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Bitácora PI

COSAS DE LA CENSURA

COSAS DE LA CENSURA

Juan V. OLTRA

 


   Resulta recurrente hoy por hoy el hablar de lo malvada que fue la censura franquista. Es más, hablar de ella sin demonizarla supone que uno reciba una catarata de etiquetas que normalmente auguran la entrada sin billete de salida en el lazareto de apestados. Y aunque tal encasillamiento hace tiempo que dejó de preocuparme, antes de seguir adelante, deseo dejar claro que queda lejos de mi toda intención de romper una lanza por los censores de la época. Es más, yo particularmente no usaría el epíteto de malvados, sino el que creo más preciso de surrealistas.
   De otra manera, sin interpretar que la intención no pasaba por hacer un rizo en el camino emprendido por Bretón con su manifiesto, no se llega a entender que a Francisco Ibáñez, genio creador de Mortadelo y tantos personajes de la escuela Bruguera, le hicieran cambiar su personaje del científico loco de su 13 Rue del Percebe por un sastre, aduciendo que sólo Dios podía dar vida. O la invocación que llevó a prohibir a Ciclón, antes y después conocido como Supermán, por poseer poderes más propios de seres tocados de la gracia divina. O cambiar una historia de amor por un incesto, en Mogambo.

   Que Gabriel Arias (seguro que el nombre les suena, pero no, no hablo de esa generación) llevara una contabilidad de las almas que salvaba del infierno eliminando escotes descocados y minifaldas lujuriosas en ese aparentemente paraíso del rijo que era Radio Televisión Española, sucedía mientras que Álvaro de Laigleisa, que no era precisamente un rojo con pintas, se quejaba de que al tiempo que se le censuraba en La Codorniz artículos que no tenían aviesas intenciones contra el régimen, en los libros podía cargar la mano porque el censor parecía mirar a otro lado. Y patidifuso debió quedar cuando uno de ellos le confesó que era cierta su suposición, ya que tenían claro que el público que leía libros era más culto que el que leía revistas y por tanto podía hacerles menos daño leer según qué cosas.
   Con esta censura tan sui géneris, tan typical spanish, si se me permite la expresión del por otros llorado Fraga, que hoy se nos vende con tintes apocalípticos, como regentada por antiguos miembros de las SS sedientos de sangre y preparados para hacer pequeños y dolorosos experimentos con los que osen darles quiebro, lo cierto es que en España era posible leer a Marx, a Engels, y a quien hiciera falta. De eso doy fe yo, y los anaqueles de mis libros heredados. Y en las hemerotecas debe andar un artículo de Antonio Álvarez-Solís, nada sospechosos de simpatías franquistas (fue candidato de Bildu y el primer director de Intervíu) a quien un revisor “pilló” leyendo a Marx en un tren. Álvarez Solís tan solo invocó su condición de abogado y el revisor se fue tan tranquilo. Anécdota que me sirve para refrendar mis dos afirmaciones anteriores: que era posible leer a Marx y que la censura tenía más de surrealista que de malvada.

   Con todo, hoy es mucho más difícil. Determinados textos clásicos de la izquierda, de la derecha y mediopensionistas, se encuentran totalmente desaparecidos. La censura actual es mucho más firme y dura, aun sin contar con un equipo de censores como tal y estar en manos de eso que se llama “el mercado”. Y eso por no hablar de que hay entre los equipos editoriales algo más que miedo ante determinados autores, lo que provoca una espiral de silencio en su entorno que es más dura que cualquier orden ministerial directa. Con todo, el hecho es que mientras hace unas décadas las tiradas editoriales eran de centenares de miles de ejemplares, hoy, en el mejor de los casos, llegan a unos pocos, muy pocos, millares.
   Se publican más títulos, que pueblan los escaparates. Títulos que se ofrecen lujuriosos para regalos, o simplemente para adornar casas, con la seguridad de que jamás serán abiertos. Títulos de moda fugaz que no son más que estiércol encuadernado, salpicados de alguna reedición de un buen libro, o de una joya nacida del fango, que lamentablemente perecen ahogadas, disimuladas entre tanta hez.
   Así, encontrar algo de Mao, se convierte en una odisea imposible. Y no hablemos si el contumaz y malvado lector busca obras de seres tan raros como Tocqueville o Leon Degrelle. Santones clásicos de la izquierda, socialistas, liberales, fascistas, anarquistas…  son hoy totalmente inencontrables. Libros de referencia para el pensamiento europeo, de Engels a Sorel, son raras piezas solo disponibles en librerías de viejo.

   Ésta es nuestra libertad lectora. Libertad ¿para qué?

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