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Bitácora PI

EL SENTIDO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

EL SENTIDO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Alberto WAGNER DE REYNA (*)

 

El filósofo suramericano más significativo del siglo XX muestra en esta breve pero medular meditación su originalidad que radica en la presentación un tiempo cristiano propio que va de la confirmación a la unción, otorgándole a esta última el carácter de salvífica: redondeando victoriosamente la existencia terrenal. 

  

    La Unción. Otrora se decía “la extremaunción”, y se solía administrar al acercarse la muerte. Una reforma cambió de nombre a este sacramento, que se llama ahora “de los enfermos”. Y hay la tendencia de volver a la práctica del Cristianismo primitivo de administrarlo también - individual o colectivamente - a personas de avanzada edad pero con salud satisfactoria para sus años.

   Con ocasión de una seria operación - hace tiempo de ello - , y con las premuras consiguientes, recibí por primera vez esta unción sacramental. En verdad repare muy poco en su importancia - mas allá del fugaz momento del peligro -, y con mi restablecimiento prácticamente olvide de lo que para mi fue un acontecimiento mas de mi estancia en el hospital. Poca huella dejo, pues, en mi. Fue por falta de preparación - en medio de tantas urgencias terapéuticas - ¿O por insuficiente concentración de ánimo, a pesar de tener muy presente la significación teológica del rito?

   Hace algunas semanas, e inspirándome en las razones que recomiendan acercarse a este sacramento en plena lucidez - antes de la aparición de los signos de decadencia que preceden a la muerte -, pedí en mi parroquia que me fuera administrado. Lo recibí en mi escritorio, juntamente con la Eucaristía, que no tenía - evidentemente - carácter de “viático”. Fue una experiencia espiritual y existencial extraordinaria, que relato por que quisiera que otros fieles de mi edad - he pasado los 90 - pudieran también disfrutar de ella. Por lo pronto, me embargó un sentimiento de seguridad, de paz interior, al saberme debidamente preparado para presentarme ante el Señor. (Si fuera mujer, diría que me contaba entre las vírgenes prudentes que entraran con el novio a la sala de fiestas.) Ya nada me importa y venga lo que venga, sé que Cristo me encontrará en servicio activo, con las cuentas saldadas, debidamente arreglado, dando gloria a Dios y garantizado por sus promesas solemnes de reconocerme como discípulo en el momento decisivo. No era una “seguridad” del satisfecho propietario que tiene sus almacenes llenos de riquezas, sino la tranquilidad del hijo que confía plenamente en el amor de su padre. A esta vivencia espiritual se añade una segunda sensación: el haber logrado la plena realización de las potencialidades de mi vida. Soy alguien que ha cumplido totalmente su tarea; que ha redondeado victoriosamente su existencia terrenal; que ha triunfado en la vida. Pues ¿qué mayor satisfacción que haber ganado el Cielo, por la misericordia de Dios?

   La Unción de los enfermos corresponde así - al otro extremo de la vida - a la Confirmación. La una inaugura el ejercicio consciente y activo del Cristianismo, la otra es su feliz remate, su conclusión. Entre una y otra es la tempestad de luchas, traiciones, caídas, remordimientos, penitencias, reconciliaciones; antes de la Confirmación se encuentra la calma de la inocencia; después de la Unción, el sosiego de un atardecer de luminosos celajes. Y entonces me di cuenta que el crepúsculo vespertino de la vida, que exorcizaba este sacramento, era en realidad la aurora, que anticipaba el brillo del Sol, en que en breve me hallaría. No es un momento triste, sino por lo contrario un tiempo de alegría, de gozo, de jubilación. ¡La gloria de Dios! Y consecuente con esta realidad, con este descubrimiento, el estado de ánimo con que enfrento mis últimas jornadas se hace ligero, despreocupado y plácido. Pero hay algo más: con todos los problemas espirituales y religiosos resueltos por la Unción, me siento en confianza con Cristo. Tomo en serio que pertenezco al grupo (que debiera abarcar a la humanidad entera) de los que llama sus “amigos” y “hermanos”. El maestro se confunde con los discípulos y entre “colegas” todo se facilita. Si un domingo no me siento con fuerzas para ir a misa, no tengo que luchar con escrúpulos y analizar a fondo si estoy liberado de este obligación; el “hermano” Jesús me perdonará si incumplo un mandamiento de nuestra Iglesia (suya y mía). La Unción posee, pues, la misma fuerza que la verdad: hace libres. No sólo consuela – “conforta” en la fe - sino trasforma, vivifica, alegra, empuja, supera. Es como la paloma que trajo a Noé, en el arca, una rama - verde y fragante - de la nueva vida.

 

Epifanía, AD. MMVI

 

(*) Filósofo peruano (1915-2006).

VARGAS LLOSA, A PESAR DE ÉL MISMO

VARGAS LLOSA, A PESAR DE ÉL MISMO

Alberto BUELA

 

   Hoy le dieron los suecos, más precisamente la masonería sueca, el premio Nobel de literatura al peruano Vargas Llosa, y está bien que así sea. Se lo negaron a Borges, no se lo dieron a Rulfo, no lo obtuvo Carpentier, ni Lugones, ni Cortazar, ni Ibarburú, ni Céspedes, ni tantísimos otros escritores de lengua española mil veces mejores que los últimos diez premios nobeles de literatura:  2009: Herta Mueller (Alemania), 2008: Jean-Marie Gustave Le Clezio, (Francia), 2007: Doris Lessing (GB), 2006: Orhan Pamuk (Turquía), 2005: Harold Pinter, (GB), 2004: Elfriede Jelinek (Austria), 2003: J.M. Coetzee (Sudáfrica), 2002: Imre Kertesz (Hungría), 2001: V.S. Naipaul (GB), 2000: Gao Xingjian (Francia), 1999: Gunter Grass (Alemania).

   Y se lo dan a Vargas Llosa por liberal y masón. Y además escribe bien. La paradoja estriba en que por el solo hecho de escribir en español o castellano se transforma, incluso a pesar de él, en un disidente respecto de la “producción de sentido” que las autoridades suecas quieren y desean dar al dicho premio. No en vano de los últimos diez, al menos cinco escriben y se expresan en inglés, idioma que la intelligensia sueca ha adoptado desde hace medio siglo como propio.

   Vargas Llosa apoltronado en Nueva York ha declarado en una extensa conferencia de prensa que: La Academia no me premió a mi sino a la lengua en la que escribo…siempre traté de escribir lo mejor que pude para la mayor difusión del español…a los hispánicos de los Estados Unidos les digo que se sientan orgullosos de su tradición cultural que hunde sus raíces en Cervantes, Quevedo, Calderón y tantos otros. Estas declaraciones que le nacen naturalmente a Vargas Llosa se producen por su pertenencia al castellano y más allá de su formación ideológica, pues son, a todas luces, políticamente incorrectas. En tal sentido quiero traer a colación lo que me escribió hace unos días, un muy buen investigador argentino en historia, el profesor Jorge  Bohdziewicz, observándome un artículo mío La manipulación internacional del castellano, que: “Es cierto y bueno lo que decís sobre la lengua castellana. Aquí tenemos un ejemplo concreto de colonialismo lingüístico. En el Conicet, (equivalente del Cesic español) institución que conozco en detalle, tienen mayor calificación los artículos científicos si se publican en revistas extranjeras y en idioma inglés. Son nuestros evaluadores los que tratan de imponer esa norma, y a fe que lo logran. Ya nadie quiere publicar en revistas científicas nacionales, que van desapareciendo de a una. Los investigadores se desesperan por publicar en revistas extranjeras de "alto impacto", que le dicen, porque saben que de lo contrario corren el riesgo del rechazo de sus informes. En cuanto a valor intrínseco del trabajo, poco importa. Nadie lee y todos juzgan por el "soporte".[1]

 

   Este premio de Vargas Llosa adquiere una significación geopolítica no apreciada por los propios, pues desmiente el trabajo de zapa de todos los centros académicos y de formación científica del mundo hispanohablante que desplazan sistemáticamente el castellano como lengua de expresión científica sin que medie pedido alguno para ello. Es un problema de colonización lingüística emplazado de hecho en la cabeza de las autoridades de los institutos y academias de formación científica.

   Hoy se ha instalado en todo el mundo académico un sistema de “revistas con referato internacional”, donde los referís se intercambian de unas revistas a otras como aquel lema de los poetas bogotanos: “te leo si me lees”. Además los informes académicos tienen que estar apoyados en revistas “indexadas”, esto es, en revistas que figuran en el nomenclátor internacional de revistas y editoriales, quienes son las que otorgan valuación positiva de los artículos publicados. Se produce así un círculo hermenéutico que nos dice: un artículo escrito en castellano es científico no por lo que dice, sostiene o prueba sino por el soporte técnico que tiene (citas en inglés) y ese cúmulo de citas “indexadas” hace que dichas revistas prestigien a dicho artículo, y no el juicio de los pares, como debería ser. La desmitificación de este andamiaje académico, de esta impostura intelectual  la realizó, entre otros, Alan Sokal con su artículo sobre el uso embaucador y farsante de las publicaciones sedicentes “científicas”. Así, escribió un artículo en joda, lo logró publicar en una  revista “científica” con referato internacional y luego les dijo que eran unos embaucadores.

   El ejemplo académico más reciente que conozco es cuando hace un par de años la Universidad de Barcelona presentó un proyecto de seminario sobre la filosofía práctica en Aristóteles y el Ministerio de Ciencia e Innovación español los desechó porque los expositores eran todos de lengua española, sin importarle los méritos de los profesores que lo integraban ni sus trabajos de investigación durante décadas en el pensamiento del Estagirita. Fue necesaria una carta del profesor norteamericano Richard Kraut de la Northwestern University para que el ministerio autorizara el seminario. Lo triste es que R. Kraut es un “medio pelo” entre los estudiosos de Aristóteles y cualquiera de “los nuestros” (Gómez Lobo, Zagal, Llano, Oriol, Serrano, Mauri, etc.) lo da vuelta como un guante.

   Cuando el viejo Alejandro de Humboldt afirmó que los hablantes modelan la lengua y la lengua modela la mente, y así cada idioma fomenta un esquema de pensamiento y estructuras mentales propias, realizando uno de los mayores descubrimientos lingüísticos, nos permitió explicar apoyados en esta premisa que una forma es pensar los clásicos en inglés y otra en español. Nosotros, en tanto herederos directos y sin mediaciones de Grecia y Roma, pensamos en función de un todo, de una totalidad de sentido, en tanto que la mente estructurada por el inglés los ve en sus detalles. Ellos están por así decirlo a ser siempre, especialistas de lo mínimo. Algo que, por otra parte, caracteriza al pensamiento moderno.

   No quiero acá detenerme en la evolución o involución de los estudios aristotélicos, que es cuestión de enjundiosos especialistas, pero en líneas generales puede decirse que se pasó de una visión del todo, a una visión de las partes y cuando esta visión dividió hasta el infinito las mil sutilezas encontradas, se perdió la visión del todo y hoy estamos como “cuando vinimos de España: con una mano atrás y otra adelante”. De esta tara se liberó la genuina literatura hispanoamericana que no imitó y creó constantemente durante todo el siglo XX. Así el realismo mágico y la novela histórica buscaron un anclaje siempre en la política como arquitectónica de la sociedad y explicación última de lo que sucede con nosotros en esta mundanal vida.

 

   Vargas Llosa, a pesar de él mismo, se da cuenta de ello y en este hodierno reportaje neoyorkino lo afirmó: “la literatura hispana tiene a la política como un elemento constitutivo”. Y es por ello, agregamos nosotros, que el ensayo es el género propio de la expresión hispanoamericana donde el autor mezcla lo grande y lo pequeño de manera personal y llega a conclusiones, enumera pruebas más que detenerse en el método que convalida las pruebas.



[1] Carta personal del 30/9/10

CARTAS A MIS HIJOS (IV): FRANCO

CARTAS A MIS HIJOS (IV): FRANCO

Juan V. OLTRA

 

   Queridos capitanes:

 

   Aunque compañeros vuestros, con un entorno similar y una edad idéntica a la vuestra no sepan quién fue Franco o, con suerte, lo confundan con algún personaje histórico, sé que vosotros al menos tendréis una vaga idea sobre su figura.

   Lo sé, porque algo habréis oído, seguro, en sobremesas y conversaciones más próximas a la jaula de grillos que a la tertulia, que se dan tras las comidas o cenas con la familia. Y, aun cuando vuestro oído no fuera ágil, o simplemente no sintonizaráis nuestra frecuencia en esos momentos, en mi despacho tenéis abundantes biografías, que es un género que sabéis me apasiona, y de entre ellas más de una, y más de diez, sobre Franco.

   No os pido que los leáis todos (¡ojalá!) pues sé de la bibliofobia que envuelve a vuestra generación, pero sí os recomendaría que al menos tomaráis dos o tres, y de enfoques encontrados, que malo es no leer pero casi peor leer sólo lo escrito en una faceta del prisma de la vida: Dios os libre de los lectores de un único libro. Veréis tras ese ejercicio cómo Franco ora aparece como un demonio emplumado, ora como el salvador de occidente, una suerte de nuevo mesías. Y ni calvo, ni siete pelucas.

 

   Mi propósito es que el día de mañana, cuando seáis adultos y el tiempo haga pesar la losa de la historia sobre el personaje, podáis saber qué pensaba yo sobre él, pues sé que de fragmentos aislados de vuestros recuerdos igual os puede dar la idea de que yo fuera un antifranquista contumaz o un hagiógrafo del Caudillo. Los retales no componen buenos trajes, así que trataré de daros una pieza más entera para el futuro, que es vuestro presente.

   La pregunta de partida debería ser, parafraseando a ese monstruo de las letras que fue Jardiel un: pero… ¿existió alguna vez Francisco Franco? Y es que en los momentos en que esto escribo su figura se ha convertido en un pim pam pum de propios y extraños. Incluso no ya hijos de altos cargos suyos, sino los mismo que ejercieron esos altos cargos se llenan la boca de acusada fe antifranquista. Hace poco, recuerdo haber escuchado una memez de ésas que parece que no quepan en una boca, de labios de quien fue un ministro suyo, y hoy aparece como un padre de la democracia (sobre lo que es la democracia en realidad ya hablaremos en otra carta, que la palabreja se las trae, dependiendo de sus apellidos: popular, orgánica, representativa...), diciendo que él lo que hizo fue luchar contra el franquismo desde dentro. Manuel Fraga se llama ese esperpento, para que lo sepáis por si la justicia ha provocado que los vientos de la historia sepulten su nombre en el lugar que le corresponde, en letra pequeña a orillas de un manual. Y si eso hacen los que se supone fueron sus colaboradores, imaginad sus adversarios. Como ejemplo, un gran amigo mío nunca hace referencia por su nombre, le llama “el innombrable”. No hará falta que os advierta que éste es comunista por convicción y acción, y que cree a pies juntillas que su postura es la única plausible.

 

   Este batiburrillo desemboca en las actitudes y acciones del presidente de gobierno que rige nuestra vieja piel de toro en los momentos de esta redacción, José Luís Rodríguez Zapatero, quien no me extrañaría nada que prohibiera mencionar a Franco, o que estableciera como historia oficial que entre Negrín y Suárez, o incluso hasta Felipe González, los españoles tuvieron un episodio de narcolepsia colectiva, despertando como Rip Van Winkle. Y es que eso de borrar la historia es algo antiguo, no invención de este iletrado que nos malgobierna, ya Stalin hizo sus pinitos borrando de las fotos a quien no le interesaba y reescribiendo continuamente los libros de historia. Hasta los romanos tuvieron su “damnatio memoriae”.

   En este tema, os veréis desbordados por las dicotomías, no sólo en cuanto al general, sino a sus seguidores y adversarios, catalogables por unos y por otros como franquistas impenitentes, nostálgicos de un pasado dictatorial y cruel, o como republicanos feroces que creen que la historia oficial es parca y benévola con el personaje. Yo lo siento, pero en este festival de insultos establecidos entre tirios y troyanos, busco la puerta de salida y discretamente me aparto.

 

   Particularmente siempre he dicho que proclamarse franquista es un grave error, más allá de las ideologías. Franco era un hombre, sólo un hombre o todo un hombre, como queráis verlo… y  los hombres pasan y la historia queda. El río de la vida sigue su curso y es estúpido intentar aferrarse a un pasado que para bien o para mal, no volverá, a no ser que pretendamos jugar una partida de rol un tanto estúpida. Curiosamente, los franquistas más contumaces son, desde mi criterio, los que se hacen llamar a sí mismos antifranquistas (los que se hacen llamar hoy así, claro, que con Franco vivo algunos de ellos se desgañitaban dando vítores a su paso y otros, los más, se escondían bajo el colchón de su abuela). Y digo que son muy, muy franquistas, porque lo necesitan, porque se pasan la vida invocándolo, culpabilizándole de todo lo malo que sucede en España, cuando ha pasado más tiempo desde su muerte que el periodo, largo, en que tuvo las riendas del país. Recuerdo a un tonto con ventanas a la calle, que alcanzó cierto nombre en la política como independentista, Carod Rovira (entre vosotros y yo, un charnego), que acusaba a Franco del hundimiento de un barrio en Barcelona, el Carmelo, ¡unos treinta años después de muerto Franco!. Sirva esto para afirmar, pues, que si ser franquista es un error, ser antifranquista es del género estúpido. Y no me busquéis las costuras, que nunca defendí al personaje, antes al contrario.

   Tampoco  trato de hacer un alarde de bonhomía y denunciar a los que ahora se envalentonan al alancear al moro muerto. No. Se trata quizá, simplemente, de practicar un pequeño exorcismo en mi mente y expulsar de una vez por todas esos demonios que me reconcomen por no cantar las cuarenta en bastos cuando toca, que sería ahora, pero sóis muy pequeños aún para entenderme.

   En lo particular, no coincido con Unamuno, uno de los últimos rectores que recibieron el título de Magnífico, mereciéndolo, cuando opinaba sobre Franco que “personalmente (es) un buen hombre, víctima y juguete de la jauría de hienas”. No, una víctima y un juguete no me parecen dos etiquetas adecuadas para él. Si en algo coinciden sus biógrafos, tanto los que le odian como los que le aman, es que Franco controlaba, cuando no manipulaba, a su entorno y a las personas que le rodeaban, no al revés. Puede, que no quiero ser más sabio que Unamuno, que cuando don Miguel lo dijera tuviera su parte, o su todo, de razón. Creo, eso sí, que en su fuero interior, cuando llegó el momento crucial en el 36 de decidirse por sumarse a un bando u otro de los que ya hacía tiempo se estaban blindando en España, creyó, como anota Luis de Llera, que “la legalidad es una utopía y la civil convivencia imposible”.  Y es que Franco era un militar cuyo nombre era conocido por todos, admirado por quien fue Rey hasta 1931, Alfonso XIII, y católico a machamartillo, que ante la alternativa de una revolución proclamada por socialistas y comunistas durante meses, y viendo ahora el poder en manos de quienes iban a llevarla a cabo, no dudó un ápice: el comunismo no era para Franco una ideología legítima, era la destrucción de todo lo que amaba, el enemigo de la civilización y del catolicismo, si es que éstos se pueden separar. Su toma de posición estaba clara pues.

 

   No juzgo aquí, y no por falta de ganas, sino de espacio, lo que fueron sus circunstancias históricas, la II República, la propia marcha de la guerra civil o, lo que es más determinante, pero mucho menos estudiado, su vida anterior, en concreto su paso por África. Pero sí os dejo con una idea: cuando estalla la guerra, todos, amigos o enemigos, saben que él es la figura más destacada en su bando. Eso provocará su encumbramiento durante una guerra que sucedió a lo que debió ser un golpe de estado y, de rebote, que fuera el gobernante con más poder efectivo en España de los últimos siglos, hasta su muerte. Muerte en su cama, recordadlo, no fusilado o exiliado.

 

   Existen, claro, leyendas en torno al personaje. Dejando de lado algunas absurdas, como la de que quiso ser masón (algo extendido, claro, por los propios masones, nihil novum sub sole), hasta la de los “muertos providenciales”, achacando a su ya cargada mano las muertes de Sanjurjo, Mola, José Antonio, Ramiro o la de su propio hermano Ramón, olvidando intencionalmente cosas como que las balas que fusilaron a José Antonio salieron de fusiles republicanos o que Sanjurjo murió víctima de su propia cabezonería. No vale la pena ni entrar al trapo. Más patética aun es aquella historia que dice que su hija Carmen en realidad era hija de su hermano Ramón, y que no sólo su muerte fue provocada para poder adoptarla, sino que él era impotente a resultas de una herida de guerra. Sería para reír durante unas cuantas semanas... son cosas que se desmontan solas, con el mínimo esfuerzo de comprobar que en su hoja de servicios solo aparece una herida... y en el estómago. Cuando no se puede vencer a alguien de otra forma, el ser humano tiende a empozoñarlo o ridiculizarlo. Con Franco han intentado las dos cosas.

 

   Y es que en la petición de lectura que os hacía, va la esperanza de que sepáis separar el grano de la paja, que de todo hay en ambas partes. Veréis repetido que era un tipo frío como un pescado, que firmaba penas de muerte mientras desayunaba chocolate con picatostes (olvidando intencionalmente que las penas de muerte, con el código vigente en la época, no se firmaban, lo que se firmaba eran los indultos, las conmutaciones, y es que la historia es muy elástica), y por otra parte que fue una persona libre de errores, que nunca se equivocó, dándole un áurea de santo (¡que incluso algunos quisieron oficializar, algo más ridículo que el intento que hubo de hacerle Cardenal!). Si empezaba diciéndoos que Franco fue sólo un hombre, también, con lo que ello implica, lo fueron quienes lo amaron u odiaron, a veces sentimientos alternativos en la misma persona, por lo que intentaron proyectar sobre él sus pasiones, filias y fobias íntimas, personales.

   Un ejemplo, de tantos que podría tomar para ilustrar esto, lo tenemos en Haro Tecglen, respetadísimo columnista de izquierdas, que en Gloria pudra. El mismo que describía a Franco como “el viejo siniestro” fue quien, con unos años menos y con Franco en la jefatura del Estado, no desde una cárcel o montando guerrilla en una cordillera, sino cómodo en su despacho, le regaló estas líneas: “se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo”. También abundan peloteos y ditirambos con tanto azucar que son capaces de ocasionar un coma diabético, como ese almibarado “Nadie lanza la pelota (de golf) tan lejos como Su Excelencia”, de Tico Medina. Y es que el poder es lo que tiene: atrae tanto a odios infinitos, como bufones serviles.

 

   Sí, me diréis que la gente cambia y que yo mismo soy un ejemplo de ello. Pero cambiar justo hacia donde sopla el viento, y no en su contra, no me negaréis que deja el regusto de la duda en todo espectador. Y yo más que duda creo encontrar la certeza de lo acomodaticio en ello.

   El problema viene cuando no sólo se intenta olvidar la historia, sino torcerla para que sus tesis sean las correctas, que el papel es muy sufrido y lo acepta todo. Así, existe hoy una corriente dispuesta a cargarle a las espaldas de Franco la responsabilidad de la represión a la revolución de Asturias en el 34 (el verdadero inicio de la guerra civil, según mi criterio, por otra parte). Fusilamientos y violencia que van a engrosar sus cargos con la historia, sin considerar que cuando la represión se desató fue después de que sus tropas volvieran a los cuarteles. Es más: en la prensa de la época no se le menciona nunca como responsable. Ahí están las hemerotecas, y ya hoy, imagino que cuando leáis esto muchas más, están disponibles fuentes coetáneas a tiro de ordenador, desde casa y sin molestarse.

   Y voy acabando, que el espacio apremia y creo que si lo alargo más de la cuenta sólo conseguiré que dejéis de leer. Resumiré de forma precipitada, como en juego de niños, lo que puedo ver bien o mal en el personaje, el estado contable de sus acciones según mi muy particular perspectiva.

 

   En lo positivo, analizado el hilo de los acontecimientos, y sin querer jugar demasiado a futuribles, Franco nos libró de caer tras el telón de acero. Que comunistas y socialistas (Largo Caballero, el “Lenin español” y Prieto, con fama de moderado pero unos puntos a la izquierda de lo que hoy serían los comunistas entre ellos) es lo que intentaban, no sólo lo dicen historiadores de “derecha”, sino también “de izquierda”. En los cuarteles muchos militares, en particular suboficiales, tenían ya hasta órdenes repartidas con tal fin. Frente a este hecho, que se creara una clase media, que España pasara de ser un pueblo de alpargata y suelo de tierra pisada, a utilitario y segunda residencia, e incluso que se pusieran las bases para un Estado que asegure educación, sanidad y seguridad laboral, casi pasan a segundo plano.

 

   En lo negativo, los errores. Algunos que arrastramos hoy, como fue la elección de su sucesor (nada no previsible, pues Franco era un general monárquico. GeCé, mi admirado Giménez Caballero, decía que Franco fue un hombre del pueblo que ejerció de Rey para dejar paso a un Rey que ejerce de hombre del pueblo); otros de los que nos libramos ya hace unos años, como una estúpida censura o el dar un poder desmedido a la Iglesia, olvidando intencionalmente que lo que es del César debe ser del César; y otros errores u horrores que, sin poder adjudicárselos directamente a él, convengamos en que no logró solucionar, de ellos, el principal, la división entre los españoles. Es más: sus propias “familias”, por ejemplo el Opus y la Falange, anduvieron a golpes entre ellas. Veréis que no hago referencia a la represión, condenas derivadas de la guerra civil y más derramamiento de sangre. Y no es que no me apene, no sufra, por la muerte y cárcel de tantos españoles, es que conceptualmente lo sitúo no sólo como consecuencia de la guerra civil, sino parte de la guerra civil misma, retazos del conflicto que se extendieron al periodo de paz. ¿Pudo Franco perdonar más de lo que hizo? ¿Fue un asesino sanguinario o como en su época alguno acusaba, un generalote en exceso magnánimo que condonaba demasiado?. No tengo luces para discernir en un campo tan lleno de dolor, prefiero que vosotros mismos lo juzguéis, con un mayor alejamiento en el tiempo. Quizá yo en su piel hubiera sido más duro, o más blando, no lo sé. Afortunadamente, yo no estaba en su piel.

 

   Sí, durante su mandato, pareció que sólo unos pocos tenían ganas, en lo que fueron los rescoldos de uno y otro bando, de seguir atizándose. Que la Paz por fin había llegado a España para quedarse. Pero eso no lo considero un logro de Franco, sino de la simple memoria de los que vieron y vivieron ese horror, que deseaban, con todas las fuerzas, alejarlo de ellos y de sus hijos. De aquellos que defendieron lealmente sus ideas, a uno y a otro lado de la trinchera, y que supieron perdonar con la misma valentía con la que sus hermanos supieron morir. Ése fue el mayor logro de los años, no de Franco, no del franquismo, sino de los españoles. Rojos o nacionales. Comunistas, anarquistas, carlistas, falangistas, socialistas... que quisieron una España mejor por sus hijos y lucharon por imponerla, y después se dieron cuenta del horror de la guerra, y de que eso, justo eso, era lo que menos querían para sus hijos.

 

   Sea como fuere, a favor o en contra, Franco ya es sólo mera historia. Espero que así os llegue a vosotros, y lo estudiéis con la misma pasión, ni más ni menos, que la que pondríais al leer cosas de Espartero, Fernando el Católico, Felipe V, Lincoln o Bolívar. Es sólo historia. Nada más. Y nada menos. Ésa es la idea que os trato de transmitir: que intentéis ser espectadores imparciales, que no os cerréis a ninguna fuente... pero que sepáis valorarla. Y, sobre todo, que no proyectéis el presente sobre el pasado, que es cronocentrismo, ni el pasado sobre el presente, que es nostalgia, salpicada de estupidez.

 

Os quiere: papá.

¿CUÁNDO SE TOMARÁ UNA DECISIÓN INTERNACIONAL EN CASTELLANO?

¿CUÁNDO SE TOMARÁ UNA DECISIÓN INTERNACIONAL EN CASTELLANO?

Alberto BUELA

 

   En estos días, con motivo de la edición de las obras de José Luís Torres (1901-1965), el fiscal de la década infame, la misma editorial me regaló los escritos políticos de Manuel Ugarte (1875-1951), que editó hace unos meses. Dos pensadores nacionales, de dos generaciones distintas, que estuvieron en los albores de la primera guerra por la independencia económica de la Argentina. Aquella que llevaron a cabo miembros de generación de 1910 y que siguieron hombres de la generación del 25. De su relectura más allá de las agudas observaciones, Ugarte fue el gran viajero político del centenario por todos los países hispanoamericanos exhortando a la unión continental, nos surgió una pregunta: ¿hace cuántos años que no se toma una decisión política en el orden internacional en castellano? ¿Hace cuanto tiempo que una decisión política tomada en castellano no afecta al orden internacional?

 

   Ugarte se desgañita en 1912 cuando realiza su primer viaje a Nueva York. Se exalta cuando recorriendo los países hispanoamericanos observa que: “Mientras las colonias inglesas afianzan su vida y se aprestan a ejercer una acción mundial, las colonias españolas se agotan en luchas estériles y olvidan todo anhelo internacional” [1]. Así, desde 1810 a 1824 (batalla de Ayacucho, última de la guerra de la independencia) nos desangramos para caer en manos de los ingleses y su comercio. Desde 1825 a 1850 nos matamos en las guerras civiles fratricidas, para consolidar el poder anglo-francés sobre Nuestra América. Desde 1850 a 1910 llevamos a cabo un modelo de explotación de nuestros pueblos que sólo sirvió para la creación de oligarquías locales. Desde 1910 a 2010 entregamos, salvo breves períodos excepcionales, todas nuestras decisiones y con ellas todo el manejo de nuestros recursos al Tío Sam.

   El problema es que toda la política hispanoamericana se limitó y se limita a la política interna de nuestras republiquetas, la de las luchas estériles de que habla Ugarte. Nuestras guerras son siempre guerras civiles que nos desangran y licuan nuestros mejores esfuerzos. No pudimos superar la política de cabotaje, la política parroquial, la política pueblerina. Nunca nos hemos dado, ni como países aislados y menos en conjunto, una política internacional. Lo que más hemos hecho han sido negocios internacionales, sobre todo a partir de la venta de artículos primarios y commodities.

   Esta política menuda que es la única que hemos practicado los pueblos hispanoamericanos en estos últimos doscientos años nos llevó a la inmovilidad internacional y a aceptar lo decidido de antemano por los grupos o lobbies del poder mundial. Ugarte da a ello una razón poderosa que no hemos leído en ningún otro autor: “Frente al imperialismo, hemos representado la inmovilidad, y la inmovilidad en política internacional como en la guerra, equivale a la derrota.” [2]

 

   No faltará alguno que nos reclame: ¿pero cómo, San Martín y Bolivar no lucharon por la unidad continental? ¿No hicieron lo mismo, aunque en menor medida, Morazán en Centroamérica y Rosas en Suramérica? ¿Y los intelectuales del centenario como García Calderón, Ugarte o Bunge no propusieron uniones aduaneras y políticas? ¿Y Perón no creó el ABC allá por los años cincuenta y el proyecto sindical Atlas para la unidad de nuestra América? ¿Alfonsín y Sarney no crearon el Mercosur en 1991? ¿No se creó en 2004 la Comunidad suramericana de naciones? ¿No se creó también en ese año el Banco del Sur? ¿No ha sido la última creación la Unasur en el 2008?

 

   Pero ¿por qué no han prosperado ni prosperan ninguna de estas iniciativas? ¿Existe acaso una capitis diminutio de los pueblos hispanoamericanos respecto de los ingleses? ¿O acaso la falla se encuentra en nuestros dirigentes y en su incapacidad de previsión? Vamos a intentar una respuesta breve en homenaje al largor de un artículo de divulgación.

   En nuestra opinión toda decisión de peso en política internacional tiene que contar con un “arcano”. Es imposible hacer o incidir en política internacional sin contar con un núcleo duro que sostenga la decisión,  pues toda gran decisión en política internacional afecta intereses contrapuestos. No existe en ninguna de estas últimas creaciones suramericanas una voluntad política expresa de consolidar un poder autónomo respecto de los lobbies internacionales. Y lo más grave es que no existe el arcano, como secreto profundo. Se comente la estulticia de avisar previamente a aquellos que van a ser afectados por nuestras medidas, de las medias que vamos a tomar. Por ejemplo, se invita en la constitución más íntima de la Comunidad suramericana de naciones, del Banco del sur y de la Unasur a participar a Inglaterra y Holanda a través de Guyana y Surinam.

   Los agentes del imperialismo, que no descansa, insisten y propugnan por todos los medios apoyados en la nueva teoría de la dominación “la de los derechos humanos por consenso”, que la Comunidad suramericana y la Unasur no se entiendan sólo en castellano sino que además, por respeto a las minorías, utilicen el quichua, el aymara, el guaraní, el inglés, el holandés, el portugués, el mapuche. Un mecanismo pensado para esterilizar lo poco que se pueda hacer.

   Si nosotros no asumimos el castellano como lengua antiimperialista en Suramérica estamos listos, estamos fritos. De ello se da cuenta la dirigencia del Brasil para quien ya no es una lengua extranjera sino de uso diario, sobre todo en los centros de decisión política, así como en las universidades y centros de estudio e investigación.

   Cómo será el peso de nuestra lengua que los ingleses y norteamericanos siguen sosteniendo el mito de que el inglés es el idioma más hablado del mundo cuando hace ya un cuarto de siglo que el castellano lo ha superado en hablantes. (Hoy existen 450 millones de angloparlantes contra 550 millones de castellanoparlantes, a los que si sumamos los lusoparlantes se hace una masa de 790 millones de hispanoparlantes). Estos son los datos brutos e incontrastables, su interpretación aviesa e intencionada es ideología de dominación.

 

   Si resumimos vemos que existen tres elementos que van en contra de cualquier tipo de integración regional de los países hispanoamericanos: a) los dos señalados por Ugarte: la luchas intestinas estériles y la inmovilidad internacional. b) la carencia de un arcano en el núcleo de la decisión política y c) la anulación de medio común de comunicación como es una sola lengua.

   Estos tres elementos hacen que se tienda a la construcción de un espacio de poder como “una región abierta”, lo que se presenta como una contradicción en sí misma, pues estamos introduciendo la penetración imperialista en su propio seno.

   Así estamos logrando lo contrario de lo propuesto pues en nombre de la integración regional los negocios que se hacen  benefician a las multinacionales y las medidas bancarias y financieras al imperialismo internacional de dinero. Un verdadero hierro de madera al decir de Heidegger.  

 

   Regresando a la respuesta del título podemos afirmar que la última vez que se tomó una decisión en castellano con cierta incidencia en el orden internacional fue la invasión a Malvinas en 1982 pero claro, le faltó lo esencial para conmover el orden internacional: el arcano. Los ingleses sabían de antemano lo que se venía.



[1] Ugarte, Manuel: El destino de un continente, Bs.As., ed. docencia, 2008, p. 191

[2] Op. cit. p.173

EL SUICIDIO DEMOGRÁFICO DE ESPAÑA. Un problema gravísimo, del que se habla poquísimo

EL SUICIDIO DEMOGRÁFICO DE ESPAÑA. Un problema gravísimo, del que se habla poquísimo

Alejandro MACARRÓN

 

   No es un problema exclusivo de España, sino de casi todo el mundo desarrollado y en desarrollo, pero aquí es particularmente agudo. Nuestras tasas de natalidad son tan raquíticas que equivalen a un suicidio demográfico a cámara lenta del pueblo español. Y nos abocan a una estructura de población cada vez más envejecida y probablemente menguante, con consecuencias muy ingratas en materia económica y social.

   Es algo que no parece preocupar lo debido a los españoles y a sus clases dirigentes e intelectuales, a juzgar por lo poco que, para su enorme gravedad, se habla y publica sobre esta cuestión, y lo poquísimo que se hace para tratar de solucionarla.
En este artículo, que contiene datos muy impactantes, se analizará la evolución demográfica reciente de España, las previsibles consecuencias para nuestra economía y sociedad del tsunami de canas en ciernes, y los posibles remedios y soluciones.

 

El estado de la cuestión demográfica

 

   Desde 1861 a 1980, en España nacieron prácticamente todos los años entre 600.000 y 700.000 personas, salvo períodos tan difíciles como 1937-1939 y 1941-1942. Como la esperanza de vida no paró de mejorar desde 1900, gracias sobre todo a los avances de la medicina, la higiene y una mejor alimentación, aunque las tasas de nacimientos por mil habitantes descendieron de forma paulatina a lo largo del siglo XX, la población española crecía de forma continua, algo muy positivo para nuestra economía y signo de vitalidad de la sociedad española.

   Pero el número de nacimientos cayó en picado a partir de 1977, disminuyendo un 46% en menos de dos décadas (!!!), hasta unos 363.000 en 1995-1996, cuando nuestra natalidad tocó fondo. Desde entonces, gracias sobre todo a los inmigrantes, hemos llegado a 518.000 nacimientos en 2008, cifra que descendió ligeramente, hasta 509.000, en 2009. Pero la inmigración se ha frenado en seco con la crisis.

   Según el avance de datos del padrón municipal recién publicados por el INE, si a finales de 2007 había 749.000 extranjeros más empadronados que un año antes, y al terminar 2008 había 380.000 más, en los siguientes doce meses esta cifra apenas creció en 60.000 personas. Esta caída del 92% en dos años del incremento anual del número de inmigrantes empadronados, combinada con el hecho de que muchos extranjeros que abandonan España no acuden a su ayuntamiento a darse de baja en el padrón -por ahorrarse el trámite, y más si prevén, o cuando menos no descartan, un eventual regreso a España en el futuro, algo especialmente lógico en el caso de los rumanos / inmigrantes comunitarios y magrebíes-, indicaría un flujo migratorio neto negativo desde mediados o finales de 2009.

   Y como la fecundidad de los inmigrantes también suele caer drásticamente cuando se acostumbran a nuestro modo de vida, con la excepción parcial de los musulmanes, es posible que a lo largo de 2010 o en 2011 comencemos a perder población, algo que no sucedía desde la guerra civil, y que no ayudaría precisamente a una recuperación vigorosa de nuestra economía de la actual recesión.

 

 

   En la muy envejecida Alemania, donde el invierno demográfico comenzó antes que aquí, la población disminuye desde 2004, y muere más gente de la que nace desde, por lo menos, 1998. Esto explica mucho de por qué, en la última década, Alemania ha crecido menos que la eurozona prácticamente todos los años, su consumo es débil, y su tasa de ahorro, elevada.

   Algo similar pero peor cabe decir de Japón, el país más envejecido del mundo, cuya economía sigue sin recuperarse de la burbuja inmobiliaria-bursátil de hace veinte años, y que si antaño fue imperio “del sol naciente”, hoy se le podría llamar “del nipón menguante”, pues pierde población y sus perspectivas demográficas son horrorosas.

   Con nuestras actuales tasas de fecundidad (estimadas por el INE en 1,44 hijos por mujer en 2009), aun necesitaríamos casi un 50% más de nacimientos, unos 250.000 al año, simplemente para asegurar el reemplazo de la población (2,1 hijos por mujer, una tasa desconocida en España desde hace treinta años).

   Y si al comienzo del reinado de D. Juan Carlos I los nacimientos superaban a las muertes por millar de españoles en más de diez, a finales de los años 90 estuvimos al borde del decrecimiento vegetativo (más defunciones que nacimientos), algo que sólo evitamos por poco al acudir en masa inmigrantes a España.

   Pero este aflujo de extranjeros se ha reducido drásticamente con la crisis económica, y porque ya no es viable permitir una inmigración masiva, por su impopularidad y por la presión de la Unión Europea.

 

La España que languidece, y la que la sustituye en parte

 

   El INE estima que en 2009 murió más gente de la que nació en dieciocho provincias españolas, según puede apreciarse en la tabla adjunta, cuyos datos muestran un deterioro espeluznante de nuestra vitalidad demográfica. Entre las provincias con saldo vegetativo negativo figura la otrora boyante Vizcaya, en la que hace sólo un tercio de siglo nacían doce personas más de las que fallecían por cada mil habitantes.

   El año pasado fallecieron más de dos personas por cada bebé en Lugo, Orense y Zamora. En Asturias, murieron 1,6 personas por cada nacimiento. En siete de las ocho provincias castellanoleonesas falleció más gente de la que vino al mundo, y lo mismo sucedió en las cuatro provincias gallegas. Y aunque otras provincias y regiones, sin llegar ni de lejos a los nacimientos necesarios para el reemplazo de la población, presentan un mejor perfil demográfico (como Madrid, Murcia, Cataluña, Valencia, Baleares o Andalucía), en casi todos los casos esto se debe, en lo esencial, a los inmigrantes.

   Y si en 1996 sólo el 3,3% de los nacidos en España tenían madre extranjera, en 2008 este porcentaje alcanzó el 20,7% (siendo los inmigrantes sólo el 12% de la población actual de España), proporción que llegó casi al 36% en Gerona y superó el 30% en cinco provincias más (Lérida, Tarragona, Almería, Baleares y Castellón), sobrepasando el 25% en La Rioja, Madrid, Segovia, Soria, Teruel, Alicante, Murcia, Barcelona, Cuenca, Huesca y Zaragoza.

 

 

Los datos del INE sólo contienen dos noticias excelentes

 

   Una es magnífica para todos: nuestra esperanza de vida al nacer sigue creciendo, a razón de casi tres meses por año. Paradójicamente, como no tengamos más hijos / jóvenes que nos sostengan en la vejez, ese extra de esperanza de vida podría tener sabor agridulce a la postre, al desequilibrar aún más la pirámide de población, haciéndola cada vez más cabezona en las edades avanzadas respecto de las franjas de edades intermedias, las que mueven la economía.

 

 

   Y la otra noticia también es excelente, pero sólo para los amantes de la Alianza de las Civilizaciones, la religión islámica y sus valores: el porcentaje de nacidos en España de madre musulmana no deja de crecer. La madre de casi el 5% de los bebés españoles de 2008 es marroquí, porcentaje que crece año a año y que casi se duplica en Cataluña -donde, precisamente, están surgiendo los primeros partidos “inmigrófobos” de España-, Murcia o La Rioja. Lógicamente, la proporción es muy superior en Ceuta y Melilla, con un 17% y un 34%, respectivamente, de hijos de madre marroquí en 2008.

   Y si a los nuevos españoles de madre marroquí añadimos el resto de los de madre africana, en su gran mayoría de religión mahometana, y los de madre paquistaní o siria, los porcentajes de hijos de mujer musulmana superan el 9% también en Aragón o Baleares. Ahora bien, siendo justos, si los marroquíes y musulmanes ganan sin parar cuota étnico-religiosa en España es, sobre todo porque los seguidores de Mahoma, en su inmensa mayoría, hacen simplemente lo que deben, de acuerdo con su condición humana y su religión: tener hijos, buscarse la vida donde mejor puedan encontrarla, y propalar sus creencias.

   Y la raíz profunda del posible problema de esto para España -del que los recientes incidentes en la mezquita de Córdoba o el incidente del velo en un colegio de Pozuelo podrían ser apenas un aperitivo- no son quienes, no habiendo nacido en España y siendo de religión y/o costumbres muy distintas a las nuestras, tratan de ocupar el apetecible vacío que produce nuestra infertilidad colectiva, sino esta última, el rey desnudo de este triste cuento.

DE NUEVO LAS "FOSAS DEL FRANQUISMO": GARZON ¿JUEZ ÍNTEGRO O PREVARICADOR?

DE NUEVO LAS "FOSAS DEL FRANQUISMO": GARZON ¿JUEZ ÍNTEGRO O PREVARICADOR?

Arnaud IMATZ

 

   ¿Pervive el espíritu de la Transición democrática que marcó la vida política española durante más de un cuarto de siglo? ¿Se trata solamente de un recuerdo desgastado? A juzgar por la ola de sectarismo levantada en la primavera de 2010 por “el asunto del juez Baltasar Garzón”, la cuestión merece ser expuesta.

   Según la opinión general, la instrucción contra el magistrado-astro exacerbó las tensiones del país, dividiendo la opinión pública en dos campos. Un deterioro del clima político tanto más lamentable al tiempo que España sufre una crisis económica profunda.

   En varios días de informaciones-desinformaciones, el juez de la Audiencia nacional Baltasar Garzón se convirtió en un verdadero fenómeno popular. Sus admiradores eran unos millares que consideraban que hay que protestar “contra la impunidad del franquismo” (24 de abril de 2010). En las calles de Madrid enarbolaban la bandera tricolor de la República y la bandera roja comunista. Reclamaban a grandes gritos la vuelta de la República y la ilegalización del Partido Popular. Para todos ellos no había duda: el proceso contra el juez manchaba la memoria de las víctimas y constituía un “escándalo sin precedente”.

   ¿Intenciones excesivas de una minoría de revanchistas? ¡Cierto! Pero el asunto es preocupante. Personalidades habitualmente poco propensas al radicalismo extremista avivaron el fuego. El diario próximo al gobierno, “El País”, sostuvo sin reserva a Garzón, reproduciendo las intenciones más insultantes para el Tribunal Supremo, y criticando a la vez, a Luciano Varela, juez encargado de la instrucción.

 

   Para comprender verdaderamente el asunto Garzón, hay que tomarse el trabajo de informarse seriamente. Evidentemente, los grandes medios de comunicación no consideran útil hacer este trabajo.

   Un detalle importante ha sido pasado en silencio. Garzón no es juzgado por haber querido abrir las “fosas del franquismo” o investigar sobre los crímenes del régimen, sino por “prevaricación voluntaria” o falta grave a las obligaciones de su cargo. En un Estado de derecho, con más razón en una democracia, a partir del momento en que un juez pretende sustituir al legislador, en el momento en que viola deliberadamente la ley, está jurídicamente “muerto”. Esto, no lo ignora un jurista digno de este nombre.

 

Volvamos sobre los hechos

 

   El 26 de diciembre de 2007, José Luis Zapatero hace aprobar una “ley de memoria histórica” cuyo origen se encuentra en una propuesta del Partido Comunista (Izquierda Unida). Esta ley tiene por objeto honrar y recuperar la memoria de todos los que fueron víctimas de injusticias por motivos políticos o ideológicos o de creencias religiosas durante y después de la guerra civil. Es el resultado de un consenso entre la izquierda y los partidos nacionalistas vascos (PNV) y catalán (CIU). Estos últimos, de sensibilidad demócrata-cristiana, consiguieron hacer admitir las “creencias religiosas” entre los motivos de represión. Su enmienda se reveló sin embargo de un efecto limitado. Desde su promulgación, la “ley de memoria histórica” ha sido interpretada sistemáticamente en favor de los representantes y simpatizantes del campo republicano y de sus descendientes.

   Consciente de manejar una bomba de efecto retardado, el gobierno socialista primero escogió la inercia. Como dijo el secretario general de Amnistía Internacional, Claudio Cordone, en materia de exhumaciones de los restos de las fosas comunes no hizo “prácticamente nada” (El País, 27-mayo-2010). Se contentó con dejar actuar a las asociaciones privadas generosamente subvencionadas.

   El 16 de octubre de 2008, Baltasar Garzón, juez de instrucción de la Audiencia nacional, se pronunció sobre 22 denuncias “de Asociaciones de recuperación de la memoria” sobre “genocidio y crimen contra la humanidad”. Primeramente, el magistrado se declaró competente para instruir la totalidad “de crímenes del franquismo” y autorizó la apertura urgente de 19 fosas. Luego, para evitar ser desaprobado por sus pares, ordenó que “la instrucción necesaria” fuera llevada por los jueces competentes. El ministerio público inmediatamente reaccionó por la voz del fiscal, Alberto Zaragoza, quien censuró a Garzón por haber eludido la ley de amnistía de 1977 y querido realizar un tipo de inquisición general que recordaba la instrucción general (Causa General) llevada por el ministerio público de Franco, entre 1940 y 1943, lo que la Constitución prohíbe categóricamente. El fiscal también le reprochó al juez por atentar al principio constitucional de no retroactividad y por fundarse sobre reglas de derecho internacional que no existían en la época en la que los actos habían sido cometidos.

 

   En la polémica, periodistas de derecha recordaron que el mismo juez Garzón había rechazado, en 1998, una querella semejante sobre “genocidio, tortura y terrorismo”, contra el PCE y su Secretario general, Santiago Carrillo, el PSOE y el Estado español, denuncia presentada entonces por la Asociación de las familias y amigos de víctimas del “genocidio de Paracuellos del Jarama” (2750 a 5000 muertos, según las fuentes). Garzón entonces había discutido la capacidad jurídica de la asociación de los demandantes y les había reprochado “romper las normas de retroactividad” y violar la Constitución. Hasta había rechazado su queja de “abuso de derecho” y puesto en duda la deontología de los abogados demandantes. Confirmando la posición del juez Garzón, el fiscal Pedro Rubira había declarado, algunos meses más tarde (marzo-2000), que los hechos habían prescrito y recordó que la ley de amnistía de 1977 se aplicaba con pleno derecho.

   Diez años más tarde, fundándose sobre argumentos y una jurisprudencia radicalmente inversa, Garzón admitía la queja de las víctimas del franquismo. Desde entonces, no iba a tardar en caer en su propia trampa. En 2009, era objeto de tres querellas por “prevaricación voluntaria” depositadas por el Colectivo de funcionarios Manos Limpias y la asociación Libertad e identidad.

   A principios de abril de 2010, sintiendo la suerte de su amigo Garzón sellada, el fiscal argentino del Tribunal penal internacional, Moreno Ocampo, propuso que el juez fuera trasladado al Tribunal Penal Internacional con la esperanza de bloquear el procedimiento de suspensión. Pero a pesar del acuerdo del ministerio público y del gobierno, a pesar de las manifestaciones de apoyo en la calle, a pesar de la propuesta de proyecto de ley de los comunistas de Izquierda Unida que pretendía modificar la ley de amnistía, la maquinaria judicial no pudo ser frenada.

 

Un triple proceso contra el juez Garzón

 

   El 14 de abril de 2010, ha sido tomada una medida disciplinaria de suspensión en contra del juez por unanimidad por miembros de la Asamblea plenaria del Consejo General del Poder Judicial. Esto marca la apertura del triple proceso de Garzón ante el Tribunal Supremo (apertura de instrucción penal contra crímenes amnistiados por la ley, obtención de una ayuda económica por un banquero a quien instruía un asunto y la interceptación de comunicaciones entre abogado defensor y su cliente). El juez se arriesga a ser condenado a 20 años de incapacitación profesional.

   No hay que equivocarse sobre las verdaderas razones de la amplitud de este asunto. Para los amigos de Garzón, las tribulaciones del juez son sólo un pretexto para dar cuerpo a sempiternas mentiras. Al oírlos, parece dar la impresión de que en 1936, los “buenos” habrían estado en un campo y los “malos” en el “otro”;  todas las víctimas de los “franquistas” habrían sido personas honorables, héroes de la democracia; el espanto en el campo nacional habría sido infinitamente más brutal que el del campo republicano; la derecha sería la única responsable de la destrucción de la democracia y de la guerra civil; además, como heredera del franquismo, ella continuaría monopolizando el discurso y la memoria del conflicto.

 

Las mentiras

 

   Primera mentira: las víctimas de los “franquistas” eran todas combatientes de la democracia, gente que debe hoy ser honrada y cuyos asesinos deben ser juzgados.

   Según este discurso, poca importancia tiene que la vida en la zona de la Frente popular hubiera sido un infierno verdadero para la mitad de españoles. ¡Olvidadas las víctimas de la represión frente-populista debido a sus convicciones religiosas, o porque eran militares, nobles o burguesas, o simplemente de derecha!

   No sabemos por qué debemos poner sobre el mismo plano a víctimas y verdugos. Tres ejemplos edificantes deberían bastar para comprender la perversidad de este raciocinio.

 

   – Primer ejemplo: Juan Peiró y Agapito García Atadell. Peiró fue un dirigente anarquista, ministro del Gobierno frentepopulista durante la Guerra Civil, pero se trata de una figura ambigua que se opuso a algunas manifestaciones del terror “rojo” e intervino para salvar algunas vidas al tiempo que formaba parte del entramado responsable del proceso revolucionario y de los crímenes ejecutados materialmente por otros. Atadell, era un socialista, jefe de la Brigada de Investigación Criminal, que dependía directamente de la Dirección General de Seguridad del Ministerio de la Gobernación. Fue responsable de robos, violaciones y de más de ochocientas detenciones al margen de la legalidad, muchas de las cuales terminaron en asesinatos. Condenado a muerte por un consejo de guerra, fue también ejecutado. ¿Hay que honrar por eso la memoria de Peiró y de Atadell de la misma manera?

   – Segundo ejemplo: Juan Duarte Martín. Era un joven seminarista de 20 años. Su historia es de una naturaleza que hiere la sensibilidad de las personas más endurecidas. Juan fue denunciado por sus vecinos y torturado durante ocho días en noviembre de 1936. Una joven mujer fue encargada de seducirlo pero como se negaba a romper su voto de castidad, un miliciano lo castró con una navaja de afeitar y le ofreció sus testículos a la señorita. Después de abrirle el vientre., todavía vivo, echaron gasolina por su cuerpo y le prendieron fuego. Durante este último tormento, Juan Duarte sólo decía: “Yo os perdono y pido que Dios os perdone… ¡Viva Cristo Rey!”. Las últimas palabras que salieron de su boca con los ojos bien abiertos y mirando al cielo fueron: “¡Ya lo estoy viendo… ya lo estoy viendo!”. Los mismos que intervinieron en su muerte contaron luego en el pueblo que uno de ellos le interpeló: “¿Qué estás viendo tú?”. Y acto seguido, le descargó su pistola en la cabeza. El 28 de octubre de 2007, el sobrino de Juan, José Andrés Torres Mora jefe de gabinete de Zapatero, diputado socialista y promotor de la “ley de memoria histórica”, asistía a la beatificación de su tío, uno de los 498 mártires entonces distinguidos por la Iglesia católica. ¿Tenemos que honrar hoy a los verdugos de Juan Duarte Martín so pretexto de que combatían en nombre de la libertad?

   – Tercer ejemplo: el poeta comunista Marcos Ana. Este icono de la izquierda fue encargado de leer el manifiesto de apoyo del juez Garzón el 24 de abril de 2010. Escritor de 90 años, es el preso más viejo de España franquista. Pasó 22 años por las cárceles, según nos dijeron,  por ”un delito simple de conciencia”. Hasta Pedro Almodóvar, pretendería realizar una película a su gloria. Lo que no se sabe tanto, es que Marcos Ana es el seudónimo de Sebastian Fernando Macarro, miliciano que fue condenado por el asesinato de tres personas inocentes conocidas por sus convicciones religiosas. En su expediente judicial nº 120976 aparecen los motivos de su condena: era un joven líder de las Juventudes Socialistas Unificadas, jefe de grupo en el “Batallón Libertad” de Alcalá de Henares. Macarro fue condenado a muerte en 1943, pero como era menor, en el momento de los hechos, en 1936, su pena fue conmutada a 30 años de reclusión. Este militante comunista, que jamás renegó su pasado, hoy es presentado como un combatiente de los derechos humanos.

  

   La segunda mentira: el terror en el campo republicano fue infinitamente menos importante que el del campo nacional. Según los estudios más serios, el balance de la represión en la zona nacional se sitúa alrededor de 70.000 ejecuciones y el de la zona republicana alrededor de 60.000. Es muy probable que la cifra final de la zona nacional sea superior a la de la zona republicana. El terror rojo actuó con rigor durante tres años sobre un territorio que disminuía constantemente, mientras que el terror blanco duró más de tres años sobre un territorio cada vez más vasto. La cifra de la represión nacional incluye además las ejecuciones posteriores al conflicto para crímenes de guerra y represalias políticas. Esta “guerra de las cifras” no debe enmascarar un punto capital: hubo un terror blanco, pero hubo también un terror rojo, y, debido a su importancia, es difícil de creer que fue desorganizado o incontrolado como los comentadores más sectarios todavía afirman.

 

   La tercera mentira: la derecha española, ayer responsable de la Guerra civil, sería hoy la heredera del franquismo. ¡Una tontería crasa! El Profesor americano, Stanley Payne, barrió recientemente la leyenda de la responsabilidad pretendida y única de la derecha en el origen de la Guerra Civil. Recordemos solamente un punto revelador: la izquierda revanchista exige periódicamente de la derecha una condena del golpe de Estado de 1936, pero jamás se arrepiente de su golpe de Estado de 1934.

 

   En cuanto a la pretendida herencia franquista basta con recordar las cinco grandes etapas de la Transición democrática, para mostrar la falsedad de la afirmación de esta herencia pretendida de la derecha española:

   1. El decreto ley que autorizaba las Asociaciones políticas fue promulgado por Francisco Franco, el 21 de diciembre de 1974, un año antes de su muerte.

   2. La ley de Reforma política fue adoptada por las Cortes españolas el 18 de noviembre de 1976 (por 425 votos contra 59 y 13 abstenciones) y ratificada por referéndum popular el 15 de diciembre de 1976. Precisamente fue el sobrino de “José Antonio”, Miguel Primo de Rivera, quien defendió delante de las Cortes el proyecto de ley presentado por el jefe de Gobierno Adolfo Suárez, el antiguo Secretario general del Movimiento, un texto que enterraba el franquismo y que había sido redactado en gran parte por otro antiguo Secretario general del Movimiento, Torcuato Fernández Miranda.

   3. Las primeras elecciones generales legislativas del 15 de junio de 1977, se ganaron por la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, antiguo líder del Movimiento, por delante del PSOE de Felipe González.

   4. La ley de amnistía fue adoptada por las Cortes el 15 de octubre de 1977 (296 votos a favor, 2 en contra, 18 abstenciones y uno nulo). Esta ley recibió el apoyo, sin la menor reserva, de la casi totalidad de la clase política (en particular líderes del PSOE y del PCE). Esta amnistía no se limitaba a la Guerra civil, sino concernía a todos los delitos cometidos para restablecer las libertades públicas o reivindicar las autonomías de las regiones de España (particularmente las acciones violentas de los maoístas del GRAPO y de los separatistas de la ETA). Pues no fue adoptada bajo la presión de los carros como hoy pretenden los amigos del juez Garzón. No fue tampoco ni una “amnistía-amnesia”, ni una “cobardía”, sino un acto de generosidad y de reconciliación. En 1977, el conjunto de la izquierda la defendía con vehemencia. La posición actual de los partidarios de Garzón, que quieren reformarla o anularla, constituye pues una curva de 180. Por fin, última etapa, que no había sido posible sin la ley de amnistía:

   5. La adopción por el Congreso de la Constitución y su ratificación por referéndum el 6 de diciembre de 1978 (87 % de votos a favor).

 

La Transición democrática no fue una conquista de los enemigos de la dictadura

 

   Los hechos están allí. Indiscutiblemente es la derecha franquista quien tomó la iniciativa de instaurar la democracia. La Transición democrática no fue una conquista de los enemigos de la dictadura, fue una elección deliberada la gran mayoría de los que habían estado allí y de sus principales líderes.

   El escritor, Jorge Semprún, antiguo comunista y ministro de cultura socialista, declaraba hace poco: “La memoria de los vencidos no se tiene en cuenta, y sigue predominando la memoria de los vencedores, como ocurrió desde la posguerra hasta bien tarde. La retórica de la memoria de los vencedores es la que sigue predominando” (“La memoria es la vida”, El País, 12-abril-2010). ¡Esto es ridículo! Precisamente la verdad es todo lo contrario. Si había un cierto consenso sobre las principales conclusiones relacionadas con los acontecimientos de la República y de la Guerra civil, éste voló en pedazo en los años noventa. Los autores favorables al Frente popular inundaron las librerías de libros, ocuparon los púlpitos universitarios y monopolizaron los grandes medios de comunicación. Después de la llegada de Zapatero la tendencia se reforzó. Pero en los años 2000, lo imprevisible se produjo. Una minoría de historiadores independientes, con Pío Moa a su cabeza, se sublevó. Antiguo comunista-maoísta, Moa rechazó las interpretaciones convencionales después de haber tenido acceso a los archivos de la fundación socialista Pablo Iglesias. Boicoteado, despreciado e insultado por los medios de comunicación oficiales, sin el menor apoyo del Partido Popular, estos grupos de resistentes debieron su salvación sólo al apoyo de centenas de millares de lectores y a los éxitos impresionantes de edición.

   Ante la postura de los amigos de Garzón, el antiguo diputado, presidente de la Comunidad autónoma de Madrid, Joaquín Leguina, una de las figuras históricas del socialismo democrático español, particularmente representativo del espíritu de la Transición, lamentaba recientemente: “Es preciso reconocerle a Baltasar Garzón el éxito de haber aparecido, una vez más, en el New Yok Times y en otros notables medios internacionales, pero el mensaje que el juez y sus hooligans han conseguido colar allí es tan negativo respecto a los españoles que resulta siniestro. En efecto, este desgraciado asunto ha sembrado la idea de que en treinta años de democracia los españoles hemos sido incapaces de lidiar con el pasado, que la Transición fue una bajada de pantalones, que la Guerra Civil es un tema tabú y que buena parte de la derecha sigue siendo franquista. Un hatajo de mentiras” (Blog de Joaquín Leguina: 20 de abril de 2010, artículo “Adanismo”). En lugar de procurar de nuevo distinguir entre “buenos” y “malos”, ya es hora de dar una visión justa y equilibrada del pasado.

EL GUARDIÁN DE DIOS

EL GUARDIÁN DE DIOS

Juan Manuel de PRADA

 

   Si hay algo que me conturba el ánimo (tal vez porque me recuerda la «abominación de la desolación» de la que hablaba el profeta Daniel: esto es, el sacrilegio del templo) es el espectáculo de los turistas indecentes que se pasean por las iglesias como por un mercadillo playero, en camiseta de tirantes y pantalón corto, pavoneándose de la pelambre de sus canillas, de los morrillos de carne excedente de sus cinturas, de su muslamen injuriado por la celulitis, mientras disparan fotografías por doquier e intercambian comentarios vocingleros en la capilla del Santísimo, como los intercambiarían en un retrete comunal. Esta pérdida generalizada del decoro (que es expresión de otra pérdida más aflictiva, que es la pérdida del sentido de lo sacro) alcanza una expresión paroxística en las iglesias de la Toscana más celebradas por las guías turísticas, ante la pasividad o negligencia de las propias autoridades eclesiásticas. Es verdad que a las puertas de los templos suele haber carteles que reclaman respeto al visitante; pero la caterva turística se pasa tales avisos por la entrepierna, que gusta de rascarse sin rebozo y llevar bien aireada, tal vez para aliviarse las escoceduras de las caminatas, tal vez para exhibir su nauseabunda indiferencia. Y así las iglesias se van convirtiendo en zocos de zafiedad impronunciable, donde la luz roja del sagrario tiembla acongojada, como debió de temblar ante las invasiones de los bárbaros.

 

   Pero, mientras la abominación de la desolación campa por sus fueros, aún queda algún irreductible guardián de Dios que no se resigna. En la iglesia de San Agustín, en Montepulciano, un sacristán viejo y acaso impedido, acaso también loco, vigilaba, sentado en una silla al pie del presbiterio, el trasiego de turistas en el templo. Entró una recua, con las consabidas camisetas de tirantes y los pantaloncitos cortos que enseñan los mofletes del culo; y el mulo que parecía capitanear la recua voceó, para recrearse con el eco de la bóveda: «Venga, vamos a hacernos unas fotos aquí». Entonces el sacristán, poseído por esa virtud cristiana hogaño en desuso llamada santa ira (la misma virtud que animaba a Cristo cuando expulsó a los mercaderes del templo y cuando maldijo a la higuera seca), lo increpó desde la penumbra: «Tú, cerdo, vete a hacer fotos a la pocilga de tu casa, donde tu madre te dejará ir vestido como un mamarracho». El mulo entonces titubeó, incrédulo ante la osadía del sacristán loco, incrédulo de que una estantigua semejante se atreviera a cercenar sus sacrosantos derechos democráticos, pero mientras titubeaba el sacristán loco proseguía su retahíla de improperios: «Largaos de aquí con viento fresco, panda de guarros, que no os quiero ver ni en pintura». El italiano campesino del sacristán loco, áspero como un vino mal fermentado, sonaba a gloria bendita, era como escuchar al león de Judá en el día del Juicio Final, separando a las ovejas de los cabritos. Y los cabritos de la camiseta de tirantes y el pantaloncito corto se fueron con el rabo entre las piernas, perseguidos por la santa ira del sacristán loco, que apenas los vio desaparecer del templo recuperó un aire inocente y beatífico, como acariciado por la brisa de la Jerusalén celeste.

  

   Transido de emoción, me arrodillé en la penumbra de la iglesia de San Agustín, en Montepulciano, y rogué fervorosamente a Dios que concediera muchos años de vida a aquel sacristán, y que le mantuviera incólume la virtud de la santa ira. La llama del sagrario resplandecía con un vigor jubiloso e impávido, orgullosa de su celoso guardián

LA ESPAÑA QUE DICE "YO SOY ESPAÑOL"

LA ESPAÑA QUE DICE "YO SOY ESPAÑOL"

Francisco TORRES

 

   Durante un mes la bandera de España ha dejado de estar encerrada para situarse en ese rasgo de normalidad que es verla integrada dentro en el paisaje español. Lo que en otros países resulta usual en España parecía estar proscrito o reducido a los ámbitos oficiales. Durante años se ha buscado, para mí conscientemente, reducir la presencia de los símbolos nacionales a lo que dicta la ley, y en algunos puntos de la geografía hispana, dominados por los nacionalistas, ni eso. Súmese a ello la aversión que una parte de la izquierda española ha mostrado a la bandera española o la absurda reivindicación de esa anomalía histórico-política que fue la bandera de la II República española erróneamente identificada con el republicanismo. El objetivo, para mí al menos, resulta claro: derruir la idea y el concepto de España para reducirlo a una entidad puramente administrativa. Operación de ingeniería social, de impulso político, realizada desde arriba.

 

   No se necesitan expertos sociólogos para constatar el hecho evidente que desde hace unos años se ha producido una expansión del uso de la bandera española, de los colores nacionales, bajo el impulso de los éxitos deportivos. Y el deporte es en las sociedades ricas y desarrolladas un elemento de afirmación del yo colectivo, ya sea de carácter local o nacional. La profusión de banderas, la recurrencia en el sonar del himno nacional, han contribuido a popularizar, especialmente entre las nuevas generaciones, los símbolos nacionales contribuyendo a establecer la identificación identitaria que se buscaba proscribir. La última expresión de ese proceso es el cántico del “soy español, español, español…”, canto que encierra toda una percepción ya que se trata de una afirmación teóricamente innecesaria pero que dada la expansión de una aparente aversión a la idea de España parece necesaria.

 

   Nadie puede obviar que este fenómeno se ha multiplicado en el último mes sacudiendo a muchos merced al campeonato mundial de fútbol, por lo que conlleva de deporte de masas seguido por millones de personas. La proliferación de banderas españolas en coches y casas que se ha producido en este mes, la resaca y prolongación que implicará el triunfo de la selección nacional española (la roja que también y tan bien juega de azul) supone, con los matices y limitaciones que se quiera, una exaltación de España. En algunos puntos de la geografía, en aquellos lugares marcados por la presión nacionalista o nacionalista-socialista, lo que ha sucedido durante el campeonato de fútbol es que se ha producido una especie de liberación, de protesta ciudadana, de exteriorización de los sentimientos ocultos que muchos consideraban ya apagados o recluidos en los espacios del silencio. En esos puntos han florecido unas banderas de España en las casas que, en tiempo normal, a nadie se le ocurriría colocar por la presión ambiental. Las concentraciones de ciudadanos ante pantallas gigantes con banderas y pancartas son un síntoma.

Buen ejemplo de ello es lo acontecido en Cataluña. Allí la conjunción nacionalista y socialista gobernante ha intentando, por todos los medios, limitar los efectos de la oleada rojigualda. De ahí el absurdo de evitar que se instalaran pantallas en las calles y plazas. De ahí que los nacionalistas radicales, Puigcercos o Carod, hayan mostrado su preocupación por esta exhibición, o que Carod, ascendiendo hasta el último peldaño de la imbecilidad, dijera que como no era su selección no tenía interés en ver los partidos. Preocupación en los ambientes nacionalistas-socialistas catalanes porque los éxitos de la selección nacional y la exhibición de banderas, incluso allí, coincidían con la sentencia del Estatuto y la manifestación antiespañola exaltada hasta los límites de lo increíble por la Televisión española (quizás debiera escribir ex-pañola), manifestación hinchada hasta el absurdo por algunos medios. La respuesta la dieron las decenas de miles de catalanes que siguieron en las pantallas instaladas a regañadientes el triunfo de España con pancartas como “No nos engañan, Cataluña es España”.

En definitiva lo que hemos visto es la expresión plástica de esa otra España que se identifica con una frase: “yo soy español, español, español”.