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CARTAS A MIS HIJOS (V): LA BANCA

CARTAS A MIS HIJOS (V): LA BANCA

JUAN V. OLTRA

 

   Queridos capitanes:

 

   Aunque hace tiempo que no os escribo, los tiempos convulsos en los que vuestra infancia se desarrolla y que ahora nos agitan, me empujan a hacerlo. Sé que vuestra memoria ya está lo suficientemente desarrollada para que cuando, si Dios quiere, seáis adultos podáis recordar buena parte de estos acontecimientos que nos están sacudiendo. Ruego para que quede en eso, sólo en eso, en un mero recuerdo, fácilmente sepultable por bonanzas futuras; que todo quede en un mal sueño del que al despertar nada queda, salvo los sudores fríos que, con una buena ducha, desaparecen.

   De todas formas, sé por propia experiencia que los recuerdos de la infancia llegan a otras etapas de la vida convenientemente deformados por ese barniz que la adolescencia o la juventud van depositando sobre ellos, y si eso pasa de forma general con los sucesos vividos, la deformación que sufren las opiniones ajenas es aun más tremenda, motivo por el que no quiero dejar de dejaros, negro sobre blanco, mi opinión sobre algunos de los sucesos que vivimos.

   Una opinión que, por el momento en que es escrita, en plena caída en picado y sin paracaídas, sin saber cuál será el final, puede verse matizada e incluso transformada en los meses venideros, pero que en lo esencial, creo se mantendrá firme.

   Vamos a ello. Os habréis dado cuenta de que, presentando el asunto, hago alusión a la crisis. Crisis sin apellidos y que tentado he estado a colocar en mayúsculas. La crisis que en la década de los 10, entró como una tromba, amenazando, cuando no aniquilando, eso que se ha dado en llamar el "estado social" y que, ya antes de esto, estaba necesitado de múltiples parches y ampliaciones, pero nunca reducciones. Puestos a buscar culpables, las posibilidades son muchas: los hay que, de forma un tanto cretina, la distribuyen de forma igual por toda la sociedad, otros culpabilizan de forma exclusiva a nuestra casta política...

   Ojo, un inciso: quede claro que no quiero librar a nadie de sus culpas, y menos que a nadie a nuestros políticos, todos ellos, procedan de donde procedan, conformando una amalgamada mezcla de corrupción, idiocia, ineficacia, ignorancia y seguidismo imperdonable por sus coetáneos y por la historia. Pero con todo, a pesar de faltarles los cuernos y el rabo para ser el demonio emplumado, no son los últimos responsables. Es más, no son más que títeres, y de ellos ya os hablaré en otra ocasión.

   Hay que buscar al último responsable, y de igual manera que por el hilo se saca el ovillo, tirando de esos hilos que mueven a las marionetas, tenemos una sentencia de culpabilidad clarísima: la banca.

   Esa misma banca que no duda en poner de patitas en la calle a familias que se retrasan en los pagos de sus hipotecas, pero que condonan fantásticas deudas a los partidos políticos. Esa misma banca que pasó de presentar unos balances con unas ganancias que quitarían el hipo a cualquier enfermo de hernia de hiato, a pedir socorro y auxilio con el ojo y la mano puestos en la caja pública.

   Estos bancos que provocaron el agujero que vivimos, falsificando sus cuentas, vendiendo humo, potenciando la burbuja del ladrillo que tantos denunciamos sin eco, ahora se presentan como víctimas.

   Claro que es posible escuchar esa versión edulcorada que intenta vender que nuestro sistema financiero, "el mejor del mundo" según se ha llegado a escuchar, tan sólo interactuaba de acuerdo a lo que la sociedad le pedía. Y un jamón con chorreras. Los pisos no subieron en España por amor al arte, o porque se pasara a construirlos con lingotes de oro en lugar de con ladrillos (ladrillos de los que, dicho sea de paso, llegamos a ser el quinto productor mundial, tras EE.UU, Rusia, China y la India. Dado que los ladrillos no suelen transportarse, sin que por su precio de fabricación es más rentable crearlos allí donde se van a usar, lo que nos da otra pista que seguir). Pisos que se pusieron sobre las nubes, y en los que, el españolito de a pie, a creencias de que lo que dice la Constitución sobre el derecho que posee a tener una vivienda digna, se embarcó no bajo la supervisión de los bancos, sino, recordémoslo, su empuje: pisos tasados por compañías relacionadas con los bancos, construidos por empresas empujadas por los bancos, que las nutrían de dinero más que fácil, hipotecas concedidas a manos llenas sin revisar más allá de la letra gruesa, cuando no llenas de trampas en la letra pequeña para los clientes... los usuarios de los servicios bancarios se endeudaban de por vida, convirtiéndose en esclavos de los bancos. Esas sumas enormes a las que se obligaban, suponían que, aun trabajando los dos cónyuges, su vida fuera mucho más miserable que cuando sólo entraba un sueldo en la casa, y eso pensando solo en términos crematísticos, sin hablar de otros conceptos más elevados como la educación de los hijos. Tan solo os pido que caigáis en la cuenta de que, en la generación de los abuelitos de vuestros amigos, la práctica mayoría no sólo pagaron su piso y su utilitario, sino que compraron eso que se llama una "segunda residencia". Y ahora haced memoria: ¿cuántos padres de vuestros amigos compraron un chalet o un apartamento? Si descontáis los que lo recibieron por herencia, veréis que os sobran dedos en una mano para llevar esa contabilidad.

   Pero volvamos con la explosión programada de nuestra economía. Era tan obvio que ese juego de la hipoteca misteriosa nos iba a arrastrar, como predecible que nadie hiciera nada por evitarlo. Eso sí, una vez estalló, a nadie le dio por imitar posturas de líderes a todas luces de extrema izquierda, como George Bush, que en EE.UU. paralizó los pagos de hipotecas de aquellos ciudadanos que se encontraran en paro. No. No hubo medidas de ayuda al ciudadano de a pie, lo que hicieron fue demonizarlo y "salvar a la banca". Cuando la banca de quien debería ser salvada era de sí misma.

   ¿Qué es lo que pasa, entonces? Que los préstamos, que vienen de fuera, generan intereses. Intereses sobre intereses que van subiendo y se convierten en cantidades astronómicas e impagables. Dinero que se debe a otra banca, la internacional, que en realidad es la misma que la nuestra. El dinero no tiene patrias, es una patria en sí mismo.

   Cantidades que España, confundiendo perversamente España con los bancos españoles, se compromete a pagar y, como no se puede sacar de donde no hay, y no se quiere molestar demasiado al sistema bancario, se esquilma la caja social, el dinero que se emplea para pagar la educación, la sanidad, las pensiones, el sueldo de los funcionarios, la limpieza de las calles...  pero aun así es insuficiente, recordándonos esos agujeros que en Hispanoamérica, en África... convirtieron en paupérrimas economías que antes ya eran pobres.

   Huelga decir que repensar nuestro sistema autonómico u otras medidas audaces están descartadas de antemano. No quiero salirme del tema, pero recuerdo una entrevista que le hicieron a Miterrand, presidente de Francia, cuando soplaban tiempos de bonanza, y no de hambre. Al francés le sugirieron que Francia debía imitar el modelo español autonómico, que tan bien nos había funcionado aquí. El presidente francés dijo que lo sentía, pero España era un país rico y se lo podía permitir, pero Francia no.

   Pero sigamos con nuestro tema. ¿Qué solución se arbitra pues para solucionar los problemas de la banca? Se habla de nacionalización, pero es mentira: se trata de nacionalizar sólo las pérdidas, pero no los beneficios. Esto es: cuando pierden dinero, que lo asuma el Estado. Cuando gana, sólo ellos se lo llevan calentito. De la nacionalización, podríamos hablar mucho. Yo soy un ferviente defensor de la misma. Qué más quisiera que contar con una banca que, al margen de los intereses del mercado, ayudara a la pequeña empresa y a los particulares, sin cobrar por sus servicios cuando sea menester para la buena marcha del país, y haciéndolo cuando sea posible, de tal manera que sus beneficios revirtieran en todos. Una banca fuerte que pudiera evitar constipados cuando alguien se deja entreabierta la puerta de ese burdel financiero que es la bolsa.

   Es triste reconocerlo, esto no lo verán mis ojos, aunque espero que los vuestros sí. De momento tenemos una banca donde sólo gana el gran capital. Sí, sólo gana, pues cuando aparentemente pierde, el dinero, que es muy listo, ya se ha ido. Fijaos: en esta debacle, quienes más han perdido son los "pequeños inversionistas" que, confiando en la relación de agencia con su director de turno, metieron todos sus ahorros en ella, viendo cómo desaparecían por arte de birlibirloque. Y eso, siendo en extremo generoso, pues en muchos casos, ni siquiera fue un mal consejo, sino un engaño, una estafa: ancianos hay a puñados, una de ellos vuestra abuela, la yaya, que directamente fueron convencidos de que el producto en el que participaban era una especie de plazo fijo. Personas con un claro perfil conservador, que quieren tener sus pocos dineros conseguidos tras una vida de esfuerzo y sacrificio, como colchón y báculo de su vejez, fueron convertidos de ahorradores a inversionistas, viendo cómo sus sueños, y su futuro, se convertían en humo. No, no es el gran capitalista el que pierde. Como siempre pasa, no debe sorprendernos.

   Pero no quiero seguir alargándome con esto. Dejo muchos cabos sueltos que, espero, en otras cartas pueda ir completando. De momento, tan sólo apunto una solución. Si revisáis mis anaqueles (si no habéis vendido mis libros a un buhonero a peso, vaya), veréis algún que otro libro de un escritor contemporáneo mío que se llama Arturo Pérez Reverte. Decía en un artículo este autor que el retraso que sufría España se debía a que no pusimos una guillotina en la Puerta del Sol en su momento. Yo me permito apostillar que nunca es tarde. Si mi generación no lo hizo, la vuestra puede ir tomando nota de nuestro fracaso.

 

   Con cariño, como siempre, os quiere:

   Papá

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