posible implantarlos en el útero de una mujer de modo que puedan llegar a nacer.
- Por otro lado, nos proponen dos posibles modos de eliminar estos embriones: debemos escoger entre tirarlos a la basura sin más (como se hace con los restos de los niños abortados) o bien transformarlos en un montón de células con interés en investigación biomédica y aprovechar así su teórico potencial terapéutico. Dicho de otro modo: podemos eliminarlos sin más o dignificar su sacrificio transformándolos en un "medicamento" capaz de tratar personas enfermas y curarlas o mejorar su deteriorada calidad de vida.
- Además, nos hacen saber que enfermedades tales como la Diabetes tipo 1, el infarto de miocardio, el Alzheimer, el Parkinson, las lesiones medulares y otras dolencias son potencialmente curables con células madre. De hecho tratan de convencernos de que estas innovadoras y esperanzadoras líneas de tratamiento exigen la investigación con células de origen embrionario.
- Finalmente, el planteamiento del problema y sus posibles "soluciones" se culmina con la afirmación efectuada por científicos, biólogos, y médicos de supuesta talla, de que, de hecho, el embrión humano de menos de 14 días de desarrollo no es un ser humano: y así ha quedado recogido en el Derecho español, concretamente en la Ley 35/1988 de 22 de noviembre sobre Técnicas de Reproducción Asistida.
Planteado así, parece que lo más razonable sería destinar estos embriones humanos a la investigación biomédica. Si lo único que vemos es que hay, desgraciadamente, miles de embriones que de ningún modo pueden llegar a nacer y miles de personas, desgraciadamente enfermas, cuya única esperanza de curación la constituyen esos embriones... es fácil posicionarse a favor de la utilización de dichos embriones como material de investigación médica.
Pero el problema no es tan simple ni las alternativas tan drásticas como a priori nos podría parecer. Debemos tener en cuenta, también, que:
- Esos embriones existen porque un equipo técnico los ha creado para satisfacer la demanda de un servicio concreto de reproducción asistida. Hay personas responsables de estos embriones (tanto de su existencia como del estado en que se encuentran como del negro futuro que les aguarda). Resulta un poco hipócrita denunciar esta lamentable realidad sin recordar el "porqué" y el "por quién" esos embriones están ahí. Es preciso también constatar que la existencia de este "problema" era perfectamente previsible y evitable, de modo que su aparición puede calificarse de negligencia por parte de las personas responsables.
- El embrión humano es, sin lugar a dudas, un ser humano en el estadio más incipiente de su desarrollo. Son muchos los falsos y absurdos argumentos con que se trata de negar la naturaleza humana del embrión de menos de 14 días de vida. Comentarlos y analizarlos no es objeto de este artículo pero quizás sí merece la pena recordar cuán turbiamente se introdujo en los textos jurídicos el término "pre-embrión" y con qué rapidez este término y su injustificable significado han penetrado en el Derecho de la mayoría de países europeos. El término "pre-embrión" fue propuesto el año 1984 en el Informe Warnock, emitido por el Comité de Investigación sobre Fertilización y Embriología Humanas de Gran Bretaña. En este informe se puede leer:
"Una vez que la fertilización ocurre, el proceso de desarrollo subsecuente continúa de uno a otro en un orden sistemático dirigiéndose hacia una división, a la mórula, al blastocisto, al desarrollo del disco embrionario, y así a características identificables dentro del disco embrionario tales como la línea primitiva, pliegue neural y tubo neural" .... "cuando ha empezado el proceso de desarrollo, ningún estadio particular del proceso de desarrollo es más importante que otro; todos forman parte de un proceso continuo, y a menos que cada etapa se lleve a cabo normalmente, en el momento adecuado, en la secuencia adecuada, el desarrollo posterior cesará"... "De modo que, biológicamente, no existe en el desarrollo del embrión ninguna fase particular antes de la cual el embrión "in vitro" podría dejar de ser considerado con vida" ... "Sin embargo, se ha convenido que ésta es un área en la que se debe tomar alguna decisión precisa, a fin de calmar la preocupación del público". Y la decisión, tomada por mayoría, se expresó así: "A pesar de nuestra división sobre este punto, la mayoría de nosotros recomienda que la legislación debería conceder que la investigación pueda conducirse sobre cualquier embrión obtenido mediante fertilización in vitro, cualquiera que sea su procedencia, hasta el término del día 14.2 de la fertilización" y fue entonces cuando se introdujo el término "pre-embrión", propuesto precisamente por un miembro del propio Comité, a fin de "polarizar la cuestión ética".
En este documento queda patente la ausencia de un fundamento científico que permita negar la naturaleza de "ser humano" del embrión humano desde el momento de la fecundación. Pone en evidencia que el objetivo era lograr la permisión de investigar con embriones humanos y que con el término "pre-embrión" tan sólo se pretendía "calmar la tensión del público".
Aún así, la legislación española, al hacerse eco de este informe y redactar la Ley 35/1988 parece interpretar que el embrión de menos de 14 días de desarrollo no es un ser humano y que la vida propiamente humana se inicia con la implantación del embrión en la pared uterina de la madre. En el preámbulo a la Ley, podemos leer:
"Generalmente se viene aceptando el término (preembrión) también denominado (embrión preimplantatorio), por corresponderse con la fase de preorganogénesis, para designar al grupo de células resultantes de la división progresiva del óvulo desde que es fecundado hasta aproximadamente catorce días mas tarde, cuando anida establemente en el interior del útero acabado el proceso de implantación que se inició días antes , y aparece en él la línea primitiva".
"Se manifiesta la tendencia a admitir la implantación estable del óvulo fecundado como un elemento delimitador en el desarrollo embriológico". Al margen de tales consideraciones biológicas, diversas doctrinas constitucionales apoyan tal interpretación. Asi el Tribunal Constitucional de la República Federal de Alemania en sentencia de 25/2/75, al establecer que (según los conocimientos fisiológicos y biológicos la vida humana existe desde el día 14 que sigue a la fecundación), mientras que por su parte, el Tribunal Constitucional español, en sentencia de 11/4/85, fundamento jurídico 5.A), se manifiesta expresando que (la vida humana es un devenir, un proceso que comienza con la gestación, en el curso del cual, una realidad biológica va tomando corpórea y sensitivamente configuración humana que termina con la muerte); queda así de manifiesto que el momento de la implantación es de necesaria valoración biológica, pues anterior a él, el desarrollo embriológico se mueve en la incertidumbre, y con él, se inicia la gestación y se puede comprobar la realidad biológica que es el embrión".
"Se acepta que sus distintas fases (las del desarrollo embrionario) son embriológicamente diferenciables, con lo que su valoración desde la ética, y su protección jurídica también deberían serlo, lo cual permite ajustar argumentalmente la labor del legislador a la verdad biológica de nuestro tiempo y a su interpretación social sin distorsiones".
Por lo menos el informe Warnock tenía la honradez científica de reconocer que la vida humana se inicia con el fenómeno de la fecundación. La Ley española, ante la dificultad que supondría permitir la manipulación embrionaria que las técnicas de FIV suponen si admitiéramos la realidad de que esa manipulación se realiza sobre un ser humano, opta por distorsionar a conveninecia el conocimiento científico y afirmar, sin ningún tipo de fundamento científico, que la vida humana empieza con la gestación (es decir, en su argot manipulado, con la implantación del embrión en la pared uterina).
- Los embriones que aguardan congelados, fueron creados para ser hijos, por expresa demanda por parte de sus progenitores y, ahora, nos vemos incapaces de ofrecerles un futuro y un trato acorde a su dignidad. Ninguna de las posibles alternativas a permanecer congelados indefinidamente es éticamente aceptable: el mismo hecho de conservarlos congelados supone una falta de respeto a su dignidad. Es decir, que nos encontramos en un "callejón sin salida".
- La pretendida "inviabilidad" de estos embriones no es biológica sino legal. Me explico: la Ley 35/1988 determina que los embriones (preembriones) se crioconservarán por un máximo de cinco años y que, pasados dos años de crioconservación quedarán a disposición de los bancos correspondientes. La Ley, astutamente, no dice qué se supone que hay que hacer con estos embriones una vez prescrito su plazo: se ha interpretado que no podían ser implantados y gestados ("inviabilidad legal"), pero se han continuado conservando (desobedeciendo, de este modo, las indicaciones de la Ley y generando, a su vez, estos sobrecogedores almacenes de diminutos seres humanos). Según la Ley 35/1988 los embriones humanos sólo se pueden criopreservar durante 5 años: aunque no especifique qué se debe hacer con ellos pasado este tiempo, lo que parece claro es que deben dejar de ser conservados: lo más lógico sería descongelarlos y, a consecuencia de ello, dejarlos morir. Esto, en consonancia con los presupuestos de la Ley, no debería haber supuesto ningún problema, dado que esos "preembriones" son considerados un mero "material biológico" que ya no es útil para el fin para el que fue creado y, por Ley, ya no pueden conservarse por más tiempo. La eliminación de estos "preembriones" sólo supone un problema de conciencia si aceptamos que se trata de auténticos seres humanos: pero si partimos de esta "presunción" tampoco sería lícito crearlos in vitro, manipularlos y criopreservarlos. Es como si la decisión de crearlos y congelarlos hubiera sido tomada por personas convencidas de que el "preembrión" no es un ser humano mientras que la decisión de mantenerlos con vida pasado el plazo establecido por la Ley hubiera sido tomada por personas convencidas de que se trata de auténticos seres humanos, de modo que su destrucción no les parecía lícita.
- Por último debemos denunciar la falta de rigor y prudencia científica que supone afirmar que las células madre de origen embrionario son capaces (y las únicas que disponen de esta capacidad) de curar ciertas enfermedades: esta afirmación es imprudente porque todos los estudios están todavía en fases muy incipientes y no sabemos su auténtico alcance, ni sus efectos adversos ni su viabilidad. Supone, además, una falta de honradez científica el ignorar que las células madre pueden obtenerse también de tejidos de personas adultas y de cordón umbilical. El caso es que no es preciso utilizar células embrionarias para cubrir el campo de la Medicina Regenerativa. Así mismo, generar expectativas desproporcionadas en las personas directa o indirectamente afectadas por estas enfermedades es una astuta e inaceptable táctica para generar un grupo de presión respetable y siempre digno de consideración (enfermos y familiares de enfermos pidiendo desesperadamente un tratamiento para enfermedades incurables).
Pero... ¿qué hacer con los embriones humanos congelados?
Concluir que no es necesario recurrir a los embriones humanos para intentar tratar ciertas enfermedades mediante terapia celular, no nos permite resolver el problema principal de qué hacer con los miles y miles de embriones humanos que esperan congelados a la espera de un veredicto.
La respuesta a esta pregunta no es nada sencilla. Creo que yo misma, a priori, no sabría responderla. Pero esta incapacidad es debida, en parte, a que el planteamiento de esta pregunta exige, previamente, la respuesta a otra conflictiva cuestión.
Primera medida: dejar de generarlos
Esos embriones están donde están porque alguien los creó y los sometió a crioconservación. Si coincidimos en que la existencia de estos embriones es un auténtico problema ético (yo diría que, más bien, es un drama humano), lo más razonable y honrado sería dejar de generar este grave conflicto: dejar de producir embriones humanos. El tomar esta razonable e imprescindible medida nos garantiza que no vamos a continuar colocando en la misma situación de jaque a más embriones de los que ya tenemos, pero no nos permite resolver el problema de los embriones que ya están congelados.
Insisto en que, probablemente, ninguna de las alternativas propuestas para estos embriones es verdaderamente acorde a su dignidad, pero ello no nos permite desentendernos del problema. Finalmente, tendremos que tomar una decisión: quizá aquella que, sin ser ideal, en menor medida atente contra la dignidad de esos seres humanos. Tomar este tipo de decisiones siempre resulta incómodo: pero no hacer nada, también es una decisión: tendremos que estudiar si hay alguna opción mejor al "no hacer nada".
Se podría, en primer lugar, estudiar la viabilidad biológica (que no legal) de estos embriones: es decir, determinar si tienen posibilidades razonables de ser gestados en el útero de una mujer (idealmente su madre o, en su ausencia una madre adoptiva) y llegar a nacer. Si llegáramos a la conclusión de que son razonablemente viables, deberíamos plantearnos en serio el ir implantándolos en la medida de lo posible y darles la oportunidad que merecen de poder desarrollarse y llegar a nacer, crecer, etc. Si llegáramos a la conclusión de que, a consecuencia de su prolongada congelación, han sufrido daños irreparables que hacen imposible su desarrollo prenatal,... deberemos asumir la triste y dolorosa realidad de que, a pesar de estar todavía vivos, estos pobres embriones no tienen ninguna posibilidad (hoy por hoy) de llegar a nacer. Entonces tenemos dos posibles alternativas: dejarlos congelados en espera de que algún día la ciencia avance lo suficiente como para devolverles su original viabilidad o descongelarlos y dejarlos morir. En caso de que asumiéramos esta última determinación, la opción de utilizarlos en investigación biomédica en lugar de dejarlos morir en paz, continúa presentando objeciones considerables: de entrada porque ningún ser humano puede ser objeto de investigaciones científicas que atenten contra su integridad física, psicológica o moral: la investigación con embriones supone siempre la destrucción de ese embrión y sólo tienen sentido si se aplican sobre embriones vivos. En segundo lugar porque el invertir importantes recursos a este tipo de investigación presupone que la fuente de "materia prima" (es decir: de embriones) va a ser continua, ilimitada e ininterrumpida, de lo que se deduce que no se está tratando de encontrar una salida a los embriones congelados sino lograr la permisión de investigar con embriones humanos.
Si, a pesar de reconocer la conflictividad del problema y la ausencia de una auténtica solución moralmente aceptable (acorde con la dignidad de esos seres humanos), continuamos generándolos... nos encontraríamos ante una falta de coherencia y un exceso de hipocresía intolerables.
Si nuestra casa se estuviera inundando de agua a causa de un grifo abierto que alguien olvidó cerrar (o que alguien dejó abierto sin preocuparse por las consecuencias de su negligencia), podemos plantearnos cuál será la mejor manera de sacar el agua: ¿con calderetas o con una manguera succionadora? Pero, sin duda, la primera medida a tomar es cerrar el grifo: de otro modo, no sería posible resolver el problema. Intentar buscar una salida a los embriones congelados sin considerar la necesidad de dejar de generarlos es cómo discutirse acerca de si es mejor la manguera succionadora o los cubos de agua, pero no estar dispuestos a cerrar el grifo: de este modo asumimos un cierto grado de inundación permanente (siempre vamos a tener embriones almacenados que no podrán ser implantados y a los que habrá que buscar otro destino) y la necesidad también permanente de echar mano de calderetas y mangueras (es decir, de irnos deshaciendo de los embriones denominados "sobrantes", "caducados" o "legalmente inviables").
No estar dispuesto a cerrar el grifo equivale a no querer si quiera cuestionar la legitimidad de las técnicas de reproducción asistida que impliquen fecundaciones in vitro y la consiguiente producción de un exceso de embriones (entendiendo por exceso la producción de un número de embriones superior al que se implantará en el útero de la madre, de modo que los "sobrantes" quedaran congelados a la espera de la "nada"). Lo cierto es que las técnicas de reproducción asistida ofrecen a las parejas con problemas de infertilidad una esperanza de satisfacer su legítimo deseo de ser padres (también ofrece esta posibilidad a mujeres que, homosexuales o no, deseen ser madres sin la participación del padre, a personas sin problemas de infertilidad pero que han dejada atrás su edad fértil o a parejas que optan por someter a sus futuros hijos a un diagnóstico pre-implantatorio y seleccionarlos en función de su estado de salud, su sexo o cualquier otra característica que pueda ser estudiada en el embrión todavía no implantado).
El origen del problema: la Fecundación in vitro
Los miles de embriones humanos que aguardan congelados son el resultado de haber ido almacenando, ininterrumpidamente y durante años, todos aquellos embriones que fueron obtenidos in vitro en el contexto de tratamientos de reproducción asistida y que no llegaron a destinarse al fin para el que fueron creados.
Los especialistas en FIV insisten en que es necesario producir este exceso de embriones para garantizar una eficiencia mínimamente aceptable. Bueno: yo no soy especialista en esta materia, así que voy a hacer un acto de fe en esta afirmación (la alternativa sería que no fuera cierto y que el exceso de embriones se estuviera consintiendo o efectuando ex profeso para disponer de embriones con los que investigar).
Si realmente es inevitable producir este excedente de embriones... entonces también es inevitable plantear seriamente la licitud ética de la práctica de FIV: la moralidad de la FIV en sí es discutible (es decir: continuaría mereciendo la pena discutir acerca de ella en el supuesto ideal de que todos los embriones generados llegaran a nacer). Pero sin lugar a dudas, el hecho de que su práctica actual implique necesaria e inevitablemente la condena a muerte de miles de seres humanos... la convierte en inaceptable.
De hecho, en Alemania es obligatorio producir tan sólo el número de embriones que vaya a ser implantado (con éxito o sin él). Parece ser que esta medida va asociada a una disminución de la rentabilidad de la técnica. Pero un discreto aumento de eficiencia de una técnica, no justifica la creación, congelación y destrucción de seres humanos, por muy incipiente que sea su estadio de desarrollo. La producción de un "exceso" de embriones no es "imprescindible" sino "conveniente" a efectos de incrementar las tasas de éxito de la técnica.
Si la FIV pudiera realizarse de modo que sólo se generaran los embriones que fueran implantados a continuación (con unas tasas de éxito razonables), su cuestionabilidad ética sería de muy distinta naturaleza. Algunas de las objeciones que se podrían plantear a la FIV serían:
- La FIV supone la escisión de reproducción y sexualidad (de modo opuesto a cómo lo hacen las técnicas anticonceptivas).
- Permite la maternidad en mujeres que deseen tener hijos sin la participación del padre o que hayan dejado atrás su edad fértil.
- Nos invita a la eugenesia (es decir: a la selección de la especie) y a la discriminación pre-implantatoria por muy distintos motivos (sexo, estado de salud, predisposición a sufrir determinadas enfermedades o a desarrollar ciertas conductas, entre otras características fenotípicas siempre que puedan ser estudiadas en el embrión todavía no implantado).
- En ocasiones, a consecuencia de lo que se considera una "mala praxis", se produce un embarazo múltiple, de alto riesgo (tanto para la madre como para los hijos como para el ginecólogo responsable, que ve amenazadas sus estadísticas de éxito y que no está dispuesto a hacerse cargo de un parto de tanto riesgo). El modo de resolver esta "negligencia" es la denominada "reducción embrionaria": es decir el aborto selectivo de los embriones "sobrantes".
Que la FIV permita o pueda dar pie a todo esto no significa que necesariamente lo haga; pero somos testigos de que así ha sido en todos los países en los que se practican FIVs, de modo que no tiene mucho sentido tratar de valorar éticamente la FIV al margen de ello.
En el Reino Unido, se ha lanzado una encuesta a la población acerca de la elección del sexo de los hijos. Por ahora, en Gran Bretaña (al igual que en España) se practica la selección del sexo por motivos considerados "médicos": es decir, en caso de que una determinada enfermedad genética pueda trasmitirse únicamente a la descendencia de uno de los dos sexos. Esta encuesta va acompañada de un interesantísimo documento elaborado por la "Human Fertilisation and Embriology Authority" en que se propone como métodos posibles para la elección del sexo tanto técnicas previas a la fecundación, como el estudio pre-implantatorio de embriones obtenidos mediante FIV y la consiguiente selección, como el estudio prenatal y el aborto de los embriones o fetos del sexo no deseado. Como "motivos" para elegir el sexo de los hijos sugiere razones "médicas" (enfermedades que sólo pueda sufrir la descendencia de uno de los sexos) o "no médicas" como "preferencias personales" o razones "sociales", "culturales" o "económicas" (cuestiones de herencia, transmisión del apellido a la descendencia, evitar el pago de dotes, hijos varones para trabajar el campo o aportar un sueldo, obtener una descendencia donde ambos sexos estén proporcionalmente representados,...). Este documento es muy ilustrativo de cómo la generalización de una determinada conducta que pretende un fin bueno (que los hijos nazcan sanos) pero que resulta inaceptable como medio (impedir el nacimiento de los enfermos) tiene por consecuencia la pérdida de conciencia del mal implícito en esa conducta: "es muy fácil pasar del mal menor a la justificación del mal" pero, naturalmente, "el buen fin no hace bueno al mal medio". Esta misma idea ha sido brillantemente expresada por Robert Spaeman, de modo que no voy a resistirme a la tentación de introducir una cita más en este artículo:
"La costumbre constituye un poder. A las buenas costumbres las denominamos virtudes, y a las malas, vicios. Los vicios o pecados habituales son aquellos en los que la conciencia ya apenas repara. Por eso, la tradición cristiana los considera especialmente perversos. Donde, so pretexto de libertad, todo vale desde el punto de vista ético, lo que se hace sin remordimiento de conciencia deviene en costumbre que transforma lo malo en bueno, y lo mismo ocurre con el sentido de la culpabilidad: parece que la propia culpa también acaba desapareciendo. De manera análoga, estamos inclinados, en la vida social, a considerar gradualmente lo habitual como normal, sobre todo si eso no hace daño a nadie de forma directa, o si ello nos ahorra identificarnos con quienes son víctimas de una normalidad inhumana, como los esclavos, las brujas, los hombres de otras razas o los niños no nacidos".
Pero, sin duda, el problema más grave al que da lugar la FIV es la existencia de seres humanos que han sido creados de forma planificada para nacer y crecer siendo hijos de sus padres y que, injustamente, aguardan congelados ante la indiferencia irresponsable de aquel que los creó y la ignorancia de sus propios progenitores.
¿Por qué no es lícito permitir la investigación con embriones humanos?
Si permitiéramos la experimentación con células embrionarias (aunque procedieran de embriones "no viables") estaríamos asumiendo que la fuente de esas células nunca faltará (pues no vamos a invertir grandes recursos humanos y económicos en desarrollar posibles tratamientos que luego no puedan llevarse a cabo por falta de "materia prima").
Para asegurarnos la fuente de células embrionarias tenemos dos opciones: o las técnicas de FIV continúan siendo tan ineficaces como hasta ahora (y no nos esforzamos por lograr que no sea preciso crear embriones en exceso) o creamos embriones con la única intención de investigar con ellos y obtener células madre a partir de los mismos.
Si, al investigar con estos embriones humanos "sobrantes", "legalmente inviables" se llegara a desarrollar posibles tratamientos para tratar a otros seres humanos de sus dolencias (curándolos o mejorando su calidad de vida) podríamos vernos ante la "conveniencia" de crear embriones humanos con el fin exclusivo de investigar con ellos o de favorecer que continúen sobrando embriones humanos de los procesos de FIV (de hecho, ésta sería la forma más "políticamente correcta" de asegurar una fuente continua e inagotable de embriones humanos).
Así mismo, nos podríamos ver ante la dolorosa decisión de optar entre un tratamiento que suponga la creación, destrucción y utilización de seres humanos en estadio de embrión o la no curación de un hijo. ¿Sería legítimo plantear a los padres una decisión de esta categoría? ¿Puede el Estado consentir la oferta de este tipo de servicios?
La permisión del Aborto como justificación de la destrucción de embriones
Al discutir la licitud moral de la FIV y de la destrucción de los embriones obtenidos por esta técnica (a causa de una "tara" genética o simplemente porque ha prescrito el plazo de viabilidad legal) nos encontramos con una pequeña dificultad: en nuestro país está despenalizado el aborto, de modo que se puede poner fin a la vida de un embrión o un feto o, lo que es lo mismo: de un ser humano con el único requisito de que todavía se halle en el interior del útero de su madre. Si está permitido acabar con la vida de un ser humano de 22 o más semanas de gestación... ¿porqué no iba a estarlo acabar con un ser humano de tan sólo tres días de desarrollo? Sería absurdo permitir lo primero y prohibir lo segundo.
Es obvio que el debate acerca de qué hacer con los embriones congelados nos retrotrae inevitablemente al debate sobre el aborto. No es coherente prohibir la utilización y destrucción de embriones sin prohibir el aborto. La despenalización del aborto y la permisión de las técnicas de FIV presuponen que el ser humano no nacido no es sujeto de dignidad y derechos que deban ser reconocidos y respetados. De lo contrario, no sería posible legitimar jurídicamente su práctica o dejar de penalizarla. En este contexto ideológico es difícil sostener por mucho tiempo más la prohibición de utilizar embriones humanos para cualquier fin. Es una cuestión de coherencia interna.
El negocio del aborto y de la Fecundación in vitro
En cierto sentido, no deja de ser paradójico que aquellos que defienden la FIV (o que se dedican a ella) sean los mismos que justifican, promueven o practican abortos y argumentan a favor de la utilización de embriones humanos como materia prima en biomedicina.
A priori, parece sorprendente (incluso incoherente) que, aquellos que en nombre de la defensa del legítimo deseo de las parejas a tener hijos, practican FIVs, con un ardiente deseo de dar vida y proporcionar hijos, defiendan también la destrucción de los más pequeños. Parece increíble que personas dedicadas a dar vida, estén ideológicamente a favor del aborto.
Pero si lo analizamos con un poco más de detalle en lugar de quedarnos en el juicio fácil y superficial, debemos considerar, en primer lugar, que los profesionales de la FIV trabajan cada día creando, manipulando, analizando embriones, sentenciándolos a muerte y destruyéndolos si son diagnosticados de alguna "tara", perdiendo por el camino a un buen número de ellos debido a imperfecciones de la técnica, congelándolos a bajísimas temperaturas con la intención de detener su espontáneo desarrollo, etc. Si estos profesionales tuvieran conciencia plena de estar trabajando con auténticos seres humanos... dudo que se atrevieran a "juguetear" con ellos del modo en que lo hacen. Pues... ¿qué derecho puede tener cualquier persona a congelar a otra? ¿a arrancarle una parte significativa de su ser para hacer un diagnóstico sin su consentimiento que pueda sentenciarlo a muerte? ¿a exponerlo a riesgos imprevisibles sin ningún miramiento? ¿a condenarlo a muerte o a donante involuntario de células al precio del propio sacrificio?
Aquel que practica FIV, movido (en el mejor de los casos) por la tierna intención de satisfacer el legítimo deseo de paternidad y maternidad de parejas estériles, parte de la convicción personal (recogida, además, por el Derecho) de que el embrión humano no es un ser humano. De otro modo, en conciencia, le resultaría imposible llevar a cabo su trabajo.
Lo que, indudablemente une a los defensores de la FIV, del aborto y de la utilización de seres humanos en estadio de embrión, es una IDEOLOGÍA muy particular y, sobretodo, el DINERO. Me explico: la industria del aborto mueve ingentes cantidades de dinero: en sí, constituye un negocio redondo. Pero, además, es un negocio que alimenta la FIV que, a su vez, da pie a la industria de los embriones como material de investigación biomédica.
Seguramente, si las mujeres que abortan decidieran no interrumpir su embarazo, la mayoría de ellas acabaría quedándose felizmente con su bebé. Pero también es cierto que los niños que antaño iban a parar a los centros de adopción, ahora ni tan siquiera llegan a nacer: son abortados durante su vida prenatal (se hace realidad el escalofriante lema: "niño que no es deseado, niño que es abortado"). La consecuencia de este fenómeno (juntamente con una determinada política de adopción) es que resulta bastante difícil lograr adoptar un niño del propio país (y tampoco es sencillo lograr adoptar un bebé de otro país). Esto hace que muchas parejas que hubieran preferido adoptar un niño ya nacido (pero abandonado, necesitado de una familia) no lo puedan hacer y recurran a les técnicas de reproducción asistida como segunda y última esperanza de llegar a ser padres.
Así mismo, en las técnicas de FIV se generan (por "necesidad" o por "negligencia") miles de embriones "sobrantes" cada año. Con el término "sobrantes" tan sólo se quiere decir que jamás podrán ser destinados al fin para el que, oficialmente, fueron creados: llegar a nacer. De modo que serán silentemente congelados hasta que pasen cinco años, devengan "legalmente inviables", no puedan ser reclamados por sus padres y su único posible destino sea la muerte (y, muy probablemente, la muerte como donantes involuntarios de células). Las clínicas de FIV disponen de la preciada materia prima, fuente de células madre para los científicos dispuestos a investigar y desarrollar tratamientos a partir de estos diminutos seres humanos. Si esto se permitiera tanto los investigadores como las clínicas de FIV saldrían económicamente beneficiados. El beneficio de uno es el beneficio de todos.
Además, la despenalización, legalización y generalización de cualquiera de estas actividades contribuye a difundir una ideología que las favorece a las tres. Esto es: arrebatarle al ser humano no nacido todos sus derechos y la consolidación de la cultura del "capricho": el deseo como fundamento del derecho: tener hijos o no tenerlos como un derecho que el Estado debe garantizar: el aborto y la FIV son los medios que mejor permiten garantizar este derecho y, por tanto, son irrenunciables.
¿Una postura neutral?
Otro de los pseudo-argumentos sin fundamento con los que se pretende legitimar la despenalización de la destrucción de seres humanos no nacidos es la supuesta pretensión de "neutralidad" por parte del Estado. Esto es así en parte porque son muchos los que equivocadamente asocian la exigencia del respeto a los derechos humanos del no nacido con una determinada confesión religiosa o con una ideología concreta que merece el mismo respeto y consideración que la opuesta. Pero esta supuesta asociación es errónea, en tanto que la defensa de los derechos humanos afecta por igual a todos los hombres y mujeres con absoluta independencia de su confesión religiosa (presente o ausente) o ideología. La Declaración Universal de los Derechos Humanos tiene, como su nombre indica, una pretendida validez "universal", es decir: válida para todos los hombres: de todos los tiempos, edades, culturas, religiones e ideologías. Y el mundo occidental manifiesta repetidamente su intolerancia con aquellos que, abiertamente no reconocen la validez de esta declaración ni respetan los derechos que recoge.
En nuestros días, parece ser que defender los "derechos de los animales" es políticamente correcto y aquel que lo hace es un héroe, mientras que aquel que solicita el respeto al no nacido es un intolerante que trata de imponer su ideología a todos.
Aquellos que tratan de evitar que los animales reciban malos tratos, en primer lugar, no los maltratan, pero, en segundo lugar, tratan de lograr que el resto de personas, aunque quizás no piense como ellos, tampoco les maltraten: no se conforman con el falaz argumento de que aquellos que no comparten su modo de ver las cosas, tienen el derecho de maltratar a los animales. De hecho, tratan insistentemente de impedir que los maltratos a los animales ocurran: y lo hacen tanto instando a los gobiernos a tomar medidas legales para proteger a los animales como tomándose la ley por su mano y boicoteando el trabajo de aquellos que, a su modo de ver, cometen graves e intolerables oprobios contra inocentes e indefensos animalitos.
El Estado que permite que los animales sean maltratados asume que los animales no merecen recibir esa protección. El Estado no es neutral. También puede ser que no sea necesario promulgar leyes al respecto porque la población respete la naturaleza de modo espontáneo y no incurra en la perversión de destrozarla y maltratarla gratuitamente y sin sentido.
El Estado que tolera, permite y promueve el aborto, asume que el nasciturus (el que va a nacer) no es un ser humano con dignidad y derechos que deban ser reconocidos por el Derecho y protegidos por el Estado. El Estado está muy lejos de ser neutral: asume una ideología muy particular, concreta e identificable. El hecho de que la opción más permisiva permita a cada cuál actuar coherentemente con su modo de pensar no implica neutralidad.
Reflexión final
A menudo, nos llegan declaraciones efectuadas por reconocidos investigadores, médicos o biólogos en las que afirman, con su autoridad de científicos (es decir, como verdad incuestionable) que el embrión no es una persona. Pero lo cierto es que la pregunta de si el embrión y el feto humanos son o no seres humanos con dignidad y derechos inherentes a su ser que deban ser reconocidos, respetados y protegidos... no debe ni puede responderla la ciencia. Como científicos, lo único que, con humildad, podemos afirmar, es que, efectivamente, el embrión humano es un ser humano (en el estadio más inicial de su desarrollo). La reflexión acerca de qué dignidad y qué derechos debemos reconocerle y en qué medida debe ser protegido por el Derecho, es objeto del conocimiento filosófico (ontología, metafísica, antropología y ética). A los juristas les tocará la delicada y comprometida tarea de legislar en consecuencia.
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