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Bitácora PI

POR EL LLANTO DE UNA NIÑA

POR EL LLANTO DE UNA NIÑA

Juan V. OLTRA

 

   Marieta lloraba desesperada en la soledad de su habitación. Intentaba ahogar sus sollozos con la almohada, no quería preocupar a sus padres; bastante tenían estos ya. Sus papás, Alberto y María, no le habían contado nada sobre la gravedad de su hermanito, el pequeño Alberto, pero Marieta, a sus ocho años, no era una niña tonta. Una noche descubrió a su madre llorando al lado de la cama de Albertito; otro vio caer una lágrima de los ojos de su padre, mientras lo abrazaba en el parque infantil... estaba claro que no habían querido decirle nada, pero que estaban asustados.

   Un día que Alberto tardaba al regresar del trabajo, aprovechando un descuido de su madre, entró en el despacho de papá y empezó a buscar. Cuando descubrió la carpeta que decía: "HOSPITAL ALBERTO" y empezó a leer, su pequeña alma se cuarteó. No entendía la mitad de las palabras que leía pero las pocas que conocía no le gustaban nada. Ahora comprendía por qué Albertito ya no jugaba como antes, por qué se cansaba pronto y le dolía el cuerpo. Y sobre todo, el porqué en su casa ahora se reía mucho menos.

   Por la cabeza de Marieta, en la cama, pasaban de forma apresurada estos últimos meses. Todo encajaba. Sus padres apuraban ahora todos los momentos para estar con ellos. Incluso habían hecho algo impensable para la rigidez de su padre en los temas referentes a la educación y los colegios: se los llevaron de viaje un par de días en los que tuvieron que faltar a las clases.

 

   ¿Pero ella qué podía hacer? Era sólo una niña. Daba vueltas, embozada en la cama, descubriendo en el claroscuro de su habitación matices que de día le pasaban desapercibidos. La tenue luz roja que las letras del despertador proyectaban en la pared daba un tono fantasmagórico a sus peluches. Giró la cabeza y se fijó en el despertador. 3:00 23/12.

 Y entonces tuvo la idea.

 

   Se aseguró de que la puerta estuviera cerrada, para que la luz no alarmara a sus padres, encendió la luz y empezó a escribir:

 

   "Queridos Reyes Magos: Sé que os escribo un poco tarde, pero creo que entenderéis el motivo y me perdonaréis.

   Os envié hace un par de semanas otra carta. Rompedla, no quiero nada de lo que ahí os pedí. No quiero nada para mí, sólo quiero que le traigáis una cosa a mi hermanito: salud.

   No quiero que mi hermanito se muera ni que le pase nada malo. Creo que mis papás no se lo merecen. Si hace falta quitadme a mí un poco de salud para dársela a él; por favor, hacedlo.

   Perdonad los borrones de la carta, y las manchas. No he podido evitar llorar mientras os escribía.

   Os quiere:

   María Ferrer Santos"

 

   Faltaban unas horas para que naciera el Niño Dios cuando Marieta tiró la carta al buzón. La abuela, que esa mañana de vacaciones de Navidad estaba con ellos, no entendía las prisas de su nieta pero, consentidora como pocas, la acompañaba.

 

   Marieta contaba los días. No pudo dormir prácticamente nada durante esas vacaciones. Y cuando sus papás, el día seis de enero, volvieron del hospital con Alberto en brazos y luciendo una sonrisa de oreja a oreja, aunque siempre había sido una niña muy reservada, no pudo evitar contestar a su madre cuando ésta le dijo "Ha sido un milagro". Marieta simplemente le replicó: "Sí, un milagro de Reyes"

   Mientras tanto, en el bar de la esquina, Juan tras la barra miraba con desconfianza a esos tres tipos que no hacían más que brindar por el Niño Dios. Como siguieran montando el espectáculo, tendría que echar a la calle con cajas destempladas a esos dos barbudos harapientos y al negro. No le gustaba la gente rara en su establecimiento.

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3 comentarios

Yobispo -

Como no puedo resumirlo en una palabra, me extenderé...
Estupendo, magnifico, enternecedor, directo al corazón...

Fermín Urdiola -

Este cuento regala dos cosas preciosas: lágrima y reflexión.

Para conservarlo.

José Miguel Martí -

GENIAL, en una palabra. No cambies. Feliz Navidad y toda la salud posible para ti y tu familia en 2009 y siguientes. Un abrazo enorme, JM. Martí.
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