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Bitácora PI

Identidad y civilización

LA F.E.A. DEL SOCIALISMO RANCIO. "Educación para la Ciudadanía".

LA F.E.A. DEL SOCIALISMO RANCIO. "Educación para la Ciudadanía".

Mª Teresa PUERTO FERRÉ

 

   A la nueva asignatura que se ha sacado de la manga el socialismo zapateril ya la han motejado los docentes con el nombre de FEA: «Formación del Espíritu Antidemocrático» y, si los padres no lo remedian, podría ser una perfecta arma de adoctrinamiento ideológico de nuestros chavales. ¿Modelo cubano?, ¿modelo venezolano? ¿España tercermundista?... Nada extraño.
   La mayor desgracia que le ha tocado a España es tener la izquierda más rancia y acartonada de todo el Occidente civilizado. Una forma obsoleta de socialismo regresista y decadente que ya no se lleva ni donde lo fundaron: hasta Putin lo ha fumigado en Rusia. Algunos leales militantes ya nos desvelaron su inútil ranciedumbre en la misma «década prodigiosa» cuando el Che Guevara, que lo practicaba tan bien, nos brindó su ilustre definición. Fue en marzo del 1964, de vuelta de su periplo por la Rusia soviet, cuando le dijo a Fidel: «El Socialismo es una estafa ideológica defendida por un ejército».

 

   Y lo sigue siendo, solo que ahora esos aplastantes ejércitos ya nos son de tanques ni KGB sino de bien dotados equipos mediáticos. Pero el pueblo llano no se ha enterado. La miope y confiada derecha española no supo aprovechar sus años de gobierno para informar al pueblo. No supo o no quiso hacerle pedagogía televisiva mostrándole los innumerables reportajes que se han pasado por toda Europa y EE.UU., desvelando ese mapamundi de campos de concentración, fosas comunes, miseria, ruina moral, y mafia que nos ha dejado el socialismo real a lo largo y ancho de todo el siglo XX y del mundo entero... Con pedagogía televisiva, el pueblo español hubiera aprendido la lección y entendería muy bien el obsoleto calco soviet que ETA prepara para Vasconia y Zapatero para el resto de España.
   Con esa pedagogía el pueblo se sublevaría —esperemos que lo haga pronto— contra este adefesio de adoctrinamiento ideológico de la marxistoide FEA zapateril. Bajo el disfraz-máscara de «Educación para la Ciudadanía» se prepara para nuestros estabulados infantes la réplica de aquella horrenda asignatura que Stalin y sus acólitos imponían en sus escuelas: la DIAMAT (= dialéctica del materialismo marxista). Para mayor esclavitud al régimen soviet, para mayor multiplicación de sus «useful idiots» (=tontos útiles del sistema). Entontecidos y estabulados.

 

   De una de mis visitas a Lituania guardo en la memoria las palabras del presidente del Sindicato de Estudiantes de la Universidad de Riga, Viesturs Koziols, denunciando el marxistoide lavado de cerebro durante los años de ocupación socialista: «En aquellos días de la ocupación éramos conscientes de que el 70% de las cosas que nos enseñaban en clase, eran falsas. Pero eso no era lo peor. Lo más grave era tener solo una visión del mundo: la impuesta por la ideología marxista-leninista a través de la DIAMAT —dialéctica del materialismo marxista— que impregnaba todas las asignaturas. Infectadas por esta uniformizante ideología, todas las Ciencias Sociales que se enseñaban en las escuelas y universidades lituanas carecían de credibilidad entre los estudiantes. Queremos vivir en una auténtica y libre democracia donde toda la gama de opciones de libre elección sea posible: no queremos al «Big Brother» —Gran Hermano— tomando decisiones por nosotros».
   El socialismo zapateril nos quiere ignorantes de la historia relatada por Viesturs y lleva a la desquincallada educación española hacia el mismo abismo de la estabulación marxistoide. Lo quiere hacer a través de su DIAMAT de bolsillo —la FEA— donde el Gran Hermano ZP nos impondrá su «moral lewinsky», su ética lésbica, su maricomio homosexual, su «menage-a-trois», su divorcio expressssss, su homicidio legalizado —aborto/eutanasia— , sus parejas de cohabitación, sus disparates multikulturales y pluri-nazi-onales, sus alianzas de civilizaciones delictivas, sus ...ensoñaciones totalitarias. La nueva estafa ideológica —como decía el Che—, hecha doctrina. Y tan FEA como la soviet.

MISERIA Y SINRAZÓN DEL MULTICULTURALISMO (mirando a Córdoba y su catedral)

MISERIA Y SINRAZÓN DEL MULTICULTURALISMO (mirando a Córdoba y su catedral)

José Javier ESPARZA

 

   Hay que comprar el último número de El Manifiesto: "Inmigración, ¿cuántos más cabemos?", porque plantea unas cuantas cuestiones absolutamente cruciales sobre la inmigración, la identidad, el racismo y la integración. Una de esas cuestiones es la del multiculturalismo, que empieza a ser actualidad diaria: ¿pueden coexistir a la vez, en un solo espacio, varias culturas distintas, incluso contradictorias? El que viene de fuera, ¿puede seguir siendo distinto y, al mismo tiempo, beneficiarse de los derechos que el sistema concede a todos los demás? O como en lo de Córdoba, ¿podemos renunciar a parte de nosotros mismos para entregárselo a otro que lo codicia? Lo de la mezquita-catedral de Córdoba puede servir como punto de partida para una reflexión en profundidad. Lo que hay al fondo es mucho más que una cuestión de uso de un espacio religioso; es un conflicto entre una cultura arraigada y otra que viene de fuera.

 

   En este tipo de asuntos no hay error más grave que hablar con medias palabras. El multiculturalismo tiene un límite claro: la incorporación de las minorías a la vida pública, la capacidad de decisión en las cosas de la comunidad. En plata: usted o yo no tendríamos demasiado problema en que los musulmanes que viven a nuestro lado lo hagan conforme a sus propias leyes, siempre y cuando éstas no pretendan convertirse en hegemónicas ni supongan una merma de nuestra forma autóctona de vida, de nuestros principios, de nuestra identidad. Es decir, siempre y cuando ellos no puedan decidir sobre nuestro sistema ni cambiar nuestras costumbres.

   Una sociedad puede soportar perfectamente que en su seno se instalen minorías organizadas de forma autónoma: por ejemplo, musulmanes con sus propias escuelas, iglesias y asambleas. No habrá problema mientras esas minorías, auto-organizadas, establezcan en su interior un orden que coopere con el orden general de la comunidad. Puede sonar muy difícil, pero los que hemos vivido en barrios periféricos de las grandes ciudades, cuando los salvajes aluviones demográficos de los años sesenta y setenta, sabemos perfectamente qué fácil era convivir con los gitanos si sus propios clanes se encargaban de mantener el orden, generalmente de acuerdo con la policía (y al revés, el infierno que era aquello cuando no se encontraba a nadie capaz de disciplinarlos desde dentro). Ello, por supuesto, bajo la condición de que el orden interno de esa minoría no pretenda determinar el orden general. El mundo medieval también funcionaba así. La famosa "España de las tres culturas", que tanta fantasía morisca ha suscitado, sólo existió de verdad cuando una de esas culturas, la cristiana, toleró a las otras dos, islámica y judía, pero sin considerarlas nunca en un plano de igualdad.

 

   Ahora bien, si a esas minorías organizadas de forma autónoma, conforme a sus propios principios, se les concede una capacidad de influencia social equivalente a la de los ciudadanos autóctonos, que por su parte obedecen a sus propios principios y leyes, entonces el conflicto es inevitable. La equivalencia de dos o más leyes distintas dentro de una misma comunidad lleva a la rivalidad y, finalmente, a la guerra. Y eso es lo que podría pasar hoy. Como estamos en una civilización que ha elevado a sagrado el principio de la universalidad y la igualdad de los hombres, con independencia de su comunidad de origen, la mera hipótesis de una jerarquía entre sistemas de orden, entre principios, se hace intolerable. Por eso las políticas multiculturalistas modernas tienden a poner a todas las culturas en un plano de igualdad política y social. Y por eso todas esas políticas han ido fracasando, una detrás de otra, a medida que las minorías empezaban a gozar de un peso que la mayoría no podía soportar.

   ¿Cabría imaginar hoy una sociedad multicultural que discrimine políticamente a las minorías negándoles el ejercicio de los derechos básicos de ciudadanía, como el del voto tras un periodo mínimo de residencia? En una democracia actual, no. Por consiguiente, o imaginamos una democracia a la griega, es decir, con un concepto restrictivo del demos, o descartamos definitivamente cualquier tentación multicultural.

 

   Y si excluimos el multiculturalismo, ¿qué nos queda? Para que la sociedad funcione con cierta normalidad, sólo nos queda el imperativo de la integración de las minorías en el marco de principios y leyes que ha fijado la mayoría. En los países europeos no es demasiado gravoso: disponemos de una política de libertad de cultos que permite la práctica de cualesquiera religiones, siempre que no ordenen cosas contrarias a la ley común. Pero eso implica la necesidad de que nosotros sepamos dónde hay que integrar a la gente, cuál es el marco de principios que define nuestra identidad. No se trata sólo de un ordenamiento legal, sino también de una identidad cultural, de una tradición, lo cual incluye unas manifestaciones religiosas específicamente nuestras. Identidad y tradición que nuestro sistema, en nombre de la autonomía individual, ha renunciado a convertir en ley obligatoria, pero cuya vigencia sería suicida ignorar –y cuya pujanza no será inconveniente estimular, porque nos ayuda a saber quiénes somos.

 

   No todos estarán de acuerdo, como es natural (eso también forma parte de nuestra manera de ser). Pero la definición y la afirmación de nuestra identidad colectiva, como españoles y como europeos, se ha convertido hoy en un instrumento de primera importancia para guiar racionalmente la integración de quienes vienen de fuera. Hemos de definir y proteger nuestro propio espacio. Y podremos llamar al otro para que se integre en él, pero sin que deje de ser nuestro. De lo contrario, no veremos integración alguna, sino, propiamente hablando, una desintegración. Es lo que estamos viviendo ya.

Y SIN EMBARGO... ¡FELIZ NAVIDAD!

Y SIN EMBARGO... ¡FELIZ NAVIDAD!

Jorge GARCÍA-CONTELL 

 

   Al ser el Registro Civil institución decimonónica se comprende que no exista certificación oficial del nacimiento de Jesús de Nazaret. No consta la fecha exacta en la que aconteció el más trascendental hecho de la historia universal pero, al mismo tiempo, la lectura del Evangelio de san Lucas permite descartar el veinticinco de diciembre como aniversario de aquel suceso. Suele explicarse este aparente lapsus de los cronistas cristianos por el empeño de la Iglesia en apropiarse de una festividad emblemática como el solsticio de invierno, para desarraigar de ella su primitivo carácter pagano. Precisamente por ello es doblemente asombroso que asistamos en nuestros días a una nueva metamorfosis – e incluso inconscientemente la protagonicemos – sin apercibirnos del alcance último de los cambios en curso.
   Tal vez se nos antoje dictamen de Perogrullo, pero es forzoso convenir en que todo cuanto resulte ajeno a la conmemoración del natalicio de Cristo igualmente deberá de ser tenido como extraño a las fiestas de Navidad y arrojado de ellas por espurio. Aunque, si así lo hacemos, poco nos quedará entre las manos de cuanto hoy se considera “navideño”. Los elementos asociados a la Navidad en los medios de comunicación, en las instancias públicas y, cada vez más, entre el pueblo llano pueden enunciarse muy brevemente: reunión familiar, opípara cena, fiesta infantil, buenos deseos, regalos y gastos extraordinarios e inevitable desajuste económico en enero.

 

   La Navidad ha venido convirtiéndose a lo largo del último medio siglo en un hipócrita carnaval de invierno en el que, a diferencia de su equivalente de primavera, se finge lo que no se siente ni se desea en realidad: paz en un mundo crecientemente convulso; buena voluntad en este reino de la perfidia; calor familiar al tiempo que se socava la familia; protagonismo infantil en una sociedad envejecida a la que estorban los niños y que no duda en asesinarlos antes de su mismo nacimiento con alevosía propia del rey Herodes. ¡Y alegría! ¡Mucha alegría! Alegría bobalicona y pusilánime. Alegría sin razón conocida. Alegría de neón y papel charol. Alegría de tarjeta de crédito y cordero asado. Alegría enigmática, en definitiva, porque si no se acepta que el Hijo de Dios viniera al mundo dos mil años atrás - o en cualquier caso el dato se considera irrelevante - entonces, ¿puede alguien explicar qué diantres celebramos con tanto colorín y jolgorio?
Nadie nos acusará de ver demonios bajo la cama si atiende serenamente a los comportamientos públicos y privados de su entorno más próximo. No se tomen por meras anécdotas costumbristas las que son manifestaciones lógicas del ánimo interior. Hoy en día las felicitaciones de Navidad, que estúpidamente se han rebautizado como “christmas”, son en su mayoría excelente expresión plástica de ramplonería pueril, y de modo significado las que invariablemente edita UNICEF. Mueve a sonrojo imaginar a qué conclusiones llegaría un no cristiano sobre el significado del veinticinco de diciembre tras el examen de una colección de estampas de muñecos de nieve, abetos nevados, rubicundos niños jugando en la nieve y grandes bolas de colores sobre fondo de paisajes nevados. ¿Y qué decir de los textos? Mal que bien habría de tolerarse el aséptico y remilgado “felices fiestas”, pero no se concibe más que la penitencia y el sayal de por vida para aquellos que continúan repitiendo el insulso deseo de un  “próspero año nuevo”.

 

   Al llegar la Nochebuena el número de disparates se acrecienta. En los hogares españoles se ve con frecuencia un árbol adornado que nos viene impuesto por los usos germánicos en su variante anglosajona. Lo lamentable es que estos vegetales estén expulsando y suplantando al belén. Si tuviéramos que cifrar la bondad de ambas tradiciones en las cualidades de sus respectivos precursores deberíamos de considerar que las figuras del primer nacimiento fueron instaladas por san Francisco de Asís, mientras que la autoría del primer árbol de Navidad se atribuye a otro fraile: Martín Lutero.
   Sentados a la mesa podemos constatar que, más que festejar al Hijo de Dios, parece rendirse homenaje al sobrino de Baco. Los efectos lógicos del banquete y de los caldos con los que se regó suelen hacer innecesaria, y hasta desaconsejable, la asistencia a la Misa del Gallo. Por último, cerramos el año con la fiesta de nochevieja, de la que mucho y muy penoso podría apuntarse aunque nos limitaremos a evocar la triste imagen de un grupo de pensionistas tocados con ridículos gorritos de papel en una sala de fiestas; súbitamente, tras sonar las dichosas campanadas, comienzan a bailar con furia artrítica, profieren aullidos tan potentes como sus bronquios permiten e ingieren a discreción champán barato para incordiar a la diabetes.
   “Ya vienen los Reyes”, cantábamos en el villancico. Nunca mejor usado el pretérito. Nuevamente los anglosajones dan palmas al vernos bailar hoy al son que ellos compusieron. Santa Claus, o Papá Noel, recibe su nombre por deformación de .San Nicolás, entrañable personaje que en la tradición de los países del norte y centro de Europa entregaba obsequios y golosinas a los niños. Una figura - obispo por más señas - tan clerical por definición, y además con plaza en propiedad en los altares, resultaba inaceptable en nuestro tiempo. Tanto como los Magos de oriente que figuran en el reparto de personajes del Evangelio y tuvieron la osadía de postrarse ante Dios, adorarle y ofrecerle los más preciados presentes. Así pues, en un abrir y cerrar de ojos, se les sustituye por un ancianito claramente senil, aquejado de hilaridad incontrolable (¡también él está alegre y tampoco sabe por qué!) y de obesidad alarmante. Eso sí; es laico a rabiar y su hábitat natural se ubica en las llanuras nevadas. Nieve, mucha nieve.

 

   ¿Qué nos han hecho? ¿Qué le han hecho a las fiestas de la Navidad? Los síntomas se corresponden con el mal que aqueja a la vieja Europa: simple paganismo que reclama urgente una nueva evangelización. Afortunadamente, por más necios que los hombres podamos llegar a ser, el Niño que nació en Belén nos abrió las puertas de la salvación y permanece por siempre como camino seguro, Verdad única y vida eterna. No existe mejor motivo para felicitarnos.

ALDABONAZO EN RATISBONA

ALDABONAZO EN RATISBONA

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   El pasado 13 de septiembre Benedicto XVI pronunció un discurso en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona ([1]). Su auditorio estaba compuesto por algunos de los más preclaros maestros de las ciencias y las humanidades en Alemania. El contenido, denso y profundo, y el registro erudito en el lenguaje del orador eran obligados, especialmente si se tiene en cuenta que años atrás el hoy Papa fue catedrático y vicerrector de esa misma Universidad. La exacta y completa comprensión del discurso - en términos académicos, una lección magistral - no está al alcance de todos y, para ser exactos, pocas personas se hallan en condiciones de entender la integridad del mensaje transmitido: el texto y su contexto.

   Por inverosímil que pueda en principio parecer, la referencia a una cita de Manuel II Paleólogo ha dado literalmente la vuelta al mundo a través de titulares, editoriales y crónicas de prensa. El Papa aludió a un diálogo sostenido entre aquel emperador bizantino y un sabio persa acerca del cristianismo y el islam en 1391, en el cual el monarca decía: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Llamaradas de ira incendian desde entonces el mundo islámico; el resto del discurso se desprecia y no se toma en consideración que en modo alguno se trate de un embate contra el islam, hasta el punto de contener una invitación expresa al diálogo apacible entre religiones. A nadie parece importar que el mensaje principal exhorte al acercamiento racional a la noción y conocimiento de Dios desde el campo de la ciencia.

 

   Se multiplican por doquier las exigencias de rectificación y buena parte del mundo musulmán exige a Benedicto XVI que pida públicas disculpas por la ofensa supuestamente inferida. El gobierno pakistaní convocó al embajador de la Santa Sede para expresar su profundo desagrado. El tiranuelo corrupto y avieso que reina en Marruecos llamó a consultas a su embajador ante el Vaticano. En Somalia una monja italiana ha sido asesinada. En Palestina han ardido varias iglesias cristianas. Un grupo fundamentalista iraquí hizo pública su amenaza de provocar atentados terroristas en la ciudad del Vaticano. Resumiendo: el mundo islámico se siente agraviado por una cita histórica del siglo XIV en la que se le reprocha su tradicional proselitismo por medio de la violencia; para demostrar la falsedad del autor de la cita y la iniquidad del Papa, se desata una ola de violencia verbal y física de la peor especie. O, dicho en otras palabras, desde el preciso momento en que alguien ose mencionar que la difusión del islam siempre ha sido precedida de la guerra - por más que se trate de una simple constatación de hechos históricos - pondrá en grave riesgo su integridad física e incluso su osada vida. Hay que reconocer que, si algo evidencian los musulmanes, es su arrogante nitidez a la hora de mostrar sus intenciones.

   Por otra parte, no deja de llamar la atención que abigarradas muchedumbres salgan a las calles para injuriar a Benedicto XVI, maldecir a los cristianos e incendiar cruces. No llama la atención porque conducta distinta sea esperable en los fieles fanáticos de una fanática fe, sino por el hecho que mencionaba al inicio de estas líneas. Ni mucho menos todos los cristianos son capaces de leer el texto íntegro del discurso, sin abandonarlo por ser genuinamente académico y, por tanto, poco ameno. De entre aquellos que mantengan su atención hasta el punto final, sólo algunos lo habrán comprendido en su integridad, incluidas las múltiples referencias filosóficas que contiene. Así pues, lo que verdaderamente sorprende es que tantos musulmanes, habitantes de países subdesarrollados con altas tasas de analfabetismo y donde la instrucción superior es exclusiva de privilegiados, muestren tan airadamente su indignación por un texto que para ellos es doblemente confuso y abstruso. Parece bastante clara la intervención de minorías sectarias y decididas a explotar un victimismo tan falso y mendaz como políticamente rentable.

 

   Pero hay otra faceta que sorprende e indigna más todavía en toda esta barahúnda de reacción ante las palabras del Papa Ratzinger. El diario "The New York Times", en su editorial del 14 de septiembre, consideraba que el discurso fue "peligroso y trágico" y que venía a "crispar las relaciones entre cristianos y musulmanes". Es preciso hacer gran acopio de cinismo para escribir semejante embuste, desde ese periódico y en ese país. Claro que, a la vista de los acontecimientos que se suceden diariamente y desde hace años, no faltará quien interprete que el definitivo sometimiento del oriente medio es una etapa necesaria antes del completo establecimiento del "one world" y a ese fin sirve inmejorablemente azuzar un artificial conflicto religioso entre los dos grandes monoteísmos, mientras queda indemne y al margen el tercero menor. Y por supuesto nunca está de más, en esta época de relativismo ético y pseudoespiritualismo "new age", alimentar la idea según la cual los males y la intransigencia derivan necesariamente de las religiones dogmáticas.



[1] http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg_sp.html