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Bitácora PI

DÍA DE ELECCIONES

DÍA DE ELECCIONES

Juan V. OLTRA

 

   Sí, lo reconozco: yo voté en las pasadas elecciones. Aunque no tanto por apostar a un candidato convincente y digno, sino por no oír la tabarra que me daban mi mujer y mi madre. Prefiero aguantar a un memo (o mema, ¡viva la paridad!) durante cuatro años en una institución alejada de mi casa, que ser vapuleado en ella un solo día por las mujeres de mi vida. Usted también lo haría, créame.

   Así pues, fuimos todos a esa "gran fiesta democrática", a sentirnos partícipes de las actuaciones públicas por el mero hecho de votar a unos candidatos que, en el mejor de los casos, nos olvidarán una vez sean conocidos los resultados del escrutinio. Acudimos juntos, niños incluidos, al colegio electoral que, como su nombre indica, es un colegio (parece una tontería, pero la lógica no siempre funciona con estas cosas). Un colegio construido a base de barracones con un calor digno del país tercermundista en que vamos camino de convertirnos, pues esos políticos a los que votábamos, en gobierno y oposición, que sólo visitan en el mejor de los casos el barrio a paso rápido durante el periodo de campaña electoral, no han caído en que los niños necesitan estudiar crudos, que cuando se convierten en alumnos a l´ast no asimilan bien la docencia; misterios de la pedagogía moderna.

 

   Una vez dentro, tuve un déjà vu, una experiencia no sé si paranormal o simplemente anormal: los mismos interventores, las mismas mesas, los mismos carteles, incluso los mismos listados ajados de votantes y las mismas papeletas con los partidos de siempre y algún advenedizo: tres o cuatro agrupaciones comunistas, doscientas cincuenta falanges, ecologistas de extrema izquierda, ecologistas de extrema derecha y la agrupación electoral de los adoradores del huevo frito. Vamos, lo de costumbre.

   Lo que no esperaba era la reacción de mi hijo pequeño, enano de tres años quien, dotado de una gran intuición, veía como natural aquello que, debido a su corta edad, era un espectáculo totalmente inédito para él. Pero mi niño es todo acción, así que quizá valorando en su tierna cabecita que el mejor destino de las urnas es el de ser rotas, introdujo sus brazos entre las urnas dedicadas a Ayuntamiento y Gobierno autonómico y se dispuso a tirarlas al suelo. Como no tengo ganas de ir a visitarlo a un centro de reeducación, me lancé al quite y, con un punto de remordimiento, se lo impedí. Al oído le dije que, si dentro de unos años quería mantener sus posiciones, ya hablaríamos, que podía contar conmigo, pero que de momento era demasiado joven para beber, fumar, ir con mujeres, leer a Antonio Gala o tener ideas políticas propias. Eso pareció calmarle lo suficiente como para alejarse. Eso y una golosina con la que astutamente le soborné.

 

   Una vez ya fuera, declaré cerrado el día electoral. No porque no me importaran los resultados, sino porque los conocía al dedillo, y con esto no quiero tomar atribuciones de futurólogo o asimilado: se trataba de una realidad cantada. Para Valencia, mi demarcación electoral o como demonios (demoniocratas en este caso) la quieran llamar, sólo había dos alternativas: PP o PSOE  (vale, esta bien, lo reconozco, para mi demarcación y para el práctico resto de esta piel de toro). Y yo ya sabía no quién ganaría, sino quién perdería. El PSOE no sólo había llevado a cabo una campaña electoral que parecía desarrollada en la sede del PP (recuerdo con gozo aquellas fotos de sus candidatos que parecían anuncios del lanzamiento en DVD de "la familia Monster", a lo que replicaban que "las habían hecho en Madrid y no tenían permiso para modificarlas", ¡toma ya autonomía!; aquellos "puntoscarmen" que canjeaban por chapas, globos, camisetas y bolsos con la efigie de Carmen Alborch convenientemente arreglada por el photoshop, y como traca final aquellos tangas con el logo del partido, dignos del mejor sex-shop). Repito, no sólo había empezado mal... sino que si en algún sitio sabía que tenían de antemano perdida la partida era en Madrid y en Valencia. ¿Motivo?... elemental: los candidatos Miguel Sebastián y Carmen Alborch habían sido elegidos como una apuesta personal del presidente Rodríguez Zapatero. Y ya conocen ustedes  la maldición de ZP: al que le da la mano, se le pudre: recuerden las elecciones de EE.UU., Alemania, Francia...

 

   Precisamente, hace poco he visto unas imágenes de Sarkozy dándole la mano a Rodríguez Zapatero. Yo de él, iría corriendo a hacerme una resonancia y pegarme un chute de antibióticos. Se lo digo con toda mi buena intención.

1 comentario

Dimas -

o tambien vote y realmente no se porqué , pero al final , me convencí a mi mismo con la teoria del mal menor para intentar frenar la estupidez mas gorda(ZP & PSOE Big Banda) de entre todas la estupideces que pude oir en los dias previos