Blogia

Bitácora PI

LA BANCA, O DE CÓMO LA DEUDA DE MUCHOS Y LA RIQUEZA DE ALGUNOS SE RETROALIMENTAN

 Recibimos este vídeo por gentileza de Miguel Pons. El documental ilustra sobre lo que pasa y nos pasa con el dinero y el hecho de que, desde los gobiernos a los niños estamos todos endeudados siempre. Economía, finanzas y política monetaria en lenguaje comprensible y, sobre todo, con sentido común.

LOS REYES MAGOS SON DE VERDAD

LOS REYES MAGOS SON DE VERDAD

M.G.B.

 

   Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escuchar como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el salón, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:

- ¿Papá?
- Sí hija, cuéntame
- Oye quiero... que me digas la verdad
- Claro hija. Siempre te la digo.- Respondió el padre un poco sorprendido
- Es que... - titubeó Cristina
- Dime hija, dime.
- Papá ¿existen los Reyes Magos?

 

   El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.

- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?.-

   La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:

- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no sé, papá; que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas, pero como las niñas dicen eso...
- Mira hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
- ¿Entonces es verdad?- , cortó la niña con los ojos humedecidos.- ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen, - respondió el padre tomando con sus dos manos la cara de Cristina
- Entonces no lo entiendo papá.-
- Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla.- dijo el padre mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.

   Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que la sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:

   Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:

- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño!. Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.-
- ¡Oh, sí!.- exclamó Gaspar.- Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.

   Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría comentó:

- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito...

   Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo.

   El Niño Jesús que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:

- Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor!- dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas.

Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero... no podemos tener tantos pajes... no existen tantos.

- No os preocupéis por eso. - dijo Dios - Yo os voy a dar no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! ¿pero cómo es posible? - dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben de querer mucho a los niños?- preguntó Dios.
- Sí claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?-
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje - respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes, ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres? -

   Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando cuando la voz de nuevo se volvió a oír:

- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.

   Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:

- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.

   Y corriendo se dirigió a su cuarto regresando con su hucha en la mano mientras decía:

- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

   Y todos se abrazaron mientras a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

POR EL LLANTO DE UNA NIÑA

POR EL LLANTO DE UNA NIÑA

Juan V. OLTRA

 

   Marieta lloraba desesperada en la soledad de su habitación. Intentaba ahogar sus sollozos con la almohada, no quería preocupar a sus padres; bastante tenían estos ya. Sus papás, Alberto y María, no le habían contado nada sobre la gravedad de su hermanito, el pequeño Alberto, pero Marieta, a sus ocho años, no era una niña tonta. Una noche descubrió a su madre llorando al lado de la cama de Albertito; otro vio caer una lágrima de los ojos de su padre, mientras lo abrazaba en el parque infantil... estaba claro que no habían querido decirle nada, pero que estaban asustados.

   Un día que Alberto tardaba al regresar del trabajo, aprovechando un descuido de su madre, entró en el despacho de papá y empezó a buscar. Cuando descubrió la carpeta que decía: "HOSPITAL ALBERTO" y empezó a leer, su pequeña alma se cuarteó. No entendía la mitad de las palabras que leía pero las pocas que conocía no le gustaban nada. Ahora comprendía por qué Albertito ya no jugaba como antes, por qué se cansaba pronto y le dolía el cuerpo. Y sobre todo, el porqué en su casa ahora se reía mucho menos.

   Por la cabeza de Marieta, en la cama, pasaban de forma apresurada estos últimos meses. Todo encajaba. Sus padres apuraban ahora todos los momentos para estar con ellos. Incluso habían hecho algo impensable para la rigidez de su padre en los temas referentes a la educación y los colegios: se los llevaron de viaje un par de días en los que tuvieron que faltar a las clases.

 

   ¿Pero ella qué podía hacer? Era sólo una niña. Daba vueltas, embozada en la cama, descubriendo en el claroscuro de su habitación matices que de día le pasaban desapercibidos. La tenue luz roja que las letras del despertador proyectaban en la pared daba un tono fantasmagórico a sus peluches. Giró la cabeza y se fijó en el despertador. 3:00 23/12.

 Y entonces tuvo la idea.

 

   Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, para que la luz no alarmara a sus padres, encendió la luz y empezó a escribir:

 

   "Queridos Reyes Magos: Sé que os escribo un poco tarde, pero creo que entenderéis el motivo y me perdonaréis.

   Os envié hace un par de semanas otra carta. Rompedla, no quiero nada de lo que ahí os pedí. No quiero nada para mí, sólo quiero que le traigáis una cosa a mi hermanito: salud.

   No quiero que mi hermanito se muera ni que le pase nada malo. Creo que mis papás no se lo merecen. Si hace falta quitadme a mí un poco de salud para dársela a él; por favor, hacedlo.

   Perdonad los borrones de la carta, y las manchas. No he podido evitar llorar mientras os escribía.

   Os quiere:

   María Ferrer Santos"

 

   Faltaban unas horas para que naciera el Niño Dios cuando Marieta tiró la carta al buzón. La abuela, que esa mañana de vacaciones de Navidad estaba con ellos, no entendía las prisas de su nieta pero, consentidora como pocas, la acompañaba.

 

   Marieta contaba los días. No pudo dormir prácticamente nada durante esas vacaciones. Y cuando sus papás, el día seis de enero, volvieron del hospital con Alberto en brazos y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, aunque siempre había sido una niña muy reservada, no pudo evitar contestar a su madre cuando ésta le dijo "Ha sido un milagro". Marieta simplemente le replicó: "Sí, un milagro de Reyes"

   Mientras tanto, en el bar de la esquina, Juan tras la barra miraba con desconfianza a esos tres tipos que no hacían más que brindar por el Niño Dios. Como siguieran montando el espectáculo, tendría que echar a la calle con cajas destempladas a esos dos barbudos harapientos y al negro. No le gustaba la gente rara en su establecimiento.

NOTAS SOBRE LA AUTORIDAD

NOTAS SOBRE LA AUTORIDAD

Alberto BUELA

 

   Uno de los puntos débiles del pensamiento políticamente correcto es el obviar, ignorar o no considerar ciertos temas de todos los días como es el caso del dolor, el envejecimiento, la muerte, la jerarquía, el orden, la autoridad.

   Respecto de este último tema sabemos que desde la Ilustración (siglo XVIII) hasta el progresismo de nuestros días se ha producido la negación sistemática de la autoridad para remplazarla por los criterios que brinda la sola razón. Sin percatarse que no puede existir ningún tipo de conocimiento libre de la autoridad pues ella es elemento constitutivo de él. Si bien la autoridad no puede reemplazar al juicio propio ello no excluye que la autoridad sea fuente de verdad. Por otra parte, ningún  hombre puede pensar  a partir de "su sola razón" sino que comienza a pensar dentro de una determinada tradición de pensamiento o cultura. Todo hombre nace dentro de grandes ecúmenes culturales que son las que condicionan su sentido de ser en  el mundo.

 

   Cualquiera que escucha el término autoridad inmediatamente lo asocia con la figura del que manda y su correlato aquel que obedece. La relación mando-obediencia se impone de entrada como la dupla a partir de la cual comenzamos a entender aquello que menta el concepto de autoridad. Esta última la podemos caracterizar en una primera definición como la imposición de la voluntad de un hombre sobre otro. Pero a poco que nos detengamos a pensar vemos que esta determinación no es del todo suficiente porque nos habla más bien de la consecuencia del ejercicio de la autoridad y no de la autoridad misma. Y las definiciones para ser completas y acabadas tienen que encerrar la esencia de aquello que se quiere definir y no sólo su finalidad.

   La versión autoritaria de la autoridad la vincula con la obediencia "por principio" ciega o mecánica. De hecho esta concepción de la autoridad ha estado vinculada a las órdenes militares o religiosas sobre todo en el período de formación de sus miembros.  Autoritario es aquel que ejerce su poder para obtener la obediencia de otro. Pero, como dijimos, la naturaleza de la autoridad no se agota en la obediencia sino que hay que buscarla a partir del acto de reconocimiento de un saber superior en cualquier aspecto de la vida que un hombre realiza de otro. La superioridad del saber del otro sobre el de uno mismo es el origen de la autoridad.

   La autoridad no se recibe sino que más bien es concedida por un hombre a otro. Es concedida por aquel que reconoce en el otro un saber o conocimiento superior al que él posee en la materia o tema determinado de que se trate. Nadie es autoridad en todo; se es siempre autoridad en algún orden de cosas, dominios o disciplinas, aunque ninguno de nosotros está libre de "los todólogos". La única tuttología aceptable es aquella de los padres que se ocupan de sus hijos y sólo hasta los seis o siete años.

 

   La autoridad se funda en el saber reconocido de alguien y en la necesidad que ese conocimiento genera. El centenario filósofo Hans Gadamer (1900-2002) escribió: "La autoridad correctamente entendida tiene que ver no con la obediencia, sino con el conocimiento". El hombre desde el momento en que reconoce a otro como autoridad confía en que lo que dice es cierto, es verdadero. Es por ello que la autoridad presupone el conocimiento o saber de aquel que la ejerce, mientras que la obediencia manifiesta el poder, nos está indicando el ejercido concreto de la autoridad de aquel que la ejerce.

   Así la autoridad que como ejercicio se manifiesta en el plano político-social pudo ser definida muy acertadamente por el filósofo escéptico Giuseppe Rensi (1871-1941) en su libro Filosofía de la autoridad (1920) como: "el acto que determina lo que de hecho vale como justicia y moral.....entre opuestas verdades teóricas racionalmente posibles es la autoridad la que decide lo que de hecho debe valer como si fuese la justicia, el bien, la verdad"  (1)

    La objeción nace desde la politología y la sociología, al observar que en nuestras sociedades no todas las autoridades dicen la verdad, pues existen autoridades que infunden conocimientos falsos para manipular el control de las personas, objeción que también puede aplicarse al control y manejo de grupos sociales menores. Esta objeción es difícil de remontar. Hay que hacer la distinción entre potestas y auctoritas. La autoridad en tanto es entendida como poder puede mentir y de hecho miente para logar la obediencia, pero la autoridad en tanto auctoritas, es decir, en sí misma se funda en la verdad. Pues conocimiento es siempre verdadero, un falso conocimiento es un desconocimiento. Si bien la autoridad genera obediencia, ella no es obediencia, ésta es la consecuencia del ejercicio de la autoridad. Pero, ¿la autoridad tiene por finalidad sólo el logro de la obediencia o busca o puede logar algo más?

 

   Una vez más tenemos que aplicar el viejo principio metodológico de la filosofía clásica  distinguere ut iungere (distinguir para unir) y así discriminar entre bienes externos e internos. La autoridad en el campo de los bienes externos puede en una práctica mal hecha (una pseudoinvestigación) lograr prestigio, fama y dinero. Hay tantísimos académicos de pacotilla que padecemos hoy día. Pero, por el contrario la autoridad en los bienes intrínsecos solo se puede afirmar realizando bien la práctica en cuestión. Los bienes internos a determinada práctica solo se pueden obtener realizando bien esa práctica.

   Así, ha podido afirmar ese gran filósofo escocés Alasdair MacIntayre (1929- ) que la virtud (analógicamente la autoridad) solo puede ser definida en relación con las prácticas y con sus bienes internos. Y estos bienes internos no son sólo para el que los realiza sino bienes para toda la comunidad. Una autoridad, aun la más aislada,  es siempre una autoridad socialmente reconocida. Así el pseudoinvestigador del ejemplo, estos especialistas de lo mínimo del Conicet y las academias, usurpadores de becas, prestigios y canonjías podrán tener un curriculum abultado y ganar buen dinero, pero aquello que nunca tendrán es la satisfacción de haber podido ampliar los conocimientos de sus disciplinas metodológicamente garantizados por la práctica de investigar y la autoridad que los guía.

 

   Vemos entonces cómo la naturaleza o esencia de la autoridad se nos muestra a dos puntas: por un lado en el reconocimiento del superior por el inferior y por otro el servicio del superior al inferior para el logro de una práctica bien hecha. La finalidad última de la autoridad sería el progreso existencial de aquellos que la acatan. Se da por cumplido así el último sentido etimológico de auctoritas que los romanos entendían como reconocimiento, respeto y aceptación, que deriva del sustantivo auctor= creador, autor, instigador, a su vez derivado del verbo augere que significa aumentar, hacer progresar.

 


(1) Renzi, Giuseppe: Filosofía de la autoridad, Bs.As., Ed. Deucalion, 1957, pp. 159 y 182

LA POLÍTICA: OBLIGACIÓN MORAL DEL CRISTIANO

LA POLÍTICA: OBLIGACIÓN MORAL DEL CRISTIANO

Mario MENEGHINI

 

Exposición del autor en la presentación del libro del mismo título. Córdoba, Editorial Del Copista, 2008

 

   El libro que se presenta, procura sistematizar la doctrina aplicable en la participación política de los católicos, según el Magisterio de la Iglesia. Ante la ausencia pertinaz de muchos laicos católicos en la vida cívica, es necesario tener en cuenta que en política, como en la física, no existe el vacío. Cuando los buenos ciudadanos no se ocupan de la cosa pública -decía Sarmiento- son los delincuentes y aventureros quienes acceden al   gobierno.

   El catolicismo posee una doctrina política, que integra la Doctrina Social de la Iglesia, y, como ésta, es obligatoria para los bautizados. Nos preocupa, por eso, que desde hace tiempo importantes intelectuales que profesan nuestra misma fe difundan criterios que conducen a abstenerse de participar en la vida cívica, poniendo en duda la ortodoxia de quienes sostenemos lo contrario. La polémica no se limita a las cuestiones operativas, opinables por definición, sino que incluyen la interpretación de los principios, sobre los cuales no puede haber discrepancia.

 

   En 2002, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida entonces por el Cardenal Ratzinger, promulgó una Nota Doctrinal sobre la responsabilidad de los católicos en la vida pública. Es el último documento de la Iglesia sobre esta materia, pero el mismo no hace más que actualizar el magisterio anterior; baste señalar que cita expresamente (Ref. 11) las principales encíclicas anteriores al Concilio Vaticano II:

 

   -De León XIII:  Diuturnum illud

                              Immortale Dei

                              Libertas

 

   -De Pío XI:       Quadragesimo anno

                              Mit Brennender sorge

                              Divini Redemporis

 

   -De Pío XII:      Summi Pontificatus

 

   Es cierto que una encíclica puede contener en su texto alguna frase confusa o ambigua, que justifique la duda o la discrepancia, pero, cuando sobre un mismo tema se expiden del mismo modo docenas de documentos, de varios Papas, no puede quedar dudas de que se trata de la doctrina auténtica. En la Nota Doctrinal no existe ninguna contradicción con las encíclicas citadas, ni con ninguno de los 59 documentos que integran la compilación de la Biblioteca de Autores Católicos  (tomo "Doctrina Política").

    En esta oportunidad, voy a resumir el tema enfocando el análisis en dos párrafos de la Nota Doctrinal:

 

   "(en) las actuales sociedades democráticas todos pueden contribuir por medio del voto a la elección de los legisladores y gobernantes" (p. 1).

 

   "generalmente puede darse una pluralidad de partidos en los cuales pueden militar los católicos para ejercer su derecho-deber de participar en la construcción de la vida de su país" (3).

 

   Estas dos frases incluyen los tres ejes de la polémica actual: la democracia - los partidos - el voto. Uno de las causas de la discrepancia radica en no distinguir entre lo doctrinal y lo prudencial, lo que conduce a asignarle a las propias preferencias sobre temas instrumentales la categoría de principios. La posición rigorista llega a extremos insólitos; el Profesor Stan Popescu, prestigioso autor, sostiene: "Durante dos mil años, la humanidad se desarrolló y evolucionó sin política"; "La filosofía de la política va ligada estrechamente a la teología del infierno" (1).

   El enfoque realista de la política, queda expuesto en una frase de Ratzinger: "ser sobrios y realizar lo que es posible, en vez de exigir con ardor lo imposible". Analicemos la posición oficial de la Iglesia con respecto a los tres ejes mencionados.

 

Democracia

 

   Distinguidos intelectuales católicos sostienen que la democracia conduce inevitablemente a la perversión, utilizando dicho vocablo como si fuera unívoco, cuando es polisémico. El magisterio condenó el liberalismo político y sus derivados, el mito de la soberanía del pueblo y la democracia como forma de gobierno. Sin embargo, desde Pío XII consideró conveniente referirse a la democracia como forma de Estado o régimen político, que se opone al totalitarismo y procura el bien común, siendo compatible con cualquier forma lícita de gobierno. Es una manera de designar la legitimidad de ejercicio y resulta aceptable, si cumple determinados requisitos. La última formulación se encuentra en la encíclica Centesimus Annus:

    "La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que:

- asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas

- y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes,

- o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica".

 

   Al decir que "aprecia" el sistema de la democracia, queda en claro que no lo considera el único posible, pero sí  lícito. Coincidiendo con el enfoque doctrinario, un famoso tratadista de Derecho Constitucional, Bidart Campos, aporta esta definición: "La democracia es una forma de Estado que, orientada al bien común, respeta los derechos de la persona humana, de las personas morales e instituciones, y realiza la convivencia pacífica de todos en la libertad, dentro del ordenamiento de derecho divino y de derecho natural" (Doctrina del Estado Democrático).

 

Partido político

 

   Uno de los aspectos más criticados de la política contemporánea es el de la representación, puesto que el sistema de partidos degenera frecuentemente en la partidocracia. Como en tantos campos de la actividad humana, también en éste la legislación tiende a favorecer indebidamente a quienes dictan la ley, que son, precisamente, aquellos que se postulan para los cargos públicos. Pero el instrumento en sí no es necesariamente malo, y por eso la constitución Gaudium et Spes reconoce que es conforme a la naturaleza humana que se constituyan dichas estructuras para agrupar a los ciudadanos, según sus preferencias.

    En el mundo contemporáneo, en la casi totalidad de Estados, existen sistemas pluripartidarios o de partido único; las pocas excepciones consisten en Estados con gobiernos de facto. Pero, aún en esos casos, la experiencia del último siglo indica que, luego de períodos transitorios, se produce el eterno retorno de los partidos. No se ha logrado articular una forma de convivencia que pueda prescindir de los mismos en la actividad política. Procurar el reemplazo de los procedimientos actuales de selección de los gobernantes, constituye un noble esfuerzo, siempre que la alternativa propuesta sea factible y no una fórmula teórica, para ser aplicada en un futuro indefinido. Sobre esto escribió Pablo VI: "La apelación a la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir de las tareas concretas refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas" (O.A., 37).

   Debe reflexionarse, además, en que hoy más que nunca la actividad gubernamental es tremendamente compleja y requiere una formación adecuada, que se adquiere luego de muchos años de estudio y experiencia. Precisamente, porque no aceptamos la ilusión populista de que cualquier persona puede desempeñar un cargo público, ni bastan la honestidad y el patriotismo para gobernar con eficacia, es que pensamos que resulta imprescindible constituir grupos de hombres con auténtica vocación política, que se preparen seriamente para gobernar. Y, por ahora, no hay otra vía idónea que la que ofrecen los partidos, que se fundamentan -o deberían hacerlo- en una cosmovisión global y elaboran programas con las soluciones que proponen para cada uno de los problemas que debe afrontar el Estado. De todos modos, aclara el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia que la adhesión de los católicos a un partido nunca será ideológica sino siempre crítica (573). Por consiguiente, con esos recaudos, pueden incorporarse a uno, crear uno nuevo, o simplemente apoyar al que les parezca más confiable.

 

El voto

   Suele mencionarse una frase de Pío IX, para justificar la ausencia en todo proceso electoral: sufragio universal, mentira universal. Pese a las objeciones que puedan hacerse a dicho método -que se aplica actualmente en todos los países-, nunca la Iglesia ha afirmado que votar, estando vigente dicho sistema, implique una falta; por el contrario, exhorta a votar como exigencia moral, según se indica taxativamente en el Catecismo (p. 2240) y en Gaudium et Spes (p. 75). Carece de toda lógica suponer que dichos documentos se refieren al voto en sentido abstracto, y no a la forma de votar que rige en el mundo contemporáneo.

   Por otra parte, el sufragio universal se limita a habilitar a todos los ciudadanos a participar en la elección de los gobernantes, en igualdad de condiciones. No es sinónimo de sistema electoral, que es el que suele contener aspectos criticables, que impiden una adecuada representación de la ciudadanía, y que nunca será modificado sin la participación activa de quienes se oponen a él. Consideramos que no pueden negarse a intervenir en la vida cívica, por defectuosa que sea la forma actual de las instituciones. León XIII enseñó al respecto que: "No acuden ni deben acudir a la vida política para aprobar lo que actualmente puede haber de censurable en las instituciones políticas del Estado, sino para hacer que estas mismas instituciones se pongan, en lo posible, al servicio sincero y verdadero del bien público... "(Immortale Dei, 22).

 

   Hecho el análisis precedente, se advierte que la empresa de reconstruir el orden social no es sencilla ni fácil, y los católicos debemos aceptar la guía de la Iglesia, cuya experiencia milenaria resulta invalorable, sin olvidar que es depositaria de la Verdad. Como expresaba Chesterton, "no quiero una religión que tenga razón cuando yo tengo razón; quiero una religión que tenga razón cuando yo me equivoco". Pues bien, la doctrina de la Iglesia en materia de regímenes políticos, nos enseña que, en el terreno de las ideas, los católicos pueden preferir uno u otro, incluso llegar a precisar cuál es el mejor, en abstracto, puesto que la Iglesia no se opone a ninguna forma de gobierno legítimo. Pero, en cada sociedad, las circunstancias históricas van creando una forma política específica, que rige la selección y reemplazo de los gobernantes. Y, como toda autoridad proviene de Dios, cuando se consolida de hecho un régimen político determinado, "su aceptación no solamente es lícita, sino incluso obligatoria, con obligación impuesta por la necesidad del bien común..." (Au Milieu des Sollicitudes; p. 22, 23, 15).

 

   Si en este siglo se ha producido un alejamiento de los católicos de la actividad política, ello se debe a un menosprecio de la misma -la "cenicienta del espíritu", según Irazusta- y a una cierta pereza mental que impide imaginar soluciones eficaces para enfrentar los problemas espinosos que plantea la época.

   Nunca como hoy la Iglesia ha insistido tanto en el deber cristiano de actuar en la vida social y política. Llama la atención la precisión y severidad con que Juan Pablo II advierte que: "...los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política." (...) Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican en lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública". (Chistifedelis Laici, 42).

 

   Que no es imposible ni inútil la empresa, lo demuestra la actuación de tantos dirigentes católicos que, sin renegar de su fe, trabajaron en este campo en consonancia con el bien común. Mencionaremos sólo tres casos de políticos del siglo XX, que están en proceso de beatificación:

-Giorgio La Pira (Alcalde de Florencia)

-Robert Schuman (uno de los fundadores de la Unión Europea)

-Julius Nyerere (Presidente de Tanzania, durante 25 años)

 

   Considero inaceptable, entonces, la actitud de algunos distinguidos intelectuales de negarse a participar en la vida cívica, por considerar cuestionable la misma Constitución y el sistema electoral que de ella deriva, y promover la abstención como única conducta válida para quienes rechazan la teoría de la soberanía popular. Por el contrario, la obligación moral de participar será tanto más grave, cuanto más esenciales sean los valores morales que estén en juego.

   Estimo que sostener en vísperas de toda elección que es inútil y hasta una falta moral ejercer el voto, pues todos los candidatos son malos y todos los programas defectuosos, revela una apreciación equivocada de la actividad política.

   Para cada sociedad política, pueden existir, simultáneamente, tres concepciones del régimen político: el ideal, propuesto por los teóricos; el formal, promulgado oficialmente; y el real -o constitución material-, surgida de la convivencia que produce transformaciones o mutaciones en su aplicación concreta. De modo que negarse a reconocer una constitución formal, implica, a menudo, enfrentarse con molinos de viento, limitándose a un debate estéril, porque, además, no se tiene redactada la versión que se desearía que rigiera.

 

   Si, como afirma Aristóteles, es imposible que esté bien ordenada una polis que no esté gobernada por los mejores sino por los malos, resulta imprescindible la participación activa de los ciudadanos para procurar seleccionar a los más aptos y honestos para el desempeño de las funciones públicas. Nos alienta a continuar en el arduo camino de servir al bien común, con los instrumentos disponibles, el consejo de Santo Tomás Moro, Patrono de los Gobernantes y los Políticos: "La imposibilidad de suprimir en seguida prácticas inmorales y corregir defectos inveterados no vale como razón para renunciar a la función pública. El piloto no abandona su nave en la tempestad, porque no puede dominar los vientos".

 

 


 

 

 (1) "Psicología de la política"; Buenos Aires, Euthymia, 1991.

HISTORIA PANAMEÑA, ¿CIENCIA O IDEOLOGÍA?

HISTORIA PANAMEÑA, ¿CIENCIA O IDEOLOGÍA?

Olmedo BELUCHE

 

   En Panamá, al mes de noviembre se le conoce como el "mes de la Patria", ya que en su transcurso se conmemoran multiplicidad de gritos independentistas, algunos verdaderos y otros supuestos, en diversos municipios. Produciéndose la ironía de que es el país que más independencias celebra, siendo uno de los más dependientes del imperialismo norteamericano en América Latina. El momento es propicio para, además de festejar y cantar loores a la patria, reflexionar sobre nuestra historia nacional a ver si alguna moraleja extraemos que sea útil para el presente.

   Desde el aparato del estado, entes gubernamentales, medios de comunicación e ideólogos de diversa calaña aprovechan la ocasión para repetir los consabidos mitos y falacias erigiendo estatuas de pulido bronce a los abuelos de la oligarquía istmeña y trastocando hechos. Esta labor es particularmente enjundiosa en torno a la conmemoración del 3 de noviembre de 1903, fecha en que se produjo la separación de Panamá de Colombia.

   Es que cuesta trabajo presentar una intervención armada norteamericana y un acto de vil traición a la patria, panameña y colombiana, como si fuera un acto de heroica liberación. Por ello, los ideólogos de la burguesía panameña se esfuerzan por remozar y apuntalar el mito al que cada año le salen más grietas por donde se escapa la simple verdad del acontecimiento, tan celosamente escondida a los ojos del pueblo.

   Ya lo dijo Carlos Marx hace tiempo: "la ideología dominante es la ideología de la clase dominante". Porque la ideología es tan o más efectiva que las armas para garantizar la dominación, la opresión y la explotación. Mientras un pueblo crea los cuentos de la clase dominante no hará falta reprimirlo para imponer el orden. Lo que da grima es ver tanta gente seria, tanto historiador profesional y hasta autotitulados marxistas que, con toda candidez, repiten los cuentos de hadas que relatan la oligarquía y sus amanuenses. Francamente asombra tanta ausencia de pensamiento crítico. Una actitud crítica no requiere haberse leído los tres tomos de El Capital, ni hacer gárgaras con El Manifiesto Comunista. Basta con usar la lógica y preguntarse: ¿La historia que nos echan sobre el 3 de noviembre es cierta o es falsa? ¿Tiene sentido todo lo que se afirma? ¿Qué dicen los hechos?

 

   La historia puede ser ideología o puede ser ciencia. Lo que distingue a la segunda de la primera son los hechos objetivos, es decir, lo que realmente pasó. Y los hechos están ahí a la vista del que quiera ver, en multiplicidad de libros de historiadores reputados, nacionales y extranjeros. Pero cierta izquierda inconsecuente prefiere quedarse en el marco de los prejuicios y hacerse eco del mito porque es más cómodo y así no se corre el riesgo de caer mal. Misma actitud que prevalece sobre el debate respecto a los derechos sexuales y reproductivos, en especial de las mujeres. Mejor seguir la corriente.

   Cuando alguien saca a relucir los hechos bochornosos que rodearon la "independencia" de Colombia, la primera tontería que suele responderse es que se trata de un "antipatriota" que no quiere a Panamá. Por esta vía resulta que quienes trabajaron para que Estados Unidos impusiera un canal controlado "como si fueran soberanos" son los "patriotas", los próceres. Quien cuestione ese proceder es antipatria. Ya de salida los argumentos se mueven al terreno de los prejuicios y la actitud científica se esfumó.

   De ahí deriva en que debemos llamar "independencia" al acontecimiento que convirtió a Panamá en un protectorado de Estados Unidos, logrado por la ocupación militar de facto del Istmo por miles de soldados yanquis y decenas de acorazados del Army Navy, que creó la Zona del Canal, que impuso nuestra versión de la Enmienda Platt en el artículo 136 de la Constitución de 1904. Hecho en el que los actores centrales fueron los empleados de la transnacional imperialista Panama Rail Road Company y la Compañía Nueva del Canal (francesa) y su administrador en Nueva York, William N. Cromwell.

   Llevados hasta las últimas consecuencias por la "leyenda dorada", literatos de primera línea con una admirable producción novelística, como Neco Endara y Juan D. Morgan, presentaron una obra de teatro sobre la separación, en 2003, en la que al final el público emitía un juicio y votaba, produciéndose el absurdo resultado, noche tras noche, de que Felipe Bunau Varilla (y por extensión Teodoro Roosevelt) se convertía en "benefactor" de la patria panameña. Uno no sabe si reír o llorar. Pero, por suerte, la historia como ciencia no depende ni de la literatura, ni del manipulado sistema electoral panameño.

   No hace falta el ingenio de Galileo Galilei para preguntar con suspicacia: ¿Si fuera cierto que la separación es un acto de liberación del pueblo panameño frente a la opresión colombiana, dónde están las luchas callejeras, las manifestaciones populares, las insurrecciones y las proclamas? ¿Los liberales de Victoriano y Belisario Porras? Victoriano peleaba por la tierra y los derechos de los indígenas, como consta en sus biografías. Y Belisario escribió como colombiano y contra la separación en La Venta del Istmo (mayo de 1903).

   ¿El gobierno colombiano "mantenía en el olvido" sólo al pueblo panameño, o también al cartagenero, antioqueño, tolimense y caucano? ¿Los comerciantes istmeños eran también oprimidos o participaban de ese gobierno? ¿No fueron Tomás Herrera y José D. Obaldía presidentes de Colombia? ¿Y Justo Arosemena, José A. Arango, Manuel Amador Guerrero y tantos otros senadores, funcionarios y ministros? ¿No eran corresponsables?

 

   Es evidente que la "leyenda dorada" y la pseudo marxista "versión ecléctica" pretenden exonerar a la oligarquía comercial panameña de los males que aquejaban a Colombia, convirtiéndolos en supuestos adalides de la "liberación nacional". No se entiende cómo alguien que se llame marxista pueda defender una falacia tan evidente.

   Los argumentos más sofisticados, llegados a este punto, se mueven al siglo XIX, para justificar los acontecimientos de 1903. La "prueba" serían las llamadas "actas separatistas" de 1826, 1830, 1831, 1840, el estado federal de 1855. Pero resulta que la interpretación de esos acontecimientos es fruto de una historia reescrita luego de 1903, para justificar la separación, y se ha hecho descontextualizando el conjunto de las circunstancias específicas que los rodearon y que afectaron a toda Colombia, no sólo al Istmo.

   Por supuesto que Colombia, como estado nacional, tuvo dificultades durante todo el siglo XIX para consolidarse, en gran medida por su fragmentada geografía, pero también por la ausencia de un eje económico y social aglutinador, que sólo empezó a conformarse en torno a las exportaciones cafeteras con el gobierno de Rafael Núñez hacia 1885-86. La debilidad de este estado-nación es lo que aprovechó Estados Unidos en 1903 para salirse fácilmente con la suya sin muchos sacrificios.

   Pero también es cierto que la burguesía del resto de Colombia apoyó reiteradamente los intereses comerciales de su aliada istmeña desde principios de la década de 1830, como constata el libro (El Panamá colombiano) de Araúz y Pizzurno. Incluso el federalismo de Justo Arosemena fue rápidamente acogido hacia mediados de la década del 50 de aquel siglo y luego se hizo extensivo a todo el país bajo la fórmula de Estados Unidos de Colombia, siguiendo la moda liberal de entonces (véase los casos de México, Argentina, Brasil, etc.).

   Basta con ojear someramente la obra de los historiadores Pizzurno y Araúz para darse cuenta que las pocas veces que se habló de separación o estado "hanseático" por parte de los agentes comerciales ingleses en Panamá, esta idea fue en esencia antinacional y colonialista; mientras que el pueblo llano, el arrabal, siempre se mantuvo leal a las ideas bolivarianas y al proyecto liberal colombiano.

 

   Profundizando un poco la reflexión sobre la identidad nacional de los istmeños a lo largo del decimonono, me hizo gracia que mi buen amigo e historiador Rommel Escarreola citara en un debate televisivo una frase, sacada de contexto, de una carta de Victoriano Lorenzo en que se llama a sí mismo "istmeño", como si fuera en contraposición a "colombiano". La realidad es la contraria, Victoriano fue fusilado porque era el único capaz de sublevar al pueblo contra la "venta del Istmo" que ya se fraguaba. Esta descontextualización es el mal epidémico que aqueja a nuestros historiadores.

   Labor de falseamiento e ideologización de la historia desembozadamente propuesta por Carlos Gasteazoro, padre de nuestra historiografía, en su presentación de la reedición del Compendio de Historia de Panamá, de Sosa y Arce, publicado por la Universidad de Panamá en los años 70. Asunto que ya hemos abordado en nuestro ensayo Estado, nación y clases sociales en Panamá (1997) y en el artículo El debate del Centenario, publicado por la Revista Lotería (2006), y que no vamos a repetir aquí.

   Porque, volviendo a Victoriano, ser istmeño y colombiano no era contradictorio a inicios del siglo XX. Tanto como no lo era ser costeño, antioqueño, caleño, etc. Y como tampoco lo es hoy en día ser chiricano, santeño o colonense a la vez que panameño. Ese es un falso dilema colocado por los ideólogos de hoy.

 

   Como demostramos en nuestro libro, La verdadera historia de la separación de 1903, hasta ese año no existía ninguna contraposición de nacionalidades, entre Colombia y Panamá. Por el contrario, tanto las élites istmeñas, incluyendo algunos que luego serían gestores de la separación, como los sectores populares, se expresaban con toda comodidad como "colombianos". Por ende, la causa fundamental de la separación hay que buscarla en los intereses de Estados Unidos y quienes nos vendieron por unos dólares.

   ¿No llama la atención que varios de los "próceres" del 3 de Noviembre ni siquiera nacieron en Panamá? Como por ejemplo, Manuel Amador Guerrero, primer presidente impuesto por los gringos sin elecciones; Esteban Huertas, general que evitó una actitud patriótica del ejército, por lo que fue luego generosamente recompensado; Eusebio A. Morales, redactor del Manifiesto de la Independencia (de donde proviene el argumento del "olvido" del gobierno colombiano hacia Panamá) dirigente liberal, firmante del Pacto del Wisconsin que puso fin a la Guerra de los Mil Días y que entregó a Victoriano Lorenzo.

   La suma de toda la ignorancia posible la expresan quienes en una osadía sin parangón ni sonrojo, alegan que ya existía una "nación panameña" desde que Balboa descubrió el Mar del Sur, e incluso antes, con nuestros pueblos originarios. ¿Nuestros indígenas eran "panameños"? ¿O eran gnobes, bugleres, kunas, cuevas, bokotas, bribri, etc.? ¿Balboa era panameño o era español?

   Estos argumentos expresan una ignorancia tan supina que no merecen mayor demostración, cuando en este continente, pese a las ideas de precursores como Miranda, la independencia, es decir la ruptura de la nación hispanoamericana, no quedó sólidamente colocada sino hasta el fracaso de la Constitución de Cádiz en 1810. Y, aún después, les costó a los libertadores sumar a su proyecto nacional a las clases explotadas, indígenas y esclavos negros, quienes veían a la oligarquía criolla como enemiga fundamental y al rey español como aliado en la lucha por sus derechos.

 

   Pero el paroxismo irracional, rayando en la xenofobia, llega cuando, acabados todos los argumentos, se dice que "bueno, pero los gringos nos hicieron un favor, porque si no estaríamos vueltos un desastre como lo es Colombia". Y, sí, Colombia duele, y es lamentable la situación a la que ha sido conducido el hermano pueblo por una oligarquía antidemocrática y paramilitar. Pero esa no es la discusión.

   Los crímenes de la burguesía colombiana contra su pueblo, no justifican los crímenes de la burguesía panameña contra el suyo. Además, nadie ha propuesto volver a ser una provincia de Colombia. De lo que se trata es de reconocer a los enemigos de nuestros pueblos, colombiano y panameño: el imperialismo norteamericano y nuestras clases gobernantes. Y eso es lo que no quieren que sepa el pueblo y por eso usan la historia como ideología. Sólo sobre la base de esa verdad podremos luchar por una unidad continental con un fundamento más realista y efectivo que el soñado por Bolívar al crear la Gran Colombia.

   Finalmente, la verdadera dimensión de lo acontecido en 1903 la da el hecho de que, en los siguientes 100 años de nuestra historia, el pueblo panameño tuvo que luchar contra las consecuencias del 3 de Noviembre: el Tratado Hay - Bunau Varilla y la presencia norteamericana. Esto es una verdad irrebatible.

   Si luchamos por la soberanía, a partir de 1903, significa que dejamos de ser independientes. Entonces, ¿por qué insisten en llamar "independencia" a lo que en realidad es su contrario? Basta el desarrollo mental de un niño de siete años para darse cuenta.

   En esa lucha contra el imperialismo norteamericano, y no contra Colombia, en la que generaciones panameñas forjaron con sangre de sus verdaderos héroes (en 1925,1947, 1964), se formó la nacionalidad panameña, resistiendo la asimilación anglosajona.

LEONARDO CASTELLANI: HACE 109 AÑOS NACÍA UN GIGANTE

LEONARDO CASTELLANI: HACE 109 AÑOS NACÍA UN GIGANTE

Jackeline Lorena LUISI

 

   Leonardo Luis Castellani: (1899-1981) nace en Reconquista, (Santa Fe, Argentina) el 16 de noviembre de 1899. Pierde a su padre -periodista y maestro librepensador- en la niñez, muerto en una reyerta política; también pierde en su niñez el ojo izquierdo, que será reemplazado por uno de vidrio. Termina el bachillerato en Santa Fe, y en 1918 ingresa al noviciado jesuita de Córdoba. Estudia letras, filosofía y teología en Santa Fe, luego en Buenos Aires y comienza a escribir (Camperas) Vistas sus grandes dotes intelectuales, es enviado en 1929 a Europa a proseguir sus estudios. Es ordenado sacerdote (1931), y se doctora en Filosofía y Teología en la Gregoriana de Roma, Después estudia Psicología en la Sorbona de París. Tras unos meses en Alemania, en 1935 vuelve a Argentina.
   (1935-1946) Desde su regreso a Europa y hasta 1946 trabaja en docencia y periodismo; escribe más de doce libros y traduce la primera parte de la Suma Teológica de Santo Tomás. De esta época son los cuentos reunidos en ’Historias del Norte Bravo’, ’Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas’, ’Las muertes del Padre Metri’; ensayos y artículos reunidos en ’Las canciones de Militis’, ’Crítica literaria’, ’El nuevo gobierno de Sancho’. Participa activamente en revistas y diarios (Criterio, La Nación, Cabildo, Tribuna) e incursiona en política, llegando a ser incluido en la lista de diputados de la Alianza Libertadora Nacionalista  en 1946. Estas actividades y sus actitudes críticas hacia la educación y las estructuras sociales, políticas y religiosas comienzan a ocasionarle dificultades.


   (1946-1949) Sus superiores religiosos lo presionan para que abandone la Compañía de Jesús (la orden jesuita); se niega, y las sanciones y presiones van en aumento. Viaja a Europa para intentar aclarar su situación, sin éxito. Es recluido en Manresa (España) durante dos años, mientras su salud física y psíquica se derrumba. Al borde de una neurosis y en medio de una profunda crisis espiritual, consigue huir y vuelve en 1949 a Buenos Aires. Es entonces expulsado de la Compañía y suspendido como sacerdote. Tiene entonces 50 años, su salud decaída, el alma lastimada en lo más profundo, difamado, con su carrera intelectual tronchada y sin medios de vida.

   (1950-1969) Es acogido por el obispo de Salta, donde vive entre 1950 y 1951, enseñando y escribiendo. Vuelve en 1952 a Bs As, y dicta cursos de filosofía y conferencias varias. El período más difícil de su vida ha pasado, y aunque las heridas no cerrarán nunca, comienza a ordenar sus papeles e inicia una nueva etapa en su producción intelectual, que se revelará aún más productiva y profunda que la primera.

   En este tiempo escribe ’El apocalipsis de San Juan’, ’¿Cristo vuelve o no vuelve?’, ’El ruiseñor fusilado/El místico’ , ’Los papeles de Benjamín Benavídez’, ’El evangelio de Jesucristo’, ’Las parábolas de Cristo’, ’Su majestad Dulcinea’...
   En 1966 se le restituye el ministerio sacerdotal. En 1967 funda la revista Jauja, que dirige hasta su cierre, en 1969.

   (1969-1981) El fin de la revista coincide con el fin de una década en que mueren otras esperanzas: han pasado el mayo francés, la primavera de Praga, el Concilio Vaticano II y la llegada del hombre a la luna. Castellani, sin dejar de ser un referente entre los sectores más tradicionales del catolicismo, y una figura destacada del nacionalismo argentino, se aparta cada vez más de la actividad política y, en general, de la sociedad. Volcado a su interioridad religiosa, su actividad se limita a escribir libros y dar conferencias. Profesa una gran admiración por el filósofo luterano Soren Kierkegaard, a quien dedica ’De Kierkegaard a Tomas de Aquino’, uno de los principales libros de la última etapa de su vida

 

   A juicio de un destacado filósofo actual, Héctor Mandrioni -quien fuera discípulo suyo-, "fue la inteligencia más brillante que produjo la Iglesia Argentina" y fue también en buena medida desaprovechado por ésta. Sin duda, su independencia de juicio y actitudes personales propias de las personalidades excepcionales lo llevaron a un grave conflicto con la Compañía de Jesús, que primero lo recluyó en Manresa (Cataluña) durante dos años (1947-1949) y luego lo expulsó de la Orden el 18 de diciembre de 1949. Como sacerdote es admitido en la diócesis de Salta -no podía ejercer su ministerio en otras diócesis- y recién en 1966, por gestión del Nuncio Apostólico Lino Zanini, se le restituyó plenamente el ministerio sacerdotal.

   Filósofo tomista, pero también admirador del danés Sören Kierkegaard, luterano (quien había tenido un conflicto similar con su iglesia), su vocación política nacionalista lo llevó a colaborar asiduamente con diversas expresiones de esa corriente en la década del 40: CABILDO y NUESTRO TIEMPO, por ejemplo, y a partir de octubre de 1945 lo hace en TRIBUNA, que apoya la candidatura de Perón a la presidencia. En las elecciones del 24 de  febrero de 1948 es candidato a diputado nacional en segundo lugar por la Capital Federal a través de la Alianza Libertadora Nacionalista, que lleva su propia lista pero apoya la fórmula Perón-Quijano. No es electo y entre los años 1947 y 1951 vive los momentos de crisis con la Compañía de Jesús y de reinserción en la Iglesia Católica. En 1951 el gobierno de Perón expropia el diario LA PRENSA, que pasa al dominio de la C.G.T., siendo director el escritor César Tiempo (generación XIª); allí Castellani colabora en el suplemento literario. En 1955 es dejado cesante en sus cátedras secundarias

 

   Para centrar en un punto el riquísimo pensamiento político de Castellani me voy a basar en una obra suya, Las canciones de Militis, que firma con el seudónimo de Jerónimo del Rey, la cual recoge artículos publicados en CABILDO entre 1943 y 1944, de una orientación a la que permanece fiel toda su vida, como lo testimonia "Esencia del liberalismo", que recoge una conferencia en la librería Huemul de 1960. A mi entender el tema central del pensamiento político de Castellani es el anti-liberalismo o, tal vez mejor, desde la fe y el pensamiento católico juzga al liberalismo como una etapa del proceso de destrucción de la Cristiandad iniciado por la reforma protestante, continuado con la Ilustración y la Revolución Francesa. El liberalismo ha hecho mucho mal en Argentina y todos los pueblos de Hispanoamérica.

   "Una herejía medio católica, medio protestante y medio atea [...] vino a la vida justamente cuando nosotros los argentinos veníamos a la independencia. Nos hizo tanto mal como una damajuana de caña en una jaula de monos: y no nos arruinó del todo, porque por gracia de Dios aquí había fuertes vitaminas españolas. Y también había hombres que no eran monos." Párrafos anteriores decía: "Esa obsesión de la libertad propia de un loco vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas que en aquel tiempo se desataron, y al poder del Dinero y de la Usura, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz", marcando una conexión necesaria entre liberalismo y capitalismo salvaje. Tras la caída de Perón, Castellani retoma su vocación periodística principalmente en AZUL Y BLANCO y en una revista cultural dirigida por él: JAUJA.
  

 

   Durante la Dictadura civico militar de 1976-1983, ya enfermo y cargado de años, aún tiene fuerzas para reclamar por la vida de su ex alumno y amigo Haroldo Conti, aun cuando no compartia sus ideas, ante el terror de un Sábato y la indiferencia de un Borges, presentes en la entrevista con el general Videla.
   Fallece el 15 de Marzo de 1981 en Buenos Aires.

 

   Reproducimos parte de uno de sus sermones:

 

Los Obreros de la Viña (de Domingueras prédicas)
(Homilía del Domingo de Septuagésima, de 1963)

  

   En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo". Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?". Dícenle: "Es que nadie nos ha contratado". Díceles: "Id también vosotros a la viña". Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros". Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: "Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor". Pero él contestó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?". Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos. (Mt 20, 1-16)

   La parábola de los obreros de la hora undécima es la más difícil que hay en el Evangelio. La he explicado ya aquí mismo el año pasado si no me equivoco y también en mi comentario al Evangelio de Jesucristo; de modo que hoy por no repetirme les hablaré de las relaciones de Cristo con el dinero.
   La parábola pone un patrón que contrata varias tandas de obreros a diferentes horas; de modo que los primeros trabajaron doce horas, de sol a sol, y los últimos trabajaron una hora; y después mandó pagarles a todos igual un denario. Uno de los primeros se enoja con el patrón y lo increpa; y parecería tiene razón. Pero el patrón también tiene razón: "¿No te contraté a ti por un denario? ¿No te pagué tu denario? Si yo quiero darle más a éstos, ¿qué te importa? ¿Con mi dinero no puedo hacer yo lo que quiero? Porque mi mano sea buena, ¿tu ojo tiene que ser torcido? (Esta actitud de "mi dinero es mío y yo hago con él lo que quiero" es común en los ricos; no es ciertamente la actitud que les recomendó Cristo; pero es común lo mismo).
   Dos cosas sencillas y muy importantes quiso significar aquí Cristo; una, que a Dios, que es el patrón de todo, no lo podemos juzgar nosotros; injusto no es nunca, pero su justicia no la podemos medir por nuestra justicia; no tenemos todos los datos y él tiene todos los datos para juzgar. Es lo que tantas veces inculca la Escritura; "mis caminos no son como vuestros caminos -dice el Señor- y mis pensamientos no son vuestros pensamientos".
   La otra es que Dios, en la distribución de los bienes terrenales, se muestra aparentemente caprichoso; se muestra como indiferente y despreocupado en eso, y tiene razón, pues esos bienes son temporales, efímeros y a veces peligrosos y son como nada en parangón con los bienes eternos. También lo dice el Evangelio: "Sed como el Padre celestial, el cual hace salir el sol sobre los buenos y malos y hace llover sobre los justos y los injustos". Nosotros no podemos hacer salir el sol ni llover, pero podemos hacernos indiferentes (en lo posible) a la lluvia y el buen tiempo: o sea, despegarnos de los bienes terrenales.
   El denario dado a todos son, pues, los bienes terrenales, de los cuales necesitamos: hay que trabajar sin embargo, poco o mucho, pues no les da el denario sino a los que trabajaron. Aunque se hayan dado otras interpretaciones figurativas de esta parábola, esta interpretación es la segura.
   Todos los bienes terrenales están representados por el dinero: la pelea aquí entre el patrón y el obrero es por el dinero; el obrero quiere más dinero (y ya no puede hacer una huelga). Está frito.
   Jesucristo no maldijo el dinero, como hicieron Proudhon, Papini o León Bloy: maldijo el mal uso del dinero, a los malos ricos y la adoración de dinero, al cual llamó el "ídolo inicuo, mammona inequitatis": ídolo, porque lo idolatramos; inicuo, porque hacemos por él iniquidades (ustedes no, probablemente).
   Jesucristo sabía lo que era el dinero. ¿Qué es el dinero? El dinero es un "ticket", un boleto, como esos que nos dan en el colectivo; solamente que en vez de procurarnos un viaje en colectivo, nos puede procurar todas las cosas, incluso la felicidad, según muchos creen. En sí mismo no vale nada; vale como signo. Un billete de mil pesos, hacerlo cuesta cincuenta centavos; y si no representara una cantidad de bienes (que en la Argentina va siendo menor cada vez) ni siquiera valdría cincuenta centavos: es un papel que no serviría para nada, ni siquiera para escribir una carta. Y sin embargo, el dinero se vende, se compra y se alquila, como si fuera una cosa en vez de un signo.
   ¿Por qué? Porque además de signo es un instrumento; con dinero puedo comprar instrumentos y producir más bienes -además de comer y vestir. Si yo presto una azada, ¿puedo cobrar un alquiler por prestarla? Sí, porque no puedo trabajar con ella mientras la tiene el otro, y además la azada se gasta; y esto se llama el "interés" o renta. Pero si yo le exijo al prestatario de la azada que me dé todo lo que gane con ella, menos una pequeña suma para que pueda comer y seguir trabajando para mí, ¿es justo? Esto se llama usura, y es la base del actual capitalismo. ¿Y si yo monopolizo todas las azadas que hay en la República Argentina, y entonces al que quiero le alquilo, al que no quiero no, y puedo cobrar el alquiler que se me antoja, o si no se mueren de hambre? Esto se llama Gran finanza, o Alta finanza, o Capital financiero.
   ¿No podemos dejar que la Alta finanza se coma todas las azadas y nosotros comer trigo? No, porque no podemos producir trigo con las manos. La Alta finanza, que es un poder oculto, y formidable, opera por medio del sistema bancario moderno. El sistema bancario moderno está basado en una ficción, o digamos una estafa, pues abre la puerta a innumerables y enormes estafas. Pongamos el ejemplo típico: el primer banco moderno que se fundó fue el Banco de Inglaterra, modelo y maestro de todos los bancos. (Los italianos inventaron los bancos, pero los primeros bancos lombardos y genoveses eran relativamente decentes: prestaban azadas). El Banco de Inglaterra se fundó en esta forma: el rey Guillermo III necesitaba 1.200.000 esterlinas, y se las prestó un prestamista judío de Frankfurt llamado Rothschild, o sea, escudo rojo; con esta condición: el rey recibía esa cantidad en oro, y la debía a Rothschild; y Rothschild recibía autorización para emitir un millón y pico de billetes y prestarlos; eso se llamó "el activo" del Banco. De modo que, ustedes ven, el dinero se ha multiplicado por dos: el rey tiene un millón y lo gasta; el Banco tiene otro millón y lo presta; y el rey sigue debiendo un millón de libras. Como el dinero representa bienes (y si no, ningún valor tiene) y se ha multiplicado por dos, y los bienes no se han multiplicado por dos, los bienes cuestan ahora el doble; y ese aumento, que va a parar a los cofres de Rothschild, lo paga el consumidor.

   Eso no es nada todavía: queda la llamada "reserva". Los banqueros se dieron cuenta pronto que la gente que pone dinero en el banco, para que ellos lo vendan o alquilen, no lo saca de golpe, a lo más un 5 ó 10% es exigido al banco habitualmente, contando lo que entra habitualmente. "Pongamos 20% para más seguridad" -dice el banquero- "y podemos alquilar 80% más" -es decir, podemos prestar dinero que no existe, que le llaman "crédito". Es decir que el banco presta y saca dinero del préstamo, no solamente por todo el activo que tiene sino por cuatro veces más de dinero que no existe y de bienes que no existen. Es decir, que si tiene veinte pesos depositados, que son reales, hace préstamos por cien pesos; y cobra interés. Es decir que no solamente fabrica dinero, sino que saca dinero del aire: "dinero fantasma", no para los financistas ciertamente, sino para nosotros.
   ¿Por qué pueden hacer eso? Porque la gente cree y tiene experiencia que si va a exigir su dinero al banco, el banco se lo da. Pero es un error: si toda la gente fuese conjuntamente a sacar su dinero, el banco no puede pagar; se produce un pánico, lo que llaman una corrida, y el banco quiebra; y los depositantes pierden su dinero o parte de él.
   Podría contarles la cómica quiebra del banco de Amsterdam en 1787, pero no hay tiempo. Me dirán que ahora no se producen corridas porque el gobierno respalda a los bancos; respalda a los bancos, pero cargando ese respaldo en su deuda, o sea en las espaldas de los contribuyentes. La regla es: "el banco nunca resulta deudor, siempre resulta acreedor". Hace poco, con ocasión de las tremendas estafas que ocurrieron en el Banco Nación, ¿por qué no quebró el Banco Nación? Porque lo respalda el gobierno; es decir, nosotros pagamos las estafas por medio de impuestos.
   ¡Pero ahora el gobierno ha nacionalizado los bancos por medio del Banco Central! No importa. Pero, ¿no se pueden poner freno y riendas a los usureros de las Grandes finanzas? No se puede, ahora y aquí por lo menos. La Gran finanza puede más que los gobiernos y los reyes -por lo menos de las naciones chicas y zonzas-, hace temblar a los políticos, e incluso puede provocar si quiere guerras internacionales.
   No acabaría nunca si quisiera reseñar los absurdos que hay en el fondo del capitalismo. No digo que el comunismo, su rival, sea mejor: es peor, es un capitalismo de Estado, más férreo y más implacable.

   La Alta finanza presta capitales a los industriales y empresarios, que sin eso no se pueden sostener las grandes empresas industriales, necesarias hoy día; y les cobra intereses usurarios. Los industriales, para no fundirse, naturalmente, mandan esos intereses a los precios: los precios suben, la gente no tiene plata para pagarlos. Carestía; carestía en medio de un exceso de producción. Destrucción de la producción para mantener los precios. Guerras para mantener "mercados". Cuestión social: intranquilidad, amargura, angustia.
   Y así hemos llegado a este estado absurdo: escasez en medio de la abundancia; pobreza en medio de las riquezas; hambre en medio de la superproducción de alimentos: en 1933 en San Julián de la Patagonia se degollaron y quemaron sesenta mil carneros; y al mismo tiempo en la India aldeas enteras se morían de hambre ¡y en la Argentina también! Escasez artificial -y criminal.
   ¿Quién puede arreglar todo esto? Ahora, nadie. Solamente Cristo o el Anticristo pueden arreglarlo. Si Cristo puede arreglarlo, ¿por qué no lo arregla? Cristo lo arregló ya viniendo al mundo, predicando su doctrina y muriendo por ella. Durante los diez siglos de cristiandad europea, esto no pasaba: no se morían de hambre, no había desocupación, no había miseria, cada uno estaba contento en su lugar, el campesino no envidiaba al rey, más bien los Reyes Santos envidiaban al campesino. ¡Había miseria y hambre!, dirán ustedes. Sí, por causas accidentales, por una peste o una invasión de los bárbaros que quemaban, destruían y rapiñaban, y al fin eran vencidos; pero no como ahora, en virtud de las mismas estructuras sociales: ahora hay una peste continua y un incendio continuo.
   Y ahora, ¿no lo arreglará de nuevo Cristo? Puede ser, yo no lo sé. Depende de nosotros, depende de la conversión de Europa (o de la Argentina) a Cristo. Hay muchas profecías privadas que dicen que vendrá un gran castigo de Dios (que tal vez ya haya venido y sea este mismo estado en que estamos) y los hombres se arrepentirán y vendrá un tiempo de orden y prosperidad, aunque sea corto, una generación; treinta años; y después vendrá el Anticristo. Son profecías privadas, yo no lo sé. Yo no he tenido ninguna visión de Dios. No sabemos.
   Lo que sabemos es que somos de Cristo; y Cristo triunfará finalmente "por las buenas o por las malas" -como dice Aramburu. Si es por las malas y tenemos que penar y sufrir, paciencia; nuestra compensación es grandísima en el cielo. Total, cuando uno muere, siempre pena y sufre; y todos morimos. Lo esencial es que en la vida y en la muerte, en esta vida y en la otra, suframos o no suframos, por Cristo estamos y de Cristo somos.

NÁQUERA NEGRA

NÁQUERA NEGRA

Juan V. OLTRA

 

   No puedo decir que el alcalde de Náquera haya ingresado en la cofradía de los imbéciles dolicocéfalos, porque albergo severas dudas sobre si tal condición es inherente al cargo. Y me duele tener que referenciar en un contexto tan lastimoso a un pueblo al que debo tantos recuerdos de mi infancia, y en el que tantas personas buenas y honorables se grabaron a fuego en mi memoria. Es una prueba más de que los políticos, sea cual sea el nivel de estos, no reflejan la calidad de sus ciudadanos. Afortunadamente, porque en caso contrario estaríamos nadando en excrementos, incluso en un pueblo tan hermoso como éste, donde un paisaje frondoso y el hablar afrutado de sus gentes nos recuerdan lo cerca que el cielo, a veces, está de la tierra.

   Pero me duele más tener que soportar esta hora de los enanos que se alarga ya ¡ay! demasiado. La noticia de que el alcalde de Náquera quite la placa dedicada a José Antonio Primo de Rivera no me extraña. No puede hacerlo, es lo natural hoy, aunque yo siga apostando por aquella bonita idea de Álvaro de Laiglesia. El genial director de La Codorniz pedía que, ante cambios de régimen, no se cambiaran las calles de nombre, sino que se adjetivaran, como un favor al noble cuerpo de carteros. Así, la calle del insigne presidente de la república, pasaría a ser la del gilipollas presidente de la república, y la del augusto general cambiaría por la del cabronazo del general. No resultaría un alarde de buena educación, pero al menos no marearían al personal más de la cuenta.

 

   Pero me voy internando en el bosque sin disparar al tordo. La cuestión estriba en que el alcalde ha sustituido esa placa por otra dedicada a... ¡Obama! A alguien que aún no se sabe si será bueno, regular o como todos. Un presidente electo de una nación que no es la nuestra y que no ha jurado el cargo tan siquiera. No me negarán que resulta una traca estupenda en esta colección de petardos que, con mando en plaza, nos gobiernan desde ayuntamientos, consejerías o ministerios.

   Y digo yo... ya puestos ¿cambiará la calle Queipo de Llano por la Avenida Kennedy? ¿La Avenida Adolfo Rincón de Arellano por la Gran Vía Jimmy Carter? ¿O trocará ese alarde de idiocia lingüística que es la "Plaça Caudill" que preside el pueblo por la "Plaça Kunta Kinte"?... Porque hasta ahora, el único mérito que se le reconoce a Obama es el color de su piel. ¿Le habrían dado una plaza a McCain? ¿A un presidente judio? ¿A uno hispano? ¿A uno amarillo con motas moradas?.

   Los deseos de ser políticamente correcto del alcalde lo hacen deslizarse peligrosamente por la pendiente de la estulticia. Cuando mi cuñada me llamó sin poder aguantar la risa para contarme este último vómito de la caja tonta, cloaca máxima de nuestra sociedad, inmediatamente pensé en aquella anécdota de Valle-Inclán, quien en una tertulia empleó el término "homofagia", y ante la sorpresa de un tertuliano que indagó por su significado, don Ramón le contestó "Comer animales de la misma especie. Usted, por ejemplo, comete homofagia cuando come besugo".

   Si don Ramón María del Valle-Inclán conociera al alcalde de Náquera, a buen seguro le daba empleo de protagonista en uno de sus esperpentos. Y si no, imagínense al alcalde llamando personalmente al embajador de EE.UU. para darle la noticia. No, no se lo imaginen: lo ha hecho.