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Bitácora PI

TERREMOTO MORAL

TERREMOTO MORAL

Juan V. OLTRA

 

   Un terremoto terrible en Haití nos ha hecho darnos cuenta a nosotros, mundo dicen que civilizado, de dos cosas al menos. La primera, de la terrible fragilidad del ser humano. La segunda, de que Haití existe.

   Antes del terremoto, Haití era ya el país más pobre del continente americano. Y si bien es cierto que esta desgracia natural ha colocado a sus habitantes en una situación aun peor, no lo es menos que dentro de unas semanas, nadie se acordará de la isla y de sus habitantes y, con nuestras conciencias mirando a otro lado, sea la wii, el carajillo del bar, la sempiterna serie de televisión, la corruptela de nuestra clase política o el último tinte capilar que la vicepresidenta use en su monte de venus, todo esto nos importará una higa.

 

   Así, aprovecho antes de que el tema se pase de moda para preguntarme en voz alta cómo es posible que en un mundo en el que existen tropas de intervención rápida, que pueden ocupar ciudades, países enteros en horas, se tarden cinco días en despejar un aeropuerto para que las ayudas en forma de comida, medicinas o cooperadores lleguen a donde más daño existe.

   Aprovecho para dudar sobre la necesidad de una clase política, a este lado del charco, y al otro también, que es incapaz de mandar al guano al Fondo Monetario Internacional, al capitalismo o al sursum corda si es necesario para lograr salvar siquiera una vida más.

 

  Una catástrofe así da lugar a mucha demagogia. Desde la barata, como la cubana "permitiendo" que los aviones de EE.UU. atraviesen su espacio aéreo para ir a la isla que fue emblema de la hispanidad, "La Española", hasta la cara de Obama que, al menos, con esto nos queda demostrado que no puede andar sobre las aguas.

   No faltan aquellos que, aun declarándose ateos 364 días al año, aprovechan estos momentos de tragedia para culpar al Sumo Hacedor. A mí esto me recordaba aquello que contaba Anthony de Mello, cuando dijo ver por  la calle a una niña casi desnuda y muerta de frío, con hambre acumulada y temblando. Lleno de cólera se dirigió a Dios: "¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué no haces nada para solucionarlo? Durante un rato Dios guardó silencio, pero aquella noche, de improviso, me respondió: Ciertamente que he hecho algo, te he hecho a ti".

 

   Somos nosotros, pues, los que tenemos que hacer algo. Pero no sólo por el terremoto, sino por lo que ya antes del terremoto, y seguramente después, vivirán allí: una vida peor que la de esclavos para muchos. Peor sin duda que la que vivieron en las encomiendas. No olvidemos que fue allí, justamente allí, cuando en la misa de domingo de adviento en diciembre de 1511, el Genio de España dio un paso que no hicieron los sajones hasta mucho después: reconocer la dignidad humana de los habitantes de esas tierras, con la voz del dominico Fray Antonio de Montesinos: "Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tan profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos?"

   Sí, son hombres; nuestros hermanos si lo vemos con un prisma cristiano, miembros de la única raza, la de los hijos de Dios, o, viéndolo desde un punto más laico, entonando alto y fuerte el "nada humano me es ajeno". Mirémoslo de la forma que sea, pero hagamos algo más que mirar: actuemos. Hoy, y mañana.

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