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Mundo Hispánico

MESTIZAJE E IGUALITARISMO EN AMÉRICA

MESTIZAJE E IGUALITARISMO EN AMÉRICA

Alberto BUELA 

 

  Parece ser que ya pasó la época en que los ensayistas que se ocupaban de la índole de nosotros, los americanos, sostenían la superioridad de la raza blanca europea, afirmando que éramos más o menos capaces en la medida en que nos acercábamos a tan preciado arquetipo de hombre. Ellos nos juzgaron según pautas dadas por el Iluminismo y la Ilustración, y tuvieron su plenitud durante dos siglos y medio -XVIII, XIX y primera mitad del XX-.


  Si, hipotéticamente, hay algo de bueno en las consecuencias de la segunda guerra mundial, ello es la quiebra definitiva de la imagen eurocéntrica de hombre. A partir de allí el hombre europeo pierde su validez universal y se transforma en un tipo más de las distintas figuras de hombre que habitamos este mundo.
  Hoy, y desde hace medio siglo, ha adquirido plena vigencia la teoría del mestizaje para explicar lo que somos nosotros, los americanos. Así tenemos mestizajes de toda laya. Aquellos que nos hablan de mestizaje cultural: en América convergen todas las culturas. Somos la raza cósmica. Racial: a la América ibérica se superpone la africana, luego la latina, ahora la coreana etc. Lingüística: en nuestra América no hablamos el portugués y español peninsulares sino ya una lengua diferente a aquellas. Ontológico: Sosteniendo, según la teoría hilemórfica, que el indio es la materia y el europeo la forma. Político: nuestras formas de gobierno son democracias autoritarias, mezcla de caudillos y de pueblo. 
  La consecuencia de esta teoría del mestizaje es la miserable, bastarda y claudicante “teoría de la no-conclusión de América”, según la cual América aún no es. Ejemplar típico de los sostenedores de esta vergonzante teoría es nuestro compatriota, el confundido Carlos Dufour quien, muy suelto de cuerpo cual mariposa gringa que es, afirma: ”La dialéctica de nuestra identidad estará en ser lo que no somos y en dejar de ser lo que fuimos”. Es la tesis típica de aquellos que carecen de enraizamiento a su tierra y a sus tradiciones.
  Esta teoría del mestizaje, bajo sus distintas variantes, supone que los aportes son por partes iguales en todo. Aún cuando algunos pongan más el acento en lo indio -los indigenistas- y otros en lo latino -los latinoamericanistas-. La idea de igualdad está en la base de la teoría del mestizaje. Y éste es el aspecto más falaz de dicha teoría.

 


  Vayamos por partes. Nosotros no negamos que en nuestra América se haya producido un mestizaje. Es más, creemos que el fruto más logrado de ese colosal abrazo que se dan, durante tres siglos, tanto en la lucha como en el lecho, peninsulares y aborígenes es la América criolla, la América morena. Lo que nosotros negamos es que seamos el producto de un “igualitarismo cultural” en donde la cosmovisión bajomedieval que traían españoles y portugueses haya aportado por partes iguales con la cosmovisión indiana en la constitución de lo que somos. No. De ninguna manera. El mestizaje que se dio en América, y hay que decirlo con todas las letras, no es un entrecruzamiento por partes iguales, pues en los aspectos superiores de la vida del espíritu - lengua, religión, filosofía, instituciones, etc.- el aporte ibérico fue incomparablemente mayor que el indiano. Y es por este aporte que nosotros, los americanos, somos herederos legítimos de las tres grandes figuras cosmovisionales que ha producido Occidente: la greco-romana, la heleno-cristiana y la hispano-portuguesa. Y en este sentido podemos decir, disculpen la inmodestia, que nosotros lo iberoamericanos somos el verdadero Occidente, y ello no tanto por nuestro méritos sino mas bien porque hemos sido menos zapados, menos corroídos por la modernidad. Y en esta defensa ante la avasallante marcha del mundo moderno, no poco ha tenido que ver el aporte indiano con su categoría de tiempo.

 


  Nuestra conciencia hispanoamericana, y esta es una de nuestras principales tesis, surge de la simbiosis de dos cosmovisiones: la bajomedieval o arribeña y la indiana o precolombina.

  Nuestra conciencia  se constituye hablando filosóficamente no como un compuesto sustancial sino como un mixto perfecto, puesto que nuestra identidad surge por fusión y no por mezcla de diversos elementos completos en sí mismos - lo bajomedieval y lo indoamericano como cosmovisiones- que forman un todo natural: la conciencia hispanoamericana que es análogamente diferente a los elementos de que está compuesta. Esto es a lo indo y a lo europeo bajomedieval.

  Pero ¿qué rasgo propio de aquellos aborígenes de mil lenguas y centenares de etnias perdura en nosotros? Y ¿qué rasgos propios habitan en nuestra conciencia de aquellos españoles de mil razas que poblaron Iberia y forjaron América? Destacamos dos: la categoría de tiempo que nos viene de nuestra matriz telúrica y el sentido jerárquico de la vida y de valores objetivos que proviene de la cosmovisión católica ó bajo medieval “que es la que rescata al indio americano de la oscuridad de sus ídolos”, en la expresión de Jaime Eyzaguirre. Aclaremos que cuando hablamos de “lo católico”  no lo hacemos en tanto que categoría confesional sino en cuanto a que es el rasgo que caracteriza la Weltanschauung del hombre europeo arribado a las tierras americanas.

 


  Así pues, esta conciencia europea, incluso hasta las últimas olas migratorias, no pasó por los diferentes estadios de lo que Christopher Dawson denominó Revolución Mundial. Es decir, Reforma, Revolución Francesa, Revolución Bolchevique y Revolución Tecnocrática. En una palabra nosotros forjamos nuestra identidad asumiendo la fuerza vital y los valores de la Europa anterior a la Revolución Mundial, aunque encarnados en forma diferente debido a la gran matriz americana - el genius loci: clima, suelo y paisaje- y éste es el motivo por el cual Hispanoamérica toma desde el comienzo, desde el siglo XVI, un camino diferente al resto de Occidente. Para nosotros lo tradicional y lo local no se oponen a lo occidental como en Africa o Asia, sino que es lo occidental auténtico moldeado por el aporte indiano. Lo criollo es nuestra manera de ser occidentales.

 


  Si los rasgos históricos básicos de Occidente son: el indo-europeo como substrato lingüístico, la noción de ser aportada por la filosofía griega (que las tradiciones no occidentales jamás presintieron ni barruntaron), la concepción del ser humano como persona que aplica su voluntad libre en la propiedad como aporte romano, el Dios uno y trino personal y redentor como aporte más propio del cristianismo y la instrumentación de la razón como poder científico y tecnológico que le ha dado hasta el presente la primacía sobre Oriente. Y estos elementos fundantes son reemplazados por la alienación lingüística del baby talk; el reemplazo del pensamiento reflexivo por la gnosis moderna como atajo al saber; pérdida de los méritos de la persona en el anonimato igualitarista; disolución del mensaje cristiano de salvación en un mensaje puramente social y participación activa en el poder de coerción por parte de Oriente. Nosotros, los hispanoamericanos, estamos en contra de este Occidente porque no es otra cosa que nuestra guillotina. Y esto, hoy en día, lo comprende claramente el mundo musulmán que distingue en forma tajante entre el occidente judeo-anglo-sajón y el occidente Iberoamericano.

 

  Si al comienzo de esta meditación intentamos responder a la pregunta de ¿quiénes somos?, corresponde ahora contestar a la pregunta de ¿qué es América?. Y ésta es la segunda de nuestras tesis.
  Así, sostenemos que América debe ser entendida como “lo hóspito” donde el hombre, sea en su búsqueda de gloria y riquezas, sea huyendo del hambre, la guerra, la enfermedad, la persecución, busca realizar plenamente su naturaleza. En América, y esto vale para la totalidad de su territorio, todos somos inmigrantes desde los primeros aborígenes que entraron por el estrecho de Bering hasta las últimas oleadas de asiáticos que están llegando estos días. América se diferencia del resto del mundo por su capacidad de hospedar (hospitari) a todo hombre que como huésped (hospitis) viene de lo in-hóspito. América es pues “lo hóspito”. Ahora bien, esta aparente pasividad receptiva lleva ínsita una actividad modificadora, que mediante la acción del ya mencionado genius loci americano - clima, suelo y paisaje- transforma a lo recibido.

 

  Para concluir entonces y volviendo al comienzo de nuestra exposición, digamos que la mayor dignidad de una cultura en nuestros días está en relación directa con la conciencia clásica. Ni España, Inglaterra, Francia o Alemania para constituir su identidad mezclaron lo clásico con lo bárbaro sino que dejaron que aquel informara a éste. De igual manera la identidad americana no se debe buscar en el mestizaje a partes iguales sino en la aproximación a las fuentes clásicas de cultura occidental pero, eso sí, vistas y vividas desde América.

 

  Repitámoslo, nuestra exigencia es doble, por un lado tenemos la obligación de pensar y actuar a partir del enraizamiento a la tierra americana y sus tradiciones telúricas, pero en la medida en que nuestra expresión americana se aparte de lo heleno, romano, hispano, cristiano tanto menos tendrá validez universal nuestra cultura y tanto menos será nuestra dignidad y nobleza. Un ejemplo emblemático, tomado del arte, acerca de lo que queremos decir es la Misa Criolla de Ariel Ramírez o los imagineros de nuestro norte argentino o la platería y tejeduría pampa.

EL NACIONALISMO INDIGENISTA. POSIBILIDADES Y LÍMITES

EL NACIONALISMO INDIGENISTA. POSIBILIDADES Y LÍMITES

Vicente BLANQUER


  Antes de iniciar este artículo quisiera hacer una justificación del mismo y una descripción de la realidad cultural de dos de los países con mayor fuerza de peso del indigenismo. Generalmente la distancia suele actuar como una lente de aumento agrandando problemas que vistos de cerca son menores que la idea que de ellos nos hacemos, sobre todo cuando faltos de elementos nos aproximamos a ellos no desde la contemplación de sí mismos sino acudiendo a la analogía de otros problemas que conocemos mejor. Internet ha permitido, sin embargo, un intercambio de información mucho mayor y más rápido que puede ayudarnos a subsanar esta dificultad de inicio.

  El propósito de este artículo es no sólo describir la amenaza del indigenismo, como ideología opuesta al hispanismo, sino conocerlo mejor para saber cuál es el alcance de la amenaza y hasta qué punto constituye un desafío al proyecto hispánico.
  Vamos a centrarnos sólo en el área andina porque es, aparentemente, donde los analistas internacionales prevén mayores posibilidades de desarrollo de movimientos indigenistas. Cuando leí por primera vez a Isaac Bigio de la London Scool of Economics y a Mark Falcoff del American Enterprise Institute for Public  Policy Research en su artículo “Los últimos días de Bolivia” me quedó la duda de si los intelectuales anglosajones estaban haciendo un análisis de los hechos, limitándose a ver lo que pasaba, o si había algo más. El artículo de Isaac Bigio sobre el nacionalismo aymara nos presenta a los nacionalistas aymaras como furibundos antiimperialistas americanos cuyo objetivo es impedir la salida del gas de Bolivia a Estados Unidos y cómo la única alternativa de los hispanófonos iba a ser crear su propio Estado, dejando el altiplano abandonado a la droga, a la política, a la corrupción y al subdesarrollo.
  Pero había algo que no encajaba. No es la primera vez que Wal Street coquetea con sus enemigos jurados; lo hicieron con el bolchevismo, lo hicieron con el fundamentalismo iraní, lo hicieron con los talibanes, lo hicieron con Sadam Hussein y, posiblemente, lo seguirán haciendo.

  Entonces si en el altiplano no hay nada, no hay intereses estratégicos ni petróleo sino sólo patatas ¿para qué crear un Estado más? Posiblemente la respuesta esté en que sí hay algo que genere dinero: la coca. Según el F.M.I. la droga inyecta en los mercados financieros anualmente 500.000 millones de dólares. Estados Unidos ha abanderado la lucha internacional contra el narcotráfico, pero en esta “lucha” quien no distingue entre los medios y los fines corre con frecuencia el peligro de traspasar la fina línea que separa lo lícito de lo ilícito. Para perseguir el narcotráfico los americanos crearon la figura del agente encubierto o infiltrado, al que se le permitía vulnerar la ley con el objetivo de obtener información. El problema es saber ¿cuál es el límite de esta obtención de información? Y ¿cuál es el objetivo de ese agente oculto? Si actúa demasiado pronto su misión se hunde, pero si lo que se pretende es un logro a largo plazo cabe preguntar  ¿Qué se desea? ¿acabar con el narcotráfico?, ¿controlar el narcotráfico?, o ¿canalizar el narcotráfico? El Doctor John Coleman, ex oficial de los servicios secretos americanos explica en su obra “Terror in the Skies” (1989) algunas peculiaridades de la revolución iraní. Si los ayatolahs pusieron el fanatismo los británicos pusieron el dinero. ¿Por qué la administración Carter no suspendió la venta de armas a Irán ni siquiera durante la crisis de los rehenes? Pues porque ello habría afectado al monopolio que el M I 6 ejercía sobre el tráfico del opio; “para controlarlo,” evidentemente. Otros autores como Meter Dale Scott, Alfred W. McCoy o Gary Weber han investigado esta “estrategia de lucha contra el narcotráfico” que al final se resume en “controlar” el narcotráfico, es decir sustituir a los narcotraficantes en su función. El libro de Peter Dale Scott, “Cocaine: Drugs and the C.I.A. in Central America” analiza el papel de la contra en la financiación del derrocamiento del sandinismo. El libro “Dark Alliance: The C.I.A., the Contras and the Crack Cocaine Explosion” de Gary Webb explica cómo el tráfico de cocaina y crack se “controlaba”, canalizándolo hacia ambientes marginales donde, de un modo u otro, habría llegado de todos modos, es decir hacia los ghettos negros e hispanos. Los ex agentes de la D.E.A. Michael Levín y de la C.I.A. Celerino Castillo III también abordan el tema en sendos libros: “The Big White Lie: The C.I.A.  and the Cocaine Crack Epidemia: An Undercover Odyssey”, (New Cork 1993) y “Powderburns: Cocaine, Contras and the Drug War" (Oakville, Notario, 1994).
   El antiamericanismo verbal no ha impedido a la C.I.A. hacer negocios con el opio de los talibanes y probablemente será una licencia que se tolere a Evo Morales mientras no se salga de la raya.

   Los nacionalismos centrífugos pueden relacionarse con la globalización como fenómeno no sólo político sino ideológico. El vaciamiento de contenido de función del Estado nación por parte de los organismos supranacionales crea una situación propicia para que los localismos denuncien el carácter superfluo del Estado e intenten reemplazarlo, entendiéndose directamente con tales instituciones. Los Estados Unidos a través del National Endowment for Democracy y el American Enterprise Institute, los KOMINTERN del liberalismo de obediencia a Washington, de hecho impulsan la descentralización y las iniciativas locales en un país como  modo de luchar contra la corrupción, es decir de neutralizar a aquellos que se oponen a la política estadounidense, cuando el único modo de luchar contra la corrupción es precisamente el inverso: reforzar el control y la supervisión pública sobre los poderes locales, los más vulnerables a este fenómeno. El instrumento de esta política son las llamadas Organizaciones No Gubernamentales, que son no gubernamentales en relación a los gobiernos en cuyos países actúan pero si seguimos su financiación a través de fundaciones “humanitarias,” como la Fundación Carnagie o la Fundación Rockefeller, cuya relación con determinados gobiernos hace que no se sepa dónde acaban dichos gobiernos y dónde empiezan determinadas fundaciones, la respuesta se nos presenta un poco menos clara. Como decía alguien en Brasil, hay más O.N.G.s. defendiendo los indios que indios mismos.

   Pero no nos apartemos del tema central, ¿es viable la reconstrucción del Tahuantinsuyu como preconiza Evo Morales? En primer lugar habría que preguntarse si Evo Morales sabe lo que era el Tahuantinsuyu porque no era, como él sostiene, un Estado indígena sino un Estado quechua, esto es de los antepasados de aquellos que sometieron a los aymaras, es decir, a su pueblo.
   El quechua, o runa simi, lengua de los humanos, se ha fragmentado en dos ramas, el waywash y el wampuna, las cuales se subdividen a su vez en siete lenguas en función de su intercomprensibilidad. El lingüista peruano Alfredo Torero señala el ancash y el tarma en Huanuco, el huanta en Jauja, el cañari en Cajamarca, el chachapolla en Lamas y el quechua meridional de Ayacucho y Cuzco en Perú y de Cochabamba y Potosí en Bolivia.
   De modo tal que el runasimi de los Incas es tan parecido al tarma o al huanca como el francés o el español al latín. Por otro lado no existe un correlato entre etnia y lengua porque el “quechua” que se habla hoy en zonas que nunca han sido quechuófonas es consecuencia de un proceso de expansión del quechua como consecuencia de la catequización de grupos como los chancas o los cañaris, enemigos históricos de los Incas, y lingüísticamente distintos en el momento de la conquista. El problema es que el pecado capital de occidente es la abstracción que nos lleva a olvidar que lo indígena es un término relativo inventado por extranjeros que definen a estos pueblos en relación a si mismos, es decir no por lo que son sino por lo que no son. No hay una esencia indígena. Y resulta sorprendente que la izquierda tan crítica, cuando le da la gana, respecto de lo que llama esencialismo nacionalista no vea o no quiera ver que los indígenas existen sólo en relación a quienes no se consideran tales e incluso si fuéramos un poco rigurosos diríamos que el concepto de indígena, endo genos, nacido de dentro, es aplicable a cualquier grupo humano y por tanto todos somos indígenas de algún lado.

  La izquierda indigenista suele pasar por alto que si hoy conocemos la literatura y la historia indígenas es gracias a que la malvada España introdujo el alfabeto entre pueblos ágrafos que no habían pasado de la escritura ideográfica o pictográfica. La izquierda reivindica el odio al blanco sin caer en la cuenta de que los aymaras no fueron conquistados por los españoles sino por los Incas y que difícilmente podían arrebatarles una independencia que no tenían. Los indigenistas olvidan que la correlación étnica de América se alteró de forma irreversible durante la época española como consecuencia del impacto de las enfermedades, de modo tal que los quechuas en Perú, por ejemplo, son el 16% de la sociedad. Y digo que es irreversible este cambio porque el único modo de revertirlo es mediante la guerra y el genocidio. Por esta razón la ideología del genocidio es tan importante en la mitología del nacionalismo indigenista: no tanto porque arroje luz sobre el pasado cuanto porque permite justificar el futuro. No en vano Mark Falcoff ha destacado que Robespierre y no Locke es el impulsor de estos movimientos. Estos indigenistas como Felipe Quispe, ex comandante del “Ejército Guerrillero Tupac Katari”, la  E.T.A. aymara, hoy reconvertido a la agitación de masas, siempre plantean su reivindicación del quechua y del aymara en relación al español y no de los idiomas que perdieron terreno frente al quechua y al aymara precisamente por la dominación española. El indigenismo de Felipe Quispe tiene poco que decir de los chipayas o los yurus sometidos por los aymaras. ¿Qué solución daría Felipe Quispe a los quechuas de Cochabamba y de Potosí que en principio eran zonas aymarófonas?
   ¿Y cuál sería la situación de la mayoría hispanófona de Bolivia? Porque - no lo olvidemos - el español es la lengua mayoritaria de los bolivianos pues el indígena no es ningún idioma.

COMUNIDAD SURAMERICANA: ¿CÓMO?

COMUNIDAD SURAMERICANA: ¿CÓMO?

Alberto BUELA

Cuando el 8 de diciembre de 2004 se lanzó en Cuzco la Comunidad Suramericana de Naciones llamamos la atención diciendo: “que pareciera tener sólo amigos. No sólo se convocó a los diez países suramericanos sino también a los enclaves coloniales de Holanda e Inglaterra en los pseudo países de Surinam y Guyana. Se olvidaron de Trinidad y Tobago,  Guayana francesa y Malvinas para hacer cartón lleno con el territorio de la América del Sur. Esta convocatoria realizada desde la ingenuidad política internacional más evidente tiene, a pesar de la buena voluntad de sus creadores, sus enemigos. Y estos son, en primer lugar, sus mismos creadores”.
 
Esta ironía se confirmó un año y medio después en la Primera Cumbre de presidentes de la Comunidad Suramericana de naciones que se realizó en Brasilia el 30 de septiembre de 2005. Con la ausencia de los primeros mandatarios de Suranam y Guyana, así como del gobernante de América del Sur más obediente a la geopolítica norteamericana: Alvaro Uribe de Colombia. La ausencia de Tabaré Vázquez de Uruguay se explica contrario sensu, pues previó el tono adverso de la Cumbre al documento que firmara en mancomún con Chávez.
 
Res non verba, la cosa no habla porque los hechos hablan por sí solos. Acá existe un país interesado vivamente en la Comunidad Suramericana y es Brasil, que además tiene intenciones no ocultas de liderazgo, el resto es “cartón pintado”. Nuestras cancillerías hacen como si se interesaran, pero no es más que un simulacro. Los hechos nos están indicando que su vocación de integración suramericana dista mucho de querer plasmarse en realidades político-económicas.
 
Por otra parte esa vocación hegemónica de la región por parte del Brasil salió a luz en el momento de la firma de la declaración final de la cumbre con la reacción de Hugo Chávez de no firmarlo, habida cuenta que no había sido discutido ni estudiado. “Venezuela no la da por aprobada. Ni siquiera se debatió la estructura institucional de la Comunidad. No aceptamos que se diga que hay una estructura aprobada. Si no se acepta un modelo de integración diferente del modelo del Mercosur o de la Comunidad Andina de Naciones - que clasificó de neoliberal - la integración de América del Sur puede fracasar”.
 
La declaración del presidente Chávez nos pone en una disyuntiva de acero: o cambiamos el modelo de integración en la construcción de la Comunidad Suramericana de Naciones o fracasamos una vez más. Esta nueva Comunidad nació, antes que nada, como una integración política, pero no puede hacerse bajo el modelo neoliberal sino sobre un modelo de desarrollo que en su proyección política reemplace paulatinamente el falso sistema de representatividad de la democracia liberal-burguesa, como sostenía Arturo Sampay, hasta el logro de una democracia participativa en donde todos los cuerpos intermedios de la sociedad civil puedan participar en la representación política.
 
Nunca se insistirá lo suficiente en aquel pensamiento liminar de Juan Bautista Alberdi en su Fragmento Preliminar: “aquello que debe caracterizar a la filosofía más adecuada a la América del sur es su aplicación a sus  problemas y necesidades concretas”. Hay que reemplazar los criterios ideológicos vigentes (los neoliberales) por criterios geopolíticos en donde se privilegien las ventajas comparativas de nuestro continente: tipo de población, complementación tecnológica y militar, “commodities”, riquezas del subsuelo (agua y petróleo), minerales estratégicos, vías navegables (del Plata al Guaira),  etc. En donde además se tenga en cuenta explícitamente la determinación del enemigo, porque si se pretende construir un gran espacio económicamente autocentrado de carácter bioceánico que involucre el destino de 346 millones de personas con una superficie el doble de EEUU y dos veces Europa occidental, no creemos que ello sea un chiste que complacientemente festejaran los poderes indirectos que manejan el mundo. Esto afecta muy importantes intereses como lo son los de las multinacionales empresarias y financieras.
  
Establecer un modelo de desarrollo y determinar el enemigo de éste, son los dos pasos previos que tienen que jugar una función sustantiva en la constitución de la Comunidad Suramericana de Naciones; de lo contrario sumaremos un fracaso más a los múltiples y variados intentos de integración regional que hemos intentado a lo largo de doscientos años de independencia virtual.

 Volvemos a insistir: el eje geopolítico de esta Comunidad Suramericana de naciones pivotea hoy a partir de Caracas y se extiende hasta Buenos Aires pasando por Brasilia, pero tiene que salir forzosamente al Pacífico por Lima, (no hay otra capitalidad disponible) que no sólo le brinda una salida bioceánica sino que sobre todo equilibra las tensiones entre los dos bloques que constituyen América del Sur: el luso y el hispano americano.

EVO MORALES: M.A.S. ES MENOS

EVO MORALES: M.A.S. ES MENOS

Inmaculada MOMPÓ 

  

   Es muy poco, en sustancia, lo que los medios de comunicación habían divulgado hasta la fecha sobre Evo Morales Aima, que asumirá la presidencia de Bolivia el 22 de enero, pero el hecho de que nos hayamos acostumbrado a leer o escuchar su nombre siempre precedido de las palabras “dirigente cocalero”, nimba en el Viejo Mundo al personaje con un aura de exotismo.
  

   Morales aparenta ser hombre humilde y sencillo: en un país de mayoría indígena sumida en la pobreza procede de una familia rural aimara de siete hermanos, cuatro de los cuales murieron siendo aún niños. Se inició en el sindicalismo ya en su juventud y consiguió su primera acta de diputado en 1997, enfrentándose desde entonces a la clase política tradicional de Bolivia y ganando celebridad por su defensa del derecho histórico de los campesinos al cultivo de la hoja de coca. En diciembre de 2005 un 54% de los votantes bolivianos respaldaron su candidatura a Presidente de la República.
   Las propuestas económicas contenidas en su programa electoral suscitaron la inquietud de algunos gobiernos del llamado Primer Mundo y singularmente de las empresas multinacionales que operan en Bolivia. Es comprensible la desazón de los directivos de Repsol-YPF al leer que el Movimiento Al Socialismo (MAS) se propone nacionalizar el sector de hidrocarburos, de modo que el Estado boliviano asuma no sólo la propiedad de las reservas y los pozos sino igualmente el control total y la dirección de la cadena productiva, incluida la fijación de precios para el consumo interno y la exportación. El programa del MAS literalmente insta a las empresas del sector a firmar nuevos contratos dentro del régimen de prestación de servicios y someterse a la dirección y el control estatal, o cesar sus operaciones en Bolivia. La primera semana de 2006 permitió a los españoles conocer algo más de cerca a Morales, en Madrid procedente de La Habana y Caracas y rumbo a París. Repitió algunas de sus consignas sobre el ejercicio del derecho de propiedad sobre todos los recursos naturales pero las matizó una y otra vez, de forma contradictoria y confusa, sin abandonar el terreno de la ambigüedad y con la clara intención de tranquilizar a las empresas españolas, evitando el término “nacionalización”. Muy similar puesta en escena acometió posteriormente en Francia. Tras repasar detenidamente las declaraciones publicadas del presidente electo es imposible determinar con seguridad si planea la nacionalización de los recursos naturales bolivianos, si se conformará con ajustar las condiciones y los márgenes de las empresas extranjeras o simplemente pretende que tributen a la hacienda pública, como llegó a afirmar en Madrid ante un estupefacto auditorio que dedujo sensu contrario que en Bolivia existen empresas que abiertamente gozan de bula fiscal.

   Con sinceridad, la faceta macroeconómica de Evo Morales es interesante por enigmática, pero de relevancia menor en comparación con su propósito de “refundar Bolivia”. Podemos encontrar las ideas que alimentan dicha refundación en el programa del MAS, en la sección de Principios Ideológicos que espigaremos a lo largo de este artículo, donde se afirma textualmente: “Se han cumplido 500 años de la presencia europea y 176 de vida republicana. Durante estos 500 años hemos estado dominados por la cosmología (sic) de la cultura occidental, dominación que no ha alcanzado ninguno de sus objetivos”. Creemos entender que el peregrino uso de la voz cosmología ha de ser tomado como sinónimo de cosmovisión, que es cosa distinta. El MAS incurre en un error conceptual de bulto al identificar la cultura occidental con el capitalismo de la modernidad y la globalización postmoderna, como veremos seguidamente. Tras denunciar con toda justicia la intolerable pobreza del subcontinente americano, y muy particularmente de Bolivia, con sus terribles consecuencias en sanidad, servicios, infraestructuras y analfabetismo, señala certeramente el objetivo último de la globalización: “La globalización no es otra cosa que los grandes consorcios de los países del norte (...) se adueñen por el camino de la capitalización de las riquezas más apetecidas que estuvieron en manos del Estado en los países del sur del mundo”. Pero, a renglón seguido, pisa el charco y añade: “Estos son los resultados por haber tomado el camino de copiar y remedar los fundamentos de la cultura occidental. (...) Los conceptos de globalización y economía de mercado se enmarcan en la cosmología occidental, como el viejo concepto de progreso que se desprendía del paradigma científico de la modernidad. (...) El denominado siglo de las luces de occidente ha caducado y ya no es ninguna opción para la humanidad”.

   ¿Por qué la obstinación del MAS de Evo Morales en identificar la cultura occidental con su extravío moderno y contemporáneo? Morales sabe – porque es de suponer que lo sabe – que la  civilización occidental, a la que América fue incorporada por su adscripción a la cultura hispánica, no guarda relación alguna con el fenómeno contemporáneo de la globalización. Morales - que ha cursado estudios de bachillerato - conoce que la civilización occidental arribó a las Américas en naves españolas y sufrió sucesivas crisis y fracturas en los siglos XVI a XVIII de forma que fue mutando sus basamentos en los siglos XIX y XX hasta hacerse irreconocible en nuestros días su cosmovisión primigenia. Presumiblemente Morales está informado de dónde surgieron las mutaciones de la civilización occidental y sabe que no tuvieron lugar en el espacio cultural hispánico. Morales, que hoy engrosa la relación de los conductores de pueblos, debe conocer que la modernidad y sus paradigmas como el cientificismo y el progreso indefinido no están vigentes en Bolivia, ni en España, desde hace quinientos años y, por lo tanto, miente sin pudor al trazar una línea continua desde la época virreinal hasta nuestros días, desde la Monarquía Católica hasta la era de la globalización.
   El problema de Evo Morales y del MAS no es otro que el de participar de esa entelequia demagógica y suicida conocida por indigenismo: un racismo socialmente aceptado y políticamente correcto. No faltará quien piense que es inconcebible que una opción política racista cuente con el apoyo incondicional de los medios de prensa bolivianos propiedad de la multinacional PRISA, arquetipo de progresismo, pero así es. Racismo es el desprecio profundo que Morales y los suyos profesan hacia todo aquello que provenga del “diferente”, del criollo blanco de origen español en este caso. Un desprecio, matizamos, nacido del resentimiento que brota de la clamorosa injusticia social. Y ese racismo conduce al MAS hacia la barbarie de formar un único lote con la civilización occidental, la cultura hispánica, el capitalismo, la globalización y – también, aunque de momento con sordina – el cristianismo. Precisamente en este sentido y no en otro ha de ser interpretada la implícita profesión de fe en la vieja superstición incaica contenida en los Principios Ideológicos: “Nuestra cultura andina y amazónica es fundamentalmente simbiótica y de total equilibrio con la naturaleza. Para nuestras raíces culturales el hombre no es el señor, ni el gerente ni el amo del planeta tierra. Somos parte de él, somos parte del todo (...) Para nosotros el planeta tierra tiene vida. Es inteligente y autorregulado. A este principio nuestros antepasados le han denominado Pachamama, es decir madre tierra y a ella, a la madre tierra no podemos violarla a titulo de dominarla no podemos venderla ni comprarla porque somos parte de ella y en ella criamos la vida, Pachamama quiere decir que el ser humano con y para la tierra y es lo contrario de la cultura occidental que vive de la tierra y sobre la tierra”.

   ¿Hacia dónde camina el indigenismo del MAS? Es difícil dar una respuesta concisa pues, ya antes de la asunción de la presidencia, el ímpetu viajero de Morales y su locuacidad ante los micrófonos desconciertan a cualquier observador racional. Resulta complejo aventurar cuáles serán las líneas maestras de un individuo que afirma unirse al “eje bolivariano” de Chávez y Castro, nada menos que... ¡¡¡para reconstruir el Tahuantinsuyo!!! Ardua labor la de predecir cómo gobernará un ferviente anticapitalista a cuyo favor trabaja la prensa del oligopolio capitalista de PRISA. Casi imposible imaginar qué bulle en la sesera de Morales, escéptico ante lo que denomina “Estado colonial boliviano” pero entusiasta cada vez que enumera las supuestas “naciones” aimara, quechua, guaraní, uru-chipalla, mojeña o chiquitana aunque, al mismo tiempo y sin rubor, proclama su anhelo por construir la Patria Grande... “latinoamericana”, por supuesto. Es vano hacer pronósticos sobre Morales, que vehementemente rechaza la civilización occidental, habla en español y se autodenomina americano “latino”. Si además, al visitar China, la declara su aliada ideológica y confiesa su admiración por la revolución cultural maoísta lo único razonable que resta es elevar plegarias por el pueblo boliviano.

   En definitiva, cuando el MAS proclama: “nuestras raíces culturales, las culturas andina y amazónica, han triunfado sobre los fundamentos de la cultura occidental”, todo individuo de mínima instrucción lamentará los despropósitos a los que se puede acceder desde el propio complejo de inferioridad. Pero, además, los espíritus sensibles experimentarán una profunda conmiseración ante la inmensa tragedia que se cierne sobre la ya desdichada Bolivia.