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Bitácora PI

Revisión histórica

LA LEYENDA NEGRA ANTICATÓLICA Y ANTIHISPANISTA

LA LEYENDA NEGRA ANTICATÓLICA Y ANTIHISPANISTA

Álvaro DE MAOTURNA

 

   La leyenda negra es, a la vez, anticatólica y antiespañola. Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia: primera y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor. El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas. Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo "ilustrado" y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante "degradación" cultural española. Esta idea se difundió después por todo el ámbito anglosajón y naturalmente entre los yanquis.

 

   El buen historiador norteamericano William S. Maltby, entre algunos otros, en su bien documentado libro titulado "La Leyenda Negra en Inglaterra" (1982), dice esto: "Como muchos norteamericanos, yo había absorbido el antihispanismo en películas y literaturas populares, mucho antes de que este prejuicio fuese contrastado desde un punto de vista distinto en las obras de historiadores serios, lo cual fue para mí toda una sorpresa; y cuando llegué a conocer las obras de los hispanistas, mi curiosidad no tuvo límites. Los hispanistas han atribuido, desde hace mucho tiempo, este prejuicio y sentimiento mundial antiespañol a las tergiversaciones de los hechos históricos, cometidas por los enemigos de España".

   Los cínicos agentes panfletistas de la leyenda negra -cínicos por cuanto acusan a España de vilezas y crímenes que sólo ellos cometieron- y sus respectivos pueblos que asimilaron borreguilmente el fanatismo antiespañol, en particular el mundo anglosajón, no sólo tergiversaron la Historia española y la grandeza de la empresa española en América, sino que a la vez silenciaron sus propios sistemas coloniales que, del siglo XVII al XIX, exterminaron casi por completo a los aborígenes de Norteamérica y sometieron a tantos pueblos africanos, asiáticos y oceánicos a una casi total esclavitud. Silencian la permanencia actual de las razas aborígenes en los países colonizados por España, así como el intenso mestizaje que desmiente toda mentalidad racista. Y también, naturalmente, silencian que las intervenciones pontificias en defensa de los indígenas obedecieron a peticiones de la Corona española que, ya con anterioridad, había dictado normas humanitarias como esa gloria jurídica de España que son las leyes de Indias y el Derecho de Gentes.

   Hay ahora una caterva de pseudo intelectuales dóciles a las viles corrientes ideológicas que hoy se venden, que quisieron generar una extraña sensación de mala conciencia, de recuerdo molesto, como de historia vergonzante. Intención más torcida aún, es la que pretende borrar cualquier huella de Dios en este muy noble y bellísimo acontecimiento realizado por los españoles... Todos los Papas han tenido menciones muy honoríficas para la singular acción evangelizadora y civilizadora de España en el mundo. Juan Pablo II, ha insistido muy reiteradamente en esta hermosa realidad; y en su visita a España en Santiago de Compostela, el 19 de agosto de 1989, destacó con gran amor y claridad la enorme proyección espiritual y cultural positiva del Concilio III de Toledo, y entre otras cosas dijo: «En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo». Y en su despedida en Covadonga afirmó: «Agradecemos a la Divina Providencia, a través del corazón de la Madre de Covadonga, por este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran pueblo a su misión. Deseamos para vosotros, queridos hijos e hijas de esta gran Madre, para España entera, una perseverancia en esta misión que la Providencia os ha confiado».

 

   Cabe otra consideración, altamente significativa, sobre la leyenda negra. Sólo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Sólo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico. Pero después triunfó la herejía y el error en gran parte del mundo económicamente fuerte de Occidente, con su espíritu protestante y racionalista. Y fue naturalmente este mundo triunfante del error y del antihumanismo el autor del prejuicio mundial, injusto e inicuo, que se llama leyenda negra, la cual es sólo y a la vez anticatólica y antiespañola. No existe en cambio leyenda negra enemiga de las potencias protestantes. Este hecho tiene una significación decisiva para cualquier mente honrada que pretenda valorar con justicia los hechos históricos de las naciones.

   No existiría leyenda negra si España no hubiera sido tan importante en el mundo, o si hubiera traicionado la Verdad como lo hicieron las demás potencias, en lugar de servirla heroicamente como España lo hizo. Fue justamente en el ambiente protestante donde se generó la llamada leyenda negra, que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al Descubrimiento. «Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente» (Juan Pablo II en Santo Domingo).

 

   La leyenda negra, con una valoración de los hechos no iluminada por la fe, ha dejado un ambiente de absurdo sentimiento de culpa en algunos españoles, que se manifiesta en un querer desvirtuar la grandiosa empresa en sus motivos esenciales de evangelización y civilización, en la pérdida de la perspectiva general de la obra, con la consiguiente trivialización de los méritos individuales y colectivos, y en la falta de valoración de la hondura y anchura de las conversiones. Querría esto decir que nos se ha captado lo que es Hispanoamérica. Por disposición de la Providencia Divina, los pueblos que fueron conquistados, al convertirse a la fe y recibir la cultura cristiana en lengua de Castilla, no se conservaron como tales pueblos primitivos, sino que dieron lugar a la nación hispanoamericana, que es heredera de ellos tanto como lo es de España. Para esta empresa ha tenido Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese «¡Gracias,España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español.» Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del continente americano.

 

   Casi todos los Papas han hecho, en algún momento, un gran elogio de la epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara contra España el mito de la leyenda negra. De su pluma salieron 129 textos acerca del «espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera (...). La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo». Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia.

   No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista y masónica ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española. La Inquisición medieval fue creada por Gregorio XI en 1231, con motivo de las grandes herejías que vinieron a turbar la paz religiosa de la Cristiandad. El Derecho entonces vigente contenía leyes severísimas contra los herejes... La Inquisición española salvó muchas vidas de judíos españoles de las matanzas de que éstos eran objeto en su tiempo. Fue el más humano de los tribunales de su época y evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. Es de tener también presente que el más rico y asombroso despliegue doctrinal y literario que se conoce en la Historia -el Siglo de Oro español, o la Edad de Oro como la llama Menéndez Pelayo porque duró casi dos siglos- coincidió con la existencia de la Inquisición, la cual no supuso ningún freno para el genio creador español. En muchos aspectos esenciales, la Inquisición significó un auténtico progreso social.

   Es indudable que la Inquisición eclesiástica cometió abusos en todo el mundo y, sobre todo, que provocó un clima de suspicacias que hizo sufrir a muchos inocentes, incluso a santos canonizados luego por la Iglesia. Pero es imposible formular un juicio que pretenda ser mínimamente equitativo, si no se acierta a entender lo que significaba la defensa de la fe, en una sociedad donde la verdad religiosa se tenía por supremo valor. No olvidemos que en Ginebra -La Meca del protestantismo-, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, el español Miguel Servet. Y es que la Verdad cristiana, salvadora del hombre, se tenía entonces por el máximo bien; y la herejía, que podía perder a los hombres y a los pueblos, como el peor de los crímenes. Esto le cuesta comprenderlo al hombre moderno, a quien no chocará, en cambio, que la protección de la salud sea actualmente preocupación primordial de la autoridad pública y justifique no pocas molestias y restricciones. Pues el hombre religioso europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la lucha contra el cáncer, la contaminación, o en la defensa de la salud física o la democracia. esto, a la vez que asesina a millones de seres humanos inocentes no nacidos.

   Las investigaciones verdaderamente científicas, y cada vez más decantadas de españoles y extranjeros, se pronuncian hoy con veredicto unánime y favorable a la labor positiva y magnánima de España en el mundo, a la vez que se apagan, con las luces puras de la verdad, los últimos vestigios del mito de la leyenda negra antiespañola, que fue alimentada durante mucho tiempo por la mentira y el odio.

BANQUEROS Y LADRONES

BANQUEROS Y LADRONES

Israel SHAMIR

 

   El sábado 13 de octubre de 2001 el periódico The Times publicó la siguiente noticia: "El dinero del Holocausto judío era un mito". Con ello se bajó definitivamente el telón de uno de los dramas más absurdos y odiosos de robo y pillaje. Todo empezó en 1995, cuando dos importantes caballeros, Edgar Bronfman, presidente del Congreso Judío Mundial, y Abraham Burg, en aquel entonces una estrella ascendente de la política israelí, hicieron una visita a los bancos suizos con una misión humanitaria. "Tienen ustedes miles de millones de dólares depositados por los judíos antes de la Segunda Guerra Mundial", dijeron. "Queremos que se nos devuelva ese dinero de inmediato, ahora que los supervivientes del Holocausto judío todavía están vivos. Dejemos que disfruten de una relativa tranquilidad durante los últimos años de sus vidas". Bronfman y Burg eran ese tipo de hombres a quienes cualquier banco o compañía de seguros escucha con atención.

   Edgar Bronfman heredó sus millones de su padre, Sam, un capo mafioso que amasó su fortuna mediante el tráfico ilegal de alcohol en Estados Unidos: durante la Ley Seca lo destilaba en Canadá y lo pasaba de contrabando con la ayuda de su banda de gangsters a través del lago Ontario. Pero Sam Bronfman ganó incluso más dinero como prestamista. Poco antes de su muerte, un reportero le preguntó que cuál era el invento más grande de la historia. Fiel a sí mismo, contestó que los intereses de los préstamos.

   El capital obtenido con el crimen y esquilmado a los deudores puede servir en el mundo de la política. También en la política judía, puesto que no es preciso que a uno lo elijan para convertirse en una figura importante. Sólo hace falta alquilar dos habitaciones en un edificio de oficinas, colocar en la puerta un letrero de la Asociación Judía Mundial o de la Organización para la Liberación Judía y, sin más, ya forma uno parte del negocio. Esos títulos no están registrados. El Congreso Judío Mundial de Bronfman era exactamente eso: una minúscula compañía con un nombre ostentoso. Antes de la llegada de Bronfman contó con algunos presidentes paternales y afables, tales como su predecesor, Nahum Goldmann, pero la organización no iba a ninguna parte ni cortaba realmente el bacalao. En cambio, con el inmenso capital de Bronfman se convirtió en una estructura de poder.

 

   Avrum (Abraham) Burg, portavoz de la Knesset (Parlamento) israelí y candidato a la secretaría general del Partido Laborista de Israel (este año perdió los elecciones internas a manos del actual ministro de Defensa, Benjamín Ben Eliezer), es hijo del doctor Burg, un importante político -líder del Partido Religioso Nacional- que fue ministro durante cuarenta años, hasta el día de su muerte, de todos los gobiernos de Israel. Su retoño Avrum ya había dado una nota en falso en el programa ABC Nightline del 2 de agosto de 2001, cuando describió a los palestinos como "gente con la que a uno no le gustaría casar a su hija". Avrum Burg necesitaba un promotor para avanzar en la política, mientras que Edgar Bronfman necesitaba un socio digno de fiar para llevar a cabo su plan.

   Ningún banco o compañía de seguros podía negarse a unos caballeros tan importantes. Tras una breve resistencia, los enanos suizos cedieron y los dirigentes titulares del pueblo judío se largaron con un montón de dinero en los bolsillos. "Estos judíos quieren robar nuestros bancos y nuestras compañías de seguros en nombre de su holocausto", probablemente pensaron los banqueros, echando humo de indignación. Pero estaban equivocados. Esta historia, que empezó como un cuento de hadas, siguió luego al pie de la letra el guión de cualquier película de atracos. Pasaron seis años y prácticamente ningún dinero salió de las magnánimas bolsas de las comisiones internacionales creadas por Bronfman y Burg. Los supervivientes del Holocausto no recibieron casi nada y el capital pasó a ser propiedad de quienes exigían justicia para las víctimas.

 

   En fechas recientes, el respetado periódico Los Angeles Times afirmó: "Al parecer una comisión internacional, creada para resolver las disputas relativas a los seguros de los tiempos del Holocausto, se ha gastado más de treinta millones de dólares en salarios, facturas de hotel y anuncios de periódicos, pero sólo ha distribuido tres millones a los demandantes". Los miembros de la comisión convirtieron ésta en una agencia de viajes de lujo y en un centro de recreo, continuaba el Los Angeles Times: "Los documentos muestran que desde 1998 la comisión ha organizado al menos dieciocho reuniones de hasta 100 participantes en hoteles de Londres, Jerusalén, Roma, Washington y Nueva York". En cuanto a la indemnización en compensación por el trabajo de esclavos durante la época nazi, The Independent informó que "mientras que las víctimas del Holocausto recibirán (quizá) entre 2.500 y 7.500 dólares norteamericanos, cada uno de los abogados "judíos" que negociaron el arreglo cobrarán más de un millón".

   Asimismo, The Times afirmó que los bancos suizos, tras verificar las cuentas bancarias inactivas, se encontraron con que ni siquiera pertenecían a las víctimas judías del Holocausto, sino principalmente a "gente rica no judía que se olvidó de su dinero". Los suizos no entregaron mil quinientos millones de dólares norteamericanos a Bronfman y Burg porque estuviesen convencidos de sus reclamaciones, sino porque no tuvieron otro remedio, ya que Bronfman (junto con Mark Rich) era entonces un importante mecenas del presidente Bill Clinton, y Clinton seguramente los obligó a hacerlo, so pena tal vez de bombardear a Suiza.

 

   Algunos aspectos de esta historia empezaron a aflorar a la superficie en Holocaust Industry (La industria del Holocausto), un libro bestseller de Norman Finkelstein, profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York. Finkelstein se oponía en él a los métodos extorsivos de las organizaciones judías. Éstas lo acusaron de mentiroso y de antisemita. Ahora, un año después de la publicación del libro, están apareciendo nuevos detalles, jugosos e inesperados, sobre esta sórdida maniobra. Si llegaran a confirmarse, estaríamos ante el atraco más importante perpetrado durante todo el siglo XX. Al parecer el profesor Finkelstein se equivocó en varias cosas: para decepción de quienes odian a los judíos, las víctimas del atraco fueron no solamente los bancos y las compañías de seguros, sino también gente ordinaria de origen judío. Para regocijo de quienes aman a los judíos, los atracadores eran los autodenominados líderes judíos que decían representar al pueblo judío.

 

     Un banquero honrado

 

   El hombre que hizo este descubrimiento es muy diferente del profesor neoyorquino Finkelstein. Martin Stern es un rico hombre de negocios británico, muy implicado en bienes raíces, así como en causas judías y sionistas. Trabaja en Londres y pasa los fines de semana en su amplio departamento del barrio ortodoxo de Jerusalén. No se pierde una sola oración en su sinagoga, hace obras de caridad y ama a Israel. Fue su encuentro casual con un banquero suizo en Villar, un prestigioso enclave de los Alpes suizos, lo que puso en marcha la maquinaria de las reclamaciones del Holocausto. El banquero le contó a Stern una pequeña historia muy interesante. Su banco, Union Suisse (UBS), informatizó sus archivos en 1987 y descubrió muchas cuentas inactivas desde 1939. Los gestores del banco llegaron a la conclusión de que unos cuarenta y cinco millones de francos suizos (treinta millones de dólares) de depósitos probablemente pertenecían a los judíos que fallecieron durante la guerra o después de ésta.

   "Como no queríamos quedarnos con dinero ajeno -dijo el honrado banquero suizo-, nos pusimos en contacto con el Congreso Judío Mundial y les pedimos que nos ayudasen a encontrar a los herederos de aquellos fondos, pero el Congreso nos respondió que eso no era asunto suyo". Los suizos, desdeñosamente, transfirieron el dinero a la Cruz Roja. Martin Stern se sintió conmovido por la historia y la contó en la radio israelí. Dos semanas después de la emisión, "como por casualidad", Bronfman y Burg llamaban a la puerta de la Corporación de Bancos Suizos exigiendo el dinero. Tal como se ha dicho más arriba, lo obtuvieron, pero se lo quedaron para sus propios fines. Martin Stern se sintió implicado y siguió el desarrollo de la historia.

   Se sentía cada vez más intranquilo por la manera en que el dinero del Holocausto estaba siendo administrado. Aparte de sus propios salarios, el comité de reclamaciones desembolsó cuarenta y tres millones de dólares en bolsas de comida para los judíos rusos. Ni Bronfman ni Burg habían mencionado este asunto cuando fueron a los bancos suizos a exigir que se acelerasen los pagos a los supervivientes, a los propietarios del dinero. ¿Habían cambiado de planes?

   Por circunstancias familiares, Stern se puso en contacto con la compañía de seguros Generali. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Generali era una compañía muy importante, propiedad de judíos italianos. "En aquel tiempo muchas compañías de seguros estaban en manos judías y funcionaban como pequeños bancos privados", explica Stern. La Generali tenía muchos bienes en Palestina, así como en los Balcanes y en Italia. A pesar de la guerra, del fascismo italiano y del Holocausto, la Generali retuvo su conexión judía. Sus directivos no quisieron seguir el ejemplo de los suizos y de los alemanes y negaron cualquier conocimiento de las pólizas anteriores a la guerra. Stern investigó por su cuenta y riesgo y logró encontrar el lugar secreto donde los directivos de la Generali guardaban las pólizas anteriores a la guerra, enterándose entonces de que la compañía era deudora de enormes sumas de dinero a los herederos de sus asegurados. Su descubrimiento forzó a la Generali a enmendar la plana, por lo que aceptó pagar, compensando personalmente a los beneficiarios.

 

    La fortuna de los intermediarios

 

   Ahora bien, si los fallecidos no hubieran sido judíos, sus herederos hubiesen cobrado el valor de las pólizas en la compañía de seguros o en un banco. Pero, tal como el lector ya habrá sospechado, nosotros los judíos somos diferentes. Lo somos porque padecemos un mal endémico que se llama ingenuidad, y por eso aceptamos tener un intermediario -los líderes judíos- a la hora de negociar con el resto del mundo, mayoritariamente gentil.

   A partir de 1950, los líderes judíos hicieron una fortuna como intermediarios, ya que las compensaciones no fueron a parar a los herederos y a los supervivientes, sino a las pegajosas manos de los líderes. Los judíos israelíes estaban obligados a recibir las compensaciones y las pensiones a través del gobierno de Israel, mientras que los judíos europeos recibían el dinero directamente de los gentiles. Aunque parezca mentira, los supervivientes que recibían los pagos de manos judías siempre obtenían menos, a veces mucho menos. El Estado judío, los bancos judíos y las organizaciones judías ganaban un porcentaje en cada transacción y no se privaban en absoluto. Cuando Israel sufría de una elevada inflación, las pensiones de los supervivientes estaban siempre indexadas a la baja. Los bancos no transferían los fondos a tiempo.

   Cuando empezó la afluencia de judíos rusos a Israel, los líderes judíos llegaron a un acuerdo con Alemania para que costease a los supervivientes. La parte del león de los fondos desbloqueados por los alemanes permaneció en manos de las organizaciones judías, los intermediarios y otros negociantes.

   Todo aquel que se fió de nuestros propios hermanos terminó bien jodido, ya que el pasatiempo favorito de los bandidos judíos, de los banqueros judíos y de los líderes judíos consiste en robar a otros judíos. Una persona cínica diría: la idea de Pueblo Judío es de por sí el mejor invento de tales canallas. En tiempos de nuestros abuelos no funcionaba así, ya que cualquier judío estaba al corriente de que un facineroso judío era capaz de robar a otro judío con mayor celeridad -a la velocidad del rayo- que a un gentil. Pero ahora nos hemos olvidado de esa importantísima noción.

 

    El Fondo Generali

 

   Una vez que Martin Stern encontró las pólizas, la compañía de seguros Generali aceptó cooperar y pagar. Pero los políticos israelíes y judíos deseaban permanecer en el terreno de juego. Negociaron una indemnización fija con la Generali en nombre de los beneficiarios judíos de las pólizas. Se trataba de una idea absurda, pues los judíos, ya sean un grupo religioso o étnico, aseguran sus vidas como personas privadas. Más aún, nunca dieron poderes a los políticos israelíes para representarlos. Pero estos negociaron la indemnización, recibieron cien millones de dólares, les pusieron el nombre de Fondo Generali y empezaron a gestionarlo como si fuese suyo. En junio de 2001, de 1250 solicitudes de información recibidas sobre las pólizas, el Fondo Generali había respondido sólo a 72. Los beneficiarios eran mareados a derecha o a izquierda, a menudo los rechazaban sin razón alguna o incluso no recibían respuesta. Desesperados, llamaron a la puerta de los italianos, que les pagaron de inmediato. Esto es una prueba adicional de que nosotros, los judíos, necesitamos intermediarios judíos tanto como un pez necesita un traje de baño.

   Al mismo tiempo, los administradores del Fondo efectuaron 270 "pagos humanitarios ex gratia": enviaron bolsas de comida a los judíos rusos para atraerlos a Israel. Estoy seguro de que la compañía Generali se sentiría muy feliz de alimentar a los judíos rusos y de incrementar su celo sionista, pero ¿por qué los políticos israelíes no lo hicieron mientras negociaban el arreglo?. Martin Stern descubrió que los administradores del Fondo hacían frecuentes viajes a Italia a expensas del Fondo y, cuando eso les parecía poco, no dudaban en exigir pagos sustanciales a la Generali.

   El problema cruzó el océano y los reclamantes norteamericanos descubrieron que sus reclamaciones habían sido "resueltas" por los políticos. Las organizaciones judías de norteamericanos apoyaron a sus colegas israelíes. Un peón importante en dicho sistema fue Lawrence Eagleburger, un antiguo Secretario de Estado de los Estados Unidos. Este gran hombre preside la comisión de líderes judíos que se ocupa de las reclamaciones de seguros relacionadas con el Holocausto y cobra un salario anual de 350.000 dólares. Según Stern, el dinero de las compensaciones apenas llegaría para pagar a los beneficiarios de las pólizas y por eso se siente horrorizado ante la facilidad con que Bronfman y Burg se gastan los fondos en otras cosas.

 

   Los banqueros israelíes no tienen apuro

 

   Las organizaciones judías fueron intransigentes con los bancos suizos y alemanes, pero mucho más tímidas a la hora de tratar con un banco judío. El Banco Leumi de Israel atesora probablemente más fondos de los judíos fallecidos que cualquier banco suizo o alemán. Parece cosa de risa, pero los banqueros israelíes no tienen prisa alguna por devolver el dinero. De hecho, éste se les pega a los dedos como engrudo. Antes de la Segunda Guerra Mundial, muchos judíos europeos depositaron sus ahorros en el Banco Anglo-Palestino, que era el nombre del Banco Leumi antes de 1948. Algunos hicieron depósitos y otros alquilaron cofres de seguridad. Pero los clientes no eran sólo judíos y el banco es depositario de inmensas fortunas de los cristianos y de los musulmanes palestinos.

   Muchos palestinos perdieron sus depósitos durante el gran zafarrancho de 1948. Los bancos israelíes utilizaron todos los medios posibles para bloquear el dinero y hacerlo desaparecer conforme aumentaba la inflación. Pero a los judíos no les fue mejor. Parece ser que el peor sitio en que un judío puede depositar su dinero con seguridad es el Banco Leumi, es decir el Banco Nacional de Israel. Los supervivientes del Holocausto y los herederos de las víctimas se encontraron con la negativa tajante del Banco Leumi para inspeccionar su documentación.

   El Banco Leumi, en trámites de privatización, era una propiedad compartida por la Generali. La compañía de seguros Migdal, la Generali y el Banco Leumi constituyen un entramado de sociedades y de hombres de negocios de dudoso historial. Algunos de esos individuos pertenecen al mismo tiempo al consejo de administración de las compañías, comparten beneficios y saltan con facilidad de fondo en fondo.

   Martín Stern descubrió que, en los años cincuenta, el personal del Banco Leumi, sin control ni supervisión externa y sin dejar constancia por escrito, abrió todos los cofres de seguridad inactivos. Sus contenidos fueron introducidos en sobres marrones y depositados al abrigo del control público. Como detalle de interés, Stern tuvo noticias de un baúl que permaneció durante años en las oficinas del Banco Leumi, para desesperación de las secretarias, que se enganchaban las medias en sus esquinas. Cuando el baúl fue abierto, en su interior se encontró un verdadero tesoro, aparentemente depositado por una iglesia copta. Al día de hoy, el baúl no ha sido devuelto a dicha iglesia.

   Martín Stern no podía creer que fuera posible un incumplimiento tan flagrante de las leyes bancarias. Durante su lucha en favor de los intereses de los supervivientes del Holocausto y de sus herederos, exigió que los representantes del Banco Leumi publicasen los nombres de los propietarios de los cofres de seguridad cuyos depósitos habían sido retirados por el banco. Al principio, la directora general de éste, Galia Maor, negó que el banco hubiese abierto los cofres. Confrontada con las pruebas de lo contrario, replicó severamente que "sólo encontramos cartas de amor". Me pregunto si una respuesta como ésta, de haberla dado los suizos, hubiera sido aceptable para las organizaciones judías.

   El destino de los depósitos en dinero no ha sido diferente del de los cofres de seguridad, puesto que el Banco Leumi ha salido ganando de cualquier manera. Una tal señora Klausne, antes de la Segunda Guerra Mundial, depositó en el Banco Leumi 170 libras esterlinas, el equivalente de 25.000 dólares de acuerdo con el valor actual. Cuando fue a reclamar su depósito, el Banco Leumi le ofreció 4 dólares. Con vistas a evitar futuros problemas, el personal del banco empezó a destruir toda la vieja documentación.

   Los trucos utilizados por el Banco Leumi llamaron la atención de la prensa israelí y de la Knesset, que nombró una comisión parlamentaria para investigar el asunto. Se necesitaron seis meses de intensas negociaciones para formar la comisión, pero sus estatutos adolecían de una falla manifiesta. Los supervivientes exigían encontrar a las personas responsables de haber escondido sus fondos durante medio siglo. Esta exigencia no fue incluida. Peor aún, la comisión cuenta entre sus miembros con personas responsables de dicho estado de cosas. Zvi Barak, que fue miembro gestor del Banco Leumi y que también lo es del Fondo Generali, fue enviado a investigar a los bancos suizos y ahora se supone que debe encontrar a los culpables en su propio banco.

   Michael Kleiner, un parlamentario de derecha por el Partido Herut, escribió lo siguiente a la comisión parlamentaria: "El banco destruye documentos en dos secciones diferentes y ahora existen grandes sospechas relacionadas con los depósitos del Holocausto y especialmente con los sobres marrones de las cajas de seguridad"· En fechas recientes, el Banco Leumi alcanzó notoriedad por el lavado de dinero que ha llevado a cabo en gran escala cuando las fortunas robadas por Vladimiro Montesinos y su jefe Alberto Fujimori -el ex presidente de Perú- fueron detectadas en sus oficinas de Suiza. La palabra "lavado" no tiene sentido si se aplica a dicho banco, ya que cualquier pañuelo que pasara por él saldría más sucio de lo que estaba.

 

    El concepto feudal de judaísmo

 

   El triunfo más importante de los líderes judíos tuvo lugar en Alemania en 1991, cuando la Alemania del Este fue unificada con la República Federal de Alemania. Después de 1945, la Alemania socialista no devolvió los bienes a los propietarios alemanes de antes de la guerra, ya fuesen gentiles o judíos. Su lógica era impecable: los alemanes del Este no aceptaban la noción de Pueblo Judío y consideraban por igual a todos los ciudadanos alemanes, judíos o no. Pensaban que la idea nazi de la separación de los judíos se había acabado en 1945. Estaban equivocados. La Alemania Federal aceptó el concepto feudal del judaísmo en 1950, cuando pagó compensación por las propiedades judías, pero no a los supervivientes o a sus herederos, sino al Estado de Israel y a los líderes judíos en cualquier sitio que estuviesen. En 1991, tras la reunificación, lo hizo de nuevo.

   Por ejemplo, dos alemanes, Moses y Peter, murieron en la guerra y dejaron algunas propiedades en Alemania del Este. Las propiedades de Peter, el gentil, permanecieron bajo la custodia del gobierno alemán hasta que su heredero fue encontrado. Si no hubiera tenido herederos, la propiedad hubiese permanecido en manos del gobierno alemán. Pero la propiedad de Moses, el judío, hubiera pasado a las manos de los señores Bronfman y Burg, en su calidad de líderes y representantes del Pueblo Judío y de miembros de la Conferencia para las Reclamaciones. El Estado alemán transfirió las propiedades que pertenecían a sus ciudadanos judíos en el territorio de la Alemania del Este a las manos de la Conferencia.

   Dicha Conferencia era un organismo ficticio de 44 hombres que no representaban a nadie. Algunos de ellos, por ejemplo, fueron enviados por una sociedad pomposamente denominada Asociación Anglo-Judía, que cuenta con unos 50 miembros. Sólo dos personas "representaban" a millones de judíos israelíes. Esta Conferencia supuestamente debía encontrar a los herederos de Moses y a otros alemanes de origen judío.

   Sin embargo, los líderes judíos tuvieron una idea mejor. Sabían que muchos propietarios nunca iban a reclamar sus casas y, por lo tanto, la propiedad de éstas pasaría a sus manos. Pero eso no era suficiente para tales sinvergüenzas. Establecieron una fecha límite, tras la cual sería imposible considerar cualquier reclamación de los herederos. Fue un golpe de genio típicamente judío: unos 30.000 millones de dólares en propiedades pasaron a sus manos de manera totalmente "legal". A partir de ese momento, se tomaron con tranquilidad las reclamaciones de los legítimos herederos, mientras que sumas inmensas, procedentes de los alquileres, se iban acumulando en sus cuentas bancarias.

 

   Las organizaciones norteamericanas de supervivientes judíos han iniciado su lucha contra los líderes judíos. Exigen que la Conferencia haga pública una lista completa de sus bienes, que encuentre a los legítimos herederos y les devuelvan sus propiedades. Están pensando en llevar a los tribunales a Alemania, a Italia y a otros países y organizaciones que por razones misteriosas aceptaron la idea medieval de la "propiedad judía". Afirman que la propiedad sólo puede ser de judíos individuales y niegan la validez de esa extraña "propiedad judía". Tal como prueba esta historia, tales ideas son buenas para que los autoproclamados líderes judíos mantengan el nivel de vida a que están acostumbrados, pero no para las personas ordinarias de origen judío, que deberían de olvidarse, de una vez por todas, de esa costosísima ilusión denominada solidaridad judía.

QUÉ NOS DEJÓ EL SIGLO XVI

QUÉ NOS DEJÓ EL SIGLO XVI

Alberto BUELA

 

A mis alumnos de Coronel Suárez

 

   Cuando empezamos a hablar acerca de lo que somos los argentinos, generalmente, lo hacemos a partir de 1810 dejando así de lado o, lo que es peor aun, liquidando con una frase hecha el período colonial de casi tres siglos. Y así afirmamos que fue  un período histórico de dominio español sobre América donde rigió el oscurantismo en la cultura  y la explotación del indio y del criollo en el orden económico. Y como esto es lo políticamente correcto porque así lo determina el pensamiento único que rige hoy los destinos intelectuales de nuestras cabezas más publicitadas, lo damos por cierto como una verdad a plomo.

   Pero si hurgamos un poquito, no mucho porque no somos historiadores, vemos como otro distinto es el panorama que nos muestran estos tres siglos primeros de nuestra historia.

  

   Siglo XVI

 

   La primera fundación de Buenos Aires la realiza Pedro de Mendoza en 1536 y de ella los historiadores nos cuentan que no quedó nada. La ranchería se prendió fuego y sus pocos habitantes fueron llevados a Asunción. Pero, sin embargo, algo quedó que se les pasó inadvertido. Quedaron acá en la Pampa libres y a su aire 60 yeguas y tres padrillos de los setenta y dos yeguarizos que había traído Mendoza desde España. Este hecho liminar fundado en una desobediencia, la del caballerizo, que en lugar de sacrificarlos según se le ordenara, los largó a campo, signó de una vez y para siempre el alma argentina: la cultura del caballo con todo lo que enseña de noble y de brutal.

   La diferencia con Brasil, en este emblemático primer hecho cultural, es que Alvares de Cabral pisa tierra brasileña en 1500 y apenas dos años después el judío Fernando de Noronha recibió una concesión ilimitada para explotar el palo brasil o brasilete[i]. ¡Casi nada la diferencia!

 

   El mejor ejemplo para mostrar que la conquista española de América fue hecha bajo el espíritu del medioevo fue la donación papal a los reyes de España en 1493, donación que a su vez la había recibido del emperador Constantino en el año 314 fecha de su conversión al cristianismo, por la cual le cedía el dominio sobre todas las islas conocidas y por conocer. Así las nuevas tierras, consideradas por Colón islas, fueron propiedad no de la nación española o del pueblo español sino del rey de Castilla y el Emperador Carlos V se declara oficialmente propietario en Barcelona el 14 de septiembre de 1519. De modo tal que nosotros no fuimos nunca propiedad de ningún pueblo.

 

   En la primera mitad del siglo XVI los principios que se aplicaron en la conquista de América eran los del siglo XV hispano expresados a través de la filosofía escolástica de teólogos y filósofos como Santo Tomás de Aquino, Hugo de San Víctor, Pedro Hispano, Ramón Lulio y Egidio Romano. Donde el hombre entendido como criatura racional tiene el derecho natural cristiano de participar de la ley eterna y todo lo que hace, lo realiza en vista a la mayor gloria de Dios y a su salvación personal.

   Pero la brutalidad de la primera conquista que se inició como una verdadera cruzada en donde los indios se convirtieron en los nuevos moros hace su eclosión con la ejecución del inca Atahualpa en 1533 y el asesinato de Pizarro en 1541. Algo profundo conmueve a la inteligencia española que se ocupaba de América y diez años después se produce la Controversia de Valladolid en donde confrontan, no dos sino cuatro, interpretaciones sobre la conquista.

  

   a) Una interpretación imperial y proespañola sostenida por Juan Ginés de Sepúlveda y Francisco López de Gómara que ponía de relieve la misión civilizadora de España, obviando la explotación cierta de los aborígenes.

   b) Una interpretación antiespañola, que dio lugar a la creación de la leyenda negra por parte de Inglaterra, Holanda y Francia, sostenida por Bartolomé de las Casas y las fantásticas ilustraciones de su libro por parte del flamenco Teodoro Bry, que resaltaba el dominio cruel de los españoles sobre los indios. Su solución, no muy feliz, fue la introducción de negros en América.

   c) Una interpretación mística de la conquista española sostenida por el fraile Gerónimo de Mendieta, que se consolida con la llegada de Pedro de Gante y los doce franciscanos quienes proponían una vuelta a cristianismo de la época de los apóstoles, para establecer en el Nuevo Mundo la sociedad perfecto. Y fue Vasco de Quiroga quien encarnó este ideal en el virreinato de Nueva España.

   d) La interpretación jurídica filosófica de la Escuela de Salamanca o segunda escolástica, que descolló con Francisco de Vitoria, quien no sólo defiende al indio sino que ataca el derecho del Papa y del Rey sobre América. Fundando el derecho internacional moderno. Al defender la libertad de conciencia y la libre conversión, anula la teología de la represión, y si bien provoca la rectificación de la política española en América, defiende como título legítimo la predicación del evangelio.

 

   Ningún imperio en el mundo se sometió al nivel de autocrítica reflexiva y rectificación como lo hizo el español con respecto a América. No faltará quien afirme: se respetaba pero no se cumplía. Sí, pero eso hay que probarlo caso por caso, pues ya no es una política manifiesta y oficial de España la explotación, expropiaciones y despoblaciones indígenas. Por otra parte los indios no fueron, precisamente, un dechado de virtudes, pues como sostiene uno de los máximos estudiosos de ese tiempo: "Es unánime el testimonio de los primeros cronistas, testigos presenciales, que cuentan horrorizados que ellos mismos habían vista al Inca Atahualpa beber en el cráneo de su hermano Huáscar que él había mandado matar y que se había hecho un tambor con el cuero de su cuerpo" [ii].

 

   Juan de Garay, castellano de Burgos salió para América en 1543 a la edad de trece años, funda junto con Ñuflo de Chávez la estratégica ciudad de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) en el corazón de América del Sur, donde vive ocho años, consolida como jefe la precaria ciudad de Asunción del Paraguay y funda por segunda vez la estratégica Buenos Aires en 1580. Hombre íntegro y modesto, formó parte de la última camada de conquistadores, los de la consolidación del poder español en América y según dice el testimonio del capitán Juan Fernández de Enciso, regidor de Asunción: "era padre de muchos pobres". Esto más su tarea de "abrir puertas a la tierra fundando ciudades" sin el derramamiento de sangre, muestran sus rasgos excepcionales: austeridad, fuerza, valor, sentido del honor, espíritu religioso. El mayor testimonio de Garay, su carta del 20 de abril de 1582 a Felipe II, nos lo presenta como un  estratega extraordinario. Su prematura muerte a los 53 años a manos de los guaraníes, privó a España de una efectiva política amazónica que contrarrestare la penetración bandeirante del siglo XVII. Tarea que quedó casi exclusivamente en manos de las misiones jesuíticas.

   El siglo XVI nos dejó a los argentinos una ciudad capital, una riqueza inmensa en carne y cueros yeguarizos [iii] y el modelo de un hombre ejemplar. No es poco como siglo fundacional, y sería bueno que nuestros historiadores se ocuparan más y mejor de esa primaria época.

 


   [i] Stoetzer, Carlos: Iberoamérica, Bs.As., Ed. Docencia, 1996, tomo I, p.39.-

   [ii] Pereña Vicente, Juan: Proceso a la conquista de América, Bs.As., Ed, Docencia, 1988, p.26.-

   [iii] Invito a algún matemático que sepa algo de veterinaria a realizar el cálculo estimativo de reproducción de estos yeguarizos en el período de 1536 a 1580. Son cuarenticuatro años de reproducción libre sin mediar consumo en el medio. Con dudas arriesgo la cifra de 700.000.

FALSIFICACIONES Y RÉDITOS DE 1714

FALSIFICACIONES Y RÉDITOS DE 1714

Miquel PORTA PERALES

 

   El politólogo británico Anthony D. Smith advierte que el nacionalismo inventa la nación seleccionando aquellos rasgos o hechos, reales o imaginarios (lengua, mitos, símbolos, historia, tradición, cultura, carácter, etcétera), susceptibles de cohesionar el sentimiento de identidad nacional. Y Smith concluye que el nacionalismo convierte la nación en un «relato que recitar» y «aprender a través de las imágenes que proyecta, los símbolos que usa y las ficciones que evoca». En resumen, la nación sería un conjunto de fábulas históricas y figuras literarias. Al respecto, el proceso de invención de la nación catalana durante el XIX es paradigmático: se manipula y mitifica la historia al tiempo que se nacionalizan determinadas características de orden local o comarcal previamente depuradas de lo extraño, que suele ser lo español. Y en ese proceso, el 11 de septiembre de 1714 -ejemplo de cómo se tergiversa la historia a mayor gloria de la nación inventada- ocupa un lugar de privilegio. Ante la inminente celebración de la Diada, conviene cuestionar la interpretación oficial y repasar lo sucedido en su complejidad. Y conviene también sacar alguna conclusión en clave de presente.

 

   Se debe empezar recordando que el 1 de noviembre de 1700 Carlos II muere sin descendencia y que su último testamento otorga la corona de España a Felipe de Anjou, que se convertirá en Felipe V. Se debe recordar también que, después del nombramiento, se forma una coalición internacional (Inglaterra, Holanda, Austria y Portugal) contra un bloque franco-hispano que acumula un poder excesivo. Puestos a recordar, hay que añadir que Felipe V jura las Constituciones del Principado y que Cataluña se mantiene fiel a la monarquía borbónica hasta 1705, en que la oligarquía comercial barcelonesa firma el Pacto de Génova con ingleses y austriacos en virtud del cual el Principado cambia de bando y declara su fidelidad al pretendiente austracista, el archiduque Carlos. El Pacto de Génova data de junio de 1705, pero Carlos no conseguirá entrar en Barcelona hasta noviembre del mismo año, cuando logra acabar con la resistencia de la ciudad. Finalmente, Carlos, al ser nombrado en 1711 emperador de Austria, perderá su interés por Cataluña. Y en el año 1713, la coalición internacional también se desinteresará del conflicto y firmará el Tratado de Utrecht. Ni que decir tiene que las tropas austracistas, que habían prometido defender las constituciones catalanas, abandonan Cataluña. El 11 de septiembre de 1714 el ejército de Felipe V entra en Barcelona.

   Conocidos los hechos y su circunstancia, hay que remarcar algunos detalles que el nacionalismo catalán olvida o tergiversa. Por ejemplo: que en 1702 Felipe V jura las Constituciones catalanas y, en consecuencia, no se puede decir que los borbones anulan el régimen político propio de Cataluña; que el cambio de bando que tiene lugar en 1705 -probablemente, una traición en toda regla- obedece a los intereses de una oligarquía barcelonesa perjudicada por el bloqueo del Mediterráneo impulsado por la coalición antiborbónica; que el compromiso de los catalanes, como demuestra la resistencia al pretendiente austracista una vez firmado el Pacto de Génova, está con Felipe V. Otro detalle: contrariamente a lo que se dice, el austracismo sólo triunfó en el triángulo formado por Barcelona, Igualada y Tarragona. ¿Una guerra de Cataluña contra la imposición de un rey extranjero? Dejando a un lado que los dos pretendientes eran extranjeros, lo que resulta plausible es que estamos ante un conflicto creado por la infidelidad de una oligarquía barcelonesa que veía amenazados sus negocios y privilegios, porque si es cierto que Felipe V respetó los fueros y concedió exenciones fiscales al Principado, no es menos cierto que negó determinados prerrogativas a una oligarquía dañada por el bloqueo del Mediterráneo. Y si se trata de recordar que el Decreto de Nueva Planta fue de signo abolicionista, también hay que recordar un par de cosas. Primera: que la abolición llegó como consecuencia del cambio de bando de 1705. Segunda: que el Decreto de Nueva Planta limitó muy seriamente el poder de la oligarquía, impulsó un programa de reformas y modernización que permitió el desarrollo de Cataluña y, como dijo Vicens Vives, significó el desescombro de una sociedad feudal saturada de privilegios y privilegiados. Quien perdió la libertad no fue Cataluña, sino las clases dominantes.

 

   Alguien preguntará por Rafael Casanova, «el héroe de la resistencia nacional catalana» que cada 11 de septiembre recibe flores en su tumba y monumento. En pocas palabras: la noche del 10 al 11 de septiembre de 1714, nuestro héroe -partidario, por cierto, de pactar con los atacantes- está en la cama; sólo acude al frente cuando le avisan de la gravedad de lo que ocurre; es herido levemente en un muslo y retirado de inmediato a la retaguardia; atendido de la herida quema los archivos, consigue un certificado de defunción, delega la rendición en otro consejero, y huye de la ciudad disfrazado de fraile. Posteriormente, reaparecerá en Sant Boi de Llobregat, donde ejercerá la abogacía sin ningún tipo de problema, recibiendo el perdón de Felipe V. En definitiva, sacando a colación la terminología del nacionalismo catalán, Rafael Casanova -vaya paradoja- no es sino un botifler, un traidor españolista.

   ¿La razón de la manipulación y mitificación de lo ocurrido? Al nacionalismo catalán, la tergiversación histórica, el «relato que recitar» y «aprender» de Smith, le es indispensable para cohesionarse y cultivar la imagen de una Cataluña secularmente asediada por una España de la cual hay que desconfiar o liberarse para realizar el sueño de la reconstrucción nacional. Y note el lector que si los tiempos cambian que es una barbaridad, el nacionalismo catalán -indefinición política, papel determinante del interés económico, búsqueda del privilegio bajo la forma de derechos históricos- continúa siendo hoy igual que ayer. La falsificación de 1714 todavía da réditos.

 

(ABC. 10-9-2006)

SAN MARTÍN Y ROSAS

SAN MARTÍN Y ROSAS

Mario MENEGHINI

 

   Éste es un tema que pocas veces se trata. San Martín, pese a tantos libros nefastos que se han publicado en los últimos años, conserva una imagen indiscutida para la mayoría de los argentinos. No ocurre lo mismo con Rosas, que presenta una imagen polémica; no puede desconocerse que los primeros historiadores pertenecieron al sector político que se enfrentó con él. Por eso, para tratar de ser objetivos es necesario arriesgarse a una exposición árida, analizando la cuestión en base a hechos y documentos concretos.

  

   Los antecedentes que hoy se conocen, demuestran que hubo una relación de admiración mutua entre estos próceres, de los cuales es posible advertir una suerte de vidas paralelas. San Martín, llevando la libertad a tres pueblos. Rosas, consolidando la obra del Libertador. Resulta explicable que los dos hayan experimentado esa atracción recíproca, que suele existir entre aquellos dirigentes de empresas semejantes.

   Hubo actitudes de Rosas hacia el Gral. San Martín y de éste a Rosas. Podemos mencionar dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a las que Rosas denomina con el nombre de San Martín, a una, y Chacabuco, a la otra.

   En 1841, el Ayudante de Órdenes del almirante Brown, que era Álvaro Alzogaray -quien se destacaría luego en el combate de la Vuelta de Obligado- le trasmite la propuesta de bautizar al bergantín Oscar, recientemente adquirido para la flota, con el nombre de Ilustre Restaurador. Rosas se opone, y ordena que se lo bautice con el nombre de San Martín a este velero que participó en muchos combates y llegó a ser el barco insignia de la flota.

   En varios de los mensajes a la Legislatura de Buenos Aires, para informar sobre la marcha del gobierno,  que Rosas dirigía anualmente pese a tener Facultades Extraordinarias, menciona elogiosamente a San Martín.

   Cuando muere el Libertador, la Gaceta de Buenos Aires, por orden de Rosas, publica durante diez días una biografía muy bien escrita del Padre de la Patria. La firma "un argentino", pero se sabe que el autor era el joven Bernardo de Irigoyen, que trabajaba para el Gobernador.

   La misma disposición favorable, encontramos en San Martín respecto a Rosas, siendo de destacar el mayor gesto de aprecio y admiración consistente en legarle su sable, en el párrafo tercero de su testamento ológrafo, firmado el 23-1-1844 y depositado -como era costumbre de la época- en la Legación Argentina en París: "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República, contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla". En aquellos años vivían aún figuras prominentes, con sobrados méritos para hacerse acreedores de esa distinción. Entre los militares, que compartieron acciones bélicas con San Martín, recordemos a Las Heras, Soler, Necochea, Paz, La Madrid, y Guido, su mejor amigo. Entre los colaboradores políticos de su gesta libertadora, vivía Pueyrredón. Entre los marinos vivía el prócer máximo de nuestra Armada, el Almirante Brown. De los personajes civiles, que podrán hacer recibido el legado, podríamos mencionar a Larrea, único sobreviviente de la Primera Junta, y a Vicente López y Planes, autor del Himno Nacional. Pero San Martín, distinguió a quien se acercaba más a sus propios valores, y el glorioso sable fue para Rosas. Esta decisión ha sido motivo de comentarios y de dudas.

   Algunos sostuvieron que hubo un testamento posterior en el cual San Martín corrige las disposiciones del firmado en 1844. Por su parte, el Dr. Villegas Basavilbaso, Presidente de la Corte Suprema de Justicia, al entregarle el 17-8-1960, al entonces Presidente de la Nación Dr. Frondizi, el testamento original rescatado de Francia, incluye en su discurso una interpretación de la cláusula tercera del testamento. Afirma que San Martín le lega su sable a Rosas, porque era en ese momento el Jefe del Estado, y no por sus merecimientos. Deducción pueril que no resiste el menor análisis.

   Otra interpretación, que ha sido compartida por muchos, la hace uno de los biógrafos más conocidos de San Martín, don Ricardo Rojas, que en artículos periodísticos en 1950, expresó que San Martín le hizo el legado a Rosas únicamente por su política exterior. Resultaría, entonces, que Rosas fue un patriota cuando defendió a su país de la agresión externa, pero fue un tirano cuando combatió a los unitarios, que promovieron y cooperaron con esa misma agresión. Resulta, sin embargo, que el mismo prócer, en carta que le escribe a Rosas, el 10 de junio de 1839, le dice: "...porque lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer".

 

   Como se advierte, no es posible separar los dos aspectos de la política, porque son partes de una misma gestión pública. Lo que ocurre, es que se insiste en presentar a San Martín, sin debilidades ni pasiones, como a un Santo de la Espada, al que no se puede involucrar en definiciones políticas. Esto es imposible en los dirigentes que quieren a su patria y, si bien es cierto que el Libertador no quiso participar en las luchas fratricidas, nunca ocultó su opinión y la manifestó con franqueza.

   Surge de la lectura de las siete cartas personales que le escribió a Rosas, en doce años de intercambio epistolar recíproco, así como en la correspondencia a Guido y a otras personas, que San Martín nunca permaneció neutral ni indiferente ante las situaciones que vivía el país. San Martín sostuvo que, para cortar de raíz los males argentinos, era necesaria una mano fuerte, para establecer el orden. Y en la última carta a Rosas, del 6-5-1850, tres meses antes de su muerte, le expresa: "...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecido en nuestra querida Patria; y todos estos progresos efectuados en circunstancias tan difíciles en que pocos Estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados yo felicito a Ud. sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce Ud. de salud completa y al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento del pueblo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota que besa su mano." José de San Martín

   Se puede advertir que, de los cuatro logros alcanzados por Rosas, según San Martín, los tres primeros: prosperidad - paz interior y orden, son inherentes a la política interna; y el cuarto: honor nacional, sería un logro de la política externa. Además, San Martín hace abstracción de esa dicotomía, aplaudiendo la gestión global del Restaurador, al decir: por todos estos progresos... por tantos bienes realizados... yo felicito a Ud., etc.

 

   Aunque resulte curioso, San Martín y Rosas nunca se conocieron personalmente; y la relación a distancia, se inicia con motivo de la intervención armada que el reino de Francia inicia en el Río de la Plata, en 1838, cuando el Libertador llevaba ya quince años en el exterior.

   El conflicto surgió cuando Francia reclamó el beneficio del trato de Nación más favorecida, considerando el gobierno argentino que eso debía ser consecuencia de un tratado bilateral, y no como una concesión gratuita. El cónsul pidió los pasaportes y se trasladó a Montevideo logrando que la flota francesa realizara un bloqueo del puerto de Buenos Aires, medida que representaba iniciar hostilidades en condiciones riesgosas para nuestro país, teniendo en cuenta la disparidad de fuerzas.

   Fue en ese momento que San Martín se dirige al gobernador de Buenos Aires, a cargo de las relaciones exteriores de la Confederación, dando comienzo a la relación entre ambos. La carta está fechada en Gran Bourg, el 3-8-1838, y en ella se expresa: "...ignoro los resultados de esta medida; sin son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano...esperar...sus órdenes si me cree de alguna utilidad...inmediatamente de haberlas recibido, me pondré en marcha para servir a mi Patria en la guerra contra Francia en cualquier clase que se me destine."

 

   Desde su retiro, en 1823, fue ésta la primera y única vez que San Martín ofreció regresar al país y tomar las armas. El gesto del Libertador es de mayor valor, si se tiene en cuenta el análisis técnico que había hecho en carta a Guido: "...temo mucho que el gobierno pueda sostener con energía el honor nacional y se vea obligado a suscribir proposiciones vergonzosas". Es decir, que estuvo dispuesto a volver no para sumarse a una victoria segura, sino para defender la bandera aún previendo una derrota.

   La habilidad diplomática de Rosas consigue capear el temporal, y se suscribe un tratado que representa un triunfo para la Argentina. Actitud opuesta a la de San Martín muestra Alberdi, quien desde Montevideo fue el mentor ideológico de la intervención extranjera en el Río de la Plata, sosteniendo: "que la razón sea de Francia o de la República Argentina no es del caso averiguar en este instante"... "la conveniencia y el honor de un pueblo están en no ser hollados por un tirano...".

   En 1845, Francia inicia una segunda intervención, aliada ahora con Inglaterra. Otra vez se establece el bloqueo, por la flota anglo-francesa, y se toma la isla de Martín García. En esta ocasión, el 11-1-1846, San Martín escribe a Rosas para manifestarle que si no fuera por insuperables motivos de salud: "...me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios que aunque conozco serían inútiles demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de Inglaterra y Francia contra nuestro país, éste tiene aún un viejo defensor de su honra e independencia".

   Pese a no poder trasladarse físicamente, San Martín colabora redactando un informe profesional sobre la intervención, advirtiendo que no dudaba que las potencias podrían apoderarse de Buenos Aires, pero que no podrían sostenerse mucho tiempo y esto hace técnicamente inviable la operación. El informe fue publicado en un diario londinense que destaca que el autor es el militar que logró la liberación de Buenos Aires, Chile y Perú, del yugo español.

   En 1849 insiste en carta a un ministro francés que los gastos y dificultades serán inmensos, debido a la posición geográfica del país, al carácter de sus habitantes y a la distancia desde Francia, y que es deber de estadistas pesar las ventajas que deben compensar los sacrificios. Esta carta contribuyó al nuevo triunfo diplomático de Rosas, pues fue leída en el Parlamento y tenida en cuenta para decidir  el cese de hostilidades.

   El mismo Alberdi, en su estudio titulado "La República Argentina, treinta y siete años después de la Revolución de Mayo", rectifica su opinión, criticando la colaboración de los unitarios con el extranjero invasor, y aunque sigue viendo en la mano de Rosas la vara de la dictadura, dice que ve también en su cabeza la escarapela de Belgrano.

 

   Quiero terminar esta reflexión, recordando un editorial del diario El Tiempo de Buenos Aires, de 1897, escrito con motivo de la repatriación del sable del Libertador, por Leopoldo Lugones, en el que afirma que Rosas: "...hizo pelear a su pueblo y batiéndose -ambidiextro formidable- con un brazo contra la traición que ponía en venta la propia tierra por envidia de él, y con el otro contra la invasión que venía a saquear en tierra extraña..." "Y por segunda vez se salvó la independencia de la América...", "San Martín sintió que sus canas eran todavía pelos viriles, comprendió toda la grandeza del esfuerzo del Dictador, y dijo que en mejor mano no podía caer la prenda heroica. Redactó su testamento partiendo la herencia en dos: dejó su corazón a Buenos Aires, y su sable a Don Juan Manuel de Rosas".

 


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   Exposición en Panel, realizado en el Cabildo de Córdoba (4-9-2006).

   Fuentes:

   -French, Carlos. "Reciprocidad entre San Martín y Rosas"; revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nº 60, 2000, pgs. 108/119.

   -Fernández Cistac, Roberto. "San Martín y la intervención extranjera"; ibídem, pgs. 120/127.

EL OLVIDO DE LA "MEMORIA"

EL OLVIDO DE LA "MEMORIA"

Arturo FONTANGORDO

 

   El gobierno socialista aprobó el pasado 28 de Julio el anteproyecto para la famosa “Ley para la Memoria Histórica”. Poco o nada nos ha sorprendido. Acostumbrados ya en los últimos años a la conducta revanchista de las diversas administraciones izquierdistas, secundadas, y muchas veces adelantadas por los ayuntamientos del Partido Popular, hemos ido sufriendo la ignominia constante de las retiradas de las escasas estatuas aún existentes de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera; de los actos vandálicos impunes contra ellas y otros monumentos; de la eliminación de las pocas calles que aún quedaban dedicadas a los héroes de la Cruzada de 1936-39, etc.

 

   Sobre esta ley inicua (ergo non lex, como dice el adagio jurídico), recaen la sospecha y la certeza de estar preparada desde el revanchismo y la venganza. A pesar de la redacción ambigua del anteproyecto, de esas ínfulas de moderación que pretende darse, no distinguiendo a priori entre las víctimas de ambos bandos de nuestra guerra, esta ley ha sido redactada, por los que se declaran sus sucesores, a favor los que se alinearon contra Dios y contra la Patria.

   Así, la principal aplicación práctica de la ley, de aprobarse tal y como figura en el Anteproyecto, será la financiación de las “Asociaciones para la Memoria Histórica”, controladas, como es de dominio público, en su abrumadora mayoría por el Partido Comunista. Asociaciones que sólo buscan criminalizar al bando nacional y presentar como héroes homéricos a quienes, en muchos casos, no eran más que criminales responsables de los más terribles delitos. Por no hablar del ridículo espantoso que han hecho ya en numerosas ocasiones, como el caso de las Alpujarras en 2003, donde fueron aireados, con gran presencia mediática, huesos de una supuesta matanza, de la que se presentaron incluso “testigos”, y que finalmente resultaron ser todos de animales domésticos. Ejemplos similares, o de confusión con restos prehistóricos, se han dado en Asturias, León y Canarias.

 

   Pese a todo, la gran culpa de esta ley no es la falsa memoria, sino, sobre todo, el olvido. Los grandes olvidados en este anteproyecto son los mártires que dieron su vida por Dios y por España, a los que se quiere ofender moralmente después de haber padecido la muerte, crudelísima casi siempre. A los que el Partido Popular, sin ir más lejos, ha martirizado nuevamente en Santander hace unos días, retirando la inscripción de homenaje que aún quedaba en el faro, desde cuyos acantilados se les arrojaba al mar, atados por parejas, uno vivo y otro muerto. A los que los lobos vestidos de pastores les retiran las placas en las iglesias, posiblemente por ser incapaces de resistir en su mezquindad la visión resplandeciente de una entrega total a la Fe católica.

   La sangre de los mártires, derramada a raudales por los campos y ciudades de España fue la semilla de un renacer católico, hoy olvidado y sepultado. Su ejemplo se ha procurado guardar bajo siete llaves en aras de una falsa reconciliación, de una paz que no es la paz de Cristo. Nunca una nación mereció la corona de gloria que aquellas decenas de miles ganaron para España, sin una sola apostasía, torturados y asesinados mientras perdonaban a sus verdugos. Nunca se ha despreciado y desaprovechado un caudal tan inmenso de Gracia en tan poco tiempo.

   Olvidar todo esto, guardárselo por el qué dirán, por lo políticamente correcto, por las tácticas caducas y rancias de la transacción dialéctica sólo merece el calificativo de traición. Por cierto, un último detalle, la futura Ley, al igual que lo fue la Ley 24/2006, de 7 de julio, sobre declaración del año 2006 como Año de la Memoria Histórica, tendrá que ser rubricada por Juan Carlos de Borbón, actual Jefe del Estado gracias a su proclamación como sucesor del General Franco ante las Cortes el 22 de Julio de 1969, y nieto de Alfonso XIII, exiliado en 1931 tras proclamarse la II República.

LA TUMBA DE COLÓN: FIN DE UN ENIGMA

LA TUMBA DE COLÓN: FIN DE UN ENIGMA

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   El núcleo histórico de la ciudad de Santo Domingo es uno de esos lugares que toda persona, sobre todo si es hispanohablante, debería de visitar. Impresiona vivamente al forastero con cuánto esmero se protege y conserva en la más antigua ciudad del Nuevo Mundo ese conjunto arquitectónico, el cual parece obrar el efecto de un espejo ante los ojos de cualquier hispano pues en cada piedra creemos percibir reflejada nuestra propia y más genuina imagen. Allí la Catedral Primada de América, de factura renacentista con algún vestigio gótico, albergó durante siglos un magnífico mausoleo en el que supuestamente reposaban los restos del Almirante don Cristóbal Colón. Imaginando que las tumbas sean susceptibles de mantener rivalidades, la de Santo Domingo disputaba con la que se halla en la Catedral de Sevilla la autenticidad de los restos del descubridor hasta hace unos días. El análisis del ADN, en buena hora, ha puesto fin a la controversia que enfrentaba desde hacía ciento veintinueve años a los historiadores.

 

   ¿Cómo fue posible esta confusión en torno a la tumba de uno de los hombres más insignes de la Historia universal? Cristóbal Colón murió y fue enterrado en Valladolid en 1506 y, en 1509, se le dio nueva sepultura en la Cartuja de Sevilla. A pesar de haber manifestado su voluntad testamentaria de ser sepultado en las nuevas tierras por él descubiertas, este deseo no fue cumplido hasta 1537 cuando María de Rojas y Toledo, viuda de Diego Colón, embarcó los huesos de su esposo y de su suegro rumbo a Santo Domingo. En la Catedral a la que antes me refería permanecieron hasta 1795, fecha en la que España perdió en guerra contra Francia la isla de La Española, hoy compartida por la República Dominicana y Haití. Las autoridades españolas exhumaron entonces los restos del navegante para trasladarlos a Cuba y en 1898 se repitió el proceso, con motivo de la invasión estadounidense. En aquella ocasión el destino final de los restos fue la Catedral sevillana, el mayor templo gótico de cuantos se pueden admirar en Europa. Ésta es la versión de la historiografía española, frente a la cual argumentaban los expertos dominicanos que, en 1877, al realizarse unas obras en la Catedral de Santo Domingo, se encontró un sarcófago de plomo con una inscripción que rezaba: “Varón ilustre y distinguido, don Cristóbal Colón”. Aparentemente al menos, se había errado al llevar a cabo la exhumación de 1795, se confundieron las tumbas de Colón y de su hijo y así dio comienzo la chocante duplicidad de sepulturas.

 

   Las nuevas posibilidades abiertas por los avances científicos en el estudio e identificación del ADN llevaron, en junio de 2003, a nuevamente abrir el sepulcro sevillano. Los muy escasos restos, apenas 200 gramos de huesos, fueron confiados al Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, dirigido por el Dr. José Antonio Lorente. A su vez, éste distribuyó porciones de huesos entre los laboratorios forenses de las universidades de Santiago, Barcelona, Tor Vergatta de Roma y el Instituto Max Planck de Leipzig. En enero de 2005 se solicitó permiso a las autoridades dominicanas para examinar los huesos que ahora reposan en el colosal Faro a Colón, trasladados recientemente desde la Catedral, pero hasta la fecha sigue sin materializarse la autorización. Las conclusiones de los análisis acaban de ser reveladas por el Dr. Lorente. Los huesos tienen exactamente una antigüedad de 6.002 meses y al comparar la secuencia de su ADN con la de los restos de Diego Colón, hermano del Almirante, la conclusión no ofrece la menor duda: son hijos de la misma madre y, por tanto, la sepultura de Sevilla es auténtica.

   Ahora bien, todavía permanecen algunas incógnitas por despejar. Se estima que los restos de Sevilla no representan más de un 15% de lo que cabría encontrar de un esqueleto de medio milenio, que ha sufrido repetidas exhumaciones, manipulaciones y traslados. ¿Dónde está el 85% restante? Pueden aventurarse dos explicaciones a esa merma en los restos. La primera apuntaría la posible – e incluso probable – “necrofilia histórica” de las numerosas personas que tuvieron acceso a los restos a lo largo de las cinco sucesivas inhumaciones. Con más de un personaje histórico se ha dado el caso de que uno o varios de sus huesos hayan sido sustraídos por sus admiradores; en el caso de Colón sería sin duda larga la relación de funcionarios públicos, clérigos y custodios que en una u otra ocasión tuvieron acceso a los insignes despojos. Por otra parte, aunque esto resulte mucho más improbable, cabe la posibilidad de forma no excluyente sino simultánea con la primera explicación, que sea cierta, al menos parcialmente, la tesis de los historiadores dominicanos. Si los restos de Colón y de su hijo Diego hubieran sido parcialmente mezclados en un momento previo a su traslado a tierras americanas, tal vez en Santo Domingo repose hoy la osamenta de Diego Colón confundida con una parte de la de su padre. Tanto en cuanto la República Dominicana siga dando largas al permiso para abrir la sepultura y proceder al análisis de ADN de los restos no saldremos definitivamente de dudas.

 

   Al fin y a la postre, la autenticidad del sepulcro sevillano deja en mi ánimo un punto de tristeza. Cristóbal Colón, genial navegante y fiel servidor de los reyes de España, aunque pésimo gobernante y administrador, escribió la primera página del más glorioso capítulo de la historia española y, además de la universal admiración que hoy se le dedica, merecería que se respetara su última voluntad. Yo, que soy español y de ello me precio sobremanera, habría preferido que se confirmara el presunto error de 1795 y los restos del Almirante aguardaran el día de la resurrección en América, en la América hispánica, tal como él dispuso.

LA MONARQUÍA DE JUAN CARLOS

LA MONARQUÍA DE JUAN CARLOS

Antonio GARCÍA-TREVIJANO

 

   Los monarcas se adaptan bastante bien a la naturaleza de las monarquías posteriores a las revoluciones de la libertad en Europa. La más perfecta de las adaptaciones, la más fiel a la circunstancia política que los puso en el trono, la ha protagonizado Juan Carlos I. Conviene recordar todas las restauraciones o instauraciones monárquicas, para tener una perspectiva histórica desde la que juzgar con objetividad la conducta del Rey de España. Pues su silencio sobre el actual estado de la Nación española, produce escándalo en el pequeño sector monárquico, extrañeza en la mayor parte de los españoles, y confort a los partidos incrustados en el Estado.

 

   En realidad, Juan Carlos no puede ser condenado por lo que no puede hacer sin traicionar su juramento a la Constitución. El hecho de que ya lo hiciera como Sucesor, respecto del juramento de fidelidad a los Principios del Movimiento después de Franco, no justifica la esperanza de que sea por dos veces perjuro. Sería cruel, por no decir impío, exigir o esperar un acto de inteligencia o voluntad autónomas en un espíritu educado bajo el dogma de obedecer las órdenes de quien tenga el poder de dárselas.

   Obedeció a su padre cuando éste tenía el poder de la sucesión dinástica. Hasta que le exigió que no obedeciera al dictador. Entonces lo traicionó, no por deslealtad familiar, sino porque el poder al que debía de obedecer, para ser Rey, no lo tenía Don Juan, sino Franco. Nadie como yo ha vivido tan de cerca aquel drama íntimo. A la muerte del dictador, el poder para consagrarlo Rey pasó a una sinarquía de traidores al franquismo y a la democracia. Por fidelidad al espíritu de obediencia infantil, donde forjó su falta de personalidad y de carácter, Juan Carlos perjuró, sin renegar de su adhesión a Franco, y juró fidelidad a un nuevo poder, que le ordenaba silencio, con buena vida, en la Constitución de una Monarquía de Partidos.

 

   El Rey de España, salvo renunciar al trono, inimaginable en su engranaje oportunista, no tiene capacidad para actuar contra las órdenes de unos Partidos que no sólo hicieron la Constitución a la medida de sus frívolas ambiciones, sino que son los únicos que pueden interpretarla y reformarla. El Rey firmará el Estatut y todo lo que le ponga a la firma la sinarquía del poder estatal. Su conducta es incluso más coherente que la del fundador de la actual dinastía británica. Pues Jorge I, sin hablar inglés, tuvo que ponerse en manos de la corrupción de Walpole, mientras que Juan Carlos no ha tenido que sufrir ese trance. Venía de la corrupción del poder franquista y convivió la corrupción felipista. Su conciencia inocente la crea el hecho de que el mundo de la corrupción moral es el único que ha conocido.