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Inmigración

LOS MITOS DE LA INMIGRACIÓN

LOS MITOS DE LA INMIGRACIÓN

L.E.E.


    LOS ESPAÑOLES TAMBIÉN HEMOS SIDO EMIGRANTES


   Dicen que las mentiras más grandes son las verdades a medias, y eso ocurre con esta afirmación. Es verdad que los españoles han emigrado, principalmente a Hispanoamérica y, tras la segunda guerra mundial, a otros países de Europa. Pero hay diferencias sustanciales con los actuales flujos inmigratorios con destino a España:

      1º) Los españoles, en su mayoría, emigraban de acuerdo a la ley, tanto española como del país de destino. No cruzaban clandestinamente las fronteras, burlando a las autoridades. Los servicios consulares en colaboración con el Ministerio de Trabajo cooperaban, en la medida de sus posibilidades, con el país de acogida con vistas a regular el trabajo de los españoles, y éstos, también en su gran mayoría, no pasaban a engrosar las filas de la economía sumergida, sino que desempeñaban trabajos debidamente dados de alta en la Seguridad Social, cotizando y pagando los correspondientes impuestos.
   Sin embargo, la inmigración masiva que padece España está compuesta en buena parte por inmigrantes sin documentación, que burlan los controles fronterizos de las autoridades españolas, incrementan las filas de la economía sumergida que no paga impuestos, al tiempo que los gobiernos de sus países de origen se desentienden de ellos y apenas cooperan con las autoridades españolas, ya sea para regular el trabajo de sus ciudadanos, para impedir la actuación en su territorio de las llamadas “mafias de la inmigración” que atentan contra los legítimos derechos de España, o para la repatriación de los indocumentados.

      2º) Los países a los que se dirigían los españoles necesitaban mano de obra, ya fuera en América, continente con múltiples posibilidades, o en la Europa de la posguerra, que había visto reducida su población masculina e iniciaba las políticas de reconstrucción. Sin embargo, España es uno de los países de la Unión Europea con mayor índice de paro, y resulta absurdo pretender traer mano de obra extranjera mientras un 10% de la población activa se encuentra en situación de desempleo.

      3º) Las diferencias culturales y sociológicas de los emigrantes españoles y de la población de acogida no tienen comparación con los de buena parte de la población inmigrante que llega a España, y por tanto los problemas de asimilación eran bastante menores. Los españoles que emigraban a Francia, Suiza o Alemania compartían con la población de dichos países unos mismos valores socioculturales procedentes de su historia común y de su identidad religiosa cristiana. Nada de esto sucede con la inmigración procedente de China, del Magreb, del área subsahariana o de la región indostánica.


   LOS INMIGRANTES DESEMPEÑAN TRABAJOS QUE LOS ESPAÑOLES NO QUIEREN REALIZAR


   Quien esto afirma viene a decir que los españoles somos muy delicados y declinamos trabajar como peones agrícolas o de la construcción, empleadas del hogar, personal de limpieza, ayudantes de bar y de cocina, y en general, trabajos de baja remuneración. Lo cierto es que todo trabajo honrado, es igualmente digno, lo cual se olvida fácilmente en una sociedad eminentemente capitalista que alienta lo material y lo superficial. En cualquier caso, la realidad es que los españoles quieren trabajar de acuerdo a las conquistas sociales de los últimos decenios, es decir, llevando a cabo una jornada laboral adecuada, en unas condiciones laborales adecuadas y por un salario adecuado. En el caso de una empleada del hogar, deseará la jornada laboral que marca el convenio colectivo, en las condiciones que marca el convenio y por el salario estipulado en el convenio. Pero siempre habrá una inmigrante que esté dispuesta a trabajar más horas, por menos dinero y sin alta en Seguridad Social, de ahí que pocas españolas estarán dispuestas a renunciar a los derechos laborales que tanto tiempo y esfuerzo han costado al pueblo español y adaptarse a las pretensiones más humildes de la población inmigrante. En el campo no faltan españoles dispuestos a realizar las tareas agrícolas, pero siempre habrá inmigrantes que aceptarán jornadas de diez horas, seis días a la semana, por menos dinero, sin seguro agrario y en invernaderos insalubres y desprotegidos frente a los pesticidas. Y así podemos seguir con el resto de trabajos. Y aun cuando se cumpla estrictamente la normativa laboral, siempre habrá inmigrantes de sobra para cubrir esos puestos, de forma que al abundar la mano de obra los empresarios no necesitan incentivar a los trabajadores aumentando los salarios y por consiguiente elevando su poder adquisitivo. Los salarios bajos permiten que los de siempre tengan más beneficios que nunca. Los perjudicados son, una vez más, los españoles que componen la clase trabajadora, es decir, la mayoría de la población.


   LOS INMIGRANTES APORTAN RIQUEZA AL CONJUNTO DEL ESTADO


   Ésta es una visión simplista que se basa únicamente en las cotizaciones a la Seguridad Social y el gasto sanitario y en pensiones que ocasionan los inmigrantes. Es prematuro extraer resultados concluyentes y, dada la presión gubernamental y empresarial por incrementar el número de inmigrantes, es difícil dar credibilidad a estos datos pues es sabido que primero se decide qué se quiere demostrar y a continuación se aportan los datos estadísticos que refuerzan esa tesis y se ocultan aquéllos que la debilitan. Podemos aceptar en principio que hoy por hoy los inmigrantes aporten a la Seguridad Social más dinero que el gasto que producen en materia de sanidad y pensiones, pero resulta imperativo hacer las siguientes matizaciones:

      a- La población inmigrante es todavía eminentemente joven y por tanto razonablemente sana. Habrá que esperar dentro de unos años un fuerte incremento en sus necesidades sanitarias y en materia de pensiones. Podemos decir que sus cotizaciones representan para el pueblo español pan para hoy y hambre para mañana. Pero ya que hablamos del gasto sanitario, digamos toda la verdad, puesto que también es necesario mencionar la tristemente conocida alta tasa de portadores africanos del virus VIH o de la tuberculosis, enfermedad hace decenios erradicada de España y que hoy experimenta un sorprendente renacer con creciente número de contagios entre españoles e inmigrante. Por lo demás, una parte significativa de mujeres inmigrantes se dedica a la prostitución, con el correspondiente riesgo para la salud pública.

      b-  Los inmigrantes no sólo ocasionan gastos con cargo a la seguridad social; también hay que incrementar la dotación de los ministerios de Trabajo y de Interior para atender sus necesidades y regular su estancia (ya hay un secretario de Estado para la Inmigración, y no sería sorprendente que en un futuro cercano se cree un ministerio para tal fin). Dada la fuerte natalidad de los inmigrantes y ya que hay que proceder a la escolarización de sus hijos, es necesario resaltar que muchos de éstos precisan, ya sea por dificultades idiomáticas o de integración, de planes pedagógicos especiales que requieren de una parte no despreciable del presupuesto educativo.
   Muchos de los inmigrantes, documentados o no, tienen problemas de adaptación o viven en bolsas de marginalidad, por lo que consumen buena parte de los recursos del ministerio de Asuntos Sociales y de los departamentos asistenciales de comunidades y ayuntamientos, así como de ONGs de subvención estatal. Los extranjeros, con o sin papeles, protagonizan el 70% de los delitos cometidos en España  y es previsible que en breve constituyan la mayoría de la población reclusa. Asimismo, y en lo que respecta a la lucha contra la inmigración ilegal, ésta supone un coste colosal (crecientes dotaciones policiales, costosísimas vallas fronterizas en Ceuta y Melilla, helicópteros, patrulleras, gastos de expulsión...).

      c- Buena parte del dinero que obtienen los inmigrantes es enviado a sus países de origen para el mantenimiento de sus familias. El diario económico “Cinco Días” en su edición del 11-10-2006 calculaba en 5.000.000.000 € la cantidad de dinero que con este concepto salió de España el pasado año e informaba que el crecimiento de esta auténtica sangría económica es del 20% anual. Muchas veces se nos informa de las precarias condiciones de vida de los inmigrantes, como el hecho de que muchos viven hacinados o en infraviviendas pese a contar con un trabajo digno, y se nos quiere vender como ejemplo del supuesto racismo de los españoles el que estas personas no encuentren a nadie que les quiera alquilar un piso. Esto es cierto sin duda en algunos casos, pero es igualmente cierto que en otros casos el motivo viene dado por el deseo del inmigrante de gastar lo mínimo para poder enviar la mayor cantidad posible de dinero a sus familias.

      d- Por último, no cabe hablar sólo de la riqueza que aportan, también es menester dar a conocer aquélla que impiden crear. Su masiva incorporación a la fuerza laboral posibilita el crecimiento cero de los salarios, como corroboran recientes informes de la CECA y el BBVA. Al no crecer el poder adquisitivo de los trabajadores, tampoco aumenta el consumo interior, lo que perjudica a todas las empresas que no se dedican a la exportación (es decir, la mayoría de las empresas, en especial el pequeño comercio). Por desgracia, muchos de los inmigrantes, aun con papeles, engrosan las filas de la economía sumergida, que no paga impuestos y por consiguiente su aportación a la riqueza del conjunto de los españoles es harto discutible. Mientras exista una alta tasa de paro en España, es evidente que la inmigración extranjera dificulta la resolución de este problema, por lo que el Estado deberá seguir destinando una fuerte dotación presupuestaria para satisfacer las prestaciones por desempleo, dotación que podría ser empleada en educación, sanidad, infraestructuras. ..


   LOS INMIGRANTES SON NECESARIOS DADA LA BAJA NATALIDAD ESPAÑOLA


   Aquí se evidencia la mala fe de los apóstoles de la inmigración. Desde el inicio de la transición política se ha venido ridiculizando la política de natalidad alentada por el régimen franquista, a la que se ha tildado como la causante de innumerables males, desde el aumento del paro al crecimiento de los índices de delincuencia y drogadicción de los ochenta. Ahora resulta que la carencia de una política de natalidad pone en peligro las pensiones del futuro. Lo que antes era malo ahora es bueno, y los mismos que antes vituperaban con sorna la política que fomentaba la existencia de familias numerosas, afirman hoy su necesidad de forma solemne y sin rubor alguno. Como quiera que a los españoles se nos ha inculcado en el último cuarto de siglo que ya no están los tiempos para tener muchos hijos (como si durante la época de nuestros padres y abuelos los panes llegaran llovidos del cielo), y que eso es síntoma de un atraso cultural alentado por la Iglesia para perpetuar a la mujer en su rol de madre y mantenerla aprisionada en el hogar, ahora resulta difícil dar un giro de 180 grados, por lo que afortunadamente y para salvación nuestra ahí tenemos a los inmigrantes, que carentes de complejos mantienen una alta tasa de natalidad. En definitiva, parece que de lo que se trata es de que nazcan pocos niños de españoles y muchos niños de inmigrantes, de forma que España pierda algún día su razón de ser y pueda fusionarse dócilmente a otras “ex_naciones”.

   Si el problema es que nacen pocos niños, lo lógico es que el Estado fomente e incentive las familias numerosas, pero lo cierto es que esa política es prácticamente inexistente. Los partidos políticos en el poder, fieles a los intereses de las multinacionales, lejos de apostar por una política de natalidad preconizan una política inmigratoria, y para ello atemorizan a la población afirmando que hacen falta más cotizantes para poder garantizar el mantenimiento de las pensiones. Si hacen falta más cotizantes, podrían empezar por buscar empleo al 10% de la población activa en paro, pero en cualquier caso, si las cotizaciones no bastan para pagar las pensiones, no hay ninguna ley que prohíba destinar alguna partida presupuestaria para reforzar las prestaciones sociales de nuestros mayores. Parece que existe un principio universal por el cual es imprescindible que la Seguridad Social se sostenga por sí misma, pero lo cierto es que este principio no se aplica prácticamente a ninguna otra rama del Estado (no hay nadie que sufrague la pretensión de que la educación se autofinancie, o la seguridad ciudadana, o la política de defensa ..., sin embargo, por algún motivo esotérico incomprensible para el común de los mortales, resulta imprescindible que la seguridad social no sea deficitaria). Pero es que además se omite el hecho de que la alta tasa de nacimientos entre los inmigrantes sólo se produce durante la primera generación, tal como sucede en los países que nos “aventajan” en materia de experiencia inmigratoria (Francia, Alemania, Reino Unido u Holanda...). Sus hijos, una vez adoptan nuestras “costumbres”, pasan a tener un bajo índice de natalidad, lo cual complace sobremanera a los políticos mundialistas, puesto que les permite mantener la política inmigratoria de forma indefinida.


EL RECHAZO A LA INMIGRACIÓN ALIENTA EL RACISMO Y LA XENOFOBIA


   Éste es el último recurso de los grupos de presión que pretenden imponernos su política inmigratoria. Si alguien no queda convencido con los clichés habituales en materia de extranjería (los inmigrantes desempeñan los trabajos que nosotros no queremos, aportan riqueza, garantizan nuestras pensiones y nos recuerdan que nosotros también fuimos emigrantes), debe guardarse para sí su opinión puesto que cualquier duda sobre las bondades de la inmigración masiva y descontrolada puede alentar sentimientos de rechazo, y eso está muy feo. En definitiva, si no estás de acuerdo, te callas. Un chantaje moral claramente inaceptable y que además parte de una premisa falsa consistente en hacernos sentir culpables de un problema del que somos ajenos, y que nos impide identificar a los auténticos culpables: los inmigrantes ilegales (que no los refugiados políticos) que han despreciado las leyes de nuestro país para promocionarse económicamente; los políticos españoles que con su dejadez y aquiescencia han fomentado la actual situación; los gobiernos de los países de origen, que consienten políticas de exclusión social y corrupción, y que posibilitan la existencia de una minoría que sustenta el poder y acapara para sí los recursos de la nación al tiempo que crea una ingente bolsa de pobreza, y por último, un sistema económico mundial que prima la riqueza de las multinacionales en detrimento de la riqueza de las naciones.

   Denunciar la demencial y tiránica política inmigratoria no alienta “el racismo y la xenofobia” sino que es un derecho soberano del pueblo español. Una muestra de la machacona propaganda financiada por los círculos del poder es la ridícula unión de “racismo” y “xenofobia”; prácticamente nadie en España sabría decir cuál es la diferencia entre las dos palabras.
   Tengamos presente que la inmigración en cualquier caso no supone un fin en sí mismo, sino un medio para lograr un determinado fin. El sistema democrático español nos permite discutir o discrepar las decisiones políticas, y al igual que podemos alabar o criticar las medidas fiscalizadoras o educativas, nada nos impide hacer lo mismo con las relativas a inmigración. No permitamos que se nos imponga una visión monolítica que por otra parte no responde a los legítimos intereses del pueblo español. Recordemos a quien haga falta que existe una tímida ley de extranjería –que ya sabemos que a pesar de su moderación apenas se cumple- aprobada por el Parlamento, es decir, por la mayoría de los representantes del pueblo español. Defender las leyes, en especial las emanadas del Parlamento, no puede convertirse en motivo de vergüenza. Exijamos por tanto que se cumpla la ley, en especial, que se destinen los fondos necesarios para la protección de nuestras fronteras y para financiar la expulsión de los extranjeros que pretenden burlar nuestra soberanía, que no es otra que la emanada de la voluntad mayoritaria del pueblo español expresada libremente en las urnas. La libertad que ampara a los defensores de abrir las fronteras es la misma que permite a los ciudadanos afirmar la necesidad de protegerlas. Aquéllos que desean regularizar a todos los ilegales tienen la posibilidad de lograrlo votando a los partidos que sustentan dicha petición, y no les debería resultar difícil puesto que cuentan con el apoyo de la banca, las altas finanzas y las multinacionales, así como de los medios de comunicación, todos ellos participados en mayor o menor medida por aquéllas. Pero mientras no logren esa mayoría, la obligación democrática de todo español es la de hacer cumplir las leyes emanadas del parlamento. Así pues, a los que nos acusen de “xenófobos” respondámosles calificándolos de antidemócratas.


   No consintamos que nos dobleguen con el falso debate de que los inmigrantes también son personas, que sufren penalidades y que en su mayoría son buenas personas. Nadie lo pone en duda, y es por ello que el pueblo español destina a través de los presupuestos generales del Estado ayudas al desarrollo de sus países de procedencia. Es ahí donde cabe encontrar la solución y los españoles hace muchos años que contribuimos a ella. Pero al igual que si llegamos un día a nuestra casa y nos encontramos una habitación ocupada por un extraño, procederemos a llamar a la policía sin importarnos si el intruso es una buena persona que pasa un mal momento y sin preocuparnos de que nadie por ello se atreva a acusarnos de “excluyentes”, con la misma determinación hemos de proteger nuestra casa común que es España.
   Resulta triste que el individualismo de la sociedad de consumo sólo nos permita ver nuestra propiedad particular y nos haga insensibles ante la propiedad colectiva. Esos seres “bondadosos” que abren las fronteras del país a todos los necesitados pero que les cierran las de su casa recuerdan a los del viejo chiste de aquél que se autocalificaba de comunista-conservador: comunista de lo ajeno y conservador de lo propio.

   Tengamos siempre presente que si hoy los españoles gozamos de prestaciones sociales no es por casualidad, sino por el esfuerzo de todos aquellos españoles que nos precedieron y que posibilitaron mediante su trabajo, y en ocasiones dando su vida por ello, que sus descendientes tuvieran una vida más llevadera. Defender el logro de nuestros antepasados es una necesidad y una obligación. Claudicar, callar, agachar la cabeza para que no nos acusen falsamente de insolidarios es una cobardía indigna de las esperanzas de nuestros padres y abuelos. Frente a la visión totalitaria de las bondades de la inmigración, hemos de alzar nuestra voz inconformista y proclamar nuestro derecho a la discrepancia.

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LAS CONSECUENCIAS NEGATIVAS DE LA INMIGRACIÓN

LAS CONSECUENCIAS NEGATIVAS DE LA INMIGRACIÓN

Alberto RECARTE

 

   En los párrafos que siguen, en otras siete secciones diferentes, he procurado sistematizar los aspectos negativos de una inmigración del tamaño e imprevisibilidad como la que nos afecta.

   Dentro de lo que cabe, lo más sencillo es explicar el aumento del gasto público, que distorsiona las cuentas de las autonomías y corporaciones locales, y lo más difícil acertar con el grado de importancia de los otros fenómenos que, en el caso español, están acompañando a este proceso, como la presencia de mafias, que intervienen ya en la propia organización de la inmigración, y su posible efecto corruptor en un sistema político no preparado, ni legal ni prácticamente, para enfrentarse a ese tipo de problemas.

   En estos últimos meses, por otra parte, estamos asistiendo a un nuevo fenómeno, la llegada a Canarias de miles de subsaharianos, atraídos por la política de "papeles para todos" de este gobierno. Hasta ahora, y a pesar de su dramatismo y espectacularidad, las pateras y los cayucos eran desde un punto de vista cuantitativo anécdotas en un mar de inmigrantes. Están dejando de serlo y son ya un problema de magnitud equivalente al que tuvo que enfrentarse Estados Unidos con la llegada de todo tipo de embarcaciones procedentes de todo el Caribe, y que les obligó a modificar las leyes de acogida. Un cambio político que el actual gobierno, populista y demagogo, no se atreverá a afrontar.

 

   1.-  El aumento del gasto público

 

   Donde se produce un aumento inmediato del gasto por la presencia de inmigrantes es en la educación. En conjunto, según el Ministerio de Educación, hay al menos 460.000 alumnos de padres inmigrantes matriculados en primaria y secundaria en toda España. El coste medio por alumno para la administración correspondiente, en este caso la autonómica, fluctúa entre los 2.600 y los 3.600 euros anuales por alumno, por lo que el total puede ascender a 1.360 millones de euros anuales. Un gasto que recae totalmente sobre las autonomías, mientras los ingresos fundamentales derivados del trabajo y legalización de inmigrantes los recibe la administración central (cotizaciones a la seguridad social e IVA, como hemos visto en el apartado anterior). Un gasto que la administración central no está compensando a las autonomías.

 

    +    El gasto en sanidad también es relevante con una población extranjera residente. Con un número de altas del entorno de las 3.700.000 personas, según el padrón municipal, y un coste por persona y año de 1.000 euros aproximadamente -una cifra probablemente más alta, aunque ése sea el gasto medio-, los gastos sanitarios totales de la población inmigrante que paga la administración autonómica alcanzan, al menos, los 3.700 millones de euros. Y también en esta ocasión lo soportan las autonomías, con una compensación mínima por parte de la administración central.

 

     +   El coste derivado de las prestaciones y subsidios de desempleo ascenderá en 2006, probablemente, a 770 millones de euros y su tendencia es a crecer a ritmos superiores al 20% anual. Téngase en cuanta que la tasa de desempleo de los inmigrantes es superior a la de los españoles y que está aumentando.

 

      +  No hay, por ahora, gasto por pensiones contributivas, porque lo reciente del fenómeno implica que prácticamente ningún inmigrante ha cotizado un número de años suficientes para generar derecho a pensión. Por eso la situación financiera de la seguridad social es tan positiva. Recibe cotizaciones sociales y no paga nada a los inmigrantes. Los gastos educativos, sanitarios, por desempleo y otras eventualidades no corren a cargo de la seguridad social.

 

   El total, por tanto, directamente cuantificable, del incremento de gasto público provocado por los inmigrantes, asciende a un mínimo de 6.000 millones de euros.

 

   2.-  El aumento del gasto público no cuantificable

 

   El incremento de población que suponen los inmigrantes está obligando a hacer inversiones extraordinarias en todo tipo de infraestructuras: carreteras, conducciones de agua, urbanización de nuevos centros de población, construcción de colegios, hospitales y centros de salud, de comisarías, juzgados y prisiones. Las necesidades de una población de 44 millones de personas obligan a invertir masivamente en todo tipo de infraestructuras. ¿Cuánto supone esa nueva inversión? No dispongo de ningún dato solvente que pueda aproximar la cifra.

   Al margen de las infraestructuras, los gastos anuales derivados de las mayores necesidades en salarios y otros gastos consuntivos de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, juzgados y prisiones es relevante, aunque difícil de calcular. Por más que, por ejemplo, cerca del 40% de todos los presos que cumplen condena en cárceles españolas (en total, alrededor de 80.000 personas) sean extranjeros.

   Otro dato relevante es el gasto en el que incurren los ayuntamientos, con presencia significativa de inmigrantes, por la prestación de todo tipo de servicios sociales y por ayuda para la vivienda de los menos favorecidos que, en muchas ocasiones, también son inmigrantes.

 

   3.-  El crecimiento de la economía sumergida

 

   He señalado anteriormente que la presencia de inmigrantes en la mano de obra introduce flexibilidad en la economía española. Pero también es cierto que la continua presencia de cientos de miles de ilegales, animados por los sucesivos procesos de regularización del PP y del PSOE (el último, el más escandaloso, el correspondiente a 2005, que ha supuesto un sonoro efecto llamada), obliga a operar a trabajadores y empresas con dinero negro en muchas ocasiones.

   El dinero negro distorsiona el cálculo económico y significa competencia desleal para todos los que cumplen estrictamente con la legislación. Es difícil valorar cuánto de la economía sumergida está provocado por los inmigrantes ilegales y sus empleadores y cuánto por el comercio de drogas, la multiplicación de robos y hurtos y por los todavía muy altos impuestos. Tenemos datos que indican que es un fenómeno importante y descontrolado; uno de ellos es la enorme cantidad de billetes de 500 euros en circulación en España, una acumulación que ha llamado la atención al propio Banco Central Europeo.

 

   a/.  La inseguridad pública

 

   Bastaría con que el 1% de los inmigrantes fueran delincuentes para que tuviéramos un problema de orden público de gran magnitud. Problema que sí tenemos. Un 1% de 4.000.000 personas son 40.000 personas. En la cárcel hay más de 30.000 extranjeros y son muchos miles más los delincuentes que están en búsqueda y captura, en libertad condicional o en libertad sin cargos, pero delinquiendo.

   Los problemas de orden público se pueden convertir en irresolubles si los delincuentes operan a través de mafias, lo que parece está ocurriendo en España. Por la experiencia de otros países, las mafias pueden acabar con cualquier estado de derecho o en transición a una posible democracia; lo hemos visto en Italia, en Rusia y en toda Latinoamérica. Y es evidente que no tenemos ni leyes, ni jueces, dispuestos a luchar contra ese fenómeno. El problema de las mafias es que corrompen a las distintas administraciones públicas y los organismos que las integran.

   Es verdad que es más llamativo el problema de asesinatos, robos, con violencia y sin ella, y hurtos, pero el problema es más grave si esa violencia se ejerce a través de mafias, que con enormes cantidades de dinero a su disposición influyen sobre grupos de funcionarios, policías, jueces y políticos. Sin minimizar el coste económico de tener que protegerse contra la violencia. Muchos de los puestos de trabajo que se están creando son absolutamente improductivos, y no me refiero sólo al conjunto de funcionarios ocupados para protegernos a todos, nacionales e inmigrantes honrados, sino a los gastos en seguridad personal y las inversiones en incrementar esa seguridad.

 

   Otro apartado diferente, y que también genera gasto público, que es lo que estamos analizando en esta ocasión, es el de la denominada "violencia de género". Si más de la tercera parte de todas las mujeres asesinadas son inmigrantes, es evidente que se trata de un fenómeno importado con la inmigración, que se suma a la violencia existente en nuestra sociedad antes de la llegada de inmigrantes.

 

   b/.  Los costes económicos, sociales y políticos derivados de una población que no se integra

 

   En la experiencia europea, con inmigraciones consolidadas desde hace 40 años, como ocurre en el caso de Francia, Reino Unido, Alemania, Holanda y países nórdicos, la religión musulmana, en su interpretación más integrista, impide la convivencia a largo plazo y la integración con la población autóctona de las personas con esa religión. El coste de la no integración puede ser brutal, no ya por la violencia terrorista de los radicales islámicos, sino por las inversiones, gastos y reorganización de la vida social a que obliga el fenómeno terrorista.

   En España, tenemos la experiencia de cómo ETA ha influido y condicionado el desarrollo de muchas instituciones sociales y políticas. Las elevadísimas cifras de radicales islamistas entre la población musulmana, que hemos cifrado en torno a las 800.000 personas, multiplica la gravedad del fenómeno.

   En países como Francia la radicalización y el enquistamiento social y político de una enorme masa de inmigrantes se ha traducido en xenofobia, la constitución de partidos de ultraderecha y la desaparición del estado de derecho en las zonas donde se asientan los inmigrantes radicales.

 

   c/.  La explotación fraudulenta del estado del bienestar

 

   Nuestro sistema de protección social, denominado vulgarmente estado de bienestar, sin ser tan extremo en sus ayudas como los de los países de la Europa continental desarrollada, está pensado para una población determinada, la española, de escaso crecimiento demográfico y con una población activa relativamente reducida.

   La llegada masiva de inmigrantes y su incorporación al mercado de trabajo supone ingresos por cotizaciones sociales para la seguridad social y compromisos a muy largo plazo en pensiones. Los posibles problemas son los derivados de la absoluta gratuidad de la educación y sanidad y el acceso generoso a las prestaciones y subsidios de desempleo y a todo tipo de pensiones no contributivas. En caso de una crisis que afectara con especial virulencia al sector de la construcción, por ejemplo, los pagos por desempleo podrían dispararse.

   Ésta es la experiencia, por otra parte, de los países europeos más desarrollados. Sus legislaciones tampoco previeron la integración masiva de inmigrantes. Por presiones políticas y sindicales han sido incapaces de adaptar su legislación a esa nueva realidad y han terminado por tener un problema financiero de primer orden en sus respectivos sistemas de seguridad social.

 

   d/.  El crecimiento de la población no productiva de origen inmigrante

 

   Ya hemos visto en los datos sobre inmigración que la tasa de actividad de los inmigrantes no europeos es altísima, en torno al 70%. Esa situación puede cambiar en cuanto el fenómeno del reagrupamiento familiar se extienda. Lo lógico es que, si el país de origen es un estado fallido, el cabeza de familia reclame a toda su familia. No sabemos de qué magnitudes estamos hablando. Posiblemente de millones de personas, directamente no productivas, que tendrán que vivir con los bajos salarios que, en general, logran los inmigrantes y a los que habrá que ayudar, de acuerdo con nuestra legislación, con todo tipo de transferencias sociales.

 

   Que yo sepa nadie ha podido calcular ni las posibles personas implicadas ni el coste adicional para las administraciones públicas de integrar a esas familias reconstruidas.

AYUDEMOS AL TERCER MUNDO: CERREMOS LAS FRONTERAS A LA INMIGRACIÓN

AYUDEMOS AL TERCER MUNDO: CERREMOS LAS FRONTERAS A LA INMIGRACIÓN

E-diciones Católicas (REDACCIÓN)

 

   Una de las cosas más repugnante de la moralina sobre la emigración es el discurso sobre los pobres emigrantes del tercer mundo que vienen de un mundo de miseria al primer mundo en busca de una vida mejor. Y todo ello es cierto, pero en ese discurso, fabricado a propósito para enternecer nuestro corazón, coexisten varios fallos muy notorios.

 

LOS RICOS EMIGRAN, LOS POBRES NO

 

   Porque efectivamente, la mayoría de  los emigrantes vienen de un mundo de miseria. Pero precisamente los que llegan a occidente no son los pobres, sino los ricos de ese mundo pobre. Para empezar, tienen que haber ahorrado una cantidad de dinero significativa para pagar a los traficantes de carne humana. Ahora bien, los que se mueren de hambre es imposible que puedan ahorrar dinero. Pero además, para emprender ese viaje hace falta tener conocimientos y capacidades de los que no disponen los analfabetos, o los que toda su vida han luchado por comer y mantenerse con vida a pesar del hambre. Por tanto, la conclusión se impone: al primer mundo emigran los ricos y los mejor preparados del tercer mundo.

   Por tanto, la emigración masiva al primer mundo no la realizan los pobres, sino los ricos del tercer mundo, y por tanto, esa emigración produce una creciente pobreza en ese tercer mundo puesto que a través de ella esos países pobres se ven desposeídos de los elementos más activos y más preparados. La consecuencia es que, esa emigración de los elementos humanos socialmente más valiosos, empobrece aún más a esos países ya de por sí pobres.

 

EXPOLIACIÓN DE LA RIQUEZA HUMANA

 

   Mucho se habla de un comercio injusto y de un intercambio desigual  entre los países ricos y los países pobres. Pero injusto o no, en el comercio internacional unos venden y cobran y otros pagan y se quedan con las mercancías. Pero en el caso de la emigración, los países pobres se ven desposeídos de su riqueza humana a cambio de nada o muy poco.

   Mucho se habla también de transferencias de dinero al tercer mundo por los envíos que los emigrantes hacen a sus familias de origen. Sin embargo, es fácil constatar que ese dinero que se va al país de origen sirve fundamentalmente para que los familiares de ese país de origen puedan emigrar a su vez al país de destino. Con lo que esos envíos de dinero redundan en un empobrecimiento mayor al verse despojado de nuevos miembros potencialmente valiosos.

 

EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN

 

   De hecho, la ayuda fundamental al desarrollo del tercer mundo es la ayuda en educación, que en la práctica es en lo que se concreta el “enseñar a pescar en vez de dar un pez”. Sin embargo, como todos los expertos conocen, un ciudadano del tercer mundo que logra un cierto nivel educativo es un emigrante casi seguro al primer mundo. Por tanto, mientras no se frene esa emigración al mundo rico, será imposible empezar a poner las bases de un desarrollo en los países subdesarrollados.

 

LOS BENEFICIARIOS

 

   Por tanto, ¿a quién interesa la emigración al primer mundo? Pues básicamente a dos sectores sociales: los empresarios del primer mundo que a costa de la inmigración maximizan los beneficios del capital de una forma inmediata, y los “ricos” de los países pobres que pueden ver hecha realidad su ideal de mejorar el consumo...

 

LOS EMPRESARIOS DEL MUNDO DESARROLLADO

 

   La inmigración beneficia, en primer lugar, a los empresarios del  Primer Mundo, ya que esa inmigración les permite mantener los salarios artificialmente bajos y empeorar las condiciones de trabajo, lo que repercute positivamente en los beneficios.

   Se dice que los emigrantes ocupan fundamentalmente los puestos de trabajo que los trabajadores locales no quieren desarollar, pero no los quieren ocupar porque están mal pagados, y están mal pagados porque con la emigración siempre hay trabajadores dispuestos a ganar poco, pues en caso contrario simplemente se subiría el salario correspondiente hasta que a alguien le interese desempeñarlo.

   Y mientras tanto, sigue existiendo un paro crónico de entre 10 y 20 puntos  que generalmente se resuelve a través de subsidios estatales de desempleo que pagamos todos los contribuyentes pero que benefician a los empleadores que cotizan a la baja los salarios.

 

LOS PERJUDICADOS DE LA INMIGRACIÓN MASIVA

 

   En primer  lugar, los perjudicados son las sociedades de origen de la emigración que se ven gravemente mermadas en sus riquezas humanas.

   Educar a un miembro de una sociedad es un gasto que pagamos todos a través de la inversión estatal. Es, además, una inversión rentable, pues mejora la sociedad en general. Es una inversión rentable a menos que una vez educada, esa persona emigre a un tercer país, en cuyo caso el país originario sufrirá la perdida de esa persona que se había educado generalmente a costa  del erario público.

   Y de hecho, todo el discurso moralista sobre la pobre gente que emigra al primer mundo en busca de mejores forma de vida, a la postre se resuelve en una persona que lo que pretende normalmente es un nivel de vida mucho más alto, y que no demuestra ningún agradecimiento y ningún amor hacia la comunidad que le ha formado. Y de hecho, tras su acto de emigrar lo que se descubre es un egoísmo y una insolidaridad notoria.

 

Y LA SOCIEDAD DE DESTINO

 

   El segundo perjudicado directo es el trabajador del país de destino que ve cómo los salarios disminuyen y las condiciones de trabajo empeoran.

   Y en tercer lugar, el perjudicado es la sociedad de destino que es atacada en su homogeneidad y estabilidad cultural y humana y ve cómo crece la insolidaridad social (por la competencia desleal del inmigrante en el campo laboral que se contagia a otros sectores sociales) y la inseguridad al aumentar la delincuencia con la emigración, pues, en general el inmigrante es un desintegrado social sin excesiva solidaridad y cuyo motor fundamental es el dinero, esto es , el nivel de consumo.

 

LA CONCLUSIÓN

 

   Todo lo cual nos lleva a una conclusión muy clara: si occidente cierra sus fronteras, o al menos controla estrictamente la emigración, inmediatamente se beneficiaran la sociedad de origen y de destino, y en cambio los únicos perjudicados serán los empresarios que verán mermado en una parte sus beneficios y aquéllos que en el tercer mundo no verán mejorar todo lo que les gustaría su nivel de consumo

DESBORDADA Y SIN CONTROL

DESBORDADA Y SIN CONTROL

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

  Entre los meses de febrero y mayo de 2005 se llevó a cabo en España un procedimiento administrativo de regularización de inmigrantes ilegales. Era ya el enésimo trámite de esta índole que recibía el eufemístico calificativo de “extraordinario” y, al igual que su inmediato precedente, venía precedido de una solemne declaración gubernamental en la que se explicaba taxativamente que no volvería a repetirse una medida similar. Eso fue exactamente lo mismo que dijo el anterior gobierno conservador al realizar su “última” regularización de clandestinos y nadie creyó ni a aquellos ni a estos. En realidad, la política hace tiempo que dejó de ser el arte de lo posible para convertirse en un juego sutil de sobreentendidos.

 

  En este momento viven en España unos cinco millones de extranjeros, millón y medio de los cuales residen al margen de la ley. Recuérdese la euforia de Jesús Caldera, ministro de Trabajo e inepto donde los haya, cuando hace un año, al concluir su “regularización” de ochocientos mil clandestinos, daba cuenta de los resultados con la euforia propia de quien se cree un estadista solventando para siempre un grave problema nacional. Pocos meses después, en otoño de 2005, las fronteras de Ceuta y Melilla eran literalmente asaltadas por oleadas de centenares de africanos. Desde el inicio de 2006 los traficantes negreros desvían su mercancía hacia Mauritania, Guinea-Bissau y Senegal para desde allí poner proa a las Canarias a bordo de navíos de desguace o en pequeñas embarcaciones, bastantes de las cuales zozobran antes de alcanzar su objetivo. Los gobiernos africanos continúan de facto expulsando a sus propios ciudadanos, conscientes de la fuente de divisas que supondrán en el medio plazo una vez instalados en España: nuestro país ocupa ya el sexto puesto entre las mayores fuentes de envío de dinero hacia el extranjero, factor éste que agrava el ya abultado déficit de nuestra balanza comercial. Y, con ser estos cuantiosos ingresos dinerarios una razón suficiente para tolerar, facilitar e incluso alentar la huída de su población, no es el único aliciente para una clase política pseudotribal: la estadística de nuestro sistema sanitario revela que una tercera parte de los africanos que llegan a España son portadores de graves enfermedades como el SIDA, la tuberculosis o la malaria, por lo cual pasan directamente de ser un problema irresoluble en sus países de origen a convertirse en beneficiarios, forzosos y gratuitos, del entramado de previsión  y asistencia social financiado por varias generaciones de españoles.

  La situación de las Canarias se torna insostenible por momentos. Se trata de unas pequeñas islas con limitada capacidad de acogida de inmigrantes. Con fría regularidad administrativa el gobierno socialista se limita a repetir el mismo proceder que sus antecesores del Partido Popular: periódicamente traslada a la península a los nuevos colonos africanos, les provee de una orden de expulsión del territorio nacional y… sin solución de continuidad los pone en libertad en cualquier ciudad española. De modo desconcertante, el Ministro de Trabajo sostiene impertérrito que gracias a su iniciativa de regularización, nada novedosa como ya hemos anotado, en España se ha acometido una nueva política migratoria. Y es que el idioma es muy sufrido y cada vez más elástico: no entendemos por España la vacua evanescencia que imagina el presidente Zapatero; tampoco consideramos que cualquier tipo de cohabitación con derecho a roce pueda denominarse matrimonio y, ahora, hemos de concluir que tenemos un concepto de la novedad radicalmente distinto del que profesa este Gobierno. Sencillamente no vemos novedad en que el flujo migratorio ilegal continúe en aumento, tal como viene advirtiéndose desde hace más de una década, estimulado cada vez más por la pasividad, si no complacencia, de la Administración española. No vemos novedad en la permanente bolsa de ilegales, cíclicamente renovada, que son indolentemente abocados a la explotación laboral o a la delincuencia. No vemos novedad en la reiterada consigna de la bondad del fenómeno en un país que soporta un 10% de desempleados (extranjeros bastantes de ellos) y donde la presión de mano de obra abundante y barata se ha convertido en el principal elemento de contención de los salarios, como repetidamente reflejan todos los estudios sobre coyuntura económica. Lo único verdaderamente nuevo, y sólo hasta cierto punto, es la entusiasta coincidencia de esta izquierda de pacotilla con los intereses objetivos de las patronales de ciertos sectores productivos. Maravillas del nuevo orden mundial.

 

  La llegada masiva de africanos a nuestras costas es muy llamativa, siniestramente espectacular podría decirse, y objeto preferente de cámaras de prensa y televisión. Su diferencia étnica, religiosa y cultural convierte a los recién arribados en el icono de un fenómeno social, pero conviene tener muy presente que sólo un diez por ciento de los extranjeros que se afincan ilegalmente entre nosotros ha desembarcado de una maltrecha barquichuela. Algunos, pocos, llegan en avión y la inmensa mayoría cruza nuestras fronteras – recordémoslo: viola nuestra soberanía nacional – sobre todo en autobús desde territorio francés. La propia Comisaría General de Extranjería y Documentación calcula en 60.000 la cifra de búlgaros y rumanos  que han penetrado en España, desde enero hasta abril de 2006… ¡tan solo por uno de los pasos de la frontera en la provincia de Gerona! La comparación con la frontera canaria resulta escalofriante pues si aquella es mostrada por los medios de comunicación como un coladero sin freno ni límite, los mismos medios silencian cuidadosamente que, cada quince días, cruzan 7.000 ilegales el paso de La Junquera: la misma cantidad de africanos que llega a Canarias cada cuatro meses. Si ésta es la realidad cotidiana en uno solo de los pasos fronterizos podemos fácilmente realizar la extrapolación a los cientos de kilómetros de frontera hispanofrancesa para comprender que ya no estamos hablando de una invasión silenciosa, sino de un proceso implacable de sustitución de población.

 

  Los españoles, tal vez lentamente, están empezando a llegar a esta misma conclusión. Según el sondeo publicado el pasado mes de mayo por el diario “El Mundo”, elaborado por la prestigiosa empresa demoscópica Sigma Dos, el 69’1% de los españoles considera ya excesivo el número de extranjeros que acogemos y el 83% apoya el establecimiento de una política de cupos de inmigrantes, en función de las demandas de empleo. Sin duda es puramente lógica una necesaria correlación entre puestos de trabajo disponibles e inmigrantes asentados, pero no es suficiente. Ha de complementarse con la aplicación del principio de preferencia nacional, mediante el que se garantice una apacible convivencia e integración en el seno de la sociedad. Resulta cada día más urgente una estricta selección del flujo migratorio y una discriminación positiva a favor de las poblaciones que, por afinidad cultural y lingüística y por coincidencia religiosa, no pongan en riesgo la homogeneidad social y la identidad nacional. En otras palabras: la generosidad con los recién llegados no puede practicarse atentando contra el bien común de nacionales en trance de alienación y de extranjeros directamente recluidos en la marginalidad del ghetto. Por desgracia, es esta última práctica la norma invariable de conservadores y socialistas desde 1995; júzguese simplemente que más del 80% de los delitos sea perpetrado por extranjeros y que en las cárceles españolas la población extranjera llega hasta el 30 % del total, tres veces más que su ritmo de crecimiento fuera de las prisiones. He ahí la constatación irrefutable del exceso de población inmigrante, de la forzada delincuencia a la que es conducida por la laxitud gubernamental y del penoso fruto que produce la ausencia de selección previa.

 

  Seamos consecuentes y añadamos que nada de lo anterior será provechoso si antes, de una vez y para siempre, no se abandona la debilidad institucional que evita materializar la expulsión fulminante de todo aquel que irrumpa en nuestro hogar sin haber sido previamente invitado y, también, de quienes con su conducta violenta y antisocial acrediten fehacientemente que no son dignos de permanecer entre nuestro pueblo.

SIGUEN LLEGANDO; SIGUEN MURIENDO

SIGUEN LLEGANDO; SIGUEN MURIENDO

Inmaculada MOMPÓ

 

  La noticia ha ocupado los titulares de todos los medios de comunicación españoles y ha sido repetida en buena parte de prensa extranjera: según cifras de Cruz Roja, desde el inicio de 2006 han muerto ahogados en aguas del Atlántico, entre Mauritania y las islas Canarias, más de 1.200 inmigrantes clandestinos africanos. La Guardia Civil eleva la cifra hasta los 1.700. Los pescadores que faenan en esa zona relatan a todo aquel que quiera escucharles que, con creciente frecuencia, al izar las redes descubren en su interior cadáveres humanos.

 

  Por más veces que se haya dicho o escrito, habrá que seguir exigiendo que cese este inhumano tráfico negrero del siglo XXI. La justicia y la solidaridad que invocan hipócritamente sus responsables exigen, precisamente, comenzar a deshacer los desmanes perpetrados desde hace más de una década en materia de inmigración.
  Los traficantes de mano de obra africana saben y hacen saber que de España nadie es expulsado, por más que el cruce irregular y clandestino de sus fronteras constituya una clara violación de la soberanía nacional. Los negreros de nuestra época conocen y difunden que los sucesivos gobiernos españoles, conservadores antes y socialistas ahora, proceden a regularizar periódicamente a todos aquellos que residen ilegalmente entre nosotros y, de igual manera, los propios inmigrantes alientan a sus allegados en los países de procedencia para que se sumen a este creciente aluvión. La hueca filantropía  de los gobernantes disimula su satisfacción al comprobar que esta inmigración fuera de control ha sido y es el mejor instrumento para acabar con la “rigidez” del mercado de trabajo. También se oculta que la “rigideces” a las que se refieren el FMI y la eurocracia de Bruselas no son más que los derechos sociales adquiridos por los trabajadores españoles a lo largo de un siglo.

 


  Los africanos saben y difunden que, una vez se instalen en España, jamás serán repatriados pues apenas existe algún tratado internacional sobre la materia entre sus respectivos países y España. Es más: conocen perfectamente que sus países de origen se desentienden de sus obligaciones y ejercen como expulsores de población, hasta el extremo habitual de negar que sus ciudadanos lo sean en realidad. Dicho sea de paso, este tipo de prácticas acredita fehacientemente que las supuestas repúblicas de África central y del sur no son propiamente estados y sus dirigentes ni siquiera merecen ejercer como jefes tribales.

 


  Mientras la administración española siga confundiendo sus obligaciones para con los españoles con su falsa devoción filantrópica, seguiremos contemplando las imágenes de nuestras patrulleras desembarcando con decenas de africanos a bordo. Como hasta ahora, pocos osaremos contar que, tras un reducido periodo de albergue gratuito a cargo del Estado, son transportados a la Península y “descargados” (no; no es una errata) en las calles de nuestras ciudades. ¿Imagina el lector qué haría para sobrevivir en un país extranjero, cuyo idioma desconoce, si careciese de las mínimas formación académica y capacitación profesional? Yo sí lo imagino; es más, estoy completamente segura. Me resignaría a ser una semiesclava, explotada por un empresario desaprensivo en condiciones infamantes: cualquier cosa antes que morir de hambre. Si no lo consiguiera, como tantísimos de ellos, yo estaría dispuesta para sobrevivir a prestar mis servicios como vendedora ambulante de ropa falsificada y discos copiados ilegalmente. Y, si ni ello me resultara posible, aceptaría unirme a una de las muchas bandas de delincuencia organizada que distribuyen drogas, asaltan viviendas o saquean comercios. Cuando el Estado “descarga” a un africano en una ciudad española, le está empujando directamente hacia la marginalidad social o hacia la delincuencia en nombre de los derechos humanos.

 


  Se sigue invocando la necesidad española de mano de obra, al tiempo que crecen vertiginosamente los inmigrantes desempleados. Se sigue repitiendo la consigna de la aportación decisiva de los inmigrantes al sistema público de seguridad social, cuando ya en junio de 2005 el Banco de España advirtió que el gasto de la Seguridad Social en atención a inmigrantes supera cumplidamente a los ingresos. Seguimos escuchando vaciedades sobre la “alianza de civilizaciones”, mientras el mundo islámico se radicaliza y mira a Europa como tierra de expansión por vía demográfica. Seguimos soportando la murga de la multiculturalidad, mientras las prisiones españolas se saturan de presos extranjeros y los ghettos son una realidad pujante en el corazón de nuestras ciudades. Mientras todo siga como hasta ahora, la clase política carecerá de legitimidad moral para lamentar cada nueva muerte en el Atlántico.

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¿EL FIN DE OCCIDENTE?

¿EL FIN DE OCCIDENTE?

Sergei MIKHEEV 

 

  Los políticos occidentales han exhortado al mundo entero a que se vuelva más abierto. De acuerdo con el punto de vista occidental, la mundialización es un proceso positivo e inevitable. Y ello conlleva que la apertura global sustituya a la soberanía nacional.

  La idea de un mundo globalizado se ha vuelto contra Occidente como un duro golpe. Los centros de producción hace tiempo que se desplazaron a partes remotas del mundo. La economía occidental ha perdido su competitividad original. Otro factor aún más importante, las mayores reservas de petróleo están situadas fuera de la zona del “gold billion”. Para colmo de males, la civilización occidental ha declinado de forma continua debido a que la propaganda del consumismo y la comodidad personal se han convertido en norma en el estilo de vida occidental. Tener niños se ha convertido en Occidente en algo parecido a una conducta atávica que genera muchas incomodidades y molestias a las carreras profesionales y al desarrollo personal de la gente. A diferencia de la “altamente desarrollada civilización occidental”, Asia , Africa y Latinoamérica padece una crisis de superpoblación. Las naciones occidentales están perdiendo poco a poco sus identidades culturales y van dejan paso a naciones duras y carismáticas que a su vez prosiguen  su invasión de Occidente con su permiso.

 

  Sin duda Occidente ha tenido éxito al utilizar durante muchos años el fenómeno de la globalización persiguiendo sus propias necesidades egoístas y minimizando las consecuencias negativas. Los países occidentales interfieren en asuntos de soberanía de otros países, conquistan mercados extranjeros, controlan flujos monetarios, atraen una mano de obra más barata, etc. Hay que reconocer que Occidente ha conseguido mucho en este sentido. Por otra parte, toda acción provoca una reacción. El mundo, que ha sido transformado despiadadamente por Occidente a lo largo de los años, ha empezado a su vez a transformar a Occidente.

 

  Los políticos europeos y americanos promueven la democracia como la estructura social última que debería reinar en todo el mundo. Deberían felicitarse por la Victoria de Hamas en las elecciones democráticas de Palestina. Occidente cree que tiene derecho a observar y supervisar el establecimiento de la democracia a lo largo y ancho de todo el mundo e infundir estándares occidentales en las culturas de otros países. A su vez, Occidente ha sido testigo de revueltas globales debidas a la publicación de varias caricaturas en un periódico local europeo. Si las administraciones europeas o norteamericanas creen que tienen derecho a emprender una acción militar contra un estado soberano, ello significa que muchos americanos pueden caer víctimas de un ataque terrorista en cualquier momento.

 

  Los estándares occidentales hacen que el mundo parezca un adefesio. Las tecnologías políticas y sociales pueden plantearle una broma pesada a Occidente. Muchos políticos respetables reconocen actualmente que la inmigración masiva puede finalmente destruir la civilización occidental. Los inmigrantes siguen conquistando el mundo mientras promueven sus propias necesidades y valores. Ya juegan un importante papel en la vida política europea. Dentro de 10 o 15 años serán una importante fuerza electoral tanto en Estados Unidos como en Europa.


  Como norma, los inmigrantes preservan su identidad nacional, que les da un motivo para defender sus derechos y necesidades. Protestan cuando un gobierno europeo prohíbe el velo en los colegios europeos. Sumergen París en el caos quemando coches y apedreando ventanas. Exigen respeto por sus tradiciones cuando los periódicos europeos publican las polémicas caricaturas del profeta Mahoma. No parecen interesarse mucho por el paraíso multicultural globalizado que Occidente pregona tan violentamente.

  La inmigración se ha convertido en un serio problema también para los Estados Unidos. Los americanos no blancos se han vuelto mucho más activos que en el pasado tanto social como políticamente. Hay investigadores americanos que piensan que los inmigrantes y sus familias en expansión crearán eventualmente uno de los problemas más serios para la seguridad interna de los Estados Unidos en el siglo XXI.

 

  Esto conduce a la idea de que no existirá un concepto de “mundo occidental” en el futuro. Las naciones que abandonan su autenticidad en beneficio del mito de un mundo globalizado, perderán irremisiblemente su viabilidad bajo la presión de agresivas culturas extranjeras. Las naciones que crearon la civilización occidental hace siglos y que defendieron sus normas y valores a través de innumerables guerras sangrientas, no se sienten actualmente en casa en sus propios países. Pueden seguir luchando por los derechos de los homosexuales y explorar la naturaleza del orgasmo femenino, pero también pueden defender el derecho a las inyecciones letales.

  El gobierno ruso debe prestar toda la atención posible a los problemas arriba mencionados. Las autoridades rusas necesitan desarrollar una política completamente nacional e identificar objetivos nacionales. Rusia ya padece separatismo regional, la interminable Guerra en Chechenia, el crecimiento de sentimientos extremistas , etc.

 

  Los gobernantes europeos y americanos ya han ejercido plenamente el poder de la propaganda y las tecnologías. Su impacto ha derribado imperios, tiranos e incluso asociaciones internacionales. Occidente ha machacado naciones sin necesidad de utilizar misiles o bombas. La propagación incontrolada del radicalismo islámico a través del mundo – la preocupación número uno del planeta –  y la creciente popularidad de tales sentimientos que conducen al establecimiento de redes terroristas tienen su origen en conocidas tecnologías políticas occidentales. Es un secreto a voces que los Estados Unidos iniciaron varios de tales proyectos para luchar contra la URSS durante la Guerra Fría.

Esperemos que la protesta mundial contra la publicación de las caricaturas del profeta Mahoma ha sido sólo una simple ocurrencia, o el resultado de una provocación que no se repita nunca  en el futuro y no adopte la forma de un movimiento global antioccidental. Está claro de todas formas que el mundo está cambiando ante nuestras narices. Si sucesos como éste continúan ocurriendo, Occidente puede caer en la foso que él mismo ha excavado.

CULPABILIZACIÓN AUTÓCTONA E INMIGRACIÓN MUSULMANA

CULPABILIZACIÓN AUTÓCTONA E INMIGRACIÓN MUSULMANA

Hadrien DEKORTE

  El autor ha publicado el presente artículo en la "Nouvelle Revue d’Histoire" y, aunque su análisis se centra de manera particular en el caso francés, en gran medida son aplicables a España los mismos criterios, análisis y razonamientos. Está llegando a su apogeo entre nosotros un fenómeno conocido en Francia desde hace décadas y, previsiblemente, su evolución al sur de los Pirineos no será muy distinta de la observada al norte,
 
 
  Nuestra época contemporánea está marcada por una rápida afro-islamización del Viejo Continente, sin que podamos descartar la hipótesis de una geopolítica de los movimientos migratorios con la población musulmana como vector principal. Recordemos que la historia del Islam está íntimamente ligada a la de los fenómenos migratorios de las poblaciones musulmanas en tierra de no-musulmanes y de aquellos que les han favorecido. Esta hipótesis supone que el mundo musulmán tiene intereses y que, por razones diversas, ciertas minorías influyentes del hexágono también obtendrían beneficios.

  En el lado del debe, podríamos hablar de una ideología que culpabilizaría a las poblaciones occidentales que se encontrarían moralmente desarmadas bajo una hiper-mediatización cretinizante. Se puede percibir la utilización anestesiante de un humanismo de esencia griega y cristiana que se vuelve contra aquellos que se reclaman sus herederos.

  Por el otro lado, el interés del mundo musulmán por los actuales fenómenos migratorios cae por su propio peso. Hoy como ayer, el mundo de la Cristiandad es rico y opulento. Mal nos podemos imaginar cómo el Islam podría rechazar esta bonita manzana en la que poder morder con avidez. En cambio, el beneficio que supuestas minorías hexagonales podrían obtener parece menos evidente. ¿Cómo pueden en efecto favorecer las razzias sin tarde o temprano sufrir las consecuencias?

  Es necesario saber que en geopolítica todas las hipótesis son posibles, sin olvidar lo evidente: la actual sociedad francesa, heredera de más de dos mil años de historia, no posee más que admiradores. Su cultura esencialmente católica y greco-romana esta expuesta, por su propia naturaleza, a odios recurrentes y tenaces inscritos en lo más profundo de la historia. Las antiguas enemistades contra Atenas, Roma y después Bizancio continúan todavía en nuestros días. El catolicismo, así como la Iglesia Ortodoxa, salen menos favorecidos. No faltan energías dispuestas a abatirlos, o mismamente a combatirlos.

  Ciertamente, la idea de una Francia sumisa a la dominación de otras potencias entra en contradicción con las susceptibilidades nacionales. Son muchos los que prefieren hoy en día imaginar una Francia soberana, que dirija su propio futuro y sea capaz de regular la composición de su población. La realidad dista mucho de ser ésta: la hipótesis de un territorio hexagonal convertido como muchos otros antes que él, en uno de los terrenos de "juego" de los otros, y más particularmente del islam, no es ciertamente algo que debamos subestimar.

  En la hipótesis de una geopolítica musulmana que utilizara las migraciones como factor de islamización, las poblaciones musulmanas deberían lógicamente ser llamadas a jugar un rol activo. El actual fenómeno de la violencia y la inseguridad urbana y escolar podría muy bien ser incluido en este capítulo. No habría pues ausencia de señales en el espíritu de los "jóvenes", como los "especialistas" del tema se han auto-persuadido, sino al contrario una señal muy clara, un objetivo a esperar, el de una futura sociedad francesa bajo dominación musulmana. El fenómeno llamado de los "barriadas", constituiría uno de los medios de consecución. Sería una de las manifestaciones de la "presión musulmana" o "solidaridad musulmana" visible un poco por todo el planeta y que es un factor esencial en el proceso de islamización de las sociedades no-musulmanas a través de la historia. Como en una colmena, cada uno trabaja sin saber necesariamente cual es el verdadero rol del vecino ni cual es exactamente el camino que los acontecimientos tomarán para llegar a la meta prefijada.

  La opción intelectual que consiste en estudiar tal tipo de hipótesis no presupone ni xenofobia ni racismo, sino al contrario, agudeza de razonamiento y flexibilidad de espíritu. Es necesario deshacerse de las modas de pensamiento occidental para posicionarse en lugar y en la situación del otro, es decir, del inmigrante afro-musulmán, pero igualmente en lugar y situación del hinduista de la India, de Java o de Bali, de budista de Tailandia o de Sri Lanka, o bien de un cristiano de Madagascar o de las Filipinas, todos ellos observando la evolución sobre el terreno del Islam en su propio país.

  Es igualmente necesario tener un buen conocimiento del actual fenómeno de la violencia y la inseguridad urbana y escolar (sobre el terreno y no en la comodidad del despacho). Pero sobre todo, es de urgencia aceptar el avance de nuevas hipótesis que puedan coincidir con las propias convicciones y aceptar el inconformismo intelectual.

  Nosotros los franceses no hemos estado jamás familiarizados más que con un solo tipo de división política y sociológica, el de la derecha/izquierda, heredero de la Revolución. En consecuencia, hemos cogido el "mal hábito" de observar todo a través de este "filtro" de pensamiento. Además, la universalidad supuesta de los ideales revolucionarios nos ha persuadido que tal visión del mundo era compartida por todos, mientras que la evidencia no lo confirma. Tan solo con cruzar el Canal de la Mancha podemos constatar que la bipolaridad de nuestros vecinos ingleses no es idéntica a la nuestra. Para dificultar las cosas, la propagación, a partir del siglo XIX, del liberalismo económico y del marxismo ha dividido a nuestro mundo en dos partes bien distintas, los ricos y los pobres, los explotadores y los explotados. Estas dos visiones del mundo tienen un punto en común, el de verlo por el prisma único del economicismo.

  En el dominio de la información, nuestras fuentes no son más que un reflejo caricaturesco de todo lo anterior. No hacen más que traducir el mundo en un lenguaje que nosotros, pequeños franceses, somos capaces de entender y que los mass-media son capaces de transmitir. Se expresan en un vocabulario que corresponde a conceptos que nuestra propia historia ha forjado e integrado en nuestro cerebro. Nuestras fuentes son incapaces de pronunciar palabras que traduzcan los conceptos de los otros. Son también incapaces de evocar nociones psico-afectivas como el deseo, la codicia, la envidia, la venganza y el odio, pero son perfectamente capaces de movilizar a las multitudes sobre el medio y largo plazo. De hecho, estamos persuadidos de que nuestro "mundo de la comunicación" es apto y capacitado para abrirnos al mundo real, mientras que no se percibe más que aquello que es capaz de asimilar bajo el estrecho campo conceptual de su universo semántico.

  Para mejor captar la realidad de una Francia que se "mundializa", quizás sea necesario comenzar por iniciarse a otras formas de ver el mundo para mejor comprenderlo. Así, podemos concebir que en Francia, como en el resto del mundo, existen grupos de reflexión y de poder que expresan un gran abanico de sentimientos y resentimientos de naturaleza psico-afectiva, ideológica, cultural, religiosa vis-a-vis de Francia y sus autóctonos, que escapan a nuestro universo conceptual. Podemos imaginar en consecuencia a ciertos de entre ellos bien poco contrariados de constatar la realización sobre el territorio francés de un trabajo que deseaban hacer con todas sus fuerzas pero del que no se podían encargar personal u oficialmente. Qué sutil venganza constatar como día tras día el "pequeño blanco" se retira del corazón de los barrios "sensibles" que no cesan de agrandarse.

  No podemos más que constatar la creciente inquietud, digamos el temor, que se instala progresivamente en el seno de las poblaciones autóctonas de los barrios "sensibles" y de sus márgenes. No podemos negar que este temor está generado en su mayor parte por un cuasi-sentimiento de impotencia cuyo principal componente parece de naturaleza moral y psicológica. Si el autóctono no reacciona, no es solamente por pasividad natural o por ignorancia de un tipo de violencia que le es extraño. Su aparente inacción puede explicarse por una muy fuerte presión moral: el perpetuo y omnipresente temor de una acusación de racismo. No podemos negar que hoy, de lo más bajo a lo más alto de la pirámide de responsabilidades, cada uno teme del otro una eventual revelación de cualquier tipo de indicio de pensamiento de carácter racista.

  Mientras que la acusación de racismo hacia los autóctonos es omnipresente, las urgencias de los hospitales de Francia llaman la atención sobre las estadísticas de agresiones donde las víctimas son cada vez más, después de mediados de los 80, los propios autóctonos. Esta es la exacta realidad de muchas barriadas, que no pasa por los filtros de observación de la ideología dominante. Aquí, el autóctono es el verdugo y el no-autóctono, una víctima. La situación inversa no está prevista en la programación de los circuitos de la "información".

  Si el "pequeño blanco" se repliega, si un poco por todos sitios y cada día más no osa oponerse a las provocaciones, a las agresiones, a las violaciones e incluso muertes, no es únicamente en razón de un individualismo occidental rápida y con frecuencia puesto en entredicho. Es quizás porque se le ha progresivamente enseñado el odio hacia sí mismo y de su pasado.

  Pascal Bruckner ya lo dejó bien expresado hace ya veinte años:"A priori, en efecto, pesa sobre todo Occidente una presunción de crimen. Nosotros, europeos, hemos crecido en el odio hacia nosotros mismos, en la certidumbre de que había en el corazón de nuestro mundo un mal esencial que exigía venganza sin esperanza de perdón". Día tras día y después de medio siglo, una ideología del arrepentimiento se ha expandido desde círculos intelectuales restringidos a ciertos partidos políticos, antes de convertirse en un discurso casi cotidiano del mundo sofocante de la "comunicación". Esta ideología a penetrado de tal forma en las conciencias que raros son hoy los discursos que se desmarcan claramente de las asociaciones semánticas tales como Blanco/racista, cristiano/antisemita, Occidental/colonialista, Francés/fascista. Podemos avanzar por tanto el concepto de un fenómeno cultural que ha tenido por característica colocar desde hace un cuarto de siglo al autóctono en posición de acusado de cara a las poblaciones afro-musulmanas que se ha encargado él mismo de acoger en las mejores condiciones materiales, morales y psicológicas.

  ¿Cómo este producto de la agitación neuronal de una minoría ha podido convertirse en el credo de una época? ¿Cómo hemos podido reducir a la nada, o al menos a la casi nada, el espíritu crítico, el reflejo de protección o de conservación de casi todo un pueblo? ¿Cómo es que la hipótesis de su asociación con la realidad de una afro-islamización de Francia no haya sido jamás evocada? Arrepentirse es también acoger a más y más, para mejor acoger, ¿debemos siempre arrepentirnos? Es una "inmigración de arrepentimiento".

  Francia se ha convertido en tierra de expresión de todas las revanchas. Revancha del Islam contra la Cristiandad, revancha de los colonizados contra los colonizadores, revancha de África contra Europa, revancha del Tercer Mundo contra Occidente, revancha de los árabes contra la Iglesia Católica...El francés de este inicio de siglo es un arrepentido de todo. Apenas es capaz de imaginarse como pueden existir sobre la tierra individuos más despreciables que él mismo. Esta acusación está totalmente integrada en el discurso político-mediático hasta convertirse en uno de los fundamentos de lo políticamente correcto en su versión francesa. Una acusación sin nombre, una prohibición de toda defensa a la espera de que se dicte ya la condena.

  La toma de conciencia de esta tendencia, su estudio y su descripción no son disociables de una aproximación global a las relaciones Islam/no-Islam, todo a lo largo de la historia y de la superficie terrestre. Esta aproximación choca con tres obstáculos mayores. Por una parte, la falta de interés de los historiadores por la historia mundial. Por otra parte la falta de progresos en los estudios sobre lo que Occidente considera como su "Oriente". En definitiva, la falta de interés de los occidentales por todo aquello que es exterior a su propia civilización. Si hacemos excepción de círculos muy restringidos, las relaciones del islam con el judaísmo, como con el hinduismo y el budismo, a lo largo de la historia, son completamente ignorados.

  La actualidad internacional no occidental no puede ser comentada hoy en día más que a través de un prisma contemporáneo, esencialmente dominado por la economía y por la bipolaridad derecha/izquierda, pero bien alejado de las realidades locales. Por efecto boomerang, este prisma de observación entra en contradicción con el análisis que se produce en Francia entre las diferentes comunidades, y prohíbe toda toma de conciencia de la realidad de una geopolítica de los fenómenos migratorios sobre el suelo europeo. Realmente no se podría hacer sino desde una toma de conciencia de unos universos conceptuales diferentes a los nuestros. Una parte de lo que se juega hoy en día en Europa occidental y más particularmente en Francia no es más que, de manera indirecta, el producto de nuestra propia incapacidad de imaginar otras concepciones diferentes a las que constituyen los fundamentos de nuestro mundo.

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PARADÓJICA OPINIÓN DE LOS ESPAÑOLES SOBRE LA INMIGRACIÓN

PARADÓJICA OPINIÓN DE LOS ESPAÑOLES SOBRE LA INMIGRACIÓN

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha publicado los resultados de su sondeo mensual, denominado barómetro, el cual muestra que sigue creciendo la preocupación de los españoles por el incesante flujo migratorio que España recibe. Hasta tal punto es así, que ya figura como el segundo mayor problema de nuestra sociedad, sólo superado por el desempleo. En principio no deja de sorprender que el pueblo llano ose discrepar del discurso oficial unánime que predica la bondad, y hasta la necesidad, de que el tercer mundo se vacíe de población joven que es tanto como decir de fuerza productiva y posibilidades de desarrollo futuro.  Extraña que los españoles lleven su discrepancia hasta el punto de considerar el fenómeno de la inmigración masiva como un problema; un problema mayor que los que plantean el terrorismo, la vivienda, la situación económica, y la educación.

  

   En pleno apogeo de la multiculturalidad y del relativismo igualitario, chirría con estridencia que un 60% de españoles crea que entre nosotros viven demasiados extranjeros y que un 85% se oponga a aceptar más inmigrantes que no traigan entre su equipaje un previo contrato de trabajo. Los españoles, se diría, han constatado a lo largo de la década 1995 / 2005 que es absurdo acoger mano de obra que no responde a las necesidades del tejido económico español y más irracional todavía seguir recibiendo diariamente nuevos recién llegados cuando ya un tercio de los inmigrantes están desempleados, amén de 1.800.000 españoles en igual situación.

   Según los datos del CIS, la mayoría opina que antes de permitir la entrada en España de un extranjero se ha de atender a determinadas condiciones subjetivas, por ejemplo: la adecuación de su capacitación laboral a las necesidades nacionales, su nivel educativo, su dominio de la lengua española y su procedencia de un país cristiano, criterios todos ellos alejados del “buenismo” solidario que hoy triunfa en las instancias oficiales y en los libros de estilo de los medios de comunicación. En tales términos sería factible predicar de nuestros compatriotas que reprueban la verborrea multicultural, determinan que los hombres no somos exactamente iguales unos a otros y que la paz social y la armónica convivencia se ponen a prueba y en riesgo cuando una nación recibe en su seno un desproporcionado contingente de individuos ajenos a su órbita cultural y, en gran medida, procedentes de una civilización hostil con la que es inviable cualquier alianza.

   Comprobamos que un 47% afirma que la inmigración determina descensos salariales y un 68% considera que los españoles humildes resultan económicamente damnificados por el aluvión migratorio, a diferencia de los acomodados. Podríamos concluir a la vista de los datos del CIS que la opinión pública española ha comprendido finalmente la lógica de la economía liberal, fría cual hoja de cuchillo, en la que una sobreabundancia de trabajadores no cualificados deteriora necesariamente sus condiciones laborales, con independencia de su nacionalidad, y beneficia exclusivamente a las empresas que los contratan.

   Por último, dado que un 50% de los ciudadanos cree que deberían de ser expulsados del territorio nacional los extranjeros que cometiesen cualquier delito y hasta el 79% en caso de delitos graves, podríamos llegar a pensar que se nos ha hecho evidente, al fin, la necesaria ilación entre deficiente capacitación laboral, imposible asimilación cultural, marginalidad y delincuencia.

 

   Si nos detuviésemos en este punto los resultados del sondeo de opinión podrían interpretarse en clave contestataria y hasta subversiva pero, muy a nuestro pesar, las preguntas del CIS prosiguen y las respuestas de los españoles contradicen sus precedentes. Recordemos que un 68% piensa que la inmigración empobrece más a los españoles que ya son pobres, pero paradójicamente, en proporción muy similar del 65%, repite una de las consignas oficiales: “los inmigrantes ocupan puestos de trabajo para los que no hay mano de obra suficiente”. Si esta última fuese cierta no existiría competencia y en tal caso no se produciría el efecto indeseable de la previa aseveración; ambas pueden ser susceptibles de discusión, pero evidentemente no a un mismo tiempo. Y las incongruencias continúan: si un 60% de los españoles afirma que ya hay demasiados inmigrantes, un 73% defiende el derecho de los ya establecidos a traer sus familias. Aunque un 59% sostiene que a cualquier país conviene que las mismas costumbres y tradiciones sean compartidas homogéneamente por su población, un 72% afirma, con aparentes síntomas de esquizofrenia, que es bueno que los inmigrantes mantengan su lengua y sus costumbres.

   ¿Existe explicación razonable para estas reiteradas contradicciones? Aventuramos varias, todas ellas posibles y ninguna desechable a priori.

 

1.      Los españoles formamos una nación de enajenados, sin criterios formados y ajenos a las reglas esenciales del pensamiento lógico occidental. Abona esta tesis una de las contestaciones ofrecidas a preguntas del CIS sobre otras materias: un 80% se declara creyente católico, pero un 50% jamás participa en el culto de la religión que afirma profesar.

2.      El CIS ha seleccionado una extraña muestra para realizar sus entrevistas. Sólo un 19% de los encuestados responde afirmativamente cuando se les pregunta si viven en pareja, dato muy chocante cuando hay un 58% de casados frente a un 42% de solteros, viudos, separados y divorciados.

3.      Una gran parte del pueblo español en la actualidad se debate entre la sinceridad espontánea y la forzada corrección política cuando se trata de opinar acerca de materias espinosas, como la inmigración. Combínese esta posibilidad con un dato objetivo de la propia encuesta: mientras que un 40% sitúa la inmigración entre los tres principales problemas que España sufre, sólo un 13% la identifica como problema propio, personal y subjetivo. Anotamos al margen que, de ser correcta esta tercera interpretación, forzosamente admitiremos que los españoles somos más altruistas y solidarios con los extranjeros que con nuestros propios compatriotas.

 

   Quienes estamos convencidos de asistir en España a una trágica sucesión de errores en materias muy diversas, la inmigración entre ellas, tememos que en sucesivas ediciones del barómetro del CIS se incremente el porcentaje de aquellos que se sienten perjudicados por el fenómeno. Y, posiblemente, arreciará entonces el discurso mediático que la globalización dicta: “crece la xenofobia”, nos dirán. Malo sería que los que siempre nos han mentido permanecieran mañana contumaces en el embuste. Pero mucho peor sería que estallara entre nosotros una rebelión norteafricana y en las calles de España ardieran por doquier las hogueras de la falsa integración. Algo entienden los franceses sobre esta materia.

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