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MAYORÍAS ABSOLUTAS VERSUS BLOQUES PLURIPARTIDISTAS: Hacia un nuevo modelo de correlación de las fuerzas políticas

MAYORÍAS ABSOLUTAS VERSUS BLOQUES PLURIPARTIDISTAS: Hacia un nuevo modelo de correlación de las fuerzas políticas

Francisco TORRES
 
  ¿Se han terminado las mayorías absolutas vinculadas a un solo partido o por el contrario continúan siendo el objetivo estratégico de las dos grandes fuerzas políticas existentes en España? ¿Se producirá en España un fenómeno similar al de otros países europeos con la irrupción de las fuerzas políticas transversales? ¿Han iniciado los partidos mayoritarios un cambio de estrategia sustituyendo la noción de partido = mayoría absoluta por la de partido hegemónico dentro de un bloque más amplio, configurado con anterioridad a los procesos electorales? ¿Está el socialismo constituyendo ese bloque mientras que la oposición se aferra al modelo antiguo?


 
  Casi todos los politólogos comparten la tesis del fin de la concreción de partidos-ideologías heredado del final de la II Guerra Mundial; aunque, en muchos casos, no fuera más que un remozamiento del modelo asentado durante el siglo XIX. Esta concreción de partidos, definidora del régimen político, se asentó sobre la tesis de agrupar la voluntad electoral de los ciudadanos, como eje vertebrador del juego político, en dos corrientes alternas: conservadora y liberal primero; conservadora-liberal y socialista, revolucionaria o no, después; democratacristiana y socialdemócrata más tarde. Estas corrientes podían quedar no adscritas a un único partido, aunque uno de ellos tuviera la capacidad de polarizar un mayor número de adhesiones convirtiéndose en la fuerza hegemónica del sector.

  Los profundos cambios acontecidos en la mentalidad colectiva, la imposición de la secularización de los modos de vida, la minusvaloración del Estado social, la desintegración del sistema de valores tradicional y la lenta disolución de los bloques ideológicos, entre otros factores, han contribuido a que las diferencias entre ambas corrientes, entre ambos espacios, fueran, en sus límites políticos, cada vez menos nítidas apareciendo un amplio espacio de convergencia electoral. Un espacio que se definió como "centro", sinónimo de moderación, que, en algún momento buscó traducirse en una fuerza política concreta y que en la actualidad se dibuja como un espacio sociológico más que político; espacio electoral por el que han acabado compitiendo, por su falta de adscripción definida, las dos grandes opciones políticos, favoreciendo el proceso de convergencia política.

  Teóricamente, circunscribiéndonos al modelo europeo, subsisten las marcas que se identifican con los términos derecha, centro o espacio de convergencia e izquierda; habitualmente se utiliza la polarización terminológica de derechas e izquierdas; aparentemente se mantienen las diferencias conceptuales entre unos y otros, auque se utilicen más como elemento descalificador del contrario que como elemento definidor. Inconscientemente, esta distribución, inexacta e irreal, continua ejerciendo una importante presión a la hora de la emisión del voto, convirtiéndose en elemento decisivo cuando, en las vísperas electorales, se hace realidad el denominado "vértigo electoral".

  Atendiendo a esta cuestión, basta mirar a Europa para sostener que, desde hace una década, algo está cambiando en este paisaje. Los partidos políticos tradicionales, que han dominado la escena política desde el final de la II Guerra Mundial, ya no son el único referente. Existe, en toda Europa, una amplia corriente de desencanto, de deseo de cambio con respecto a los partidos, de irrepresentatividad política, de disociación sociológica de los ciudadanos con respecto a las dos grandes opciones, que ha comenzado a cristalizar en la presencia en la vida pública y en las instituciones de otro tipo de fuerzas políticas, a las que se ha intentado marginar aplicándoles clichés propios de otros tiempos históricos. Fuerzas políticas que están logrando la identificación de ese nuevo espacio político con su opción. Son las denominadas fuerzas transversales porque su voto, a pesar de la visión simplista con la que a veces se aborda el fenómeno, no procede de un área concreta, definida y limitada; son grupos que logran integrar en su discurso elementos definidores que antes aparecían, teóricamente, vinculados en exclusiva, aun cuando fuera de forma propagandista, a una de las dos grandes opciones que se ofrecían al elector. Elementos que, además, los partidos tradicionales han ido relegando al subordinarlos al interés supremo de permanecer en el poder. Elementos que, en manos de los partidos tradicionales, presentan alto grado de incompatibilidad, pero que en el discurso de estos grupos adquieren una nueva vertebración integradora, capaz de hacer que se sientan partícipes del mismo, espacios sociales supuestamente antitéticos.  

  Hasta ahora, en la mayor parte de los países, el recurso de quienes se desenganchaban o no creían en los partidos políticos tradicionales era o votar a la opción que pareciera menos mala o, simplemente, abstenerse. Hoy, se pude afirmar que una parte sensible de esos ciudadanos comienza a optar por apoyar con su voto el cambio que anuncian los grupos transversales. Transversalidad, sociológicamente distante de la definición política que, en concordancia con la distribución tradicional de las fuerzas políticas, se da a cada uno de estos grupos en cada uno de sus países. Transversalidad definida por un discurso que escapa a las formulaciones de derecha e izquierda, haciendo posible que, votantes antiguos de esos espacios, cambien su voto, siendo capaces, al mismo tiempo, de atraer un voto nuevo cada vez menos condicionado por las etiquetas políticas.

El modelo español ante el cambio.

  Este proceso aún no se ha hecho tangible en España, aunque existan grupos que se identifiquen con esa ubicación política. El régimen de partidos, en España, se encuentra mantenido por la pervivencia propagandista de la división ideológica y por la propia Ley Electoral. Quienes estudian los comportamientos electorales y realizan proyecciones de futuro determinan que en España, pese a la permanencia del modelo bipartidista, lentamente, se va a producir un cambio significativo en el régimen de partidos. Cambio que va a ir más allá de la aparente respuesta actual, forzada por los partidos nacionalistas / separatistas / independentistas, que, sin embargo, obedece al esquema de partidos heredado del siglo XIX. ¿Razones? Fundamentalmente dos: primera, que el efecto "peso de la historia" se va diluyendo aceleradamente; segunda, que la renovación generacional del electorado dificulta la permanencia de la adscripción ideológica heredada.

  Ante esta realidad las fuerzas políticas tradicionales se han ido reubicando a sabiendas de que el comportamiento electoral de los españoles está comenzando a cambiar. Quienes trazan las estrategias de los partidos, en función de la realidad sociológica de nuestro cuerpo electoral, asumen, cada vez con más certeza, que alcanzar el objetivo de la "mayoría absoluta", que ha regido o condicionado el comportamiento del electorado en las dos últimas décadas, será cada vez más difícil; que la conciliación política, en un solo partido o programa, de grupos sociológicos / sociales diversos, que hasta hoy se hacen presentes en un voto más o menos uniforme, será cada vez más compleja.

  De forma un tanto simplista, pero al mismo tiempo fácilmente comprensible, podemos asumir que la base de esa ruptura del comportamiento electoral, probablemente, vendrá determinada porque la base social que hasta ahora, pese a su diversidad, deposita su confianza en un solo partido, que tiene  intereses distintos, que tiene valores distintos, se verá cada vez menos representada en ese partido; pues, en ese esquema, su capacidad de presión, su capacidad de pesar a la hora de tomar las decisiones políticas prácticamente desaparece, asumiendo la idea de que es mejor, sin dejar de formar parte de un bloque mayor, tener una representación propia desde la que obtener réditos, desde la que hacer valer su voto como minoría dentro de una mayoría de bloque.

  Atendiendo a esta realidad, difícilmente prescindible, los diseños estratégicos que buscaban la obtención de la mayoría absoluta como gran opción están comenzando a orientarse hacia la consecución de amplios bloques pluripartidistas bajo una fuerza política dominante. Bloques en los que el ciudadano se siente más representado y más defendido, porque su voto no se diluye en el monolítico partido único sino que, al fragmentarse, obliga a la fuerza hegemónica del bloque a tenerlo presente.

La reubicación política en socialistas y populares.

  La reordenación del espacio político teniendo presente ese dibujo del futuro inmediato (irrupción de las fuerzas transversales, configuración de los bloques de gobierno, aparición de grupos de presión ideológica, intervención directa de la sociedad civil…) ya se está produciendo, aunque la vorágine política del último año lo esté difuminando. Si nos acercamos al modelo español es fácil percibir, sin grandes análisis, el inicio de fragmentación del espacio sociológico que ocupan tanto el Partido Popular como el Partido Socialista, lo que no puede traducirse en una quiebra electoral inmediata. Sin embargo, existen grandes diferencias con respecto a las vías y posibilidades de reubicación de ambos partidos que son, salvo desintegración y atomización, los ejes constitutivos de los dos posibles bloques de gobierno, pero que, al mismo tiempo, comienzan a asumir que por sí solos, pese a antidemocráticas primas electorales, no pueden llegar a constituir ese bloque.

  La experiencia europea nos indica que el modelo de la izquierda está agotado, que éste es incapaz de generar más opciones, pese a la irrupción de los denominados grupos verdes; grupos que, pese a su teórica transversalidad, no han logrado configurarse más que como un sector más de la izquierda o como receptor de las viejas añoranzas de la izquierda revolucionaria que ha cambiado el marxismo por la ecología, algo que igualmente sucede con los denominados grupos antiglobalización. Se trata pues de un espacio que ya se encuentra tradicionalmente dividido en dos, tres o cuatro opciones.

  Parece evidente que el socialismo, tras su salida del poder en 1996, ha experimentado una profunda reflexión con respecto a la necesidad de asegurar un bloque de dominio que le pueda dar y mantener, nuevamente, la mayoría absoluta. Los estrategas socialistas asumieron que el PSOE era, como partido, insuficiente para lograr ese objetivo.

  José Luis Rodríguez Zapatero ha hecho suyo el análisis y la tesis y está tratando de conformar ese bloque: reconstruyendo, por un lado, la vieja alianza española de republicanos-socialistas-nacionalistas; por otro, asegurando una importantísima red mediática capaz de apagar cualquier voz crítica y, finalmente, asegurando la vinculación ideológica de las nuevas generaciones de votantes a través de la introducción en el modelo educativo de pautas de adoctrinamiento que impidan a ese nuevo elector disociarse de las pautas de comportamiento electoral heredadas. Nadie puede negar que en esto, Rodríguez Zapatero, esté actuando con una indudable astucia política. Así, hemos visto como el socialismo ha procurado cambiar su imagen corporativa, su marca para superar la desintegración del "peso de la historia" y sobre todo la pérdida de la "adscripción ideológica heredada" por la renovación generacional del electorado; y ahora asistimos a la concreción de su alianza con los llamados nacionalistas moderados una vez que juzga completado el ciclo con el nacionalismo radical. Con todo ello, el socialismo, pretende contener la erosión que está sufriendo la base sociológica del bloque que encabeza. De momento esta erosión no es políticamente preocupante ya que, al contrario que está sucediendo en otros países de Europa, en España no se está produciendo la conjunción entre los votantes tradicionales de la izquierda, que vuelven la espalda a los partidos socialistas o comunistas, y los nuevos grupos transversales, aunque, paradójicamente, se estén acelerando las condiciones óptimas para que el proceso se abra (problemas sociales, ruptura de la integridad de la nación, inmigración, inseguridad, empobrecimiento…). De momento, los analistas socialistas, asumen que esa pérdida de electores, reducida por el "vértigo electoral" y la falta de opciones, irá a otros grupos de izquierda, a grupos ecologistas, al voto testimonial o a la abstención pero, en ningún caso, se podrá traducir en un trasvase de votos a las aguas de la oposición, entre otras razones por el mantenimiento de la ficción derecha-izquierda.

  A diferencia de los movimientos estratégicos que, desde hace años, están removiendo las aguas de la izquierda, existe en el Partido Popular una inconsciente quietud.

  La evolución política española ha acabado configurando dos realidades muy distantes: por un lado, el cada vez más definido bloque de izquierdas pinzado con el nacionalismo; por otro, un partido, el Partido Popular, que se aferra a la tesis del partido = bloque = mayoría absoluta. Una visión muy extendida entre el grupo dirigente y el grupo burocrático de los populares, de ahí su insistencia en la idea de recuperar la mayoría absoluta. Esta concepción del partido igual a bloque está produciendo enormes tensiones en el seno del PP, no por la hipotética división de su grupo dirigente sino por la propia insatisfacción que está generando en su base sociológica. Una base que se ha ampliado tanto que, en algunos sectores, ya no se identifica, aunque aún mantenga la intención de voto, con el discurso oficial del partido. Los estrategas populares no han asumido la noción de bloque y fuerza hegemónica del mismo, aferrándose a la imagen del voto útil y el mal menor. Son conscientes del proceso de "desencanto" y buscan asegurar la fidelidad del votante a través de la creación, utilización o simple aparición como beneficiario de grupos que, de un modo u otro, manteniendo una posición crítica con respecto al PP, representen a esos ciudadanos que se sienten incómodos en el discurso popular, con la clara intención de reconducir su protesta hacia las posiciones menos rotundas del discurso popular. Sin embargo, a diferencia de lo que acontece en la izquierda, el volumen de electores que, en un momento dado, superando el vértigo electoral, se inclinan por la abstención, al no disponer más que de opciones meramente testimoniales, tiene un impacto cada vez más negativo en las expectativas electorales.

  Aparentemente, el Partido Popular, confía en que esta realidad pese poco debido al efecto antizetapé, pero el tiempo largo que aún queda hasta las próximas elecciones puede tamizarlo mucho y, aunque en las encuestas sobre intención de voto las diferencias entre socialistas y populares sean mínimas, continúan siendo trascendentes entre los populares y el bloque que está conformando la izquierda. Por todo ello, los estrategas del Partido Popular, si quieren volver al poder deberán replantear su estrategia sustituyendo la concepción partido = bloque por la de partido hegemónico dentro de un nuevo bloque.

El espacio transversal.

  Sociológicamente los grupos transversales han surgido de espacios insertos tradicionalmente en lo que comúnmente se entiende por derecha. Desde ahí han logrado articular un discurso que, sin embargo, ha sido capaz de atraer a votantes de izquierda. Muchos de estos grupos, en Europa, en la actualidad, capitalizan una buena parte del voto obrero. El populismo y el cosismo, que constituye una parte de su discurso, sintoniza, sin grandes problemas, con amplias capas sociales. Los elementos más tradicionales de su discurso no generan, sin embargo, rechazo, porque constituye la base cultural y moral real de los ciudadanos, por lo que no se producen problemas de identificación ideológica, porque se trata de conceptos igualmente transversales. Su presencia lleva nuevos aires y modos a la política, atrayendo a los electores desencantados de los partidos de centroderecha o izquierda que se orientaban, en función de la coyuntura política, hacia la abstención.

  Este espacio transversal es el único capaz de generar nuevas mayorías de gobierno, nuevos bloques, al otorgar representación y valor real a grupos sociológicamente amplios, introduciendo importantes cambios políticos. Todo ello sin perder su independencia política y sin dejar a un lado el compromiso con sus votantes, con sus principios y valores. Es el único espacio donde quedan sectores suficientes de votantes para ello; muy por encima de los votos libres del denominado "centrismo sociológico" que en realidad disputan socialistas y populares.

  Cierto es que estos grupos generan una profunda desconfianza; fundamentalmente por lo que encierran de ruptura del monopolio político que ejercen los partidos tradicionales, por lo que difícilmente escapan a un proceso de  anatemización mediático-político. Sin embargo son estos grupos los que rompen la hegemonía que el socialismo tiene a la hora de constituir esos bloques políticos mayoritarios. Un socialismo, conviene recordarlo, que manteniendo el esquema habitual sólo abandona el poder tras años de catastrófica gestión.

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5 comentarios

Albiñana -

Viva España y la unidad del Mundo Hispánico

Malvinas argentinas y Gibraltar español

SPH -

Los de la marihuana no son transversales porque no hacen política. Son payasos de los malos.

Pelusa -

Hay partidos que rechazan encajarse en la derecha o en la izquierda, pero son muy pequeños. Si crecieran alterarían el equilibrio político con el que funcionamos desde hace 25 años. Torres es presidente de alternativa esp., que dicen ser transversales. Más o menos.
A lo mejor mareo la perdiz: el partido que se presenta siempre de la marihuana, no recuerdo su nombre, ¿es transversal?

Carmen -

A lo máximo que cualquier partido aspira es a gobernar en solitario. Lo de aliarse con el socialismo o con los conservadores...no sé. Las matemáticas a veces hacen extraños "compañeros de cama", que decía Fraga. Si un partido transversal en España se propone introducir determinads políticas en áreas de familia, empleo de calidad e inmigración ninguno de los grandes bloques parece un aliado fácil. Dependerá de lo "necesitados" que estén del apoyo de los transversales para poder gobernar.
De todas maneras, aquí aún no hay un partido transversal así que esto es hablar por hablar.

Pelusa -

Pregunto yo: ¿la "transversalidad" sirve sólo para romper la hegemonía del socialismo? No aspira nunca a gobernar en solitario?
Y por otra parte ¿no podría nunca aliarse con el socialismo para desplazarlo hacia posturas no-progres, para entendernos?
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