![]() http://bitacorapi.blogia.com DESDE EXTRAMUROS Y EN LIBERTAD
Criterios plurales y no necesariamente unívocos, aunque coincidentes en un denominador común: el disenso. Disentimos del discurso cultural dominante y de sus cánones laicos que sustentan las relaciones de poder en el siglo XXI. Disentimos del pensamiento débil que deviene único merced a la ocultación de lo dispar. Disentimos de la inmanencia y del materialismo, hoy impuestos sobre toda idea arraigada en valores firmes y principios nobles. La nuestra es una vocación PI: políticamente incorrecta. |
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Alberto BUELA El gran historiador del período baja Edad Media- Renacimiento, el holandés Johan Huizinga (1872-1945), afirma que: “El desarrollo del concepto Renacimiento es uno de los ejemplos más claros de la falta de autonomía de la disciplina histórica, de la relación que es al mismo tiempo su debilidad y su gloria: su indisoluble vínculo con la vida contemporánea” (1). El holandés se equivoca y acierta al mismo tiempo. Yerra cuando presupone que el concepto Renacimiento debe de ser estudiado por la historia, cuando, los conceptos los estudia la filosofía. Y acierta cuando vincula la historia a la vida contemporánea. Nosotros acá vamos a estudiar dónde “erró el vizcachazo”. Es sabido que existe una correspondencia entre lo que pasa en las altura de la vida espiritual y el fondo de la vida material de las sociedades y eso es lo que sucedió con el Renacimiento, las fuerzas humanas se desprendieron de su centro o su fondo espiritual y pasaron a la superficie. Así, la pintura, la escultura y la arquitectura fueron las primeras en manifestarse como anotó Lorenzo Valla en el prefacio de su Elengantiae linguae latinae. Esta frescura pensada como un retorno, de ahí Renacimiento, a las fuentes de la sabiduría y de la belleza, este volcarse al descubrimiento de la naturaleza, esto fue “el desarrollo de este concepto”. Y en este sentido afirma el filósofo existencialista ruso Nicolás Berdiaeff (1874-1948) que: “El Renacimiento basado sobre el humanismo descubrió las fuerzas creadoras del hombre, no como ser espiritual sino como ser natural. Pero el hombre natural arrancado del hombre espiritual, no posee fuentes inagotables para su creación” (2). Pero el Renacimiento no fue como comúnmente se cree y se divulga una ruptura con la Edad Media, un tirar por la borda lo que había hecho el hombre durante mil años. Afirmar ello es una versión errónea, cuando no interesada de lo que hoy se llama el pensamiento anticristiano, o mejor aun anticatólico. El barroco no aceptará jamás la visión pesimista del hombre que el protestantismo encierra en su doctrina. A la salvación del hombre por la sola gracia agregará los méritos de las obras debidas a su libertad y responsabilidad. Y la dignidad del hombre no estará dada entonces dada por el éxito predestinado por Dios, sino que el hombre barroco fincará su dignidad en la calidad y magnificencia de sus obras. Va a defender frente al mundo protestante la autonomía del hombre a los ojos de Dios. El hombre barroco no es otra cosa que el hombre católico. Vitoria, Suárez, Vico son sus mejores representantes. Pero, paradójicamente, encuentra su mejor y mayor expresión en Nuestra América en el denominado barroco americano, esa imbricación entre lo telúrico y lo arribeño, entre lo indio y lo católico, entre colonizador y conquistado, que produjo esta ecúmene indoibérica y un tipo humano: el criollo, que se expresa en este nosotros que somos: ni tan español ni tan indio, como gustaba decir Bolívar. Digresión argentina. Este espíritu del Renacimiento anclado en el núcleo espiritual de la Edad Media es el que llega a Nuestra América de mano de los conquistadores que aquí se expande y se ensambla, paradójicamente, en Argentina de una manera casi perfecta con el espíritu del romanticismo europeo o segundo renacimiento que se produce sobre todo en Alemania y en el norte de Italia a principios del siglo XIX (Hegel, Schiller, Schlegel, Pestalozzi, Capponi, el padre Girard, y que traen las masas de inmigrantes, sobre todo italianos, franceses y alemanes. Esto es lo que explica el misterio del “crisol de razas o melting pot ” argentino. Un fruto casi perfecto entre inmigración e integración realizada más allá de dirigencia política y social. La otra corriente, la Ilustración, que fue la que históricamente primó. La que, en definitiva, se volvió contra el espíritu del Renacimiento creó un instrumento contundente para su triunfo: inventó el Estado. La idea de Estado es ajena a la mentalidad renacentista que se manejaba con un sistema señorial anclado en la idea mayor de ecúmene que proviene del corazón de la edad media, expresada con el término de Cristiandad. Esto es, la organización social y política al modo cristiano. El Renacimiento comenzó en el sur, en Italia y los pueblos mediterráneos, y asumió un humanismo creador (su máximo fruto fue América); por el contrario en el mundo germánico asumió, ante todo, la forma religiosa en una rebelión contra la Iglesia católica como lo fue la Reforma. “El Renacimiento, ha sostenido el citado Berdiaeff, ha sido el punto de partida de los tiempos modernos. Pero la Reforma, las luces de la Ilustración, la Revolución francesa, el positivismo del siglo XIX, el socialismo, el anarquismo, todo eso, es la descomposición del Renacimiento, la revelación de las contradicciones intrínsecas del humanismo profano, y el empobrecimiento progresivo de las potencias creadoras del hombre” (6). NOTAS 1.- Huizinga, Johan: Hombres e ideas, Bs.As., Fabril Editora, 1960, p.216.- |