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LA ACCLAMATIO COMO NUEVA-VIEJA FÓRMULA DE DEMOCRACIA DIRECTA

LA ACCLAMATIO COMO NUEVA-VIEJA FÓRMULA DE DEMOCRACIA DIRECTA

Alberto BUELA 

 

   Sabido es que nuestra sociedad postmoderna cuestiona todos los grandes relatos o mitos de la modernidad. Así, por ejemplo, la idea de progreso indefinido se ha mostrado como una falsa idea luego del zafarrancho de la Segunda Guerra Mundial y su rúbrica con las masacres atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pues el desarrollo de la técnica se desvinculó de la moral. O dicho de otra forma, la técnica y la moral no se desarrollaron en forma equivalente, en forma pareja y, así, la modernidad progresó técnicamente y retrocedió en el orden moral. Por lo tanto, la idea de progreso indefinido, enunciada claramente por primera vez por el Abad de Saint Pierre, después de terminada la guerra de sucesión de España y que dominara por casi tres siglos la mentalidad europea y americana, se ha mostrado y demostrado como una falsa idea.

  

   Otro de los grandes mitos de la modernidad ha sido la idea de democracia como forma de vida, sintetizada en la frase "con la democracia, se come, se educa y se vive", que reemplazó a la noción de democracia como una forma de gobierno, entre otras varias, como la monarquía, la república, la tiranía, etc.

   La democracia entendida como forma de vida ha ido vaciando lentamente el contenido de la democracia como forma de gobierno hasta dejarla reducida a la democracia procedimental de nuestros días, en donde sólo interesa a los dirigentes políticos cumplir con el formalismo democrático, dejando de lado todo contenido de valores. La democracia procedimental vació al Estado de todo contenido ético licuando todos sus aparatos de poder y así, vía privatización de todas la empresas públicas o vía anulación de las reparticiones estatales, logró dejar de lado los tres principios que lo constituían: la idea de bien común como principio de finalidad, la idea de solidaridad como principio de integración y la idea de subsidiariedad como principio supletivo o de ayuda. Quedando así reducido a "simple regulador de los contratos jurídicos y a represor de los sectores descontentos". No llega ni siquiera como en el antiguo capitalismo liberal, a Estado gendarme que garantizaba la seguridad de las personas y la propiedad privada. Hoy la seguridad es cosa privada y la propiedad privada está "socializada" en los countries, esos castillos modernos, sitiados por barrios paupérrimos.

 

   El fracaso de la democracia procedimental con la consecuente crítica a los partidos políticos por ejercer la representatividad popular en forma espuria no sólo porque monopolizaron dicha representatividad sino porque la bastardearon con las oligarquías partidarias, ha hecho surgir nuevas formas de representación políticas, en Argentina hoy: los piqueteros que cortan las rutas, los caceroleros que manifiestan ante los bancos y el Congreso nacional, los desocupados que viven en los lugares públicos, los sin tierra en Brasil, los truequistas que se manejan sin dinero porque no hay, toda la sociedad civil argentina fue estafada por los bancos y el gobierno de De la Rúa-Cavallo y confirmada por sus continuadores.

 

   Ahora bien, cuál es el mecanismo por el que estas nuevas representatividades eligen a sus autoridades. La vieja acclamatio. La voluntad pública del pueblo se expresa por aclamación popular, como consentimiento de los gobernados. Dado que el pueblo existe sólo en lo público cuanto más fuerte es el sentimiento democrático tanto más seguro que la democracia es otra cosa distinta a la ecuación liberal de " un hombre = un voto".

   La democracia se torna así directa y zafa del aparato estadístico y cuantitativo del recuento de votos y las empresas de sondeos, para expresarse lisa y llanamente por aclamación popular. Se elimina así toda mediación entre el pueblo y sus representantes. Estos son elegidos directa y espontáneamente por aquellos. Recordemos aquí el discurso del éforo Stenelaidasa a favor de la guerra que nos relata Tucídides: "Él dijo que no podía determinar cuál fue la aclamación más fuerte - su modo de decisión es por aclamación y no por votación -" (1). En América tenemos, entre otras, la aclamación de Irala por sus huestes como gobernador de Asunción en 1544; en Brasil la de Amador Bueno en 1651 como rey de los paulistas. La aclamación de Perón como conductor de los argentinos por el pueblo reunido en la Plaza de Mayo, el 17 de octubre de 1945.

   Existe además la forma negativa de acclamatio, que podemos traducir por abucheo, que es lo que evitan los políticos profesionales cuando esquivan ir a los lugares públicos- canchas de fútbol, teatros- refugiándose sólo en la legitimidad estadística del escrutinio que in illo tempore los llevó al poder pero que ya no pueden sustentar. Los miembros del G8 son maestros consumados en este saber esquivar el abucheo multitudinario de las grandes ciudades, replegándose cada vez a lugares más remotos y aislados.

 

   Esta institución de la acclamatio utilizada durante 1500 años en la proclamación popular de los reyes desde Roma hasta finales de la edad media (2) ha sido recuperada en este comienzo del tercer milenio. Pero, y aquí viene la paradoja, ha sido recuperada, desde las sociedades periféricas sometidas al "totalitarismo democrático" de aquellos que se apropiaron de los partidos políticos, los aparatos culturales, los mass media y las empresas comerciales y bancarias.

   ¿Y por quiénes recuperada? Por los miembros de la sociedad civil que se han dado espontáneamente una organización popular, eligiendo a sus autoridades por aclamación y no por sufragio. Algo de esto perduraba en las elecciones gremiales que casi siempre son precedidas por una asamblea de delegados en donde se vota por aclamación a los candidatos. La acclamatio es en los sindicatos la condición previa de la elección formal de autoridades. Es digno de tener en cuenta esto, para que se pueda apreciar que las instituciones no dan saltos, se desarrollan y se despliegan en el tiempo regularmente. Así, es lógico que estas nuevas organizaciones, que se está dando la sociedad civil comiencen naturalmente por la acclamatio, dado que aún no se ha producido el extrañamiento de su índole en el aparato legal-formal que modifica la forma de elegir sus representantes.

   La crisis de representatividad de la sociedad postmoderna es de tal magnitud que sería provechoso que los jurisconsultos a cargo de la modificación de los sistemas de elección tuvieran en cuenta la incorporación de la acclamatio como un complemento necesario al régimen del sufragio. Ellos comprenderían así, la proposición filosófica que sostiene que la solución a los problemas de la modernidad no los ofrece ni una modernidad más avanzada ni una postmodernidad débil y desengañada, sino un postmodernidad fuerte que hunda sus raíces en una premodernidad vital y generosa. O en otros términos, para ser auténticamente postmoderno hay que ser genuinamente premoderno. La restauración de la acclamatio nueva-vieja fórmula de elección es una muestra de ello.

Notas:

   (1) Tucídides: La guerra del Peloponeso, libro I, cap.II, parágrafo 87.-

   (2) Conocemos un estudio interesante sobre la institución de la acclamatio, aquel de Ernst Kantorowicz: "Laudes Regiae,( A study in liturgical acclamations and medieval rule worship)",Univ.California Press, Los Angeles, 1946, en donde el autor va historiando el uso litúrgico de la aclamación para terminar en el capítulo VII reseñando el uso político en los tiempos modernos de la acclamatio. Sin embargo Kantorowicz, correcto en la descripción del asunto, se equivoca en la interpretación, o mejor aun forma parte del pensamiento políticamente correcto al limitar la acclamatio a los regímenes autoritarios "Political acclamations have been resuscitated systematically in the authoritarian countries"(p.185). Dejando de valorar el aspecto de la participación popular en el ejercicio de una democracia directa, tan necesaria para liberar tensiones insatisfechas, cuando las democracias procedimentales fracasan con sus mecanismos representativos. Desde el punto de vista politológico cabe recordar dos trabajos que sin ocuparse específicamente de la aclamación, nos hablan de ella. Uno, aquel de Carl Schmitt Sobre el Parlamentarismo en donde a propósito de su crítica a la ley electoral de Reich alemán, que adoptó las máximas liberales según las cuales el pueblo sólo puede expresar su voluntad a través de cada ciudadano por sí mismo "sin ser observado", olvidando afirma Schmitt que " El Pueblo es un concepto perteneciente al derecho público. La opinión unánime de cien millones de particulares no es ni la voluntad del pueblo ni la opinión pública. Cabe expresar la voluntad del pueblo mediante la aclamación- mediante acclamatio- , mediante su existencia obvia incontestada, igual de bien y de forma aún más democrática que mediante un aparato estadístico, elaborado desde hace medio siglo con esmerada meticulosidad" (p.22). Otro es la de Norberto Ceresole: "Caudillo, ejercito, pueblo", quien siguiendo a Schmitt va a recuperar el valor positivo de la aclamación popular para aplicarlo al caso de Hugo Chávez en Venezuela.

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