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BENEDICTO XVI: CRÓNICA DE 26 HORAS EN ESPAÑA

BENEDICTO XVI:  CRÓNICA DE 26 HORAS EN ESPAÑA

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   La clausura del V Encuentro Mundial de las Familias ha llevado a Benedicto XVI a visitar la ciudad española de Valencia los días 8 y 9 de julio de 2006. Apenas veintiséis fugaces horas de viaje han llevado a este Papa a uno de los países occidentales donde su mensaje más contrasta con la realidad social.

 

   El gobierno de Rodríguez Zapatero es el autor de la reforma legislativa conocida como "divorcio express"; la oposición conservadora rehuye la polémica sobre dicha cuestión y, por tanto, la asume como propia mientras la Iglesia Católica, por boca del Sumo Pontífice, insiste en la indisolubilidad natural del vínculo conyugal. El progresismo gobernante ha igualado jurídicamente el matrimonio con la cohabitación homosexual, el Partido Popular dice no estar conforme pero supedita su criterio y decisiones futuras a la mera resolución de un Tribunal Constitucional mediatizado por el Parlamento y sumiso al Ejecutivo. Por su parte Benedicto XVI, el sábado y el domingo pasados, reiteró por enésima vez que sólo la unión estable y fiel de una mujer con un hombre sustenta la familia y ésta a su vez es el pilar fundamental de toda sociedad. Las estadísticas sobre abortos provocados en España crecen sin que se vislumbre límite, habiéndose registrado un espectacular aumento durante los ocho años de gobierno conservador (Ver: http://bitacorapi.blogia.com/2006/040501-el-aborto-en-cifras.-comparativa-historica-psoe-pp.php). La Iglesia no vacila en calificar el aborto como "crimen abominable", de igual forma que la manipulación de embriones humanos que se inició en España auspiciada por el Partido Popular y actualmente impulsa y promociona el Partido Socialista.

 

   Si damos por cierto el axioma liberal del mandato representativo, no cabe duda del respaldo popular a todas estas iniciativas políticas. Una abrumadora mayoría del cuerpo electoral ha votado a los dos principales partidos españoles, cuyas diferencias en política familiar - como en cualquier otra materia - son de matiz o intensidad y en ningún caso sustanciales. Pero dicho axioma, que tan cuestionable resulta desde un punto de vista estrictamente teórico, parece quebrarse en ocasiones como la del pasado fin de semana en Valencia. Inmersa la sociedad española en una formidable campaña mediática e institucional de desprestigio y desgaste de cuanto guarde relación con el cristianismo, una sedicente plataforma cívica convocó una campaña de protesta contra la visita de Benedicto XVI. Distribuían los convocantes pancartas con la inscripción "Yo no te espero" que los ciudadanos habrían de colgar de sus balcones y ventanas y, como no podía ser de otra forma, resultó todo un éxito: centenares de ellas adornaban los edificios de la ciudad. Pero, contra todo pronóstico, comenzaron a surgir por doquier ventanas de las que pendían banderas del Vaticano y de España: miles, decenas de miles como de ello dan fe la prensa local y sus reportajes gráficos, tiñeron la ciudad de blanco y amarillo hasta convertir el descubrimiento de las colgaduras de protesta en tarea más que difícil. Con franqueza reconozco que no salgo de mi asombro ante el clamoroso triunfo de una iniciativa de signo católico enteramente popular y sin respaldo de ninguna clase.

   Por otra parte, la asistencia a los actos del fin de semana ha superado las previsiones más optimistas. El viernes 7 de julio los organizadores del V EMF convocaron al rezo del rosario junto a la playa de la ciudad. Recurriendo a las estimaciones de varias cadenas de televisión, una cifra comprendida entre 200.000 y 250.000 personas respaldó la iniciativa. No hubo obsequios para los asistentes, no se sortearon vehículos de lujo ni cruceros por el Caribe; ni siquiera el acto contó con el imán mediático del Papa. Así y todo, un cuarto de millón de personas, en su inmensa mayoría habitantes de la propia ciudad, se congregó para llevar a cabo algo tan aparentemente retrógrado, irracional y por supuesto premoderno como rezar el rosario. La vigilia del sábado 8 rebasó el millón de participantes y la Misa del domingo 9 estuvo cerca de contar con dos millones de fieles. Muchos extranjeros, ciertamente, pero en su mayoría lógicamente españoles. Algo no cuadra en todo esto: Posiblemente los católicos en España constituyan la confesión religiosa (e incluso el grupo social) más entusiasta y de mayor capacidad de movilización aunque, simultáneamente, aparentan ser la colectividad sociocultural de mayor incongruencia en el momento de emitir su voto.

   Concluyo esta crónica con el relato de una anácdota de orden menor. Hace meses la Vicepresidenta del Gobierno, Mª Teresa Fernández de la Vega, protagonizó un ridículo suceso al presentarse de improviso en el Vaticano con la imperiosa exigencia de entrevistarse con Benedicto XVI al objeto de "explicar" los propósitos del Ejecutivo que chocaban con el rechazo de la Conferencia Episcopal Española. Tras ver desestimada frontalmente su petición, hubo de conformarse con una brevísima entrevista con el Cardenal Secretario de Estado, Angelo Sodano, quien explicó a doña Mª Teresa que en la Santa Sede se estaba perfectamente al corriente de los objetivos y el programa del Gobierno español y que, en lo sucesivo, debería de abstenerse de recurrir a tan atípicos procedimientos y canalizar sus requerimientos a través de los cauces previstos ante el episcopado español. Una lección de diplomacia, muy próxima a la humillación, que jamás olvidará. Por su parte, el Presidente Rodríguez Zapatero porfió durante meses en su propósito de asistir a la Eucaristía del 9 de julio con el propósito de compartir siquiera una porción del protagonismo en prensa y televisión. Finalmente, cambió prudentemente de opinión ante la posibilidad cierta de sufrir el más colosal abucheo del que exista constancia histórica. Aun así, ambos esclarecidos estadistas fueron recibidos en una audiencia de veinte minutos por el Romano Pontífice en la sede archiepiscopal de Valencia... habiendo de soportar a la entrada y a la salida una sarta de improperios - que me resisto a reproducir aquí - procedentes de la multitud congregada ante el palacio. Todo cuanto obtuvieron a cambio fue un delicado rosario para la Vicepresidenta y un par de fotografías en las que el inefable Presidente figura luciendo su ya célebre sonrisa protocolaria, más falsa que el beso de Judas. Sinceramente, para estos individuos me parece escaso trofeo pero, claro está, yo no soy progresista y estimo en mucho más que ellos mi palabra, mis principios y mi propia imagen.

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