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Identidad y civilización

LA CATEDRAL DE CÓRDOBA COMO PRETEXTO

LA CATEDRAL DE CÓRDOBA COMO PRETEXTO

Serafín FANJUL

La catedral de Córdoba, antigua mezquita aljama de la ciudad, se ha convertido en los últimos meses en motivo de atención y hasta de polémica, pero no por la belleza de los distintos órdenes arquitectónicos que atesora, testimoniando así el paso de la Historia por la urbe y los cambios que se operaron en su sociedad; tampoco se suscita la buena conservación global del edifico a lo largo de un dilatado período de cerca de ocho siglos, desde 1236 (más del tiempo de lo que perteneció al islam); ni menos aun se piensa en colaborar materialmente y de modo sustancial en su mantenimiento y mejora. Todo se reduce a una arbitraria operación política en la que la Junta de Andalucía, de manera ambigua, sugiere que va a estudiar la expropiación permitiendo después que siga el culto católico y abriendo el monumento al uso de los musulmanes, pues como nueva propietaria podría entrar a opinar y decidir en tales asuntos.  

 No hay que ser adivino ni muy mal pensado para entender que el verdadero objetivo de toda esta parafernalia es despojar a la Iglesia Católica y entregar el templo al islam en régimen de exclusividad. Y para ello hay que ir por fases. Sin embargo, hasta la fecha, el dictamen jurídico que anunció la presidenta de la Junta de Andalucía duerme el sueño de los injustos, que no se atreven a mostrar su indigencia de argumentos en todos los terrenos: jurídico, histórico, social, cultural. La pobreza argumentativa del ataque se contesta con una sola pregunta: ¿Y por qué el PSOE y organizaciones acompañantes en la maniobra se conforman con expropiar la catedral de Córdoba y no todas las demás?¿Por qué el régimen de propiedad de la catedral de Santiago (y etcétera) va a ser distinto del de Córdoba? Aducir que la reclamación procede del hecho innegable de que una buena parte del monumento se construyó entre el emirato de ‘Abd ar-Rahman I y el califato de Hixam II (o sea, por Almanzor) es desconocer –queremos suponer, benévolamente, que adrede – que gran cantidad de templos de valor histórico y artístico levantados por unas culturas fueron reutilizados en todo o en parte por sus sucesoras, en el mundo entero. Del inmenso legado grecolatino, de Bizancio, de las sociedades prehispánicas americanas, el cristianismo y el islam se sirvieron con la naturalidad de todo poder asertivo, en auge y firme en sus convicciones. A través de toda la historia humana. En la misma erección de la primera fase de la Mezquita cordobesa (emiratos de ‘Abd ar-Rahman I ad-Dajil y de su hijo Hixam I) se empleó el solar de la basílica de San Vicente así como infinidad de materiales (columnas, capiteles) expoliados en construcciones romanas y visigóticas, tal cual se hiciera en El Cairo para construir la primera mezquita del país (la de ‘Amr ibn al- ‘As). Y no hay nada de vituperable en ello por responder a la lógica y maneras de la época. Las mismas de que se valió Fernando III al donar el monumento a la Iglesia, lejos de fantasiosos pruritos de purismo arquitectónico o de criterios culturalistas, inventados muy recientemente en Occidente. Porque en el mundo islámico – ahora mismo – desconocen tales complejos y exquisiteces respetuosas con el pasado preislámico de los territorios que los musulmanes ocupan. Y menos aun contemplan la posibilidad de compartir mezquita ninguna para el culto de otras confesiones. Y tienen razón no cayendo en tales juegos, muy imbricados en la irresponsabilidad frívola que domina la vida pública española.  

 Córdoba, la antigua urbe romana había sufrido enormemente la crisis del siglo XVII: Domínguez Ortiz calcula en 40.000 los habitantes que tenía hacia 1650 y esta cifra se redujo en 1694 a unas 20.000 almas. Así pues, cuando a fines del XVIII empiezan a llegar los viajeros europeos el deterioro resultaba inocultable y Wilhelm von Humboldt marca la pauta ya en 1800: “Córdoba es una ciudad horrible, con calles enormemente estrechas. Las casas muy malas y pequeñas. No hay teatro, ni reuniones sociales, ni bailes”. Sin que los seguidores del alemán, en el siglo XIX puedan corregirle: pobreza, abandono, suciedad, ciudad desierta y triste, muerta, de callejuelas angostas, oscura, decadencia… Ya se trate de Davillier, Andersen, Edelfelt, Sienkiewicz o Borrow. No obstante, a alguno se le va mano en los lamentos y el fervor condenatorio (Borrow) al asegurar que Córdoba carece de “plazas ni edificios públicos dignos de atención, salvo su catedral, donde quiera famosa…”, porque en eso también coinciden, en la exaltación de la catedral-mezquita, obviamente con razón, aunque casi todos insisten en el arbitrismo estético de condena de la inserción del templo cristiano en el musulmán, en tonos diferentes pero con el objetivo común de protestar por la adición. Desde la muy negativa referencia – como era de esperar – de Poitou a la poco documentada leyenda de que los musulmanes compartían las iglesias a medias con los cristianos. Davillier cae en la misma exaltación que otros del pasado islámico y se extasía con la capacidad de “los árabes” para construir “hace diez siglos” un edificio tan grande. Al parecer, desconoce las fases de construcción del monumento (durante más de dos siglos) y se va por los Cerros de Úbeda: “hay que recordar que estaban entonces más avanzados en las artes y en las ciencias que la mayoría de los otros pueblos”. El objetivo es siempre el mismo: alcanzar la conclusión de que la mezquita “ha sido profanada por un tosco vandalismo, lo mismo que el Alcázar de Sevilla”. Es decir, el autor mezcla lo que sabe con lo que ignora, pues demuestra ser uno más de los convencidos de que el alcázar sevillano es obra de musulmanes.  

 Una corriente emocional, más que científica o documentada, convierte el pasado musulmán de la Península en un edén de flores literarias y exquisitos logros artísticos. En el fondo – y como se ve con claridad en numerosos autores ingleses y franceses – esa interpretación constituye una forma más de denigrar a España y los españoles: antes por identificarlos con la brutalidad, real o supuesta, de los musulmanes; a continuación, por el campo de acusaciones contra el castellanismo, el catolicismo y el casticismo hispano a que se prestaba la eliminación por los bárbaros del norte (con los cuales, al parecer, nada tenían que ver los europeos) de una cultura tan floreciente y conmovedora. Y aunque parezca mentira, aun subsiste este género de reproches en los horrorizados y justicieros magines de los turistas visitantes de la Catedral-Mezquita de Córdoba, o en los escritos de un Américo Castro. Por no agregar más nombres a la lista. En ambas líneas el objetivo final es el mismo: denostar a la España real, es decir, cristiana, latina y europea. Ante la evidencia de pertenecer a la gran civilización europea (variante neolatina, con el bagaje de la Filosofía Griega, el Derecho Romano y el Germánico), base cultural y religiosa cristiana, tipo físico del Mediterráneo norte (con matices notables en algunas regiones: Galicia y Asturias) y desarrollo histórico paralelo e implicado con el resto del continente (Feudalismo, Renacimiento, Ilustración, etc.) responden, primero los viajeros y luego los imitadores locales, magnificando minucias inconexas y de entidad discutible con frecuencia, para cimentar el carácter árabe, o moro. Y lo de oriental queda para los alardes de mala literatura, en especial obra de extranjeros que tienden a igualar, o a entender como iguales entre sí, manifestaciones culturales diferentes de las suyas, aunque a veces las diferencias sean meramente superficiales.  

 Para Irving, el caso español no es asunto de arqueólogos y anticuarios, sino de la máxima actualidad pragmática. Y tanto cree en el componente moruno que hasta pone en boca de un supuesto “Bajá de Tetuán” la desiderata de que algún día, al socaire de la decadencia hispana, “los moros conquistarían sus legítimos dominios y que no estaba muy lejos la hora en que se celebrase nuevamente el culto mahometano en la Mezquita de Córdoba y un príncipe musulmán se sentase en su trono de la Alhambra. Tales son la aspiración y creencia generales entre los moros de Berbería, que consideran a España, al-Andalus, como se llamaba antiguamente, su legítima herencia, d ela que fueron despojados por la violencia y la traición. Fomentan y perpetúan estas ideas los descendientes de los desterrados moros de Granada dispersos por las ciudades berberiscas. Observaciones que, hoy en día, podrían tomarse como premonitorias, dado el curso de los acontecimientos presentes, aunque la invasión de capitales o inmigrantes provenientes de los países árabes requiera un tratamiento por extenso y en otros ámbitos, pues ante un problema tan serio tampoco se debe frivolizar como hacían aquellos viajeros en su obstinación por arabizar, hasta en el aspecto físico a los españoles, que aparece en infinidad de autores, empeñados en vestirlos con almalafas o albornoces (Davillier, Amicis, Edelfelt, próximos en el tiempo los tres), aunque otros (Gautier o el mismo Amicis) acaben reconociendo que no hay tal y que los españoles visibles nada tienen de berberiscos. Maximiliano de Austria ve en el placer sensual, como adorno de la vida, un “legado de los sabios moros”; comer con los dedos es para J. Hager una pervivencia árabe; y Fischer estima que la hospitalidad (Gastfreundschaft) es igualmente de origen árabe (“…als einen Überrest alter maurischer Sitten, besonders in den südlichen), sobre todo en el Sur. Faltaría más. Pero la asimilación entre moros y españoles – fuera de las fantasías literarias – no tiende a enaltecerlos ni es beneficiosa para ninguno de los dos grupos comparados y confundidos, sino, muy al contrario, constituye un modo de denigrar y alejar de Europa a los españoles y más nada. No hay conocimiento ni simpatía de fondo por los musulmanes y los tópicos sobre ellos circulan con igual desparpajo que acerca de nosotros.  

 Las imágenes de la Alhambra, reproducidas a gran escala por L’Illustration, Le monde Illustré, La Illustraziones Italiana, o por el Semanario Pintoresco Español y la Ilustración Española y Americana hicieron estragos en el imaginario europeo sobre España, país al que cubrieron de alhóndigas, alfices y ajimeces, en tanto nuestras calles debían llenarse – según ellos – de albornoces, almalafas y zaragüelles, como veíamos más arriba. Pero no había tal, al menos en las proporciones elefantiásicas que hubieran querido. Y si Amicis, a su paso por Córdoba, nos increpa con un “¿Por qué no os vestís como los árabes?”, Edelfelt, pintor, no se queda a la zaga y concluye “aquí tendría uno que ir vestido con turbante y ropa hasta los pies”, seguramente para hacer juego con los Cristos y las Dolorosas, enrejadas o no, que presiden calles y plazas, con los palacios renacentistas y las iglesias barrocas: todo sea por la armonía y la pureza visual. Pero para el finlandés “Córdoba se parece a Palestina, tal como me la imagino por los grabados y dibujos (…) como si estuviera en los tiempos del Antiguo Testamento, rodeado de monumentos moriscos (…) Jerusalén y Belén habrán tenido este aspecto”. 

 No es este el lugar adecuado para extenderse sobre la naturaleza de la sociedad hispana triunfante tras el fin de la Reconquista y acerca de sus relaciones con la minoría menguante de musulmanes, pero sí es preciso señalar algunos aspectos básicos para entender el panorama en que nos movemos. Desde que la toma del Valle del Guadalquivir y de Murcia en el siglo XIII dejara nutridas masas de mudéjares en poder cristiano, los mismos musulmanes comenzaron a cuestionarse si debían permanecer bajo tal dominio o abandonar. Las revueltas y sus consecuencias negativas (como las de Niebla y Murcia en 1264) aceleraron las salidas, primero a Granada durante la centuria del XIV, y después hacia África. Por un lado, según circunstancias locales, unos querían quedarse y otros marchar, pero también sufrían la coerción de los nuevos pobladores cristianos, que también afrontaban una grave contradicción: deseaban su marcha para ocupar tierras y casas, pero los poderes públicos querían evitarla (no siempre) por su valor económico. Las fetuas (principios del XVI) del muftí Ahmad ibn Yuma ‘a de Orán, o de su contemporáneo al-Wansarisi, apuntan o bien a quedarse mediante el recurso a la taqiyya (ocultación de los verdaderos sentimientos religiosos), o bien a la salida pura y simple, para que no peligre el ejercicio de su fe. Unos siguieron estas indicaciones y otros las ignoraron, del mismo modo que la política de la Corona española fue errática y sin tregua rebosante de cambios de rumbo: los Reyes Católicos primero autorizaron a permanecer o a marchar libremente, pero luego en 1501-1502, al obligar a bautizarse a los mudéjares, sólo se les dejó la alternativa de emigrar pero, casi de inmediato, se prohibió la salida de moros de sur y levante, como nos testimonia el Epistolario del Conde de Tendilla a través de las innumerables referencias a fugas masivas de pueblos enteros, lo cual vaciaba el territorio, situación que se mantuvo durante todo el tenso y violento siglo XVI, hasta llegar a la expulsión por Felipe III, que encontró la resistencia de los moriscos renuentes a aceptar el exilio, incluyendo regresos encubiertos, como nos documenta Cabrera de Córdoba (1609).  

 Pero que los moriscos quisieran permanecer en España no significa que tuvieran ninguna intención de integrarse en la sociedad mayoritaria, tal cual la minoría judía, como señala Caro Baroja: “Mientras los judíos conversos penetran de mil formas, los moriscos quedan siempre como un cuerpo aislado de tan difícil asimilación que, por último, es expulsado casi en su mayor parte al norte de África, sin dejar rastro de su existencia poco después de realizada la expulsión (…). El morisco no puede acomodarse a una situación de “biculturalidad” como se acomoda el judaizante…” Y lleva su falta de identificación con España hasta las últimas consecuencias, frecuentemente peligrosas para él, reafirmando su pertenencia a un grupo aparte sin visos de moderar o aminorar el enfrentamiento, incluso cuando formalmente se habían bautizado, adoptado nombres castellanos y sometido al control de las autoridades civiles y eclesiásticas. Se trata tanto de un conflicto religioso como de civilizaciones (Braudel) y la coexistencia sobre la misma tierra de las comunidades lejos de favorecer la convivencia e integración paulatina sólo enconó un choque continuo, en la vida cotidiana y – como veremos más abajo – en las prácticas religiosas, sabedores los moriscos de ser partícipes de un universo ajeno por completo al que vivían los pueblos de Europa. Por más que su idealizada huella – a cargo de escritores – haya inducido incluso a historiadores serios a pensar en pervivencias de peso en Andalucía, la cual – para Braudel, nada menos – “hervía de moriscos”. Pero el gran historiador francés, que no fundamenta en nada ese hervor morisco, habría llegado a quemarse de conocer los estudios de población de Ladero Quesada y González Jiménez: 25.000 almas, circa 1500, para todo el reino de Castilla (excluida Granada) y unos 2500 en el Bajo Guadalquivir. Sin embargo, Braudel insiste: “La oleada de fondo no pudo arrastrarlo todo. No pudo arrastrar lo que se hallaba ya adherido para siempre al suelo español: los ojos negros de los andaluces…”Con lo cual la historia termina reduciéndose al mito árabe del sur español.  

 Ya en los tiempos de al-Andalus era una lucha de supervivencia por ambas partes, con dos fuerzas antagónicas mutuamente excluyentes, en oposición radical y animadas las dos por sendas religiones universales cuyo designio era abarcar a la Humanidad por entero. Si había al-Andalus, no habría España; y viceversa, como sucedió al imponerse la sociedad cristiana y la cultura neolatina. Pero si decidimos retomar la lira y reiniciar los cantos a la tolerancia , a la exquisita sensualidad de los surtidores del Generalife y a la gran libertad que disfrutaban las mujeres cordobesas en el siglo XI, fuerza será que acudamos también a los hechos históricos conocidos que, no siempre, son tan felices: aplastamiento social y persecuciones intermitentes de cristianos, fugas masivas de éstos hacia el norte (hasta el siglo XII), conversiones colectivas forzadas, deportaciones en masa a Marruecos (ya en tiempos almohades), pogromos antijudíos (Granada, 1066), martirio continuado de misioneros cristianos mientras se construían las bellísimas salas de la Alhambra…Fue un tiempo oscurantista y duro para todos, despiadado y brutal, sin embargo las actuales ocurrencias políticamente correctas de la España oficial (que no es sólo el gobierno de Madrid) rechinan al confrontarlas con las realidades históricas. En las crónicas árabes hallamos por doquier noticias que ningún político en ejercicio en la actualidad se atrevería a leer en voz alta, incómoda parte del pasado condenada al silencio, aplicados como están salmodiando cánticos y aleluyas al cénit glorioso del Califato de Córdoba, pero la realidad es todo. La actitud anticristiana alcanzaba extremos difíciles de imaginar hoy en día, impregnando la vida, la lengua, los conceptos básicos, conscientes e inconscientes. La terminología de los cronistas rezuma odio y malas intenciones, ya sean los Anales Palatinos de al-Hakam II o el Muqtabis de Ibn Hayyan, en la línea corriente, también en el oriente árabe, entre los muslimes que se relacionaban con cristianos, caso de Usama ibn Munqid. El enfrentamiento era feroz por ambas partes, hasta en los lapsos de tregua. Quizás resulte perogrullesco a los conocedores de la historia de al-Andalus rememorar tal extremo, pero en la actualidad mencionar lo obvio se vuelve descubrimiento sensacional. Y tal vez heroico. De todo ello puede verse infinidad de ejemplos y referencias sobre el particular en nuestros libros Al-Andalus contra España y La quimera de al-Andalus.  

 Al recordar ese reverso de la moneda no estamos condenado a al-Andalus ni estableciendo juicio moral alguno – todos actuaban de la misma manera -, simplemente intentamos equilibrar el panorama y despojarle de exotismo, aunque podamos preguntarnos muy fríamente si el retorno a la civilización europea grecolatina fue beneficioso, o no, para la Península Ibérica; si habríamos debido aplastar y ocultar – como se hace en el norte de África – el brillantísimo pasado romano; o si nos hubiera acaecido algo de cuanto de bueno se hizo en todos los aspectos desde 1492. Y también, en otro orden de cosas, cabe preguntarse si tiene una lógica mínima que gentes apellidadas López, Martínez o Gómez, de fenotipo similar al de santanderinos o asturianos y que no conocen más lengua que la española, anden proclamando que su verdadera cultura es la árabe. Si no fuera patético sería chistoso.   

 Al extender el imperio musulmán sólo se otorga derecho a vivir como hombres libres a las llamadas Gentes del Libro (o con escrituras reveladas), si bien con cortapisas que los sitúan colectivamente por debajo de la comunidad musulmana. Amén de la acusación de falsificar los textos, de los cristianos rechazan el dogma de la Encarnación divina, la Trinidad, la jerarquía sacerdotal, la Eucaristía y otros aspectos, menores objetivamente, pero muy valorados – de forma negativa por los musulmanes – como son los tabúes alimentarios (cerdo, sangre, alcohol). Los acontecimientos políticos de la Historia (Sionismo en la actualidad; bizantinos, cruzados, potencias coloniales en el pasado) siguen actuando en el imaginario colectivo de los musulmanes para reforzar las imágenes contrarias. Las tres culturas, de hecho, vivían en un régimen de apartheid real en que las comunidades, yuxtapuestas pero no mezcladas, coexistían en regímenes jurídicos, económicos y de rango social perfectamente distintos, dando lugar - si alguna circunstancia política impelía a ello – a persecuciones muy cruentas, como la acontecida a mediados del siglo IX en Córdoba, o contra los judíos en los siglos XI y XII, hasta el extremo de que cuando llega la Reconquista en el XIII a la Bética, la región estaba “limpia” de ellos, deportados unos a Marruecos y fugados los otros a los reinos cristianos del norte. En diversos órdenes de la vida cotidiana las normas de separación y sometimiento fueron la tónica generalizada: prohibición de matrimonios mixtos, prohibición de montar caballo macho en ciudad habitada por musulmanes, vigencia de tabúes alimentarios o prescripción de ropas de distintos colores a los usados por los musulmanes con una finalidad claramente discriminatoria.  

 En el Tratado de Ibn ‘Abdun (siglo XII) se equipara a judíos y cristianos con leprosos, crápulas y, en términos generales, con cualquiera de vida poco honrada, prescribiendo su aislamiento por el contagio que conllevaría entrar en contacto con ellos, así los sevillanos del XII sabían que: “Ningún judío debe sacrificar una res para un musulmán; “no deben venderse ropas de leproso, de judío, de cristiano, ni tampoco de libertino”; “No deberá consentirse que ningún alcabalero, judío ni cristiano, lleve atuendo de persona honorable, ni de alfaquí, ni de hombre de bien”; “no deben venderse a judíos ni cristianos libros de ciencia porque luego traducen los libros científicos y se los atribuyen a los suyos y a sus obispos”; “Un musulmán no debe dar masaje a un judío ni a un cristiano, así como tampoco tirar sus basuras ni limpiar sus letrinas, porque el judío y el cristiano son más indicados para estas faenas, que son para gentes viles”; “debe prohibirse a las mujeres musulmanas que entren en las abominables iglesias, porque los clérigos son libertinos, fornicadores y sodomitas…” Todo un programa de convivencia.  

 En los primeros tiempos tras la conquista el islam no pudo desarrollar en al-Andalus fuertes contenidos teológicos y jurídicos, en primer término por no estar completos en Oriente (la fuente) ese tipo de estudios y en segundo por haber sido propagado por creyentes recién islamizados y poco arabizados. La cifra de conversos sobre pasaba con gran diferencia a la de los invasores musulmanes, de suerte que hasta el emirato de ‘Abd ar-Rahman I y de su hijo Hixam (788 – 796) no empezó a florecer la ciencia jurídica, favorecida por el pietismo del último, que impulsó la consolidación del malikismo como “vía” (madhab) jurídica – siendo ésta una de las más estrictas – y la intransigencia de los alfaquíes. Son pasos contados: al aumento de la presión tributaria sigue la avalancha de conversiones y a ésta el endurecimiento de la presión sobre los cristianos. Y fue en tiempos de ‘Abd ar-Rahman I – contemporáneo de Carlomagno y de al-Mansur el ‘Abbasí – cuando se introduce en la Península el Kitab al-muwatta’ (“Camino allanado”) de Malik ibn Anas. Y junto al apoyo en los alfaquíes malikíes, ambos emires – padre e hijo – tratan de reforzar el ejército para hacer frente a los conflictos entre árabes y de éstos con los beréberes y los muladíes, sin que los mozárabes participaran en todo ello de manera decisiva. Isidro de las Cagigas achaca esta falta de visión para aprovechar las debilidades del poder cordobés a la “torpeza ibérica” o al “eterno carácter español”, extrapolación ideal que nos parece excesiva, pues las lealtades – aparte de las de clan – estaban cruzadas: el autor de la Jornada del Foso en Toledo (807) fue el muladí ‘Amrus ibn Yusuf, de Huesca, quien dio muerte a 5000 toledanos (Waq ‘at al-hufra), si Ibn al-Qutiyya no miente o exagera.  

 Con todo, la relación de ‘Abd ar-Rahman I con los mozárabes fue globalmente, buena, pese a la incautación de las propiedades de Ardabás, a quien designó “conde” para los cristianos; o de la expropiación de media basílica de San Vicente (784) para comenzar la mezquita aljama, ya que la otra mitad habría sido usurpada, sin pago alguno, con anterioridad al 747. En cualquier caso, los mozárabes no se alzaron contra el emir como grupo organizado.  

 Aunque no vamos a reproducir en estas páginas ni siquiera el esbozo de la polémica entre Sánchez Albornoz y A. Castro – por inoperante hoy en día -, sí debemos mencionar algunos de los factores en juego ante el impacto que la islamización tuvo en la Península. En especial por la adjudicación – o no - de no pocos elementos de cultura a la “influencia árabe”, tan traída y llevada desde el siglo XIX, en que por razones menos relacionadas con la historia que con los ajustes de cuentas entre liberales y conservadores de la centuria, revestidos de romanticismo exaltado, se lanzó al ruedo una imagen que, a fuer de arabófila, se olvidó del país real en que pisaba. Sánchez Albornoz enumeró – entre otros argumentos que no hace al caso detallar – el fuerte sustrato visigodo y sobre todo latino que encontraron los árabes, la unidad de la tradición mediterránea, aunque ya fragmentada en el Bajo Imperio; el escaso peso de los hebreos por la exigüidad de su número y por el hecho de estar muy mal vistos por moros y cristianos y por tanto no constituir modelo para nada; la coincidencia con la Europa Occidental coetánea en aspectos luego achacados a los árabes, sólo por deficiente información de quienes tales cosas afirman; la superficial islamización y nula arabización de no pocos de los conquistadores…Y aun cabe añadir otro factor de gran calibre: el dato incontestable de que la fase formativa de la cultura árabe no empieza a dar frutos notables y de primer orden hasta las postrimerías del siglo VIII, cuando al-Andalus casi cumplía cien años de vida. Y eso en Oriente. Las escuelas jurídicas y por tanto lingüísticas y por tanto creadoras de alta literatura no florecen hasta muy entrado el siglo y el primer gran creador de prosa literaria árabe (a quien podemos considerar su padre y fundador, al Yahiz, pasa la mayor parte de su larga vida ya en el siglo IX.  

 Sin embargo, sí hubo amplios sectores de la población hispana que por razones de prestigio, de interés inmediato o de poder asociarse a una civilización que abría un horizonte muy grande hacia el sur y el este, se adhirieron a la nueva fe y a las oportunidades, modos y modas que llevaba aparejadas. Pero aunque islamización y arabización fueron paulatinas, de algo estamos ciertos: “Al-Andalus fue un Estado de religión islámica y de cultura árabe, desde su introducción en 711 hasta su final, en 1492” (M.J. Viguera). Con todas las consecuencias que eso implicaba en la época. A fines del IX podía darse ya una mayoría de musulmanes, a principios del XI serían ya un 80 % y en el XII la proporción pasaría del 90%, para terminar en la casi totalidad de la Granada nazarí. Bien es cierto que no sólo las conversiones obraron el resultado de la homogeneización religiosa: al igual que está ocurriendo en la actualidad en Oriente Próximo – donde se cumplen punto por punto acciones y presiones contra los cristianos como las acaecidas en al-Andalus y en otras tierras del darislam – las fugas al norte y las deportaciones en masa al Magreb de tiempos almorávides y almohades, también contribuyeron a “limpiar de infieles” el territorio. Y a ello coadyuvó de manera decisiva el clima de descrédito y humillación permanentes desarrollado por los alfaquíes. No obstante, la situación debía fluctuar – también como en otros lugares – entre la opresión y una relativa tolerancia, por comparación con los peores momentos. Y en función de circunstancias políticas o económicas concretas. Se puede apuntar a una cierta libertad de culto durante el primer período de Taifas: algunas alusiones de Ibn Suhayd e Ibn Hazm parecen abonar tal idea, como el ornato de iglesias o la revocación de la prohibición de tañer campanas. Pero los dimmíes cristianos y judíos vivían un estado de arbitrariedad permanente. El Corán, a cuya autoridad última se recurre cuando conviene, es –como en otros asuntos – repetitivo en sus contradicciones, fruto quizás del sistema formular que se empleó para componerlo. En II, 62 dice a propósito de cristianos y judíos: “los creyentes, los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes creen en Dios y en el último Día y obran bien, ésos tienen su recompensa junto a su Señor. No tienen que temer y no estarán tristes”, pasaje prácticamente calcado en V,69, lo que refuerza la idea de composición en gran medida a base de fórmulas y clichés semejantes a los de la poesía árabe y la épica universal. Pero en lo que nos atañe ahora, hallamos (entre muchos otros versículos): “¡Creyentes!¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos! Son amigos unos de otros. Quien de vosotros trabe amistad con ellos, se hace uno de ellos. Dios no guía al pueblo impío.” (V,56).   

 Por tanto resulta una manifestación entre la ingenuidad y el buenismo la observación de R. Arié “los no musulmanes, son considerados en cierta forma como ajenos a la sociedad en su conjunto”. El muftí al-Wansarisi, ya mencionado, en su enorme compilación de fetuas (Mi ‘yar) también da cuenta – y referidos a los siglos IX y X – de dictámenes jurídicos relativos a prohibiciones de uso y adquisición de vestidos de cristiano, o de intercambiar regalos con ellos por Navidad; o de guardar la fiestas cristianas; o de la demolición de una sinagoga en Córdoba (s. IX-X), que no debe hallarse entre los muslimes; o prioridad de la ley musulmana (s. X) sobre las de los tributarios; o deportación de tributarios de al-Andalus a Marruecos por ser la quinta columna de los infieles; o sobre las pesquisas que se abren en torno a un criptocristiano en Marrakech (siglos XI- XII), sospechoso de practicar el cristianismo en secreto y poseedor de “libros en latín”.  

 La pena de muerte que dictamina (s. XI-XII) para los dimmíes que injurien al Profeta, al islam o a su Libro es corroborada por Ibn Taymiyya. En la práctica, todo esta panoplia de restricciones indumentarias, o de pública confesión de la fe, o de construcción de templos nuevos era continua en todo el mundo islámico : ya fuera en el califato ‘abbasí, por ejemplo bajo al-Mutawakkil (s. IX) o en el Egipto fatimí, en el cual el califa al-Hakim bi-amr Allah ordenó “ a los cristianos llevar en sus cuellos cruces de un codo de largo y cinco arreldes de peso, mandando igualmente a los judíos llevar en sus cuellos cepos de madera, del mismo peso que las cruces [de los cristianos] y vestir turbantes negros, impidiéndoles, además, alquilar de ningún musulmán animal alguno. Les destinó barrios separados, ordenándoles que entraran en ellos con las cruces al cuello, y les mandó, en cierto momento, que se convirtieran al islam por la fuerza, mas luego les permitió volver a sus religiones. Destruyó sus iglesias y luego las volvió a construir” (Ibn al-Jatib). Discriminaciones, por igual vistas en Córdoba, El Cairo, Bagdad o…Constantinopla, a raíz de su toma por los turcos otomanos. Aunque, a veces, la prohibición o el apartamiento cobren tintes más dramáticos y se conviertan en persecución sin rebozos, como el ya aludido caso de la matanza de judíos en Granada, o la dirigida contra los hebreos del Yemen por ‘Abd an-Nabi ibn Mahdi que menciona Maimónides en su célebre Carta a los judíos del Yemen en que el autor aborda y acepta la persecución como preludio de la venida del Mesías. Maimónides también se refiere a los “cananeos” (almohades) de Muhammad ibn Tumart (+1130) que desencadenaron la violencia antijudía y anticristiana.  

 No hubo una situación homogénea y generalizada de los mozárabes, cuyas circunstancias variaron dentro de la comunidad y respecto a los musulmanes, de suerte que la emigración al norte vio la salida tanto de monjes que fundaron monasterios (San Miguel de Escalada, en 913; San Cebrián de Mazote, en 916; San Miguel de Castañeda, 921; Sahagún, 935: obsérvese que estas fechas corresponden ya al gobierno de ‘Abd ar-rahman III, en el que se supone un trato benigno hacia los cristianos), como de fugitivos en masa que se establecen en Toledo, Meseta norte, o en el Valle del Ebro, rescatados por Alfonso I el Batallador en 1126. Sabemos de la pervivencia de la mayoría de las sedes episcopales anteriores, como prueban los concilios del siglo IX y los escritos del abad Sansón, así como las nóminas ininterrumpidas de obispos hasta fines de esa centuria, pero se prohibía – más bien dificultaba – la existencia de iglesias intramuros, con no pocas excepciones (Zaragoza, Huesca, Albarracín, Toledo). Y el Cid encontró en Valencia dos arrabales habitados por mozárabes: ar-Rusafa, al sureste; y Rayosa, fuera del recinto.  

 La aproximación a la época nos muestra una sociedad sumamente fragmentada, pero no un “nacionalismo” o “patriotismo” hispano por parte de mozárabes y muladíes frente al islam, como pretende I. de las Cagigas, llegando a adjudicar a esos movimientos un “sentimiento nacional, amor a la independencia” (antes se lo aplica a Viriato y Recaredo) más propios del tiempo en que escribe – la España de los 40 -, tan necesitado de fortalecer la integridad de España, y aplica ideas más adecuadas a sus días que a los de al-Andalus (“Partido nacionalista español”, llega a decir). Por consiguiente, sitúa bajo un mismo denominador común fenómenos muy dispares en su génesis y desarrollo y lejanos en el tiempo: como germen inicial la ruptura política de ‘Abd ar-Rahman I con Bagdad (un simple pleito dinástico del que ad-Dajil y toda su familia habían sido víctimas) al que siguen tres grandes factores históricos (el carácter levantisco de los toledanos, los mártires de Córdoba y la sublevación en las serranías andaluzas). Y aunque sí hubo manifestaciones de su ‘ubiyya (movimiento cultural antiárabe pero musulmán) en al-Andalus – cuya más conspicua muestra es la famosa Risala (Epístola) contra los árabes de Abu ‘Amir Ahmad ibn Garsiya (Ibn García) – las revueltas muladíes no pueden extrapolarse hasta el extremo de interpretarlas como eclosión nacionalista: “no puede pensarse en la existencia de un sentimiento nacional entre los muladíes o en el rebelde de Bobastro [Ibn Hafsun], como algunos historiadores del pasado han pretendido. Se trata de luchas por el poder, de movimientos de desmembración de una estructura política poco firme, pero en ningún caso de la expresión de un nacionalismo hispánico” (M. Marín).  

 Al adentrarnos en el sugestivo capítulo de los llamados “Mártires de Córdoba” uno de los riesgos que corremos es limitarlo y limitar la visión del islam medieval al aspecto religioso, máxime cuando, en principio, a los cristianos del tiempo no fue esa faceta la que más les interesó, sino la velocidad con que se había extendido y la eficiencia bélica que habían demostrado los musulmanes. Por otro lado, en la Alta Edad Media, los cristianos cultos – los únicos que podían dejar testimonios escritos – se veían condicionados por su propia formación monacal, basada en la Patrística, las Escrituras y la asunción del papel decisivo de la Providencia en el acontecer humano y en la marcha de la Historia, de manera que un fenómeno inesperado de la dimensión del islam se filtraba y entendía sin remedio a través de la Biblia y del legado de los Santos Padres. En al-Andalus, como ya había sucedido en Oriente, en el primer siglo tras la conquista, los cristianos se preocuparon por las consecuencias militares y políticas de la invasión y sólo andando el tiempo y en determinadas circunstancias empezaron a verlo con criterios religiosos. Como es sabido, “la dimma era un acuerdo otorgado a la comunidad, no al individuo. El dimmí desempeñaba una posición y un papel sólo en cuanto que era miembro de una comunidad reconocida y poseedora de esos atributos. Este modelo de organización social concedía una gran autoridad a los dirigentes de la comunidad” (B. Lewis). Por consiguiente, la persecución anticristiana desarrollada durante los reinados de ‘Abd ar-Rahman II y Muhammad I (850-859) fue en cierta medida una respuesta a la dirección de la comunidad mozárabe (no siempre seguida y obedecida por la base) que empezó a promover la resistencia pasiva y la protesta directa por las medidas discriminatorias anticristianas. Eulogio, Álvaro, Perfecto y una larga hilera de víctimas fueron ejecutados por istiyfaf, o público desprecio por el islam, siguiendo el camino (crucifixión) que se iniciara contra el monje Isaac, por burlas antiislámicas (Acién). Hay quien ha querido entenderlo como una pugna por la supervivencia de los linajes visigóticos – que iban desapareciendo bajo los árabes por los matrimonios mixtos, dado el fuerte patrilinealismo de los invasores -, por añadidura a la subsistencia de la base económica y de las relaciones de producción (aristocracia agraria y régimen de servidumbre para explotar la tierra). El mismo autor señala que los Mártires de Córdoba componían una corriente elitista, de noble estirpe, fuertes económicamente, fanáticos que reaccionan contra el riesgo de los matrimonios mixtos, por el peligro de desaparición a largo plazo de la comunidad cristiana (mismo criterio permanente del islam para prohibir taxativamente esos cruces a la inversa: mujer musulmana con varón que no lo sea), horror ante la absorción cultural (que denuncian con escándalo) y poco éxito entre la masa de cristianos y el aumento de la presión fiscal de ‘Abd ar-Rahman II habría sido una de las causas del conflicto cordobés. Sin embargo, aunque todos esos aspectos deban tomarse en consideración, no parece que debamos incurrir en juicios de intenciones a las víctimas – que, en definitiva, fueron las víctimas – en aras de arropar con justificaciones ideológicas muy propias de nuestro tiempo cualquier medida represiva en al-Andalus, un castillo de naipes que se hundió al flaquear la coacción del poder central, a la muerte de Almanzor, desintegrándose en una constelación de taifas.  

 A principios del IX los eclesiásticos de al-Andalus empezaron a ver el islam como un rival religioso, por la aculturación y las conversiones de cristianos que abandonaban la fe. De tal guisa, la Disputatio Felicis cum sarraceno (de Félix, obispo de Urgel), la Historia de Mahoma (anónima, aunque recogida por Eulogio en el monasterio de Leire) y la controversia de Speraindeo (abad cordobés en 820 y 830) contra los mahometanos, para adoctrinar a los curas locales (y de la que se salvó un fragmento), son tres obras tempranas de controversia antiislámica que desembocarían en la sobras de Álvaro y Eulogio y en los mártires del siglo IX.  

 En 851, un monje llamado Isaac proclamó la divinidad de Cristo y la falsía de Mahoma. El 3 de junio fue decapitado. Los monjes de los monasterios apoyaron el movimiento, pero la población cristiana de Córdoba estaba dividida, por haberse reblandecido su postura ante los dominadores tras 140 años de aplastamiento. Asimilación y aculturación habían hecho su efecto y tal vez los mártires no contaban con el sostén de la mayoría d ela población cristiana, resultando la interpretación teológica de la historia, por parte de Álvaro, marcadamente antiislámica, una tentativa fracasada. No obstante, ese grupo de cordobeses vinieron a ser los primeros cristianos que atacaban al islam en tal plano, dado que los cronistas anteriores se habían limitado a narrar la calamidad de la invasión, sin profundizar en sus causas y significado a medio y largo plazo. Álvaro se lamenta de la pérdida del latín entre sus correligionarios, en tanto el árabe va ganando adeptos como lengua de alta cultura y sus manifestaciones literarias encandilan el gusto de los cristianos. Pero no parece que debamos incurrir en una valoración equivocada de aquel movimiento sobrevalorando su faceta cultural: ¿es concebible, en el siglo IX, una rebelión estrictamente cultural e independiente de la confrontación religiosa, o más bien respondía a la máxima de Eulogio bellum parare incredulis?  

 

Desde luego, Álvaro (también discípulo de Speraindeo) escribe dirigiéndose a la masa cristiana que desoye sus prédicas y tiende a arabizarse y como autor del Indiculus luminosus (854) se muestra elogioso defensor de los mártires que ya se iban produciendo. En cuanto a Eulogio, en el Liber Memoriale Sanctorum (856) enumera, amén de una agria diatriba antimahometana y las sevicias cometidas con los mártires (como la prohibición de enterrar sus cadáveres, incluye una dura requisitoria contra Mahoma, a quien tilda de heresiarca, sin que falten alusiones a Arrio. Y, por descontado, enumera a los sacrificados: Félix de Gerona, Eulalia de Barcelona, Isaac, Perfecto, Emeterio, Celedonio, Flora y María, Basilisa, Juliano, etc.

 Cuando aun no estaba sofocado el movimiento de los cristianos cordobeses, se inicia la fitna, la rebelión en la Alta Andalucía, en la segunda mitad del IX, es decir la sublevación de Ibn Hafsun, que excede el propósito de estas páginas. Isidro de las Cagigas sigue la idea ya expuesta por Simonet acerca de la benignidad, al menos relativa, del trato de ‘Abd ar-Rahman III hacia los mozárabes, que habría durado hasta bien entrado el s. XI. Igualmente, Simonet recoge los nombres y los datos que puede en torno a los obispos en las sedes de Toledo, Sevilla, Córdoba, Écija, Málaga, Asidona, Cómpluto, Cartagena, Denia, Zaragoza…Tal vez la opresión bajara un tanto de grado, pero el Viaje de Juan de Gorz, embajador de Otón I (en 953) ante ‘Abd ar-Rahman III, refleja la tensión interreligiosa, con amenazas serias contra los cristianos, no sólo en cuanto a sus prácticas litúrgicas o sus creencias, sino respecto a su misma supervivencia física. Y no otra va a ser la imagen que ofrecerá Hrotsvitha de Gandersheim, en la segunda mitad del X, al cantar el martirio de San Pelayo. El relato de la monja alemana – posiblemente tomado de una fuente oral mozárabe – presenta la pasión y muerte del joven al negarse tanto a renegar como a ceder ante la pederastia del califa (“poseído por el vicio de los sodomitas”). Y el mismo De las Cagigas – pese a su designio hagiográfico – se contradice al relatar los martirios de otros cristianos, invariablemente por rechazar la adhesión al islam: la virgen Eugenia (923); el joven Pelayo (925), sobrino de Hermoyglio – obispo de Tuy -, que cinco años antes había sido apresado en la batalla de Val de Junquera; la anciana religiosa María; la doncella Argentea (931), hija de Omar ibn Hafsun; el monje de las Galias Vulfura… A partir de ahí cesan las persecuciones , hasta el siglo XI. El mismo De las Cagigas reconoce que debieron ser más, aunque le parecen muy pocos, máxime al ser contemporáneos de los postreros asaltos a Bobastro y de las incursiones de Ordoño II (toma de Nájera) y de Sancho de Navarra (toma de Viguera). Y el eje del conflicto bascula sobre la islamización , o no, de los mozárabes que, si abjuran, quedan a salvo. Tan incrustado está en el imaginario colectivo de los cristianos este grave punto de fricción y choque con los mahometanos, que varios siglos más tarde, cuando el peligro había pasado, todavía la literatura castellana seguía tomando como Leitmotiv el de la muerte que los moros daban a los cristianos que se resistían a renegar, ya en las Crónicas, ya en el Romancero.  

 En el actual asalto contra la catedral de Córdoba, antigua mezquita, una de las añagazas que más se utilizan es la pretensión del uso conjunto del templo por parte de católicos y musulmanes. La idea, tan acorde con la biempensancia políticamente correcta que nos aqueja en nuestra contemporaneidad, no tiene pies ni cabeza y, de hecho, constituye una estratagema bastante torpe promovida generalmente por adláteres no musulmanes de las organizaciones islámicas, gentes que no saben de lo que hablan, como el teólogo oficial del periódico El País J.J. Tamayo (02-01-07), transido de buenismo. Los muslimes mismos – que sí conocen el asunto y saben de su inviabilidad – si lo mencionan es de pasada y como mera finta táctica, antesala del objetivo verdadero: la ocupación en exclusiva del templo. En los ambientes de frivolidad superficial que domina el pensamiento blando occidental, poco informado y menos interesado en el fondo y realidad de los fenómenos religiosos, arraiga con facilidad la simpleza de que ambos cultos se valgan del mismo edificio, sin calibrar el peso de la historia, del imaginario de cada uno y de las crudísimas dificultades prácticas que entrañaría tal pirueta y, por supuesto, ni se les pasa por la cabeza que en tal absurdo el catolicismo daría trigo y los otros, como mucho, alguna palabra amable, un intercambio desigual modélico en su género.  

 Que haya españoles “de izquierdas” encantados con la idea es normal. O extranjeros, tal el politólogo noruego Johan Galtung, que en 2011 pedía para “modernizar al-Andalus (sic), por inteligencia (sic) y para luchar contra la intolerancia” que se repartiesen los horarios de rezos. Y tan ricamente. Este agudo politólogo – como sus pares celtíberos – ni cae en la cuenta (o finge no caer), por ejemplo, en que el mero símbolo de la cruz está prohibido (exhibir o poseer) en varios países musulmanes y que la comunidad musulmana exigiría la retirada ( es decir, el desguace de la catedral) de todo símbolo, imagen o adorno cristiano, pues resulta impensable que aceptasen orar regularmente presididos por signos que detestan y en no pocas ocasiones maltratan (hay abundante material gráfico relacionado con sucesos actuales). Que la Liga Árabe, o Mansur Escudero (2007), como portavoz de World Islamic People Leadership (organización patrocinada por Qaddafi), mantuvieran tal pretensión tiene la lógica de su propio interés, pero que la Junta Islámica (17-02-06) dirigiera a Rodríguez – a la sazón presidente del gobierno – una petición en el mismo sentido, sólo denota que esa organización desconoce lo que es un estado de derecho y que el jefe del Ejecutivo, por mucho poder que detente, no puede intervenir en un asunto que afecta a la libertad de culto y a un derecho de propiedad consolidado multisecularmente, nociones inexistentes en la casi totalidad de los países musulmanes. No obstante, esta actitud de permisividad generosa con los objetos y los sentimientos ajenos es moneda corriente entre la izquierda española: el rector José Carrillo, de la UCM, presumiblemente ateo, se pronunciaba en la misma dirección (06-02-13), de lugares de culto multiconfesionales, como paso previo a la supresión o disolución banal de las capillas católicas subsistentes en algunas facultades. Y no nos cuenten otras milongas.  

 Cuando nuestro ya conocido jurisconsulto al-Wansarisi lanza un terrible dictamen (“Mejor la tiranía musulmana que la justicia cristiana”), no sólo está marcando una línea divisoria insalvable entre unos y otros, también está ignorando y chocando de frente con el pensamiento dialogante y amistoso de sus coetáneos Fray Hernando de Talavera y Fr. Juan de Segovia (De mittendo gladio Divini Spiritus in corda Sarracenorum), que propugnaban el contacto bienintencionado con los musulmanes, como pasoprevio al acercamiento doctrinal, obviamente para convertirlos, mismo objetivo – con toda lógica – a la viceversa. Han pasado los siglos y tal aproximación sigue anclada en el puerto de las declaraciones retóricas, en Córdoba con profusión, pero cuando Ibn Battuta estima refiriéndose a Sta. Sofía y a otros templos de Constantinopla “las iglesias son sucias y no hay nada de bueno en ellas” está anticipando uno de los ritornelos más caros a los moriscos varios siglos más tarde (la “suciedad” de las iglesias) y reafirmando una idea preexistente. Descartada la posibilidad de “suciedad” física (en especial, generalizada) la condena va más bien en el sentido de impureza ritual (se entra calzado: ¿harían descalzar a los católicos para entrar a los oficios, o los musulmanes admitirían lo contrario?) y espiritual (todos los ritos allí realizados son execrables a ojos de los musulmanes: desde la idea de que el templo sea “la casa de Dios” hasta la ingestión de la divinidad en la Eucaristía, o la conversión de la carne y la sangre de Dios en pan y vino. Todo son enormidades desde su punto de vista). La hostilidad, las estratagemas para anular el efecto de las ceremonias litúrgicas católicas o la mala voluntad en su cumplimiento fueron prácticas habituales entre los moriscos (nacimiento, matrimonio, entierro) y no hay ninguna razón para suponer que eventuales musulmanes en la catedral fueran a actuar de distinto modo. Irreverencia bien documentada por Cardaillac (Moriscos y cristianos) y que llevó incluso a un monje benedictino de Montserrat a dirigirse al duque de Lerma (15-09-1602) pidiéndole que resolviera de modo definitivo el problema morisco, porque la confrontación estaba asegurada en cuanto aparecían los ritos cristianos: “En lugares como estos, que no avia Christianos viejos que los mirassen, es averiguado que cometían perpetuamente mil escandalosas irreverencias y ofensas gravísimas contra la divinidad inmensa del Santísimo Sacramento del Altar, siendo assi provado, que quando el sacerdote alçava la Hostia consagrada, se volvían ellos y ellas de espaldas, y otros le hazian higas, como se supo de los de la Puebla de Ixar y de Urrea de Xalon y de otros lugares…” (Aznar Cardona, I, 63 rº). Misma actitud demostrada durante la revuelta de Espadán (1526), en el saqueo de Chilches (1527): “los rebeldes se llevaron a la Sierra el sagrario de la iglesia del lugar, que contenía algunas formas consagradas. Según parece, hasta pidieron rescate por él” (Pardo Molero).  

 Es una obviedad proclamar el deseo de convivencia pacífica y – a ser posible – de colaboración amistosa entre religiones, en todas las latitudes, no sólo en la nuestra. Por desgracia, las hemerotecas no nos enseñan ese panorama, sino el contrario, por lo cual quemar etapas o, de forma arbitraria, tomar atajos voluntaristas sin calibrar las consecuencias de los pasos que se dan, es la peor de las decisiones. La situación de los musulmanes en minoría en países de mayoría de otras confesiones oscila enormemente, según circunstancias diversas. El panorama de pequeños grupos, sometidos e irrelevantes, en la China del siglo XIV que nos describe Ibn Battuta, contrasta con el relato del mismo viajero cuando habla de la India (reinado de Muhammad Shah) en la que una minoría militar de musulmanes tiene sometida a la mayor parte de la población y, por tanto, en guerra continua con ella. En la actualidad, los países europeos y el continente americano acogen a importantes comunidades musulmanas cuya situación difiere de forma radical de la de los “Moros” del sur de Filipinas (Joló). Pero puede afirmarse, sin temor a exagerar, que en la totalidad de países de la UE los musulmanes gozan – como debe ser- de la plenitud de derechos en todos los planos de la vida humana de que disfrutan los nacionales autóctonos, de cualquier fe. O de ninguna. Por desgracia, muy otra es la situación de las minorías cristianas o de otros credos en los países de mayoría islámica. El repaso de los medios de comunicación, en especial de la prensa escrita, y soslayando declaraciones y desideratas más o menos retóricas de extremistas (Hamas, el jeque Yusuf al-Qaradawi de los Hermanos Musulmanes) llamando a la “liberación” de al-Andalus, encontramos un penosísimo cúmulo de noticias referentes a persecución de cristianos o de musulmanes que decidieron pedir el bautismo, o de mujeres que matrimoniaron con cristianos. No podemos extendernos aquí sobre el particular, pero los gravísimos casos de Asia Bibi, condenada a la horca por insultos, ni siquiera demostrados, contra Mahoma (en Pakistán); o de Maryam Yahya Ibrahim igualmente sentenciada a morir ahorcada (16-05-14), en Sudán, por convertirse al cristianismo y casar con un cristiano; o las matanzas en masa de cristianos, en Nigeria, son lo bastante serios como para esperar que el diálogo entre religiones pase del plano declarativo al real de la tolerancia efectiva. Pero no sólo de nuestro lado.

LA INDEFENSIÓN DE EUROPA VISTA DESDE AMÉRICA

LA INDEFENSIÓN DE EUROPA VISTA DESDE AMÉRICA

Alberto BUELA


   Nosotros, como dijo el Papa Francisco, vivimos en “el fin del mundo” y por lo tanto no nos afectan los problemas de los países centrales. Y si nos afectan es colateralmente.  Si lo miramos bien, es en el hemisferio norte (USA, Europa. Rusia, China, Japón) donde ocurren los grandes acontecimientos que conmueven al mundo. En el hemisferio sur casi no pasa nada que tenga sentido para los mass media, que son todos del norte. Así hoy nos venden a Mandela, cerca de la Parca, como campeón de la humanidad, cuando este antiguo PC y agente de Stalin practicó un racismo a la inversa con los blancos de Sudáfrica y con los zulúes, originarios habitantes del país. Y ayer nos vendían a Menem como paladín del libre mercado y terminó hundiendo la Argentina.

   De modo que cada vez que nos hablan de Occidente nosotros, que vivimos en el extremo Occidente, decimos como el poeta Anzoátegui: "Que Occidente no nos venga con el cuento de Occidente".  Pero más allá del reparo notamos que Europa, en tanto que corazón de Occidente, ofrece falsas respuestas a las agresiones que sufre y a los vejámenes y asesinatos de sus hijos que padece.

   Así, acaban dos musulmanes de asesinar en plena calle de Londres a un soldado inglés, Lee Rigby, y el primer ministro inglés en lugar de declarar que fue el fundamentalismo musulmán el causante del asesinato y castigarlo, declaró muy suelto de cuerpo: "el crimen es una traición al Islam". Pero acaso, ¿le importa a algún musulmán que estos dos árabes hayan traicionado al Islam? No. Pues todo lo que sea en contra de Occidente es bienvenido para el mundo musulmán. Y esto desde su fundación ha sido, es y será así. Y el que no lo quiera ver no sabe sobre el tema o es “un entendimiento torcido”.

 

   Ahora bien, si desde Inglaterra, que es como decir el meollo conservador y militar más concentrado de Occidente, puede su primer ministro cometer semejante desatino, qué nos está permitido esperar del resto de los dirigentes occidentales. Nada. En el 2012 fueron asesinados 105.000 cristianos en el ámbito del mundo musulmán, y salvo la investigadora  inglesa que lleva la cuenta y algún obispo en alguna comisión perdida de las Naciones Unidas, ningún dirigente político occidental dijo nada. Occidente ha sido entregado “con pito y cadena” a los designios del Islam.[1]

   Y esto mismo lo afirma un interesante filósofo alemán Peter Sloterdijk en una reciente entrevista: "Europa no será capaz de una política suficientemente defensiva porque no puede practicar una política tan fea. Además estaría obligada a desmentir sus ideales liberales y democráticos". Los más lúcidos de los pensadores europeos (de Benoist, Cacciari, Bueno) nos hablan de una especie de feminización de la cultura de Occidente: el uso abusivo del teléfono celular, la vestimenta, la pérdida del imperativo, el cambio de usos y costumbres, el avance exponencial del mundo gay, la alimentación light con cigarrillos sin nicotina y café sin cafeína, etc.

   Ayer nomás, el Papa Francisco declaró públicamente que: "en la Curia vaticana hay un lobby gay que provocó la filtración de informaciones que obligó a renunciar a Benedicto XVI: hay que ver lo que podemos hacer". No es necesaria gran perspicacia para observar los modales y la cara de maricón que tiene el secretario de Estado del Vaticano.

   Es decir, que los dirigentes de Occidente se niegan a ver lo que se cae de maduro, lo que es evidente, aquello que se muestra en forma descarada y manifiesta y dejan a los pueblos de matriz occidental librados a la voluntad de sus enemigos.[2] Lo mismo que hizo Venecia ante la caída inminente de Constantinopla. Si alguno de los que lee este breve comentario nuestro se quiere amargar,  puede leer el libro de Steven Runciman de la vieja editorial Espasa Calpe[3].

 

   Nosotros desde el fin del mundo asistimos con pena a la destrucción de una tradición de la cual nos nutrimos y de la que somos deudores, pero como no es la única tradición cultural que nos conforma, que nos da forma, también le podemos rezar a la Pachamama. Sin embargo, tenemos la esperanza de que, islamizada Europa, el cristianismo pueda renacer en Iberoamérica. Lo que barruntamos es que no va a ser una restauración genuina del cristianismo porque nuestros dirigentes políticos, culturales y religiosos, que no son mejores que los europeos, son en su mayoría prosionistas y eso es una ventaja relativa, habida cuenta que el sionismo es la única oposición frontal al totalitarismo musulmán. Entonces el cristianismo que se impondrá será de sesgo hebreo, donde se van a licuar todas las relaciones y distinciones teológicas conflictivas del cristianismo respecto de los llamados, anfibológicamente, “hermanos mayores”. En el mejor de los casos se nos impondrá un cristianismo sin aristas donde desaparecerá todo lo heroico.

   Esto es lo que vemos sine ira et studio, sucintamente, desde América.

 

 



[1] El sociólogo Massimo Introvigne, coordinador del Observatorio sobre la libertad religiosa afirmó que “se estima que en 2012 murieron por su fe 105 mil cristianos, es decir, uno cada cinco minutos. Son proporciones espantosas”. Y monseñor Silvano Tomasi afirmó: “Cada año más de 100.000 cristianos son asesinados violentamente por alguna causa relacionada con su fe». 

[2] Hace unos días nomás, se suicidó delante del altar de Notre Dame en París, el excelente historiador Dominique Venner en protesta por esta situación

[3] La caída de Constantinopla, Espasa-Calpe, Bs.As.-Madrid, 1973

 

EL BAILE HA TERMINADO

EL BAILE HA TERMINADO

José Antonio FUSTER

 

   Con la decisión política de aprobar la constitucionalidad del ‘matrimonio’ homosexual, concluye –en España– la gigantesca operación de marketing puesta en marcha en 1989 en Estados Unidos para ganar reconocimiento y derechos.

   En 1989, la llamada agenda gay constaba de seis puntos inspirados en el libro Después del baile. Cómo América vencerá a sus temores y miedos sobre los gays en los 90 del neuropsiquiatra Marshall Kirk.

   El primer punto era hablar de los homosexuales y lo homosexual tan alto y tan a menudo como fuera posible. El segundo, mostrar a los gays como las víctimas, no como agresores desafiantes. El tercero, dar a los protectores de los homosexuales una causa justa. El cuarto punto es evidente: conseguir que los homosexuales parezcan los buenos. El quinto es más evidente todavía: hacer que aquellos que los victimizan parezcan los malos. Y el sexto, que todo el dinero necesario para esta gigantesca operación de marketing salga de las corporaciones públicas.

   Esto es lo que otros denominan “el método para cocinar una rana”. Un método culinario tradicional que se basa en que jamás hay que echar una rana al agua hirviendo porque luchará para salir fuera del cazo. En vez de eso, lo que hay que hacer es poner a la rana en agua fría e ir calentando el agua poco a poco para que no note que la estás cocinando.

 

Los malos de la película

 

   Ahora mismo, no hay partido político de relieve en Europa, salvo en Polonia, que se permita expresar una opinión contraria a la homosexualidad. Los medios de comunicación están cocinados. El arte está cocinado. Hollywood tiene las ancas rebozadas. La televisión surte de ranas en juliana a un público que se encoge de hombros. Esa pareja de homosexuales de la serie Modern Family que han adoptado una niña vietnamita son los amos de la pequeña pantalla. ¿Quién no querría ser superamigo de Mitchell y Cameron?

   La agenda homosexual, así planteada, evitaba la contienda al estilo Stonewall (el bar de Manhattan que es el símbolo de la lucha física por los derechos de los homosexuales) o al estilo irritante de Harvey Milk en San Francisco. Se trata de conseguir, con mucha mano izquierda y buena presencia, que el estadounidense medio (el español medio, por extensión) llegue a pensar que la homosexualidad sólo es un opción más, otra cosa, y se encoja de hombros.

   De esa manera –aseguraba Marshall Kirk–, la batalla por los derechos y el reconocimiento estará virtualmente ganada y lo único que hará falta será esperar. En el ínterin, al imperativo de que el homosexual se presente como víctima, es decir, hacerle aparecer como el bueno de la película, se le une de forma decisiva señalar a la resistencia antigay como unos tipos malos y desagradables. Los homófobos. Esto desactiva cualquier posibilidad de rebelión de una parte importantísima de la sociedad que opta por mostrarse indiferente mientras otra parte no despreciable jalea con insistencia el poder de los homosexuales, las nuevas reinas del baile.

   Hace un par de años, un joven político demócrata estadounidense ya olvidado, Gregg Kravitz, entró en la carrera electoral dispuesto a arrebatarle la nominación demócrata a una veterana diputada estatal de Pensilvania, Babette Josephs. Ante el público de Filadelfia, Kravitz, que era un bombón rubio de terno impecable, se presentó como un homosexual que pretendía que la voz de los homosexuales (y bisexuales, y transexuales, y también los transgénero) se sentara en el Parlamento pensilvaniense.

   La diputada Josephs, que no era lesbiana, pero sí gayfriendly de toda la vida (siempre a favor de cualquier cambio legislativo que favoreciera a los homosexuales), sufrió como una condenada hasta que logró reunir pruebas de que Krevitz era un heterosexual que tenía novia y se estaba haciendo pasar por homosexual con el fin de ganar más votos.

   Krevitz, en una apresurada rueda de prensa, se defendió asegurando que no era homosexual ni heterosexual, sino bisexual, y que sí que tenía novia, pero lo mismo mañana se le antojaba un novio, pero que en realidad “lo importante es llevar la voz de las lesbianas y gays al Parlamento de Pensilvania”. Perdió, claro. Más que nada, por ser un maldito embustero. Y Josephs ganó, pero dos años después, el pasado abril, perdió contra Brian Sims, un homosexual de 33 años, ex capitán de la selección universitaria de fútbol americano y candidato financiado por el Fondo para la Victoria de Gays y Lesbianas (un comité de acción política fundado en 1991 en Washington para impulsar las carreras de políticos declarados homosexuales). Babette Josephs comprendió así que nada más gayfriendly que un gay.

 

El quinto punto

 

   Con el caso Kravitz, la nación entera comprendió hasta qué punto de control de la escena pública había llegado el lobby gay, que es ese piquete de terciopelo tan influyente que puede hacerte un nombre o arruinarte la vida. Kravitz es ejemplo de haber intentado lo primero.

   De lo segundo hay cientos de ejemplos en los Estados Unidos. Quizá uno de los mejores sea el de Kenneth Howell –un profesor universitario, ministro presbiteriano, que en una clase de introducción al catolicismo de la Universidad de Illinois se le ocurrió enviar un correo a los alumnos sobre “Utilitarismo y sexualidad” en el que explicaba la importancia de separar conducta y persona en el asunto de la valoración moral de la homosexualidad. Ese correo llegó a un activista homosexual ajeno a la universidad que reclamó la expulsión inmediata de Howell. Y Howell, claro, fue expulsado.

   A Howell le acusaron de homofobia (según el diccionario de la Academia: “Aversión obsesiva hacia las personas homosexuales”). Ése es el quinto punto de la agenda gay de 1989. Se le llama “discurso del odio” a todo lo que no sea la promoción activa de la normalidad de los homosexual sin que los valores culturales, tradicionales o religiosos, ni siquiera las reglas de la cultura dominante, puedan ser invocados para justificar cualquier forma de discriminación. Esto lo han sufrido españoles como Aquilino Polaino, Fernando Ferrín Calamita, Javier Otero de Navascués o el célebre obispo Reig Pla.

   Las historias de estos cuatro homófobos son conocidas, pero no por ello menos fascinantes. Aquilino Polaino, catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense, un psiquiatra de enorme prestigio y más de 30 años de investigaciones, fue invitado en 2005 a comparecer como experto a propuesta del PP en una comisión del Congreso sobre proyecto de ley de modificación del Código Civil para albergar el llamado matrimonio homosexual.

   Su intervención, en la que citó una decena larga de estudios sobre los núcleos estructuradores de la psicopatología homosexual, fue resumida en un titular del diario El Mundo como: “Un experto invitado por el PP al Senado dice que los gays son hijos de padres ‘hostiles’ y ‘alcohólicos”. La cacería fue tan extraordinaria que al PP le faltó tiempo para abandonar a su propio experto.

   También fue abandonado al año siguiente el juez Fernando Ferrín Calamita. En su caso, apartado de la carrera judicial y tratado como a un apestado porque retrasó –solicitando informes periciales para determinar qué era lo mejor para un menor– un proceso de adopción por la compañera lesbiana de la madre biológica. En realidad, lo que el juez Calamita hizo fue reconocer, como aseguró el jurista José Javier Castiella, su propia limitación formativa y solicitó el informe pericial sobre la concreción del interés del menor en el asunto sometido a su decisión. Ninguna explicación le sirvió, ni siquiera la prueba de que la demandante le había ofrecido retirar la denuncia a cambio de 10.000 euros. La agenda gay le pasó por encima al juez, que fue condenado por prevaricación y apartado de la carrera judicial.

   El caso de Javier Otero de Navascués es de manual de primero de lobby. Otero es uno de los responsables del restaurante madrileño La Favorita, que en 2006 rogó a una pareja de homosexuales que quería celebrar allí su matrimonio que se buscara otro lugar. La decisión se tomó en conciencia y no hubo mayores problemas. Así lo reconoció sin más uno de los novios a un periódico de Navarra.

 

Una rana cocinada

 

   La pareja gay no llevó su queja a instancia municipal alguna, pero el entonces responsable del área de Economía del Ayuntamiento de Madrid y hoy vicealcalde de Ana Botella, Miguel Ángel Villanueva (que, como reveló LA GACETA, casó por amistad a un hermano de Miguel Ángel Flores, presidente de FSM Group-Infinitamente Gay y propietario de la empresa Diviertt, la sociedad que alquiló el Madrid Arena y donde murieron cuatro jóvenes en la fiesta de Halloween), ordenó que se abriera de oficio un expediente informativo para ver si la actuación de La Favorita podía dar lugar a una sanción. Después de esta campanada municipal, la prensa partidaria se volcó hasta conseguir que los gays (los que no acudieron a instancia municipal alguna) anunciaran una queja en regla ante el Defensor del Pueblo.

   El caso más reciente es el del obispo de Alcalá de Henares, Reig Pla, quien cinco minutos después de terminar su sermón de Semana Santa, fue condenado sin juicio como ejemplo de lo que le pasaría a quien osara atacar la cultura gay. Durante 48 horas, el homosexualismo político crucificó al obispo sin oposición después de que este, en un sermón sobre la necesidad de una profunda reforma moral de España, hablara sobre la corrupción de la infancia y de la juventud a través de ideologías de la sexualidad que invitan a la promiscuidad y que encuentran el infierno (con minúscula).

   Pero el sermón no era importante. Al obispo Reig le estaba esperando la agenda gay desde que hace nueve años fuera el primer obispo en definir la cultura gay: “El fin último al que desea llevarnos el lobby gay: una civilización gay donde sea universalmente aceptada y practicada la homosexualidad o, al menos, la bisexualidad”.

   O lo que es lo mismo, una rana cocinada.

LENNON, UN ENEMIGO DE LA HUMANIDAD

LENNON, UN ENEMIGO DE LA HUMANIDAD

Salvador SOSTRES

 

   Imagine there's no Heaven [no hay valores, ni principios ni tensión espiritual]; It's easy if you try [hombre, sobre todo si lo intentas tú, degenerado]; No hell below us [impunidad total para hacer el mal]; Above us only sky [vacío, relativismo, trivialidad]; Imagine all the people [no puedo imaginar tanto, Juan] living for today [viviendo al día, como los indigentes de alma mileurista].

 

   Hace 30 años que murió John Lennon, uno de los grandes enemigos de la humanidad. Fue autor de bellísimas canciones, pero fue el introductor masivo en occidente del relativismo y del nihilismo, del no esforzarse, del no afrontar nunca los problemas, del pacifismo más vacío, del ir todo el día colgado de lo que fuera. Hace 30 años murió John Lennon pero su legado de dejadez y mierda todavía perdura.

   Imagine there's no countries [la alternativa no es más libertad, sino una tiranía mundial]; It isn't hard to do [y si vas ciego de LSD, todavía menos]; Nothing to kill or die for [tú fuiste fruto de mucha gente que murió para que tú pudieras vivir e incluso para que pudieras cantar estas preciosas tonterías]; and no religion too [borrar cualquier transcendencia para poder vivir sin ninguna responsabilidad]; Imagine all the people living life in peace [en eso pensaba yo, precisamente, viendo por la tele a Ahmadineyad].

 

   Lennon ha sido uno de los peores demagogos de todos los tiempos. Imagine es la colección de barbaridades y de atrocidades más hermosas y más terribles que jamás se hayan escrito. Give peace a chance es un himno potentísimo, pero inframental. God es la explicación de cómo está el mundo, de nuestra tremenda oscuridad.

 

   You may say that I'm a dreamer [no, lo que digo es que eres tonto]; But I'm not the only one [en eso te doy la razón: los tontos sois legión]; I hope some day you'll join us [ni de coña, Juanito]; And the world will be as one [sí, unido en el frenopático].

   El marido de la todavía más funesta Yoko Ono -una pobre mujer que encima no tiene ni talento- consagró los peores vicios del hombre hasta convertirlos en modelo a seguir. Lennon promovió una humanidad minúscula, un hombre doblegado a sus defectos en lugar del prototipo erguido que busca su superación.

   Imagine no possessions [siempre contra la propiedad privada]; I wonder if you can [ni yo puedo ni tú tampoco pudiste, señor millonario]; No need for greed or hunger [el tópico es  tan primario que no sé qué decirte]; A brotherhood of man [la única manera real que ha hallado la humanidad de pensar esta "brotherhood of man" es el cristianismo]; Imagine all the people sharing all the world [¡calla, hombre, calla!].

 

   Su muerte le convirtió en más leyenda todavía, aunque lo más legendario no ha sido la muerte que le dieron sino la que él nos legó con sus siniestros valores y su concepto tan mezquino y zafio de la espiritualidad. De aquel viaje aún muchos no han regresado, la inmensa mayoría no ha regresado, y siguen colgados de las más absurdas tonterías mientras el mundo se desparrama de inconsistencia y vacuidad.

MIEDO A LA LIBERTAD EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS

MIEDO A LA LIBERTAD EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS

Francisco TORRES

 

   Sólo el miedo a la libertad puede explicar lo que está aconteciendo con y en la Basílica de Santa Cruz del Valle de los Caídos. La decisión del gobierno, implementada por el nuevo vicepresidente/portavoz/jefe de los guardias Pérez Rubalcaba, de prohibir a los fieles entrar en la Basílica para oír la Santa Misa, poniendo fin así al débil formalismo que aún mantenía abierto el Santo Lugar, donde reposan miles de católicos, varios de los cuales han ascendido a los altares tras culminar los procesos de beatifiación, tomada en coincidencia con la visita del Santo Padre a España, es la prueba evidente de que éste gobierno lo que más teme es precisamente la libertad.

   No existen referentes en el mundo occidental de que un gobierno ordene a sus fuerzas de seguridad impedir a los católicos el acceso a la Santa Misa; no existen referentes en el mundo occidental de que un gobierno, que no pude prohibir un oficio religioso, decida que el culto sólo es posible en las catacumbas. Sólo las dictaduras comunistas han operado de tal forma y lo han hecho, fundamentalmente, por el miedo a la libertad.

   Ha sido la izquierda durante años la que ha vendido que todas las aparentes limitaciones que el hombre asumía en virtud de sus creencias eran fruto del miedo a la libertad; y ahora es esa misma izquierda la que demuestra que frente a la libertad, aunque esté encarnada por unas decenas de hombres y mujeres que acuden a una Misa, sólo cabe recurrir a la violencia coercitiva y aparentemente legal del Estado.

 

   Conviene que no confundamos los hechos. En el Valle de los Caídos se está librando algo muy distinto y distante a la imposición de la mal llamada “memoria histórica”. Bajo esa apariencia, con esa excusa, lo que se está haciendo es utilizar el Valle de los Caídos como un elemento más de la lucha que el laicismo radical de la izquierda tiene abierto contra la Iglesia Católica. Se recibe al Papa pero al mismo tiempo, como gesto, para dar carne a las fieras iconoclastas, se prohíbe acceder a Misa en un lugar simbólico. ¿Advertencia, venganza, contestación?

   El gobierno, digno émulo de las dictaduras comunistas, que ha situado a un aprendiz de tirano, a un demagogo manipulador, como hombre fuerte, ha violado con su decisión derechos fundamentales. En ningún país democrático, en ningún país libre, es posible prohibir a unos ciudadanos que acudan a un oficio religioso. Todas las constituciones establecen que nadie puede ser discriminado o perseguido en función de sus creencias religiosas y que, por tanto, a nadie se le puede privar del derecho de acceder a un templo. Es más, es obligación del Estado asegurar que esas prácticas son posibles. Si el gobierno lo ha hecho, violando la libertad, es por que sabe a ciencia cierta que, salvo acciones aisladas de los ciudadanos en defensa de sus derechos, nadie va a mover un dedo por defender la libertad para el culto en la Basílica del Valle de los Caídos.

 

   Dice el artículo 16 de la Constitución Española: “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades, sin más limitación que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”. Pero la Constitución Española hace mucho que no es más que un papel mojado sobre el que se cisca con total impunidad el actual gobierno. Lo acontecido en el Valle de los Caídos es una prueba de ello: primero se limita el acceso, después se violan las tumbas y, finalmente, se impide asistir a la Santa Misa que la Comunidad tendrá que realizar en una Iglesia vacía.

   Frente a todo el poder del gobierno y todo el silencio de la oposición sólo queda la actitud decidida y enérgica de unos monjes que han decidido celebrar la Santa Misa, mientras les dejen hacerlo, al aire libre a las puertas del Valle de los Caídos todos los domingos, llueva o nieve, para recordar que, por encima de la publicidad oficial y de los carteles de bienvenida al Santo Padre aprovechando el tiempo electoral, “hoy vivimos tiempos difíciles para la fe en España” y que, esas misas a la intemperie recuerdan, como se dijo en la homilía, las “del Beato mártir Jerzy Popieluszko en la Polonia de los años ochenta”, cuando aún latía el aliento corrupto de las dictaduras comunistas.

EL GUARDIÁN DE DIOS

EL GUARDIÁN DE DIOS

Juan Manuel de PRADA

 

   Si hay algo que me conturba el ánimo (tal vez porque me recuerda la «abominación de la desolación» de la que hablaba el profeta Daniel: esto es, el sacrilegio del templo) es el espectáculo de los turistas indecentes que se pasean por las iglesias como por un mercadillo playero, en camiseta de tirantes y pantalón corto, pavoneándose de la pelambre de sus canillas, de los morrillos de carne excedente de sus cinturas, de su muslamen injuriado por la celulitis, mientras disparan fotografías por doquier e intercambian comentarios vocingleros en la capilla del Santísimo, como los intercambiarían en un retrete comunal. Esta pérdida generalizada del decoro (que es expresión de otra pérdida más aflictiva, que es la pérdida del sentido de lo sacro) alcanza una expresión paroxística en las iglesias de la Toscana más celebradas por las guías turísticas, ante la pasividad o negligencia de las propias autoridades eclesiásticas. Es verdad que a las puertas de los templos suele haber carteles que reclaman respeto al visitante; pero la caterva turística se pasa tales avisos por la entrepierna, que gusta de rascarse sin rebozo y llevar bien aireada, tal vez para aliviarse las escoceduras de las caminatas, tal vez para exhibir su nauseabunda indiferencia. Y así las iglesias se van convirtiendo en zocos de zafiedad impronunciable, donde la luz roja del sagrario tiembla acongojada, como debió de temblar ante las invasiones de los bárbaros.

 

   Pero, mientras la abominación de la desolación campa por sus fueros, aún queda algún irreductible guardián de Dios que no se resigna. En la iglesia de San Agustín, en Montepulciano, un sacristán viejo y acaso impedido, acaso también loco, vigilaba, sentado en una silla al pie del presbiterio, el trasiego de turistas en el templo. Entró una recua, con las consabidas camisetas de tirantes y los pantaloncitos cortos que enseñan los mofletes del culo; y el mulo que parecía capitanear la recua voceó, para recrearse con el eco de la bóveda: «Venga, vamos a hacernos unas fotos aquí». Entonces el sacristán, poseído por esa virtud cristiana hogaño en desuso llamada santa ira (la misma virtud que animaba a Cristo cuando expulsó a los mercaderes del templo y cuando maldijo a la higuera seca), lo increpó desde la penumbra: «Tú, cerdo, vete a hacer fotos a la pocilga de tu casa, donde tu madre te dejará ir vestido como un mamarracho». El mulo entonces titubeó, incrédulo ante la osadía del sacristán loco, incrédulo de que una estantigua semejante se atreviera a cercenar sus sacrosantos derechos democráticos, pero mientras titubeaba el sacristán loco proseguía su retahíla de improperios: «Largaos de aquí con viento fresco, panda de guarros, que no os quiero ver ni en pintura». El italiano campesino del sacristán loco, áspero como un vino mal fermentado, sonaba a gloria bendita, era como escuchar al león de Judá en el día del Juicio Final, separando a las ovejas de los cabritos. Y los cabritos de la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto se fueron con el rabo entre las piernas, perseguidos por la santa ira del sacristán loco, que apenas los vio desaparecer del templo recuperó un aire inocente y beatífico, como acariciado por la brisa de la Jerusalén celeste.

  

   Transido de emoción, me arrodillé en la penumbra de la iglesia de San Agustín, en Montepulciano, y rogué fervorosamente a Dios que concediera muchos años de vida a aquel sacristán, y que le mantuviera incólume la virtud de la santa ira. La llama del sagrario resplandecía con un vigor jubiloso e impávido, orgullosa de su celoso guardián

CAFETERÍA CATHOLIC

CAFETERÍA CATHOLIC

Alberto BUELA

 

   Como todo el mundo sabe, el clan de los Kennedy en Estados Unidos es un clan católico, a su manera pero católico al fin. Y es dentro de este clan que surgió la expresión del título del artículo que podemos traducir como: católico a la carta (1). El título es así nomás con una palabra en castellano y otra en inglés. ¿Será indicio de la colonización del castellano sobre el inglés? Deo volente.

   La expresión engloba a todos aquellos católicos, o mejor, sedicentes católicos que seleccionan de los dogmas y enseñanzas de la Iglesia aquellos en que quieren creer y dejan los otros de lado. Así el divorciado irá a comulgar y dejará de lado su situación, el abortista, abortará y se dirá católico. En nuestro país el caso emblemático es la diputada Lilita Carrió, católica portadora de un crucifijo al cuello más pesado que collar de melones, que cuando llegó la hora de votar a favor o en contra del gaymonio se abstuvo porque no quería aparecer de acuerdo con la Iglesia. Ni que decir del centenar y medio de diputados, nominalmente católicos la mayoría, entre los que estaba Kirchner el ex presidente, transformados en adalides del matrimonio homosexual.

   Esto es "cafetería catholic" y estos son nuestros dirigentes peronistas ortodoxos, peronistas disidentes, peronistas kirchneristas, peronistas revolucionarios como Pino Solanas, socialistas, democristianos, conservadores y liberales. Sin contar con el apoyo explícito e irrestricto de las madres de Plaza de mayo, los piqueteros y el secretario general de la CGT para quien "los gays trabajan más que nosotros".

   Para la sanción de esta ley no se abrió ningún debate en nuestra sociedad, como ocurrió meses atrás con la ley de medios. Todos los factores de poder consensuaron en que la ley debía ser sancionada. La colectividad judía, la más poderosa de la Argentina, guardó silencio de radio, mientras que la Iglesia sólo ensayó una tímida advertencia.   

   ¿Podemos sacar alguna explicación para poder terminar con alguna conclusión? Vamos a intentarlo.

 

 

   Es conocido que existen dos Apocalipsis: el conocido de San Juan y uno breve de San Pablo (II Tes.6-9). Es de este último que nos vamos a ocupar. San  Pablo emplea allí la teoría del katechón, en griego impedimento u obstáculo, para señalar que hay que impedir la venida e instauración del reinado de Satanás en este mundo. Hoy diríamos que hay que evitar la llegada de los males pues éstos se multiplican más rápidamente que los bienes. Y él distingue allí además  "qué se retiene o impide" (la llegada de Satanás), "quién lo impide o retiene" (la Iglesia). Los antiguos teólogos como San Agustín de Hipona vieron en el Imperio Romano el katechon, otros teólogos vieron en la evangelización de todos los pueblos el impedimento al Anticristo. Y así siguió la historia.

   Hoy en día  ya no tenemos más vigente al Imperio Romano, la Iglesia católica está como perro cascoteado con esto de la pedofilia y además ha perdido, al menos en Argentina, el rumbo y sentido de su acción apostólica. Es que ella misma se ha transformado con los años respecto de las enseñanzas de Roma en una Cafetería Catholic. Las sectas, las iglesias protestantes, los cultos le han pasado por arriba. Quedan a lo más unos curitas en las villas, que con el tiempo se terminan acollarando con alguna criollita linda. La Iglesia desde un punto de vista profano está liquidada, habrá que ver si Dios tiene previsto algo mejor para ella.

   ¿Qué quedaba, al menos en la sociedad argentina, que pudiera presentarse como kathechon a la venida de los males? Lo poco que nos restaba del Imperio Romano, parte del sistema de leyes que nos gobiernan, una de las cuales es la ley de matrimonio (matri=madre) y de propiedad privada o patrimonio (pater=padre). De modo tal que esta ley de "matrimonio homosexual" o gaymonio, da al traste (nunca mejor el término) con la ley de matrimonio, entendido desde los lejanos tiempos de Roma hasta ayer nomás, como la unión de un hombre y una mujer con el objeto de tener hijos y formar una familia para que ésta, integrada a otras, conforme la comunidad política nacional.

   ¿Qué nos está permitido esperar a los argentinos? Que como somos un pueblo mistongo, como solía decir Castellani, ni siquiera se barrunta una nueva Sodoma. Va a resultar algo de una hibrides lamentable, todo mezclado por la calle como el tango Cambalache de Discépolo: don Bosco con Napoleón y Carnera con San Martín. Travestis y travestas, gays y gayas, primogenitor A y B, y pobres chicos y chicas yendo al colegio diciendo que su mamá se llama Ramón.

   Lo más lamentable que este zafarrancho político institucional de proporciones de difícil estimación, por la enormidad desproporcionada del error, no lo paga nadie, no lo paga ningún adulto sino que sus víctimas van a ser los pobres niños y niñas inocentes y desprotegidos de la sociedad.

   Heidegger, seguramente el filósofo más significativo del siglo XX, cuando las tropas rusas estaban a las puertas de Berlín, dijo: que el final no se demore.

 

 


 (1) Cfr. El excelente artículo de Aurelio Agustino: Ted Kennedy, o los estragos del catolicismo a la carta, en Razón Española Nº 158, Madrid, nov-dic. 2009

A PROPÓSITO DE LA DIALÉCTICA SINAGOGA-IGLESIA

A PROPÓSITO DE LA DIALÉCTICA SINAGOGA-IGLESIA

Alberto BUELA

   En estos días escribí un breve artículo sobre la campaña internacional mass mediática contra la Iglesia católica y el Papa por el tema del abuso de niños por parte de los curas. Y recibí tres tipos de respuestas: a) de aquellos, los más, que nos han felicitado y compartido el criterio b) de los anticatólicos furibundos diciendo cosas horribles contra el Papa, la Iglesia y uno mismo y c) la de los progresistas que están en el gobierno,  que me acusan de escribir para los curas Baseotto o von Wernich, con lo cual muestran que no entienden nada de nada, menos aun del tema Iglesia, y que su vuelo es de cabotaje, todo se reduce a política interna. Lo que explica su fracaso rotundo en política internacional.

   Antes que nada declaro, por temor a la policía del pensamiento que se ejerce sin tapujos en todos "los medios de confusión",  que no soy pederasta ni pedófilo, me encantan las mujeres, y estoy totalmente en contra y condeno abiertamente que "un solo cura abuse de un solo niño", pero el objetivo de mi artículo no fue ocuparme de la defensa de los niños abusados sino intentar explicar el por qué de la agresión desmedida que viene soportando la Iglesia por este tema y, sobre todo, su falta de reacción.

   Lo hago desde un punto de vista profano pues no soy "hombre de la Iglesia", no soy un profesional del catolicismo, ni siquiera me siento un laico (1), en el mejor de los casos, un católico amateur. Y por lo tanto tengo todas las limitaciones y taras de un hombre del pueblo (2), un Juan Nadie, que observa que la Iglesia no ofrece ninguna resistencia ni tiene ninguna reacción. Para fundamentar mi parecer tendría que exponer  sucintamente mi opinión acerca del actuar histórico de la Iglesia en este último medio siglo y para ello me remito a lo que escribí hace unos diez años como respuesta a mi amigo Methol Ferré (3) cuando participamos juntos en el Fogón de la Utopía organizado por Vicente Joga en Formosa.

       

         "Si bien el tema que me han propuesto desarrollar en este fogón es "la visión peronista del hombre y la economía", permítanme que me extienda por espacio de quince minutos tratando de ofrecer una visión profana del Concilio Vaticano II, como respuesta a la visión  sub specie aeternitatis  plena de optimismo eclesial que nos acaba de dar Methol Ferré. Y decimos visión profana porque no somos nosotros  lo que se llama "hombres de iglesia" y entonces estamos libres de ciertas ataduras y pruritos de conciencia.

         La Iglesia, según nuestra visión profana, siempre ha trabajado sobre la base de lo que existe (Pío XII) de ahí su adaptación a los tiempos. Tomemos como punto de partida, para no remontarnos hasta el fondo de la historia eclesiástica, la segunda guerra mundial, para mostrar lo que queremos decir.

         En el año 1931 la iglesia saca una encíclica denominada Quadragessimo Anno, con motivo de los cuarenta años de la Rerum Novarum, donde propone la organización corporativa de la economía como lo hacía  mutatis mutandi el fascismo de la época.

         Durante la guerra se aleja rápidamente del Reich alemán y condena al comunismo como intrínsecamente perverso abriéndole una amplia carta de crédito a la sociedad industrial capitalista. En el ínterin crea la Acción Católica, con aspirantes, juniors y seniors y adopta el scoutismo, con lobatos, scouts y rangers, instrumentos con los que comienza a trabajar a nivel social.

         Finalizada la gran guerra a través de Luigi Sturzo crea la Democracia Cristiana contando con el apoyo de Jacques Maritain, entonces el más renombrado filósofo católico. Y triunfa en los países vencidos de Europa con Adenauer en Alemania y De Gasperi en Italia. En nuestra América, sólo en el Chile de Frei padre, el famoso Kerensky chileno. Todo ello es muy poco logro para semejante esfuerzo. La democracia cristiana fracasa en nuestros países de América allá donde existen movimientos nacionales y populares, porque tanto ella como la Acción Católica o el scoutismo son una fábrica de "gorilas". Esto es, actitud contraria a todo lo que huela a desorden popular y cordialista como es el caso de los movimientos de masas. En Argentina estaba el peronismo, en Brasil el varguismo, en Bolivia el MNR, en Colombia el gaitanismo, en Ecuador el velazacoibarrismo, en Venezuela el perezgimenismo, etc., etc.

        A ello hay que sumarle la no-participación de la Iglesia en los procesos de descolonización africana, a fines de los años 50 y  principio de los 60. Con lo que pierde protagonismo en África en desmedro de una evangelización incipiente que habían comenzado. Dejó a los pueblos africanos abandonados a su suerte mientras se entretenía en problemas de alcoba de los episcopados francés, holandés, alemán e italiano. El Vaticano II no fue más que una disputa entre los episcopados centroeuropeos, sobre todo de Francia y Alemania. América, Asia, África y Oceanía no cortaron ni pincharon. La connivencia con las potencias coloniales hace que hoy el continente negro sea casi todo musulmán. Así repitió en África el mismo error cometido un siglo y medio atrás en Hispanoamérica: No se sumó inmediatamente a los movimientos independentistas. Claro está, que aquí había detrás tres siglos de trabajo y evangelización hispana, mientras que en África sólo había intereses económicos y casi ninguna tarea cultural y evangelizadora, resultado típico en las colonias inglesas, francesas, belgas y holandesas en todo el mundo. Sólo Portugal, con Angola y Mozambique salvó un poco la ropa. Sobre esto el pensamiento, políticamente correcto no dice nada, porque ¿cómo atreverse a condenar y criticar a las fuerzas progresistas y democráticas del "Occidente cristiano" ante los logros culturales de la rémora medieval que son España y Portugal?

         Que Occidente nos deje de hacer el cuento de Occidente, decía por esos días ese gran poeta que fue Ignacio B. Anzoátegui.

         Ante semejantes fracasos reiterados con pérdida real de fieles, lo que significa desde el punto de vista profano, pérdida de poder, Juan XXIII llama al Concilio, que no fue dogmático como el de Trento sino pastoral. Esto es, que se va a ocupar de cómo mantener y acrecentar las ovejas. Es un Concilio exclusivamente europeo orientado por teólogos de neto corte iluminista y bajo influencia protestante como la que ejerció Bultmann sobre Rahner y Ratzinger  para tomar un ejemplo emblemático. (4)

         Simplificando, porque el paño da para muchos cortes, las consecuencias político-culturales del Concilio Vaticano II son  dos: Una, que la iglesia invita a los católicos a il aggiornamiento, es decir, poner los relojes en hora con la modernidad en el mismo momento que ésta entró en una crisis decadente y, dos: que la Iglesia se enfeuda en la línea interpretativa del marxismo. Comienza el diálogo de católicos y marxistas, en Nuestra América aparecen primero los curas obreros y luego la Teología de la liberación (5), todo ello para sumarse a los distintos movimientos guerrilleros de neto corte marxista.

         El único trabajo serio de evangelización en África fue Biafra que cuando se intentó independizar de Nigeria, Estados Unidos miró para otro lado y no quedó un biafrano vivo (genocidio de 1967 al 70). No es para menos ya que desde el Vaticano II la Iglesia católica era su enemiga porque le hacía el juego al marxismo internacional.

   Como consecuencia de este disparate político y del marasmo ideológico y doctrinario la Iglesia comenzó a quedarse vacía. Sus seminarios despoblados, sus conventos abandonados y sus fieles captados a manos llenas desde fines de los 60 por las sectas de origen norteamericano.

         En una palabra el Concilio Vaticano II fue un tiro por la culata que le salió a la Iglesia romana.

         Recién con la aparición de un Papa venido del Este, que sufrió en carne propia el flagelo del comunismo, la Iglesia comenzó el gran viraje. El entendimiento Reagan-Juan Pablo desembocó en la guerra de las galaxias y la caída del muro de Berlín. La Iglesia abandonó definitivamente su coqueteo con el marxismo que costó miles de feligreses muertos en Nuestra América y ofreció su apoyo crítico al capitalismo.

         Deseaba dar esta pequeña respuesta un poco para pinchar ese enorme globo que infló Methol durante una hora y media, y bajar en lo posible a "este mundo terrenal" lleno de intereses contrapuestos".

 

   En mi opinión la Iglesia ha desarmado en todas sus líneas, desde el fin de la segunda guerra mundial en el 45, aquello que le permitió existir durante dos mil años: ha diluido la relación dialéctica amigo-enemigo entre Ella y la Sinagoga. (5)

   La pérdida de la visión sobrenatural de la Iglesia y de una teología de la historia, que es la única que le da sentido a todos estos ataques, hace que el silencio de los obispos muestre su chatura y extravío espiritual.  No aprovechar las circunstancias concretas para mostrar al pueblo cristiano la tensión teológica entre la Sinagoga y la Iglesia, no es otra cosa que una actitud vergonzante de un montón de cómodos burgueses que se niegan, explícita y conscientemente a decir la verdad sobre lo que viene ocurriendo en la historia. O por lo menos, decir la verdad católica, de lo que sucede desde hace 2000 años para acá. Licuar la tensión entre la Sinagoga y la Iglesia, esconder conscientemente la actitud disolvente de los valores cristianos en sociedad, que los judíos vienen realizando desde Cristo para acá, es en boca de un cuerpo colegiado episcopal no sólo un acto de cobardía expresa sino de una ruindad rayana en lo miserable.

   ¿Qué temen los obispos? ¿Qué se los declare antisemitas? Hay que esconder o mejor borrar del Evangelio (como en la película de Mel Gibson) el más terrible y horrendo grito de la historia: Crucifícale.... crucifícale (Juan 19,7) de los rabinos, escribas y fariseos al condenar a muerte a Cristo.

   Es éste el momento inicial de la tensión entre la Sinagoga y la Iglesia que no se resolverá sino al final de la historia con la conversión del pueblo judío. Mientras tanto, los judíos que rechazaron a Cristo y su reino espiritual se aferran a la construcción de un reino material y carnal (6) que los obliga a la consolidación de un poder mundial sin límites, pero con todo, guste o no, como afirmara San Bernardo  "Ellos son los signos vivientes que nos recuerdan la Pasión del Salvador". La historia profana, se lo quiera reconocer o no, está al servicio de la historia sacra y esto es lo que se ha subvertido en la Iglesia en este último medio siglo de existencia. Cosa que ya había sucedido en la política siglos antes, como observa Carl Schmitt: "todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados". (7)

 

   Sobre el sentido de esta dialéctica afirma el más penetrante teólogo argentino: "Con el advenimiento de Cristo toda la dialéctica que agita el mundo se mueve entre los polos Iglesia-Sinagoga. Cristo vence a la Sinagoga. Y a la era de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, cuando la Sinagoga azuza al mundo pagano para que torture a los cristianos, no ha de servir sino para regar la simiente cristiana, que, vigorosa, ha de brillar con la Iglesia de los Padres y Doctores, sobre la Sinagoga. El esplendor medieval de la Iglesia ha de reducir a la Sinagoga a la vida de los ghettos. Pero en la edad moderna la Sinagoga se ha de vengar del exilio a que la redujo el mundo cristiano, y la Cábala penetra dentro de la Cristiandad hasta secularizarla y amenazarla con la secularización del mismo cristianismo. Frente a este último fenómeno nos encontramos actualmente. Con la táctica de la amistad y del "diálogo judeo-cristiano", la Sinagoga está obteniendo un triunfo sobre la Iglesia. Es claro que, en manos de Dios, este triunfo puede trocarse en un triunfo de la Iglesia".(8)

 

   Los obispos en grado eminente, por la plenitud de su sacerdocio (pueden ordenar nuevos sacerdotes) tienen la obligación de convertir a los judíos. Así los grandes obispos convirtieron a judíos notables, como lo hizo el  Papa Pío XII en 1940 con el gran rabino de Roma, Eugenio Levy. Pero al mismo tiempo, son ellos los que están obligados a denunciar los males que provocan los judíos en y a los pueblos cristianos. Y afirmamos que son los obispos, ellos y sólo ellos, (si respetaran la fórmula duos testes habeo et bene pendentes -dos testículos tengo y bien puestos- de su viejo juramento antes de su consagración. El relato es de Giovanni Papini y de Enrique Oliva en nuestro medio) los que están obligados a denunciar la nefasta, por totalitaria, injerencia judía en la vida del pueblo (en nuestro caso del argentino), porque la denominada cuestión judía es, en definitiva, una cuestión teológica. Y los obispos no solo son maestros en teología sino que tienen potestad, poder de aplicación teológica. Por otra parte de nada sirve que cualquier gentil (en lenguaje eclesiástico sería laico) (9) intente resolver el tema pues, como lo mostró la novela del rumano Virgil Gheorghiu La Hora veinticinco, a cualquier no-judío que hable bien de ellos no le creerán y si habla mal lo demonizan como fascista o nazi, por lo tanto la única salida para el "hombre natural" es la ataraxia griega, la indiferencia o la suspensión del juicio sobre la cuestión. Pero ese "hombre natural" no puede resolver la cuestión sino que la deja en suspenso.

    De modo tal que si los obispos no hablan, en tiempo y forma adecuada,  la tensión social que genera el poder omnímodo y total de los judíos sobre la sociedad, el Estado y el pueblo, se corre el riesgo que surja como solución la vía pagana, al estilo nacional socialista, buscando la exterminación de los judíos. Que no es ninguna solución, como lo han demostrado para los pueblos cristianos las consecuencias nefastas de la segunda guerra mundial.

 

   Y ello es así, porque la cuestión judía sobre la que los grandes autores hasta 1945 han escrito tratados específicos, así lo hicieron Marx, Sartre, Guardini, Belloc, Sombart, Dumont, etc., no se resuelve ni desde el punto de vista  racial, ni cultural, ni económico, ni político, la cuestión es teológica y se resuelve en ese plano o no se resuelve. Y los únicos que están habilitados para ello son los obispos.

   Cuando a nosotros desde los púlpitos de nuestras iglesias parroquiales nos quieren hacer creer que "la Iglesia somos todos", lo que están haciendo es trasfiriéndonos las culpas y quedándose con los beneficios. Mutatis mutandi como hizo el teólogo Gera conmigo: la culpa no es de los obispos sino del laicado que no se moviliza. Esto no quiere decir que nosotros pongamos en tela de juicio el Cuerpo místico de Cristo y cosas por el estilo, lo que ponemos en duda es la existencia de la ekklesia como asamblea del pueblo, porque el pueblo en la Iglesia sigue siendo el convidado de piedra, sólo útil para las procesiones. (10)

   Esto explica el por qué la Iglesia es gorila en Argentina y escuálida en Venezuela, del PRI en México y conservadora en Colombia.

  


(1) La idea de laicado es un invento moderno que nace a mediados del siglo XIX con los pensadores sociales católicos. La Iglesia, salvo la primera, fue siempre de los curas, obispos y mojas. El pueblo llano a "tomar por culo" como dicen tan gráficamente los gallegos.

(2) Mi doble origen existencial, Parque Patricios y Magdalena, al igual que Juan Nadie, el personaje de Miguel D. Etchebarne sobre la vida y la muerte de un compadre, me emparienta aún mucho más con lo más genuino de mi pueblo.

(3) Historiador uruguayo recientemente fallecido que fuera asesor del CELAM(consejo episcopal latinoamericano).

(4) Alguien que sabe más que nosotros en estos temas como el Lic. Urbani me hace notar. "Lo de Benedicto tiene una connotación especial puesto que fue el último y definitivo corrector del texto final del Concilio Vaticano II, junto a diez teólogos protestantes. Por ende, de tradicionalista no tiene nada".

(5) Hay que distinguir entre la teología de la liberación de neto corte marxista (Gutiérrez, Boff, Segundo) y la de corte popular, la que intenta recuperar la religiosidad popular (Gera, Scannonne). Pero pasó a la historia sin pena ni gloria.

(6) Nosotros no invalidamos el Vaticano II, como lo hacen los sedevacantistas diciendo que como el Papa no es Papa desde Juan XXIII para acá la sede de Roma está vacante. Esto es un exabrupto teórico que no hay que tomar ni en cuenta. Nosotros decimos que las consecuencias concretas del Vaticano II han sido nefastas para la Iglesia. (ej. vaciamiento de seminarios, ingreso masivo de gays en los mismos, pérdida del espíritu misional y de pobreza, evaporación de lo sagrado en la liturgia como en la vida sacerdotal, etc.).

(7) La carnalidad judía fue puesta de manifiesto en un imperdible artículo del mayor metafísico argentino, Nimio de Anquín (1896-1979) en Racismo nazi, racismo judío y linaje cristiano (1939): "El judío sin fe - sin la historia teológica- es nada, y el judío actual simboliza el hombre incrédulo. La fe es la acción del hombre por la que entra en relación con un ser, y la fe religiosa está dirigida a lo intemporal, al ser absoluto, a la vida eterna. Y el judío es nada, en el más profundo sentido, porque él en nada cree. La fe es todo en la vida del hombre, la fe en Dios o por lo menos la fe en el propio ateísmo; pero el judío no cree en nada, ni en su propia fe; duda de su duda; es el hombre impío en el más amplio sentido del vocablo; es el hombre irreligioso por excelencia. Este ser infra-humano no es el judío del Antiguo Testamento, el de la tradición profética en que vive como incluida la vocación real y sacerdotal del pueblo elegido. En él no hay ni rastros de fidelidad a la idea de la venerable teocracia. Ha roto deliberadamente su nexo con el grandioso pasado y ha quedado vacío de su historia inigualable que sólo pudo escribirse con el auxilio del brazo de Dios".

(8) Schmitt, Carl: Teología política, Bs.As. Ed. Struhart, 1985, p. 95,

(9) Meinvielle, Julio: De la Cábala al progresismo, Bs.As., Ed. Epheta, 1994, p. 361

(10) Otra de las consecuencias de mi articulo sobre la sotana blanca es la invitación que me hicieran a dialogar con el P. Lucio Gera uno de los teólogos del concilio y de la liberación latinoamericana que más fama ha acumulado en estos últimos 50 años. Su respuesta ante mis planteos fue sacarse el sayo de encima afirmando que hay que movilizar al laicado. En una palabra que nosotros los laicos nos convirtamos en el personaje de la Hora Veinticinco. Una vez más poniendo el carro delante del caballo.