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ZAPATERO DIMISIÓN

ZAPATERO DIMISIÓN

Francisco TORRES

 

   Mucho antes de que José Luis Rodríguez Zapatero ganara las elecciones, merced al aprovechamiento y la manipulación política de los atentados del 11M, el socialismo había decidido variar su línea política en materia autonómica, estatutaria y antiterrorista. El nuevo socialismo liderado por Rodríguez Zapatero estaba decidido a romper, en muchos puntos, lo que había sido su tradición. Este cambio de política se hizo evidente cuando comenzó el proceso de sustitución de Redondo Terreros por Pachi López; un hombre menos independiente y en mayor sintonía con la nueva imagen del socialismo progresista defendida por Rodríguez Zapatero.

   El Partido Socialista Obrero Español, de forma pública, mantenía el denominado Pacto Antiterrorista, el acuerdo PSOE-PP sobre esta materia, y, aunque con reticencias, la Ley de Partidos. Sin embargo, tal y como se ha puesto de manifiesto en los últimos meses, el socialismo había iniciado contactos con el mundo abertzale para sondear las posibilidades de negociación con la banda terrorista ETA. Cuando Rodríguez Zapatero concurrió a las últimas elecciones ya tenía las líneas maestras de lo que iba a ser su nueva opción política. El inesperado triunfo electoral del PSOE, resultado directo de la incapacidad del PP para gestionar la crisis provocada por los atentados del 11-M y de la campaña de manipulación socialista, no hizo más que sacar a la luz esta nueva política. Lo que era una estrategia de oposición se convirtió en política de gobierno.

 

   Rodríguez Zapatero, en la presentación de lo que iban a ser las líneas maestras de su gobierno, profundizó en la idea de "la Paz". El concepto de paz del presidente del gobierno tenía y tiene una lectura internacional y una lectura nacional. Internacionalmente, trufado por un demagógico antiamericanismo, "la Paz" se conseguiría a través de su gran propuesta: la Alianza de Civilizaciones. Desde un punto de vista nacional "la Paz" pasaba por el fin de ETA. Para Rodríguez Zapatero la consecución de la Paz, en los términos expuestos, o, al menos, los avances hacia la misma serían los avales que le posibilitarían alcanzar la mayoría absoluta en los nuevos comicios. Probablemente, estimaba que con ello conseguiría convertir al socialismo en el partido hegemónico del sistema que sólo, muy esporádicamente, cedería el poder a la oposición.

   Cuando José Luis Rodríguez Zapatero anunció su decisión de negociar con la banda terrorista, siempre que lo autorizaran las Cortes, lo hacía con cartas marcadas y siendo consciente de que el proceso había comenzado meses antes. Pese a las palabras medidas que el presidente siempre utiliza a nadie escapaba que se abría una negociación netamente política ordenada a partir de tres elementos: primero, el cambio del marco político, incluyendo en el mismo una redefinición del modelo autonómico que pudiera compatibilizar las propuestas políticas de ETA-Batasuna con un aparente mantenimiento del modelo constitucional; segundo, el anuncio del fin de las acciones terroristas; tercero, la puesta en marcha de una política de concesiones por parte del gobierno en lo referente a los presos, los juicios pendientes y la persecución judicial y política de ETA y el mundo abertzale.

 

   José Luis Rodríguez Zapatero contaba, para contrarrestar la repulsa que este tipo de política pudiera despertar en amplias capas de la ciudadanía, independientemente de que fueran votantes de cualquiera de las opciones políticas, contaba con el inmenso poder de la red mediática que apoya al socialismo y con la demagógica utilización de la falta de víctimas. Durante meses, cada vez que se ponía en duda la viabilidad del llamado "proceso de Paz", el presidente del gobierno reiteraba que ETA llevaba casi tres años sin matar. La oposición que pudiera presentar el Partido Popular a su iniciativa nunca fue motivo de preocupación para el presidente del gobierno; consideraba que ésta quedaría anulada por la propia dinámica de la negociación y porque, más tarde o más temprano, Mariano Rajoy tendría que, como en otras ocasiones, ceder. Lo único que no contaba en los planteamientos de Rodríguez Zapatero era la movilización ciudadana, la movilización de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Hasta tal punto ha sido un elemento decisorio que el socialismo ha intentado anular a la AVT recurriendo a candidatos alternativos o al fomento de asociaciones paralelas.

 

   Optimismo y buenismo han sido los adornos con los que el José Luis Rodríguez Zapatero ha tratado de vender el caramelo envenenado de la "negociación" con ETA. Jugando con las palabras, una y otra vez, ha engañado o intentado engañar, de forma sistemática a los españoles. Refugiado en la propaganda y en los medios, secundado por las intervenciones de Rubalcaba y de Fernández de la Vega, ha creído que podría ir contra la evidencia y negar, una y otra vez, que el gobierno no sólo estaba negociando con la banda sino que, además, estaba cediendo ante ella.

   Fue una decisión personal de José Luis Rodríguez Zapatero la que unió una parte importante de su futuro político a la negociación con ETA; una decisión personal que no provocó una fractura interna en el socialismo porque éste estaba en el poder y porque el presidente, con la frialdad que le caracteriza, ha procurado ir laminando todos los obstáculos internos. José Luis Rodríguez Zapatero creía que sería suficiente para conseguir el "fin de la violencia" con: la reforma autonómica; la admisión del término nación; la aplicación del viejo ofrecimiento de paz por presos y con la legalización de Batasuna. Y estaba dispuesto a llevar hasta el último extremo esta opción. Sin embargo, víctima de sus propias palabras, víctima de su propia decisión, una vez iniciada la negociación lo apuntado resultaba insuficiente; entre otras razones porque el presidente esperaba hacer las concesiones de forma pausada, compensando su impacto negativo en la opinión pública con gestos por parte de la banda y del mundo abertzale. La banda terrorista, por el contrario, demandaba que primero se hicieran las cesiones. Las condiciones habían sido puestas por escrito, tal y como se reveló hace unos meses. Igualmente ETA fijó los plazos. Un plazo que se había cumplido en noviembre y que fue ampliado hasta principios de enero.

 

   El planteamiento político de José Luis Rodríguez Zapatero ha chocado con el planteamiento "militar" de ETA y de la propia Batasuna. Conscientemente, Rodríguez Zapatero, prescindió de la percepción que ETA y Batasuna tenían de la situación política. Una percepción claramente expresada por Arnaldo Otegui cuando afirmó: "Vamos ganando".  Fue una irresponsabilidad de Rodríguez Zapatero el ignorar que ETA y Batasuna afrontaban la "negociación" desde una posición de fuerza, porque era el Estado el que quería negociar, porque el socialismo llevaba mucho tiempo buscando el modo de negociar. El propio planteamiento de la "negociación" reconocía implícitamente esta realidad al ser la banda quien controlaba la agenda y hasta imponía el lenguaje y las formas. El socialismo y el presidente del gobierno eran los responsables de haber variado el marco. El tiempo de la persecución policial, judicial y política, el tiempo del aislamiento del mundo abertzale, tocaba a su fin. Incluso podría reconducirse la situación de una Batasuna que figuraba en las listas de organizaciones reconocidas por la comunidad internacional como terroristas.

 

   Desde los inicios del eufemísticamente llamado "proceso de Paz", José Luis Rodríguez Zapatero ha faltado a la verdad y a sus promesas. En su compromiso de gobierno, el presidente marcó en su agenda la "negociación" como eje de su política antiterrorista. Puso, como salvaguarda, como contramedida, la anuencia del Parlamento y el anuncio por parte de ETA del abandono de las armas. Ninguna de estas premisas fue cumplida. El presidente del gobierno ha marginado al Parlamento; olvidó su promesa y se limitó a dar una rueda de prensa, sin preguntas, para comunicar que la "negociación" estaba en marcha. Tampoco fue fiel a su palabra de iniciar la "negociación", aunque se disfrace de contactos directos o indirectos, cuando ETA abandonara las armas. De ese planteamiento se pasó a la simple comprobación de las intenciones de la banda de no recurrir a la violencia. La propia ETA fue la que escogió la fórmula: "el alto el fuego permanente". Ni tregua, ni paz.

   Frente a la política de cesión que el gobierno ha mantenido durante meses, en correspondencia con la demanda de gestos por parte de la banda y de batasuna; frente al apoyo al gobierno de la izquierda comunista, del nacionalismo y de algunos sectores de la progresía mediática, se alzó la voz de quienes consideraban que se había entrado en un proceso de rendición ante la banda. La voz de quienes entienden que con una banda terrorista el Estado no puede negociar, porque cuando lo hace comienza a perder su legitimidad y a poner en peligro el Estado de Derecho. El gobierno, durante estos meses, ha perdido también la batalla de la opinión pública. Las sucesivas manifestaciones de la AVT contra la negociación con la banda que han movilizado, de un modo u otro, a millones de personas; la indignación que ha causado la actitud de los terroristas que comparecían a juicio; la impresión de que el gobierno tenía la intención de reducir las penas a los terroristas e incluso amnistiarlos han sido, asimismo, ignoradas por José Luis Rodríguez Zapatero. Incluso ha fracasado a la hora de tratar de vincular la contestación popular a la estrategia política del Partido Popular, sobre todo cuando también el Partido Popular ha ido a remolque de esa rebelión ciudadana.

 

   Durante meses, inútilmente, se ha recordado cuál ha sido la suerte de las diversas negociaciones que todos los partidos, desde el PP al PSOE pasando por la desaparecida UCD, han sostenido con la banda. Negociaciones, contactos, diálogos que se han arrojado a la cara, mutuamente, PP y PSOE.

   La historia demuestra que ETA ha aceptado negociar, dialogar o cambiar impresiones cuando se ha encontrado, utilizando sus términos, prácticamente derrotada. Lo ha hecho tras un proceso de desarticulación y detención de comandos, de ruptura de su infraestructura política y económica. Estas conversaciones, a lo largo de las tres últimas décadas, son las que le han permitido rearmarse y reestructurarse. Todas las negociaciones han dado oxígeno a la banda. Querer obviar esta realidad es un error que han cometido tanto los gobiernos del PSOE como los del PP; pero que la izquierda no parece querer enmendar. Esto ha sido así porque los dos grandes partidos nunca han considerado que el objetivo estratégico, la destrucción de ETA, se pudiera lograr con la acción policial y judicial. Ésta ha sido considerada siempre un instrumento táctico, la acción que obligaría a la banda a reconocer su derrota impulsándola a negociar. Planteamiento al que, de un modo u otro, ninguno de los dos grandes partidos ha renunciado: si ETA deja las armas habrá negociación.

   El doble argumento del gobierno para mantener abierta la negociación, no se hará ninguna cesión política y es evidente la decisión de la banda de no actuar, se ha ido desmoronando sin que éste lo quisiera admitir. La premisa de que ETA debería demostrar que su "alto el fuego" era real pronto se desmoronó: cartas de extorsión al empresariado, robo de armas, reorganización de comandos e incremento de la kaleborroka. El gobierno simplemente prefirió no considerar estas acciones como terroristas por lo que no afectaban a la "negociación" al "proceso de Paz".

   Tanto la opinión ciudadana como la oposición consideraron que el gobierno estaba cediendo ante la banda terrorista. Las nuevas orientaciones de la Fiscalía General, la polémica sobre el caso del terrorista de Juana Chaos, la reducción de las peticiones de condena, la reactivación de Batasuna, la semilegalización de Batasuna y el intento de internacionalizar la cuestión llevando el tema al Parlamento Europeo fueron muestras evidentes de que se estaban haciendo concesiones.

 

   Frente a las críticas, José Luis Rodríguez Zapatero, el ministro de Interior, el portavoz López Garrido y la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, se escudaron una y otra vez en los avances hacia "la Paz"; en la buena marcha del proceso y en el hecho de que no había atentados. Esto justificaba la estrategia del gobierno y deslegitimaba tanto a la oposición como a las víctimas o la rebelión ciudadana.

   Todo este castillo de se desmoronó con el atentado de ETA en Barajas. Un atentado terrible, perfectamente escogido, en el que sólo la experiencia y la providencia evitaron que las víctimas mortales se contaran por decenas. Un atentado que se producía tras desoír las advertencias, pese a que desde hace algún tiempo el sistema de escoltas estaba en alerta.

   José Luis Rodríguez Zapatero tuvo la oportunidad de comparecer ante los medios para reconocer su error; para asumir su responsabilidad; para anunciar una batería de medidas inmediatas; para explicar a los ciudadanos que ponía punto final a las cesiones y que cerraba el capítulo de la negociación y que, naturalmente, el entorno político de ETA, Batasuna, continuaría en la ilegalidad. Prefirió, con palabra medida, utilizar el término suspender y no cerrar la negociación. Rodríguez Zapatero, con el parking de la Terminal 4 hundido, con dos posibles víctimas mortales, volvió, como si nada hubiera pasado, al punto de partida: no volvería a negociar hasta que la banda diera muestras inequívocas de renunciar a la violencia. Todo ello porque, según se ha sabido, el gobierno se puso en contacto con Josu Ternera, encargado por ETA de la negociación, para evaluar la situación del "proceso" tras el atentado. Dos días después, presionado por la indignación popular, el gobierno igualó el término suspender al de romper, pero nada más.

 

   José Luis Rodríguez Zapatero, recurriendo a su críptico lenguaje habitual no ha puesto fin a la negociación, sólo ha puesto un punto y a parte. No es difícil aventurar que, en los próximos meses, tratará de transformar en Pacto Antiterrorista en un nuevo instrumento para la negociación; buscará desactivar la protesta ciudadana marginando a la AVT, de ahí la inmediata resurrección de la asociación de la señora Manjón pidiendo que las víctimas estén fuera de la discusión política; disfrazará con palabras la falta de medidas concretas, así se ha apresurado a actuar Rafael Simancas promoviendo mociones por la unidad contra el terrorismo en todos los Ayuntamientos de Madrid. Después... una vez pasado el temporal... ya veremos.

 

   La realidad es que quien decidió que la negociación con una banda terrorista era uno de los grandes ejes de su "opción por la Paz", quien desoyó conscientemente las evidencias de que ETA no había renunciado a la violencia, quien ha cedido constantemente a las exigencias de los terroristas, quien tiene la demostración física de su fracaso en el amasijo de cemento, acero y vidas que es el aparcamiento de la T-4, sólo tiene como opción lógica dimitir.

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