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Bitácora PI

EN BUSCA DE LOS VALORES PERDIDOS

EN BUSCA DE LOS VALORES PERDIDOS

Alfredo AMESTOY

 

1. Los valores, en números rojos

 

   En el lenguaje bursátil, como en los frontones de pelota vasca, no está bien visto hablar de rojos. Los colores que distinguen a los contrincantes en la cancha son el azul y... el colorado; nunca el rojo, que eso aún recuerda a los perdedores de la Guerra Civil. Y en el parquet, para olvidar lo ocurrido en Wall Street en 1929, tampoco procedía hablar de números rojos. Se referían a ligeras pérdidas o a pérdidas generalizadas. Pero últimamente ya se empieza a utilizar números rojos para las pérdidas y verdes para las ganancias. Sirva la excusa no pedida para justificar la alarma por la profusión de números rojos que se observa en la cotización de los otros Valores.

   Luego repasaré la lista de valores en baja..., y en alza –que pocos, pero haylos–; aunque, ya que de números hablamos, mencionemos las dos cifras más representativas y que mejor refleja el crack moral que sufre este país. En este momento, en España, cada tres minutos se produce una ruptura matrimonial; y cada cinco minutos, un aborto. Éstos serían los dos números más rojos de la tabla. Y son los que más destacan, porque son como la punta del iceberg. O, mejor, como la punta de los cuernos que dicen que, junto con un gran rabo, luce el diablo... cuando va de uniforme. Porque aquí hasta el diablo ha colgado el uniforme y va de paisano.

   En España, más que al toro, tendríamos que coger al diablo por los cuernos, ya que este personaje, al que le hemos levantado en Madrid el único monumento que tiene en el mundo, campea aquí como Pedro por su casa y es el que parece mandar en el país. Porque, ¿quién sino él es quien ha provocado la caída de determinados valores?

   La verdad es que la maquinación, siempre diabólica, para alterar el precio de las cosas es un delito en España. La habilidad del Maligno para conseguirlo es proverbial. Su truco, sencillísimo: vender felicidad. Y es que, sobre el papel, ante la felicidad como valor supremo, el resto de valores quedan postergados y minimizados. La prueba es que la búsqueda de la felicidad figura como primer objeto y piedra angular de los ciudadanos en la Constitución norteamericana. Su búsqueda y su hallazgo. ¿Puede alguien renunciar a tan noble postulado? Parece que sí.

 

2. Lo prometido ya no es deuda

 

   Si fuera aficionado a la ruleta, mi pesadilla sería la desaparición de todos los números rojos. Ni es fijación ni manía persecutoria, pero lo rojo, que simula desaparecer de vez en cuando, aflora cuando menos lo esperamos. En la asignatura Educación para la ciudadanía se reedita, corregido y aumentado, aquel libro rojo de los escolares. Ha pasado tanto tiempo de aquel engendro –ahora dicen parida–, casi 30 años, que aquel libro bien pudo ser objeto de reflexión de aquel niño, hoy ya cuarentón, que tenemos al frente del Gobierno de España.

   Entonces, como ahora, se trataba de alterar los valores. Y que el profesor José Mana Valero, en su respuesta al libro rojo, que se tituló El otro libro –no rojo– de los escolares, describiera la situación que se quería favorecer e imponer, no deja lugar a dudas: Ceguera axiológica profunda; huída por sistema del esfuerzo; pérdida de la fe; desprecio a la familia, al matrimonio y a la autoridad; inmersión en la droga y en la sexualidad; desprecio de lo antiguo por antiguo. Y el autor añadía: «Es la escuela que quieren socialistas y comunistas. Nada de ideario, dicen. Con lo que implantan su ideario, que es no tener ninguno. Veintinueve años después hay que reconocer que, en gran parte, lograron su objetivo.

   ¿Qué es lo que ahora pueden pretender? La alteración de los valores es algo que ya han conseguido y, además, me empieza a parecer una frase hecha, un lugar común y un eufemismo que oculta un objetivo más perverso: la supresión de los principios. La axiología, que no sólo se adjudica el canon de los valores, sino que también juega el papel de árbitro, modifica, a veces, sin mala intención, el verdadero sentido que un valor, una virtud, tenía entre nosotros.

 

Honor... obliga

 

   En el caso de la popularidad que, por ejemplo, ha adquirido la autoestima, ha intervenido su uso y abuso a cargo de la pléyade de psicólogos argentinos que ofician en España. Pero esa palabreja no puede sustituir ni representar a nuestro amor propio, concepto de más amplia y honda significación en nuestra forma de entender la vida. Por cierto, la forma de entender la vida supera también al término cultura, que utilizamos para todo. Amor propio no sólo es distinto, sino que es más que autoestima. Como honor es más que lealtad.

   Para un anglosajón, la lealtad es suficiente, porque es de enorme valor, y el honor puede ser, para ellos, algo excesivo. El honor, más visigodo que romano, quizá el único valor acrisolado por cristianos, árabes y judíos, de común y total acuerdo, y que germina en el Renacimiento y eclosiona en el Barroco, ha sido hasta hace poco la clave de todas nuestras actuaciones. El sentido del honor ha impedido que, entre nuestros muchos defectos, destaque la traición. Por eso, aquí, más que grandes traidores hay pequeños, pero muchos, traicioneros.

   Y si a unos es la lealtad y a otros la nobleza la que les obliga, a nosotros era el honor el que acreditaba nuestros hechos y nuestras palabras. Así pues, la palabra de honor tenía la fuerza del juramento. Sustituido ya el juramento por la promesa, la palabra de honor es una pieza de museo tan rara como la Tizona de El Cid, el teléfono de Moscardó o el tricornío de Tejero.

   En esa Ley de la memoria histórica que algunos exhumadores quieren sacarse de la manga, antes que las reliquias de sus mondas, debían recuperarse valores en extinción como la palabra de honor.

   Nuestro pasado hebreo, tan presente y tan vigente, y que nos ha convertido por su obsesión prestamista, en el país más hipotecado del mundo, debía también –memoria histórica– recordarnos cómo la palabra, igual que ahora los pisos, se empeñaba. Y no en balde, en Hispanoamérica aún hablan de hipotecar la palabra.

   Aquí, hoy, a esta generación de jóvenes que vivirán hipotecados hasta su jubilación, les hablan de dar su palabra de honor como único requisito para hacer un trato, una operación comercial, y no lo podrían entender. Para ellos, palabra de honor es el nombre de un escote que suelen llevar muchas novias en su traje nupcial.

   Las novias, que antes eran prometidas, porque de palabra era como la gente se prometía amor eterno antes de pasar por la Vicaría. Para cumplir su promesa de matrimonio, miles de mujeres aguardaban el retorno del novio emigrante durante varios años; sin teléfono móvil para charlar de vez en cuando, sin Internet y sin apenas escribirse cartas. Por supuesto que lo prometido era deuda. Y la deuda había que pagarla.

 

No es lo mismo valer que costar

 

   Del mismo modo que en los negocios bastaba el apretón de manos y tomar algo para celebrarlo (que esto también tenía su rito y su nombre, el alboroque, y el' origen árabe de la palabra nos revela el tiempo de cuándo data esta costumbre, que se ha mantenido hasta finales del siglo XX), en el amor, no el beso, sino el hecho de cogerse la mano ya sellaba la promesa de matrimonio. Al menos en las Vascongadas, y así se constata en las letras de nuestras canciones. ¿Por qué ese gesto era suficiente? Porque se había dado valor a la palabra. el valor, el mérito –no el otro, el que se supone–, es algo que se da o se quita. Y, desgraciadamente, aquí nada puede hacer santa Rita.

   Nosotros tenemos el verbo valorar, y podemos dar valor a alguien o a algo, pero son los franceses los que acertaron plenamente con su expresión verbal mettre en valeur, que equivale, además de a valorar, a establecer valor, instituirlo.

   Sí, porque no es lo mismo valer que costar. Y, como en el chiste, no sería hoy mal negocio vender las cosas por lo que cuestan y comprarlas por lo que valen.

   En la otra Bolsa de valores ya dijimos antes que unos valores/virtudes bajan y otros suben, en medio de volatilidad sorprendente. Hay que comprender que, hoy, el mundo es de las mujeres. Y, como todo conquistador, lo primero que ha hecho la mujer es imponer su idioma. La mujer ha puesto en valor palabras que a ella le gusta pronunciar, escuchar o materializar; por ejemplo: tierno, cálido, cercano. En cambio, reciedumbre, magnanimidad, pundonor, honor... son virtudes a la baja, quizá por haber sido tan... masculinas.

   ¿Que una mujer puede también tener sentido del honor? ¡Claro que sí! Pero, igual que la prudencia era virtud más femenina que masculina, el honor –a veces por adjudicación– era privativa del hombre. La honra y la honradez eran prendas de mujeres. una mujer podía perder la honra. La mujer era honrada, y el hombre, honorable.

   No se tata de buscar el sexo a las palabras, como si fueran ángeles, pero las palabras nos pueden ayudar a resolver el gran crucigrama nacional, que, más que un damero de palabras cruzadas, es un rompecabezas.

   Las palabras de honor, los prometidos, o los deudos..., si desaparecen es porque ya hay muchas promesas sin cumplimiento y muchas palabras sin honor. Y, en lugar de deudos..., hay deudas.

   Cumplir la palabra o la promesa carece de valor, porque tampoco se habla de lo contrario, de romperla. Romper la palabra era una posibilidad y una determinación que se anunciaba.

 

La última promesa

 

   Como lo prometido ya no es deuda, la promesa incumplida juega el papel de falsa moneda que, como se sabe, siempre desplaza a las auténticas que hubiera y que deben retirarse de la circulación. Todo lo que toca la moneda falsa se devalúa y envilece...

   La pérdida de la confianza en la promesa política, en el compromiso del amor, en el valor del dinero, no contribuye a que éste sea un mundo más justo y más feliz. Pasan los siglos y aquí seguimos, sin pena ni gloria. A lo mejor tendrá que ser así, para que esperemos con más ganas el cielo que nos tienen prometido. Que, supongo, que esta promesa será cierta y que el cielo –¡no faltaría más que eso!– sea algo que valga la pena. ¿Valdrá la pena la gloria? Seguro que sí.

   A propósito... Hace tiempo que me pregunto cómo será el cielo. ¿Por qué no tratamos de imaginarlo?

 

3. El Cielo…, ¡ni te lo imaginas!

 

   Realmente es el único tema, asunto o negocio que merece la pena. Los jesuitas de Deusto –Deusto, la mejor universidad de Economía y Empresa–, a la salvación la llamaban el negocio de la salvación. O sea que, en Bilbao, igual que a la muerte se le llamaba el peor negocio, a la salvación se la consideraba un negocio magnífico.

   ¿Quién lo puede poner en duda? Se trata de la mejor inversión. A cambio de un brevísimo tiempo de ciertas renuncias, algunas obras buenas y de querer a los demás, como te quieres a ti, así de sencillo, toda una eternidad, o sea, in secula seculorum, de plena felicidad, con todo el bien sin mezcla de mal alguno. Esto sí que es una buena operación, un pelotazo muy superior a comprar el Palacio Real por un euro. Y ésta no es una hipoteca de esas que uno paga para que la disfruten los herederos. Esto es algo –lo único– que nos vamos a llevar al otro mundo.

   Entonces... ¿qué pasa? ¿Por qué no hay colas para hacer este negocio, como las hay para sacar el carnet de conducir, para el pasaporte, para obtener el permiso de residencia y poder vivir y trabajar en España? No es fácil la respuesta. Pero, después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que la gente no se preocupa en absoluto del último viaje y de asegurarse un futuro sin problemas, porque no lo ve claro. Porque para ese viaje no se necesitan alforjas..., ni papeles. No hay que rellenar impresos, ni firmar solicitudes, ni pasar la tarjeta de crédito. Es decir, la gente no se fía ahora de lo que es gratis, ni de un trámite en el que no hay documentos, ni escrituras, ni notarios, ni registradores...

   Naturalmente, la Iglesia nos podría decir que ¡claro que hay documentos y escrituras! ¡Nada menos que las Sagradas Escrituras! Y firmadas por muy acreditados notarios. Y es verdad. Pero la Biblia tiene mucha letra pequeña. Y ya se sabe que nadie lee la letra pequeña La razón: quizás porque en la letra pequeña –en contratos y en prospectos– siempre se dice lo que no se debe hacer y se advierte de riesgos, incompatibilidades o contraindicaciones.

   En cuanto a la letra grande, tampoco parece que se lee demasiado. Como nos descubre Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret, si hay algún mensaje claro, y reiterado con insistencia, ése es la promesa del reino de Dios, concepto repetido 122 veces en los evangelios, para que nadie pueda alegar que él no se enteró.

 

Ver o no ver: ésa es la cuestión

 

   Lo que Jesús promete, el reino de Dios, es como el negocio turístico, un destino, un lugar donde finaliza el viaje. Porque aquí hay viaje. ¿Y cuál es el paquete de la oferta? Pues resucitar, que es algo que no incluye agencia alguna. Naturalmente, para resucitar hay que morirse antes. Esto se da por hecho, y ni figura en los contratos

   Lo que sí figura en el contrato cristiano es que, para entrar en el reino de Dios, en el Cielo, hay que arrepentirse de todas la fechorías y las barrabasadas que hemos podido hacer, y sólo con el corazón más limpio que una patena podremos ver a Dios. Esto, como es muy duro –muy fuerte, muy fuerte– es como si fuese la letra pequeña del contrato, y nadie la quiere leer. A este epígrafe le pasa lo mismo que al seguro de viaje, que, al ser un poco caro, pocos lo suelen suscribir, pretextando que todo puede ocurrir, pero lo más probable es que nada ocurra. Es decir, hacerse o no hacerse con un seguro, en el fondo, es hacer una apuesta. Así funcionan los seguros de vida, las rentas vitalicias y todo lo que, como el casamiento y la mortaja, del cielo baja.

   O sea que reservar plaza en el reino de Dios..., ¿es una apuesta? Teóricamente, sí. Puesto que hay que creer en esa oferta y hay que tener fe. Fe es, por definición, creer en lo que no vimos. Y, posiblemente, tan importante como la duda hamletiana, ver o no ver sea la cuestión. Hoy y siempre. En el minucioso inventario que del Nuevo Testamento hace el Papa, sobre que hay 122 alusiones al reino de Dios, cuánto pan multiplicó, o qué cantidad de agua convirtió en vino –exactamente 520 litros–, debían constar también las múltiples ocasiones en que Jesús hace referencia a los ojos, a la vista y a la visión, consagrando la alta función, la más espiritual, que el Creador otorgó al órgano no en balde considerado espejo del alma.

   Si aquí el alto precio, la dura prueba, es creer sin ver, el gran premio será, curiosamente, ver. Porque la unanimidad y la coincidencia entre teólogos, Padres de la Iglesia y Papas en torno a esta cuestión es asombrosa.

 

San Pablo redactó el mejor anuncio sobre el Cielo

 

   Por ejemplo, han pasado casi siete siglos desde Benedicto XII a Benedicto XVI, y este Papa mantiene lo que escribió su predecesor en la Constitución Benedictis Deus, del 29 de enero de 1336, cuando aún ni Copérnico, ni mucho menos Galileo, habían demostrado que la Tierra era redonda y se movía: «Los bienaventurados ven a Dios. Pero, ¿qué es lo que ven? Ven la divina esencia con visión intuitiva y aun facial y, viéndole de este modo, gozan de la misma divina esencia, y con tal visión y gozo son verdaderamente bienaventurados».

   Esta visión facial la había anticipado san Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando precisa que le veremos cara a cara. Y es en la misma Epístola donde mejor se concreta y más se materializa el espectáculo, poniendo sonido a la luz y convirtiéndolo en audiovisual.

   Un publicitario no redactaría mejor el anuncio de una producción de Broadway: Ni ojo vio, no oído oyó, ni pasó al hombre por el pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. Cuidado: no sólo hay luz y sonido, sino que hay cosas preparadas. Es decir, para que lo entendamos todos, además debe haber un buen catering. No es irreverente pensar que la Gloria, en resumidas cuentas, es como un lugar donde todos los días hay una gran fiesta, una boda fabulosa. No olvidemos que no ha habido boda como la de Caná y que, a pesar de Judas, la cena que quiso celebrar el Señor es la cena más importante de la Historia. Luego hay que suponer que las celebraciones celestiales serán memorables.

   La pena es que en la Gloria nada puede ser memorable, porque allí no existe la memoria histórica. En la eternidad no existe ya ni el futuro ni el pasado. Sólo Dios es sempiterno, pero hasta lo eviterno –que es lo que ha tenido un principio, como los propios ángeles– se convierte en eterno.

   Al margen de figuraciones y transfiguraciones, no olvidemos la gran Transfiguración, que fue el único anticipo celestial, una pequeña muestra que Jesús ofreció a los enchufados de siempre, Pedro, Santiago y Juan, y que les pareció tan fantástico que querían quedarse para siempre en el monte Tabor, no sabemos si renunciando a probar bocado.

   La verdad es que, como también les ocurre a los flamencos, los bienaventurados no comen. Ni comen ni beben. Por una sencilla razón que se explica en el Apocalipsis: «Ya no tendrán hambre, ni sed, ni descargará sobre ellos el sol ni el bochomo».

 

En el Cielo no se come

 

   San Juan –que, por cierto, tal y como les pidió Jesús, guardó el secreto de lo que pasó en el Tabor, y en su evangelio silencia todo lo que vio allí– no da pistas que nos permitan comprender la inmaterialidad y la resurrección al mismo tiempo, que no se limita a las almas, sino que incluye los cuerpos.

   La ausencia de hambre y, por tanto, la supresión de la comida, que nunca desdeñó el Señor, y lo destaca Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret, no se compadecen con la importancia que Él quiso conceder al pan, gran protagonista evangélico, como metáfora y como realidad (en las tentaciones, en los milagros y, naturalmente, en la Eucaristía). El pan nuestro de cada día no nos lo tendrá que dar Dios hoy..., porque en el Cielo no existirán ni el hoy ni el mañana. Pero ya se sabe que en el mundo judeocristiano nos cuesta renunciar a los placeres de la mesa.

   El Cielo –el menos oscuro y más confesable objeto de deseo– es una página en blanco donde todo el mundo puede fabular sus historias. Y uno mismo tiene publicadas algunas de ellas. Hipótesis como, por ejemplo: ¿Van los animales al cielo?; El encuentro en el Cielo de Tip y Coll; o la cuestión más importante: En el cielo no hay televisión.

   Esta última afirmación está en la línea de la que hizo Álvaro de la Iglesia en su celebrada novela En el cielo no hay almejas, otra preocupación por la cocina en la Gloria, argumento tan recurrente en la gastronomía terrenal, donde a lo más delicioso se le llama gloria bendita, y tantas especialidades de la cocina conventual reciben el nombre de glorias, siendo el producto más paradisíaco el tocino de cielo.

   El humor ha encontrado también en el Cielo uno de los mejores decorados para situaciones divertidas e infinidad de chistes, pocas veces con malicia y siempre con simpatía, prueba evidente de que para todo el mundo, incluidos los intelectuales más descreídos, el Cielo es, si no un destino real, tabla de salvación, sí la ínsula barataria, la Arcadia feliz, o el ShangriLa.

   La necesidad de materializar el anhelo y convertir la utopía en algo al menos virtual nos lleva, a veces, a las versiones más histriónicas. La autora católica Rebeca Reynaud cuenta que un amigo se preguntaba, en broma, cómo sería el Cielo. E imaginó lo mejor: que allá los cocineros serán franceses; los mecánicos, alemanes; la policía, inglesa; los trovadores, italianos; y los organizadores, suizos. A diferencia del infierno, donde los cocineros son ingleses; los trovadores, suizos; la policía, alemana; los mecánicos, franceses; y la agencia organizadora es italiana.

   A propósito de la agencia de viajes, lo que está claro es que, al igual que no hay billetes de ida y vuelta al Cielo, ni viajes en grupo, ni vuelos charter, ni excursiones de jubilados, como el billete es individual y el viaje puede ser a la carta, a la medida, muy personalizado (como se dice ahora), el Cielo sea también algo muy particular. A lo mejor hay libertad para imaginar cada uno su Cielo, porque, lo mismo que no hay dos sueños iguales, también el Paraíso de cada uno puede ser diferente. Qué fea me parece la tierra cuando miro al cielo; y Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida esperó, que muero porque no muero... San Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús miraban al mismo Cielo, pero a lo mejor el Cielo que veían era distinto.

 

El cielo de musulmanes, budistas..., y nuestro séptimo cielo

 

   Tampoco es el mismo el Paraíso que aguarda a los musulmanes que el que esperamos los cristianos. Ni el nuestro tiene algo que ver con el de los budistas, un Cielo de veintisiete pisos, más alto que el nuestro, que no tiene más que siete, porque el no va más, la llamada corte celestial, con el Pantocrátor, los serafines, tronos y dominaciones, estará –digo yo, no me hagan mucho caso– no en el tercer cielo, hasta donde fue arrebatado san Pablo, sino en el séptimo cielo: el panangelicum. Todo lo contrario del pandemonium, que estará en el séptimo infierno.

   De tejas arriba, la proximidad de los ángeles quizá sea, después de la visión de Dios, el aspecto más sugestivo. No olvidemos la definición oficial del Cielo: Mansión en la que los ángeles, los santos y los bienaventurados gozan de la presencia de Dios. Los ángeles son los primeros vecinos de la mansión. Moisés, Elías y todos los profetas, serían muy posteriores; y los apóstoles..., unos recién llegados.

   Si en la escena del Gólgota incorporamos al tercer personaje, al tercer crucificado, ya la emoción pierde dulzura y adquiere patetismo. Es la demostración de que el Paraíso tiene puertas que no están abiertas de par en par. Hay que recordar, junto a las promesas, las advertencias. Por ejemplo: «Si no sois mejores que los escribas y los fariseos no entraréis en el reino de los cielos».

   No sé si es acertado referirse ahora a un matiz que a uno le parece interesante: el buen ladrón y el mal ladrón no encarnan el premio y el castigo de forma radical. El extremismo no puede caber en la justicia divina, como no cabe en su obra, en la propia Naturaleza, donde no existen la noche ni el día absolutos. No termina de anochecer, cuando ya empieza a amanecer.

   Entre el castigo severo y el premio gratuito hay algo que Jesús utiliza en una ocasión especialísima. Tras proclamar las Bienaventuranzas, y como resumen y corolario, exclama: «Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa es grande en el Cielo». ¿Y qué se va a recompensar? Quizás el amor y sólo el amor. Que es de lo que vamos a ser examinados al atardecer.

   Se habla de la gran generosidad del Señor. Dicen los estudiosos que Cristo, en muchas de sus intervenciones, tiende a sobrepasar la necesidad. Lo mismo en el vino del milagro de la boda que en el pan y en los peces de la multiplicación. Y no deja de ser una tremenda magnanimidad la mostrada en el pago de los salarios, en el trato indulgente al hijo pródigo y, más aún, en el desconcertante anuncio de que los últimos serán los primeros.

   De regir este criterio en el Paraíso, alguien que llegara hoy allí, ¿podría estar tan cerca de Dios como los propios apóstoles? Esta cuestión ha interesado a los teólogos que, además de coincidir en la existencia del filtro para una plena purificación, que eso debe ser el famoso purgatorio, subrayan que la gloriosa beatitud y la esperada lumen gloriae, con la visión de Dios y la consiguiente delectación o gozo, se alcanzará sólo tras el Juicio universal. Respecto a este Juicio se ha especulado que sería –que será– el medio para equiparar a las almas de los nacidos antes y después de la redención de Jesucristo.

 

En la tierra también podemos preverlo..., y probarlo

 

   Todo es comprensible, incluso ese juicio particular previo, antes de obtener la gloriosa beatitud, tras la resurrección de los cuerpos. Cuerpos que –aquí está la plenitud celestial– gozan ya de impasibilidad –el cuerpo ofrece total sumisión al alma–, claridad –el cuerpo se torna lúcido y traslúcido–, agilidad y sutilidad. Ingrávido, el cuerpo adquiere, además, penetrabilidad, y se cita el ejemplo del cuerpo de Cristo, que no encontró resistencia para penetrar con las puertas cerradas en el interior del Cenáculo.

   Naturalmente, este espectáculo, de miles y millones de seres, ya almas en gloria, desborda la imaginación humana, incapaz de concebir tanta maravilla. No hay realidad virtual capaz de recrear ese ámbito. Quizás, como hemos dicho antes, corresponde a cada uno imaginar su Cielo particular. Será el que más se aproxime al que uno desearía. Porque el Cielo, que siempre puede esperar, nos espera. ¿O es cierto que, lo mismo que solemos decir que aquí está el infierno y aquí pagamos muchas de nuestras culpas, también tenemos aquí un poquito de Cenáculo...? Podemos preverlo y, con suerte, probarlo.

   Las palabras de san Pablo, las más explícitas y expresivas sobre la gloria eterna, hablan también, según la Iglesia, de nuestra vida sobre la Tierra, en el sentido de que aquí puede estar el comienzo del Cielo, en la paz, el perdón y la unión con Cristo. Algo de esta eterna alegría brilla ya en medio de los cuidados y angustias de la vida. De modo pleno florecerá en el Paraíso que tenía Dios ante los ojos al crearnos. Y escrito está: «El reino que para vosotros está preparado desde la creación del mundo». Amén. Y que ustedes y nosotros lo veamos.

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