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Globalización

EL TLC CAUSA DETERIORO LABORAL Y AMBIENTAL

EL TLC CAUSA DETERIORO LABORAL Y AMBIENTAL

Jorge Enrique ROBLEDO

 

   Entre las cosas llamativas del TLC está que hay dos artículos, el 17.2 y el 18.2, que son iguales, pues la diferencia de sus textos se reduce a que el uno habla del trabajo y el otro del medio ambiente. Y ambos tienen el mismo propósito: transmitir la engañosa idea de que a los redactores del Tratado sí les duelen esos temas y que su daño no se utilizará para disminuir los costos, con el propósito de exportar más y atraer inversionistas. Es obvio, además, que dichos artículos, aunque se refieren de manera indistinta a los compromisos de Estados Unidos y de Colombia, en los hechos, tienen como objetivo las necesidades del segundo país, que es el que necesita reducir los precios de la mano de obra y de los cuidados ambientales para poder venderles a los estadounidenses y captar sus inversiones.

   Los artículos dicen que "las partes reconocen como inapropiado promover el comercio o la inversión mediante el debilitamiento o reducción" de las legislaciones laborales y ambientales, pero se sabe que la palabra "inapropiado" es de esas que se usan para tramar incautos, pues ella, en realidad, no obliga a nada. En la misma lógica de confundir, el texto reitera que ninguno "procurará asegurar que no dejará de aplicar" o derogará normas sobre el trabajo y el medio ambiente "como una forma de incentivar el comercio con la otra parte" o "como un incentivo" para atraer inversiones, cuando también salta a la vista que la frase "procurará asegurar" tampoco compromete a nada.

 

   Y para que no quedara la menor duda de que el TLC sí autoriza lesionar los ingresos de los trabajadores y el medio ambiente para conseguir negocios, el texto agrega que Estados Unidos -y teóricamente Colombia en la jurisdicción del Imperio- no podrá exigir que se cumplan las leyes vigentes en nuestro país en estos asuntos. La frase es la siguiente: "Ninguna disposición en este capítulo se interpretará en el sentido de facultar a las autoridades de una Parte para realizar actividades orientadas a hacer cumplir la legislación (laboral o ambiental) en el territorio de la otra Parte". Mientras el resto del Tratado le otorga poder abusivo en extremo a la Casa Blanca para obligar a Colombia a cumplir el acuerdo en cualquier sentido, aquí sí aparece la absoluta laxitud.

   Esto es así porque, hipocresías aparte, el "libre comercio" consiste en unir los capitales de las trasnacionales con los menores costos de producción de los países que giran en las órbitas imperiales, de manera que esas empresas realicen negocios de importación y exportación de todo tipo de géneros entre ellas mismas, cosa que, aunque se conozca menos, también lesiona a los trabajadores de las potencias. ¿Y cómo logran los países atrasados reducir sus costos para hacerse atractivos y resultar "favorecidos" por los magnates foráneos? En la plutocracia que está montando en Colombia el gobierno de Álvaro Uribe Vélez se sienta cátedra al respecto: venta a menosprecio de empresas, propiedades y recursos naturales de la Nación, impuestos bajos o inexistentes a los monopolistas y reducción de los costos laborales y ambientales, es decir, toda una serie de disposiciones retardatarias que el TLC ratifica como claves e irreversibles en la competencia internacional del neoliberalismo. ¿O no son los salarios de hambre y la destrucción ambiental la explicación principal del éxito de los países que llaman "milagros" exportadores a los que tiene que vencer Colombia si quiere vender en Estados Unidos?

 

   Y en la lógica del "libre comercio" este problema no tiene arreglo. Porque una de dos: o lo acordado hasta ahora se transforma de manera astuta para que nada cambie y engañar a algunos en Estados Unidos y en Colombia o se modifica de verdad a favor del trabajo y el ambiente de los colombianos y, entonces, Colombia pierde competitividad y termina vencida por los países que pueden actuar sin cortapisas en estos aspectos.

 

   Coletilla: para agregarle otra indignidad más al trámite del TLC, lo que se firmó el 22 de noviembre pasado obliga a Colombia pero no a Estados Unidos, ya que los estadounidenses dejaron claro que su Congreso no aprobará, sin cambios o agregados, ese texto. ¿Qué norma autoriza a lo funcionarios colombianos a suscribir un contrato que compromete al país -porque el TLC es un contrato-, que la otra parte advirtió que no cumplirá? ¿No es el colmo que se le imponga al Congreso colombiano tramitar un acuerdo que, además de daños al país, constituye una burla a la dignidad nacional?

FILOSOFÍA, INDIVIDUO Y HOMOGENEIZACIÓN

FILOSOFÍA, INDIVIDUO Y HOMOGENEIZACIÓN

Alberto BUELA

 

   Resumen: Se comienza con la distinción de los conceptos de mundialización, globalización y aldea global. Se definen luego las ideas de Estado, nación y pueblo, al tiempo que se funda el rechazo de la idea de humanidad como "idea política". Se estudian las categorías ideológicas de homogeneización cultural, multiculturalismo y derechos humanos, pero finalmente, como aporte original, ofrecer la idea de isostenia cultural como una de las patologías del denominado pensamiento único.

 

   Los viejos filósofos, aquellos que con creces, sabían más que nosotros, aconsejaban antes de cualquier exposición: distinguere ut iungere (distinguir de entrada para después, si se puede, unir). De modo tal que siempre convine comenzar aclarando que se entiende por los principales conceptos que se usarán en un artículo o estudio, para que el otro, el lector o auditor, sepa a que atenerse.

   Los términos de mundialización y globalización se suelen emplear en forma indistinta por la mayoría de los usuarios, pero en nuestra opinión es pertinente hacer una distinción.

   Mundialización es un concepto más antiguo, básicamente político,  que significa la tendencia a la organización de un gobierno mundial único. El acento se coloca en la dimensión política de la unificación del mundo. Es un ideario que nace con los viejos iluministas como Kant, y pasando por toda la tradición socialista llega a nuestros días.

   Globalización es un concepto más reciente, básicamente económico, que proclamado en 1991 por George Bush (p), postula la constitución de un one world. El mundo es concebido como un gran supermercado en donde las reglas las coloca la OMC, su parlamento es Davos y su gerente el FMI.

   Ambos conceptos no son contradictorios no compiten entre sí, sino más bien se  complementan en la conformación de un pensamiento único y políticamente correcto.

   Tenemos un tercer concepto, el de Aldea Global que pedimos aprestado a McLuhan, que indica la unidad, de facto, del mundo por el avance tecnológico aplicado fundamentalmente a la especulación financiera - imperialismo desterritorializado - y a los medios masivos de comunicación.

  

   Estado, nación, pueblo y humanidad

 

   Así como el Estado ofrece el marco jurídico a una nación, aun cuando aquél sólo existe en sus aparatos y no "en sí", pues su ser está dado por la nación que encarna. De la misma manera, la nación es la expresión del proyecto político-cultural que un pueblo se da para existir en la historia política del mundo. En tanto que un pueblo es un conjunto unido por una conciencia étnico-cultural (léase: valores) de pertenencia, pero no necesariamente política. Pues hay pueblos - los judíos ayer, los kurdos hoy- que no existen como naciones.

   Vemos pues cómo en la base se encuentra un núcleo de valores compartidos por un conjunto de hombres que denominamos pueblo. Este pueblo puede o no inscribir su existencia política en la historia si intenta instaurar su proyecto de nación. Esta existe formalmente si es reconocida; esto es, encarnada en un Estado. De lo contrario queda en potencia, como sucede con la Gran Nación Hispanoamericana, proyecto político de nuestros padres fundadores, San Martín y Bolivar, todavía no plasmado.

   Ahora bien, si al hombre para vivir le basta su pertenencia a un pueblo, y para hacerlo políticamente le alcanza con una nación encarnada en un Estado. Nos preguntamos ¿en qué lo afecta o no la existencia de la humanidad?

 

   La idea de humanidad puede ser religiosa - los hombres todos descendemos de Adán y Eva o constituimos el cuerpo místico de Cristo -. O puede ser filosófica - el cosmopolitismo penetrado por el Alma Universal  de los estoicos como el caso del griego Crisipo.

   Pero lo que no puede ser la idea de humanidad es política. La humanidad entendida como República Universal es una creación ideológica que desemboca en un totalitarismo político. Este es el gravísimo error de Kant en política cuando la postula en su opúsculo de La Paz Perpetua, pues al adversario, el disidente de tal República no tiene a donde ir. Esto lo observó el filósofo del derecho Carl Schmitt: "Al adversario no se llama ya enemigo (hostis) pero en cambio se lo coloca hors la loi et hors l‘humanité"[1].

   Así, el Estado es negado al enajenar parte de su soberanía en un ente supranacional. Que si nos atenemos a la historia del siglo XX vemos, como acertadamente señala Thomas Molnar: "La creación de una organización supraestatal- y la ONU nos sirve aquí de ejemplo por excelencia- no es nunca el fruto de un consenso mundial, sino del interés que tienen las grandes potencias de la época en imponer a las demás naciones ciertas fórmulas. Dichos intereses están disimulados bajo una ideología mundialista, cuya encarnación es la organización supraestatal" [2].Así pues las relaciones estrictamente políticas se establecen entre los Estados y nunca con la humanidad.

   Al respecto afirmaba  premonitoriamente el filósofo francés Joseph de Maestre(1753-1821) agobiado por la prédica  que venía llevando a cabo el Iluminismo liberal en favor del humanismo universal cosmopolita: " He visto polacos, rusos ,italianos; pero en cuanto al hombre, declaro no haberlo jamás encontrado".

   Igual reacción encontramos en el filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-l855) "Desgraciados de esos filósofos que declaman acerca de la humanidad, porque no se percatan que ésta no tiene manos ni pies. Sólo el hombre concreto los tiene, y éste es el que debe interesarnos"[3].

 

   Apreciemos que han pasado casi dos siglos del enunciado de estos pensamientos. En el ínterin muchos han sido los pensadores y hombres públicos que se han opuesto abiertamente al ideario liberal-cosmopolita. Pero nada pudo la oposición individual para torcer el brazo en la aplicación de la receta liberal en el gobierno de las naciones y el manejo de los hombres.

   Hubo también enfrentamientos sistemáticos que, en su momento, parecieron triunfar: los diferentes nacionalismos y comunismos.

   Pero los nacionalismos fueron vencidos uno a uno como los diez indiecitos de la novela de Agatha Christie y el comunismo "por implosión" autosignó su partida de defunción con la caída del Muro del Berlín en 1989, aún cuando se escuchan algunos estertores en Cuba o Corea del Norte.

  

   Individuo, homogeneización, multiculturalismo y derechos humanos

 

   Libre de oposiciones, Bush (p) lanzó su idea del  one world, del nuevo orden mundial, de aplicación a la aldea global. Los gobiernos de las naciones que integran esta gran aldea planetaria son concebidos como los agentes de aplicación de las recetas propuestas por el scheriff planetario.

   Tres son los medios fundamentales con que cuenta el poder mundial en su tarea de persuasión y condicionamiento de respuestas en favor del nuevo orden: la producción incontrolada de billetes dólar, la producción del sentido de las cosas con el control de los mass media de alcance planetario y el incontrastable poderío militar.

   A la homogeneización del mundo, denunciada por nosotros  aún antes de la caída del Muro de Berlín, corresponde una única imagen de hombre, hoy, paradigmática: el homo oeconomicus dollaris. Los iconos de este hombre son la droga, la imbecilización rockera mundializada, el alcoholismo infantil, la pornografía visual antierótica); la colección de baratijas, el baby talk, la moda clochard, los fast food de los Mac Donalds, el autismo musical de los walkman, los productos light, la cultura del zapping a control remoto como sucesión de imágenes truncas etc.etc.           

   Occidente, renunciando a su significado original, (el lugar donde muere el sol) se transformó en el metasistema que comprende ahora Filipinas, Taiwan, Hong Cong, Corea del Sur, Japón, es decir, lo que geopolíticamente se denominó Oriente, que ofrece, hoy día, los pliegues y las fisuras donde se desarrolla compulsivamente la idea de aldea global mercantil.

   Los dos principios  que sustentan la noción de aldea global son  el multiculturalismo  dentro de cada nación, que conduciría a la comprensión recíproca y a la convivencia universal. Y la nueva teoría de los derechos humanos, no ya como dogma liberal sino como la ideología el hombre universal. El multiculturalismo entendido como derecho privilegiado de las minorías, por el solo hecho de ser minorías y los derechos humanos no ya fundados en la naturaleza humana sino en el consenso internacional, que como es sabido siempre es de los poderosos.

   La nación que no respetare estos dos principios se hará acreedora de los cargos de racismo y totalitarismo, motivo por el cual el scheriff planetario puede justificar su intervención en dicho país. Hoy se ha quebrado, de facto, el principio de no intervención en los asuntos internos de los Estados. La finalidad de este proyecto mundialista es lograr la uniformidad, la homogeneización del hombre a nivel global para transformar a los pueblos en público consumidor.

 

   La uniformidad del hombre se logra mediante el desarraigo de su tierra y su tradición cultural. Estrictamente, lo que denominamos país. De donde provienen los términos de paisaje y de paisano. Uno de sus medios ha sido la sugerida inmigración masiva de los pueblos del tercer mundo hacia los países centrales basada en la ingenua convicción que el multiculturalismo, el melting pot, el crisol de razas, conduce a la comprehensión recíproca y a la grandeza de las naciones, cuando en realidad lo único que ofrece es mano de obra barata para realizar trabajos bastardos. Es que aquello a que han propendido es a una inmigración sin integración. Hoy día esta inmigración llegó a su punto de saturación, así, los países centrales (vgr.USA, Francia, Alemania) la rechazan por peligrosa y está siendo derivada hacia sus países satélites. Es que la parodia de la convivencia multicultural se ha hecho trizas, pues no puede haber verdadera inmigración sin integración como ha gritado en su último trabajo el afamado politólogo liberal Giovanni Sartori: "Reunir muchas culturas sobre un mismo territorio es peligroso. Así, no deben entrar en un país aquellos que no se encuentren listos para integrarse. Pues, la inmigración no seguida de la integración conlleva la muerte del pluralismo y la democracia"[4] .

   El invento político yugoslavo, las interminables guerras tribales del Africa arbitrariamente dividida por las potencias coloniales son, entre otros, ejemplos incontrastables.

 

   Reiteramos nuestra idea, expuesta en varios de nuestros trabajos[5]. El pluralismo cultural es válido en el mundo únicamente a partir de las diversas ecúmenes culturales (iberoamericana, anglosajona, arábiga, eslava, etc.).Es por ello que nuestro universo es en realidad un pluriverso. Y es éste, el argumento más poderoso a la propuesta de homogeneización monocorde de todas las culturas en una sola, como pretende el ideal del nuevo orden del one world, hijo natural del cosmopolitismo iluminista del siglo de las Luces.

   En cuanto al publicitado dogma de los derechos humanos su significación es diferente según cada cultura. Acertadamente dice el pensador y embajador croata Tomislav Sunic: "Si un hombre reside en Brooklyn, sus derechos humanos probablemente tienen un significado diverso de aquel que asumen si vive en Borneo; si es un musulmán fundamentalista, su sentido del deber cívico será percibido como algo diverso del que se conforma a los cánones católicos. Encontrar un denominador común para una miríada de destinos étnicos parece imposible. La ideología de los derechos humanos acompañada de la teología de la aldea global, sugiere un hombre abstracto, un hombre en sí, cuando en su lugar, en la vida real, encontramos mejicanos, árabes o vietnamitas de carne y hueso, con los cuales no siempre compartimos las pasiones y los modos de actuar políticos"[6].

 

   Los derechos humanos se encuentran expuestos, hoy día, a la crítica demoledora de los derechos de los pueblos que vienen a representar la continuidad histórica de los mismos. Surgen de las memorias nacionales. De los que fueron sus valores encarnados; esto es, de sus bienes. Comparten sus mitos fundadores al decir de Mircea Eliade. Defienden sus identidades culturales en el desarrollo histórico. Se oponen a la homogeneización del mundo. Defienden el derecho a la diferencia. Son expresión de la especificidad de cada ecúmene cultural y sostenedores sus ideales. En nuestro caso, ante la organización planetaria propuesta ya no caben nacionalismos parroquiales atrincherados en vetustos esquemas de "países iberoamericanos cono naciones completas". Ello es políticamente estéril e ideológicamente reaccionario. Es necesario oponer al nacionalismo de Patria chica el ideal de Patria Grande expresado en un Nacionalismo Continental Hispanoamericano.

 

   Observamos, entonces, cómo el mentado nuevo orden mundialista propone como modelo la aldea global mercantil y los pueblos, exterminadas sus identidades nacionales, uniformados bajo el concepto de público consumidor.

   El sheriff planetario se reserva la exclusividad del poder en sus tres aspectos- económico, cultural y militar- y sostiene como ideales, para el orden interno de las naciones, el multiculturalismo y los derechos humanos e invocando a los cuales, justifica si injerencia en el orden interno de cualquier nación del planeta. ¿Cuál es, mientras tanto, la respuesta de los pueblos?

   En unos casos el desmembramiento de repúblicas que fueron creaciones ideológicas. Así tenemos el mencionado caso yugoslavo; la separación de Eslovaquia de la república Checa; la de Moldavia de Rumania; las antiguas repúblicas de la URSS. En otros casos la lucha a muerte por existir en la histórica, como la de los kurdos, los somalíes, los palestinos, y ya en las puertas, los zulúes y los viejos boers.

   En nuestra América tuvimos un aviso, con la aparición del Ejército zapatista en Chiapas, o el caso de la entrañable Colombia partida en dos. Estos datos fácticos muestran de suyo que las cosas no van sobre rieles para los agentes de aplicación del modelo mundialista.

  

   La isostenia  cultural: patología del pensamiento único

 

   Quisiera dejar en esta breve meditación si no una idea original (que lo es sin duda), al menos originaria (pues se origina en nosotros y no es copia de nadie). Este es el concepto de isostenia cultural. Con la inauguración de este concepto lo que pretendemos es trabajar en la descripción  del pensamiento único y políticamente correcto.
   El termino proviene del griego isoV (igual), y  stenoV (estrecho), que se traduce por similar consideración. La noción quiere indicar la existencia de gustos, actitudes, normas, estimaciones y expresiones artísticas, contradictorias entre sí, pero de igual valoración cultural. Ello hace imposible una valoración jerárquica de los productos culturales al mismo tiempo que nivela todos por el mismo rasero. No se distingue lo bueno de lo malo y se intentan borrar todas las diferencias entre la cursilería y la maestría, lo lícito y lo ilícito, lo sagrado y lo profano, lo cotidiano y lo festivo.
   Así, la televisión basura está al mismo nivel que el más exquisito de los pintores y los grandes textos literarios, perdiendo su valor en sí, son sólo pre-textos para otros textos. El reinado de la mediocridad desea justificar su propia incapacidad nivelando todo por lo bajo. La época de la nivelación que llamara Max Scheler.
   La imposición del concepto de isostenia, (debida en primer lugar a los antropólogos sociales noramericanos según los cuales no existe ninguna cultura superior a otra, desde Franz Boas para acá) al ámbito reducido de las expresiones artísticas y culturales personales logró en nuestra época postmoderna relativizar toda expresión cultural en donde lo más vulgar, burdo y plebeyo es equiparado en valor a lo más noble, fino y profundo que produce el hombre.

 

  Pero no termina allí la funcionalidad de la isostenia, sino que llevado el concepto a dominios más amplios, que aquellos de la persona, ha reemplazado a las culturas populares por la vulgaridad más chata y mercantil. Así, la denominada bailanta – mezcla de cumbia, chebere, salsa y mal gusto – sustituyó la música popular. Y no faltará el estulto que iguale y equipare lo popular con lo masivo, lo popular con lo homogéneo, lo popular con la carencia de matices. El grave problema que se plantea hoy día a las identidades nacionales y personales no es la identidad de los otros, sino la identidad entendida de todos por igual.

   En realidad el concepto de isostenia cultural, que se aplica de igual manera al arte, la filosofía, la literatura, la política, la historia, la música, la arquitectura es producto de la razón calculadora de la modernidad en donde el hombre aparece por primera vez definido como una res extensa, como una cosa mensurable. Y si lo podemos medir, se preguntaron, lo podemos etiquetar y encorsetar en un modelo único y de validez universal siguiendo el modelo de la mathesis matematica.

 

   La isostenia tiene su proyección en el campo político a través del concepto de lo políticamente correcto en donde el consenso massmediático va reemplazando a los partidos políticos. De allí que con agudeza se haya hecho notar que hoy, el discurso político, que hemos caracterizado como “un compromiso que no compromete”, se encuentre dirigido no al pueblo sino a los mass media.
   Largas horas pasan nuestros políticos hoy explicando en los medios sus propias declaraciones a los medios, mientras que la realidad sigue su curso que no es, casualmente, gobernado por ellos sino por los poderes indirectos que son a la postre, entre otras cosas, los dueños de los medios. Hoy la instalación política de cualquier candidato es antes que nada mediática y luego, pero lejos, se resalta su capacidad de ejecución y gestión.

 

   El concepto de isostenia cultural al sostener por principio el relativismo cultural y el escepticismo filosófico limita la crítica a la esfera de la reflexión, dejando de lado toda proyección de ésta (la mera crítica cultural) al campo de la vida social y política. Es por ello que sus intelectuales orgánicos pertenezcan a la izquierda progresista y sus variantes socialdemócratas carecen de pensamiento político crítico, pero se llenan la boca acerca de la creación de un pensamiento crítico. Son simples agentes del simulacro, del “como si” kantiano, que es uno de los signos de nuestro tiempo.

   La isostenia cultural rechaza de plano lo diferente y su expresión: el disenso, porque significa y exige otra cosa distinta de lo vigente, de lo dado. El disenso funda la alternativa real y exige de suyo un paso que va más allá de la crítica meramente teórica, porque el disenso es ruptura con la opinión, que en las sociedades de masas y de consumo es siempre y sólo opinión publicada, y no ya más opinión pública.

   La isostenia cultural es, en definitiva, la patología propia del pensamiento único y políticamente correcto, que ha devenido en nuestros días la consecuencia más evidente del fracaso por los errores filosóficos del liberalismo y del marxismo en sus concepciones sobre el hombre, el mundo y sus problemas. Como gustaba decir don Miguel Angel Virasoro, uno de nuestros máximos filósofos.


 


[1]  Schmitt, Carl: El concepto de la política, Bs.As., Ed. Struhart. p.139.-

[2]  Molnar, Thomas: Nation et humanité, revue Eléments, Paris, 2002.-

[3]  Kierkeggard. Soren: Diario íntimo, Bs.As., Rueda, p.248.-

[4] Sartori, Giovanni: Pluralismo, multiculturalismo e inmigración, en el periódico Il Giorno, 15/9/2001.-

[5] Cfr. Metapolítica y filosofia, Ensayos de Disenso, Hispanoamérica contra Occidente, etc.

[6] Sunic, Tomislav: La aldea global y el derecho de los pueblos, en revista Disenso, Bs.As., 1995.-

AL-QAEDA Y OSAMA BIN LADEN. VADEMÉCUM

AL-QAEDA Y OSAMA BIN LADEN. VADEMÉCUM

Manú DORNBIERER

 

   Hace un año en el 57º Festival de Cannes, el film que mayor interés y expectación despertó entre el público fue un documental político, «Farenheit 9/11», de Michael Moore, que finalmente obtuvo la Palma de Oro. Por primera vez una denuncia periodística contra un tartufo totalitario como George W. Bush obtenía eco extraordinario en uno de los grandes escenarios del cine mundial. A raíz de su «Palma de Oro» el documental de Moore se vendió como pan caliente e hizo indudable mella en la ciega popularidad de la que gozaba el (ya viejo) Baby Doc al revelar plenamente su desprecio del voto negro en la elección que robó en el 2000, entre mucho más; pero la máxima escena histórica, su sospechosa actitud en «la escuelita de Florida».

   Cuando le avisaron del atentado a la Torres Gemelas que en ese instante conmocionaba al mundo y que a él ni siquiera pareció sorprenderle, ha quedado como prueba de que «ya lo sabía» y de que plausiblemente el horror de New York fue uno de los conocidos autogoles criminales que infligen sus gobernantes al borrego pueblo estadounidense, tales como la explosión del barco «Maine» en la Habana en 1898 para desatar la guerra contra España, como la probada invitación al Japón para bombardear Pearl Harbor en 1941 o el derrumbe de un edificio público en Oklahoma en 1995 tras los graves problemas con la secta davidiana en Waco.

   Este año en la versión 58 del Festival de Cannes, el camino al interesantísimo «periodismo de denuncia en video», abierto por Fahrenheit 9/11, no quedó desierto, gracias al documental del realizador británico Adam Curtis, intitulado «The Power of Nightmares» (El Poder de las Pesadillas).

 

   En tanto, en una visita de sorpresa a Irak, Condoleeza Rice pedía descaradamente paciencia a los iraquíes que martirizó, robó, destruyó su jefe Bush «porque estamos (nótese en 1ª persona del plural) luchando contra muchas fuerzas terroristas», en Cannes un inglés le decía al mundo simple y sencillamente que «Al Qaeda no existe». Y lo decía apoyado en imágenes contundentes, en argumentos más documentados incluso que los de Moore, en un film producido por la legendaria BBC en la que es siempre posible creer, a diferencia de las cadenas gringas tales la triste CNN al servicio del poder.

   El documental se presentó en una sala mediana y no concursó por un premio, pero ha dejado abierto el apetito no sólo de los cinéfilos sino de los estudiosos y de todo terrícola que se interese por la verdad. Y el tema de la mentira gringa constante no es para menos. Cientos de periodistas en todo el mundo podemos "gritar" en la prensa escrita (porque ni en TV ni en radio se permiten tales "«excesos radicales y dementes» en ciertos países) nuestra certeza de que el 95% del terrorismo actual es made in Washington, pero no nos creen ni nos oyen. Nos tiran simplemente a lucas.

 

   En cambio el cine tiene un poder de convicción único y la facilidad de comprar un DVD, que cuesta más o menos lo mismo que un magazine, es hoy la mejor manera de que los periodistas puedan revelar sus investigaciones, informaciones y opiniones obteniendo verdadero eco y atención global. La prensa escrita, la radio, la televisión, los libros periodísticos mismos no han logrado trascender como lo han hecho documentos fílmicos como los dos citados. Las casas editoriales deberían empezar a convertirse en productores cinematográficos.

   Veamos desde cuándo los halcones inventan las pesadillas.

 

   Según el documental de Adam Curtis, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, consejeros entonces de Ronald Reagan, sobrevaluaban la amenaza soviética para justificar su propaganda imperialista y naturalmente carretadas de dinero de los borregos contribuyentes gringos. Curtis intenta demostrar que «los americanos, esos incansables fabricantes de mitos» como dice Jean Luc Douin del diario francés Le Monde, acusaban sin mayores pruebas a la URSS de dirigir todos los movimientos terroristas del planeta, como ahora lo hicieron con Saddam Hussein y Bin Laden, que según el film, no tuvo que ver con los atentados de las torres, no posee una fortaleza subterránea en Afganistán en las montañas de Tora Bora, no es dueño de una Al Qaeda que no existe y es simplemente una pieza en el tablero de juego del socio Bush.

   Respecto a la URSS y sin querer disminuir un ápice el horror de los crímenes (sobre todo) internos de José Stalin, estoy de acuerdo con Curtis. En fecha reciente hice una investigación para mi libro «Ensalada Rusa», a punto de ver la luz en Editorial Diana, sobre lo que fue realmente la Guerra Fría en África, en el Congo específicamente, y me quedé sorprendida de las abominaciones cometidas por los gringos. Encontré incluso un testimonio de un agente de la CIA que acusa al presidente Eisenhower de haberle dado la clarísima orden de desaparecer al constructor de la independencia, Patricio Lumumba. Lo recopiló la BBC.

   En cuanto a Al Qaeda, Curtis insiste en que nunca ha existido, que es un invento del secretario «de la Defensa». Se suponía que «Starwars», final de la serie, era la ficción estelar presentada por USA en las pantallas de Cannes. Pero el mito del terrorismo que proyecta el gobierno de Bush sobre el planeta desde el 11 de septiembre 2001, es mucho más ficticio, sólo que cuesta y costará entre infinitos problemas, más guerras, a menos que le mundo entienda con documentales como el producido por la BBC, «El Poder de las Pesadillas», que hay que ponerle un alto a Bush y decirle: No te creo ni te sigo.

EL ISLAMISMO Y LAS IZQUIERDAS EN IBEROAMÉRICA

EL ISLAMISMO Y LAS IZQUIERDAS EN IBEROAMÉRICA

Horacio CALDERÓN

 

   1/. Convergencia de actores estatales islamistas y marxistas-leninistas y de la izquierda iberoamericana

 

   Lo primero que puede observarse es el proceso de convergencia que existe entre actores estatales como Irán, por un lado, y Venezuela, Cuba y Bolivia por el otro, cuyas agendas sólo pueden tener como objetivo común enfrentar a los EE.UU. y sus aliados. A dicha agenda confluyen numerosas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), que cuentan con una importantísima financiación por parte de actores estatales, no estatales y donantes particulares.

   No son ajenos a este proceso de convergencia formaciones como el denominado "Foro de San Pablo" y "Foro de Porto Alegre", que son solo algunas de las bisagras visibles entre las alas del islamismo y de sectores de la extrema izquierda de Ibero América. Dicho proceso se ve acompañado por la peligrosa agenda política de algunos gobiernos de países europeos -tal el caso de la España de José Luis Rodríguez Zapatero-, que por malicia o ignorancia abren las puertas al peligro islamista. No son pocos los dirigentes políticos -en todo el mundo- que consideran que organizaciones terroristas como Al-Qaeda y el Hizbollah son de alguna manera aliados en la lucha contra la hegemonía global de los EE.UU. Mas allá de las razones para tal comportamiento político, puede verse de que manera muchos países bajan sus defensas, creando las condiciones necesarias para que el peligro terrorista pueda crecer y desarrollar sus actividades amparados por la vigencia de un "garantismo" suicida, olvidando hasta el objetivo proferido por Al-Qaeda, que reclama el derecho a "reconquistar" España para añadirla como una perla más a la corona de su soñado califato.

 

   Sería asimismo injusto acusar solamente a la izquierda de dejarse deslumbrar por la perspectiva de ver debilitado a los EE.UU. y a sus aliados aunque sea a manos de tamaños enemigos, porque Internet está infectada de mensajes con deseos y loas de gloria y victoria al terrorismo islamista, firmados por personas que de "zurda" -sea disculpada esta expresión- sólo tienen la mano izquierda cuando nacen con esa característica.

 

   2/. Convergencia entre el islamismo terrorista,  la izquierda insurreccional y el crimen organizado

 

   La conexión entre terrorismo y crimen organizado se incrementa notablemente a partir de la declinación del volumen de respaldo de Estados a grupos terroristas, que comienza con el desmembramiento del bloque soviético, aunque ya existía el precedente en Colombia de  la ecuación FARC-Narcotráfico. Desde hace más de quince años ha crecido notablemente la relación entre el crimen organizado transnacional y el fenómeno cambiante del terrorismo con alcance global. Esto ha sido muy bien expuesto en estudios sobre modelos de convergencia entre terrorismo y crimen organizado, realizados por expertos como la criminóloga Tamara Makarenko y el argentino Juan Belikow.

 

   El cuadro expuesto es tan sólo un muestreo de las alianzas que se han establecido hasta el presente, aunque tales lazos son extremadamente sutiles en caso de organizaciones altamente secretas como Al-Qaeda Central, dados los temores a una penetración de la inteligencia enemiga o a una fuga de información que pueda conducir a la localización de sus comandantes y cuadros más valiosos. Sobre todo en el caso de pandillas de extrema peligrosidad como las denominadas "Maras Salvatruchas", que están bajo constante vigilancia. La sinergia que se produce entre terror y crimen contribuye sin duda a debilitar las alianzas internacionales, a licuar el poder político de los Estados y a minar  progresivamente la efectividad de las fuerzas de seguridad y policiales.

   La dirigencia política en el ámbito mundial no ha comenzado siquiera a tomar conciencia de este fenómeno de convergencia mencionado y muchos de sus dirigentes parecen a veces coincidir en que la exposición de esta realidad es sólo el producto de thinks tanks y expertos cuyas exposiciones están dirigidas a alentar casus belli que alienten la intervención militar estadounidense en teatros como Colombia y la Triple Frontera, para citar sólo dos ejemplos.

 

   La cibernética usada en términos de terror-espacio y crimen-espacio por sociedades criminales y las organizaciones terroristas más sofisticadas, como la mafia rusa y Al-Qaeda, por ejemplo, hacen extremadamente difícil la detección de contactos y operaciones. Los cerebros del tecnoterrorismo marchan siempre un paso delante de las fuerzas de la ley, cuando se trata de detectar medidas y contramedidas de seguridad para penetrar la defensa de los blancos.

   La actual situación en Bolivia es sin duda otro importante y sensible factor de riesgo que hace a la seguridad regional, dado que las organizaciones terroristas de signo islamista -que cuentan con células en Paraguay y Brasil- podrían ver en ella una oportunidad para establecer sus redes lejos del monitoreo de países vecinos. No en vano se registran desde hace muchos años viajes de personajes vinculados a organizaciones etno-nacionalistas de países iberoamericanos a centros de formación religiosa islamista y tal vez también a campos de entrenamiento en Paquistán.

   En este panorama que se levanta en el futuro de Bolivia y regiones adyacentes, el terrorismo con perfil etnonacionalista podría convertirse en una nueva amenaza contra la seguridad regional, diferente al de Al-Qaeda o el Hizballah, pero parte al fin de una de los más graves desafíos que puede percibirse en el escenario de Ibero América. Las acciones conjuntas que tienen como eje en Colombia al narcoterrorismo encabezado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a los carteles de la droga ligados también a otras formaciones políticas como la anticomunista Fuerzas de Autodefensa de Colombia, y a sociedades criminales como la mafia rusa, deben encontrar una respuesta definitiva, que no puede terminar sino en la derrota y rendición incondicional y en la erradicación definitiva de esos flagelos de nuestra región.

           

   El cuadro de situación actual, con eje en Colombia y Venezuela, y además en los Andes Centrales, que incluye la presencia de actores estatales y no estatales islamistas, se agrava con la existencia de una constelación de gobiernos en Sudamérica, que por razones ideológicas y políticas rechazan contar con un plexo legal en el cual puedan respaldarse acciones contra las nuevas amenazas. En el caso de la Argentina, al desafío islamista global y regional se suma el peligro del narcoterrorismo que tiene epicentro en Colombia -encabezado por las FARC-, como también en Bolivia, organizaciones todas ellas aliadas con sociedades criminales asentadas en esos países y en casi toda la región.

           

   3/. Potenciales atentados

 

   La República Argentina no ha estado, está ni estará al margen de la guerra global ni de lo que sucede en Cercano y Medio Oriente, entre otras cosas porque ya tuvo su bautismo de sangre a manos del terrorismo islamista, de signo diferente a Al-Qaeda, pero islamista al fin, que de manera alguna ha quitado a nuestro país de la lista de blancos permanentes y/o de oportunidad.

   El desafío de Al-Qaeda alcanza al país de manera plena, porque su comandante e ideólogos son lo suficientemente inteligentes y cultos, como para saber que el  país es mayoritariamente blanco, católico y que, además, cuenta con una de las colectividades judías cualitativa y cuantitativamente más importantes en el ámbito mundial; colectividad que además está históricamente ligada al Estado de Israel desde el momento mismo de su fundación, como casi otras similares de la Diáspora.

   En cuanto a organizaciones como el Hizballah, el país estaría a salvo de nuevos ataques en la medida en que el conflicto en el Líbano no estalle nuevamente, dado que en ese caso sería ridículo pensar que no lanzaría nuevos ataques, como se ha reiterado en fecha reciente. Lo mismo ocurriría si Irán fuera atacado por EE.UU., Israel o una coalición de países, como sucedió en Irak, ya que en ese caso se activarían las células de ataque en casi todo el mundo. Lo han afirmado dirigentes iraníes y del mismo Hizballah al más alto nivel y, como dice un conocido axioma judicial, "a confesión de parte relevo de prueba". El Ministro de Inteligencia iraní Gholam-Hussein Mohseni-Ezhei, manifestó el 13 de julio que "si América o cualquier otro país ataca a Irán, estará poniendo en peligro sus intereses y su vida económica, política, y social". Esto lo confirma también The Middle East Media Research Institute, citando a la Agencia IRNA (http://www.irna.ir/fa/news/view/line-2/8504259863110433.htm), que dice: "El mismo país que intente atacar a Irán necesita saber que pagará un precio exorbitante. América no tiene el valor de tomar tal acción contra Irán, ya que en este evento pondremos en peligro todos sus intereses vitales. Las fronteras geográficas de nuestra guerra contra los americanos no se limitarán simplemente al suelo americano. Al contrario, tendremos como objetivo todos los intereses de este país alrededor del mundo".

   El problema que se crea luego del lanzamiento de ataques terroristas como el que sugiere la reciente amenaza arriba mencionada, es que la especial y muy compleja estructura organizacional del tándem terrorista Irán-Hizballah, hace muy difícil llevar a los estrados judiciales a los ideólogos y ejecutores de atentados como los de la AMIA, a pesar de amenazas públicas como la arriba mencionada. Una vez que un ataque ocurre, queda el sello de los autores, pero se hace muy difícil probar de manera contundente los diferentes grados de responsabilidad a lo largo de los eslabones involucrados, ya que organizaciones como el Hizballah utilizan brazos con diferentes nombres, tal el caso de la Yihad Islámica (caso Embajada de Israel) o Ansar Allah (AMIA), justamente para evitar la persecución judicial.

   Deben en consecuencia arbitrarse las medidas necesarias para prevenir los efectos negativos y/o peligrosos para nuestra seguridad nacional del potencial impacto de los sucesos en Medio Oriente y otras regiones, a través de cualquiera de las formas descriptas e incluso de su convergencia o combinación con las restantes.

JEHOVÁ versus ALLAH

JEHOVÁ versus ALLAH

Denes MARTOS

 

   Introducción

   ¿Comenzó la Tercera Guerra Mundial? Quizás no. Por lo menos, no todavía. Aun considerando la crueldad y la magnitud de la masacre de Medio Oriente con la última invasión del Líbano por parte de Israel, sería muy exagerado hablar del inicio de la Tercera Guerra Mundial a esta altura de los acontecimientos. Todo parecería indicar que, en estos momentos, Israel necesita algo de tiempo para asimilar la derrota y, tanto como para darse un respiro, se ha resignado a utilizar algunas tropas de Naciones Unidas como amortiguador en su frontera Norte. 

   Pero, por supuesto, esto no quiere decir que la situación es estable ni, mucho menos, que el conflicto ha sido superado. El problema subsiste, las causas de la crisis subsisten y los rencores no sólo subsisten sino que han aumentado, alimentados por la sangre de miles de cadáveres. En estas condiciones no se puede hablar del fin de la guerra. La actual situación es apenas de aquellas que surgen al fin de cualquier batalla - previsiblemente una de las muchas que habrá en el porvenir. Es una situación de calma relativa y provisoria mientras las fuerzas se reagrupan, se reorganizan y se preparan para la próxima batalla de una contienda que continúa.

   ¿Se saldrá de control esa guerra? ¿Dejará en algún momento de ser un conflicto localizado, restringido a una zona geográfica determinada, para convertirse en una hecatombe de dimensiones mundiales? Es difícil vaticinarlo. Una de las pocas cosas que hemos aprendido en los últimos cincuenta años es que no se puede adivinar el futuro. A lo sumo se lo puede llegar a prever sobre la base de tendencias y de experiencias pasadas, más algún grado de intuición cuya validez sólo quedará demostrada - o invalidada - a posteriori, cuando los hechos futuros se hayan convertido en el presente del observador.

   De modo que no podemos adivinar lo que sucederá. Pero, desde la óptica de la experiencia y las tendencias actuantes, el panorama es bastante poco alentador. Están dadas prácticamente todas las condiciones para que el conflicto se vuelva incontrolable. Si el desmadre sucederá - o no - eso es algo que ningún analista serio puede pronosticar. Pero ya hoy es evidente que bastaría con que alguien cometa un error grave para que eso suceda.

   Los barriles de pólvora están puestos en su lugar. Todo lo que falta es una chispa.

 

   La guerra y el terrorismo

   ¿De qué elementos está constituida la mezcla explosiva que alimenta el conflicto en Medio Oriente?  Como en todo enfrentamiento complejo y grave, no es posible contentarse con aceptar los dos o tres argumentos más o menos oficiales que se mencionan como causas de la disputa. En estos casos, los argumentos esgrimidos por tirios y troyanos no son muchas veces más que los motivos que unos y otros se animan a confesar en público. Para un análisis a fondo ni siquiera alcanzaría con mencionar las motivaciones inconfesadas porque problemas de esta índole no se agotan en los argumentos de los cuales los participantes son conscientes. De hecho, en estos casos, los argumentos esgrimidos por lo general no son más que excusas para justificar lo que no se quiere decir. Y las cosas que no se quieren decir no son más que manifestaciones conscientes y racionalizadas de motivaciones total o parcialmente irracionales de las que los involucrados pueden hasta no tener conciencia en absoluto.

   Así, lo primero que hay que tener en claro y poner en negro sobre blanco para empezar a entender lo que sucede en todo el espacio geopolítico de Medio Oriente es la guerra en si misma. Y no necesariamente esta guerra sino la guerra contemporánea como tal.  De la serie de acontecimientos de los últimos meses y hasta de los últimos años se pueden sacar - y de hecho se han sacado - innumerables conclusiones. Sobre las mismas se pueden hacer, por supuesto, innumerables comentarios. Podríamos aquí, siguiendo ese método, comenzar señalando las interrelaciones que existen entre Israel y los EE.UU. así como las que hay entre el Hizbollah e Irán. Podríamos luego analizar las sectorizaciones que existen dentro del Islam y quizás hasta ponerlas en paralelo con las que hay entre EE.UU. y Europa (y hasta en Europa misma). Podríamos, luego, tratar el tema de las relaciones entre Irán y China y tras esto, considerar la situación de Moscú y la población musulmana que históricamente ha formado todo un cinturón en la frontera Sur del Imperio Ruso. Podríamos hablar de petróleo, de geopolítica, de euros y de dólares; de intereses económicos, de posibilidades tecnológicas y de cuestiones demográficas.

   Sería quizás interesante pero me temo que no serviría de gran cosa. Por de pronto, basta con recorrer el mar de literatura que existe sobre el conflicto para darse cuenta de que eso ya se ha hecho. Pero, además, estaríamos errándole al objetivo porque soslayaríamos un factor esencial: estaríamos hablando de algunas causas - o posibles causas - del conflicto pero no del conflicto mismo. Estaríamos hablando de los ingredientes de esta guerra pero no de los elementos constitutivos y esenciales de la guerra contemporánea.

   Después de las dos Guerras Mundiales europeas - y muy especialmente durante y después de la segunda - en Occidente hemos perdido algo muy importante: la capacidad de acotar la guerra y mantenerla dentro de ciertos límites respetados por todos los contendientes. La enorme mayoría de los comentaristas actuales ignora olímpicamente que la humanidad europea de Occidente llegó en su momento a lograr algo sin antecedentes en toda la Historia de la humanidad; algo que raya en lo casi increíble: Europa consiguió reglamentar la guerra.

   No me estoy refiriendo aquí a las cuatro convenciones de Ginebra del 12 de Agosto de 1949, ni tampoco a la anterior normativa de La Haya de 1907. Estas normas, como la enorme mayoría de las leyes escritas, fueron prácticamente violadas al día siguiente de ser ratificadas por quienes las suscribieron. Como que ya habían sido violadas antes de firmarse los tratados. A lo que me refiero es a los usos, las costumbres, las tradiciones y el comportamiento normal de los combatientes regulares que Europa consiguió desarrollar y que no sólo son muy anteriores a los convenios mencionados sino que hasta los hicieron posibles y aceptables en absoluto. Me refiero al Derecho Internacional continental europeo que todavía Clausewitz daba por sobreentendido.

   Las convenciones de Ginebra no innovaron en nada ni crearon ningún concepto jurídico nuevo. Más aún: trataron - con bastante poco éxito - de restaurar un orden jurídico internacional que había sido subvertido casi por completo durante la Segunda Guerra Mundial europea. El trato correcto a los prisioneros; la atención humanitaria de los heridos; el criterio básico de que "La tropa combate al enemigo; de los delincuentes se encarga la policía"; el respeto por el enemigo que se rinde; la clara identificación de los contendientes por uniformes, estandartes y símbolos de rango; el concepto de que la guerra es un enfrentamiento entre Estados y no entre personas;  pero, por sobre todo, la diferenciación tajante y clara entre lo militar y lo civil; son todos conceptos - y la lista está lejos de ser exhaustiva - que provienen de ese Derecho Internacional europeo que podemos llamar clásico. El fracaso de las convenciones ginebrinas responde al hecho de que este marco jurídico se rompió definitivamente con el surgimiento de la guerra revolucionaria moderna. Dentro de la lógica de esta nueva clase de guerra, el oponente deja de ser el adversario al que hay que vencer y se convierte en un enemigo al que hay que matar. Mientras la guerra europea convencional clásica evolucionó hasta convertirse casi en un duelo entre caballeros al servicio de dos Estados enemistados, la guerra revolucionaria moderna retrocedió al antiguo y primitivo concepto del enemigo personal cuya aniquilación física total se exige en aras de la propia supervivencia. Así, mientras las guerras clásicas podían terminar con la derrota del enemigo, las guerras actuales sólo pueden terminar con su funeral.

 

   Una de las consecuencias de esto es la necesaria criminalización del oponente. La tradición europea clásica todavía permitía respetarlo y aun rendirle honores dado el caso. Esto fue posible porque su muerte - si bien ciertamente muy posible y quizás hasta probable - no resultaba necesaria e indispensable para la victoria. Bastaba la rendición del ejército enemigo para ganar la batalla y, a veces, hasta la guerra. Por el contrario, la guerra actual, basada más en el modelo del guerrillero que en el del soldado regular, necesita demonizar y criminalizar al enemigo desde el momento en que el objetivo realmente buscado es su exterminio. No se puede justificar la intención deliberada de matar y destruir a una persona si antes no se la ha presentado como despreciable, vil, peligrosa, malévola y hasta sanguinariamente criminal.

   Ésa es la "lógica" subyacente a la guerra irregular y lo que actualmente se ha dado en llamar "terrorismo" no es nada más que la evolución necesaria y consecuente de la guerrilla como método de librar una guerra. Al abandonar la enemistad acotada y reglamentada de la guerra clásica hemos caído en la enemistad absoluta y sin límites de la guerra irregular que ya no es un enfrentamiento armado entre soldados profesionales que representan a organismos políticos jurídicamente constituidos sino una pelea primitiva entre enemigos personales dispuestos a masacrarse mutuamente.

   Que en la ecuación todavía intervengan - al menos técnicamente - algunos Estados (ya sea con tropas regulares o con formaciones "paramilitares"), no cambia demasiado las cosas. La "lógica" de la guerra actual sigue siendo el aniquilamiento y no tan sólo la derrota del enemigo. Consecuentemente, una fuerza aérea regular bombardeará a toda una ciudad, matando a cientos de miles de civiles inocentes, porque, al no poder delimitar exactamente al enemigo por sus símbolos, por su uniforme y por sus estandartes o banderas, considerará como enemigo - no al ejército que ya no puede identificar - sino a toda la población de un espacio geográfico que ha sido declarado zona enemiga. Y de la misma manera en que criminalizará a los combatientes reales para justificar su irrevocable decisión de matarlos, forzosamente habrá de criminalizar también a toda la población del área para, de alguna manera, justificar su decisión de bombardearla sin consideración alguna por los que vayan a morir.

   De esta forma, la existencia o inexistencia de símbolos identificatorios hasta se vuelve completamente irrelevante y la diferenciación entre "regular" e "irregular", entre "soldado" y "guerrillero", entre "militar" y "terrorista",  termina borrándose. Con o sin uniforme, con o sin estructuras de mando y control convencionales, con o sin responsabilidades exigibles por superiores jerárquicos, la guerra actual parte del principio de que el enemigo es un criminal peligroso y, puesto que es un criminal, se halla fuera de la ley y cualquier cosa que se haga para matarlo está permitida.   Con ello, Occidente ha retrocedido cerca de dos mil años.

   La pista de que esto es así la ofrece, entre muchos otros síntomas, la infernal hipocresía con la que se manejan conceptos bélicos como, por ejemplo, los de "agresor" y "agresión". Algo que ha obligado a los norteamericanos a reinventar la vieja excusa de la "guerra preventiva". El mismo concepto de "terrorismo" es intrínsecamente hipócrita porque lo que importa ya no es el acto en sí sino quien lo comete. Exactamente la misma acción será considerada justificable si es cometida por los "buenos" mientras que se convierte en execrable si la cometen los "malos". Por supuesto: los buenos somos siempre "nosotros" y los malos son siempre "ellos".

   Entre quienes creen que "ellos" son siempre "los árabes", pocos quieren recordar, por ejemplo, que - entre 1945 y 1948 - mientras Palestina se hallaba bajo el mandato británico, la organización sionista clandestina Irgun Zvai Leummi, bajo el mando de Menahem Beghin, lanzó cientos de ataques terroristas contra los británicos. Durante varios meses entre 1945 y 1946 las operaciones respondieron a la coordinación del Movimiento de Resistencia Hebreo y estuvieron dirigidas por el Haganah. Pero, en un momento dado, Beghin decidió jugar su propio juego y organizó un atentado con explosivos contra el Hotel King David de Jerusalén dónde se hallaban alojadas las autoridades administrativas británicas. En el atentado murieron 91 personas; entre ellas 28 británicos, 41 árabes e incluso 17 judíos.  Más tarde, las Irgun irrumpieron en la prisión de Acre donde ahorcaron a dos sargentos británicos.

   Lo esencial en esto no está tanto en la naturaleza de las operaciones comandadas por Beghin. Ni siquiera está en que este mismo Menahem Beghin llegara, después, a ser Primer Ministro de Israel. Porque si vamos al caso, en realidad fue más lejos: aun a pesar de su responsabilidad en la masacre de Deir Yassin, hasta llegó a ganar en 1978 el Premio Nóbel de la Paz compartido con Anwar Al-Sadat. Lo verdaderamente relevante es que todo lo relatado no ha impedido que la misma Gran Bretaña siga hoy a los EE.UU. en su política de apoyo a Israel y en su feroz crítica a los irregulares árabes cuyos actos de guerra no difieren sustancialmente de los recién reseñados. La política exterior británica adoptó con ello la lógica norteamericana contenida en la frase que algunos adjudican a Cordell Hull refiriéndose a Trujillo y otros a Franklin D Roosevelt refiriéndose a Anastasio Somoza: "... puede que sea un hijo de puta, ¡pero es nuestro hijo de puta! ".

   Los atentados de las Irgun y de Beghin podrán haber recibido algunas críticas tanto dentro como fuera de Israel pero terminaron siendo perdonados porque fueron perpetrados por "nuestros" buenos. Los cometidos por el Hizbollah o por Hamas no se perdonaron nunca porque fueron cometidos por los malos "de ellos". Los actos no difieren. La diferencia está exclusivamente en quien los comete.

   Con ese mismo principio, las operaciones en las que la CIA muchas veces tuvo metida su mano, se catalogaron como "operaciones encubiertas" en el marco de una "guerra no-convencional". Pero los operativos, esencialmente idénticos, llevados a cabo por los grupos armados de la década del '70 se consideraron "acciones terroristas" cometidas por "bandas subversivas". Aunque, por supuesto, la hipocresía también funciona al revés. Si uno escucha a ciertos intelectuales de izquierda, las operaciones guerrilleras de los '70 no habrían sido sino la respuesta "del pueblo en armas" frente a la agresión del "terrorismo imperialista" y las operaciones de la guerra antisubversiva se mencionan como actos de "represión" feroz cometidos por el "terrorismo de Estado". De nuevo: los hechos prácticamente no difieren. La diferencia está tan sólo en quien los comete y la valoración de los mismos depende del bando al que pertenece el que los evalúa.

 

   El proyecto sionista

   Dentro de este contexto de enemigos absolutos que insisten en el mutuo exterminio, las motivaciones adquieren, obviamente, una gran importancia. En consecuencia, también adquieren al menos cierta importancia los argumentos que hacen referencia a dichas motivaciones aunque, como ya se ha señalado, la argumentación en general no tiene muchas veces demasiado que ver con la verdad subyacente.  Bajo este aspecto es imposible dejar de señalar que el argumento sionista principal posee una debilidad histórica casi insalvable.

   La destrucción de Jerusalén por Tito Augusto tuvo lugar en el año 70. A partir de ese momento - o como máximo después del fracaso de la rebelión del Bar Kochba en el 135 DC - los judíos vivieron dispersos por prácticamente todo el mundo. El actual Estado de Israel se fundó en 1948. Sea como fuere que evaluemos a la Diáspora y sea cual fuere el valor que le adjudiquemos al ritual religioso que mantuvo a Jerusalén y a Israel dentro de la tradición cultural judía con la reiteración de la fórmula "El próximo año, en Jerusalén", el hecho concreto y objetivo es que los judíos reclaman hoy un territorio del que estuvieron ausentes como pueblo políticamente organizado durante más de 1.800 años.

   El argumento sionista es débil por la sencilla razón de que no resiste la prueba de la generalización del caso. Porque, con el mismo principio, los iraníes actuales podrían reclamar casi todo el Irak (o viceversa); los egipcios podrían exigir todo el territorio hasta la Cuarta Catarata más la península del Sinaí (Dénes: ojo que la Peninsula del Sinai volvió a Egipto como parte del acuerdo de paz entre Sadat y Beghin...); y, si vamos al caso, los italianos - reivindicándose como herederos del Imperio Romano - podrían reclamar prácticamente todo el Mediterráneo. Por un principio algo similar, los mapuches podrían demandar un buen pedazo de la Argentina. Los apaches sobrevivientes podrían exigir que se les devuelva Arizona, Nuevo México, un buen pedazo de Texas y hasta la parte noroeste de México mismo. Los celtas galeses podrían reivindicar sus derechos sobre Gran Bretaña. Más aun: la casi totalidad de la Comunidad Europea podría tener pretensiones territoriales sobre la India y el Tibet si es cierto que los pueblos indoeuropeos originales partieron desde allí.

 

   Como puede apreciarse - y los ejemplos citados son apenas una muestra de los miles que se podrían construir - la generalización del reclamo no resiste el menor análisis. Si es cierto que los "pueblos originarios" tienen derechos sobre territorios que perdieron por conquista o por abandono, entonces los únicos auténticos dueños de la tierra serían los descendientes directos del Hombre de Neandertal porque hasta los sucesores del Hombre de Cromagnon tendrían una titularidad cuestionable.  Pero, además de eso, el argumento sionista es débil porque ya en la mente de su propio fundador, en los escritos de Teodoro Herzl mismo, Palestina no aparece como un reclamo irrenunciable.  Todo lo contrario: "Que se nos otorgue la soberanía sobre un pedazo de la superficie de la Tierra, de un tamaño suficiente para satisfacer nuestras justas necesidades como pueblo; todo lo demás lo conseguiremos nosotros mismos." (T.Herzl "El Estado Judío"- Cap. "El Plan"). De modo que, básicamente y en principio, lo que Herzl tuvo en mente fue tan sólo "un pedazo de la superficie de la Tierra". O sea: una colonia para colonos judíos. Algo - y no por casualidad - perfectamente encuadrable dentro del espíritu colonialista de fines del Siglo XIX.

   Más aun; hay todo un capítulo dedicado a dilucidar la pregunta "¿Palestina o Argentina?". Vale la pena repasar íntegramente la parte sustancial de este capítulo. "Argentina es uno de los países por naturaleza más ricos de la Tierra; posee una superficie gigantesca con escasa población y un clima templado. La República Argentina tendría el mayor interés en cedernos un pedazo de territorio. La actual infiltración judía ha producido obviamente irritación; habría que esclarecer a la Argentina sobre la diferencia esencial de la nueva inmigración judía. Palestina es nuestra inolvidable patria histórica. Tan sólo este nombre sería un poderoso y emotivo llamado de reunión para nuestro pueblo. Si Su Majestad el Sultán nos diese Palestina, podríamos comprometernos a arreglar por completo las finanzas de Turquía. Para Europa constituiríamos un pedazo del muro contra el Asia; proveeríamos el servicio de avanzada de la cultura contra la barbarie. Como Estado neutral, permaneceríamos conectados con toda Europa, la cual tendría que garantizar nuestra existencia. Para los lugares sagrados de la cristiandad se hallaría una forma jurídica internacional de extraterritorialidad. Constituiríamos la guardia de honor alrededor de los lugares sagrados comprometiéndonos con nuestra existencia al cumplimiento de este deber. Esta guardia de honor sería el gran símbolo para la solución de la cuestión judía después de dieciocho, para nosotros penosos, siglos." (T. Herzl Op.Cit. Cap. "¿Palestina o Argentina?").

 

   Va de suyo que estos pasajes pueden interpretarse de varias maneras y, de hecho, han suscitado toda clase de comentarios. Pero más allá de los mismos, y más allá de la obviamente interesante referencia a la Argentina, creo que hay dos puntos que merecen ser destacados. El primero de ellos es la idea de la "avanzada de la cultura contra la barbarie" y el segundo punto es que "Europa tendría que garantizar la existencia" del nuevo Estado.  Lo de la "avanzada de la cultura contra la barbarie" ya apunta a un enfoque que es, como mínimo, exclusivista. Aún si se dejan de lado las convicciones doctrinarias religiosas; aún haciendo abstracción de que estamos hablando de un pueblo que afirma - al menos cuyos creyentes afirman - haber hecho un pacto personal con Dios; aún así quien se considera parte de una "avanzada de la cultura" frente a un conjunto innominado de "bárbaros" difícilmente esté imbuido de la sincera disposición a convivir pacíficamente con ellos. El ejemplo más inmediato de esto lo tenemos en nuestro propio país. En la Argentina el antagonismo entre "civilización" y "barbarie" respondió al mismo enfoque mental básico. Sus resultados están en los libros de Historia. Y en los cementerios.

   Por el otro lado, la idea de que la existencia de un organismo político soberano esté garantizada por otro organismo político, es una idea que no sólo resulta contradictoria en si misma; no sólo constituye un sinsentido político - un Estado soberano cuya existencia está garantizada por otro Estado sencillamente no es un Estado soberano - sino que explica bastante bien el actual papel de los EE.UU. en relación con Israel siendo que, desde fines del Siglo XIX a esta parte, Europa ha perdido la gravitación política que tenía en tiempos de Herzl.

   Se ha discutido mucho acerca de si Israel es - o no -el Estado número 51 de la Unión; si es - o no - tan sólo un "portaaviones terrestre" ubicado en Medio Oriente para actuar de avanzada de los EE.UU; o bien si, por el contrario, los EE.UU. son - o no - la colonia más importante que Israel posee fuera de Palestina. Luego del trabajo de Mearsheimer y Walt sobre el lobby israelí en los EE.UU., la última proposición no parece tan descabellada. Con todo, la discusión puede ser interesante desde ciertos puntos de vista, pero termina siendo políticamente irrelevante. Resulta irrelevante porque, en realidad, ninguno de los dos países es soberano. No solamente porque alguno de ellos puede llegar a estar en relación de dependencia del otro sino porque, tanto Israel como los EE.UU. dependen del Poder de una plutocracia financiera internacional que los domina a ambos. En la base misma de la idea sionista tenemos, pues, dos elementos importantes para evaluar su papel en la contienda: una intención exclusivista por un lado, aunada a un proyecto intrínsecamente contradictorio y políticamente inviable por el otro. 

 

   El antisemitismo y el núcleo del conflicto

   Hace tan sólo unos 10 o 20 años atrás nadie podía ni siquiera alzar la voz contra las operaciones de Israel sin ser automáticamente crucificado bajo acusaciones de nazifascismo y antisemitismo. Por la época de Golda Meir o Menahem Beghin, el criticar a los israelíes era, sencillamente, impensable.

   Es notorio cómo eso ha cambiado. Hoy son claramente más enérgicas, más audibles y sobre todo más generalizadas las voces que se oyen censurando las acciones y el comportamiento de los israelíes. Hasta ha surgido una simpatía inclinada a exculpar las acciones y el comportamiento de sus oponentes árabes. Lo más sorprendente de esto es que la tendencia parece haberse originado, no en el campo de las fantasías neonazis, sino en el de los intelectuales de izquierda y, en muchos casos, hasta en el de los intelectuales judíos de izquierda.

   En el pasado Siglo XX, allá por los años '50 y '60 - incluso prácticamente hasta fines de los '80 - los que se dedicaban a criticar a los judíos utilizaban reediciones clandestinas de la propaganda panfletaria del NSDAP de los años '30, echaban mano a versiones por lo general bastante dudosas de Rosenberg, Hitler, Goebbels, Julius Streicher o, incluso, citaban in extenso a los ubicuos e inextinguibles Protocolos de los Sabios de Sión. El hecho es que en la actualidad, la crítica al sionismo y a Israel no descansa, en absoluto, sobre ninguna de esas piezas de museo. Dicha crítica se encuentra con extrema facilidad - y bastante actualizada - consultando la opinión de intelectuales judíos como Norman Finkelstein, Noam Chomsky e Israel Shamir; artistas judíos como Gilad Atzmon; rabinos como Yecheskel Roth, Avruhom Leitner, Rav Koppelman, V. Soloveichik y Joel Teitelbaum; o ex militantes comunistas como Roger Garaudy y una larga lista de otros más.

 

   ¿El antisionismo ha suplantado al antisemitismo? No exactamente. Sería de una ingenuidad infantil negar que hay críticos esencialmente "antisemitas" que utilizan el antisionismo como argumento eficaz. Con todo, esto podrá ciertamente hablar en contra de la sinceridad de algunos "antisemitas" pero no invalida en principio y necesariamente la validez de los argumentos. Dos más dos no dejan de ser cuatro por más que lo diga alguien que, por algún motivo, no me quiere.  Más aún: desde una óptica "neonazi" - de algún modo habrá que llamarla - un antisionismo hasta sería una desviación ideológica. Los nacionalsocialistas alemanes nunca estuvieron en contra de que el pueblo judío tuviese un Estado propio. Hasta jugaron con la idea de ofrecerle Madagascar y es por demás probable que, de haber ganado la guerra, los alemanes hubieran desalojado a los ingleses de Palestina y dejado que se instalaran en ella los partidarios de Herzl. La Alemania nacionalsocialista y el Movimiento Sionista tuvieron más de un punto de contacto y en más de una oportunidad. Se haría muy cuesta arriba construir una enemistad incondicional entre nazis y sionistas - al menos de parte de los nazis quienes consideraron al sionismo como una solución bastante atractiva para deshacerse sin demasiado esfuerzo de los judíos residentes en Alemania.

   Nada menos que Alfred Rosenberg, el principal ideólogo de Hitler, supo llegar a escribir que: "el sionismo debe ser vigorosamente sostenido a fin de que un contingente anual de judíos alemanes sean llevados a Palestina."  (Cf. A. Rosenberg: "Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten", Munich 1937, p. 153). Desde el ámbito de las SS, la posición pro-sionista de Heydrich también es bastante conocida. Y esto no es extraño si tenemos presente que la organización sionista alemana funcionó legalmente en el III Reich hasta 1938 - cinco años después de la llegada de Hitler al poder y apenas un año antes de estallar la Segunda Guerra Mundial.  Su periódico, el Jüdische Rundschau se publicó hasta ese mismo año. (Cf. Leibowitz, Israël et Judaïsme, Ed. Desclée de Brouwer, 1993. p. 116). Dentro de este contexto no es nada sorprendente que Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén mencione la pasividad cómplice de los Consejos Judíos en Alemania, mayormente controlados por sionistas.

   Por el otro lado, el término mismo de "antisemitismo" es poco menos que indefendible. "Semita" es una denominación lingüística. No existe una "raza semita". Y no existe por la misma razón por la cual tampoco existe un diccionario braquicéfalo o una gramática de ojos rasgados. Los "antisemitas" verdaderos - los pocos que realmente hubo - no fueron más que europeos irrecuperablemente chauvinistas que se basaron en una definición más que discutible del concepto de raza. La posición podrá haber sido hasta cierto punto explicable dados los conocimientos científicos, lingüísticos y antropológicos que se tenían entre mediados del Siglo XIX y principios del XX, pero resulta insostenible en la actualidad.

   Es cierto que es posible detectar algunos casos en los que la unidad lingüística se condice con una relativa homogeneidad racial. Pero de allí a aceptar que la unidad lingüística es indicio de homogeneidad racial media un abismo que sólo la ignorancia consigue salvar. Basta con pensar en que, con ese criterio, las personas de raza negra en los EE.UU. deberían ser considerados "anglosajones" y los haitianos que hablan hoy un patois francés catalogarían como "latinos".   De modo que, si alguien es realmente nazi, no podrá - sin caer en desviacionismos doctrinarios - negarle a Israel el derecho a la existencia como Estado. Menos aún como Estado constituido sobre vínculos de sangre, suelo y tradición cultural; porque justamente sobre esas bases se fundó el Estado Nacionalsocialista del III Reich.

   Pero y por otra parte, si alguien es realmente antisemita, ni podrá tomar partido por los árabes en contra de los judíos, ni tampoco por los judíos en contra de los árabes porque, si ha de ser honesto consigo mismo, sobre la base de un antisemitismo, racial o lingüístico, no hallará jamás una forma segura y unívoca de diferenciarlos. Basta con poner lado a lado la fotografía de Yasser Arafat y la de Jacobo Timmerman para darse cuenta del problema planteado.  Míreselo como se quiera, lo del antisemitismo filonazi, tal como vulgarmente se lo esgrime para rechazar la oposición al sionismo, es algo que se cae por reducción al absurdo. Si el argumento histórico del sionismo es débil, su principal argumento propagandístico es directamente ridículo ya que supondría imaginar que los miembros de un entorno etnocultural "semítico" se vuelven "antisemitas" por el sólo hecho de oponerse a Israel.

   A lo largo de su vida en la diáspora el pueblo judío tuvo, y padeció, numerosos enfrentamientos con miembros de otros pueblos y otras culturas. Lo que sucede es que, en más de 1800 años, éste es el primer conflicto grave que el pueblo judío debe enfrentar en Palestina misma. Sencillamente la cultura judía parece no estar preparada para explicarse una enemistad surgida dentro de su propio entorno etnocultural. En los enfrentamientos anteriores los intelectuales judíos siempre podían echarle la culpa de todos los rencores y de todas las animadversiones a los "arios" antisemitas, a los "cristianos" antisemitas, a los "bárbaros" antisemitas, o simplemente a los goim salvajes e ignorantes, incapaces de valorar y respetar la cultura hebrea. Por desgracia para Israel, esa cómoda fórmula de autojustificación étnica pudo haber funcionado con razonable éxito en el ámbito de la diáspora pero no resulta aplicable al ámbito de Medio Oriente.

   El enemigo que hoy enfrenta Israel no es un enemigo externo. Es un enemigo de su propio ámbito y, por lo tanto, un enemigo interno. Por eso es que, en última instancia, todo el conflicto es más una guerra civil que una guerra internacional. Por eso, también, esta guerra es tan sangrienta; porque, como se sabe, las guerras más inciviles son siempre las guerras civiles. Es una guerra civil para la cual el pueblo judío no está ni intelectual ni emocionalmente preparado. Se pasó más de 1800 años luchando contra enemigos externos. No sabe cómo manejar a un enemigo interno.

   En cuanto a los musulmanes, éstos cometen la equivocación de considerar que los israelíes son representantes de Occidente. Desde cierto punto de vista es comprensible: más de mil ochocientos años de diáspora no han pasado en vano y, por más que lucharan contra la asimilación, las comunidades judías forzosamente se "occidentalizaron" en alguna medida y han llevado a Israel esa característica que los diferencia. El entorno árabe también estuvo expuesto a la influencia de Occidente pero eso sucedió hace muchísimo tiempo atrás - allá por la época de la influencia helénica posterior a Alejandro Magno - y se interrumpió en gran medida precisamente luego de la irrupción del mahometanismo, cuando el Islam atacó a Europa primero por el Oeste invadiendo España y luego por el Este, invadiendo los Balcanes para llegar incluso hasta las puertas de Viena.

   Desde entonces el Islam  viene considerando a Occidente como su enemigo externo. Debido a ello y puesto que los israelíes provienen de una diáspora diseminada en su mayor parte por Occidente, los musulmanes consideran a los judíos como enemigos provenientes de otra cultura. Una percepción que se ve aún más reforzada por el apoyo incondicional que los EE.UU. le brindan a Israel.

   El hecho es que ambos actores principales del conflicto de Medio Oriente actúan como si estuviesen siendo agredidos por un enemigo externo. Los israelíes todavía se comportan como si estuviesen siendo objeto de algún pogrom organizado por la Okhrana de Minsk y los árabes reaccionan como si los israelíes fuesen los integrantes de una décima Cruzada. No es así. Ambos contendientes pertenecen al mismo ámbito etnocultural y el papel desempeñado por los EE.UU. no es más que el de un socio funcional a los intereses israelíes. Es un socio que, dado el caso,  puede llegar a tratar de hacer su negocio propio pero cuya estrategia central está puesta al servicio de la defensa del interés nacional de Israel.

   Lo más importante en esto es que ninguno de los principales involucrados pertenece al ámbito de la cultura occidental. El Islam ha sido tan enemigo de Occidente que lo invadió dos veces - una por el Oeste a través de España, otra por el Este a través de los Balcanes - y casi lo destruye. El judaísmo jamás se asimiló y sus dirigentes han hecho, y siguen haciendo, enormes esfuerzos para evitar hasta la posibilidad de una asimilación. Basta leer la literatura sionista actual para percibir de inmediato que una de las cuestiones centrales que más preocupa a los intelectuales sionistas es precisamente la posibilidad de que la identidad judía se diluya por asimilación a Occidente.   Sería hora de que en Medio Oriente tanto árabes como judíos comprendiesen que la guerra en la que están involucrados no es contra ellos sino entre ellos.

   Porque hasta que no lo comprendan, no habrán entendido el núcleo central del conflicto y la resolución del mismo seguirá siendo políticamente imposible.

 

   La metafísica subyacente

   A pesar de todo lo dicho, sería un grave error suponer que el conflicto de Medio Oriente se explica de un modo totalmente satisfactorio a través de sus causas y fuerzas impulsoras raciales, ideológicas, económicas, históricas o políticas. Suponer eso sería ignorar probablemente lo más esencial.

   Más de diez mil años de Historia conocida demuestran que, detrás o por debajo de toda gran contienda bélica, en última instancia, hay un conflicto de índole religiosa.   Esto, por supuesto, requiere algunas precisiones; sobre todo en Occidente donde el relativismo cientificista se ha hecho casi universal.

   Cuando intelectuales con posición religiosa declarada afirman que todo conflicto grave es, en última instancia un conflicto religioso, esto por supuesto no significa que toda disputa seria implica la intervención de alguna estructura religiosa institucional. Ni siquiera implica necesariamente el involucramiento explícito de una o más doctrinas específicamente religiosas. Han habido muchas guerras en las que no ha participado ninguna Iglesia orgánicamente constituida y por lo menos otras tantas en las que no hubo ningún dogma teológico en discusión.   Lo que la observación significa es que, en última instancia, las convicciones realmente profundas y arraigadas de los seres humanos son, o bien convicciones explícitamente religiosas, o bien operan exactamente de la misma manera en que lo hace una fe religiosa. Berdiaeff, por ejemplo, demostró que el comunismo soviético, en la época de la plenitud de su prestigio, operaba como una verdadera religión, por más profesión teórica de ateísmo que hicieran los comunistas. 

   Las grandes guerras, los conflictos realmente importantes, se libran por ideales y convicciones. Y todos los ideales realmente grandes, y todas las convicciones realmente profundas, descansan en última instancia sobre una profesión de fe. Y la fe no puede ser más que de índole religiosa. Simplemente sucede que los seres humanos no tenemos otra forma de expresarla.

   No es posible fundamentar la guerra sobre la razón. Desde el punto de vista racional toda guerra es un sinsentido. Bajo la lupa de la razón toda guerra es perfectamente estúpida. Las guerras - las verdaderas; no las grescas más o menos sangrientas desatadas por codicia, por ambición o por afán de Poder - los conflictos armados de gran envergadura se libran por cuestiones de fe y no por cuestiones racionales. Tan cierto es esto que, incluso quienes persiguen guerras por conveniencia no tienen más remedio que disfrazarlas con grandes argumentos patrióticos o ideológicos para llevar los seres humanos al combate. Siempre hará falta decir que la guerra se libra por la libertad, por la democracia, por la verdad, por el honor, por la Patria o - como con increíble incongruencia también se ha dicho - por la paz. Sucede que nadie está dispuesto naturalmente a morir o a matar por un pozo de petróleo, por un yacimiento de uranio, por el saldo de una cuenta corriente o por la sed de Poder de algún circunstancial politicastro.

   A esto hay que sumarle que Medio Oriente no funciona como Occidente. A lo largo de nuestra Historia y, por cierto que después de muchos y muy sangrientos enfrentamientos, en nuestra cultura nos hemos acostumbrado a considerar al Estado desde una óptica exclusivamente laica bajo cuya protección pueden llegar a convivir las creencias religiosas más dispares. El Estado occidental contemporáneo ha renunciado a ser confesional. Se declara prescindente cuando no directamente indiferente en materia religiosa. De las "dos espadas" que otrora poseía el Rey por Gracia de Dios - la terrenal y la espiritual - el Estado actual sólo ha retenido una y ha declarado su casi total desinterés por quien se queda con la otra.   Si esto es positivo o negativo, eso es algo que admitiría largos y complicados debates. En Occidente es cierto que hoy ya no ocurren matanzas por cuestiones dogmáticas teológicas. Pero también es cierto que la política se ha vuelto esencialmente inmoral.

   Sea como fuere, lo importante es comprender que Medio Oriente no ha seguido este camino. Ni en Israel ni en los países musulmanes el Estado es prescindente en materia religiosa. La religión no sólo forma parte constitutiva de la política sino que, en muchos casos, hasta determina directamente la política del Estado. La ley civil no es independiente de la ley religiosa. Todo lo contrario: la ley religiosa prevalece por sobre la ley civil. El Estado de Israel no está fundado ni sobre el Código Napoleónico ni sobre el Derecho Romano. Está fundado sobre la Ley de Moisés. Israel, que pregona ser la "única democracia en Medio Oriente" ni siquiera tiene una Constitución. Casi exactamente del mismo modo, los países musulmanes tampoco se rigen por una Constitución pergeñada por diez o quince abogados. Los países musulmanes se rigen por el Corán. Israel se rige por la Torá y el Talmud. Más allá de que ambas concepciones religiosas tienen sus agnósticos, sus escépticos y, seguramente, hasta sus ateos.

   Para entender el conflicto de Medio Oriente no basta con comprender que la guerra contemporánea ha dejado de ser un conflicto acotado entre Estados con voluntad de Poder para convertirse en un conflicto absoluto entre personas con voluntad de matar.  Y tampoco basta con comprender la esencial crueldad de las guerras civiles. No basta porque en Medio Oriente la guerra es algo todavía mucho peor que eso. Es una guerra entre concepciones religiosas que sencillamente no pueden, ni quieren, coexistir porque sus fieles están firmemente convencidos de que admitir la posibilidad de una rendición sería cometer una traición a Dios. 

   En lo esencial, a lo que desde 1948 estamos asistiendo en Medio Oriente no es ni a una guerra entre el Estado judío y algunos Estados árabes, ni tampoco a tan sólo una guerra tribal entre terroristas imbuidos de diferentes ideologías o aspiraciones geopolíticas. A lo que estamos asistiendo es a un enfrentamiento a muerte entre Jehová y Allah en cuyos nombres los combatientes consideran lícito cometer las atrocidades más increíbles porque, para cada bando, el enemigo es un enviado del Demonio.   Esto incluso refuerza lo antes señalado en cuanto al carácter de guerra interna que tiene el enfrentamiento a causa de sus factores etnoculturales comunes. Porque resulta ser que Jehová y Allah están emparentados.

   Por de pronto, ni el judaísmo ni el mahometanismo son religiones estrictamente monoteístas como generalmente se sostiene. Tanto el judaísmo como el mahometanismo provienen de una raíz politeísta - o "henoteísta", si se quiere, aunque no panteísta - según la cual los dioses de los demás pueblos existen pero el del pueblo propio es el único "verdadero". Tanto Jehová como Allah son, por tradición, dioses tribales. Dioses de un pueblo, y de un pueblo solo, que originariamente coexistieron con las deidades de los demás pueblos y que se diferencian en innumerables aspectos del Dios Padre Universal único concebido por el cristianismo desde sus mismos orígenes. La hegemonía de estos dioses tribales adquirió con el tiempo características de exclusividad y este exclusivismo, llevado al extremo de un fanatismo intolerante, es lo que a ambos les otorga ciertas características similares al monoteísmo. Lo exclusivo siempre tiende a presentarse como único.   Entre muchas otras cosas esto explica el fenómeno que ha llamado la atención de varios observadores y que es la innata intolerancia de las religiones y sectas que reivindican sus orígenes de Medio Oriente; los fundamentalistas cristianos incluidos.

   Los judíos convirtieron a "su" dios en "el" Dios. De tener un dios pasaron a creer que tienen A Dios.  Hasta hicieron un pacto con él e interpretaron el concepto de "pueblo elegido" como un contrato de exclusividad. Para ellos sólo "su" dios es Dios; y Dios es el dios de Israel y sólo de Israel.

   Por su parte, los mahometanos hicieron casi exactamente lo mismo. La palabra "Allah" es, en realidad, una contracción de otras dos palabras: al- que significa "el" y ‘ilah" que significa "deidad masculina". "Allah" significa, por lo tanto, "El Dios", y es significativo que algunos eruditos árabes se opongan a que "Allah" sea traducido por "Dios" en Occidente con el argumento de que el término "Dios" admite el plural "dioses" mientras que "Allah" sólo admite el singular. Y esto es importante porque sólo siendo "El" Dios es que Allah consiguió dejar de ser "un" dios y diferenciarse de los demás dioses del entorno árabe pre-islámico tales como Hubal, al-Lat, al-Uzzah o Manah.

   Pero, resulta que lo realmente significativo es que ambas deidades provienen de un caudal cultural común. La denominación "Allah" es muy anterior a Mahoma. El padre de Mahoma, que obviamente nació antes del movimiento religioso fundado por su hijo, ya se llamaba "Abdullah" que significa "siervo de Allah". Pero también, algo así como cuatro o cinco siglos más tarde, "Abdullah" fue el nombre del abuelo de Maimónides, el rabino y teólogo judío más célebre de la Edad Media, quien escribió la mayor parte de sus obras en árabe firmándolas a su vez como "Mussa bin Maimun ibn Abdullah al-Kurtubi". Y esto no es tan extraño como parece. En arameo bíblico la palabra para "Dios" es Elaha  (o "Alaha" en siríaco), que a su vez proviene de la misma raíz proto-semítica ‘ilah que, en hebreo, ha dado lugar a términos como "Eloah" o "El".

   El conflicto de Medio Oriente es, esencialmente y en última instancia, un conflicto religioso. Es la lucha entre el "Partido de Dios" - el Hizbollah - contra el "Pueblo de Dios" - Israel.  Jehová y Allah se han declarado la guerra. Y el problema está agravado por el hecho de que ambos son algo así como primos hermanos. Son dioses tribales de tribus emparentadas y la lucha por la hegemonía de estos dioses tribales es irresoluble.

No hay solución terrenal posible a la guerra entre dos dioses todopoderosos que compiten por las almas de una misma familia.

 

   Frente a esta situación, lo mejor que podría hacer Occidente - y acaso lo único - sería hacer exactamente lo contrario de lo que hoy están haciendo los EE.UU. y Europa. Lo mejor para todos - y acaso lo único viable - sería apartarse lo más posible y mantenerse lo más lejos posible del conflicto. Porque, así como está planteado, no tiene solución. Más aún: si los EE.UU. dejaran de alimentar la contienda apoyando incondicionalmente a Israel en nombre de un "judeocristianismo" que sólo existe en la fantasía de cristianos herejes que terminaron dándole al Antiguo Testamento una relevancia que no le corresponde; si los múltiples lobbies dejasen de arrastrar a Occidente hacia la conflagración para agredir e invadir a la región y buscar el enfrentamiento con cada vez más países, pues, en ese caso, la guerra quizás podría llegar a terminar por agotamiento; ya sea de los contrincantes o de los recursos bélicos. De no ser así, ténganlo por seguro: continuará.

   Continuaremos asistiendo a masacres; continuaremos enterándonos de bombardeos, atentados, explosiones y muertes. Continuaremos viendo a niños despedazados, desenterrados de los escombros y sostenidos en brazos por una madre o un padre desesperados. Continuaremos viendo el interior de algún ómnibus tapizado con los intestinos y los restos de pasajeros mutilados, volados en pedazos por la carga explosiva de algún suicida. Continuaremos oyendo el discurso de los politicastros y de los intelectualosos embanderados tratando de imponernos la decisión de tomar partido por alguna de las facciones en pugna. Y continuaremos teniendo que soportar las acusaciones de antisemitas, neonazis, racistas, genocidas y sólo Dios sabe cuantos epítetos imbéciles adicionales, lanzados contra todos los que se nieguen a glorificar a un bando para ayudar a destruir al otro.  En lo personal, debo adelantar desde ya que los epítetos no me interesan en lo más mínimo. Cuando veo a un niño muerto me importa un bledo quién lo mató. Lo único que me importa es que hay un niño muerto. La muerte de ese niño tiene, al menos para mí, entidad suficiente como para volver absolutamente irrelevantes todas las excusas o explicaciones que puedan llegar a esgrimir quienes lo mataron. Sea quienes hayan sido los que lo mataron.

   Pero, además de eso, por más que se trate de disimular la cuestión con el eufemismo hipócrita de "daños colaterales", sigo sin poder hallar argumento alguno que excuse la matanza indiscriminada de civiles indefensos. Sigo, y creo que seguiré, sin poder justificar una guerra en la que mueren indiscriminadamente ancianos, mujeres, niños y personas que no tienen absolutamente ningún poder para influir - sea de la manera que fuere - en la evolución del conflicto.

   Pero, probablemente lo mío sea un anacronismo. Lo que pasa es que todavía sigo creyendo en que, más allá de las enemistades y más allá del combate, hay cosas que un hombre de honor sencillamente no puede hacer. Sigo sintiendo una repugnancia instintiva por quienes matan a alguien que no se puede defender. Todavía sigo adhiriendo a la antigua concepción del Derecho Internacional europeo clásico que excluía a los civiles de un combate librado entre ejércitos pertenecientes a Estados soberanos. Todavía sigo creyendo en aquél viejo código de honor que decía que la guerra es una cosa entre soldados; un combate entre guerreros.

   Y, pónganme el epíteto que me pongan, sigo y seguiré creyendo en que, restaurando e imponiendo aquél antiguo Código de Honor, contribuiríamos positivamente a hacer de este planeta un sitio menos cruel y menos repugnante de lo que es hoy en ciertas partes. Seguramente no sería un mundo perfecto. Pero al menos sería un lugar más agradable para vivir.

 

© El Traductor Gráfico

LA LUCHA POR LOS RECURSOS NATURALES

LA LUCHA POR LOS RECURSOS NATURALES

Carlos A. PEREYRA MELE

 

   En el nº 4 de la Revista Vértice del corriente año, dos artículos plantean  el tema del recurso estratégico "agua dulce", que se transformó ya no en un bien común de la sociedad global sino en un bien estratégico. Pero para establecer esta idea de los conflictos por el control de los Recursos Naturales (tierras, energía, agua y biodiversidad), ahora todos dentro de la categoría de estratégicos a nivel global, debemos partir del fin de la lucha ideológica que enfrentó capitalismo y el comunismo. Liquidada la bipolaridad con la caída del Muro de Berlín en el 89 y la implosión de la Unión Soviética en el 91, las relaciones internacionales comenzaron a pesar más por las tensiones geopolíticas que por los criterios ideológicos. Y por ello quedó expedito, a nivel global, el predomino una sola Súper Potencia Militar capaz de mantener tres conflictos bélicos en distintas regiones del Globo terráqueo que afectaran "Su Seguridad" a la vez. Sin comprometer su capacidad militar, en este marco EE.UU. bajo las administraciones especialmente de los gobiernos Republicanos, pero también bajo el Presidente Clinton, desarrollaron una política de expansión de su complejo industrial armamentista tecnológico. Vuelven entonces por sus fueros los criterios geopolíticos y geoestratégicos en el análisis de las relaciones internacionales; esto se realizó bajo los siguientes principios básicos de los "tanques de ideas" que luego gobernarían a Estados Unidos de Norteamerica:

 

    "Incrementar significativamente el gasto en defensa si queremos hacer frente a nuestras responsabilidades globales hoy y modernizar nuestras fuerzas armadas para el futuro.

    Fortalecer nuestros lazos con los aliados democráticos y enfrentar aquellos regímenes hostiles a nuestros intereses y valores.

    Promover en el exterior la causa por la libertad política y económica.

    Aceptar la responsabilidad del papel exclusivo jugado por América en preservar y extender un orden internacional favorable a nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios."

 

   El mundo de hoy lo podemos esquematizar así:

    Una globalización severamente agravada por el unílateralismo de Estados Unidos, el mundo se está dividiendo en cuatro niveles diferentes.

 

    1. Nivel supremo. Supremacía absoluta (o casi) de EE.UU.

    2. Nivel de elevada autodeterminación. Allí se encuentran sólo la Unión Europea y Japón.

    3. Nivel de resistencia. Ahí están China, India y Rusia, que tienen capacidad de limitar la interferencia de la globalización en su propio territorio. O sea, tienen autodeterminación interna y muy limitada autodeterminación externa.

    4. Nivel de dependencia. El resto de los países.

 

   En este marco debemos analizar los conflictos actuales y a los futuros, después del llamado 11S (atentado a las Torres Gemelas), que EE.UU. lleva adelante lo que la misma administración declaró como "Guerra Infinita", contra lo que unilateralmente declara Estados Malignos con su definición de "Eje del Mal". Para ello ha establecido cerca de mil bases militares en alrededor de 180 países e inició dos guerras: las de Afganistán e Irak.

 

   Con esta metodología los EE.UU. intentan por consiguiente establecer su permanente superioridad, no sólo militar sino económica,  y el fin último es el control de recursos naturales renovables y no renovables, pues al tener el control de los mismo, primero se asegura su provisión  y segundo controla los desarrollos de posibles competidores. Pero están surgiendo nuevos "Espacios Continentales Económicos", caso de China, Rusia y es muy probable que India integre ese Bloque Geopolítico próximamente, a los que debemos sumarle la Unión Europea y Japón, que ubicarían a China, Rusia e India a nivel de elevada autodeterminación, como son los dos antes nombrados y no en el de resistencia en que se encuentran en este momento. Y ello conllevaría el triunfo del multilateralismo sobre el actual unilateralismo global. La posición más positiva para Argentina y sus Socios. Creo que seria ocioso volver a destacar la importancia estratégica del tema del agua dulce, en el caso Argentino, que muy claramente analizan el Cnel. Ferrer en las páginas 40 y 41 y del Sistema Acuífero Guaraní y Jorge Santa Cruz en las páginas 42 a 47 de la antes mencionada "Vértice Económico" Año 2, Nº 4.

 

   Este análisis previo nos lleva a considerar la falta de capacidad de pensamiento estratégico en Argentina público y privado. En el mundo globalizado de nuestros días, contar con una visión de país de largo plazo constituye un activo estratégico valiosísimo, ya que en él compiten las naciones y las empresas, con acervos de capital de toda índole. En efecto, la mayoría de los países que durante las últimas décadas han tenido las tasas más altas de crecimiento económico y desarrollo son precisamente aquellos que han contado con una visión nacional de mediano y largo plazo acompañada de las correspondientes políticas de Estado.

   ¿Por qué mi preocupación? Porque coincido con el pensador Francés Alain Touraine, en la hipótesis sobre cómo analizar los nuevos paradigmas del mundo después del 11 de septiembre: "Estaríamos asistiendo al paso de la lógica de la sociedad a la lógica de la guerra. La potencia hegemónica, Estados Unidos, ha decidido no resolver más los problemas por la vía diplomática y por el diálogo sino por la intervención y por la guerra, llevada, si fuera preciso, a cualquier parte del mundo." Esta estrategia se enmarca dentro de la actual dinámica de la globalización económico-financiera, que no quiere saber de ningún control o regulación social y política. Exige campo abierto para hacer la guerra de los mercados.

   Esa lógica la podemos comprobar en casi todas las regiones del mundo, también observamos que el despliegue militar de Estados Unidos es coherente con estos enunciados. Esta hipótesis relativa a nuestra región y área de influencia nos debe importar por los intereses en juego. Es necesario analizar los hechos en un correlato de acontecimientos ya que en forma aislada y fuera de contexto, parecen de escasa importancia, mientras que en conjunto nos indican que la tesis de Touraine también se cumple aquí.

   Si se permite -además- que los mismos desarrollen una dinámica sin nuestro control, seguramente derivaran en acciones contrarias a nuestros intereses nacionales y los del continente Suramericano. Por ello, saber que el despliegue de unidades militares de USA en Paraguay, con su base en la localidad de Mariscal Estigarribia, las maniobras "antiterroristas" efectuadas este año en ese país, organizadas por el Comando Sur de EE.UU., que están en la supuesta "zona conflictiva" denominada Triple Frontera, con monitoreo del Acuífero Guaraní y de un Estado "fallido" como denominan algunos asesores del Gobierno de USA, que es rico en Gas y Petróleo como es el caso de Bolivia, debe en principio dar luces de precaución ante este mundo en lucha por los Recursos Naturales.

 

   Para tener una idea mas concreta de qué estamos hablando algunas cifras para tener en cuenta sobre nuestro Continente Suramericano: Tierras: reservas cultivables en gran cantidad y bajo suelos degradados, Energía: 11% reservas de Petróleo 15% de la producción mundial del crudo, 6% de las reservas de Gas y el 20% del potencial mundial de recursos hidroenergeticos, Agua: 20% del agua dulce del planeta el Acuífero Guaraní es el tercero del mundo y Biodiversidad: el Pantanal de Matto Grosso es la mayor extensión húmeda del planeta y la mayor reserva de biodiversidad del planeta, en Argentina la mayor biodiversidad están en las Yungas -Salta-Jujuy- y en la selva Misionera.

   Cabe tener presente el despliegue en la región del Continente Suramericano de Bases Militares de USA que es la siguiente: Aruba Base Reina Beatriz; Curazao Base Hato Control de Venezuela, Colombia Bases aeronavales El Arauca, Tres Esquinas; Larandia y Puerto Leguizamon todos estos dentro del "Plan Colombia", Ecuador Base Aeronaval de Manta, Perú Base Fluviales Iquitos y Nanay, Paraguay Base mariscal Estigarribia y por ultimo la Base de su socio Estratégico El Reino Unido de Gran Bretaña con su Base Militar Malvinas. Como podemos apreciar los Recursos Naturales están bien rodeados y controlados y no estamos hablando de teorías conspirativas, sino de realidades concretas verificables como son los recursos naturales de Suramérica y el despliegue de Bases Militares

   Por ello, en suma, la experiencia comparada mundial evidencia que el desarrollo (y no el mero crecimiento económico) de un país es más exitoso cuanto mayor es el compromiso por parte de todos los actores (políticos, económicos, sociales) en impulsarlo con una visión estratégica consensuada de mediano y largo plazo. De ahí la importancia de comprender que su construcción, lejos de ser la tarea de un solo hombre, de un solo partido o de un solo sector, debe verse como el compromiso de toda la sociedad expresado a través de sus diversos actores, sectores e instituciones. Sólo así, tal compromiso será exitoso y sostenible en el largo plazo.

 

   En este marco y teniendo en cuenta los nuevos "Espacios Continentales Económicos" considero que dado la actual Globalización, nuestro pensamiento Estratégico y Geopolítico debe estar direccionado a  alcanzar el nivel de resistencia y que nos permita Ser con autodeterminación interna. Debemos trabajar la idea de la profundización de nuestros acuerdos regionales, por encima de quienes momentáneamente conduzcan los destinos de cada Estado del Continente, y desarrollar al máximo nuestras potencialidades porque, si hay un nuevo multilateralismo, la formación de un sistema Suramericano de cooperación basado en el núcleo duro del MERCOSUR (Argentina, Brasil y sus socios Uruguay y Paraguay y Venezuela, desde la construcción del MERCOSUR, tienen observables condiciones para subir del nivel de dependencia al de resistencia... siempre que se hagan las cosas apropiadamente. Es una oportunidad única que todavía nos ofrece la historia), nos permitirá un nivel de interlocución internacional muy importante con un "Espacio Continental Económico" propio. Y así realmente poder disponer de los recursos que a corto tiempo nos serán demandados.

ACTUALIDAD Y PROSPECTIVA DE LA GUERRA EN MEDIO ORIENTE

ACTUALIDAD Y PROSPECTIVA DE LA GUERRA EN MEDIO ORIENTE

Horacio CALDERÓN

 

   En el marco de una increíble declaración en la que el presidente de los EE.UU., George W. Bush, aprecia que el presente baño de sangre en el Líbano servirá para diseñar un “nuevo Medio Oriente”, la evolución de los acontecimientos políticos y militares en esta región permite asegurar sin ambages que Hizballah -con el respaldo de Irán y en menor medida de la Siria secular y laicista del presidente Bashar Al-Assad- mantiene en sus manos la iniciativa estratégica de la guerra, situación que Israel tratará de revertir seguramente con una ampliación del conflicto en el curso de las próximas horas o tal vez muy pocos días. 

   Tal parece que el presidente norteamericano renueva las aspiraciones de repartir los estratégicos territorios mesorientales -con el respaldo del poder bélico de la superpotencia hegemónica bajo su comando y el de sus aliados inmediatos, tal como lo hicieron las grandes potencias coloniales a la finalización de la II Guerra Mundial y sucesivamente en las décadas posteriores, terminando con la natural integración geopolítica de algunas regiones, separando países con poblaciones que convivían armónicamente, y encerrando dentro de las mismas fronteras a etnias y tribus que eran enemigos irreconciliables. La consigna maquiavélica de “dividir para reinar” -que llevaron a la práctica las potencias coloniales del pasado- se hace carne también en el presente, donde se intenta modificar nuevamente el mapa mundial, según el antojo de la superpotencia hegemónica y de los poderes reales -visibles o no- que la sustentan. 

   Demostrando desconocer la historia del Medio Oriente, George W. Bush acaba de manifestar que aunque la lucha en Líbano es “dolorosa y trágica”, también presenta una oportunidad para cambios en el Medio Oriente, una región que ha “sufrido décadas de tiranía y violencia”; como si la “democracia” que intenta imponer EE.UU. -con el costo de decenas de miles de vidas en el caso de Irak-, debiera ser aceptada cueste lo que cueste, a todo trance y sin contemplaciones, cual mandato de signo “celestial”, por Estados soberanos e independientes que tienen derecho a  ser sujetos y no objetos de la Historia y artífices de su propio bienestar y destino, preservando sus raíces religiosas, sus culturas, sus tradiciones y su mismo honor nacional.

 

   Los sangrientos sucesos que enlutan toda la región mesoriental no son sino la proyección sangrienta de aquellos “crujidos” que podían escucharse en la estructura del poder mundial a partir del derrumbe del imperio soviético comunista mundial, del surgimiento a posteriori del “nuevo orden internacional” y más tarde del proyecto unilateral y hegemónico cuyo centro político, estratégico y militar son los Estados Unidos de Norteamérica.

   Siguiendo el precepto alquimista “solve et coagula” (“disuelve y concentra”) y en el marco de un proceso globalizador y globalizante bajo su control, los EE.UU. y sus aliados buscan pulverizar el concepto y las instituciones propias del Estado-Nación, a efectos de concentrar en las menores manos posibles el control mundial.

 

No se trata lo arriba indicado de un producto de denuncias paridas desde centros de irradiación del pensamiento nacionalista surgidas en diferentes países, sino de manifestaciones taxativas surgidas de documentos producidos por los mismos centros del poder mundial. Ya este analista ha abordado en informes y ensayos anteriores, el hecho objetivo de que muchos de los grandes conflictos y amenazas surgidos en las estratégicas regiones del Medio Oriente y sus respectivas “esferas de influencia”, se deben sin duda alguna al nacimiento, desarrollo y expansión de procesos violentos de oposición a la superpotencia hegemónica -es decir EE.UU. y sus aliados-, capitalizados por minorías musulmanas extremistas que hacen uso del terrorismo como parte de una guerra asimétrica basada en un agenda política que no tiene otro objetivo que luchar también por el dominio global, en el marco del reverdecer mundial del Islam.

 

   Resulta imposible comprender sin esta larga introducción las delicadas aristas de la guerra actual desatada en territorio libanés y los objetivos que animan a los principales actores enfrentados: el Estado de Israel respaldado por EE.UU. y el movimiento terrorista Hizballah, surgido en Líbano con el objeto de fundar en dicho país un Estado musulmán extremista de la secta chiíta, inspirado a su vez en la revolución iraní alumbrada por el ayatolá Ruhollah Jomeini.

   Hizballah ha elaborado durante años una muy bien elaborada estrategia para enfrentarse a Israel tal cuál lo está haciendo en este momento, poniendo en jaque a uno de los Estados con las fuerzas armadas y de seguridad y servicios de inteligencia más poderosos y sofisticados del planeta. Israel ha sido tomada por sorpresa en cuanto a la capacidad del enemigo se refiere, sea por fallas en el sistema de reunión de información, sea vez por fallas cometidas en todo el proceso de inteligencia, sea finalmente por graves errores de juicio de sus gobernantes.

   La respuesta bélica de Israel, proporcional a su verdadero objetivo -destruir al Hizballah-, está plagada desde el comienzo del presente conflicto de violaciones a las normas más elementales del Derecho Internacional, del Derecho de Gentes, de las convenciones y protocolos internacionales que ordenan resguardar de ataques a la infraestructura civil y también de todo aquello que concierne al Derecho Humanitario. Dejar sin castigo a los responsables de los gravísimos crímenes cometidos por Israel, con el pretexto de terminar con la mencionada milicia terrorista a costa del sufrimiento de un pequeño país indefenso como Líbano, constituiría un peligrosísimo precedente que implantaría aún más la “ley de la selva”, en un ya complicado panorama político y jurídico internacional.

 

   Un capítulo aparte merece el Hizballah, que ha secuestrado de hecho a la población del Líbano, de cuyo parlamento y gobierno forma parte con numerosos legisladores y dos miembros de su gabinete de ministros. Además, con el agravante de no representar más que una porción minoritaria aunque sumamente combativa de ese país, en los que los musulmanes de la rama sunnita del Islam, los cristianos maronitas y de otros ritos y los drusos (65 por ciento de la población entre todos estos últimos, aproximadamente) se han convertido en meros espectadores, sino también en víctimas principales del presente conflicto.

   Hizballah ha construido a lo largo de los últimos años sus refugios en zonas pobladas, desplegado y escondido columnas enteras de milicianos armados con miles de misiles, dentro de poblaciones atestadas de civiles y que se desplazan desde el inicio del conflicto transportando material bélico por líneas interiores del territorio libanés, provocando los ataques indiscriminados de Israel y con ellos la muerte de cientos de civiles inocentes, incluyendo mujeres y niños. También, desde luego, el desplazamiento de ciudadanos nativos y extranjeros a países vecinos, mientras otros tantos han quedado aislados y a merced de las bombas en sitios inaccesibles, de los cuales resulta imposible escapar luego de la destrucción sistemática de la red de carreteras y autopistas por parte de la aviación y artillería israelíes.

   Los responsables de los ataques con miles de misiles lanzados por el Hizballah contra poblaciones civiles inocentes de Israel, provocando la respuesta indiscriminada a su vez por parte de este país, merecen asimismo ser juzgados por tribunales militares de excepción y sus principales dirigentes erradicados de la vida política del Líbano, desarmados sin condiciones y obligados a cumplir a rajatabla la Resolución 1559 del año 2004 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, que ordena el desbande de todas las milicias activas en este azotado país.

 

Los sucesos acaecidos en el Líbano no sólo no disminuyen de intensidad, sino que amenazan expandirse a toda la región como consecuencia de acciones que se presume puedan desarrollar alguna o todas las partes en conflicto:

 

   En el caso de Israel, lanzando una invasión masiva del Líbano para acabar con el hasta ahora victorioso Hizballah -revertiendo los efectos políticos, psicológicos y militares de la catástrofe en que se encuentra actualmente- y los ataques de esta fuerza con misiles a blancos de su país, que prometen incluso alcanzar ciudades como Tel Aviv, planteando en ese caso un grave desafío geopolítico al Estado judío. Las acciones actuales y la concentración de blindados hacen presumir que utilizará las zonas bajo su control en el sur libanés para lanzar un asalto a gran escala contra el valle de la Bekaa y tal vez fortificaciones a lo largo del río Litani, como se ha adelantado días pasados en escritos de este analista.

 

   Por parte del Hizballah, con el objeto de provocar esas acciones y llevar a Israel a una situación similar a la que se encuentran EE.UU., Gran Bretaña y sus aliados luego de la inaudita y catastrófica invasión y posterior ocupación de Irak, expandiendo el teatro de operaciones libanés y comprometiendo la estabilidad del gobierno sirio, que el primer ministro Ehud Olmert y sus principales asesores no tienen interés en derrocar, salvo circunstancias excepcionales. Una prueba de esto es que la destrucción de las carreteras que unen Líbano con Siria en recientes bombardeos israelíes, apuntan a defenderse de un potencial ataque sirio, pero asimismo son una demostración de que las fuerzas judías no abrigan intenciones -a menos que sean atacadas- de intentar un avance hacia Damasco.

 

   La irrupción de Al-Qaeda en el conflicto entre Israel y el Líbano -hasta el momento limitada al plano de las palabras-, no constituye de manera alguna un dato menor, ya que este movimiento terrorista perteneciente a la rama sunnita del Islam está violentamente enfrentado a los sectores chiítas y a sus principales líderes, como el guía espiritual iraní, el gran ayatolá Alí Jamenei y el presidente de ese país, Mahmoud Ahmadinejad. Asimismo, siente que su liderazgo a nivel global está siendo eclipsado por Irán y su principal válido, el Hizballah libanés; es por ello que intentará a cualquier costo reconquistar la iniciativa perdida durante los últimos tiempos, situación que se ha profundizado a partir del protagonismo de líderes islamistas emergentes a escala ya mundial como el jeque Hassan Nasrallah.

   El reciente y amenazador mensaje del lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman Al-Zahuahiri, debe ser incluso interpretado como una orden destinada a activar células de la organización Al-Qaeda o de otros movimientos o grupos terroristas asociados alrededor del mundo, para que estos lancen nuevos ataques contra blancos previamente designados o dejados a criterio de los comandantes operacionales en el terreno.

 

   La probable evolución de la situación durante las próximas semanas en todo Medio Oriente, sumadas a acontecimientos que en prospectiva se conocen como hechos portadores de futuro, permite ya imaginar escenarios que no sólo pueden alterar la paz regional, sino derramarse globalmente y hacia territorios tan lejanos como Iberoamérica.

   Los efectos de la actual visita del presidente Hugo Chávez a Irán y su reiterada y confirmada alianza estratégica con este país, amenazan trasladarse -tal vez no de jure pero sí de facto- a países con gobiernos como el de la Argentina, que mantiene una estrecha relación política y también estratégica con Venezuela y podría verse comprometida por años con los efectos de los conflictos de alta intensidad que se avizoran a escala global y regional.

   El aislamiento en que se encuentra el gobierno argentino de la realidad mundial -en este aspecto acompañado por gran parte de la dirigencia política- llega al punto de alcanzar un grado notable de alienación, que a su vez le impide visualizar las soluciones necesarias para defender el interés nacional en esta etapa tan difícil que atraviesa el gran escenario global.

   Dicho panorama se agrava  en el caso argentino, en virtud de las amenazas regionales existentes: terrorismo, narcotráfico, crimen organizado trasnacional y los procesos de convergencia existentes entre ellos, como también por algunas otras emergentes, tal el caso del etno-nacionalismo, del neoindigenismo, y muy especialmente de la intersección de agendas entre Venezuela e Irán, que incluyen el interés de desarrollar proyectos altamente sensibles, como los que conciernen al sector de la energía nuclear.

EL MARTIRIO LIBANÉS

EL MARTIRIO LIBANÉS

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   Escribo estas líneas tras leer la prensa de hoy, 25 de julio, festividad del Apóstol Santiago. Las crónicas que llegan desde Oriente Medio, desgraciadamente sin variación desde hace casi dos semanas, dan noticia del éxodo masivo de la población libanesa, del creciente número de víctimas – en su inmensa mayoría civiles inocentes y desarmados – de la destrucción concienzuda de todo un país por el ejército israelí y de la obstinación suicida de Hezbolá en provocar más ira a un gigante ya iracundo en demasía. Hasta la fecha me había resistido a escribir sobre la invasión del Líbano, lo admito sin ambages, por temor a que la incomprensión de unos y otros convirtiera mis palabras en ofensas intolerables y mis pobres argumentos en anatemas contra su autor. Al fin me decido, movido no tanto por la insistencia de algunos amigos como por la ineludible exigencia, para quien suele escribir sobre asuntos de actualidad, de un conflicto que ya cuenta los cadáveres con cifras de cuatro dígitos.

 

   Los medios de comunicación tienden a explicar la ofensiva israelí contra su vecino del norte según la tesis del propio Estado hebreo. Las esporádicas provocaciones que los chiítas de Hezbolá venían llevando a cabo desde su refugio libanés llegaron a un punto intolerable con la captura de soldados judíos. Israel, según el discurso oficial, ejerce su derecho a la autodefensa. Somos muchos los que comprendemos y admitimos este razonamiento sólo en parte, no tanto por cuanto dice – cierto por completo – sino por cuanto omite, que no es poco. Esta operación de castigo no puede comprenderse si no se circunscribe en un conflicto único, iniciado en 1948, que se ha manifestado intermitentemente desde entonces en tres guerras arabigoisraelíes, la diáspora de la mayoría del pueblo palestino, la anterior invasión del Líbano en 1982, el auge del fundamentalismo islámico y una inacabable sucesión de atentados terroristas a los que Israel replica con la frialdad del principio “acción – reacción” y con tan implacable dureza que resultaría inconcebible en cualquier país occidental. No es la presente una simple hemorragia que mana de una herida; más bien se trata de una úlcera infecta que se ha extendido durante decenios sobre un cuerpo enfermo y, con trágica regularidad, manifiesta su avance sangrando y supurando.

   El análisis sistemático de los orígenes y episodios de este conflicto excede los límites y propósitos de este artículo e intentarlo en apenas dos hojas me obligaría a incurrir necesariamente en trivialidad. Tras la previa puntualización, me limito a comentar las actuales operaciones militares y dejo a criterio del lector el contexto amplio en el que se desarrollan y sin el cual son incomprensibles. Huyo de la autosuficiencia que sobreabunda en las columnas de opinión y, puesto que de una guerra hablamos, recurro a un clásico de la civilización occidental, santo Tomás de Aquino, a la hora de analizar si una guerra puede ser considerada justa.

 

      a) Causa justa, o previa agresión que justifique una legítima defensa. Podremos encontrarla en las acciones de Hezbolá, sin duda. Soy consciente de la  omisión deliberada de cualquier referencia a los acontecimientos precedentes desde la fundación del Estado de Israel y ya he explicado por qué procedo de este modo.
     b) Último recurso. Antes de recurrir a la guerra, una nación ha de emplear todos los medios posibles para resolver las diferencias. Si el origen del conflicto se localiza exclusivamente en los fanáticos de Hezbolá, posiblemente haya que reconocer que no queda otro medio al alcance de Israel que el recurso a las armas.
     c) Previsión de ser los males que acarree la guerra menores que los que ocasionaría no declararla. Nadie que aspire a enjuiciar los hechos con objetividad puede conceder el beneficio de la proporcionalidad a Israel. Es indudable que el Estado hebreo, como nación soberana, tiene derecho a gozar de la inviolabilidad de sus fronteras y el pacífico respeto a la vida y libertad de sus ciudadanos, pero la captura de dos soldados y el lanzamiento de cohetes de corto alcance difícilmente se corresponde en el plano militar con el bombardeo aeronaval masivo, el bloqueo marítimo, la destrucción sistemática de carreteras y centrales hidroeléctricas y el éxodo de la población civil.
     d) Expectativa razonable de alcanzar la victoria. Israel sabe que su incursión tras la frontera del Líbano es un “paseo militar”. El Líbano, desgarrado por una crudelísima guerra civil de la que apenas comenzaba a recuperarse, reducido de facto durante largos años a la condición de protectorado sirio y desprovisto de fuerzas armadas que en rigor puedan así denominarse, no es rival para el coloso bélico israelí. La victoria está cantada desde el mismo instante en que el primer cazabombardero israelí penetró en el espacio aéreo libanés. La victoria en esta batalla, sí, pero el triunfo final en un conflicto que dura ya cincuenta y ocho años es más que dudoso, al menos en este momento. Israel lo sabe e igualmente conoce que los nuevos rencores y los antiguos que su acción aviva no se extinguirán sin antes engendrar nuevas tragedias.
     e) Recta intención. Santo Tomás abundaba en un concepto ya desarrollado anteriormente por san Agustín. Muy gráficamente, el de Hipona excluía “el deseo de dañar, la crueldad de la venganza, un ánimo implacable enemigo de toda paz, el furor de las represalias, la pasión de la dominación y todos los sentimientos semejantes” de las intenciones merecedoras del calificativo de “justas”. La valoración de las intenciones israelíes me temo que estará teñida de subjetivismo y, según quién la enjuicie, las conclusiones serán unas u otras. Emplazo al lector a observar con detenimiento las imágenes que diariamente sirven las cadenas de televisión, a leer pausadamente las crónicas de guerra de las agencias informativas, y a determinar en qué medida es aplicable el principio aquí enunciado.

 

   Para concluir traigo a colación las palabras de Giaco Ventura, presidente de la Cámara de Comercio Hispano-Israelí, citadas hoy por el diario “Las Provincias”. El señor Ventura se mostraba crítico con la condena que dirigentes socialistas habían formulado de la intervención israelí y se preguntaba: “¿Cómo reaccionaría el ejército español si un país vecino dejase caer misiles en la ciudad de Valencia?” Personalmente opino que el señor Ventura pudo buscar comparaciones más afortunadas pues con la elegida facilita a sus interlocutores responder a la gallega, con otra pregunta. Durante decenios los terroristas de ETA se refugiaron en el sur de Francia y usaban las localidades fronterizas como bases logísticas desde las que organizar y dirigir sus criminales ataques contra la unidad y soberanía españolas. ¿Cómo habría reaccionado la comunidad internacional si España hubiese invadido el sur francés, bombardeando las ciudades y todo tipo de infraestructuras de toda Francia? ¿Qué calificativo habría recibido en las Naciones Unidas esa hipotética represalia si en su primera quincena hubiese supuesto la precipitada huída hacia el exilio de un siete por ciento de la población total francesa?