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PARADÓJICA OPINIÓN DE LOS ESPAÑOLES SOBRE LA INMIGRACIÓN

PARADÓJICA OPINIÓN DE LOS ESPAÑOLES SOBRE LA INMIGRACIÓN

Jorge GARCÍA-CONTELL

 

   El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha publicado los resultados de su sondeo mensual, denominado barómetro, el cual muestra que sigue creciendo la preocupación de los españoles por el incesante flujo migratorio que España recibe. Hasta tal punto es así, que ya figura como el segundo mayor problema de nuestra sociedad, sólo superado por el desempleo. En principio no deja de sorprender que el pueblo llano ose discrepar del discurso oficial unánime que predica la bondad, y hasta la necesidad, de que el tercer mundo se vacíe de población joven que es tanto como decir de fuerza productiva y posibilidades de desarrollo futuro.  Extraña que los españoles lleven su discrepancia hasta el punto de considerar el fenómeno de la inmigración masiva como un problema; un problema mayor que los que plantean el terrorismo, la vivienda, la situación económica, y la educación.

  

   En pleno apogeo de la multiculturalidad y del relativismo igualitario, chirría con estridencia que un 60% de españoles crea que entre nosotros viven demasiados extranjeros y que un 85% se oponga a aceptar más inmigrantes que no traigan entre su equipaje un previo contrato de trabajo. Los españoles, se diría, han constatado a lo largo de la década 1995 / 2005 que es absurdo acoger mano de obra que no responde a las necesidades del tejido económico español y más irracional todavía seguir recibiendo diariamente nuevos recién llegados cuando ya un tercio de los inmigrantes están desempleados, amén de 1.800.000 españoles en igual situación.

   Según los datos del CIS, la mayoría opina que antes de permitir la entrada en España de un extranjero se ha de atender a determinadas condiciones subjetivas, por ejemplo: la adecuación de su capacitación laboral a las necesidades nacionales, su nivel educativo, su dominio de la lengua española y su procedencia de un país cristiano, criterios todos ellos alejados del “buenismo” solidario que hoy triunfa en las instancias oficiales y en los libros de estilo de los medios de comunicación. En tales términos sería factible predicar de nuestros compatriotas que reprueban la verborrea multicultural, determinan que los hombres no somos exactamente iguales unos a otros y que la paz social y la armónica convivencia se ponen a prueba y en riesgo cuando una nación recibe en su seno un desproporcionado contingente de individuos ajenos a su órbita cultural y, en gran medida, procedentes de una civilización hostil con la que es inviable cualquier alianza.

   Comprobamos que un 47% afirma que la inmigración determina descensos salariales y un 68% considera que los españoles humildes resultan económicamente damnificados por el aluvión migratorio, a diferencia de los acomodados. Podríamos concluir a la vista de los datos del CIS que la opinión pública española ha comprendido finalmente la lógica de la economía liberal, fría cual hoja de cuchillo, en la que una sobreabundancia de trabajadores no cualificados deteriora necesariamente sus condiciones laborales, con independencia de su nacionalidad, y beneficia exclusivamente a las empresas que los contratan.

   Por último, dado que un 50% de los ciudadanos cree que deberían de ser expulsados del territorio nacional los extranjeros que cometiesen cualquier delito y hasta el 79% en caso de delitos graves, podríamos llegar a pensar que se nos ha hecho evidente, al fin, la necesaria ilación entre deficiente capacitación laboral, imposible asimilación cultural, marginalidad y delincuencia.

 

   Si nos detuviésemos en este punto los resultados del sondeo de opinión podrían interpretarse en clave contestataria y hasta subversiva pero, muy a nuestro pesar, las preguntas del CIS prosiguen y las respuestas de los españoles contradicen sus precedentes. Recordemos que un 68% piensa que la inmigración empobrece más a los españoles que ya son pobres, pero paradójicamente, en proporción muy similar del 65%, repite una de las consignas oficiales: “los inmigrantes ocupan puestos de trabajo para los que no hay mano de obra suficiente”. Si esta última fuese cierta no existiría competencia y en tal caso no se produciría el efecto indeseable de la previa aseveración; ambas pueden ser susceptibles de discusión, pero evidentemente no a un mismo tiempo. Y las incongruencias continúan: si un 60% de los españoles afirma que ya hay demasiados inmigrantes, un 73% defiende el derecho de los ya establecidos a traer sus familias. Aunque un 59% sostiene que a cualquier país conviene que las mismas costumbres y tradiciones sean compartidas homogéneamente por su población, un 72% afirma, con aparentes síntomas de esquizofrenia, que es bueno que los inmigrantes mantengan su lengua y sus costumbres.

   ¿Existe explicación razonable para estas reiteradas contradicciones? Aventuramos varias, todas ellas posibles y ninguna desechable a priori.

 

1.      Los españoles formamos una nación de enajenados, sin criterios formados y ajenos a las reglas esenciales del pensamiento lógico occidental. Abona esta tesis una de las contestaciones ofrecidas a preguntas del CIS sobre otras materias: un 80% se declara creyente católico, pero un 50% jamás participa en el culto de la religión que afirma profesar.

2.      El CIS ha seleccionado una extraña muestra para realizar sus entrevistas. Sólo un 19% de los encuestados responde afirmativamente cuando se les pregunta si viven en pareja, dato muy chocante cuando hay un 58% de casados frente a un 42% de solteros, viudos, separados y divorciados.

3.      Una gran parte del pueblo español en la actualidad se debate entre la sinceridad espontánea y la forzada corrección política cuando se trata de opinar acerca de materias espinosas, como la inmigración. Combínese esta posibilidad con un dato objetivo de la propia encuesta: mientras que un 40% sitúa la inmigración entre los tres principales problemas que España sufre, sólo un 13% la identifica como problema propio, personal y subjetivo. Anotamos al margen que, de ser correcta esta tercera interpretación, forzosamente admitiremos que los españoles somos más altruistas y solidarios con los extranjeros que con nuestros propios compatriotas.

 

   Quienes estamos convencidos de asistir en España a una trágica sucesión de errores en materias muy diversas, la inmigración entre ellas, tememos que en sucesivas ediciones del barómetro del CIS se incremente el porcentaje de aquellos que se sienten perjudicados por el fenómeno. Y, posiblemente, arreciará entonces el discurso mediático que la globalización dicta: “crece la xenofobia”, nos dirán. Malo sería que los que siempre nos han mentido permanecieran mañana contumaces en el embuste. Pero mucho peor sería que estallara entre nosotros una rebelión norteafricana y en las calles de España ardieran por doquier las hogueras de la falsa integración. Algo entienden los franceses sobre esta materia.

6 comentarios

María -

Sólo un 50% piensa que deberían repatriar a los ilegales que cometen delitos?

No puedo creerme el dato, la encuesta personal de cualquier ciudadano con sus conocidos y familiares diría el 99% (siempre hay algún abogado de pobres de ideas falsamente progres, con intereses propios).

La gente honrada, que son muchos millones, no queremos delincuentes, nos tendremos que aguantar con el chorizo nacional, pero el importado, a devolverlo a su procedencia, ha dejado claro que no ha venido a este país a hacer nada de provecho, tampoco tenemos la obligación los españoles de costearles la cárcel, para eso tienen su país.

Pagamos impuestos para obtener unos servicios públicos decentes, nos encontramos con servicios públicos saturados y mal gestionados, sin embargo ¿Podemos costearnos mantener a todos los delincuentes que vienen de otros paises desde que entran a España de forma ilegal?

No creo que sea la opinión generalizada.

José Maria -

Interesante y acertado artículo sobre la encuesta del CIS. Efectivamente, cuando se responde a una pregunta desde lo que mandan el sentido común y la inteligencia el resultado es distinto de la respuesta desde lo \"políticamente correcto\". Aún así la gente empieza a darse cuenta de la realidad: la inmigración regulada beneficia al país de origen y al receptor, mientras que la inmigración descontrolada es sinónimo de delincuencia, explotación laboral y pobreza.

Luis -

La cosa puede ser bastante simple, siempre que de verdad quiera resolverse un problema y prevenir problemas aun mayores.
¿Con antecedentes penales? Ni uno más.
¿Los que delinquen, por poca cosa que sea?
Fuera de aquí.
¿Los que no tienen trabajo conocido? Vinieron a trabajar; si no trabajan, repatriación.
¿Los mendigos? A mendigar a otra parte.
Esto no es xenofobia. Es sentido común.

MILtemas -

Yo creo que es normal que los españoles tengamos esa opinión, más alla de la xenofobia, porque no es lo mismo odiarles que temerles, más cuando estan protagonizando tanto telediario con sus asesinatos a pie de calle y demás comportamientos ofensivos hacia este pais y hacia cualquier persona con algo de humanidad.

Hassan Al Sabah -

Tal vez fuera interesante librar la batalla en el terreno de los conceptos. Estoy seguro de que algunos de ellos no se tiene muy claro lo que significan. Desempeñan el papel de palabras tabú, que otorgan el poder mágico de la correción política. Pero si somos capaces de demostrar que no saben de lo que están hablando ni cual es el sentido de los términos que emplean tal vez los emplearían menos o sólo cuando toca. El término xenofobia parece haber dejado de significar lo que significa para pasar a significar algo así como antihumano o poco menos. El concepto que se le opone, y que no veo emplear a nadie, es endofobia que es justo lo contrario, odio a lo propio. Esto permitiría recordar a los progres la condición humana de los españoles que nunca viene mal que alguien se ocupe de ellos.

Miguel -

Leo con gusto tu artículo, que me parece muy serio y documentado. Es verdad que España no tiene capacidad ilimitada para asumir la avalancha que se nos viene encima. Lo que ocurre es que la avalancha "se nos viene encima" de forma irremediable. La solución, claro está, no puede ser la de mantener la puerta abierta sin recato, ni siquiera la de mantenerla entreabierta de forma vergonzante. Pero tampoco cerrarla sin más. El problema de España es esencial: de fe en sí misma y en sus posibilidades históricas y culturales. El pueblo español no puede enfrentarse al fenómeno migratorio porque ha sido desarmado espiritualmente durante siglos, porque se le ha convencido de que "hay que echar siete llaves al sepulcro del Cid", y se lo ha creído. De haber permanecido "bien armado" en ese sentido -es decir, en cuanto a considerar benéficas y posibles las raíces fundacionales del proyecto colectivo-, tendría capacidad sobrada para acoger, asimilar y fundir al inmigrante. Francia, que se ha empeñado también en perder su identidad fundacional (y desde mucho antes que nosotros), está igualmente incapacitada para ello. Es feo comparar, pero el problema parece menor en los Estados Unidos. ¿Tal vez porque allí sí que saben quiénes son, y no dudan en imponerlo a los recién llegados?